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El VICIO, con mayúsculas.

Hola, ofidios.

Después de cosa de siete años saco de la pila este libro. Lo conseguí por participar en el Art Nalón Letras 2005, en el que (como es lógico) no obtuve nada. A excepción de este reducido volumen. Y acerca de su contenido voy a escribir ahora un poco.

Ante todo hay que decir que el nivel medio de los relatos ha sido aceptable, pero no como para echar cohetes. Se nota que hay mucha gente aficionada participando en el mismo. Se trata de un concurso orientado a la ¿juventud?, a escritores de menos de 37 años. A esa edad ya hay gente escribe mucho y muy bien, pero por lo que sea en esta edición ese tipo de concursante no abunda.

Pero vayamos al contenido. Los tres primeros relatos están escritos en bable, por lo que ni siquiera los he ojeado. Así que pasamos a los escritos en castellano actual.

El relato ganador, ‘Puerto Hambre’ de Mar Sancho Sanz, sufre un defecto estilístico a mi entender descomunal: está todo él (cuatro páginas y pico, y en torno a las 1.200 palabras) redactado en un único a inacabable párrafo. A lo mejor se podría decir que es un recurso estilístico o… no sé. Pero a mí me parece un error de bulto, algo que de por sí ya lo invalidaría para obtener ningún galardón. Más aun cuando al leerlo los puntos y aparte saltan a la vista. En cuanto a la historia se puede decir que este sencillo relato surge de una simple anécdota. El final del relato (aviso de que lo voy a reventar) chirría bastante en tanto y cuanto que Gastón no es un nombre muy español, precisamente. Hay alguna que otra frase extraña, como la del ‘betún de croata más alto’ Hay otros fallos, en este caso de edición, como el cambiar ‘turno’ por ‘tumo’, o un ‘d el’ que sin lugar a dudas proviene de un ‘del’. ¿Envió el relato en papel y el OCR provocó estas erratas? En resumidas cuentas, un relato gracioso que se lleva un 6.

Tras el ganador en libro se incluyen otros relatos seleccionados por el jurado.

‘El murallón de Sindarleza’, de Santiago Javier Ambao, resulta un relato mejorable, sobre todo en temas ambientación. Mezcla detalles que dan una idea de modernidad (como un centro comercial, un centro de esparcimiento y un hospital) con otros de toque fantasía medieval (el murallón, las torres de vigilancia, etc.). Precisamente la primera aparición del murallón es una imagen sugerente. O al menos para mí, que ya escribí hace años un relato acerca de un muro (relato que ahora que lo pienso bien podría ser recuperado/revisado y acabar en Eterno V2). Otro defecto del relato es la falta de coherencia, o de lo que para mí es coherencia: esos cien años de que habla no me parecen un lapso de tiempo suficientemente largo como para darle el aspecto añejo de lo que incluye el párrafo. Aparte del sinsentido de entregar toda la producción de oro a ‘los otros’. ¿Entonces en qué se basa el comercio de la colonia? Luego está el tema de la mentalidad de los colonos, que se anticipan a lo que les pueda suceder sin base alguna de sospecha, o su capacidad de ver lo que hay más allá del muro sin atreverse a echar una ojeada. ¿Cómo saben que hay patrullas al otro lado si nunca han mirado? Todo esto hace que se lleve un humilde 5.

Nuria C. Botey nos presenta ‘Oficina de cambio’, un relato muy corto y prácticamente vacío. Se basa en una única idea sin aportar nada. La poca originalidad se acentúa al darse cuenta de que todo se reduce a un ‘paren el mundo que me bajo’, algo ya muy viejo. Le aplico un 4.

‘El culto’, de José Luis Erausquin Granados, mantiene un buen tono. Sólo al final se adivina de qué va, lo que supone un éxito. Lo único que el tono casi medieval o preindustrial del inicio de la historia no encaja con la resolución final del mismo. El relato se merece un 7.

El relato ‘Café de contrabando’, de Mercedes González Alonso, está bien escrito y posee un ritmo interesante. Incluso al inicio posee unas imágenes llamativas. Por todo ello le pongo un 7, nota que podría haber superado de no existir algún defecto, como la mención  a Profidén, que no encaja con un relato por lo demás limpio de marcas o llamamiento a ‘lo real’.

El texto de ‘Nassau’, de nuevo de Mar Sancho Sanz, padece el mismo defecto que el ganador del concurso: se trata de un único y descomunal párrafo. Acojonante que pasaran ambos dos la criba (por no hablar de que uno de ellos ganara). Aun así la historia no queda mal. Tiene un giro argumental que le aleja del típico (y vacío, sencillo, manido) argumento emocional para adentrarse en uno más duro. Un relato al que le aplico un 6 que bien hubiera podido llegar a 7, de no ser por el defecto estilístico.

Llegamos a ‘Jardineros’ de Jaime Alejandro Roda Bruce. Por fortuna este relato es corto, por lo tonto que resulta. Nos hallamos ante un texto sobre cargado de palabrería ‘técnica’, a veces ridícula, con términos entiendo que introducidos más por su sonoridad que por su eficiencia en la historia. Pero la referencia a Oort supera lo tolerable, dando ganas de dejar el relato. El final resulta tonto, una fantasía que no va a ningún lado. Le doy un 4, y bastante me parece.

‘Albricias’, de Roberto Vivero Rodríguez, al poco de empezar ya me provoca horror con una simple palabra: ‘imeileaban’. Semejante salvajada ya supondría cerrar el libro, o cambiar al relato siguiente relato. Otro defecto es el tono que se usa en la narración, que a veces se confunde entre un narrador distante a otras con un protagonista involucrado. El resultado final es una chorrada ‘humorística’ (supongo) en un estilo nada de mi agrado. Le pongo un 4.

Jonathan Préstamo Rodríguez nos presenta ‘Entrar, saludar, salir, esperar’, un relato que me ha pillado por sorpresa. Admito que no había captado la temática hasta justo el final. Eso ya me gusta (o a lo mejor es que leer de madrugada en el metro supone a veces tener esos despistes). No me acaba de cuadrar el que el protagonista conozca a la gente parte de la gente del vagón. Aun así le pongo un 7.

‘Celia pies de flor’, de Carlos de Puerto Martín, es una pequeña delicia. Sí, por unos momentos se pierde (cuando habla de los niños y el fútbol), pero luego regresa a esa fantasía onírica delicada, deliciosa. Un muy merecido 8.

Con ‘Una nota en la cocina’ de Ismael Piñera Tarque nos presenta juna historia sencilla y emotiva, pero que funciona, con una final que agrada y sorprende. Eso le hace merecedor de un 7.

El mismo autor, Ismael Piñera Tarque, repite relato en la compilación con ‘La apuesta’. Se trata de un texto menor en comparación con el anterior, una historia que se reduce a una anécdota y que tendría mucho mayor peso e interés si estuviera contextualizada (y ampliada y acompañada de otras similares) dentro de ese interesante Breve historia del odio. Le doy un 5.

‘El ladrón de flores’, relato de José Manuel Moreno Pérez, tiene aire de clásico, de texto costumbrista, humilde y sencillo. En general se puede decir que está bien escrito, salvo la parrafada inicial, y posee un buen final. Se trata de una historia realista y pícara, un texto de agradable lectura. Todo ello le otorga un 7.

Acaba la compilación ‘Plato de jnuuj’, de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Nos hallamos ante un texto de corte surrealista y graciosillo. Tiene un pequeño error, que sin embargo supone un detalle casi vital en el desarrollo de la historia: no explica cómo consigue el jnuuj, algo que se supone es rarísimo y casi inconseguible. Sin embargo ese problema lo ventila en un plis, como si no hubiera supuesto un problema. Esa búsqueda de un ingrediente tan exótico buen hubiera podido suponer todo el relato. Pero no. Un fallo; el fallo. Aun con todo no me acaba de gustar ese ‘humor’, por lo que le aplico un 6.

Una vez leídos todos los relatos nos da media de 5’93. No llega por poco al bien. Sin embargo me dan ganas de leer más de otras ediciones. Supongo que será imposible hacerme con copias de otras ediciones: se agradece que alguien me las regale.

Y así de paso me regodeo viendo cómo otros más jóvenes llegan a algún sitio (publicar y todo eso) mientras yo desperdicio mi vida sin llegar a ningún lado. Positivo que está uno, sí señor.

Un saludo.

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Hola, ofidios.

Nunca antes había leído nada de Joseph Conrad. El nombre me ha perseguido, por decirlo de alguna manera, desde bastante pequeño, desde el preciso instante en el que (ignoro dónde) descubrí que ‘la Nostromo recibe su nombre de una novela de un tal Joseph Conrad‘. Con lo de ‘la Nostromo’ me refiero, por supuesto, a la nave de Alien. Esa película la he visionado, casi sin duda alguna, más de una cincuentena de veces. Siempre que la emitían allí estaba yo para verla. Luego llegó el vídeo, grabarla y literalmente quemar la cinta. A algunos críos les gustaban Verano azul y demás basuras infantiloides y ñoñas; a mí me atraían más las matanzas de la criatura de Giger.

Pero bueno, a lo que iba: han pasado casi treinta años con la U.S.C.S.S. Nostromo a mi espalda y en todo ese tiempo nunca he leído a Conrad. Y me parece que ya es hora. Sin embargo no he empezado por la obra homónima, Nostromo, sino por el relato en el que se inspiró Apocaypse Now. No sé si he hecho bien dado que esa película nunca me ha apasionado, pero es que casi siempre que he escuchado en nombre Conrad ha ido acompañado de El corazón de las tinieblas.

Así que me lo he leído en unos pocos días de trayecto al trabajo.

De entrada me sorprendió lo reducido del texto, novelette más que novela. Se me hizo raro, dado que los temas que creía que trataba en su interior (cómo el alma humana y civilizada acaba devorada por el salvajismo de la selva africana) puede deparar mucho texto, por no hablar que esperaba imágenes de gran dureza como las que se muestran en la película de Cóppola.

Una vez empecé a leer, y a medida que la historia avanzaba, mi sorpresa se volvió chasco al comprobar el contenido: la novela se basa en un soliloquio… pero plagado de lagunas. A ver, los soliloquios, o las historias en primera persona, de por sí no tiene porqué ser malas herramientas para llevar adelante una historia: Lovecraft lo demostró innumerables veces. Otros hicieron todo lo contrario, dejar bien claro lo insufrible que puede llegar a ser la verborrea interminable (sí, hablo de Maturin y su sobrevalorado y engañoso Melmoth el Errabundo).

El discurso interior permite el uso de ciertos recursos estilísticos subjetivos que muy pocos otros estilos aceptan. Además da cabida a la digresión, al perderse en los pensamientos caóticos del narrador, algo que bien hecho puede volverse una delicia. Pero también, si se hace de manera apresurada, puede generar lagunas en la narración. Y eso es precisamente lo que sucede en El corazón de las tinieblas: la narración va saltos, picando de flor en flor aspectos de la historia y dejando otros sin tratar. Hay ocasiones en las que el autor no se detiene a describir lo que rodea al protagonista, y sin embargo páginas después resulta que eso que no se ha descrito sí ha afectado al protagonista. Una odisea como la que contiene la novela (ver cómo un hombre civilizado choca con la realidad de un continente inexplorado y salvaje, y descubrir la manera en que ese entorno despiadado ha transformado a otros occidentales como él) en un autor de pluma más sosegada supondría muy fácilmente el doble o el triple de páginas. Demasiadas historias oculta ese enfrentamiento. Sin embargo Conrad nos describe de manera somera, casi de puntillas, la mayor parte del viaje que su protagonista hace realiza hacia el enigmático Kurtz. Algo que podría muy bien tratarse como un viaje iniciático queda en una serie de salpicaduras más o menos coloridas, repletas de digresiones a veces incluso confusas. La experiencia en la ciudad sepulcral sí tiene ‘materia’, pero todo el trayecto desde allí a la costa africana se reduce a un suspiro. De ese viaje sólo destaca el muy interesante incidente del barco cañoneando la selva. Luego se suceden los episodios anecdóticos, que aduras penas ocultan los huecos de la historia. Conrad nos describe el insalubre y demencial puesto, los esclavos agonizando en la sombra, los alienados occidentales, el contable y su miserable existencia. Continúa con el trayecto a pie hacia la estación central, la entrevista con el director incompetente pero de robusta salud y el tiempo esperando poder reparar el barco. Entre medias hay unas muy ligeras pinceladas de Kurtz. Tampoco hay detalles de mucho más.

La novela sigue adelante. Pequeños trazos de soledad, salvajismo (o lo que parece salvajismo a un europeo de finales del siglo XIX) o duda. Y siempre avanza. Nos hallamos ante elipsis exageradas, cercenando escenas que habrían dado cuerpo a la historia. Se habla de forma superficial del poder de Kurtz, del horror que su figura emana, del poder del territorio sobre su persona. Y de un instante al siguiente todo eso, antes apenas esbozado, aparece como hechos terribles ya consumados. Y la verdad es que no se nos ha mostrado dicho poder. No vale decir un par de veces que algo es ‘impresionante’ (sin concretar nada más), olvidarse de eso durante decenas de páginas y luego de repente hablar de esa cosa ‘impresionante’ como si fuera algo perfectamente conocido. Ese tipo de huecos resultan del todo ineficaces en la narración, y sin embargo tras la lectura de la misma me da la impresión de que está llena de ellos.

El corazón de las tinieblas se parece a una muy buena novela que ha sido agujereada, vaciada, hasta hace de ella un insustancial, casi vaporoso, queso gruyere. El mismo autor medio reconoce alguno de sus defectos, como por ejemplo la manera en que ‘introduce’ a la mujer: admite que lo hace de forma brusca. El mismo Kurtz no resulta un personaje muy potente, más allá de lo que Marlow dice de manera subjetiva.

Una pena.

Sin duda leeré algo más de Conrad, a ver si me quito este sinsabor. Le pongo un 6.

Adiós.

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Hola, ofidios.

Un nuevo UPC llega a mis manos, con su pequeña panoplia de autores. ¿Qué nos podemos encontrar en esta edición de 1999? Veamos.

La introducción, como ya es costumbre, viene en forma de la conferencia que impartió Robert J. Sawyer. ‘El futuro ya está aquí: ¿hay sitio para la ciencia ficción en el siglo XXI?’ podría rozar la perfección si no tuviera ese tufillo de autobombo. Nos encontramos ante un magnífico alegato en pro de la ciencia, que no aburre sino más bien todo lo contrario, invita a leer sin pausa. Se merece un sobresaliente 9.

Hablar de ‘Homunculus’, de Alejandro Mier, es hablar de un relato sosegado, de ritmo lento. Esa lentitud que se regodea en los detalles, en los ambientes y personajes hace que este relato, en base sencillo (de hecho casi se podría decir que lineal), acabe resultando predecible. Tan predecible, tan lento, que al final resulta un chasco: no hay nada original, ni sorprendente. Algo que muy bien se podría haber resuelto en diez o quince páginas se ha alargado a las ciento cuarenta. Ciento cuarenta páginas para nada. Pero aun no nada la manera de llenar esas páginas resulta agradable. Por eso se merece un 6.

Llegamos a ‘Iménez’ de Luis Noriega. ¿Qué decir de este relato? Poco bueno. O nada. Casi se puede decir que es impresentable. Un panfleto escrito con excesivo apresuramiento, de estilo caótico y desordenado. Posee una sintaxis penosa, con una puntuación deplorable. El detalle estilístico del no uso de la letra j queda ahogado por todo ese mar de mierda. No sólo no aporta nada, sino que le da al texto un aire pedante y pretencioso de un ‘quiero y no puedo’ que resalta su nula calidad. No recordaba nada tan malo en estas compilaciones desde que padecía ‘GRACOS’, de Gabriel Trujillo. Un nuevo ejemplo de la degeneración y volubilidad del jurado del UPC. Le pongo un 2 por no endosarle un 1.

‘El día en que morí’ (Fermín Sánchez Carracedo) empieza con un buen ritmo, que por desgracia luego pierde. Por desgracia acaba siendo un relato de desarrollo lineal y con un fuerte deus ex machina en lo relativo a la sucesión de muertes: están justificadas de una manera muy peregrina. He de admitir que no he sabido comprender el uso de la cursiva, dado que no he hallado una diferencia significativa entre esos textos y el resto ni por el tono ni por el punto de vista. Aun con esos defectos le asigno un 6.

El relato de Daniel Mares, ‘IA’, pertenece al subgénero del ciberpum, lo que ya de entrada le otorga un punto negativo: no me convence nada ese estilo, tramposo, cutre y sucio. Y en esta ocasión a esos adjetivos se deben añadir otros. Por un lado el relato está, por momentos, muy mal escrito (o eso o a sufrido de un salvaje destrozo por parte del editor), con faltas de ortografía y una sintaxis (y puntuación) a veces penosa. Por otro lado nos encontramos con un recurso final, al parecer del agrado del editor, pero que apesta a ‘no sé cómo acabar con esto, así que lo acabo de todas las maneras posibles’. Ni que decir tiene que ese último ‘recurso’, demasiado similar a los librillos de ‘elige tu aventura’ de cuando yo era un crío, ha sido el colmo que casi me ha hecho lanzar el libro por la ventana. ‘IA’ es (como sucede a menudo en estos supuestos relatos de intrigas y espionajes tan del género ciberpum) una historia hueca cuyo ‘sentido’ se descubre al final, sin pista alguna previa. En algunas partes la línea temporal se divide de forma brusca llevando al lector a la confusión. La impresión final es la de un texto apresurado, un borrador que necesita un buen repaso. Ni de lejos digno de pasar una primera criba en un concurso que se las da de tan importante como el UPC. Menos aun de llegar a las lecturas finales del jurado. Y, por supuesto, ni de lejos llegar a ser publicado. Parece como si, tras el muy interesante ‘La máquina de Pymblikot’, los jurados del UPC le hubieran dado barra libre para escribir lo que quiera y como quiera. Una pena.

Por todo ello se lleva un 4.

El libro deja una impresión final triste, la de un premio venido a menos. Al cerrarlo te queda el regusto amargo de que el jurado ese año 1997 tuvo que bregar con textos infames: si esos son los premiados, mejor no saber qué se quedó atrás.

Haciendo la media me da un 5’4, un aprobado raspado que no elimina el sinsabor que me ha dejado al final. Ya le pueden dar las gracias a Sawyer.

Adiós.

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Hola, culebras.

De nuevo un mamotreto de Stephen King, un monstruo que supera las 1.100 páginas. Un tocho que, sin embargo, se lee mucho mejor que otros de un tercio de extensión. De nuevo el señor Rey nos embarca en una obra coral, con decenas de personajes que interactúan casi todos con todos. Sin lugar a dudas la tarea de engarzarlos todos y que quede bien, realista, es enorme.

Y precisamente en eso falla La cúpula. A las pocas páginas uno siente un intenso déjà vu: ¿estoy leyendo La cúpula, novela reciente de Stephen King, o una revisión de It? La verdad es que el personaje de Junior parece casi un clon de Henry Bowers. Pero bueno, eso no supondría mucho problema (al fin y al cabo se tratan de obras de un mismo autor, y como tal se pueden ver vínculos y semejanzas). Lo peor llega cuando el abanico de personajes se despliega y uno se encuentra ante un demasiado claro caso de bandos, buenos contra malos malísimos. Entre medias hay unos pocos personajes grises que pasan por la novela sin pena ni gloria; casi puro attrezzo. Lo blanco (un poquillo manchado pero al fin y al cabo blanco) contra lo negro abisal, a eso se resume el libro. Porque una vez se forman los bandos cada personaje se ajustan de forma milimétrica al rol que tiene asignado, sin salirse en ningún momento. No hay dudas, ni flirteos, ni traiciones. Nada de nada.

Al menos, siguiendo ese patrón de bandos, la novela se disfruta muy mucho: vemos como los malísimos hijos de puta hacen eso, el cabronazo, puteando a los buenos. Los chicos que de antemano sabemos que acabarán ganando y librándose de todo las pasan muy putas. Los malos malosos se regodean en su maldad y la reparten a tutiplén por todo el pueblo. Todo ello salpicado, al estilo del autor, con detalles de historia personal que enriquecen de colorido el texto.

Pero bueno, si el autor no acierta a la hora desarrollar las interacciones entre esas varias decenas de humanos, a lo mejor atina a describir el mundo y las circunstancias que provocan la crisis. Ahí hay que decir un sí pero no. Me explico: King es minucioso a la hora de describir a los personajes, cubriéndoles de uno y mil detalles humanos (de hecho el desarrollo de personajes es uno de los fuertes del autor). De igual manera  se nota que la labor documental la ha realizado muy bien (al final del libro hay una nota al respecto): el mundo que rodea a los protagonistas, y la forma en que éste cambia a lo largo de la novela, está descrito al detalle y de una manera que desde mi ignorancia me parece acertada. ‘Pero’. Hay un ‘pero’. Una cosa es hacernos ver a la perfección el interior de la casa de cada personaje, saber lo que comen, lo que beben, lo que visten, lo que respiran, y otra muy diferente explicar la raíz de todo: la cúpula. Sí, la tercera ley de Clarke dice eso de toda tecnología suficientemente avanzada se confunde con la magia. Pero no deja de llamar la atención la manera en que la cúpula se circunscribe de manera exacta, al milímetro, con el territorio de Chester’s Mills. Demarcación por completo arbitraria. ¿Un domo que se ajusta de forma mágica a algo tan ridículo como lo que indica un plano político? Eso sorprende mucho más cuando se descubre el origen de la cúpula. ¿Los creadores, siendo como son de remotos, se ajustan a la normativa topográfica y legal americana? Demasiado increíble. Por no hablar de el foco no sólo no está en el centro aproximado del núcleo urbano (un calcetín no posee centro geométrico, que yo sepa), sino que se sitúa allí donde se sitúa, tan descompensado. Todo cuanto rodea a la cúpula, su funcionamiento, comportamiento y origen queda mal descrito, sobre todo a raíz de las últimas páginas. Y es que la tercera ley de Clarke tiene un tope, a partir del cual la magia se vuelve tomadura de pelo.

La sombra del deus ex machina vuela por la novela a los largo de demasiadas páginas. Sobre todo desde el momento del perro, el sofá, el sobre y ‘la voz’. Esas escenas carecen de sentido dentro de la novela, no teniendo ni continuación ni posible engarce dentro de la misma. Se reducen a ‘tengo de alguna manera de salir de ese pequeño lío en que me he metido y lo hago así, porque yo lo valgo’. El fenómeno de las veces y de las visiones se sucede en numerosos personajes y tampoco encaja con absolutamente nada de lo que luego se descubre. Como si el autor lo hubiera olvidado. O, lo que es peor: lo hubiera querido obviar una vez llegado al final. ‘Lo puse, sí, pero llegados a este punto no sé cómo salir del berenjenal en el que me he metido. Aun así, ¿molaba, no?’, eso es lo que creo que se le debe pasar por la mente a King con esos detalles.

De igual manera queda por completo fuera de lugar la escena final de Rennie. King no lo deja nada claro, no se muestra rotundo en el origen de esas presencias. No se moja. ¿Hubiera supuesto mucho problema explicar que todo resultó como fruto de un cerebro afectado por los gases tóxicos? Ese condenado detalle hace que la novela, hasta ese instante integrada en un buen 99% de crudo ‘realismo’, quede manchada por un borrón de fantasía. Mácula que sobra, lo mires como lo mires. Eso sí, la escena queda muy dantesca, muy efectista. Muy adolescente. Y por completo fuera de lugar, conformando un final del todo inapropiado e injusto para el malvado supremo de la obra.

El deus ex machina se vuelve a manifestar, furioso y descarado, en la escena final del ‘alzamiento’. Incluso el propio autor lo dice: la cúpula sigue decenas, centenares de metros bajo tierra. Y sin embargo… Necesitaba salvar a esa gente y para eso ¡ale!, a romper la continuidad. No creo que hubiera supuesto mucho, dado el devenir de la novela, mostrarse firme en cuanto a la cúpula. El final que yo hubiera escrito hubiera llevado al lector en las últimas páginas a un futuro remoto. Y allí hubiera zanjado bien el asunto. No de esa manera tramposa.

Y es que Stephen King, tras sus varias décadas de escritor, sigue sin saber plantar un desenlace satisfactorio. Se va por la ramas, todo vale con tal de un buen final. Ahora mismo recuerdo pocos finales consecuentes con el desarrollo de la novela (quizá Thinner sea de los pocos que me hicieron decir chapó). Porque el desenlace de La cúpula roza lo patético. Un ‘no sé cómo acabar con este condenado domo irrompible y os suplico, lectores, que me perdonéis’. Tal cual. Triste, muy triste. Señor King, lo suyo no es la ciencia ficción sino el terror, así que deje los artefactos paracientíficos a los que sí saben manejarlos y llevarlos a buen –o al menos mejor–  término.

Acerca de la cúpula y su comportamiento hay otro un detalle nimio, casi ridículo, que sin embargo demuestra una voluntad tramposa (o quizá ignorante, o descuidada) que del tratamiento de la misma se hace en la novela: la cúpula es prácticamente impermeable a todo tipo de partícula, si bien no sucede lo mismo con las radiaciones. Como un cristal irrompible, vamos. Pero, si es así, ¿cómo es que algo tan físico como el sonido lo atraviesa si problema alguno? No recuerdo haber leído nada de acerca de atenuación sonora en todo el libro.

Los personajes hablan a través de ella como si nada, y sin embargo potentísimos ventiladores industriales pegados a ella apenas generan una tenue brisa. Si hay algo que pido en este mundo, cuando se trata de cosas que se pide que se tomen en serio, es coherencia. Y más aun cuando se trata de un autor que tiene todo el tiempo del mundo para repasar su obra antes de que ésta acabe en imprenta.

En definitiva, la novela resulta amena (incluso adictiva) pero sabiendo casi desde un primer momento que le autor la va a cagar con el final. Lo malo es que King no logra sorprenderte con un desenlace digno. Supongo que algún día, antes de morir, lo logrará.

¿Qué nota se lleva? Pues pese a todo, y gracias a esas 1.000 páginas de palomitas y diversión, un 7.

Adiós.

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Hola, ofidios.

De nuevo, tras muchos años, con Brown, en esta ocasión con El ser mente. Sus Pesadillas y geezenstacks en su momento, hace años, me pareció gracioso. Lo de Marciano, vete a casa lo tengo en la pila, y dado que es ‘de risa’ le tengo miedo (no soporto muy bien el humor literario).

Con los marcianitos de las narices en mente cogí este libro. Vamos, que lo hice con cierto repelús. Pero tenía letra gorda y no era precisamente un mazacote: necesitaba lectura ligera después del último chasco, la basura de McCarthy.

¿Con qué me he topado? Con una lectura en verdad ligera. Rápida, muy rápida. Tanto que ha pasado sin pena ni gloria. Un malo maloso que en el fondo es estúpido, un protagonista que de tan listo no se lo cree ni su autor, una acción muchas veces forzada en plan deus ex machina (a causa a la estupidez del malo). Incluso con dosis de sexo velado al principio de la novela, supongo que por eso de enganchar a los lectores.

Al escribir esta reseña, y pensando en el protagonista de este libro, no puedo evitar recordar Que desciendan las tinieblas y su hombre renacentista. El resultado del conjunto es muy similar a ese otro libro de Sprague: no resulta fallido por un pelo. Entretiene sin ofender demasiado al lector, y eso ya es algo.

Un 5 raspado y a por el siguiente.

Chau.

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Hola, culebras.

Jamás había leído nada del señor McCarthy, y me enteré de que era el autor de la novela en la que se basa No es país para viejos sólo al ver la portada de este libro. Esa película ha tenido mucha fama, incluso llegando a los Oscar, pero dado que no la he visto (más que nada porque detesto como ‘actor’ a Javier Bardem) no podía servirme como muestra de lo que McCarthy escribe. Pero el ambiente en el que se supone que La carretera se desarrolla, un mundo postapocalíptico en el que sobreviven más mal que bien un padre y su hijo, me llamaba. Eso y leer un autor para mí desconocido.

Tras leer las primeras páginas algo ya empieza a olerme raro. Y me refiero al estilo. El que el libro se base en pequeñas notas, casi pareciendo que ha sido redactado en una sucesión de momentos sueltos, no me desagrada: podría decirse que es una bastardización exagerada del género epistolar. Aquí todo es una especie de post-its sucesivos, apuntes que se acumulan en secuencia uno tras otro. Lo que no me gusta nada es la manera de llevar los diálogos: no existe puntuación, y a veces están incluso embebidos dentro de los párrafos. ¿Estilo experimental, vagancia del autor o pura ignorancia de cómo se debe puntuar y llevar un diálogo? Lo ignoro, pero eso me lleva a conseguir, en un momento futuro, algún otro libro del autor. Porque no quiero echarle la culpa al traductor y/o el editor españoles.

Pero dejemos el estilo, que se puede salvar a base de esa auxiliadora etiqueta de ‘experimental’ y vayamos al fondo, a la historia. Algunos dirán que es un drama duro, crudo, de supervivencia; la lucha de un padre por llevar adelante a su hijo en un mundo derruido y en el que apenas hay esperanza. Eso es lo que dirían algunos. Yo digo que el autor trata de describir un mundo sin creérselo él mismo: el escenario resulta por completo incongruente, con una serie de errores para mí de bulto y que salen a la luz por culpa del chaval.

Ese chaval no debería existir. Y siguiendo el razonamiento tampoco el chico. Ni nadie en toda la condenada novela. ¿Por qué? Pues por la manera en la que describe el mundo y el origen de esa descripción. Señor McCarthy, se trata sencillamente de sumas una y una. Describe de manera somera un ataque nuclear sobre suelo norteamericano. Bien. Habla de una pareja dando a luz a su primogénito varias semanas después del bombardeo. Bien. Habla de años y años de ceniza en la atmósfera, de cielos encapotados de forma perpetua. Bien. Habla de un continente entero en el que todas las plantas han sido reducidas a cenizas, a troncos calcinados. Bien. Habla de un mar completamente muerto. Bien. Señor McCarthy, sea consciente de que el ataque que describe, con esa escala, es poco menos que definitivo. En un ataque normal, como el descrito en El cartero de Brin, habría incendios (y muchos) pero difícilmente hubieran arrasado el continente de la manera que aparece en la novela: y es que todo el continente está reducido a cenizas. Eso implica una cantidad de bombas nucleares apabullante. Lo que a su vez conlleva un nivel de radiación letal, radiación que se propaga con los vientos, con la ceniza, con la lluvia, con la nieve. Millones de kilómetros cuadrados cubiertos de cenizas radiactivas, envueltos en un sudario de veneno puro. ¿Y pretende hacerme creer que en un mundo así, no sólo totalmente muerto sino irremediablemente moral, ha habido hombres (por no mentar niños o ancianos, mucho más sensibles) capaces de sobrevivir durante ocho, diez, doce años? ¿Y que para más choteo al cabo de esos años están sanos, como el hijo?

Porque ahí brilla la mayor cagada: el chico tiene la misma edad que ese mundo muerto. El niño ha estado toda su vida aspirando polvo radiactivo. Y no ha muerto. Ni en un solo momento de la novela se aprecian muestras visibles de enfermedad por radiación. Al contrario, quien fallece es el padre, y por algo que apunta claramente a una tisis.

Eso por no hablar de detalles menores, como que tras una década de intemperie y putrefacción, de lluvia, nieve y viento, ya no debería quedar ni cartones, ni hojas, ni papel ni nada similar: ya deberían hacerse convertido en papilla y luego en polvo. O el no tan pequeño detalle de cómo narices han sobrevivido el padre y el hijo todo ese tiempo, desde que el chaval nace hasta que se llega a la acción de la novela. Durante años han sido tres, madre, padre e hijo, los suficientes como para que el niño tenga un recuerdo de ella. ¿Qué han comido todo ese tiempo? Eso no se explica, ni siquiera se deja entrever. La opción del perpetuo asalto a supermercados me resultaría demasiado difícil de creer.

Señor McCarthy, ha timado a sus lectores (y supongo que al tal Diego Gándara, el ‘intelectual’ de La Razón que suscribe el comentario de la contraportada. Seguro que ese individuo no habrá llegado a pensar ni con media neurona a la hora de escribir lo que poner. Más aún, soy yo el redactor jefe de La Razón, me leo el libro y la frase del susodicho, y lo hubiera despedido de forma fulminante, por cretino. ‘Periodistas’ como ese han hecho que la profesión sea un lupanar mugriento y sifilítico) con un relato deslavazado y anecdótico, sino para el que no se ha molestado lo más mínimo en investigar lo que implica vivir un continente radiactivo. De todo ello deduzco que, en verdad, ha escrito la novela a base de post-its. Eso o puede que con pedazos de papel de baño mientras estaba sentado en el mismo haciendo sus necesidades mayores.

Señor McCarthy, supongo que No es país para viejos está ambientando en el mundo actual, en circunstancias actuales. Bien. Siga en ellas, porque lo suyo no es describir con coherencia una mundo inventado, un mundo tan documentado y estudiado como el escenario de una hecatombe nuclear. Con esta novela se demuestra que la suspensión de incredulidad tiene un límite, y que ciencia ficción no la escribe cualquiera.

Escenas de canibalismo (ni siquiera la del bebé al espetón) seguro que distrajeron a algunos, haciendo que hablaran de ellas como ‘lo duro’. Pero conmigo eso no ha funcionando. Menos canibalismo y más coherencia. O, mejor aún: más de ambos. Mucho canibalismo, con niños, niñas y lo que quiera, pero sobre todo coherencia al describir un mundo y sus implicaciones.

Ale, a paseo.

Se lleva un 2 sobre 10, por vago, chapucero y descuidado. Y va que chuta.

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Hola, culebras.

Otro libro de Heinlein, si no recuerdo mal mi segundo de este autor tras La puerta al verano. Esta novela, La luna es una cruel amante, ha resultado ser una deliciosa pieza de relojería. Estamos casi ante lo que se podría describir como un estudio histórico novelado de una revolución. Una revolución en un tiempo futuro, en un entorno ahora mismo demasiado remoto en lo relativo a su plausibilidad, pero narrada de una manera tan detallista, tan pormenorizada, tan humana y dotada de tal cercanía que parece envolverle a uno. Una delicia. Tan creíble resulta (o al menos así me lo ha parecido) que me pregunto si soportará un análisis serio, sobre todo en lo relativo a la trama política y a los aspectos tácticos. ¿Qué diría Sun Tzu si lo leyera?

Un detalle de lo más interesante, y muy bien hilvanado, es la descripción de la mentalidad selenita. Especial relevancia merece el tratamiento de la familia lineal, que aparece descrita de una manera tan soberbia que incluso resulta creíble. Teniendo en cuanta que está integrada por miembros de una sociedad tan liberal que roza el extremo opuesto: el anarquismo. Una sociedad así ahora mismo es muy difícil de imaginar en La Tierra. Y a este comentario debo añadir un ‘por desgracia’ seguido de un sonoro suspiro.

A veces el discurso político se vuelve un poco cargante, si bien aparece resuelto de una forma lógica para propiciar el avance de la novela.

Uno de los defectos, que sin embargo acaba por no chirriar demasiado, es el del protagonista no humano. De una precisión casi increíble, casi se diría que lleva de la mano a los protagonistas, lo que depara en cierto determinismo. Un detalle de ese semidios que no me resultó del todo agradable es su misterioso y no explicado origen. Más aun si se tiene en cuenta la arcaica tecnología usada, algo que ha envejecido muy mal. Pero esos defectos se pasan por alto ante el resultado final del conjunto, soberbio.

Curiosamente el final de la novela defrauda: todo lleva a él de una manera predecible y esperada (casi diría que anhelada), y cuando llegas te preguntas ‘¿y no hay más?’. Leyendo esta novela sólo puedo decir que tengo ganas de tener entre mis manos otra de Heinlein.

Esta maravilla de la literatura se merece un indudable 9. El 10 me lo reservo todavía para cuando lea algo… especial.

Adiós.

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Hola, culebrillas.

De nuevo caigo en las redes de este autor para mí todavía casi desconocido. De Simak hasta la fecha sólo ha leído tres obras: Flores fatídicas, La autopista de la eternidad y la que me centra en esta ocasión, Estación de tránsito. En general todas esas obras me han parecido frescas y divertidas, si bien nada del otro mundo.

Como digo, esta Estación de tránsito se resume en los términos de agradable y divertida. Nos encontramos con un texto muy de la época, inmerso en la guerra fría, el terror nuclear y la naciente filosofía jipiosa. Entra dentro de ese género buen rollista que le busca un lado positivo a las situaciones malas en las que la humanidad se ha metido ella solita. La manera en que habla de civilizaciones alienígenas cierta medida me recordó a Stapledon, algo de por sí muy agradable.

El libro encaja más dentro de la fantasía que en la ciencia ficción, y por ello los defectos de lógica  (como el que casualmente todos los alienígenas que se presentan en el libro tienen unas dimensiones muy acordes con la escala humana, y no creo que el autor haya deseado utilizar el antropocentrismo como línea básica de evolución) resultan más perdonables. El único defecto que le veo es el de su final, en exceso apresurado y forzado: aparece de la nada, sin previo aviso, se produce una escena de violencia que desentona con todo el resto del libro y que además culmina con una aparición casi mariana. Una pena de final, sí.

Aun con esas el libro resulta recomendable, y se lleva un modesto 6.

Adiós.

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Hola, culebras.

Que yo recuerde nunca antes he leído nada de Frank M. Robinson, y según se ve en la nota interior del autor este hombre no es precisamente un novato en esto de la ciencia ficción (aunque se me hace muy raro el encontrarme esta página tan vacía). Bueno, nunca es tarde para conocer un ‘nuevo’ autor, y este La oscuridad más allá de las estrellas bien puede servir para ello.

Por desgracia tras la lectura destacan más las sombras que los brillos (por mucho que se nombren las estrellas en su título). El libro se podría englobar dentro del subgénero de las naves generacionales, si bien el 95% de la acción se centra en los hechos concretos de unos cuantos meses de una sola generación, y centrándose en la generación de la inmortalidad mediante procesos médicos, y sus implicaciones. Por supuesto eso no debería suponer un defecto, más aún cuando se posee el juego de personajes apropiado. Una colección de personas que enganchen, que le den interés a un historia que ya de por sí podría suponer toda una epopeya (eso es lo que tienen las naves generacionales, que son campo casi sembrado para lo épico). Sin embargo Robinson no consigue que su galería de actores cuaje: un protagonista demasiado despistado, un capitán no sólo ausente sino desdibujado en sus tareas, una tripulación que parecen aficionados (y no hay una excusa que valga para justificarlo, como en La nave estelar), un supuesto malo que más bien es incongruente y perdido total. En definitiva, un elenco con el que no se engancha.

Pero estamos en un libro que bien podría centrarse sólo en el escenario, como Cita con Rama. Por desgracia eso tampoco sucede: las incongruencias tecnológicas y de degradación son abundantes, destacando lo de los holopuentes (¿cómo se ha perdido la inmensa mayor parte del personal de ingeniería, informáticos incluidos, y sin embargo algo tan complejo como es una realidad tridimensional a nivel de toda la nave sigue en perfecto funcionamiento?). ¿Acaso descuidan adrede algo tan importante como la medicina y la salud de la tripulación, y siguen cuidando el arte de lo tridimensional?

Este es un pequeño pero demasiado insistente error del libro. Otro en el que no se insiste tanto pero que me parece incluso más grave es el de la manipulación del cuerpo del capitán y su inesperado resultado en forma de hijo. ¿Le aplican al capitán tal terapia genética para mantener su buena salud que no sólo obtiene la inmortalidad, sino que la transfiere a través de sus gametos? Joder, que eso quiere decir que ha cambiado el genoma que aportan los espermatozoides, y que esos cambios por más ende no son recesivos. La leche. Quizá la cagada por excelencia del libro.

Otro error gordo es la manera que describe la presencia del vacío entre los dos brazos galácticos: casi parece que no sólo consta de vacío, sino que oculta todo lo que hay más allá del mismo. Ese vacío no actúa de telón: más allá del mismo está el resto de la galaxia, y más allá el universo. No es un manchón negro, devorador de todo.

Otro defecto que me pareció ver es el de los tiempos entre escala y escala de investigación: sólo ocho meses de un sistema a otro. A ver. Velocidad de origen cero. Aceleración a velocidad de fracción importante de luz. Punto muerto. Cambio de orientación de motores. Deceleración de la velocidad hasta llegar a una nueva velocidad de cero. Todo eso en ocho miserables meses (un máximo de cuatro meses de aceleración) en un entorno supuestamente ya casi carente de sistemas planetarios… Que no me cuadra, no.

La cagada definitiva, esa que así me hizo tirar el libro, fue la inclusión de un factor psi en la trama. Una cosa es que el libro tenga un trasfondo hard un poco chapucero, y otra que de repente te meta mierda jipiosa en plan casi Segunda fundación.

El libro se lleva un humilde 5 sobre 10, pero lo que peor queda es el supuesto premio Lambda. Si esto se lleva el primer premio, no quiero saber cómo serán el resto de obras. Vamos, que resultarán como los Ignotus, premios repartidos entre amigotes.

Adiós.

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Hola, culebrillas.

No quiero hablar mucho de esta cosa. La tumba de Lucifer, el pestiño de Daniel Rhodes, es a la literatura de terror lo que los telefilmes post telediario de Antena 3 al cine de calidad (y quiero pensar que el cine de calidad todavía existe). De hecho ni siquiera como argumento para una película de serie B saldría bien parada. El libro no engancha en ningún momento, carece de tensión, las escenas ‘de miedo’ no dan ni miedo ni nada, los personajes planos y a veces son demasiado ochenteros. Por otro lado la visión que da de la Francia rural parece sacada de una película de Paco Martínez Soria, e ignoro hasta que punto acierta o mete la pata: me gustaría saber la opinión de un francés.

Tema aparte merece la traducción, que llega a incluir alguna que otra frase directamente sin sentido. Además parece que el traductor o el ‘componedor’ (ignoro el nombre técnico) desconoce el significado y uso del símbolo ‘»’ para continuación de discursos en nuevo párrafo.

Luego está el título de la obra: ¿por dónde sale Lucifer? Creo que se le menciona sólo una vez, y de refilón. Si al menos se hablara de Baphomet… Y no vale como excusa el decir que nos encontramos ante una traducción cutre de esas a las que nos tienen acostumbrados en España, sobre todo en el cine. No: el propio autor pone el nombre Lucifer en el título original, Next, after Lucifer. Este tío estaba fumado cuando escogió el libro. Pero aun más fumado debía estar su editor original… y el español, por supuesto.

Este truño no se lleva un 0 por piedad, pero un 1 ya es suficiente. Vaya pérdida de tiempo.

Adiós.

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