Walter Greatshell – Prisioneros

Hola, culebrillas.

Walter Greatshell - Prisioneros

Walter Greatshell – Prisioneros

Pues sí, que me he metido de lleno a leer los dos ejemplares que tengo de esta saga. Como ya he dicho en la anterior entrada el primer volumen, Agente X, no me disgustó. Ahora que han pasado unos días y habiendo leído la segunda parte casi le subiría un poco la nota a esa primera parte.

Y me jode quedarme sin leer la tercera. Pero dado que sólo compro saldos debido a mi economía (además de que me niego a pagar exageraciones por libros electrónicos) ahí se quedará todo.

En Prisioneros Greatshell empieza a hacer lo que apenas apuntó en al primer libro: dar trasfondo a los personajes. Vale, sí, en esta ocasión sólo lo hace en serio con uno y luego más por encima con otros dos. Pero por algún lado se empieza. Así descubrimos al medio protagonista, Sal DeLuca, un chaval obligado a crecer por las circunstancias. Junto a él nos encontramos con un grupo de chavales embarcados en una misión que ellos mismos sabes que tiene mucho de suicida. El libro, al centrarse en esa tarea, se acerca más a lo que parece ser el estándar del subgénero Z: situaciones concretas de normales contra zombis, una ensalada de tiros, encerronas y carreras. Eso, no lo voy a negar, supone un lastre para mi gusto, más que nada si lo comparamos con la más lenta y agobiante primera entrega.

Pero no todo es ‘pim, pam, pum; corre que nos pillan’, y ya. Podemos disfrutar de una segunda escena (la primera podría eliminarse por tópica y casi intrascendente) jugosa y por completo anómala para lo que conozco del subgénero Z: la de la incursión de Lulú y sus amigos. Por desgracia dicha acción acaba demasiado pronto, si bien con un muy correcto momento de suspense. Tras ello entran en acción el Sal y sus amigos y de Lulú y su panda casi nos olvidamos hasta mucho, pero que mucho después. Ese ‘fallo’ queda a posteriori bien justificado, por lo que no lo calificaré como un pero del libro. Pero sí me disgustó la manera errática de ir de un escenario a otro, saltando de la ciudad al submarino o a la inmundicia. Un ejemplo magistral de esos cambios de escena lo hay en Juego de Tronos. Pero Greatshell no trabaja así. Si a eso le sumas unos cambios o saltos en la línea temporal bastante sincopados la lectura acaba haciéndose algo molesta. A ver, no cabrea por lo que narra (que, la verdad, a medida que avanza el libro se me hace más y más interesante), sino porque dan ganas de decir ‘esto lo pones allí en vez de aquí y hubiera ganado en facilidad de lectura y puede que incluso en gancho’. Hay escenas en las que parece que el autor se emociona, alargándolas para, de repente, meter un inciso de lo que sucede en otro escenario, y a veces sólo para aportar una pincelada. Más moderación y control en el equilibrio de episodios, señor Greatshell.

Según avanza el libro se van quedado en el aire más y más incógnitas, muy en plan Perdidos. Supongo que en el tercer y último volumen se explicarán todos ellos, si bien para algunos lo veo me hace muy, pero que muy difícil. Un ejemplo: que todas la mujeres del mundo ‘saltaran en furia’ a la medianoche de Nochevieja. Vamos, como relojes sincronizados a la perfección. Que me explique qué sistema biológico, enzimático o lo que sea puede coordinarse con los usos horarios de cada zona del planeta. Porque la propagación de una señal detonante (sin importar la frecuencia usada) la hubieran notado varios países. Y eso sin tener en cuenta la limitada capacidad del cuerpo humano como receptor de emisiones.

Preguntas que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Aun con todo ello el libro me parece digno, por lo que le pongo un seis.

Y ahora toca soltar unas de mis peroratas. Ya no voy a hablar más de este libro, así que avisado estás.

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Walter Greatshell – Agente X

Hola, culebras.

Walter Greatshell - Agente X

Walter Greatshell – Agente X

Tercer libro del atracón de zombis que me pienso dar en los próximos meses, y de nuevo un (entre comillas) chasco: el libro no encaja en lo tópico del género. ¿Ventaja frente a los tópicos que tengo en mente o engaño usando un tema en alza para lanzar al mercado otra cosa? Pues casi diría que ni una cosa ni otra. Agente X, de Walter Greatshell, tiene un fondo en cierta medida similar al Paciente cero de Maberry: esquiva las calles anegadas de zombis, los complejos asediados y los enfrentamientos personales llenos de desesperación y a brazo partido (lo que hasta ahora yo asociaba al tópico Z) para hablar de una huida y de cómo interactúan los huidos.

La protagonista, Lulú, sufre una enfermedad que le impide tener el periodo. De esa manera tan prosaica se encuentra con que parece libre del contagio. Los vectores de la enfermedad, al menos en el momento del estallido, fueron las mujeres. Eso generó un clima de terror que degeneró en un mundo de hombres hostil para el sexo femenino (aunque se verá que la hostilidad acaba cuando hay ganas de meterla). Así, en apariencia inmune a la infección, Lulú se une a un grupo de militares convertidos contra su voluntad en niñeras, buscando un lugar donde la plaga no haya vencido. Y eso dentro de un submarino.

En un jodido submarino.

He leído que a algunos lectores (me parece recordar que entre los comentarios de goodreads) ese concreto detalle, y la manera lenta en que se desarrolla, les ha molestado haciéndoseles pesado. Pero la verdad sea dicha, a mí no sólo no me ha aburrido, sino que esos juegos de poder, de choque de personalidades (en el sentido de personalidades ya definidas de antemano para cada personaje: a excepción de la protagonista no hay profundidad alguna en los personajes, y mucho menos evolución), las descripciones de la vida dentro de la nave, del conflicto entre personal civil y militar me ha parecido del todo lógico e incluso necesario. Que estamos hablando de un entorno que sólo puede compararse, en cuanto a claustrofobia y encierro, a una nave espacial en tránsito. Exige tratar las relaciones interpersonales y los posibles choques. Y más aun con varios centenares de críos entre un grupo de militares a los que los ex les han dado por culo.

Porque Agente X más que un libro de zombis (o xombis, como los nombra) es un libro de supervivientes, de traiciones, egoísmo y crueldad. Las escenas de lucha o tensión contra infectados se cuentan con los dedos de las manos. Y no se echa de menos nada más, porque el auténtico peligro problema -o como se quiera decir- en la novela habla, viste y razona: son los mismos hombres.

El libro avanza sin prisas, plasmando bien el ambiente de malestar que hay dentro del innominado submarino, y sólo se acelera en su último. Y en ese tramo concreto falla: la parte final se vuelve confusa. El autor empieza a enredar la trama con la aparición de facciones y dobles juegos, con descripciones no del todo acertadas (no he acabado de ver bien ese Valhalla: no me cuadra tanta cúpula inflable con espacios diáfanos, túneles, pasillos y canales abiertos al agua, al menos de la manera en que luego describe las acciones) de tal manera que la lectura empieza a volverse poco interesante. A eso se suma el que todo empiece a cuadrar de una manera quizá excesiva: esa chica, con ese padre, en esa base y guardando ese secreto, que todo junto les llevará al lugar exacto donde encontrarse con los medios propicios para lograr ese premio final… Sí, hablo en acertijos (por eso de no meter demasiadas pistas) pero supongo que más de uno podrá entenderme: odio esos libros donde todo se encadena de tal manera que el final se convierte en una complicadísima pero maravillosa carambola. No se me hacen creíbles, ni de lejos.

Pero ese final no quita lo que antes ha venido: esos zombis azules, ultrarrápidos, parlanchines y que desean darte un morreo de primera. Habiendo visto ayer el último remake de La cosa (por cierto, horrible y vergonzosa como pocas) casi me puedo creer que algunas escenas de la película estuvieran inspiradas en la novela: esos miembros tan vivos y sedientos.

En definitiva, Agente X, de Walter Greatshell resulta una lectura amena (debido a su manera de avanzar posee bastante de thriller) que, sin pasar a la historia, satisface. Se lleva un seis.

Mientras seguiré buscando esos libros tópicos que encajen con lo que el cine ha dado. Sé que los hay: el libro de Arnaldos me lo ha demostrado. He decidido atacar los libros españoles una vez haya leído bastantes foráneos, para poder hablar desde una perspectiva más amplia. El señor Sisi y compañía deberán esperar.

Adeu.

P.D.: Mención aparte merece la portada. Se nota que buscaba el público adolescente, ese al que le sumas una tía medios desnuda y una X muy gorda y… bueno, no creo que haga falta más explicaciones. Que lo de la portada, salvo por el negro de los ojos, no tiene nada que ver con el contenido. Y a mi entender deja en muy mal sitio al director de la colección.

Jonathan Maberry – Paciente cero

Hola, ofidios.

Jonathan Maberry - Paciente cero

Jonathan Maberry – Paciente cero

Bueno, gracias a los saldos de La Factoría de Ideas (insisto en mi petición, a ver si cuela) he conseguido hacerme con unos pocos libros más del subgénero zombi y con los que ampliar mi panorama de ese recuente fenómeno. Tras un pequeño e infructuoso intento de conseguir un ejemplar ‘de servicio de prensa’ de De Madrid al zielo (libro Z de Alfonso Zamora ambientado en Madrid, algo que me llama la atención para ver si de verdad cumple lo que dije en mi anterior reseña Z, que se trata de aprovechar el tirón local, o si cumple con unos mínimos de calidad literaria y estilística) veo que voy a tener que seguir tirando de saldos y migajas para hacer mis reseñas ‘personales’. Cada vez me da más envidia (sana pero envidia al fin y al cabo) Mariano Villareal al poder conseguir novedades.

Así, mi nueva inmersión en este género ha sucedido de las manos de un autor nuevo por completo para mí, Jonathan Maberry. El autor con este Paciente cero no sólo nos sumerge en una especie de precuela del estándar del subgénero, sino que además nos introduce a su protagonista, Joe Ledger, una especie de Conan Mata Zombis del siglo XXI. De hecho el personaje le ha gustado tanto que con él ha iniciado toda una saga.

Pero en esta reseña no voy a hablar de nuevo de la manía de las sagas (o mejor dicho, de hacer sagas hasta de los manuales de elaboración de galletas) sino sólo de este libro, Paciente cero. Decir que lo que tengo entre manos pertenece al género de terror quizá suponga darle una importancia excesiva a una parte de la trama, los zombis, que casi se diría que roza lo incidental: si donde el señor pone Maberry zombis lo hubiera cambiado por bacteria asesina, gas neurotóxico o potitos cibernéticos asesinos le hubiera quedado la misma novela; o puede que mejor. Paciente cero dista mucho de ajustarse a la típica película (porque de eso puedo hablar sólo por ahora) de zombis, o siquiera de una donde el concepto Z tenga una importancia crucial pero siga otros derroteros (de nuevo hablo de la magnífica serie de comics Los muertos vivientes): estamos ante un thriller clásico con sus toques de espionaje, conspiraciones, ansias de poder y agencias secretas. No suelo leer ese género, pero creo que un Tom Clancy o Michael Crichton lo hubieran firmado con facilidad.

A ver, con esto no quiero decir el libro sea malo. Todo lo contrario, lo he leído casi sin pausa alguna, algo que no me sucedía desde hacía demasiados libros. El autor sabe engarzar las diversas escenas de acción con píldoras de tiempos semimuertos en los que más o menos se adentra tanto en los personajes como en los escenarios y situaciones ambientales. No se apresura en sumirnos en una ensalada de tiros y tampoco peca un excesivo enrevesamiento de ‘fintas en las fintas de las fintas’ (como diría Herbert), aunque quizá si cede un poco en ese terreno al final del libro. Todo el entramado se va desgranado de una manera bien calculada. Por una vez debo coincidir con una de las frases de la contraportada, esa en la que le compara con Michael Crichton: ambos autores, Crichton y Maberry, coinciden en esa manera de usar la tecnología como detonante de algo más, un ambiente de amenaza en la que los poderes fácticos gubernamentales deben implicarse de una forma más o menos sucia. Vamos, el libro encaja con la etiqueta ‘thriller tecnológico’.

Lo malo de Paciente cero lo tenemos sobre todo en que se sumerge demasiado en los estereotipos. Así, nos encontramos con un plantel de personajes por completo tópicos y nada creíbles (casi diría que de película de serie B). Un protagonista que se corresponde a la perfección con la idea de máquina de matar de alma torturada por un pasado personal terrible. En ese sentido hay que agradecer que me ha parecido entender que incluso el propio autor se lo toma a coña ese tipo de personajes: en un momento del libro menta a David Morrel, autor de Rambo; casi diría que no se pudo resistir a citar al prototipo de su protagonista. Junto a machote hay una mujer guerrera que, como no, tiene un cuerpo escultural. Ya tenemos a la Bêlit o valeria de nuestro Conan moderno. El chico bueno conoce a la mujer cañón y… ¿alguno duda de cómo iba a acabar esa relación? Pues eso. Luego pasan por delante nuestro toda una galería de rambitos y de American Dads (los robotizados y cuadriculados hasta la ridiculez miembros del Servicio Secreto estadounidense), todos supervisados por la versión ‘buena’ del jefe de Spectra, el señor Church. Cada vez que salía en escena este señor Ch. yo pensaba en otro Ch. muy al estilo, el Charlie de Los ángeles.

Eso hablando del lado de los buenos. Sus contrincantes no se libran de tópicos y exageraciones: tenemos la versión islamista del protagonista, un rambo hipermusculado y capaz de todo por su causa. Junto a él, formando la ambivalente pareja del mal, su mujer: un genio científico que ni el Bacterio, capaz de lograr un arma biológica con una soltura y facilidad digna de toda una galería premios Nobel de biología (y eso que no se dice nada de sus orígenes: supongo que en su aldea afgana debían enseñar bioquímica orgánica y diseño genético junto al abecedario). Y para acabar el ambicioso magnate de la industria médica, un re sobre todo multidisciplinar: tan pronto está orquestando un complot internacional como diseñando bases secretas o hackeando sistemas informáticos; y todo ello sin despeinarse.

Precioso y sugerente coctel de individuos.

Luego tenemos un detalle de estilo que acaba jugándole una mala pasada al autor: a lo larho del libro narra tanto en tercera como en primera persona. La tercera la usa para hablar y describir las acciones de todos los personajes, de todos menos de Joe, para el que usa la primera persona. Joe, un policía que antes ha pasado por el ejército además de revelarse como consumado experto de artes marciales, posee enormes conocimientos de armas. Así en numerosos párrafos las nombra y describe de igual manera que un crío de ahora habla de su móvil o su consola; todas ellas las describe desde esa primera persona, algo que resulta creíble gracias a su historial personal. Hasta ahí bien; lo malo llega cuando resulta que el policía–soldado–karateka incluso puede citar de memoria el modelo de motor (siglas y dígitos incluidos) de un helicóptero. ¿También tiene experiencia como mecánico de aeronaves? Ese y otros detalles de excesivo conocimiento hacen que la primera persona se vuelva muy poco creíble, mostrando a un escritor que ha perdido los papeles, nunca mejor dicho.

Aunque al héroe todopoderoso se le debe perdonar todo. Al fin y al cabo pertenece a esa estirpe de personas salvapatrias que, para mayor orgullo de ellos mismos, han nacido en la más importante, poderosa, sagrada y maravillosa nación de todos los tiempos: los insuperables EE.UU. Vamos, que sí: con el pasar de las páginas el libro empieza a apestar a ese paternalismo y ombliguismo yanqui (y yo recordando el chasco que supuso leer El texto Hercules). El mundo gira en torno a ellos. Po zí, po fale, po fueno. ¿Qué se descubre una amenaza en forma de virus capaz de eliminar a toda la raza humana? No hay problema: ellos solitos, y con una sola mano, lo solucionan. Al principio esa actitud la vemos en el jefe spectroso, algo que no encaja dado que si él es tan listo, tan adelantado a todos, tan frío y calculador, y teniendo a una colaboradora inglesa como segunda de a bordo ¿no se le ocurre pensar que la OTAN, no digo la ONU, quizá quiera saber algo de lo que ocurre? Pero el colmo del ridículo está en que un discurso similar lo pronuncian los malos: su objetivo se reduce a infestar EE.UU. y así asolar ‘el hemisferio occidental’; vamos, que Canadá y todos los otros países de América no existen. Todo ello me deja bien claro que esa cerrazón tan ‘de ellos’ tiene su origen en la propia manera de pensar del autor. Así, tenemos en manos a otro yanqui que se cree que América se reduce a EE.UU.

Jodido egocentrismo yankiloide.

Y el autor. Ah, el autor… Según la biografía que viene en el interior del libro trabaja como profesor de redacción desde 1978. Pero o bien le ha traicionado el traductor (en este caso Laura Rodríguez Gómez) o bien bastantes secciones del texto las ha dejado en manos de un becario, por lo descuidadas que están (el cambio de estilo a uno torpe, de principiante, a veces con reiteraciones casi ofensivas del condenado verbo comodín, salta a la vista). Pero por fortuna dichas partes no abundan demasiado. Lo que no le libra del escarnio: yo no querría como profesor de estilo a un tío que deja que publiquen bajo su nombre esos textos.

En definitiva, enfrentando por un lado los tópicos, los defectos puntuales del uso de la primera persona y el estilo a veces muy descuidado al argumento y trama bien cuidados a, por otro lado, el ritmo adecuado y la manera de encadenar acontecimientos bien llevada, el libro obtiene al final un veredicto positivo. Con todo ello este Paciente cero de Jonathan Maberry se lleva un 7… lo que no quiere decir que un lector aficionado, o experto, en el género de thriller le ponga una nota peor, o mucho peor.

Un saludo.