Stephen King – Apocalipsis

Otra vez King, otra vez un pequeño-gran chasco. Compré el libro plenamente consciente de que tras esas más de mil quinientas páginas habría una rica galería de personajes, cada cual definido e intenso; por otro lado temía que, aun con esa enorme cantidad de páginas, surgiera de nuevo el chapucero incapaz de concluir bien una puñetera historia.

Y acerté. Otro pleno, otra vez se renueva esta extraña relación que tengo con el de Maine: placer ante sus premisas, admiración por la descripción de los personajes, y nausea cuando se acerca el último cuarto de la historia. Vamos, lo de siempre. Pero volveré a leer algo más de él, seguro, como por ejemplo acabar con la saga de a torre oscura. Y de nuevo me cagaré en todo lo que le sea sagrado. En eso soy, mal que me pese, demasiado humano.

Apocalipsis es la versión buena, más amplia, de lo que en un primer momento se publicó como La danza de la muerte. En verdad que la historia, sobre todo el primer tercio, resulta puramente apocalíptica, con la plaga exterminando la humanidad. El capitan trotamundos hace muy bien su trabajo, rozando casi la perfección. A medida que es barrida la raza humana (todo un placer para un auténtico misántropo) Stephen King nos va presentando diversos personajes, algunos con su carga de patetismo y en cierta medida entrañables (Lloyd, Larry y Frannie), otros que se hacen más difíciles de tragar (el ejemplo más claro lo encontramos en Stu, don perfecto), mientras que los menos son simples parodias, esperpentos, como Trashcan o Harold. Luego están los supuestos catalizadores, a saber: por un lado una nueva encarnación de Randall Flagg, el amigo oscuro que en ningún momento acaba de dar miedo (sí, a lo largo de gran parte de la novela se habla de, ¡uh!, lo malo malísimo que es, pero en pocos momentos se capta de verdad esa espíritu); por otro un sinsentido lleno de ñoñez y tontería llamado Abigail, que dan realmente ganas de darla una paliza, o de alentar a las comadrejas para que hagan su trabajo de una futa vez.

A lo largo del libro algunos personajes mejoran, como es el caso de Stu, otros son borrados de un plumazo (como el caso de Nick, ejemplo de santurrón exacerbado), y otros se van sin haber dado lo que se esperaba de ellos (el caso mas chirriante lo tenemos con Nicole). Aun con todo disponemos de una gran cantidad de personajes que aderezan unas situaciones que nunca llegarían a resultar interesantes de no ser por ellos, sobre todo en la parte central del libro.

Lo dicho, el libro avanza gracias a los personajes, aunque con una terrible y pesada falta: el ridículo e injustificado egocentrismo americano, que de nuevo enmarca el fin del mundo, la llegada del maligno y de un salvador en su territorio, en los Estados Unidos. No hay más países en el mundo, no hay miles de millones de personas fuera de ese terruño, no: la lucha del mal y del bien se debe realizar ahí, entre paletos rednecks y dandis norteños, y con los ‘buenos’ rebosando de esa mierda de sensiblería patriótica a la que están acostumbrados en ese país. Bueno, al fin y al cabo se trata de una autor yanqui, que escribe para yanquis… en una primera instancia.

Sigamos con la novela: ya dije que el primer tercio de la misma es casi perfecto. Por desgracia se va desinflando, hasta que a medida que se acerca el final algo huele mal, muy mal: el lector lleva tiempo pensando en que debe ocurrir algo gordo, pero ese algo no acaba de llegar. Al contrario, uno contempla cómo el amigo Flagg se vuelve más y más penoso, Trashcan pierde el rumbo, y la vieja Abigail toma las de Villadiego sin haber hecho mucho más que juntar a la gente. ¿El auténtico Apocalipsis se limita al querido capitán? Parece que sí. ¿Cómo nos saca de este lodazal el autor? Pues con la mano de dios, ni más ni menos: con uno de los finales más atropellados y forzados que he leído en mi vida. Me imagino a King pensando algo así como ‘dado que no se me ocurre nada para desliar el estropicio que he montado invoco a Maradona y ¡gol!’. Vale, sí, lo sé: la demostración de jeta de Dieguito llegó bastantes años después. Pero queda que ni pintado.

Tócate las narices.

Y el editor sin obligarle a reescribir esa mierda de final. La coña final de Flagg sin duda no es nada más que una manera de quedarse con la peña, de decir algo así como ‘ya que a la segunda no supe hacerlo, me dejo una puerta abierta para intentarlo una tercera’.

Guay. Cabreo final, y sin embargo leeré más de este tío. Si es que uno es en el fondo masoca.

Un saludo y hasta luego, culebras.

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