Michael Bishop – Sólo un enemigo: el tiempo

Hola, culebras.

Michael Bishop -Sólo un enemigo: el tiempo

Michael Bishop -Sólo un enemigo: el tiempo

Se ve que no tengo suerte con mis últimas lecturas: tengo atragantado de una manera exagerada el Kraken de Mieville, y tratando de poner tierra por medio empecé este Sólo un enemigo: el tiempo de Michael Bishop. Pero, la verdad sea dicha, ni siquiera yo estaba convencido de esta lectura: el libro lleva en mi pila casi veinte años, dos décadas, cuatro lustros en los que de ven en cuando lo cogía, leía la contraportada y lo volvía a dejar. Pero algo así me sucedió con Radix (A. A. Attanasio) y luego resultó que el miedo no tenía fundamento alguno. Pues eso, que atascado con Kraken (desde que lo empecé lo he dejado seis veces y en esos intermedios he leído otros tantos libros) llegó la oportunidad a esta obra de Bishop.

Maldita la hora.

Sí, que se ha llevado no sé cuántos premios, Nébula incluido. Pero ni aun así se va a librar de que lo califique de la manera que a mí me ha parecido: un truño de tomo y lomo. La verdad, no tengo por dónde agarrar semejante bodrio, tanto en la forma como en el fondo.

Las culpas de la forma, dado que he leído una traducción, no se las va a llevar todas ellas la chepa del autor. Al fin y al cabo Bishop no tiene la culpa de que en esta edición de Acervo que poseo los acentos bailen o desaparezcan: ahí la culpa recae en el editor. Tampoco quiero hacer recaer en él la existencia de todos los disparates expresivos que he tenido la desgracia de leer: en eso algo tienen que decir tanto (en último término) el editor como el traductor, el señor César Terrón. En ese vago terreno queda la culpa: que entre ellos se la repartan. Porque hay mucho que repartir: expresiones pedantes, extraños arcaicismos o incluso maneras de llamar a objetos cotidianos poco menos que enrevesadas (si no demenciales). La manera de expresarse el protagonista (la inmensa mayoría del texto está narrado en 1ª persona) no encaja en absoluto con la educación que se adivina ha poseído. Los flash backs al puro estilo Stephen King carecen del gancho del de Maine, no logrando hacer conectar al lector con el protagonista.

Y es que en lo de ‘conectar con el lector’ donde falla, al menos en mi caso, de manera estrepitosa el libro. De un libro se espera que, al cano de x páginas, haya algo que incite al lector a leer más y más. Puede tratarse de un desencadenante, un objeto, una conversación, un misterio, un personaje… muchas cosas. Pero en este Sólo un enemigo no me he encontrado con nada que me incitara a pasar la página. Tristísimo, sí. Quizá ello se deba a que la premisa base de la historia se me hace desde el primer momento ridícula: un viaje onírico al pasado. ¿Estamos ante un libro jipioso de esos de viajes de L.S.D. y encuentro con el yo interno o qué? Pero además el tener esa base de lo onírico desde un principio no pude evitar pensar en que me iba a encontrar con otros Los Serrano y su deleznable final. ¿Qué interés tiene un libro que desde el primer momento te están diciendo que todo lo que va a vivir el protagonista se reduce a un jodido sueño? Coño, si habláramos de fantasía oscura, con magia de por medio, tendría su aquel y un puntillo de gracia (como ya hizo Moorcock con su La fortaleza de la perla), pero ¿en ciencia ficción, y con un supuesto trasfondo científico serio? Anda ya.

Acerca de ese supuesto trasfondo serio, de nuevo no hay quien se lo tome en serio. La idea del viaje onírico al pasado está tan tomada por los pelos que ni propio autor sabe explicar bien cómo narices se produce dicho viaje, ni en qué términos. Juerga con la vaguedad incapaz de aclarar si de alguna manera lo onírico se vuelve físico. Al menos en La celda sabemos de sobra a qué nos enfrentamos, y con eso se juega. En La celda sí tenemos un muy buen ejemplo de lo que  un puede dar de sí el plano onírico en una historia: se puede identificar lo irreal de lo real con claridad, y las justificaciones (aunque fantasiosas) acerca de la manera en que interactúa un plano con el otro cumplen su objetivo de engañar al lector con una buena dosis de suspensión de credulidad. En este libro no: el autor se enfanga a la hora de describir el bus y su funcionamiento, viéndose incapaz de ‘mojarse’ y decir a las claras en qué manera los sueños de un individuo pueden afectar al funcionamiento de una máquina física para conseguir un desplazamiento físico en el tiempo. Porque, si de verdad hay una traslación física al pasado, ¿qué utilidad tiene el que el crononauta sea un soñador? Si la clave del proyecto radica en que el crononauta es un soñador, ¿no se reducirá todo el ‘viaje’ a un jodido sueño? Los Serrano, por dios, Los Serrano sobrevuelan de nuevo el libro. Incluso en un par de ocasiones el protagonista deja entrever que mientras el sueña con el pleistoceno su cuerpo sigue en la camilla del bus. Lo dicho: el autor juega con una ambigüedad tramposa. Tramposa o incapaz.

Con todo ello parece que tenemos un libro que habla no se sabe si de un tío dormido, soñando sus pajas mentales de la infancia, o de ese mismo tío que (a saber cómo) realiza un viaje físico al pasado mientras él mismo cree que está soñando. O de algo entre medias (sí, así de ambiguo resulta el libro). De una manera u otra, en mayor o menor grado, jugamos con sueños. Y ese detalle resulta clave para el segundo enorme fallo del libro: el antropológico. Pensemos un poco: tenemos a antropólogo de prestigio. Por más que quiera conocer datos del modus vivendi de los homo habilis ¿se va a creer que los sueños de un tío suponen una base seria u documentada para sus teorías? Por dios, ¿con qué cara le dice al resto de la comunidad científica que dice que ‘el homo habilis vivía así porque me lo ha dicho este tío: él lo ha visto en sus sueños amplificados con mi máquina’? Antes de responder piénsalo dos veces. O ponte este ejemplo: que te digan que la historia es de una determinada manera sólo porque así lo ha soñado un individuo. A la mierda la arqueología, o la historia forense, o la documentación: lo que importa es lo que un tío sueña. Palabra de John­–John. Te alabamos, John­–John.

En otras palabras: a tomar por culo suspensión de credulidad. Para leer el libro te has convertido a la fe de John­–John, un borrego más que se traga cualquier cosa que le diga John­–John. Y el afamado antropólogo del libro se come todo eso con patatas. ¿Se imagina a alguien a un Leakey basando parte de su documentación de campo en lo que ve un tío en sus sueños? ¿Una revista científica seria aceptaría los postulados de un científico si este dijera que se basan en los sueños de alguien? ¿Estamos tontos o qué? El señor Bishop considera al lector un soberano cretino si espera que se trague eso. Un científico con un mínimo concepto de Método ni se le ocurre arrimarse a lo onírico para obtener pruebas (salvo en el caso de que se trata de estudios médicos/biológicos de enfermedades y mecanismo de sueño, se entiende).

Pero no, que Bishop pretende que comulguemos con ruedas de molinos, que nos creamos esa descomunal sandez.

Anda, a tomar por culo.

Si es que la premisa base del libro es una absoluta ridiculez. Estamos ante un libro que no sólo obliga a apagar el cerebro. Esa es una opción muy digna en la literatura de evasión, y en la cual esa necesidad queda bien clara: vamos a leer idas de olla. Por eso nadie se echa la manos a la cabeza al acompañar las andanzas de un par de enanos que llevan un anillo a un volcán para así matar al mago malo malísimo; o ninguno se rasga las vestiduras al seguir las andanzas de un humano, un gato hipervitaminado y de mal genio y un alienígena de tres patas y dos cabezas, mientras exploran una descomunal estructura en forma de anillo que gira en torno a una estrella. Todos sabemos que estamos ante un cuento chino, nos lo creemos y disfrutamos. Saben trabajar con la suspensión de incredulidad. En esos libros los personajes, aun fantasiosos, poseen mentalidades y formas de actuar que encajan con su lógica, o con la lógica de su mundo. Pero en este libro pretenden hacernos creer que en el siglo XX, en una sociedad realista con un entorno sociopolítico y económico real, hay individuos ‘reales’ como el antropólogo de marras que actúa de la manera que actúa y se cree lo del chico soñador. Y Bishop pretende que comulgue con ello. Lo dicho: a tomar por culo. Le vas a tomar el pelo a otro.

Y aun así sigo leyendo: me debes una, Bishop, por no lanzar este libro a la basura de manera inmediata. Le he dado una oportunidad hasta el final.

El libro avanza. Página tras página descubrimos la vida y obra del protagonista (en su país, antes del viaje, y en África justo antes del mismo y después). También, por supuesto, le acompañamos en su paja mental viaje temporal. En el África del Pleistoceno conocerá a un grupito de homos habilis, se enamorará de una de ellos (guiño al bestialismo, por mucho que diga que se trata de un salto evolutivo hacia el homos sapiens) e incluso (tachán) tendrá una niña. Sí, puede que alguno considere esto como un brutal spoiler: pero semejante tontería, o desafío a la paradoja del abuelo, se ve venir a las pocas páginas de encontrarse el prota con Elena. Vamos, que no reviento nada que alguien con un par de dedos de frente no intuya. Aunque alguien con un par de dedos de frente seguro que habría tirado el libro a la basura mucho antes de que naciera Gusanito.

Yo, como buen tozudo que soy, continué con la lectura.

El libro avanza con una historia de sabana que en ningún momento me enganchó. Se me hizo mucho más interesante La hormiga de Pedro Gálvez que eso (bueno, en eso tiene cierta importancia que la mirmecología me atraiga). Ahí lo dejo.  Aburrido todo salvando la leyenda del rinoceronte, y qué pena que lo más interesante del libro sea a la vez un simple detalle de ambientación. Lo dicho, el libro avanza hacia no se sabe bien dónde. Bueno, sí: hacia la niña medio habilis, medio sapiens, que por arte de magia no tiene nada de habilis. ¿Y ahora qué?, debió pensar el autor. ¿Cómo salgo de este documental de La 2 sin pies ni cabeza? Pues, cómo no, acudiendo al deus ex machina. Y el tío, todo chulo, incluso lo describe así: deus ex machina.

Desde ese momento avanzar en la lectura me supuso un auténtico ejercicio de voluntad. La razón de la existencia de la niña queda enfangada por la no–explicación previa de la naturaleza verdadera del viaje. A eso hay que añadir un fenómeno casi relativista de compresión temporal, al menos desde el punto de vista del viajero. ¿Cómo explicar la presencia de una niña humana, gestada y nacida, cuando se dice que el crononauta estuvo inmerso en su sueño (sí, de nuevo así lo describe el autor: el protagonista estuvo todo el tiempo tumbado en una camilla) un tiempo objetivo no superior a dos meses? Queriendo buscar un golpe de efecto, la niña, el autor se mete más y más en el fango. ¿Dar una explicación? Nada. ¿Para qué complicarse? Corre, corre a escribir otra página, a ver si el subnormal del lector que aun sigue leyendo el engaño de libro olvida ese error con más tonterías (congresos y fiestas años después, entre otras cosas). La novela se alarga más y más, de nuevo sin rumbo, agonizando llena de patetismo (pero patetismo el que siento yo, al ver cómo la estafa que este libro me supone sigue aumentando sin aparente fin). Al fin acaba. Y doy gracias de ello. No termina con un Los Serrano, aunque creo que si hubiera dejado caer ‘y despertó en su cama y todo se había reducido a un mal sueño’ hubiera dado más credibilidad al texto que no acabar de la manera en que lo hace.

Un espectáculo muy triste, la verdad. Triste y de vergüenza.

Pero más vergonzoso aún es saber que este bodrio se ha llevado premios, incluso de los propios escritores. Prefiero no saber los enredos de sobres, chanchullos y amiguismos que se debieron mover en esos Nebula (y en los otros premios). En su tiempo conocí los Ignotus con suficiente cercanía como para intuir la merienda de negros que esconden, algo en el más puro estilo ‘si tú me comes la polla yo te la como a ti’. Todo ello aderezado con los imprescindibles bandos, grupitos (casi lobbies) y partidismos. Muy español todo, vamos. Pero no me esperaba algo así de los anglosajones. Y sin embargo ya veo que ocurre. En todos sitios cuecen habas, y tras esta lectura entierro de manera definitiva mi respeto por todo premio para siempre. El hombre es hombre, y como tal propenso a esas mierdas de chanchullos y maquinaciones, todo por lograr destacar de entre la morralla media.

Nada, que se lleva un 2 y me parece mucho. Demasiado. Una estafa por parte del autor, del editor, de los premios, de la prensa… o eso o mi mente discurre por senderos muy distintos al de toda esa gente que lo alaba.

Sí, sin duda la culpa de esta crítica recae en mí, en mi cerebro, en mi forma de pensar. Me pongo yo el 2, por no saber apreciar esta joya. Eso me pasa por crítico, asocial y misántropo: no entiendo a los humanos.

Adiós.

PD: Una cosa que se me olvidaba decir. La portada de esta edición, tan infame como el libro, tan estafa, tan engaño. Todo es una broma en esta obra. Una broma de mal gusto. Y algunos hemos picado en ella de lleno. Nevermore.