Hola, ofidios.

De nuevo, tras muchos años, con Brown, en esta ocasión con El ser mente. Sus Pesadillas y geezenstacks en su momento, hace años, me pareció gracioso. Lo de Marciano, vete a casa lo tengo en la pila, y dado que es ‘de risa’ le tengo miedo (no soporto muy bien el humor literario).

Con los marcianitos de las narices en mente cogí este libro. Vamos, que lo hice con cierto repelús. Pero tenía letra gorda y no era precisamente un mazacote: necesitaba lectura ligera después del último chasco, la basura de McCarthy.

¿Con qué me he topado? Con una lectura en verdad ligera. Rápida, muy rápida. Tanto que ha pasado sin pena ni gloria. Un malo maloso que en el fondo es estúpido, un protagonista que de tan listo no se lo cree ni su autor, una acción muchas veces forzada en plan deus ex machina (a causa a la estupidez del malo). Incluso con dosis de sexo velado al principio de la novela, supongo que por eso de enganchar a los lectores.

Al escribir esta reseña, y pensando en el protagonista de este libro, no puedo evitar recordar Que desciendan las tinieblas y su hombre renacentista. El resultado del conjunto es muy similar a ese otro libro de Sprague: no resulta fallido por un pelo. Entretiene sin ofender demasiado al lector, y eso ya es algo.

Un 5 raspado y a por el siguiente.

Chau.

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Hola, culebras.

Jamás había leído nada del señor McCarthy, y me enteré de que era el autor de la novela en la que se basa No es país para viejos sólo al ver la portada de este libro. Esa película ha tenido mucha fama, incluso llegando a los Oscar, pero dado que no la he visto (más que nada porque detesto como ‘actor’ a Javier Bardem) no podía servirme como muestra de lo que McCarthy escribe. Pero el ambiente en el que se supone que La carretera se desarrolla, un mundo postapocalíptico en el que sobreviven más mal que bien un padre y su hijo, me llamaba. Eso y leer un autor para mí desconocido.

Tras leer las primeras páginas algo ya empieza a olerme raro. Y me refiero al estilo. El que el libro se base en pequeñas notas, casi pareciendo que ha sido redactado en una sucesión de momentos sueltos, no me desagrada: podría decirse que es una bastardización exagerada del género epistolar. Aquí todo es una especie de post-its sucesivos, apuntes que se acumulan en secuencia uno tras otro. Lo que no me gusta nada es la manera de llevar los diálogos: no existe puntuación, y a veces están incluso embebidos dentro de los párrafos. ¿Estilo experimental, vagancia del autor o pura ignorancia de cómo se debe puntuar y llevar un diálogo? Lo ignoro, pero eso me lleva a conseguir, en un momento futuro, algún otro libro del autor. Porque no quiero echarle la culpa al traductor y/o el editor españoles.

Pero dejemos el estilo, que se puede salvar a base de esa auxiliadora etiqueta de ‘experimental’ y vayamos al fondo, a la historia. Algunos dirán que es un drama duro, crudo, de supervivencia; la lucha de un padre por llevar adelante a su hijo en un mundo derruido y en el que apenas hay esperanza. Eso es lo que dirían algunos. Yo digo que el autor trata de describir un mundo sin creérselo él mismo: el escenario resulta por completo incongruente, con una serie de errores para mí de bulto y que salen a la luz por culpa del chaval.

Ese chaval no debería existir. Y siguiendo el razonamiento tampoco el chico. Ni nadie en toda la condenada novela. ¿Por qué? Pues por la manera en la que describe el mundo y el origen de esa descripción. Señor McCarthy, se trata sencillamente de sumas una y una. Describe de manera somera un ataque nuclear sobre suelo norteamericano. Bien. Habla de una pareja dando a luz a su primogénito varias semanas después del bombardeo. Bien. Habla de años y años de ceniza en la atmósfera, de cielos encapotados de forma perpetua. Bien. Habla de un continente entero en el que todas las plantas han sido reducidas a cenizas, a troncos calcinados. Bien. Habla de un mar completamente muerto. Bien. Señor McCarthy, sea consciente de que el ataque que describe, con esa escala, es poco menos que definitivo. En un ataque normal, como el descrito en El cartero de Brin, habría incendios (y muchos) pero difícilmente hubieran arrasado el continente de la manera que aparece en la novela: y es que todo el continente está reducido a cenizas. Eso implica una cantidad de bombas nucleares apabullante. Lo que a su vez conlleva un nivel de radiación letal, radiación que se propaga con los vientos, con la ceniza, con la lluvia, con la nieve. Millones de kilómetros cuadrados cubiertos de cenizas radiactivas, envueltos en un sudario de veneno puro. ¿Y pretende hacerme creer que en un mundo así, no sólo totalmente muerto sino irremediablemente moral, ha habido hombres (por no mentar niños o ancianos, mucho más sensibles) capaces de sobrevivir durante ocho, diez, doce años? ¿Y que para más choteo al cabo de esos años están sanos, como el hijo?

Porque ahí brilla la mayor cagada: el chico tiene la misma edad que ese mundo muerto. El niño ha estado toda su vida aspirando polvo radiactivo. Y no ha muerto. Ni en un solo momento de la novela se aprecian muestras visibles de enfermedad por radiación. Al contrario, quien fallece es el padre, y por algo que apunta claramente a una tisis.

Eso por no hablar de detalles menores, como que tras una década de intemperie y putrefacción, de lluvia, nieve y viento, ya no debería quedar ni cartones, ni hojas, ni papel ni nada similar: ya deberían hacerse convertido en papilla y luego en polvo. O el no tan pequeño detalle de cómo narices han sobrevivido el padre y el hijo todo ese tiempo, desde que el chaval nace hasta que se llega a la acción de la novela. Durante años han sido tres, madre, padre e hijo, los suficientes como para que el niño tenga un recuerdo de ella. ¿Qué han comido todo ese tiempo? Eso no se explica, ni siquiera se deja entrever. La opción del perpetuo asalto a supermercados me resultaría demasiado difícil de creer.

Señor McCarthy, ha timado a sus lectores (y supongo que al tal Diego Gándara, el ‘intelectual’ de La Razón que suscribe el comentario de la contraportada. Seguro que ese individuo no habrá llegado a pensar ni con media neurona a la hora de escribir lo que poner. Más aún, soy yo el redactor jefe de La Razón, me leo el libro y la frase del susodicho, y lo hubiera despedido de forma fulminante, por cretino. ‘Periodistas’ como ese han hecho que la profesión sea un lupanar mugriento y sifilítico) con un relato deslavazado y anecdótico, sino para el que no se ha molestado lo más mínimo en investigar lo que implica vivir un continente radiactivo. De todo ello deduzco que, en verdad, ha escrito la novela a base de post-its. Eso o puede que con pedazos de papel de baño mientras estaba sentado en el mismo haciendo sus necesidades mayores.

Señor McCarthy, supongo que No es país para viejos está ambientando en el mundo actual, en circunstancias actuales. Bien. Siga en ellas, porque lo suyo no es describir con coherencia una mundo inventado, un mundo tan documentado y estudiado como el escenario de una hecatombe nuclear. Con esta novela se demuestra que la suspensión de incredulidad tiene un límite, y que ciencia ficción no la escribe cualquiera.

Escenas de canibalismo (ni siquiera la del bebé al espetón) seguro que distrajeron a algunos, haciendo que hablaran de ellas como ‘lo duro’. Pero conmigo eso no ha funcionando. Menos canibalismo y más coherencia. O, mejor aún: más de ambos. Mucho canibalismo, con niños, niñas y lo que quiera, pero sobre todo coherencia al describir un mundo y sus implicaciones.

Ale, a paseo.

Se lleva un 2 sobre 10, por vago, chapucero y descuidado. Y va que chuta.

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Hola, ofidios.

Hace mucho que lo leo una novela patria, e iba tocando. Y además con alguien al que conozco en persona de cuando me movía por el fandom de Madrid, Eduardo Vaquerizo.

Danza de tinieblas es una novela agradable, sin pretensiones. O mejor dicho, con menos pretensiones de las que yo mismo le daba en un principio: me esperaba algo enrevesado y bizarro en plan Las Puertas de Anubis (de Tim Powers), o incluso cercano a ‘Setenta y dos letras’ (del inefable Ted Chiang, del que ya hablé –o mejor dicho puse a parir por baboso y paulocoelhoso– en la anterior versión de éste blog). Pero no: Danza de tinieblas usa el steampunk lo usa a modo de maquillaje para introducirnos en una historia dotada de una importante carga social. No diré que reivindicativa pero no carente de con cierto aroma a eso. Los detalles mágicos, o de steampunk, quedan en lo menos. Sin embargo esa ausencia no se echa de menos ante las tribulaciones del protagonista, una especie de Marv (el juggernaut de la historia inicial de Sin City, el soberbio cómic de Frank Miller) de ese siglo XX extraño y oscuro.

El resultado final de la historia es satisfactorio, si bien no explosivo. Además cuenta con el aliciente de estar ambientado en algo aproximadamente cercano, ese Madrid a medio camino entre la modernidad y el siglo de oro.

Pero la obra padece de un defecto enorme, y provocado no por el autor sino el editor: todo indica que no ha habido revisión, ni galeradas, ni corrección de estilo. Nada de nada. De ser así (he leído muchos Minotauros y no recuerdo haberme encontrado con algo similar) demostraría una absoluta falta de respeto del editor para con el autor. Parece que se ha llevado a imprenta el texto original (a Edu le conozco y sé de qué pie cojea) y por ahorrarse eso, o por despiste, o a saber qué razón más o menos peregrina, el editor ha permitido que salga a la luz el texto en bruto, dando al público lego una imagen mala del autor. Creo que ya le sucedió a Edu algo similar con la novelización de Stranded. Vergonzoso. Si yo estuviera en su sitio tendría un santísimo cabreo ya que por esa desidia la que paga es su fama entre los lectores. O entre algunos: yo voy a seguir leyendo lo que me caiga de él.

Resumiendo, por todo ello se lleva un justito 6.

Chau.

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Hola, culebras.

Otro libro de Heinlein, si no recuerdo mal mi segundo de este autor tras La puerta al verano. Esta novela, La luna es una cruel amante, ha resultado ser una deliciosa pieza de relojería. Estamos casi ante lo que se podría describir como un estudio histórico novelado de una revolución. Una revolución en un tiempo futuro, en un entorno ahora mismo demasiado remoto en lo relativo a su plausibilidad, pero narrada de una manera tan detallista, tan pormenorizada, tan humana y dotada de tal cercanía que parece envolverle a uno. Una delicia. Tan creíble resulta (o al menos así me lo ha parecido) que me pregunto si soportará un análisis serio, sobre todo en lo relativo a la trama política y a los aspectos tácticos. ¿Qué diría Sun Tzu si lo leyera?

Un detalle de lo más interesante, y muy bien hilvanado, es la descripción de la mentalidad selenita. Especial relevancia merece el tratamiento de la familia lineal, que aparece descrita de una manera tan soberbia que incluso resulta creíble. Teniendo en cuanta que está integrada por miembros de una sociedad tan liberal que roza el extremo opuesto: el anarquismo. Una sociedad así ahora mismo es muy difícil de imaginar en La Tierra. Y a este comentario debo añadir un ‘por desgracia’ seguido de un sonoro suspiro.

A veces el discurso político se vuelve un poco cargante, si bien aparece resuelto de una forma lógica para propiciar el avance de la novela.

Uno de los defectos, que sin embargo acaba por no chirriar demasiado, es el del protagonista no humano. De una precisión casi increíble, casi se diría que lleva de la mano a los protagonistas, lo que depara en cierto determinismo. Un detalle de ese semidios que no me resultó del todo agradable es su misterioso y no explicado origen. Más aun si se tiene en cuenta la arcaica tecnología usada, algo que ha envejecido muy mal. Pero esos defectos se pasan por alto ante el resultado final del conjunto, soberbio.

Curiosamente el final de la novela defrauda: todo lleva a él de una manera predecible y esperada (casi diría que anhelada), y cuando llegas te preguntas ‘¿y no hay más?’. Leyendo esta novela sólo puedo decir que tengo ganas de tener entre mis manos otra de Heinlein.

Esta maravilla de la literatura se merece un indudable 9. El 10 me lo reservo todavía para cuando lea algo… especial.

Adiós.

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Hola, culebrillas.

De nuevo caigo en las redes de este autor para mí todavía casi desconocido. De Simak hasta la fecha sólo ha leído tres obras: Flores fatídicas, La autopista de la eternidad y la que me centra en esta ocasión, Estación de tránsito. En general todas esas obras me han parecido frescas y divertidas, si bien nada del otro mundo.

Como digo, esta Estación de tránsito se resume en los términos de agradable y divertida. Nos encontramos con un texto muy de la época, inmerso en la guerra fría, el terror nuclear y la naciente filosofía jipiosa. Entra dentro de ese género buen rollista que le busca un lado positivo a las situaciones malas en las que la humanidad se ha metido ella solita. La manera en que habla de civilizaciones alienígenas cierta medida me recordó a Stapledon, algo de por sí muy agradable.

El libro encaja más dentro de la fantasía que en la ciencia ficción, y por ello los defectos de lógica  (como el que casualmente todos los alienígenas que se presentan en el libro tienen unas dimensiones muy acordes con la escala humana, y no creo que el autor haya deseado utilizar el antropocentrismo como línea básica de evolución) resultan más perdonables. El único defecto que le veo es el de su final, en exceso apresurado y forzado: aparece de la nada, sin previo aviso, se produce una escena de violencia que desentona con todo el resto del libro y que además culmina con una aparición casi mariana. Una pena de final, sí.

Aun con esas el libro resulta recomendable, y se lleva un modesto 6.

Adiós.

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Hola, culebras.

Que yo recuerde nunca antes he leído nada de Frank M. Robinson, y según se ve en la nota interior del autor este hombre no es precisamente un novato en esto de la ciencia ficción (aunque se me hace muy raro el encontrarme esta página tan vacía). Bueno, nunca es tarde para conocer un ‘nuevo’ autor, y este La oscuridad más allá de las estrellas bien puede servir para ello.

Por desgracia tras la lectura destacan más las sombras que los brillos (por mucho que se nombren las estrellas en su título). El libro se podría englobar dentro del subgénero de las naves generacionales, si bien el 95% de la acción se centra en los hechos concretos de unos cuantos meses de una sola generación, y centrándose en la generación de la inmortalidad mediante procesos médicos, y sus implicaciones. Por supuesto eso no debería suponer un defecto, más aún cuando se posee el juego de personajes apropiado. Una colección de personas que enganchen, que le den interés a un historia que ya de por sí podría suponer toda una epopeya (eso es lo que tienen las naves generacionales, que son campo casi sembrado para lo épico). Sin embargo Robinson no consigue que su galería de actores cuaje: un protagonista demasiado despistado, un capitán no sólo ausente sino desdibujado en sus tareas, una tripulación que parecen aficionados (y no hay una excusa que valga para justificarlo, como en La nave estelar), un supuesto malo que más bien es incongruente y perdido total. En definitiva, un elenco con el que no se engancha.

Pero estamos en un libro que bien podría centrarse sólo en el escenario, como Cita con Rama. Por desgracia eso tampoco sucede: las incongruencias tecnológicas y de degradación son abundantes, destacando lo de los holopuentes (¿cómo se ha perdido la inmensa mayor parte del personal de ingeniería, informáticos incluidos, y sin embargo algo tan complejo como es una realidad tridimensional a nivel de toda la nave sigue en perfecto funcionamiento?). ¿Acaso descuidan adrede algo tan importante como la medicina y la salud de la tripulación, y siguen cuidando el arte de lo tridimensional?

Este es un pequeño pero demasiado insistente error del libro. Otro en el que no se insiste tanto pero que me parece incluso más grave es el de la manipulación del cuerpo del capitán y su inesperado resultado en forma de hijo. ¿Le aplican al capitán tal terapia genética para mantener su buena salud que no sólo obtiene la inmortalidad, sino que la transfiere a través de sus gametos? Joder, que eso quiere decir que ha cambiado el genoma que aportan los espermatozoides, y que esos cambios por más ende no son recesivos. La leche. Quizá la cagada por excelencia del libro.

Otro error gordo es la manera que describe la presencia del vacío entre los dos brazos galácticos: casi parece que no sólo consta de vacío, sino que oculta todo lo que hay más allá del mismo. Ese vacío no actúa de telón: más allá del mismo está el resto de la galaxia, y más allá el universo. No es un manchón negro, devorador de todo.

Otro defecto que me pareció ver es el de los tiempos entre escala y escala de investigación: sólo ocho meses de un sistema a otro. A ver. Velocidad de origen cero. Aceleración a velocidad de fracción importante de luz. Punto muerto. Cambio de orientación de motores. Deceleración de la velocidad hasta llegar a una nueva velocidad de cero. Todo eso en ocho miserables meses (un máximo de cuatro meses de aceleración) en un entorno supuestamente ya casi carente de sistemas planetarios… Que no me cuadra, no.

La cagada definitiva, esa que así me hizo tirar el libro, fue la inclusión de un factor psi en la trama. Una cosa es que el libro tenga un trasfondo hard un poco chapucero, y otra que de repente te meta mierda jipiosa en plan casi Segunda fundación.

El libro se lleva un humilde 5 sobre 10, pero lo que peor queda es el supuesto premio Lambda. Si esto se lleva el primer premio, no quiero saber cómo serán el resto de obras. Vamos, que resultarán como los Ignotus, premios repartidos entre amigotes.

Adiós.

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Hola, culebrillas.

No quiero hablar mucho de esta cosa. La tumba de Lucifer, el pestiño de Daniel Rhodes, es a la literatura de terror lo que los telefilmes post telediario de Antena 3 al cine de calidad (y quiero pensar que el cine de calidad todavía existe). De hecho ni siquiera como argumento para una película de serie B saldría bien parada. El libro no engancha en ningún momento, carece de tensión, las escenas ‘de miedo’ no dan ni miedo ni nada, los personajes planos y a veces son demasiado ochenteros. Por otro lado la visión que da de la Francia rural parece sacada de una película de Paco Martínez Soria, e ignoro hasta que punto acierta o mete la pata: me gustaría saber la opinión de un francés.

Tema aparte merece la traducción, que llega a incluir alguna que otra frase directamente sin sentido. Además parece que el traductor o el ‘componedor’ (ignoro el nombre técnico) desconoce el significado y uso del símbolo ‘»’ para continuación de discursos en nuevo párrafo.

Luego está el título de la obra: ¿por dónde sale Lucifer? Creo que se le menciona sólo una vez, y de refilón. Si al menos se hablara de Baphomet… Y no vale como excusa el decir que nos encontramos ante una traducción cutre de esas a las que nos tienen acostumbrados en España, sobre todo en el cine. No: el propio autor pone el nombre Lucifer en el título original, Next, after Lucifer. Este tío estaba fumado cuando escogió el libro. Pero aun más fumado debía estar su editor original… y el español, por supuesto.

Este truño no se lleva un 0 por piedad, pero un 1 ya es suficiente. Vaya pérdida de tiempo.

Adiós.

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Hola, ofidios.

Dado que últimamente he hablado de la realidad de España, aquí la muestro de un modo cronológico y un poco más realista, no como nos la pintan cada tantos años.

  1. Carlos V, el triste (3 de enero de 1974 – 1 de julio de 1976).
  2. Adolfo I, el deseado (3 de julio de 1976 – 29 de enero de 1981).
  3. Leopoldo I, el breve (25 de febrero de 1981 – 1 de diciembre de 1982).
  4. Felipe VII, el europeo (1 de diciembre de 1982 – 4 de mayo de 1996).
  5. José María I, el constructor (4 de mayo de 1996 – 17 de abril de 2004).
  6. José Luis I (17 de abril de 2004 – presente).

Todos ellos bajo el patronato y supervisión de Juan Carlos I (22 de noviembre de 1975 – presente), y los dos primeros auspiciados por Francisco I el Grande.

Un saludo.

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Hola, culebras.

Hace unos días lo apunté en este blog. Ahora hago un diminuto resumen de la marcha. Cinco horas bajo el sol en muy buena compañía; cinco horas protestando contra los desmanes de la clase política y económica.

Tras la llamada de un colega me uní a la marcha desde un poco más abajo de ‘los cabezones’.

avituallamiento ...¡la gente!

De allí, sin prisa pero a buen paso, pasamos por la Opel en dirección de Carabanchel. Pero antes de llegar a ‘la corona’ la policía nos detuvo. A lo mejor pretendían de verdad que fuéramos en fila de a dos por el arcén.

Atasco al llegar a 'la corona'

Menos mal que al cabo de una rato la columna siguió, tomando todo el carril norte de la carretera a Carabanchel.

Pasando la rotonda ante la M40

Al llegar a la avenida de la Peseta nos juntamos con una buena cantidad de gente. Bien.

Llegando a Carabanchel

Seguimos hacia el centro, encontrándonos con muestras de apoyo, de resistencia (como lo de Magerit) y de indiferencia, esta última sobre todo a modo de gente que nos miraba desde las ventanas y las terrazas de los bares.

Los trabajadores de la SS nos apoyan No nos mires, ¡únete! El Magerit resiste

Al llegar a Pirámides nos juntamos con más gente, y a partir de ahí ya se notó el auténtico mogollón.

Nos juntamos con la gente en Pirámides

La sensación era muy similar a la del 15m, sólo que ya menos de ‘bichos raros’ y más de miembros de algo generalizado.Huelga general Vamos de culo P Todos al suelo

Mucha gente seguía mirando, haciéndonos fotos, incluso desde museos (como si fuéramos arte :P ), hasta llegar a nuestro destino.

Desde la parte de abajo del Rastro nos hacen fotos Y pensaba que lo de 'guapa' se lo decian a ella Los turistas tuvieron sesión adicional de España

Me sorprendió ver a los sirios haciendo acto de presencia. Bien por ellos: se llevaron los aplausos y el apoyo de la gente de a pie, más que del gobierno.

Apoyo al pueblo sirio

Una vez que la gente se empezó a disolver nos acercamos a Las Cortes. Allí estaba la basura de la prensa… y mogollón de gente con pancartas, algunas con la curiosa propuesta de un supuesto referendum (eso mismo se merece una entrada independiente).

La prensa Propuesta que me crea dudas RESPETO

Ante la calle de las Cortes

Tras ver la situación dimos la ‘vuelta al ruedo’ y acabamos en la parte de arriba de la calle de las Cortes: el templo de la democracia, la casa del gobierno del pueblo, cercada por policía y barricadas para que el pueblo no puede plantarse delante.

El templo del gobierno del pueblo...

¿Hace falta otro ejemplo mejor de este sistema de despotismo ilustrado, con unos meses de dorar la píldora al personal y luego casi cuatro años de ‘hago lo que me sale de los cojones, y os calláis’?

Esto debe cambiar.

Cómo no, había pancartas para todos los gustos, pero el mensaje de cabreo estaba ahí, siempre presente. Me encanta la de ‘Quedarte en el bar no sirve de nada’, contra esta actitud tan española de ‘juntémonos y vayan ellos’. Más claro, agua.

Labordeta ¡presente! Pienso luego estorbo No nos representan

ni pacto ni ostias Quedarte en el bar no sirve de nada

timocracia Indignados != indignos

Tras la caminata yo acabé agarrando un buen moreno, lo que no me pasaba desde hace años. Pero ha sido por una buena causa.

Una manifa más a mis espaldas. Habrá más. Y espero que más lleguen pronto que tarde.

Esta revolución no hecho sino empezar.

Un saludo.

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Hola, ofidios.

Por primera vez en mi vida, si no me engaña la memoria, leo algo escrito por un japonés (no vale manga, que es cómic). Me habían hablado bien de este autor, Haruki Murakami, concretamente del la obra Tokio Blues. En FNAC por esos días estaban poniendo por todas partes stands con sus libros y, cuando me encontré este de tan curioso nombre, me lo compré por impulso.

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas me ha dejado un sabor de boca amargo, nada satisfactorio para un autor mundialmente reconocido y al que acaban de dar el XXIII Premio Internacional de Catalunya. ¿Por qué? Pues porque en algo como la fantasía con este libro me demuestra que cuando lo escribió (1985) no tenía casi ningún dominio del género. O eso o el autor es un ñoño de tres pares de narices.

El libro se divide en dos escenarios muy claramente diferenciados:

  • Por un lado hay un Tokio de un futuro cercano, muy cercano. En ese futuro se ha desarrollado una técnica de computación que, por la manera en que la desarrolla (luego hablo de ese detalle), bien podría haber surgido de la mente de Cronenberg: el uso de un cerebro humano modificado mediante cirugía para ‘encriptar’ datos. Vale, eso no supondría de por sí nada nuevo, ni bueno ni malo. Pero cuando el autor intenta entrar en los detalles se pierde y alcanza niveles de patetismo que a mí me ha sonrojado. Un simple ejemplo: la entrada de datos el bioencriptador se realiza de modo visual (en ese aspecto nada que objetar), y la salida de datos ya encriptados es ¡tachán! ¡hojas escritas a bolígrafo! Sin comentarios. Bueno, sí que lo comento: con Cronenberg la salida de datos hubiera quedado de igual manera orgánica, incluso seminal, y sin duda mucho más efectista. No como este truño de Murakami. El resto de situaciones que se describen en la sección ‘futuro’ van desde lo retro o cutre (como los dos macarras, que parecen sacados de un manga) a lo sin sentido (los discursos pseudocientíficos que suelta el profesor), con lo ridículo (como el uso de los clips) entre medias.
  • Por otro lado una sugerente y misteriosa ciudad. En ella hay unicornios, a las personas se les extirpa con cuchillo la sombra, la biblioteca está llena de cráneos, la gente no tiene corazón (de manera literal)… Sin duda un entorno que en otras manos daría lugar a toda una serie de historias de lo más sugerente. Pero lo que digo: en otras manos. En manos de Murakami todo se reduce a una ñoñedad absoluta de sentimientos ñoños, acciones ñoñas y discursos ñoños. Una cosa es la ñoñedad de textos como La historia interminable, en el que el público al que estaba destinado (infantil y juvenil) justifica ese mensaje babosón. optimista y sentimental; otra muy diferente este texto, que en principio (y casi sin él, si se tiene en cuenta la psicología del protagonista) orientado a un público adulto. Pero adulto no equivale, al menos en mi caso, con simplón.

Resumiendo: por un lado tenemos un muy poco acertado escenario pseudofuturista, y por otro lo que muy bien podría ser una fantasía oscura que acaba convertida en una ñoñedad sin límites.

Tras acabar el libro me parece como si el autor hubiera dicho ‘ale, que en este libro me voy a poner a escribir cifi y, olé mis huevos, la voy a mezclar con fantasía’, todo ello sin tener el menos bagaje en ambos géneros. Así le queda algo torpe, descafeinado y en muchas ocasiones ridículo texto.

¿Qué salva al libro? La creación del protagonista y la manera que tiene de describir su manera de ver el mundo y reaccionar ante él. Murakami demuestra tener buenas dotes de narrador de historias. Lástima que en este libro lo quiera revestir de fantasía, lo que le hace cagarla de manera radical. Al menos para alguien acostumbrado a moverse por esos lares.

Como nota final le pongo un 5, y se salva del suspenso por esa manera de contar la historia/desgracia del protagonista.

Habrá que leer otro libro de Murakami, uno en el que no se ahogue en el género fantástico.

Un saludo.

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