Robert E. Howard – Conan el aventurero

Hola, culebras.

Un poco de aire fresco, lectura rápida tras la profunda y densa anterior. Para eso el amigo Conan siempre viene muy bien. Este volumen contiene cuatro relatos. En el índice pone que pertenecen a L. Sprague de Camp, pero la autoría real le correspode a Howard. De hecho de Camp sólo mete mano en ‘Los tambores de Tombalku’, relato póstumo redactado a base de apuntes dejados por el tejano.

Robert E. Howard - Conan el aventurero

Robert E. Howard – Conan el aventurero

  1. ‘El pueblo del círculo negro’. Por mucho que Leiber diga, el cuento (más bien novelette) me parece un ‘más de lo mismo’ en lo relativo a los relatos de Conan. Se lleva un 5 raspadete, y bastante.
  2. ‘La sombra deslizante’. Y de nuevo le llevo la contraria, al menos en parte, a Leiber. El cuento es pasable. ¿El peor de Howard? No lo podría decir dado que ahora mismo tengo cierto cacao entre todos los que he leído del tejano y de sus discípulos (pero mucho mejor que cierta morralla intragable). Lo que sí que hay que decir es que tiene una enorme falta: la atmósfera inicial (alienante y extraña) recuerda demasiado a ‘Clavos rojos’. Tras ese arranque muy interesante el cuento deriva en un continuo ‘que te pego, leche’. De nuevo pongo un 5.
  3. Con ‘Los tambores de Tombalku’ se podría decir que tenemos dos relatos por el precio de uno. Dos historias en una, dos aventuras que pese a estar enlazadas entre sí muy bien podrían haber aparecido de manera independiente; de hecho en los cómics se narra poco menos que en innumerables ocasiones escaramuzas similares. Tenemos una mezcla de ambientes y parajes: desde los extraños (aunque algo semejantes a los de ‘La sombra deslizante’) a los desérticos de la época de los zuaguires, pasando por brujería e incluso un Conan entronizado. Un enorme fallo de este cuento lo tenemos en las descripciones de las dos naciones en las que transcurre la historia: puedes decir mil y un veces que están ‘perdidas y olvidadas’, pero si haces que un sólo personaje las encuentre en el plazo de unos días y sin recorrer mucho espacio (un par de días a lomos de camello) entre una y otra… algo falla. Casi da la impresión de que más que perdidas estaban dejadas de lado por el resto del mundo adrede: como si las vieran y las rehuyeran. Vamos, como una especie de Nadsokor. Pero no, que nadie había podido encontrarlas en cientos de años, nadie menos los protagonistas, oye. Pese a ello el cuento me ha dejado bastante mejor sabor de boca que los anteriores, por lo que se lleva un 7.
  4. Leyendo ‘El estanque del negro’ volvemos a adentrarnos (por cuarta y última vez en este libro) al esquema de ‘exploración que lleva al descubrimiento de una raza perdida’. Todo muy lovecraftiano pero al mismo tiempo –al menos en los dos primeros tercios del cuento– bastante maquinal. Por fortuna ese tono ‘a lo Lovecraft’, sobre todo al final, hace que el texto resurja: no se limita a mostrar ‘lo primigenio’ en forma de de la enésima raza perdida sino que añade detalles que encajan con el horror cósmico que se estaba engendrando en la época en la que se escribió el relato. Todo un cuento a media camino entre ambos géneros. Merece un 7 como nota.

A modo de comentario final decir que la edición tiene algunos defectos, con unas pocas frases raras o forzadas. Nada que enturbie demasiado la lectura, y sin duda a años luz de los despropósitos de otras editoriales.

Ah, sí, la media de la valoración: un correcto 6.

Un saludo.

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