Kim Stanley Robinson – 2312

Hola, ofidios.

A la espera de ponerme con la trilogía de Marte, he sacado de por ahí este librito. No sé por qué (supongo que lo puedo aducir a mi despiste generalizado) pensé que se trataba de Tiempos de arroz y sal, la ucronía, al punto que creí que se titulaba 2312: Tiempos de arroz y sal. Pero al cabo de unas páginas vi que no, que eso no tenía pinta de ucronía. Lo dicho, que vivo en un despiste continuo. Pero como ya lo había empezado no lo iba a dejar así porque sí. Máxime teniendo en cuenta que nunca había leído nada del autor.

Lo que me he encontrado en 2312 se puede definir como ciencia ficción dura y paisajística. Sí, tal cual: paisajística. Robinson se deleita, y de paso al lector, llevándonos de un lado a otro del sistema solar para mostrarnos los paisajes de diversos mundos y lunas. En plan Cosmos, vamos, pero con una diferencia: aquí la ciencia ficción dura se nota en la forma de terraformación poco menos que masiva, auxiliado por poco menos que maravillas de la ingeniería. Así, a lo largo de las páginas visitamos un planeta Venus que ha sido frenado, protegido por un parasol estático y sometido a un enfriamiento que se ha cargado su atmósfera infernal; o un cinturón de asteroides en órbita interior a la de Mercurio, que comercian con luz del sol; o una serie de satélites y cometas convertidos en terrarios que, al estilo de los ricksaws vistos en Mundos en el Abismo, surcan a altas velocidades el sistema solar y sirven tanto de hábitats como de transporte; o las diversas lunas de Júpiter y Saturno convertidas en entornos habitables.

Entre medias de todas esas descripciones de carácter más o menos físico, Robinson nos muestra una sociedad medio utópica en la que el trabajo se ha convertido en una suerte de voluntariado social: la gente trabaja en lo que le gusta y se le da bien, y luego colabora en labores comunitarias cuando quiere y donde quiere. Una especie de anarquismo, vamos, pero auxiliado por un enorme desahogo económico.

En esa sociedad del s. XXIV el hombre, como especie, ha pasado de un binomio hombre-mujer a un abanico de diversas sexualidades, llegando incluso a tener hermafroditas. Todo ello se logra mediante operaciones y terapia. Similar a lo dicho en Tritón… pero no: Robinson no lo muestra de manera directa como ‘de hetero me convierto en gay, y por arte de magia mis gustos cambian de una sexualidad a otra, para luego volver a hetero’, o viceversa, sino como una evolución (o crecimiento, o ampliación en el caso de las personas con ambas sexualidades activas y viables) de la personalidad. La sociedad ha aceptado y normalizado cada vertiente de esas nuevas sexualidades, algo que a día de hoy resulta impensable. Eso sí, esa suerte de sociedad utópica sólo existe fuera de La Tierra: el planeta madre sigue siendo un sindiós de hambre, guerra y radicalismo.

Hasta aquí algunos detalles paisajísticos. Pero 2312 no se limita a eso: no es libro enmarcado en el naturalismo, por decirlo de alguna manera. En la novela hay un poco de trama e intriga. Sí, muy al servicio de los paisajes físicos y sociales, pero lo hay. Lo bastante como para servir de hilo conductor. Sencillito, con una clara referencia a la Hyperion de Simmons. Entretenido. Punto.

Como resultado final queda un libro un poco hueco, sobre todo en lo relativo a personajes y trama, pero por otro lado muy visual y bello. Como a mí el componente paisajóstico me encanta, no me molesta ese defecto. Así que le pongo un 7 y me quedo con ganas de leer más de Robinson.

Un saludo.

Samuel R. Delany – Tritón

Hola, culebras.

Hace mucho… bah, no tanto. Hace algún tiempo que no leo nada de Delany. Lo último no me dejó muy buen sabor de boca, aunque mejor de lo esperado dado que este autor tiene fama de ‘difícil’. La verdad, Tritón lleva muchísimo en la Pila, más que nada porque lo que pone en la contraportada no me atraía mucho. Cosas de comprar de manera compulsiva ultramares.

Samuel R. Delany - Triton

Samuel R. Delany – Triton

Pero ya le ha tocado la hora. O no, según se mire: no he podido acabarlo, me ha vencido.

De entrada decir que me he encontrado con muchos, muchísimos, demasiados -mentes. Se puede decir que este libro sirve de ejemplo de lo que implica abusar de los modales. Se hacen cargantes, insufribles. Una auténtica tortura, al menos para mí.

Ni que decir tiene que junto con los -mentes uno no se libra de la infestación de seres. El jodido verbo ser se convierte en una plaga.

Pero los problemas con el estilo no acaban ahí. La propia sintaxis se hace cargante, con frases enrevesadas de manera artificiosa. Uno sufre ante el exceso de paréntesis: a veces incluso se encuentra tres incisos de ese tipo en una sola frase (hace muchos años me reía de Lorenzo Luengo por su sistemático uso de los paréntesis; leyendo este libro hubiera deseado que Delany se quedara en el estilo de Luengo). Esa sobreabundancia hace que el discurso quede roto, por no decir destrozado. Uno se pierde entre las acotaciones, las inserciones, los comentarios, y por ello la lectura se vuelve farragosa. Para acabar de joder la marrana, demasiadas veces esos incisos aportan datos de poco o nulo interés. Vamos, una paja descomunal.

La forma mal, muy mal. Pero, ¿y el fondo?

Entre tanta acotación y comentario, la novela se arrastra. Padece de un inicio muy lento, que hace que el lector no sepa bien adónde ser pretende ir. Esto es habitual en Delany, sí, pero en esta novela se hace excesivo. Y el escenario tan distinto de lo habitual no ayuda: si se introdujera al lector de una manera más fluida en esa sociedad de Tritón se llevaría mejor ese primer centenar de páginas, pero el autor parece empeñado en ofuscar el texto. Porque sí, tarda ciento sesenta páginas en arrancar. Todo un record.

Aun así, seguimos.

Debo decir que, para la época en que se escribió el libro, me ha sorprendido la manera tan clara de mostrar la sexualidad, incluida la homosexualidad. Resulta refrescante saber que hay gente que no se muestra timorato ante esos temas. Ahora mismo, en este país de mierda, todavía hay gente que no tolera esas expresiones de sexualidad.

Aunque el discurso de Delany tiene algún mensaje que hoy día sí que se llevaría palos. Uno de ellos, quizá el más grave, versa en lo relativo a que, según el libro, la inclinación sexual se puede cambiar mediante un proceso químico-médico. Ni soy sexólogo, ni endocrino, ni nada similar, pero me da que el tema de la orientación sexual va más allá de un coctel de hormonas y operaciones de bisturí.

Un ejemplo de palabras, y palabras y más palabras introducidas sin apenas sentido (poco menos que para engrosar el libro) lo tenemos en el discurso relativo a la metalógica que le da el protagonista a su nueva ayudante. Según lo leía pensaba «Ya lo puede justificar más adelante, porque si no es un ejemplo brutal de paja». Y luego sí, me quedó claro que había acertado.

Según avanza el libro la paja me empieza a saturar. Diálogos plagados de acotaciones, muchas de ellas sin aportar nada salvo detalles superficiales; esa partida de vlet, con la descripción en exceso detallada del juego, que a todas luces está sobredimensionada (ni siquiera en un libro como El jugador, a priori más predispuesto a ello, se llega a tal detalle); la descripción del sistema de gravedad artificial (de repente nos metemos en harina de pseudo ciencia ficción dura). En general todo podría haberse descrito con efectividad, pero no tanto detalle.

El libro avanza. Sufren ciertas desgracias, viajan a La Tierra, regresan… todo a lo largo de miles de palabras, de incisos, de comentarios que no aportan nada. La lectura se hace casi insoportable. Y sin el casi. Acabé dejando el libro de lado: ya no estoy para perder el tiempo (y, a fin de cuentas, la vida) en semejantes cosas. Me quedé en la página 270 de 400. No pude más. Será por falta de libros que leer.

Lo siento, Delany, entras en la lista de fracasos. Y te llevas con este Tritón un 3.

Siguiente.

Robert A. Heinlein – Viernes

Hola, culebras.

Otro Heinlein que cae en mis manos. Aunque todo hay que decirlo: este Viernes lleva mucho, pero mucho, en la pila. Nunca me he sentido muy atraído por lo que pone en la contraportada, la verdad. El libro lo compre en mi etapa compulsiva, cuando me hacía con casi todo lo que veía (y me lo podía pagar), y ahí quedó. ¿Cuánto tiempo? ¿Quince, veinte años? Más o menos eso.

Pero ya le ha llegado el momento.

Robert A. Heinlein - Viernes

Robert A. Heinlein – Viernes

De Viernes puede decir que entretiene, pero poco más. La sucesión de peripecias de esta especie de agente secreto se resumen en unas cuatrocientas páginas de dar tumbos de un lado a otro, y poco más. Supongo que habrá gente que le guste este tipo de novelas vacías, pero a mí no me ha dicho nada de nada.

La mala baba de Heinlein se nota en muchas partes, como por ejemplo su manera de considerar a los funcionarios: como seres corruptos, indignos y conformistas. La visión liberal, vamos, en contra de los gobiernos centrales, domina a Heinlein. Pero hace gracia cómo, según le pone de parásitos para arriba, luego les exige y les recrimina que no funcionen bien. «Eres una mierda inútil, pero ¿cómo no eres capaz de hacerme este trabajo? Oye, que pago por ti». A ver, chavalín: si tanto pones a bajar de un burro lo público y defiendes lo privado, vas, no usas nunca eso que tanto detestas (ni les exiges nada), y te buscas la vida con lo que te ofrezca lo privado. Si luego te encuentras con que esa maravilla de sistema privado te sangra el bolsillo y en cuanto dejas de tener dinero te da una patada en el culo, te jodes. Y no vuelves a lo público, claro. Te jodes y si hace falta te mueres, don liberal.

Ale, ya he soltado mi alegato anti libegal—de—chichinabo (que incluye a lacras sociales como Esperanza «mamandurrias girl» Aguirre y demás libegales que viven de vampirizar lo público) del momento.

Nadie me puede negar que en este libro Heinlein mete mucha, pero que mucha paja. A veces la lectura de esas chuminadas interesante (como por ejemplo las descripciones de la vida cotidiana, y las teorías sociopolíticas llenas de mala baba), pero otras no, de verdad que no. Saber el menú completo de un restaurante, lo que comen los protagonistas, los anuncios de la prensa, o el vestuario completo de un rehén al que vas a desnudar sobra. Esas dosis de paja se puede decir que llegan a su máximo esplendor cuando describe el viaje de la nave. A ver, todos esos gráficos y tablas sobran, y sólo sirven para que el autor demuestre lo mucho que sabe de astronomía. Que sí, Robert, que todos sabemos que no tenías un pelo de tonto, pero con esas demostraciones no ganas nada. Al contrario, jodido pedante engreído liberal filonazi.

De vez en cuando la novela está salpicada de detalles cachondos. Un ejemplo: en la página 196 hace una mención tronchante a la relevancia política de Gales como nación. La iguala (así, tal cual) a Swazilandia o Nepal. Pobres galeses, ¿qué le han hecho al gruñón?

Me ha sorprendido un detalle que no sé si tiene algo de homenaje o burla. En un momento dado, casi sin previo aviso, el rollo de espías y carreras de un lado a otro acaba. Sin quererlo ni beberlo la protagonista (guapa, lista, fuerte, la nuera perfecta) deja de ser un agente de campo y se convierte en especialista de inteligencia. ¿Su labor? Pues ni más ni menos que hacer de Hari Sheldon y practicar psicohistoria. ¿Guiño a Asimov? ¿O mala baba de Heinlein contra el profesor, que basó parte de su éxito en esa magufada? De una manera u otra ese inciso interrumpe el sendero que parecía estar tomando la novela: el convertirse en un nuevo emperador de todas las cosas. Y bastante peor, más aburrido, que Radix, por cierto.

La novela avanza, y llega el momento de la disyuntiva: ¿la lanzo a tomar por culo o sigo con ella? Me refiero al ‘Momento de lotería’. ¿En serio? ¿Me tengo que tragar esa mierda? A eso le llamo deus ex machina y lo demás cuento. Y mejor no hablar de esos últimos capítulos en plan ‘nos juntamos todos y, cogidos de la mano, danzamos en torno a la hoguera’. Su puta madre. ¿Tanto cuesta no ser tan baboso?

Hay que agradecer que el estilo con que está escrita la novela, aunque mejorable, no chirría demasiado. La novela está narrada en primera persona, a modo de memorias informales de la protagonista. Eso hace que los defectos formales se manejan más o menos bien, al considerarlos parte de la manera de expresarse de Viernes.

Nota: por lo que veo parece que la gente se queda con las aventuras sexuales. A mí no me ha parecido nada del otro mundo. Aunque se agradece en manera tan natural en la que se enfoca la sexualidad en todas sus variantes. En eso Heinlein puede descuadrar a más de uno: no resulta habitual que un liberal defienda y hable de esa manera tan clara de relaciones homosexuales o en grupo. En ese sentido, ¡olé!, Robert.

Con todo la novela se lleva un 5, aprobado raspado, y me quedo a la espera de otro Heinlein de más calado. El Forastero en tierra extraña sigue en la pila, pero es tan gordo…

Adiós.

AA.VV. – Tres tormentas de nieve

Hola, culebras.

Casi se puede decir que no he leído nada de literatura rusa. ¿He hecho mal? Me temo que sí, al menos para ampliar mi culturilla general. Por ello, cuando alguien me recomendó leer Tres tormentas de nieve, me dije: ¿Y por qué no? Al fin y al cabo se trata de cuentos, mi género favorito, de tres autores importantes. Además el libro contaba con el aliciente de que sus historias tenían relación con el frío y las tormentas, una ambientación que en principio me atrae. Sin duda los rusos pueden decir mucho de las tormentas de nieve, la menos mucho más que un andaluz. En este librito hay tres nombres que me sonaban a ‘autor de importancia’: Tolstói lo conozco de oídas por su obra Guerra y paz, todo un clásico aunque yo no lo haya leído; de Chéjov admitiré que me sonaba el nombre, poco más; me pasaba algo similar con Pushkin, aunque admito que de una manera todavía más vaga.

Aquí va lo que me he encontrado en Tres tormentas de nieve.

  1. ‘En el camino’ de Chéjov se me ha hecho demasiado ‘melmothiano’. ¿Qué quiero decir? Pues que el condenado discurso del padre se me hace casi interminable, y del todo irreal. Nadie habla así, por dios. Parece que estamos, más que con una autor de finales del s. XIX, con uno de inicios de ese siglo, uno marcado demasiado por el romanticismo o lo gótico. Esa manera de expresarse cargante llega a su colmo en la hija: la chiquilla habla como una vieja. A resultas de ello me ha costado mucho conectar con el texto. Aun así el cuento tiene algunas descripciones de la tormenta, y sobre los efectos del viento, poco menos que magníficas. Le pongo un 5. Una pena: si el cuento no se hubiera centrado en el padre sino en un toma y cada entre él y la muchacha, con insertos de la tormenta exterior, hubiera ganado muchos enteros.
  2. Pushkin entra con ‘La tempestad de nieve’. En este caso, viendo la época en la que vive el autor, no me extraña ese estilo narrativo tan romántico, tan semejante a por ejemplo El monje. ‘La tempestad de nieve’ cuenta con una acción apresurada. Eso de por sí no supondría problema alguno. Lo malo llega con los saltos de escena: el cuento posee una estructura temporal tan poco lineal que casi no hay por dónde agarrarlo. Los huecos aparecen de una forma demasiado brusca, mal llevados. Eso genera una sensación rara. Luego el autor ‘justifica’ esos saltos mediante la inserción de una nueva historia. No me atrevo a llamarla secundaria, pero sí poco menos que dicotómica. Mientras se lee esa nueva historia no se comprende a dónde quiere ir el autor… hasta que de repente empiezas a decir ‘Por favor, que no sea eso. Que no sea eso’. Y sí: lo es. Así nos encontramos con un texto tramposo y nada creíble, un cuento que pone a bajar de un burro a los rusos. Quedan como tontos de solemnidad, o indiferentes al drama que ven. ¿Ninguno de los presentes puede avisar a la novia de que está pasando algo raro? ¿Son tan pazguatos que no reaccionan ante la aparición del susodicho? Pero sí, según el autor tenemos que creer que esa ‘broma’ sigue adelante, pese a la desgracia que supone para ella. A mí se me hace inverosímil, tanto que me arruina el relato. Ale, un 4.
  3. El trío de relatos acaba con ‘La tormenta de nieve’, de Tolstoi. El estilo de este cuento contrasta sobre todo con el de Puchkin: parecen de dos mundos diferentes, a pesar de que entre ellos hay pocas décadas. También supera con creces al de Chéjov, posterior. Casi se podría decir que Tolstoi narra con el arte de alguien del s. XX. viviendo en el s. XIX. Pero bueno: casi, que todavía posee algunos manierismos. ‘La tormenta de nieve’ supera con creces en extensión a los otros tres. Eso permite al autor marcar un ritmo mucho más pausado y envolvente, que se disfruta mucho más (considero que el cuento corto o ultra corto debe ser una navajada en la oscuridad, furtivo y rápido; la masacre y el regodeo sólo deben usarse en extensiones largas, o mucho más largas. Si en un corto pretendes contar demasiado te ocurre lo que le pasa a Puchkin en su ‘La tempestad de nieve’, que no). En este cuento la tormenta de nieve posee personalidad: se palpa, se vive, se paladea. A veces me ha recordado a El terror de Simmons. En el cuento de Pushkin apenas se vive el meteoro, que queda como un mero incidente argumental, sin vida. Chéjov apunta pinceladas muy vívidas e impresionantes, pero no profundiza desliéndose con el discurso del padre. Pero Tolstoi nos hace paladear ese abismo blanco que es la tormenta. Hace que los personajes naden en ella, de una manera a veces chocante: algunos se lanzan al abismo blanco con una tranquilidad pasmosa. Al menos yo, español del s. XX—XXI, no comprendo esa manera de proceder, aunque entiendo que para un ruso de esa época no sería raro. El cuento a veces parece dispersarse, como con la escena del ahogado, pero en general funciona bien. En definitiva, se lleva un 7.

La nota media que sale es de un 5,3. ¿Qué quiere decir eso? Pues que me invita a leer más Tolstoi, quizá algo de Chéjov, y me quita las ganas de repetir con Pushkin. Menos da una piedra.

Ahora voy a hablar de la impresión general que me han dejado los textos rusos. Todos ellos están llenos de giros y expresiones exageradas, casi forzadas. Por ejemplo la manera de llamarse entre ellos: ese uso del nombre más el patronímico casi omnipresente. Se me hace raro, tanto como si aquí siempre nos habláramos sólo con el apellido, o con el ‘hijo de’, o con nombre y apellido juntos. Pero entiendo que se trata de algo cultural, la forma de expresarse propia de los rusos. De igual manera me da que el estilo ruso de escribir (esa puntuación a veces demencial, la expresividad enrevesada, barroca por momentos) tiene poco que ver con el español, o con el ruso actual (por ejemplo de Metro: 2033). Vamos, que para leer a autores rusos clásicos hay que cambiar el chip.

Adiós.

Stanislaw Lem – Ciberiada

Hola, ofidios.

Esta visto que lo mío con Lem se resume en un no rotundo. Nada de lo que he leído de él (Retorno de las estrellas, Viajes de Pirx, Congreso de futurología) me ha gustado. Sólo algunas partes concretas de Retorno de las estrellas me llegaron a agradar, pero con un balance final negativo. ¿Y qué me ha pasado con este Ciberiada? Pues más de lo mismo, sólo que en esta ocasión he acabado lanzando el libro lejos de mí: no podía soportar lo leído y a mi edad ya sé que no debo gastar mi tiempo en algo que no me satisface.

Stanislaw Lem - Ciberiada

Stanislaw Lem – Ciberiada

En esta microrreseña voy a hablar sólo de los tres relatos que he leído… o sufrido.

  1. La primera patada en la boca que me da ‘Expedición primera, o La trampa de Garganciano’ llega en la forma de la frase inicial: se puede decir que estoy ante la antítesis de frase gancho. Por favor, que alguien me mate. Sigo leyendo y descubro que, en vez de cuentos serios, estoy ante una chirigota casi surrealista. Por si alguno aun no lo sabe ese género, en general, no me agrada nada. La narración hace aguas por muchas partes, y al cabo de unas páginas la suspensión de incredulidad salta por los aires. Al final sólo me lo puedo tomar como una fábula medio infantil, tontuna e intrascendente. Versión blanda de En las colinas las ciudades. Del todo prescindible. Le endoso un 3.
  2. Me pongo con ‘Expedición primera A, o el Electrobardo de Trurl’. Sólo puedo definir el cuento como una estupidez de tomo y lomo. Puede que este sinsentido le haga gracia a alguien, pero a mí no. Me parece una absoluta pérdida de tiempo. Tras leer este cuento ya me decido: si el libro sigue por esos derroteros lo lanzo a la basura a la de ya. No puedo ponerle más que 3.
  3. Ahora llega ‘Expedición segunda, o la oferta del rey Cruelio’. De nuevo una chorrada sin sentido. No tiene ni pies ni cabeza. Otro 3 y el libro a tomar por culo.

La media, por decir algo, se queda en 3.

No voy a perder el tiempo con esto. A la porra. Me quedé en la página 66 y no le di más oportunidades. Mi tiempo libre lo quemo con otros entretenimientos, no estos.

Adiós.

AA.VV. – 12 cuentos errantes, 12 autores en tu bolsillo

Hola, culebras.

Ni sé cuánto tiempo llevaba este libro de cuentos en la pila. La verdad es que tampoco tengo claro cómo lo conseguí, pero seguro que no pagando un duro por él. ¿Alguna promo de FNAC? Ni idea.

AA.VV. - 12 cuentos errantes

AA.VV. – 12 cuentos errantes

Pero le ha llegado la hora a este 12 cuentos errantes, 12 autores en tu bolsillo, y he aquí lo que me he encontrado. Al tajo:

  1. De parte de José Donoso (con él empieza la lista de desconocidos, al menos para mí) llega ‘Veraneo’. Empezamos con los a mi entender fallos: el cuento no tiene frase gancho inicial. Para joderlo más aun usa un lenguaje muy (a mi gusto demasiado) suramericano que me chirría. Además la historia en sí no me dice nada de nada. Un 4 y va listo.
  2. Katheryn Mansfield (¿mande?) presenta ‘El viaje’. Está visto que no se van herniar mucho a la hora de escoger los títulos, no. De nuevo sin frase gancho. Al menos la prosa es mucho más visual. Pero empiezo a hartarme de los —mentes. De nuevo estoy ante una historia que no dice nada. La salva el que está narrada (y traducida) mucho mejor que la anterior. Por curiosidad, ¿adónde coño van y de dónde narices salen? ¿Sucede en un ferri entre Inglaterra y una de las islas del canal o quizá la Isla de Mann? Le pongo un 6.
  3. Guillermo Cabrera Infante. Éste sí lo conozco… de oídas. Pero por mucho nombre su cuento ‘Mar, mar, enemigo’ es más de lo mismo. Además, siguiendo lo que me dijeron una vez que nunca hay que hacer, empieza con una descripción. Olé. En un par de ocasiones que mete unos dos puntos de una manera muy mala. Y luego, en una secuencia de descripciones, los usa de nuevo mal en lugar del punto y coma. No llego a comprender cómo siguen ahí esos errores de básica. ¿Dónde se ha metido el editor? En el cuento hay una frase para el recuerdo: ‘siempre junto a él a veces’. Un minuto de silencio para las neuronas caídas en servicio. La introducción al trasfondo de la protagonista resulta confusa, como el general el estilo de la primera mitad del cuento. Más detalles: Anastasia puede hablar mal, a lo indio, pero que los vocativos estén mal puntuados… ¿No había otra manera de indicar que habla mal que no implicara quitar esas comas? Porque la pausa al pronunciar el vocativo la hace sí o sí, seguro. La historia, de nuevo, dice poco o nada. Se lleva un 4.
  4. Jorge Amado no presenta ‘Contrabandista’. Madre mía: de nuevo una frase inicial que no sólo no engancha, sino que rechina. Y ni siquiera ha acabado el primer párrafo cuando ya me encuentro un sujeto separado del verbo con una coma. De puta madre, Jorge, de puta madre. Al menos hemos cuando el autor deja de paz al viejo y al crío y se adentra en los problemas del padre la cosa mejora. Y se agradece: esta historia sí que cuenta algo. El final se hace complaciente, pero bueno: menos da una piedra. Forma mejorable. Un 6.
  5. Otro nombre que me suena: Alfredo Bryce Echenique. Según arranca su ‘Con Jimmy, en Paracas’ la puntuación casi me da una paliza por lo excesiva y mal puesta. Un auténtico horror, en serio. De darle una paliza al autor y al editor. Por no hablar del exceso de seres… El relato sigue y la puntuación no deja de darme patadas en la boca. Mejorable, muy mejorable. ¿Qué decir de la historia? Sencilla. Punto. Detalle chorra: el nombre del título sale demasiado tarde, dejando ‘sin sentido’ casi medio cuento. Un 5.
  6. A Julio Cortazar sí que le conozco, aunque de él he leído muy poco. Esta ‘La isla a mediodía’ la desconocía. Tras leerlo puedo describir el cuento como delicioso… de no ser por el final tramposo y exagerado. La narración envuelve y arrastra. Tiene algunos defectos (repeticiones, seres, algunas mentes) pero en general se disfruta casi de cabo a rabo. Pena de ese párrafo final. Se lleva un muy merecido 9.
  7. Truman Capote. De nombre sí, de lecturas nada de nada. Y tras este ‘Un árbol de noche’ sé que debo leer más de él. El cuento, pese a carecer de frase gancho, cuenta con un bien inicio con descripciones ágiles y efectivas. Otro detalle tonto: o no lo he sabido ver bien o ¿me ha descrito una acondroplásica que estando sentada no llega al suelo pero sin embargo sí a apoyar los pies en el asiento de delante? ¿En serio? ¿Tan juntos están esos asientos? Bah, ni caso. Sigo leyendo y encuentro una prosa deliciosa, fresca y sugerente. Sí, hay varios seres y ese tipo de defectos, pero la fluidez y la agilidad de la manera de narrar hace que se olviden. Pero ¿qué narices es ese final? Por dios, ¿de qué va esto? Vaya manera de joderlo todo. Pese a ello se lleva un 9.
  8. Osvaldo Soriano (¿re—mande?) trae ‘Tribulaciones de un argentino en Los Ángeles’. Se trata de tres mini historias: dos de ellas anodinas y sin interés y sólo la tercera con un poco de gracia. Poca. Al menos están bien escritas. Por ello se llevan bien, aunque el conjunto se merece un 4.
  9. Nunca he leído nada de D. H. Lawrence, pero con este ‘Cosas’ no me incita a descubrir más de él. Haciendo caso omiso de los seres y mentes (joder, ¿en serio cuesta tanto evitarlos?), me recuerda algo al estilo de narrar de Stapledon. Pero a diferencia de con Olaf, aquí el interés por lo narrado decrece y decrece, hasta casi desear del todo al final (que se me hace previsible, cómodo y anodino). Un relato sobre todo para norteamericanos y poco más. Y un nuevo ejemplo de que el realismo me aburre sobremanera. Ale, un 4.
  10. Adolfo Bioy Casares. La trama celeste. Relato que parte del estilo de ‘manuscrito encontrado’. Como el otros casos de narración en primera, el estilo tosco se puede culpar al narrador, no al autor. Historia fantástica pero sin mucha gracia, que da la impresión de estar escrita por alguien que no tiene costumbre de abordar la ciencia ficción. 4.
  11. De José Luis Sampedro sé que murió hace poco, pero no en el ‘Báltico’. En el cuento hay algunas expresiones raras: ‘Hans se adormecía bajo la canción del largo y el aliento del mar libre’. ¿El largo? Me da que se trata de una simple errata: si pones ‘lago’ todo encaja. El estilo mezcla lo poético con imágenes interesantes, lo cual resulta muy agradable. Sin embargo luego uno se topa con secciones torpes repletas de adverbios inútiles. Estamos ante una historia sencilla pero efectiva, que me hace apuntar al autor para futuras lecturas. Le pongo un 8.
  12. De Jack London ya leí hace tiempo, y este ‘En un país lejano’ no defrauda. Los dos nombres de lo protas me llaman la atención: ¿Cuthfert? ¿No se parece mucho a cierto personaje de La Torre Oscura? La narración casi parece el guión de una novela, comprimido y acelerado. Sigo encontrando adverbios y seres que sobran, pero quedan apartados por una muy buena manera de introducir el Norte y lo salvaje. De hecho esos parajes y su clima de convierten en el auténtico protagonista del cuento. Me rindo ante el cuento, sobre todo comparado con la mayoría de los del libro, y le pongo otro 9.

La media me sale de un triste 6. Qué pena de esos cuatros…

Antes de acabar decir que en mi vida he participado sólo en un taller de escritura de relatos. Una de las normas base que decían rezaba más o menos que ‘de la primera depende que el lector siga leyendo o pase a otra cosa’. Pues bien, en general en todos estos cuentos no hay frase gancho. ¿Por qué? Me da que llegado un momento, alcanzado un estatus, un escritor pasa de esa norma. Sabe que le van a editar sí o sí, y lo descuida. Si no, no comprendo la insistencia del maestro y cómo no lo veo plasmado en estos cuentos. Además, en general, veo que los autores famosos de esta recopilación se pasan por los mismísimos los consejos que me dieron en ese taller. Olé.

Adiós.

Gabriel Bermúdez Castillo – Instantes estelares

Hola, culebras.

Segundo libro que leo de Gabriel Bermúdez Castillo. Primero cayó en mis manos El hombre estrella, lectura que me dejó muy frío. Quizá por eso este Instantes estelares lleva mucho, pero mucho, en la pila. Dado que de un tiempo a acá estoy dándole al relato (intentaré regresar a la novela en breve) decidí darle una segunda oportunidad al famoso autor español. Debo decir que empecé a leer este libro pensando que me iba a encontrar con un griHits o algo así, una recopilación de lo mejor del autor. Primer desengaño: el título sólo aduce a un juego de palabras del editor. Mal empezamos. Bueno, pese a ese engaño sigue tratándose de un autor aclamado. A ver qué me depara este libro.

Gabriel Bermúdez Castillo - Instantes estelares

Gabriel Bermúdez Castillo – Instantes estelares

Instantes estelares está constituido por tres novelas cortas. Corrijo: dos novelas cortas más un relato largo. Que no me vendan ‘Un mundo dura mil años’ como novela corta. Bueno, ¿qué me he encontrado?

  1. La primera historia se titula ‘Duerme, querido monstruo’ tras leerla se te queda cara rara. Algo no encaja en la redacción de la que hace gala Gabriel. Su forma de narrar se me hace blanda, demasiado muy formal y (lo que es peor) sin gancho. Quizá la palabra ‘aséptica’ encaja mejor que nada con lo que he sentido. En gran medida me recuerda a la manera de narrar de los autores de la edad dorada de la ciencia ficción, cuando había mucha más mojigatería. La historia está bien, aunque tampoco para tirar cohetes. Un lector de Juez Dredd seguro que le cogerá gusto a cierta sección. Por desgracia esto, más que narrado por Dredd da la impresión de que lo contara un repijo eloi. Vamos, que aunque se describan acontecimientos como la batalla o la a mi gusto inquietante e interesante arquitectura de los barrios bajos, Bermúdez fracasa con su palabrería pedante (por no decir ñoña) a la hora de engancharme. Hubiera hecho falta un lenguaje más directo, más mala baba. Y la obra está escrita en los novena, por dios. ¿Ese hombre no ha leído por ejemplo a King o Barker, como para impregnarse de un estilo más alejado de esa asepsia suya tan de inicios de siglo? Me duele, pero le pongo sólo un 6.
  2. Seguimos con ‘Un mundo dura mil años’. En este cuanto largo sucede casi lo mismo que con el cuento anterior. Sólo que en este caso, además, la historia no atrae nada de nada. A ver si lo consigo explicar lo que me ha pasado. Parece que estamos ante una especie de tour ciego. ¿Ciego? Sí, ciego. El autor se centra en describir la vida del protagonista y algo en sus amigos. Vale, hasta ahí bien. Pero… ¿y el resto? ¿y el mundo que le rodea? Joder, si se ve más el condenado restaurante que todo el resto del entorno. Y eso que de repente, sin haber siquiera vislumbrado nada de ese mundo, el autor nos suelta que deben irse de ese mundo porque está agotado, devastado. ¿Perdón? ¡Llevo medio relato y no se ha visto nada de eso por ningún lado! Vamos, que nos lo tenemos que creer. Así, a ciegas. De repente nos habla de la presunta huida de miles de millones de personas hacia un vergel porque ‘aquí están las cosas muy mal’. Coño, déjame de discursos televisados y muéstramelo, joder, que para eso eres el autor. Pero no. En ningún momento vemos ese planeta tan jodido. El pijazo del protagonista tiene su crisis de identidad, su momento de rebeldía, etc. pero ¿dónde cojones está ese mundo agonizante? En ningún condenado lado. Casi se describe más el nuevo mundo destino que ese tan chingo del que huyen. Tócate los cojones. Todo un acto de fe, una huida hacia delante a lo ciego. En serio: ¿cómo pretende el autor argumentar el desenlace sin haber mostrado nada de nada? ¿Debemos tener fe en sus palabras? ¿Se trata de un nuevo estilo de literatura, la narración ‘antidescriptiva’? Cuanto más escribo esta reseña más me cabreo y más ganas me dan de bajar la nota a este relato. Menos mal que me voy a obligar a mantener la que le puse en cuanto llegué a la última página. Otro detalle: no sé si considerar increíble o vergonzoso que este texto (este bodrio tramposo) acabara como finalista del premio Alberto Magno 1991. Vamos a ver: o ese año el nivel era muy malo (no me puedo imaginar al resto de participantes para que esto quedara como quedó), o… mejor no digo lo que se me ocurre, que supondría poner a bajar de un burro a los organizadores del certamen. Un 4, le pongo un 4 y porque me estoy conteniendo. Pedazo basura. Menos mal que era con diferencia la narración más corta. ¡Siguiente, por favor!
  3. Llegamos a ‘Un mundo sin dioses’ y seguimos con ese estilo narrativo aburrido y plano. Bostezo según leo. Lo juro. En esta historia parece que Bermúdez ha dicho eso de ‘¿y si aplico la Tercera Ley de Clarke y les pongo a todos estos cavernícolas la magia de la tecnología moderna?’. Pues dicho y hecho: vivamos cómo los pobres del Medievo se enfrentan a una tecnología kitsch. Parece saca de un relato de los años treinta, no de los noventa. Empiezo a dudar de que Bermúdez de verdad hubiera escrito esto a finales del siglo XX y no lo hubiera sacado del cajón de sus primeras obras, allá por antes de la Guerra Civil (sarcasmo). Al mismo tiempo que me venía al recuerdo la Tercera de Clarke me acosaba de Que no desciendan las tinieblas (L. Sprague de Camp), con su lucha por imponer a toda velocidad una tecnología anacrónica. Y en el tema de la tecnología mejor no hablar. Joder, ¿en serio que no se le ocurrió algo mejor que meter walkie talkies (sic)? O telegrafía por hilos, o informes en papel. ¡Informes en papel! Eso proviniendo de una civilización galáctica. Por dios, qué falta de miras. Que vives en los noventa, Bermúdez, como para seguir anclado en los talkies o las reglas de cálculo (porque sólo le ha faltado nombrarlas). Para más inri en esta novelita se acumulan las expresiones raras. En los dos relatos anteriores ya se notaba ese defecto, pero aquí el tema clama al cielo. Ese ‘trataron de acogerse a las murallas’… ¿Revisión de estilo? ¿Qué cojones es eso? Volcamos el archivo del autor tal cual y a tomar por saco. Qué pena. A veces da la impresión de que estamos ante un texto traducido (y traducido con torpeza) en vez de ante en lengua materna. Y mejor no fijarse en la manera de hablar de los personajes, porque te puedes poner a llorar: parecen sacados de novelas de fantasía heroica. Ale, que sí, que en ese mundo de un ¿futuro lejano? les ha dado por expresarse así. Lo medieval mola. Acepto barco como animal acuático. A tomar por saco. La historia fluye sin apenas giros de guión. Eso no estaría nada mal si al menos hubiera un mínimo sentido de la maravilla. Pero tampoco hay nada de eso. Además la premisa final del cuento no me cuadra nada: ¿hay suficiente abanico de objetivos como para que sea factible lo que dicen? Se me hace muy difícil verlo. Sólo la inercia me ha hecho de acabar el libro. Ale, un 5 y va que chuta.

Qué éxito, Gabriel. De nota media me sale un 5 raspado. Joder con los Instantes estelares. ¿Cómo serán los del agujero negro? Está visto que sigue sin atraerme nada Bermúdez. ¿Leeré alguna vez algo más de él? Me voy a callar, más que nada por eso de ‘este cura no es mi padre’.

Adiós.

PD: Shin Chan no está, Shin Chan ha desaparecido. ¿Dónde estás, Shin Chan? Me informan que has muerto en acto de servicio, en la garras de una bestia gruñona e incontrolable. Por ahora, y a la espera de un sucesor más idóneo, te he puesto un sustituto temporal salido de una tumba sin nombre.

James Tiptree Jr. – A diez mil años luz

Hola, culebras.

Nunca antes había leído nada de James Tiptree Jr., y eso lo puedo asegurar casi con un 100% de seguridad, incluso pese a mi pésima memoria. ¿Por qué? Pues por el estilo tan personal de este autor. Su manera de narrar los relatos de este A diez mil años luz se puede describir como elíptica y tangencial.

James Tiptree Jr - A diez mil años luz

James Tiptree Jr – A diez mil años luz

Narración elíptica, tangencial… ¿Qué cojones quiero decir con eso?

De entrada para saberlo invito a todos a leer la colección de relatos. Juro que no te dejarán indiferente. Pero para describir eso de ‘narración elíptica y tangencial’ voy a enrollarme un poco.

El estilo narrativo de Tiptree  se puede definir como trepidante, arrojado. Pero no como lo hiciera por ejemplo Moorcock, que pese a la acción nos describe con la justa riqueza los mundos por los que sus personajes viajan. No, en los textos de Tiptree  apenas hay descripciones ambientales o de contexto. A lo sumo nos encontramos con pequeños incisos en la narración que demasiadas veces dan más sombras que luces.

A ver: no se necesita que el autor nos dé un mundo mascado y regurgitado, casi a lo Tolkien, aunque a mí eso me guste y me demuestre el grado de compromiso del autor con su obra y con el universo que crea. Pero esto tampoco: pinceladas sueltas que dejan demasiado a la imaginación del lector. En un universo más o menos realista (o fantasiosos pero ya aceptado dentro de los cánones de la fantasía conocida) la carencia de descripciones o contexto no supondría problema alguno. En una novela ambientada en el s. XX no hace falta describir aspectos tecnológicos o sociopolíticos. Pero cuando los relatos están inmersos en escenarios fantasiosos muy alejados de ‘lo normal’ esa carencia de marco puede hacer que los hechos narrados resulten poco menos que incomprensibles.

El ejemplo más claro está en ‘Las puertas del hombre dicen hola’. ¿Cómo comprender ese mundo, con esos variopintos habitantes y ese sistema tan extraño sin poseer apenas descripciones del entorno? El lector acaba arrojado de un hecho extraño a otro, sin acabar de saber qué narices le está vapuleando. Pero este ejemplo tiene su contraejemplo: el magnífico ‘Os somos fieles, Terra, a nuestra manera’ usa la misma técnica, pero la extensión y riqueza de las situaciones y anécdotas llenan casi todos los huecos de las descripciones generando un relato (al menos en cuanto al fondo) casi perfecto, muy sólido.

Como ya he empezado a hablar de algunos de los cuentos, ¡entramos en harina! Los comentarios están anotados a medida que he ido leyendo los textos. Y sí, los he he ‘embellecido’ un poco a posteriori:

  1. ‘Y desperté aquí’. La palabra que define a este relato es ‘más’. El cuento necesita más, mucho más. No lo digo como un defecto sino en el sentido de que se atisba todo un universo en esas pocas páginas, y que nos quedamos con las ganas saber más de él. Creo que el relato hubiera ganado en riqueza, en jugosidad, duplicando su extensión. En definitiva, aportando más luz. MÁS. El relato describe un momento cotidiano de la vida de un reportero: no descubre la noticia que le hará famoso, ni nada similar, pero tampoco importa del todo. Por esa falta de palabras (insisto: me pide más) se lleva sólo un 8.
  2. ‘Las nieves se han fundido’. El relato sigue la premisa del anterior: muestra un momento concreto de la vida de la protagonista. Durante buena parte de la historia no se sabe de qué va el asunto: sólo acompañas a la protagonista en sus idas y venidas, en sus carreras (nunca mejor dicho) y empiezas a dudar de lo que ves gracias a algunos detalles y palabras concretas. Quizá las sucesivas carreras se llegan a hacer algo pesadas, pero entiendo que se necesitaban para dar la sensación de persecución prolongada. El relato cuenta con una forma más o menos cuidada, con imágenes cuidadas. Aunque al final te ves obligado a tirar de imaginación para entender lo que ha pasado porque tampoco explica del todo lo sucedido. ¿El lugar elegido para ambientar la historia? Supongo que tiene más de simbólico que otra cosa. Se lleva otro 8. La cosa promete.
  3. De ‘La apacibilidad de Vivyan’ voy a decir muy poco, o casi nada. ¿Por qué? Porque no me ha enganchado lo más mínimo. Le pongo un 3 y va que chuta.
  4. ‘Mamá vuelve a casa’. Según empieza ya casi me arranca los ojos: me encuentro con frases en las que entre el sujeto y el verbo hay una coma. Horrible. PECADO. ¡Penitenciagite! En este cuento la labor de edición y traducción empieza a hacer aguas. Hay párrafos que me tiran para atrás, de verdad. La historia por sí misma no está mal, graciosa con su toque al mismo tiempo feminista (reivindicando una sociedad matriarcal) y  machista (al final la figura del macho brutal y primitivo supone la salvación), pero ha envejecido muy mal. En mi caso no me dejado más que satisfecho a medias. Un 5.
  5. ‘Socorro’. La sospecha se confirma en un horror definitivo: no hay revisión alguna del texto. La mala puntuación, ese ente tan maltratado en general, es sólo la punta del iceberg. No sólo hay frases con los signos ortográficos mal colocados. En algunos casos incluso se adivina que el traductor se ha perdido por completo en lo que quiere decir el autor y no ha sabido captar el significado; en esos casos da la impresión de que se ha limitado a traducir de manera literal y ya está. Vamos, como a mí me pasó hace años, un ‘lost into the woods’. La historia se me ha hecho graciosa, poco más, llena de sinsentidos y con detalles tomados por los pelos. De nuevo un 5.
  6. ‘Sabio en el dolor’. Otro relato que está sin revisar. A eso hay que añadir el estilo —más caótico si cabe— de la autora. Si de por sí en ingles debe hacerse complicado pillarle el sentido a lo que se lee, si el texto queda embarrado con una traducción torpe y una edición que a veces no respeta no siquiera los saltos de párrafo el asunto ya se pone cuesta arriba. De resultas de todo ello la historia se me he hecho demasiado confusa, ya que obliga demasiado a intuir. Lo siento, pero un 4.
  7. ‘Os somos fieles, Terra, a nuestra manera’. Magnífico cuento. Dinámico, envolvente. Y eso usando el mismo estilo que en los relatos anteriores suponía un hándicap. Apenas hay explicaciones, pero la manera de encadenar comentarios y detalles suple esa carencia. La brusquedad con la que se arroja al lector a ese extraño mundo me ha recordado a El experimento Dosadi de Herbert. Cuento del todo recomendable, y que casi por sí solo justifica la compra del libro. Un 10 bien gordo.
  8. ‘Las puertas del hombre dicen hola’. Relato al que me ha resultado imposible cogerle la gracia. Eso en cuanto al fondo, que la forma… Por dios. Si es que incluso los guiones que marcan incisos de los diálogos están todos mal colocados, confundiendo lo que dice el interlocutor con lo que acota el autor. De nuevo se nota a gritos que hace falta una revisión del texto. Nada, nada. Un 4 y creo que me muestro magnánimo.
  9. ‘El hombre que volvió’. A este relato le quitaría el inicio y el final, ya que se me hacen demasiado confusos (vamos, que no los he llegado a entender bien). Salvando eso tenemos una historia que te obliga a leer, un cuento casi redondo. Pero…. Sí, hay un pero: tiene una influencia muy clara de Cántico por Leibowitz de Miller, lo que lo desluce un poco. Pese a ello se disfruta y se merece un 8.
  10. ‘Una eternidad en la Bahía de Hudson’. Otro relato que no me ha enganchado nada. Vamos, que por mí se podían haber quedado en Hudson y no salir de ahí. Se lleva un 4.
  11. ‘Te estaré esperando cuando la piscina esté vacía’. Relato jachondo que me recuerda algo a las historias de Lafferty pero con un detalle malo, muy malo: se limita a avanzar, avanzar y avanzar, hasta que se desinfla sin un giro que deje al lector descolocado. Vamos que no hay gancho final. Como detalle chorra decir que no he pillado por ninguna parte la referencia al título. Le pongo un 5 y ya.
  12. ‘Soy demasiado grande, pero me encanta jugar’. Joder con la edición. La puta edición. Ahora voy y me encuentro dos puntos dentro de dos puntos. Y —mente, —mente, —mente. En general en todos los relatos hay una sobreabundancia de —mentes, pero en este caso me ha costado seguir leyendo. Eso en cuanto a la forma deforme. En cuanto al fondo, este relato de nuevo tiene de nuevo unas secciones de inicio y de final que se hacen demasiado confusas. ¿Habla la víctima de la ‘transformación’? El estilo tangencial de escritura ‘marca de la casa’ a veces se hace demasiado… tangencial, haciendo que no se vea del todo bien lo que se pretende mostrar. Pese a todo la historia (ese alegato final) no está nada mal. Pero no puedo evitar recordar la forma horrible en la que está envuelto. ¿El autor tiene la culpa o el traidor del traductor y su compinche editor? Y yo voy y pese a ello le pongo un 6.
  13. ‘Nacimiento de un viajante’. Historia que de entrada se me hace muy semejante —demasiado—a ‘Os somos fieles, Terra, a nuestra manera’. Semejante pero más ‘vacía’. Parece una versión primeriza del mismo cuento. No está mal, pero queda ensombrecida si la comparas. Un 7.
  14. ‘Madre en el cielo con diamantes’. Llegas a cierta frase en concreto sacada de una canción de los Beatles (es un decir) y se te atraganta el cuento. Piensas: no, por favor, no. Y luego es que sí. Malo, muy malo, cuando el título de un cuento adelanta su final. Aquí el autor mantiene el recurso de ‘todo comprimido’, sólo que en este caso me ha dado la impresión más que nunca da la impresión de que parece querer ahorrar palabras. Me parece que hay una excesiva falta de descripciones de ambiente y  de contexto. Odio las tijeras que llevan a este tipo de textos, cercenados. Venga, le pongo un 6 y ya.
  15. ‘Súbenos a casa’. Scotty, beam me up! El relato quizá le guste a un fan de Star Trek. En mi caso  durante gran parte del mismo me sentí como si leyera Juan Raro en plan descafeinado (muy descafeinado). De nuevo no logré conectar con el texto, y la escena final me dejó muy frío, sobre todo por lo forzado. No se trata de un texto de Matheson como para sacarse de la chistera ese grajo. Acabamos con un 4.

Haciendo la media me sale un 5,8. Una pena esa nota tan baja. Las luces (ese soberbio ‘Os somos fieles, Terra, a nuestra manera’) han acabado casi devoradas por las sombras. Pese a ello la manera de narrar del autor me parece muy interesante y en ocasiones brillante. Habrá que conseguir más…

Un saludo.

Pd: para los que no lo sepan, el autor (Jaime) tenía tetas.

R. A. Lafferty – 900 abuelas

Hola, culebras.

Ni sé cuántos años lleva este libro de 900 abuelas en La Pila. Pero me dicen que veinte años y seguro que no me equivoco, al menos no mucho. ¿Por qué tanto tiempo sin leerlo? La razón ya queda algo difusa debido a mi mala memoria, pero creo que se debe más que nada a que cuando participaba en la lista de correo Cienciaficción hubo varios comentarios en contra de R. A. Lafferty. A estas alturas no puedo recordar bien lo que decían, pero la impresión de ‘libros raros sólo aptos para gente rara’ la tengo asociada a los cuentos de Lafferty desde entonces. Algo similar recuerdo que me dijeron de Radix, como que se trataba de un truño… y luego resultó una lectura de lo más entretenida.

Pero ahora que vuelvo a darle al relato corto consideré que había llegado la hora de darle una oportunidad a Lafferty. De él tengo 900 abuelas, Los seis dedos del tiempo y Las salomas del espacio, con lo que si no me confundo cuento con buena parte de su obra. Por ahora he optado por empezar por 900 abuelas, y dejos los otros para más adelante, más que nada pendiente de ver cómo me sale este recopilatorio.

R. A. Lafferty - 900 abuelas

R. A. Lafferty – 900 abuelas

Pero es que ya sé cómo ha resultado. ¿Alguien quiere descubrirlo conmigo? Ahí voy:

  1. El cuento ‘900 abuelas’ arranca con un pequeño sopapo en la cara en forma de traducción muy hispanoamericana. No recuerdo haber leído la palabra ‘promisorio’ en toda mi vida. Pues aquí hay varias, y como quien dice, según se empieza el cuento. Además me encuentro con una mayúscula que luego se convierte en minúscula, dejándome claro que la edición hubiera requerido un poco más de galeradas. A lo largo del libro eso defectos (sobre todo los palabros y giros a mi gusto demasiado ¿argentinos?) se suceden, con lo cual tengo que apechugar: ese mundo de español no peninsular existe, y si me ha tocado un libro editado para ellos me aguanto y sigo. Pero debo seguir hablando del cuento ‘900 abuelas’. Pese a esos ‘defectos’ que acabo descubrir el relato este tiene más gancho —de hecho mucho más— que la novela que he leído. De hecho sólo lo puedo definir como auténtica maravilla condensada, una lectura 100% recomendable. Y se lleva unos de esos muy escasos 10 que suelo poner. Creo que eso ya dice mucho de la impresión que me ha causado.
  2. Seguimos con ‘La tierra de los grandes caballos’. Sencillamente soberbio. Pedazo de cuento, sí señor. Pese a ello no se lleva un 10 como el anterior: posee deslices de la traducción —a mi gusto muy mejorable— y lo peor, un interludio quizá demasiado largo y demasiado centrado en los USA. Pese a ello puedo decir que es un relato casi perfecto. Junto a ‘900 abuelas’ hace que me deba descubrir ante el inicio de libro. La nota: un 9.
  3. De la luz a la sombra, eso sucede con ‘Ginny envuelta en el sol’. Aquí ya se sufre la traducción, se la sufre mucho. A eso hay que añadir que los diálogos empiezan a bailar debido a la mala maquetación. El relato en sí se hace demasiado difuso a mi gusto, sin un objetivo definido y lleno de digresiones casi sin sentido. El comportamiento exagerado de los personajes no ayuda nada. Todo ello supone un 4.
  4. En ‘Toda la gente’, para mi sorpresa, me topo con un loismo: ‘el general lo estaba esperando’. Un segundo: no, uno no, sino más. ¿Hay loismo en Argentina? Pese a ello el relato se hace simpático. Da las pistas justas de lo que va a suceder, y el final sorprende pero al mismo tiempo está argumentado. Se lleva un 7.
  5. Leyendo ‘La educación primaria de los camiroi’ uno ya empieza a tener claro la razón de que Lafferty sea odiado o amado: basa buena parte de sus textos en el absurdo. Con esa premisa construye historias como esta, usando ladrillos exagerados al mismo tiempo que y ridículos. De resultas admito que se me hace difícil calificar el texto. Pese a ello me esfuerzo y le pongo un dudoso 6.
  6. Con ‘Lenta noche de un martes’ seguimos leyendo un relato de ‘exageración imposible’. Pese a ello, y de manera sorprendente, el cuento parece un muy buen retrato de ciertos comportamientos actuales. Ese sentido de urgencia ridícula, de la valoración de lo efímero y apenas elaborado me hace pensar demasiado en lo que ahora prima en demasiados aspectos de la vida. Escribo esto a finales de 2016; el cuento es de abril de 1965. En definitiva, un texto divertido y ridículo que se merece un 6.
  7. En ‘Resoplón’ ya me encuentro con un detalle de incoherencia del propio autor. En un momento dado dice que los protagonistas llevan pocas horas en el planeta; sin embargo la manera describir lo que han vivido deja bastante claro que llevan allí mucho más; y para crear la incoherencia unas páginas más adelante dice que llevan semanas. Un poco confuso todo, sí señor. El cuento a medida que avanza me recuerda mucho a ‘Padre’ de Farmer. Al final se puede decir que resulta entretenido pero quizá demasiado largo. Ale, un 5.
  8. En ‘Así frustramos a Carlomagno’ me sorprende encontrar una referencia a la ‘graffiti‘: el relato es de 1969, y yo creía que ese concepto de arte urbano era posterior. En el cuento me ha gustado el uso de la paradoja. Por desgracia la narración misma le revienta al lector el final por culpa de una pista descomunal, que hace del fin algo torpe. Pese a ello le pongo 7.
  9. ‘El nombre de la serpiente’. Relato divertido pero que tiene el mismo problema que el anterior: llegado a cierto punto crees que sabes cómo va a acabar (jodido objeto metido de repente), y en efecto acaba así. Pero pese a ello las desventuras del cura se hacen lo bastante entretenidas como para un 6.
  10. Al leer ‘Uno cada vez’ no me queda claro lo que he disfrutado. ¿Un cuento, una fábula, una leyenda? ¿O quizá un esperpento? De una manera u otra el relato resulta muy entretenido, poético y dotado de una extraña atmósfera que hace que se disfrute de cabo a rabo. Vamos, un 8.
  11. En ‘Tiempo de visitas’, y de nuevo a través del absurdo, se estudia el fenómeno tan actual de la superpoblación. Eso y la traducción cristiana de tener más y más hijos, algo de lo que se rieron de manera magistral los Monty Phyton. El autor juega con la distorsión del espacio para exacerbar el sentimiento de agobio y claustrofobia, pero si no hubiera recurrido a ella (si hubiera decido mantenerse en el realismo) el texto hubiera ganado contundencia. Al estilo de Lafferty tenemos un Todos sobre Zanzibar salvaje y en apenas diez páginas. También me ha recordado, sobre todo en el tono de los visitantes, a Los Humanoides de Williamson: la fatalidad revestida de ayuda amable. Otro 8, ale.
  12. La recopilación acaba con ‘¿Cómo se llama esta ciudad?’ El relato resultaría gracioso de no tener tantas (demasiadas) semejanzas con ‘Así frustramos a Carlomagno’. Eso hace que se quede con un 6.

La nota final sube hasta un muy digno 6,83 y una sensación de haber descubierto un pequeño genio que con su manera de usar el absurdo le da a la literatura un algo especial y ¿único?.

Adiós.

Algis Budrys – ¿Quién?

Hola, culebras.

Necesitando un libro finito para que me entrase bien en el bolsillo interior de la chupa rescaté este diminuto Ultramar. Llevaba no sé cuánto tiempo en La Pila este ¿Quién? por eso de que el tema de una posible historia de espías en la guerra fría me atraía poco y menos.

De Algis Budrys había leído ya Michaelmas y El laberinto de luna, sin recordar ahora mismo mucho de ambos, lo que denota el escaso éxito que a largo plazo han tenido en mi cerebro.

Algis Budrys - ¿Quién?

Algis Budrys – ¿Quién?

Empecé a leer este ¿Quién? temiendo encontrarme un rollo de espionaje y contraespionaje. No voy a negar que no hay algo de ello, pero para mi sorpresa el libro lleva entretejida una historia de crecimiento (o más bien desarrollo) personal del protagonista que le quita peso al rollo de las agencias. También temía darme de frente a un bodrio psicológico, por eso de tratar de descubrir (y cómo hacerlo) la verdadera personalidad bajo esa cara de metal. Sin embargo tampoco ha habido mucho de ello. ¡Menos mal!

La verdad es que la lectura se hace ligera, si bien no del todo amena. Al menos para mí, que no acabo de cogerle el gusto a la temática. A lo largo de las páginas se medio juega al gato y el ratón de una manera muy somera para tratar de averiguar quién se esconde tras la máscara. Pero no hay verborrea psicológica, tratando de trazar fintas en las fintas de las fintas para pillar al impostor. Al contrario, aparecen unos agentes bastante mediocres o desganados que no se ven capaces de hacer mucho. O al menos de sacar nada en claro.

Sin duda no está entre las lecturas de mi vida, pero tampoco la puedo llamar truño.

La edición cuanta con una traducción algo mejorable a cargo de Rafael Marín. ¿Podría traicionar al autor y cargarse esa ristra de adverbios modales? ¿Eso es traición?

Le pongo un 6.

Adiós.

Richard Matheson – Pesadilla a 20.000 pies

Hola, culebras.

Tras mucho, pero mucho tiempo sin leer a Matheson regreso con esta recopilación de  cuentos entre los que se encuentra el famosísimo que da el título al volumen: Pesadilla a 20.000 pies. También se da el caso de que llevo muchas novelas seguidas, y una ración de cuento siempre viene bien para desentumecerse. Por supuesto, hacerlo con Matheson casi equivale a hacerlo con calidad.

Richard Matheson - Pesadilla a 20000 pies

Richard Matheson – Pesadilla a 20000 pies

Pero, ¿de verdad he encontrado calidad en esta recopilación? Vamos a ello:

  1. ‘Pesadilla a 20.000 pies’. ¿Qué decir de este cuento inmortalizado en película? Se diría que ronda la perfección, creando una tensión poco menos que absoluta. Además, para acabar de dejar lector sumido en la duda, posee un final muy abierto. ¿Estamos ante algo que de verdad ha sucedido o todo se limita a una fantasía del protagonista? La nota: 10.
  2. ‘Vestido de seda blanco’. Segunda vez que leo este relato. En su momento, hace cosa de quince años, le puse un 10. Ahora debo rebajarlo a un 9. Pese al buen ritmo y mejor forma queda me demasiado difuso el cómo la abuela esperaba/temía que ocurriera algo así. Lo veo un pelín tramposo, lo que no quita que su manera expresar el punto de vista de la niña me parezca magistral.
  3. ‘Hijo de sangre’. Este se lleva otro 10. El cuento engaña al lector en toda su extensión llevándole: cree que la narración le lleva a un final concreto (que no por patético hubiera resultado menos  contundente); sin embargo, ese mazazo final…
  4. ‘A través de los canales’. Casi se diría que es el ‘típico’ relato ochentero que presenta una situación inexplicable y que no ahonda en ella, salvo el horror que desencadena. Pero es que no hablamos de un relato de los ochenta, sino de uno mucho anterior. El uso del diálogo como base del relato hace que éste carezca de definición, de detalle, lo que lo vuelve a mi gusto quizá demasiado superficial. Le pongo un 7.
  5. ‘Guerra de brujas’. Seguimos el esquema de relato con toque irracional, como el anterior: basado en las sensaciones y las escenas muy visuales. Pero todo ello sin ninguna explicación de por qué ocurre lo que ocurre. Chirría cómo de repente se usa el tiempo pretérito, cuando a lo largo de buena parte del relato se ha usado el presente: si hubiera mantenido el tiempo presente el relato hubiera mejorado el resultado global. El golpe final se me hace forzado, artificial; creo que un toque de comentario intrascendente hubiera resultado mejor. Al final se lleva un 7.
  6. ‘Una casa enloquecida’. En este cuento que claro, clarísimo, porque King se hace cargo del prólogo: estamos ante un antecedente de su estilo. Este cuento lo hubiera podido firmar (un un 400% más de palabras) el de Maine. Personaje, relación, drama personal y materialización de ‘la impronta’: recursos que King usa en muchas de sus obras. Con todo ello se lleva un 8.
  7. ‘El número de la desaparición’. Nuevo texto basado en lo irracional. Un cuento bien narrado, con ritmo y agobiante, pero que con ese inicio queda sin la menor intriga. Le otorgo un 6.
  8. ‘Legión de conspiradores’. Tensión bien llevada, pero con una resolución demasiado sencilla (casi ser diría que usa la salida más fácil), sin la menor sorpresa. Una pena, y un 6.
  9. ‘Llamada de larga distancia’. Otra vez un cuento irracional. De nuevo se teje muy bien un ambiente de tensión (King debió estudiar estos textos). Pero por desgracia el final se me hace tramposo: el cambio de carácter semántico en la voz se me hace demasiado brusco, y por tanto incoherente e increíble. Si el interlocutor tiene unas dotes concretas de comunicación a lo largo de todo el cuento no se las cambies así porque así en los últimos párrafos. Vamos, que le pongo un 6.
  10. ‘La casa Slaughter’. Primera anotación que hago de forma: en este cuento los modales del tipo —mente empiezan a repetirse de una manera agobiante y mucho más sobrecogedora que la presencia de la propia historia. Además leyendo este cuento veo que ya no me trago bien las historias de fantasmas: se me hacen aburridas y monótonas. (Inciso: tengo por lo menos un volumen de esa temática en La Pila. Me da que el libro seguirla allí durante unos cuantos años más, hasta que crea que puede volverme a gustar esa temática). La historia tiene cierto toque final a lo pulp (o al menos a lo Lovecraft) en cuanto a la manera de cerrarse que me hace pensar en pastiche, algo que tampoco sirve para levantar la nota final: un 5.
  11. ‘Paja húmeda’. Tras los fantasmillas (espectral pero en cierta medida ‘sistemático’) regresamos a lo irracional. El relato, sin estar mal (intenta darle una pincelada de fondo al protagonista), se queda en poco, un mero apunte. A todas luces necesita más palabras. Le pongo un 6.
  12. ‘El baile de los muertos’. 8. Lo que más me gusta de este cuento es cómo se organiza en torno a una escena trivial, una aventura de adolescentes. Esa travesura, sin embrago, transcurre inmersa en un mundo donde ha ocurrido algo gravísimo. El autor recurre a la manera fácil al mismo tiempo que arriesgada (por lo que supone de ruptura del ritmo de narración) de tratar de dar pinceladas de ese mundo a base de notas tipo diccionario. Además ese recurso podría tentar al autor a volcar demasiado texto sobre la notas dejando huérfana la narración pura y dura. Pero el formato diccionario (frente al enciclopédico) evita eso. De tal manera sólo al final, y de manera bastante tangencial y acertada,  se entiende lo que ha pasado en ese escenario. Y sólo se adivina en parte. Se lleva un 8.
  13. ‘Los hijos de Noah’. De nuevo tenemos un relato que parece sacado de Twilight Zone. Quizá le faltan palabras para tejer bien el escenario, que a veces parece demasiado desnudo. Pese a ello muy buen relato. Se lleva, y parece que me repito, un 8.
  14. ‘El hombre de las fiestas’. Esto más que un cuento parece bien esbozo: algo en plan ‘las notas que encontraron entre los papeles del wáter de Matheson’. O que el relato se preparó para un taller que sólo aceptaba cuentos con un número muy limitado de palabras. Vamos, que el texto ganaría mucho su lo hubiera ampliado. Ampliado o quizá repensado. Aunque si se lo hubiera quedado en su cajón no se hubiera perdido nada. Se lleva un 4.
  15. ‘Viejos territorios’. Bueno, me gusta ver que Matheson es humano y tiene sus propias cagadas. Este cuento pertenece a ellas. ¿Cómo decirlo? Estamos ante un relato tonto. Pero muy tonto. Bien llevado el su 90%, pero se va al garete con ese final tan TONTO. En serio: si no tienes un buen cierre de cuento piénsate mucho si debes entregarlo. Si no te puede encontrar con algo tan tonto como esto. Una pena. De nuevo un 4.
  16. ‘El distribuidor’. Y casi para llevarme la contraria me mete tras ‘Viejos territorios’ este cuento. Todo un ejemplo de historia, milimétrica, aplastante, pero con un final malo (o regular) y que sin embargo no te deja mal sabor de boca. Se trata de un relato para leer con papel y lápiz al lado, anotando nombres, direcciones, fechas y sucesos. Incluso si lo leéis sin ello, como yo he hecho, se disfruta. Y se disfruta mucho: da gusto leer cómo se desarrolla esa maldad sin más objetivo que ella. Pena que tenga una resolución así de brusca. Pese a todo le pongo un 9. Al menos no es tonto.
  17. ‘Grillos’. Esta es la segunda vez que leo este cuento: la primera no me hizo gracia, llegando a pensar que estaba ante un texto menor. Ahora no entiendo por qué o cómo llegué a esa idea. Supongo que lo leí de regreso a casa, en el metro y medio dormido, medio agotado del trabajo. Pero hoy lo he leído con calma y bien despierto, y las cosas han cambiado de blanco a negro. Así que con todo orgullo rectifico: estamos ante muy buena historia, con un final de mazazo. Vamos, que le pongo 9.
  18. ‘Primer aniversario’. Aquí tenemos un cuento no sólo basado en lo inexplicable, sino poco menos que en lo tramposo. Vemos cómo se produce la ‘descomposición’, pero ésta no desemboca en una resolución no lógica, sino ni siquiera en algo que se haya medio dejado entrever antes. Al contrario, de repente el autor se saca de la manga algo del todo tangente a lo narrado antes. Da la impresión de que no ha sabido argumentar una causa para el proceso (y mira que la suspensión de incredulidad da para mucho, pero mucho) y se lo quita de encima como puede. Pese a ello, no está nada mal la manera tan velada de no describir y sin embargo jugar con el horror. Pero eso, a mi entender hubiera hecho falta un poco más de implicación, de exprimirse las meninges para crear algo tangible y un poco lógico. Sin ello el relato se convierte en un ‘aceptamos barco como animal acuático’  demasiado forzoso. En definitiva, lo malo equilibra a lo bueno y se lleva un 5.
  19. ‘El semblante de Julie’. Nos acercamos al final. Y como se tratara de una sucesión de acontecimientos, a este relato le pasa lo mismito que al anterior. Además, al colocarlos juntos acrecienta el mal sabor de boca. De nuevo un 5.
  20. ‘Presa’. Pero, gracias a Azathoth, en el final la colección remonta. Nos encontramos ante un relato que más que típico se podría describir como arquetípico. Cómo mostrar la persecución de una manera implacable, irracional y fría. Durante gran parte del cuento no he podido evitar pensar en las películas de Puppet Master; aunque claro, este cuento es muy anterior a ellas. Magnífica tensión, magnífica resolución (aunque yo había apostado por una más ‘a plazo lento’: según leía se me ocurría que lo iba a acabar con un caso de posesión que acababa en mutación. Algo en plan ‘pasados unos días empezó a notar cierto endurecimiento en su piel y músculos, como si se volvieran de madera. Además empezó a evitar acercarse al oro’. Pero yo soy yo y Matheson es él mismo). Un relato para recordar y que sin duda ha servido de inspiración. Así que acabamos con un nuevo 10.

Resultado final: 7,10.

Ahora hablaré un poco (muy poco) del estilo. Hay que decir que la sencillez del lenguaje —llano y directo— a veces resulta excesiva. Me refiero a que usar un lenguaje simple no tiene porqué implicar descuidado, como por ejemplo la sobre abundancia por momentos de los —mente y de los verbos comodín. Eso me hace pensar que escribía o para ‘el vulgo’ (sabiendo que le editaban para lectura rápida y no exigente) o bien que le daba igual y sabía que nadie le exigiría cuidar ese aspecto de los cuentos. Además, en contra del ‘algoritmo estándar de creación de relatos cortos’, muchos de de estos cuentos no empiezan con una frase gancho. ¿Ejemplo de que el nombre ya iba por delante y se le publicaba sin seguir la norma de exigencia para otros autores?

Acerca de eso de publicar microcuentos (porque en esa categoría entra un buen puñado de los incluidos en el libro), no puedo por menos que habla de mi país. Si en España hubiera alguien como Matheson y pretendiese editar estos cuentos se encontraría con las puertas cerradas a la mayoría de las editoriales. ‘Perdón, pero sólo aceptamos novela’, el epitafio que  en este país la edición le dedica a la creación breve. Guay, editores. Guay.

Sin duda se trata de una serie de cuentos que han marcado escuela, imitado y homenajeados.  Por ello muchos de ellos seguro que ‘te suenan’. Un libro de obligada lectura para todo amante del terror y lo fantástico.

Bueno, el siguiente libro, por cuestión de infraestructura y logística, también será bolsillo. A ver qué tengo por ahí que no abulte mucho.

Adiós.

Sprague de Camp y Lin Carter- Conan de Aquilonia

Hola, ofidios.

Tras el último libro, lleno de descripciones y detalles, he optado por una lectura ligerita. Y en eso se suele llevar el gato al agua los libritos que tengo de Conan. En esta ocasión se trata de Conan de Aquilonia, que tiene en la portada el engañoso autor de Robert E. Howard. Porque no, los textos son de de Camp y de Carter.

Robert E. Howard - Conan de Aquilonia

Robert E. Howard – Conan de Aquilonia

Los autores usan un estilo casi mimético con el de Howard. Ello hace que de la lectura suponga un regreso a los sabores de los textos pulp de los años 30, aunque hay que aclarar que los cuentos vieron la luz (por entregas) en la primera mitad de los años 70. Pulp redivivo en todo su poder.

Como me esperaba, se trata de una lectura muy rápida. De tan ligera a veces parece insustancial. En eso tiene bastante que ver el que las descripciones se vuelven reiterativas, casi calcos unas de otras, entrando dentro del tópico fácil. Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la manera de mostrar a Conan: se repite casi palabra por palabra en las cuatro historias. Eso tiene un pase al tener en cuenta que los cuentos aparecieron por separado, lo que implica que pueden llegar a lectores que no sepan de qué va todo el rollo este del bárbaro envejecido. Pero aun así, las descripciones podrían haber variado un poco más y no tirar del copia y pega versión setentera. Siguiendo el estilo antiguo, se usa y abusa de los epítetos. Se utilizan tanto que llegan a hacerse algo pesados. En general el estilo resulta simple y sin la menor floritura.

Hablando de los cuentos, llegan a poseer cierto aire de pastiche; no tengo claro si los autores buscaban eso o les salió sin querer. Las historias entretienen, como no se podía esperar menos de Conan, pero en ocasiones todo parece demasiado encorsetado (la aparición de cierta joya poderosa, por ejemplo, o una espada de la que se olvida uno del todo hasta que justo se usa y ¡albricias!).

Como detalles tontos, decir que en demasiadas ocasiones el título de un capítulo me ha chirriado. Muchos de ellos están agarrados por los pelos, arañados de algún detalle ínfimo y puesto ahí, en negrita destacada, con el simple objetivo de atraer al lector y hacerle leer más.

En definitiva, de Camp y Carter se limitaron a tomarle el relevo a Howard y conseguir un texto lo bastante digno como para que se leyera con gusto, sin caer en la basura que perpetró cierto innombrable. Como nota le pongo un 6. Y a ver con qué me pongo ahora.

Adiós.

Jack Vance – Lámpara de noche

Hola, culebras.

Hace muuuuuucho que no leía nada de Vance. Fijaos cómo es la cosa que tengo con este autor que me he comprado el libro como quien dice hace nada y ya está acabado. No ha durado en La Pila ni una sola semana: en cuanto he acabado con Cerca del punto crítico me he lanzado sobre este Lámpara de noche.

Y sí: me he comprado un libro. Tras sin gastarme ni un solo duro en libros, ni siquiera en saldos, al fin ha caído uno más. ¿Acaso ha mejorado mi economía? Pues no, por desgracia. Pero de repente me encontré con un pequeño vale de cierta tienda y… pequé. Más aun cuando vi en la estantería Lámpara de noche.

Jack Vance - Lámpara de noche

Jack Vance – Lámpara de noche

Tras años y años, de nuevo Vance. Debo decir que mi última lectura del maestro me dejó un sabor de boca no del todo agradable: Lionesse se me hizo demasiado Tolkien, como si Vance hubiera tratado de emular la fantasía medieval. Y a mi entender sin lograrlo.

Pero en esta ocasión el autor regresa a la manera de narrar que ya usara en ‘El planeta de la aventura‘. La descripción de civilizaciones extraterrestres como elemento narrativo principal. Pero con una diferencia con respecto a ‘El planeta’: aquí Vance parece casi desaforado. Describe y describe. Los mundos, sus sociedades, sus detalles. Nos introduce en ellos de tal manera que un poco más y las podemos tocar. Descripciones detallistas que al menos a mí nunca me han aburrido.

En este sentido hay que destacar que Vance, pese a la variedad de lo narrado, el libro apenas supera las 400 páginas. Todo un sopapo a los actuales forjadores de tri-penta-heptalogías: ellos sacarían 1600 páginas. O más. Y puede que ni así narraran lo mismo que Vance y con su fluidez.

Sí, hay detractores (y no pocos) de este libro. ¿Que los mundos no son del todo creíbles? En esos extremos tan a menudo ridículos y cogidos con pinzas está, a mi entender, la gracia. El mundo de Gallingale es un sinsentido absoluto con su sistema de niveles sociales; el de Fader es el espectro de un espectro, regodeándose de un pasado perdido, acosado por criaturas que parecen un recuerdo exagerado de los Tschai (o si se quiere con La máquina del tiempo de Welles), y sumido en unos conceptos morales tan rígidos como prepotentes. El colmo de todas esas sociedades estrambóticas está en lo que se descubre en el Congreso de Aguasclaras: habitantes que buscan el reconocimiento y la gloria a través de la inmolación más llamativa posible. Mundos imposibles, exagerados… desde nuestra perspectiva actual: en el libro queda bien claro que algunos de ellos llevan miles de años fermentando sus sociedades. ¿Alguien se atreve a decir que con tiempo y soledad no se puede llegar a semejantes sociedades? Quien diga que no que se dé una vuelta por esta bola de barro y compare sociedades.

Lo que sí hay que admitir, por ejemplo, es la manera en la que se olvida de las notas. Al principio del libro se repiten, jugosas e interesantes. Pero en cierto punto desaparecen para no volver.  ¿Olvido? ¿Despiste? Una pena porque por ejemplo en Fader, tanto para describir la zona civilizada como a lo largo de la epopeya de Maihac, hubieran tenido mucho peso y enriquecido el texto.

Si, en algunos aspectos se puede decir que el libro parece algo descuidado. Pero mucho y muy bueno me parece teniendo en cuenta que para entonces el autor ya estaba ciego. Me gustaría ver a los críticos narrar algo semejante sin ver.

Durante un instante el libro me hizo pensar en Radix. En un momento dado Jaro, el protagonista, parecía que iba a progresar por ese camino… pero no. Falsa alarma (si de verdad se puede considerar alarma a ese libro de superación personal extrema, cosa que no).

Siguiendo la lectura nos encontramos con aventuras dentro de aventuras, como la narración de Maihac. Sólo esa historia ya hubiera dado para una novela por sí sola. Vance la ventila en unas páginas y nos acaba introduciendo en una especie de folletín.

En general se puede decir que el autor configura una historia tipo maquinaria de relojería: en que todo encaja a la perfección. El plan de Maihac sale a la perfección, logra todo sin apenas complicaciones (y cuando las hay triunfa al modo Radix, convirtiéndose en algo más poderoso). Algunos detalles chirrían de una manera escandalosa, como por ejemplo la locuacidad del prisionero. Que sí, que es telépata, que su carcelero parece que hablaba por los codos, que es muy listo, pero coño: que habla como un Chéspir. Este detalle, y otros, le obliga a uno a pasarse por alto la suspensión de incredulidad. Pero hablamos de Vance (sí, se le perdonan esos pecados, sí. O al menos yo —vanciano confeso— se los perdono), y hay que seguir leyendo porque en cualquier momento nos golpea con su sentido de la maravilla.

¿Se puede decir que el libro es una obra encorsetada? Sí, pero… pero a algunos eso no nos importa. Yo cogí el libro consciente de que la historia del protagonista muy bien podía resultar un simple vehículo para conocer mundos y culturas extraños. No me ha defraudado, incluso con las limitaciones argumentales.

En definitiva, se trata de una obra recomendable más que nada para forofos de Vance. Hay que admitir que se necesita tener estómago para las digresiones que se suelta. Pero como yo tengo ese estómago no he sufrido con ellas, y como Vance me encanta, no lo he sufrido. Pero admito que si uno no conoce al autor y se encuentra de repente este Lámpara de noche con suma facilidad acabará huyendo… y perdiéndose joyas como La tierra moribunda o el ya citado ‘Planeta de la aventura’.

Vamos, que le pongo un 6, siempre teniendo en cuenta que yo me leo mamotretos que mucha otra gente tiraría a la basura.

Un saludo. O adiós. Lo que queráis.

Hal Clement – Cerca del punto crítico

Hola, culebrillas.

Sigo esquivando las leZturaZ. Esta vez, sacando de la pila los libros que me dio Alberto hace un tiempo, me he encontrado con un autor nuevo. Nuevo para mí, se entiende, que Hal Clement tiene ya un poco de solera. Entre los que tenía a mano, y sin saber como quien dice nada de nada de su contenido, escogí este Cerca del punto crítico. Además se trataba de un librito pequeño, novela muy cercana a la novelette, lo que me permitía (en caso de no gustarme) liquidarlo con rapidez.

Una vez leído ¿qué puede decir de este Cerca del punto crítico?

Hal Clement - Cerca del punto crítico

Hal Clement – Cerca del punto crítico

Me he encontrado con una obra de cifi dura, ambientada en un planeta rocoso gigante con una gravedad el triple que la nuestra. Así de primera me recordó a Estrellamoto (esa divertidísima novela de Robert L. Forward), pero al poco de leerlo las semejanzas se empiezan a diluir. En Estrellamoto teníamos una civilización sobre la superficie de una estrella de neutrones, los entrañables cheela: diminutas criaturas de un ritmo vital alocado. Sin embargo aquí están los ‘tenebritas’, en plena transición del paleolítico de cazadores/recolectores a la cultura trashumante (proceso imbuido, todo sea dicho de paso, por un programa poco menos que colonialista/paternalista muy de la época de la novela). Si la estrella de Estrellamoto rotaba a una velocidad alocada haciendo que sus habitantes vivan en un marco temporal diferente al nuestro, el coloso rocoso protagonista de este libro (con el sugerente nombre de Tenebra) gira de tal manera que sus días ocupan cuatro de los nuestros, lo que hace que sus habitantes vivan jornadas larguísimas.

Pero no está ahí la clave de dureza que afecta a todo el desarrollo del libro. Acompañada a la gravedad enorme del planeta se describe una atmósfera de enormes presiones y de calor casi infernal. En ese ambiente el punto crítico al que se refiere el título no tiene relación directa con ningún hecho dramático de la trama, sino que se trata del punto crítico de termodinámica. Aquí un poco más de información sobre el agua y ese punto. Usando una atmósfera cercana al punto crítico del agua el autor nos muestra la importancia de ese débil equilibrio entre líquido y gaseosos, tanto para la geografía, climatología y orografía del planeta como para la propia vida que en él hay. Nos muestra ríos y océanos evanescentes, una lluvia sorprendente, una dinámica de masas de aire en función de zonas de convección generadas por hogueras (sí, como digo: la atmósfera y sus meteoros modificados a golpe de fogata). En resumen, Clement se ha trabajado un planeta sorprendente dadas esas condiciones tan extrañas para el común de los mortales, pero al mismo tiempo creíble y coherente.

Aunque antes de seguir con lo duro hay que decir una cosica: si bien el autor se nota que maneja a la perfección los procesos químicos (lógico en Clement), falla de manera bastante estrepitosa en lo referente a la tecnología. Las referencias a cintas como soporte de grabación o a las reglas de cálculo a la hora de trabajar los navegantes e ingenieros le hacen a uno sonreír.

Inciso superado. Con ese escenario tan elaborado Clement nos presenta una pequeña historia de segundo contacto. Sí, segundo, porque así se me ocurre llamarlo dado que el primero parece un coitus interruptus.  Unido a esto hay un reto de cooperación entre especies tan diferentes como la humana y la tenebrita. A ello se añade un posible conflicto diplomático con una tercera raza en discordia, una suerte de klingons molestos e irritantes.

Por desgracia, como se suele acusar a la ciencia ficción dura, el lado literario pierde frente al científico. La brevedad de la obra no ayuda a hacer que el lector empática con los protagonistas. Al drommiano no hay quien se lo crea, de igual manera que (pensándolo dos veces) nadie creería en razas belicosas y con poder de navegación estelar: se auto exterminan antes de llegar a ello con seguridad. De los humanos apenas se atisba un poco del biólogo y de la niña, y de los tenebritas algo de Nick… y ya.

Al final de la obra hay cierto olor a deus ex machina, sobre todo en lo relativo a ‘lo que soluciona el problema’. Qué casualidad, vamos, que no han visto uno en todo el planeta y, oh maravillas, ahí está justo cuando se le necesita.

En una época en la que los libros pecan de que les sobra páginas y páginas, a éste le falta extensión. Y no sólo para crear personajes, sino que incluso para componer una trama con gancho. Mucho paseo por la superficie del planeta buscando y llegado el momento del salvamento… En fin, Forward se lo ha trabajado mejor que Clement. Pero hay que dejar clara la cantidad de años que separa esta obra (escrita en 1958) de la de Forward (de 1985). Esos casi treinta años, que en cifi han supuesto mucho (en fondo y forma), convierten Cerca del punto crítico en un más o menos digno antecedente. Si el libro de Forward se me hace muy recomendable (serio en cuanto a la elucubración de posible vida en un lugar tan increíble como la superficie de una estrella de neutrones), este Cerca del punto crítico se me hace por lo menos agradable, aunque no para tirar cohetes.

Antes de acabar no podía por menos que hacer mención a la traducción: descuidada, con algunas frases que me he visto obligado a releer para comprender. Y con algunas que ni así, obligándome a tirar para adelante sin saber bien lo que han querido decir. También la puntuación falla, tanto que se vuelve surrealista por momentos. Para acabar de rizar el rizo me he encontrado con errores en líneas de diálogo, que por arte de birlibirloque se han convertido en párrafos sueltos, o han acabado insertadas a las bravas dentro de otros. Espero que el resto de libros que tengo de esa colección mejoren ese aspecto, porque si no vaya pena.

Vamos, que le pongo un seis. Gracias, Alberto 🙂

Adiós.

PD: no, no he leído Huevo de dragón. Se admiten donaciones.

Philip José Farmer – Relaciones extrañas

Hola, ofidios.

Pues sigo esquivando lo de leer eZcritos, mira por dónde. Y es que ¿por qué gastar el tiempo en esos posibles engendros si tengo más cosas bonitas por leer? Como por ejemplo este Relaciones extrañas de Philip José Farmer.

Conocí a Farmer con A vuestros cuerpos dispersos hace… puf, hace mucho (que todavía no me afeitaba, vamos). Y debo decir a las claras que su descubrimiento me dejó casi en estado de shock. Devoré la saga entera, maravillado no sólo por el escenario sino también por los personajes y la sociedad que mostraba. Debo aclarar que tenía la saga entera gracias a los saldos de Ultramar y a mi manera de comprar libros de manera compulsiva: esa obsesión por conseguir libros la sufro desde que me empezaron a dar una paga semanal, algo que ha acabado creando mi pequeña montaña de libros.

Que me disperso.

Antes de ponerme a leer algún tezto de dudosa calidad me acordé de este librito. No tengo Los amantes, pero en esta compilación había alguno de los cuentos que hizo famoso a Farmer. Así que, ¿qué mejor manera de pasar el tiempo que volver a disfrutar de la pluma de este irreverente?

Philip José Farmer - Relaciones extrañas

Philip José Farmer – Relaciones extrañas

Por desgracia al poco de abrir el volumen me encontré con un problema (para mí) bastante serio: se trataba de una edición argentina. Pero argentina escrita en argentino. En español argentina. Boludo y todo eso. Eso me hizo enfrentarme a frases como ‘Sus lucubraciones fueron interrumpidas en forma violenta’ y otras incluso más extrañas. No estoy seguro de si siquiera un argentino puede considerarlas bien construidas, pero sin duda a mí se me hacían cuesta arriba. Por desgracia me encontré otra vez tratando de adivinar lo que había intentado decir el autor. Nada bueno, vamos.

Pero aun así intenté seguir: los relatos incluidos bien que merecían el esfuerzo. Y a ellos voy:

  1. ‘Madre’. Me sorprende este relato. A día de hoy resultaría simplón, casi inocente, pero me deja claro indica lo mal que estaba el tema de la moralidad y el puritanismo en aquella época. Como ya se verá en el resto de relatos, Farmer mezcla en Madre los aspectos cuidados de la cifi pseudo dura (describe procesos biológicos con aparente lógica) con los del más alocado space opera (ale, a ir de planeta en planeta como si se va de Móstoles a Mataró. Caminemos sin escafandras, sin análisis de aire o microrganismos. ¡A pecho descubierto!). Por no hablar de que se me hace demasiado fantasiosa la facilidad para entablar contacto (y diálogo fluido) entre dos inteligencias tan diferentes. Coño, que según esto Sagan se podría haber ahorrado Contacto: total, un poco de maña y cualquiera se comunica con una forma de vida tan extraña como Madre. Saltando esos defectos queda un relato agradable, por no decir interesante, que se lleva un 7.
  2. ‘Hija’. En la introducción del libro (demasiado a lo Barceló a mi gusto) hablan de este relato como algo menor en comparación con ‘Madre’. Y sí, posee ese aire socarrón, entrando casi dentro de lo que se podría considerar pastiche. Pero profundiza en detalles que complementan a ‘Madre’, poco menos que obligando a una lectura conjunta. Como el anterior cuento, posee un desarrollo muy interesante de la biología extraterrestre, aunque con un pero enorme: una inteligencia como la descrita debería tener un mayor conocimiento de su entorno, algo que parece que no posee. ¿Usó esa carencia para reforzar el carácter moralizante? El miedo a lo desconocido se convierte en un factor clave en el texto, y la manera de superarlo en un ejemplo a seguir. ¿Que tiene bastante de fábula? Pues sí. ¿Que se parece a los tres cerditos? ¿Y? A mí me mola la manera en que se llega al ‘soplaré, soplaré y tu chabolo derribaré’, cómo sucede y cómo lo resuelve el cerdito albañil. Le pongo un 7… no, mejor un 8.
  3. ‘Padre’. En este cuento el libro empieza a decaer. De entrada el tratamiento del viaje especial es demasiado cercano a mi gusto a la space opera. De nuevo tenemos esa dualidad algo irritante: seriedad y buena elucubración en cuanto a la biología y, por el contrario, un tratamiento infantiloide del viaje estelar, de los procedimientos de seguridad y de exploración… casi parece que los protagonistas de ese pestiño llamado Prometheus hubieran leído este relato a modo de manual de cómo actuar. Algunos detalles que no aportan anda y en cambio sólo sirven para molestar. El ejemplo más clamoroso lo tenemos cuando describe la distribución continental del planeta: dice que sólo posee una masa continental en el hemisferio norte, estando el resto de él cubierto de agua. Sin embargo también dice que el clima es suave, algo imposible debido a los diferenciales térmicos que generaría esa distribución de tierra/agua. Vamos, que si no dice ese detalle aquí paz y después gloria. Otro detalle de pura coña: el fundador de la orden religiosa se llama Jairus Cbwaka. Cbwaka. Cambia la ‘b’ por un ‘he’ y a lo mejor te recuerda alguien. No voy a decir más de esa chorradilla. Seguimos con los detalles: al profundizar en la biología de Padre y de su mundo se mete en un enredo de muy señor mío. El diablo está en lo detalles, y aquí Farmer ha acabado en el puro infierno. La verborrea pseudocientífica mal metida no sólo no ayuda, sino que hunde el texto. Entre la concatenación de incoherencias y palabros, si pretendía que el texto tuviera cierto aire de Cifi dura la verdad es que ha acabado pareciendo el texto un guion de serie B. No voy a hablar mucho más, salvo que ese final con ciertas semejanzas a El Monje (M. Lewis) no me acabó de convencer. De hecho todo el rollo religioso no me lo creí jamás. Al final se lleva un justito 5.
  4. ‘Hijo’. De un relato presuntuoso y fallido llegamos a uno más humilde y sin embargo efectivo. Sí, la descripción de Keet podría ser más completa, pero eso rompería con identificación entre narrador y el prisionero. El relato resulta un texto simple, tradicional y efectivo que se merece un 6.
  5. ‘Hermano de mi hermana’ regresa a las pretensiones de pseudorrealismo de ‘Madre’, ‘Hija’ o ‘Padre’, pero sin caer en los defectos de este último. No tenemos un Marte de Burroughs, pero tampoco uno de Robinson. Leyéndolo me vino a la cabeza Una odisea marciana de Stanley G. Weinbaum; hace años que no leo ese cuento y creo que sería un buen momento para recuperarlo. A lo que iba: en ‘Hermano de mi hermana’ Farmer recupera el tono y nos muestra cómo la biología puede generar problemas en las relaciones entre especies tan distintas como las protagonistas… y pese a todo haber momentos de erotismo –por decirlo de alguna manera– ‘extraño’. Texto interesante, tanto por la visión de Marte y sus habitantes como por la del resto de entidades biológicas. Le pongo un 7.

Y haciendo una media me sale un 6’5. Por el c…

Adiós.

Ray Bradbury – El vino del estío

Hola, ofidios.

En la anterior reseña dije que iba a ponerme con una lectura intelectual. Y lo dije con sorna, por si no se notaba. Se me había ocurrido torturarme con alguna baZura (me sigue tentando ponerme de nuevo ante algo de Sisi, pero admito que me da miedo encontrarme con que uno de los puntales del terror patrio actual tiene la misma calidad que otros). Buscando entre los libros que tenía por ahí pendientes no sabía cuál escoger. Entre ellos vi este Bradbury y me dije ‘hace mucho que no leo al poeta’. Y así decidí empezar este El vino del estío.

Ray Bradbury - El vino del estío

Ray Bradbury – El vino del estío

La mención al ‘poeta’ viene al pelo en este librito corto pero por momentos intenso: puede decirse que se trata, más que una novela al uso, de una serie de minirrelatos narrados en prosa poética (lo que a la larga los convierte en casi poemas).

¿Pros y contras de ese estilo lírico? El mayor pero que le veo se llama ‘suspensión de incredulidad a tomar por saco’. Se puede presentar una voz de narrador en plan poeta, dejando que las descripciones fluyan de un modo lírico y a veces pretencioso; pero no se puede usar ese mismo estilo de prosa en los diálogos de niños de 8, de 12 años. La novela me ha hecho volver a recordar la insufrible experiencia de cuando fui al estreno de La delgada línea roja de mierda, de Terrence Mallick. Pocas veces una película me ha dado ganas de largarme de la sala e irme. En parte me quedé por la compañía, y parte porque ya entonces tenía esa mentalidad de ‘dar una última oportunidad al autor, que seguro que al final no me defrauda’. Pero la peli defrauda, con su aire insoportable y pedante, y sus protagonistas increíbles [no—creíbles] por su narración interna. En esta obra no se llega al nivel de repelencia de los soldados—poetas, pero si en algún momento el autor tuvo el menor intento de construir personajes (algo que a lo largo de la novela queda bastante claro que no) lo arruinó haciendo hablara de esa manera a los críos.

Si el lector logra superar ese escollo (una pero nada pequeño para mí) se quedará con un texto poderoso y a veces casi magistral. Por momentos tenemos a un Bradbury brillante, por no decir deslumbrante. Se nota que disfrutaba narrando los recuerdos de su infancia. Un ejemplo de ello, apenas iniciada la novela, lo tenemos en la manera de ver la relación entre ciudades y naturaleza. Sólo se puede describir ese pasaje como precioso: toda una delicia simbiótica.

El texto avanza con una sucesión (a veces encadenada, a veces no) de historias, siempre narradas desde una óptica de un niño—poeta—adulto. Algunas poseen poder no sólo evocador sino casi filosófico, como por ejemplo la de la máquina de la felicidad, una historia no carente de un cierto aire trágico. Otras, como la manera en que los protagonistas descubren la máquina del tiempo, rebosa ternura. Esa historia en concreto cuenta con su contrapunto cerca del final de la historia: la ternura se convierte en amargura, cerrando esa mini historia de una manera agridulce pero no menos poderosa. Algunos capítulos se puede considerar poco menos que autoconclusivos, como la historia del tranvía: ese cuento corto (una historia independiente por sí misma) posee una belleza a la que sin mucha dificultad se podría considerar bucólica. Otro ejemplo de un capítulo similar, más oscuro y con toque fantástico, lo tenemos en la descripción del trapero: una idea simple, muy sencilla, pero que rebosa sugerencia y misterio.

Teniendo en cuenta que se trata prosa poética el tema de la forma ya no resulta fácil de criticar. Si la traducción de un texto en prosa puede destrozar el original, en la prosa poética lo raro es que el traductor no haga un escarnio con la obra. Pese a que no me gusta nada la poesía, siempre he pensado que un poema se debe leer por fuerza en el idioma original en el que está escrito para poder captar el ritmo y la musicalidad.

Inciso: mi concepto de poesía no tiene nada que ver con el verso libre, ese que surgió y se popularizó en la segunda mitad del siglo XIX. Yo llamo poesía a la métrica, a la estructura, a la sonoridad, al esfuerzo por conseguir un significado logrando encorsetar las sílabas en un armazón prediseñado. Lo otro es (a mi entender) vagancia pretenciosa.

Se acabó el inciso y acabo de hablar de la forma. Más allá de la traducción/traición poco puedo decir. ¿Que a veces el texto aparece sembrado de adverbios? ¿Y si el autor buscaba eso adrede para conseguir una sonoridad? Joder, es prosa poética, y se me escapa. A veces me gusta, otras no. Yo me centro en las imágenes, en los significados, pero quizá Bradbury en algunas partes lo que quería es resaltar los significantes. Es puta poesía, para mí en muchos aspectos intangible a incomprensible. Punto en boca y a seguir con otra cosa.

Vale, sí, acabo. Pero antes de cerrar esta minirreseña quiero hablar de un detalle, ahora muy de moda: el machismo. El libro rezuma machismo, una sumisión de la mujer a roles bien concretos (madre, doncella, ama de casa). Seguro que de salir un texto así ahora mismo sería denunciado y puesto a parir por más de uno o una. Sin embargo se trata de un reflejo de la sociedad de la época, y por tanto no lo considero ni censurable ni criticable (estamos llegando en ese tema a ridículos como censurar un cartel de una película extranjera por no cumplir la ley española).

Pese a su machismo el propio autor presenta el contrapunto a ese rol de mujer sumisa: uno de los personajes que desfilan por la novela, una anciana solterona (pongo la cursiva adrede para ver si salta alguien con que esa palabra es despectiva y denigrante :P), narra su acto de rebeldía. Ella ha optado por satisfacer y anteponer sus deseos personales al rol que como mujer ‘le tenían reservado’, y vivir la vida de una manera plena. Sí, seguro que hay quien también criticará que esa mujer plantea un mensaje tipo disyuntiva: o someterse y vivir en familia o ser libre pero en soledad y al final amargada. La abuela (esclava de la cocina, presa de las tareas de su casa, orgullosa de la felicidad que rinda con sus guisos) frente a la soltera que ha viajado, ha vivido, ha conocido pero ha visto cómo el amor pasaba de largo y al final no tiene a nadie con quien compartir sus experiencias. Ahora podría meter un discurso antisistema, anticapitalismo y nada feminista, pero no es ni el lugar ni el momento.

Y es el momento de acabar. Este El vino del estío, como viaje a ninguna parte, resulta agradable. Pero siendo consciente de ello: los días pasan igual que las páginas. Para muchos de nosotros habrá más días, más páginas; para otros se acabarán los atardeceres y el libro llegará a su fin. Mientras dure la lectura hay que intentar disfrutar de ella… o, si no, intentar hacer que tu narración personal se vuelva protagonista (o por lo menos como un personaje secundario).

Al libro le pongo un 7, y con esto ya acabo la reseña.

Adiós.

PD: Agh, más de 1200 palabras. Me pasa con las reseñas lo mismo que con los relatos: crecen y crecen como si devoraran las palabras. A ver si consigo alguna vez una reseña de… ¿500 palabrillas?

PD 2: Por si alguno se extraña de lo que digo en el segundo párrafo, yo leo los libros sin buscar reseñas previas o datos de la obra. Ahora veo que sí, que el libro se trata de un fix-up. Pos fale, acerté. Un meloditrus para mí.

George Orwell – Rebelión en la granja

Hola, culebras.

Sí, hoy sí: voy a ser breve.

Tras años en la pila (y no sé si en el mejor momento) he agarrado este libro. Admito que todo este tiempo no me ha dado por leer Rebelión en la granja debido a su envoltorio en apariencia infantil. Un cuentito de cerdos, caballos y demás bichos que hacen de las suyas en la granja en la que viven. Pero habiendo leído hace muchos años 1984, y hace algo menos Homenaje a Cataluña, opté por desempolvar mi edición y darle una oportunidad a este clásico de Orwell.

George Orwell - Rebelión en la granja

George Orwell – Rebelión en la granja

¿Qué me he encontrado? Pues una dosis de mala baba sólo comprensible de la pluma de este autor. El cuento se puede definir como una parábola del totalitarismo, y una bofetada a la sociedad de la época.

¡MEC!

¿De la época? ¡Y una leche! Encaja a pies juntillas en la actualidad, cambiando apenas unos mínimos detalles. Que sí, que Orwell escribió Rebelión en la granja pensando en ese monstruo llamado URSS, que tenía de socialismo lo que yo de cura. Ya no tenemos a Stalin o a Molotov. Tampoco hace falta buscar semejanzas con Hitler o a Goebbels. Pero, pero, ¡pero! Aquí tenemos, muy patrios ellos (y actuales, alejados en las formas de aquellos dictadores, pero no en el fondo), a individuos como Amancio Ortega, Aznar, F. González o Cebrián (por decir los nombres de varios Napoleones, presentes y pasados, en sus propias granjas). Cada uno cuenta con su coro de ovejas, su ejército de perros, sus voceros (no puedo evitar ver la cara de Rafael Hernando, el aprendiz–torpe de Goebbels de nuestros días, en el papel de Squealer) y sus esclavos.

Quien lea la novela seguro que se puede identificar con alguno de los personajes: ¿eres Boxer, tan trabajador y sacrificado como leal y ciego? ¿O quizá te asemejas a un idealista –aunque un poco sin los pies en el suelo– Snowball (admito que yo sí que me siento cercano al discurso de ese personaje, lo que me obliga a apuntarme una tarea pendiente: leerme una biografía de Trotsky)? ¿Te pega más Benjamín y su cinismo? Seguro que más de uno se verá en Mollie, arquetipo de la burguesía en su origen, y que sin embargo encaja bastante con la juventud de hoy en día (superficial, indolente, veleta, hedonista)… ¿O quizá, muy ufano tú, te consideras un cerdo? ¿Un lechoncito, un proyecto de mini–dictador mandando en tu granja–empresa? ¿Has aprendido ya a manejar el látigo?

No hace falta mirar muy lejos para encontrar una versión de andar por casa de Napoleón. El enemigo está cerca, muy cerca, tanto que la mayoría de la gente ha optado por arrancarse los ojos y unirse a las ovejas. Será por falta de maneras de hacerlo: desde hace días me están bombardeando en mi propia casa con una llamada Netflix. Eso cuando no te encuentras con mindundis que intentan erigirse como napoleones en sus trabajos (a algunos se les identifica porque empiezan su escalada de poder siguiendo The Way of the Exploding Fist Pelota).

Paro, que me caliento.

Paso a hablar del estilo: mejorable, no lo voy a negar. ¿Culpa de Orwell o de otro? Porque tampoco ayuda la traducción de Rafael Abella, con su puntuación por momentos errática y sus americanismos, defectos que no me cuadran para una edición como la que poseo, de Ediciones Destino, ejpañola, ejpañola y muy ejpa… perdón, catalana. A ver si lo que he leído son catalanismos 😛

La novela se merece un 9 como la copa de un pino. Y van dos seguidos, oye. Estoy en racha. Un año sin escritorZuelos se nota. Creo que con el siguiente libro me voy a revolcar con alguna obra intelectual (sí, Sheldon: ¡sarcasmo!) para cambiar de aires.

No estoy a favor de las ‘lecturas obligatorias’, pero este libro no me parece recomendable, no, sino LO SIGUIENTE. Para darle con él en la cabeza a las masas. Los animales que describe son más humanos que los humanos de otros textos, y la manera de describir las situaciones y el drama poseen tal simplicidad y dureza que incluso el más analfabeto furgolero (una buena parte de las ovejas de nuestro país, los que se contentan con el pan y circo de Juvenal) lo entenderá.

¿Que adoctrina contra el comunismo (de nuevo me refiero ese comunismo de chirigota de la URSS), tal y como decían algunos en su momento? Quizá en los cuarenta: ahora Rebelión en la granja se ha convertido en todo un aviso para navegantes, una lección de lo que la maldita naturaleza humana puede hacer contra el idealismo. Una lección de la que aprender: tanto a ver que hay salida del pozo en el que vivimos (cooperación, hermanamiento, igualdad…), como a identificar a los cánceres internos (egolatría, ansia de poder, manipulación, etc.) que pueden devolverte al fondo del mismo. O a uno peor (no, no me refiero a 1984: ya estamos viviendo esa novela, atontaos, sólo que al alimón con Un mundo feliz. Masas al mismo tiempo engañadas, manipuladas, atontadas y endrogadas. Menos mal que Orwell ya está muerto; si no se moría de nuevo, pero de asco y vergüenza).

Con este cuento sólo se puede hacer una cosa: celebrar su existencia. Gracias, señor Orwell. De corazón, muchas gracias.

Hasta la próxima. Chau.

PD: no puedo evitarlo, debo poner este documento de hace unos días. Aquí os dejo a Amancio Ortega celebrando con sus trabajadores su posición como hombre más rico del mundo:

Amancio Ortega celebra su riqueza con sus empleados

Amancio Ortega celebra su riqueza con sus empleados

China Miéville – El consejo de hierro

Hola, ofidios.

A ver si consigo que esta reseña no se alargue mucho. ¿Por qué? Pues porque no deseo hablar mucho del mejor libro que he leído en mucho tiempo sino invitaros a descubrirlo. El consejo de hierro destaca mucho entre las cuatro obras que hasta el momento he leído de China Miéville. Enmarcada en el mundo de Bas–Lag, el libro avanza unos años en lo narrado en los otros dos, La estación de calle Perdido y La cicatriz. Si bien para disfrutar de la obra no hace falta haber leído los anteriores, en la narración hay cierta serie de detalles (el terror nocturno, Jack, el sangrado de la milicia allende los mares) que ganan profundidad si se sabe de qué van. Pero El consejo de hierro se yergue él solo, sin ayuda, como toda una joya del subgénero de la fantasía oscura.

Comparándolo con sus antecesoras, en esta obra Nueva Crobuzón adquiere una nueva dimensión: si en Estación la urbe aparecía como algo casi protagonista pero más o menos ornamental (siguiendo las premisas del gótico) en este libro vuelve a serlo pero a través de sus habitantes y las sinergias que generan. Hablaré de ello un poco más adelante. En relación a La cicatriz, en aquella novela el autor se iba un tanto por las ramas queriendo describir demasiadas zonas de Bas–Lag. A ver, lo de por las ramas no lo digo como algo malo: me encantó descubrir todos esos países con los esbozos de sus costumbres, pero admito que llegado cierto momento se hacían demasiados (a mi gusto La cicatriz hubiera ganado duplicando su extensión, pero el autor optó por ese formato más comprimido, y quedó como quedó). En El consejo centra su esfuerzo descriptivo en un puñado de zonas concretas de Rohagi, el continente en el que está Nueva Crobuzón, y al no querer abarcar tanto aprieta más. El sentido de la maravilla se exacerba, sin resultar inundado por los paisajes. Además en El consejo hay mucho menos juego de intrigas que en La cicatriz. No me gustan las novelas de enredo y espionaje, como ya dejé claro en su día. Por fortuna en esta obra hay un buen puñado de sorpresas, pero no se lía en un ‘fintas en las fintas de las fintas’.

En cierta medida El consejo de hierro es una versión fantasiosa de la conquista del oeste americano, en parte una visión de cómo podría verse en ese entorno de Bas–Lag algo como el tendido de las dos vías transcontinentales. Una narración de esta tarea, vista desde dentro, desde la perspectiva de los obreros. Ese detalle en el punto de vista resultará clave en el desarrollo de la novela. De nuevo, hablaré de eso más adelante.

La cicatriz supuso un intento de crear un nuevo tipo de ciudad, una urbe flotante. En esa obra se intentó hacerla creíble (siempre dentro de la suspensión de incredulidad), pero a mi gusto la serie de facciones que la habitaban, muchas de ellas antagonistas, la hacían tan atrayente como insostenible. Sobre todo cuando en esa obra no se veía lo que estalla en El consejo: los conflictos sociales.

Aviso: si no has leído la novela no leas lo que sigue.

Ese aspecto de la novela (el adentrarse en los conflictos sociales) ha supuesto para mí, y quiero resaltar ese para mí, el gran acierto de la novela. El consejo de hierro se me ha revelado como un libro subversivo, un delicioso panfleto anarquista y sindicalista. Voy a hablar de lo que me he encontrado relativo a esto.

Por un lado decir que el libro cuenta con dos claros escenarios. Por un lado las obras del tendido del ferrocarril transcontinental, una narración con una temática de pioneros, de descubridores, pero entendiendo la conquista como una empresa. Por otro lado tenemos una ciudad cosmopolita inmersa en un conflicto bélico contra una potencia remota –muy remota– y extraña (no se trata de una guerra de colonias, como en La cicatriz, sino de algo más en plan EE.UU.–Japón en la 2ª Guerra Mundial: dos potencias muy distintas en muchísimos aspectos, casi alienígenas entre ellas. Por ende, lo distante de la zona de conflicto hace que la población de al ciudad no acabe de tener una idea clara de la evolución de la guerra. En otras palabras, no se sabe bien si ganan o pierden). En esa situación se nos plantea la guerra como una maniobra política, con sus inherentes dosis de propaganda, patriotismo y desinformación.

Pero Miéville huye de presentar ambos escenarios de la manera cómoda y fácil: aventura en el primero, intrigas y juegos de poder en el segundo. Por el contrario, nos los presenta vistos desde los ojos de los de abajo, los que tienden el ferrocarril o los que con su trabajo diario mantienen la ciudad viva, y lo hace desde una óptica comprometida: reivindica el poder y la necesidad del sindicalismo y la lucha de clases frente al poder empresarial y al gobierno. Así, da ‘ejemplos’ del poder y la utilidad de las huelgas como herramienta de lucha, de la organización obrera frente a la tiranía del patrón y el desapego del dirigente, cada uno en su particular torre de marfil. Más aun, describe (a su manera) el proceso de una revolución con un fundamento ideológico anarquista, así como del intento de instaurar una dictadura del proletariado.

¿Sindicalismo? ¿Lucha de clases? ¿Anarquistas? ¿Revolución de la clase obrera? ¿Gobierno anti sistema? Horror de horrores para más de uno, seguro.

Sin duda un pepero (o amigo de la derecha, o uno de estos obreros alienados que tenemos en nuestro país) ni comprenderá ni sabrá disfrutar de todos esos detalles regados a los largo de la obra. Un faccioso o un liberal (que para mí, en sus conclusiones tanto monta, monta tanto) la encontrará irritante, si no ofensiva:

  • ¿qué es eso de que la mano de obra explotada (esa mano de obra iletrada, asfixiada, alienada y sumisa que pretenden crear ciertos gobiernos a base de recortes) se de cuenta a través de los sindicatos (los malvados e inútiles sindicatos) del poder que poseen (los medios de producción están, nunca mejor dicho, en sus manos), se rebelen contra el sistema, tomen los medios de producción y creen asambleas en las que decidan el rumbo a tomar?
  • ¿Cómo que se genera una mini república asamblearia en la que todos, sin importar su origen ni condición, puedan opinar y sus palabras tengan el mismo peso?
  • Por dios, ¿abolir el dinero como sistema de pago e instaurar otro sistema basado en la cooperación y el sentido común en su más amplio y sincero elemento?
  • ¿Terrorismo de bisturí contra un sistema oligárquico?

‘¿Qué locuras son esas?’, pensará un derechón o un buenrollero, y no comprenderá la hermosura que yo veo en esta utopía. ‘Radical’, pensará alguno (incluso un no votante del PP). Pues a mí esa radicalidad –esa y justo esa– me ha encantado.

Por todo eso se puede decir que El consejo de hierro no está escrito para todos los paladares. ¿Tienes ideas de izquierda pero no te gusta la fantasía? Quizá puedas pasar por alto los toques de género, la poderosísima influencia de Clive Barker, y pese a ello disfrutar de este flirteo con la utopía obrera. ¿Tiendes más al pensamiento de centro o de derecha y te consideras un fan de la fantasía más alocada? En serio (y lo digo de verdad en serio): quiero saber tu opinión con respecto a esta obra.

Llegados a este punto sólo queda darle la nota: un irrefutable 9. ¿Por qué no le doy un 10? Pues porque en el tema del estilo, de la forma, se puede mejorar bastante. Esos –mentes, esas repeticiones de palabras o conceptos en algunos párrafos…  qué pena que no se hiciera otra revisión del texto. Pero en conjunto los defectos no ensombrecen una magnífica obra–panfleto.

En serio: si te gusta la fantasía y quieres conocer un autor que te dejará de sin palabras ya estás tardando en leer a Miéville. Empieza por La Estación, sigue con otras, pero déjate este El consejo para el final: si lo haces al revés corres el peligro de que todo lo demás te sepa a poco. Yo al menos me temo eso. ¿Encontraré algo de Miéville mejor que esta obra? Ojalá. Me queda un buen puñado de ellas, aunque ya ninguna de Bas–Lag. Sigh. Habrá que probar suerte. Aunque después del chasco de Kraken miedo me da. Se admiten recomendaciones.

Adiós.

PD: Se me olvidaba el tema de la sexualidad. Un nuevo punto en común con Barker. En extremo agradable esa manera de mostrarla, tan natural y sincera. Olé.

PD 2: Que sí, que leas a Miéville, leñe. Al menos la trilogía de Bas–Lag. Ya estás tardando. Lo digo en serio. Y en sirio:

أنا خطيرة

 

David Mitchell – El atlas de las nubes

Hola, culebras.

Puf. Más de un mes desde la anterior entrada. Cosas de mi síndrome de velocidad de lectura decreciente.

Descubrí El atlas de las nubes (David Mitchell) a través de una sesión de cine nocturna: llegué a casa y cambiando de canales me encontré con una película ya empezada. Me puse a verla, aunque la información del canal decía que ya había avanzado en sus ¾ partes. Pese a ello lo que vi me llamó la atención, más que nada porque no pude hilvanar un argumento: parecía un batiburrillo de historias, cada una de su padre y de su madre y en tiempos muy separados. La peli acabó y me quedé con cara de tonto, sin saber lo que había visto.

Hasta que bastante después me encontré con este libro. Al parecer la crítica lo describía como todo un nuevo clásico, una obra enorme y de gran riqueza.

Bien, ya lo he leído. ¿Y?

De entrada voy a hablar del estilo. O mejor dicho del arte de escribir que demuestra David Mitchell. Leerle resulta un placer casi inenarrable :P, sobre todo si se compara con el estilo torpe de Brunner (sí, novedoso y transgresor en su momento con esa manera de dividir la novela, y el concepto de novela río de implacable efectividad. Pero insisto, en cuanto a estilo –lirismo, o poder evocador– a Brunner sólo se puede describir como muy limitado). Allí donde el americano no destaca con las descripciones o el lirismo Mitchell apabulla. Así de sencillo: hay secciones de un gusto romántico (sobre todo las de los dos primeros protagonistas) cuya lectura resulta una delicia. Por desgracia ese estilo casi lujurioso se va perdiendo a medida que la novela avanza: el corte en la sección de Luisa Rey sólo se puede describir como radical. Luego regresado un poco con Timothy, para acabar convirtiéndose en uno plano por momentos en el caso de Somni y directamente (sí, he soltado uno) artificioso en Zachry. El estilo del libro se vuelve más y más pesado, aburrido, a medida que avanzaba, coincidiendo con esos cambios de narrador. ¿Acaso quiere el autor volver anodino el libro de manera premeditada? O a lo mejor todo se debe a que mis gustos por un estilo literario ya en desuso.

De una manera u otra ese cambio en el estilo ha afectado a mi lectura (eso y al sufrir una operación entre medias). Por alguna razón, a saber si como efectos de la droga (léase efectos euforizantes de la anestesia) he encontrado mucho más interesante e instructivo agarrar Fundamentos de física, de Richard Wolfson y Andrew F. Rex, que retomar el libro de Mitchell. Pero al final me he obligado a acabar con El atlas. Y en esto ya entro en harina y hablo del fondo del libro.

Yo, tonto de mí, pensaba que a lo largo de la narración las tramas se iban a entrelazar, a formar un todo. Incluso en un principio se me ocurrió que se trataría de una narración circular, enlazando la narración de Adam con la Zachry a través de algún efecto de viaje en el tiempo o similar (cosas de intentar ver relaciones entre los Moriori y la tribu de Zachry). Pero no. Nada de nada. La reiterada alusión a cierto antojo, ni la repetición de ‘el mapa de las nubes’ como concepto/creación, no sirven para unificar el texto. Las seis narraciones se convierten en historias autoconcluyentes e independientes con una muy leve relación entre sí. ¿Se trata de la historia de la evolución de una única alma a través de varias ‘reencarnaciones’? ¿Quizá de mostrarnos la evolución del concepto de rebeldía y anhelo de justicia, desde la torpe e inocente actitud de Adam a la involuntaria pero activa de Somni? De ser eso, ¿entonces qué sentido tiene el epílogo de Zachry, un ejemplo de involución en lo relativo a los personajes? ¿O el caso de Timothy, una especie de sainete con un final muy inglés? Además ¿evolución del alma? Pero si Somni es el enésimo fruto de un experimento genético, algo por completo ajeno al concepto de alma, y que como mucho tiene algo que ver con el tema de fondo de Un mundo feliz de Huxley.

En algún lugar leí un comentario de alguien que decía se trataba de seis novelas independientes que el autor logró engarzar y sacó con ellas este El atlas de las nubes. Cada vez que pienso estoy más convencido de lo acerado de ese comentario. El atlas de las nubes empieza y te lleva en un viaje por momentos delicioso –por momentos soporífero– hacia ninguna parte concreta. El crecimiento de esa alma se resume en un fracaso de nombre Zachry. ¿Eso pretende decir el autor, que todos los esfuerzos por mejorar pueden acabar arrasados por los maoríes de turno? Muchas páginas para eso, creo yo.

Dé que no se trata de una colección de relatos pero voy a dar puntuaciones independientes a cada historia:

  1. El diario de Adam Ewing: 7. Buen arranque (historia de corte decimonónico en formato diario, algo muy a mi gusto), pero decae con un final demasiado descompensado. Un final, además, reventado por otro de los protagonistas del libro. Me tiré un buen tiempo diciéndome eso de ‘que no sea, que no sea, que no sea’.
  2. Las cartas de Robert Frobisher: 8. La mejor narración, tanto en cuanto a estilo como a fondo. De nuevo el estilo diario me parece un acierto.
  3. La investigación de Luisa Rey: 6. El género negro nunca me ha gustado, y este texto no se escapa a ello. Estilo plano y aburrido en plan “vamos pa’lante”.
  4. La movidilla de Timothy Cavendish: 5. Si la parte inicial se me ha hecho algo curiosa por lo de la terraza y la manera de componer al protagonista, luego decae en una aventurilla de extrarradio. Supongo que la dosis de crítica (algo errantica) al sistema inglés a un nativo le dirá algo; a mí no. El texto acaba en un sainete senil. Poco antes de ese momento empecé a ver la película.
  5. El descubrimiento de Somni: 7. Una especie de sí pero no. La distopía con matices orwellianos y de Neal Stephenson (con mucha sorna en lo relativo a la elección del lugar, Corea) avanza sin mucha gracia, nada que ver con la narración de Robert. Y es que el ciberpum de conspiraciones (como hijo de la novela negra) no me atrae casi A mi entender resultan más interesantes las descripciones del mundo, junto a lo que se deduce de sus detalles, y la sociopolítica de fondo que la propia historia de Somni.
  6. Las andanzas de Zachry: 6. La debacle en cuanto a argumento. Si con Somni parecía conseguirse ‘algo’, al menos en lo relativo a trasfondo social, luego llega este escenario y lo tira todo por los suelos. Con esta narración queda claro que la evolución de personajes (observador crítico – rebelde creativo – rebelde divulgativo – revolucionario de geriátrico – revolucionario social) no ha valido para nada y nos vemos arrojados a un círculo. No se trata de una relación directa con los Moriori pero algo hay de ello. Un anticlímax en toda regla. El lenguaje degradado acentúa la degeneración de la historia, sumergiéndonos en un ‘todos estos esfuerzos para nada’. Triste y duro, lo que no estaría mal de no ser porque se me hace demasiado largo, así como por momentos aburrido y artificioso. ¿A qué me refiero? A la visión y la ‘presencia’ del diablo: me sobran y sólo sirven para alargar una historia que podía quedar con facilidad en la mitad de palabras.

Todo eso da una media de 6,5.

Quiero incidir en un detalle: el antojo. Con él el autor creo que intenta dar a entender que sucede una especie de reencarnación, a través de la cual evoluciona ‘el alma del protagonista’, el auténtico eje de la novela. Pero la idea de una evolución más o menos lineal del alma se la carga el propio autor cuando le empiezan a explicar a Somni el motivo de su existencia. Sin ella ¿qué nos queda? Pues lo que dijo alguien: un sexteto de relatos independientes reescritos de tal manera que con detalles incidentales hacen un apaño de historia común.

En definitiva, como fix up no está mal, pero dista mucho de la perfección… y de resultar tan entretenido como otros que ahora mismo me vienen a la cabeza. ¿Película de esto? En serio, cada vez entiendo menos ese mundillo de los editores/productores, y en base a qué toman las decisiones.

Chao.

John Brunner – Órbita inestable

Hola, hola, culebras.

Pues con este Órbita inestable acabo la llamada ‘Trilogía del Desastre’ de John Brunner. Quien quiera saber lo que opiné de los otros dos volúmenes aquí tiene mis comentarios.

De este Órbita inestable puedo (más bien debo) decir que se trata del peor de la trilogía. La manera de fluir la historia no difiere de los otros dos: historias en principio más o menos separadas que acaban enfocando a un mismo desenlace. Sin embargo en este caso el abanico al final se concentra en un único punto que cierra la historia, y lo hace de una manera esperanzadora. Esto supone toda una novedad: en los otros dos libros la conclusión era más o menos tremendista y negativa, sobre todo en el magistral y contundente Rebaño ciego.

El libro contiene varias imágenes poderosas, como lo relativo a la normalización del uso de drogas y la sistematización de la paranoia y la agresividad racial, pero en conjunto no posee la misma fuerza que su inmediata sucesora (Rebaño ciego). Pese a ello algunas de las profecías le dejan a uno de piedra por lo acertadas. Uno de esos casos es el de la descripción las relaciones sociales de los adolescentes, en concreto el uso de las redes sociales. Hay que recordar que el libro tiene fecha de 1969, a años luz de la existencia de internet, por no decir de whatsapp, twitter, facebook y otras redes sociales. Pese a ello Brunner describe comportamientos que por desgracia están sucediendo a día de hoy: ese preferir la presencia electrónica a la física, las equivocas relaciones electrónicas, el sentirse perdido en un mundo aislado pese a las posibilidades de la telecomunicación, etc. Sólo por ello este libro creo que se merecería un estudio detallado.

Pese a sus aciertos el libro tiene sombras, y no pocas. Algunas escenas se desarrollan de un modo demasiado confuso. Sí, algunas de ellas tratan con aspectos de la psicodelia y la experimentación mental, pero así la manera de expresarse del autor (con un abuso de las frases largas y subordinadas) las vuelve demasiado confusas. Un ejemplo claro de ello lo tenemos en la escena de ‘el hombre de siete cerebros’. La manera en la que intercala las sensaciones de Lyla con lo que sucede en la sala, aparte de que a veces ‘se olvida’ del resto de actores, hace que la escena se haga inacabable y pesado por liosa.

Hablando de Lyla. Si los otros dos libros destacaban por su aplastante racionalidad y plausibilidad, en este Órbita inestable nos encontramos con la aparición de poderes que podrían definirse parafísicos o místicos. Un ejemplo claro está en las pitonisas, pero el más chocante e increíble se descubre al final del libro. Tal injerencia de lo fantasioso a mi entender arruina la historia.

De estilo poco puedo decir. O poco bueno. Como ya he dicho antes, Brunner abusa de las construcciones enrevesadas, de las frases inacabables en las que demasiado a menudo no acabas sabiendo bien lo que quiere decir. ¿Culpa del traductor? Me da que no. Luego está la horrible proliferación de –mentes. En algunos párrafos resulta en extremo dolorosa.

Sin duda en este libro Brunner no tuvo el menor interés en mantener un mínimo de calidad de estilo, al menos en lo relativo a la sintaxis pura y dura. Porque sin embargo se mantiene fiel al estilo novedoso (en su día para mí, cuando leí Todos sobre Zanzibar) de la agrupación de los episodios en torno a títulos, a veces entradillas, llenas de sorna y significado. Para saber más de ese estilo dejo un enlace que lo explica mejor que yo.

En definitiva, una buena lectura que queda eclipsada por las anteriores. El libro se lleva un 6, y para quien no las conozca creo que supone toda una invitación a leer los otros dos volúmenes de la trilogía.

Una saludo.

 

PD: Sí, por supuesto que el libro encaja muy bien en el clima social norteamericano de estos días, eso de policías-blancos-matando-negros-sin-motivo-y-negros-matando-polícias-blancos-como-venganza.  Pero bueno, esa es la mierda de ese país de mierda. Ahí se les atragante, ciegos que no ven los que se les avecina ni aunque se lo tatúen en la frente.