Karl Schroeder – La señora de los laberintos

(Reseña redactada con fecha 7/11/2013.)

Hola, culebrillas.

De nuevo otra lectura, y aquí estoy contando qué sabor de boca me ha dejado. Esta vez toca un libro conseguido en saldo (maravillosos saldos que llenan las estanterías de un no adinerado como yo). Voy a hablar de un libro cuyo título me llamó la atención por lo discordante teniendo en cuenta el género al que se supone pertenece. Leyendo en el lomo La señora de los laberintos yo pensé que me encontraría con una novela de fantasía, pero para mi sorpresa La Factoría la edita como ciencia ficción; y además de la parte hard de ese género. Como a mí el género hard se puede decir que es de mis favoritos resulta lógico que la novela no estuviera mucho tiempo en la Pila esta obra de Karl Schroeder.

Nadie me podía predecir el chasco que me llevé a posteriori.

En primer lugar tengo que dejar muy claro algo: si bien en la contraportada pintan a este hombre como escritor hard, y a esta novela inmersa en ese subgénero, yo me veo incapaz de incluirla dentro de ese espectro literario. Al contrario, como mucho puedo catalogar la novela como space opera, o incluso fantasía disfrazada de ciencia ficción. Vamos, de blanco a negro y sin transición. ¿Cómo ha ocurrido eso? Pues a base de abusar de la suspensión de incredulidad. Sí, cuando se lee cifi siempre (e insisto: siempre) hay que tener en mente esa maravillosa tercera ley de Clarke. De mano de ella la ciencia ficción hard puede lidiar con la aventura y el entretenimiento permitiendo crear pasajes creíbles aun dentro de la más o menos arriesgada especulación. Pero la línea que marca Clarke tiene un grosor en extremo fino, y al traspasarla uno se encuentra con cosas como esta novela de Schroeder. El autor obliga y obliga al lector a creer en una cantidad demasiado grande tecnologías, y circunstancias que las rodean, tecnologías que cada una por su lado resultan más o menos creíbles, pero que al juntarlas resultan por completo increíbles.

Realidad virtual omnipresente, redes sociales exacerbadas, implantes neurológicos, anillos espaciales, megaestructuras, inteligencias artificiales, memes, nanotecnología… todo eso y más encontramos en La señora de los laberintos. Pero llevado al extremo y imbricado de tal manera que, en realidad, no encaja.

No me voy a explayar mucho en detalles tecnológicos ni técnicos dado que no soy ni ingeniero ni físico titulado, sino un simple aficionado a ambas disciplinas que intenta usar siempre la lógica. Prefiero que alguien con mayores conocimientos lo haga para apoyar (o rebatir, oye, que todo es posible) mis opiniones. Sólo voy a entrar en los detalles que más me han llamado la atención y me ha chirriado.

En primer lugar voy a hablar del solapamiento de los colectores. No me cuadra pero que ni de lejos que se solapen los colectores como entidades de ‘realidad’ por completo distintas y al mismo tiempo haya materia física en ellos. Ejemplos de lo que digo están en los propios cuerpos de los humanos o los objetos físicos ‘permanentes’ que se sugiere que hay solapados entre los colectores. Quieran o no todos esos elementos físicos están sometidos al principio de no solapamiento: dos objetos físicos no pueden ocupar el mismo espacio. Esa premisa de la realidad no aparece descrita por ningún lado, sino más bien al contrario: en ningún momento se sugiere el que exista esa limitación, casi pareciendo que las simulaciones y las personas físicas poseen absoluta libertad de movimiento. ¿Qué pasa si dos personas físicas moviéndose por colectores solapados deciden colocarse, aunque sea de manera inconsciente, en las mismas coordenadas del anillo? ¿O si una persona física, avanzando con libertad dentro de su colector, sin saberlo intenta adentrarse en una zona que en otro colector alberga un objeto físico (estructura, roca, árbol, etc.)? A ese tipo de situaciones el autor, demasiado avanzada la obra, intenta explicarlas con una supuesta interacción de los colectores con el sistema muscular del individuo, ‘guiándole’ y ‘apartándole’ de esas situaciones peligrosas. He creído entender que el sistema ‘te empuja’ de manera sutil para que no ocupes el mismo sitio físico que otro objeto. Perdón pero eso se me hace por completo increíble: ¿un sistema de ordenadores capaz de monitorizar a varios miles de millones de personas viajando entre diversas realidades virtuales con supuesta absoluta libertad y que, además, manipule los sistemas nerviosos de los huéspedes de tal manera que evite choques? ¿Y los sujetos manipulados no notan esos empujones? ¿No se dan cuenta de que si quieren avanzar hacia ‘allí’ y que si en esa dirección hay algo físico invisible para ellos el ordenador les desvía? Vamos…

El escenario de la primera parte de la novela se desarrolla en un anillo espacial con gravedad artificial obtenida mediante giro. Eso no supone ningún problema… hasta que empiezan a ascender por él. La creación de un entorno habitable en el espacio usando un anillo consiste en hacerle girar de tal manera que  la unión del movimiento circular, el radio del anillo y la inercia de la materia en el anillo generen una mal llamada fuerza centrífuga que posea una aceleración igual a g. De nuevo ante eso no hay ningún problema. Pero sabiendo sólo un poco de física se tiene la absoluta certeza de que a medida que te acercas al centro de giro la aceleración (y con ella el peso) disminuye hasta desaparecer en el mismo centro. Pues bien: en la novela los protagonistas van ascendiendo y no se describe ni siquiera una mínima mención a ese fenómeno. Pero sí que hay un determinado momento en el que se hace mención al efecto Coriolis. ¿Otra vez el sistema de RV manipula las sensaciones de los individuos para que no noten eso? Demasiado.

Karl Schroeder - La señora de los laberintos

Karl Schroeder – La señora de los laberintos

A partir de la segunda mitad del libro el autor empieza a introducir una especie de meme autoconstruida y en cierta manera consciente. Este elemento no pudo evitar que recordar el engendro titulado Wyrm (M. Fabi). Sigo pensando que un meme, por sí  mismo, no puede considerarse un ente consciente. Mucho menos con inteligencia y ‘dirección’. Otra cosa sería que detrás del meme exista una inteligencia que lo ha lanzado y que intenta manipularlo y orientarlo para poder influir en los que siguen el meme… pero un trabajo semejante, con la caótica interacción humana como caldo de cultivo, tiene más de fantástico que de ciencia ficción. De nuevo mal.

Otra semejanza que me ha chirriado la encontramos en parte de lo buscado por un colectivo del libro, el objetivo jipioso de una especie de Gaia muy semejante a tal y como aparece en el final de la saga de la Fundación (Asimov). Admito que se trata de un prejuicio personal, pero esa opción para mí no es tal: en anular la personalidad nunca está la solución.

También debo resaltar que parece que La señora es una novela inspirada en las redes sociales como tuiter y feisbuc, sólo que llevadas al extremo. En la novela se puede contemplar todo ese fenómeno de los seguidores, los me gustas y demás zarandajas (sí, siempre me he declarado en contra de feisbuc, y tuiter lo usaba como manera de informarme rápida y distinta a los medios normales, pero de ella odio los típicos ‘estoy cagando’). El uso exacerbado de las redes sociales aparece en la novela en forma de la virtulización de las relaciones personales casi hasta el absurdo. Un horrible panorama que, para mi desgracia, cada día está más cerca de la realidad de lo que me gustaría desear.

Pero no quiero eternizarme con este libro ni con los defectos que le he visto: sin duda un físico, ingeniero o matemático encontrarán muchos otros. Ahora voy a hablar en concreto de la edición que he tenido entre manos: la de La Factoría de Ideas. ¿Qué debo decir de ella? Que adolece de una mala traducción, tanto que me he encontrado no sólo frases mal formadas, sino que algunas incluso resultan incomprensibles de leer. Poco favor le hace eso a un texto ya de por sí bastante mediocre. Además, en lo relativo a la labor editorial, decir que me he encontrado numerosas erratas, algo injustificable a estas alturas, cuando se ha convertido en unas de las editoriales valuarte del fantástico español. Mal otra vez.

En definitiva el libro se merece un piadoso 4, un suspenso que hay que aplicar tanto al contenido como al continente.

Adiós.

PD: Mira cuán anodino se me hizo el libro que le empecé a leer justo después de La torre de cristal y para cuando me fui de vacaciones aun no lo había terminado, algo que solventé ya en casa y convaleciente (La sequía de por medio).

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