Olaf Stapledon – Sirio

Hola, culebras.

Cuánto tiempo ha pasado desde que leí mi último Stapledon: La última y la primera humanidad. La obra de este sociólogo, filósofo, visionario y humanista siempre me ha resultado interesante en tanto y cuando es muy diferente al resto de autores: él, más que novelas al uso, escribe tratados, incluso ensayos, con la característica de estudiar algo que no existe… pero que podría existir.

Así, en Sirio (y antes del descubrimiento del ADN) Stapledon nos sumerge en los resultados de la manipulación y humanización de animales. Sirio es un superperro, una mente cuasi humana (y a veces demuestra su superioridad, sobre todo en la madurez emotiva) encerrada en el cuerpo de un enorme chucho, con todas las limitaciones que ello conlleva. Por culpa de esas circunstancias el perro que no lo es ve cómo su vida transcurre en un limbo, entre lo canino (naturaleza con la que no se acaba de identificar al tratarse de algo inferior, animal) y lo humano (una realidad en la que por su físico y realidad sensorial no puede encajar). Ese limbo crea una personalidad atormentada que en cierta medida recuerda a la criatura de Frankenstein.

A lo largo de las páginas Sirio nos hace ver las glorias, miserias y mezquindades del animal humano: el entorno rural, vivo, atrasado y tradicionalista; la universidad, elitista y a su modo alienante; el sinsentido de la guerra; la religión, un engendro de base inexistente pero válido como factor de ayuda social; la superstición como detonante de la violencia y el drama. Todo esto, y más (incluida una experiencia mística y un demasiado católico flirteo con la religión), encontramos en Sirio.

Pero… es que Stapledon escribe Sirio nueve años después de Juan Raro. Y uno no puede evitar las comparaciones: de un lado tenemos la historia de un perro igualado mentalmente con el hombre, y que con esa óptica describe a su creador; y por otro lado hay un superhumano al que su condición superior lo convierte en observador privilegiado del animal humano. ¿Hasta qué punto Sirio es una reescritura de Juan Raro? ¿O los libros quizá se complementan, en tanto y cuanto que uno de ellos parte de algo que de lo inferior acaba igualándose con el Hombre, y el otro nos descubre a un personaje que se descubre como el siguiente paso en la evolución del Hombre? A mi entender es más un complemento que una copia: Juan Raro muestra un estudio frío y distante de la humanidad, mientras que Sirio lo hace desde una emotividad desesperada.

Lectura muy recomendable (si bien no llega a los niveles de mi favorito, Hacedor de estrellas) y, eso sí, para mentes abiertas: un obtuso muy bien puede acabar como cierto sacerdote galés y sus fieles, centrándose en lo que no es.

Le pongo un siete.

Adiós.

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