Patrick O’Brian – Capitán de mar y guerra

Hola, culebras.

Por primera vez leía a este autor, Patrick O’Brian, y no voy a negar que tomé el libro con cierto miedo. Sabía que este Capitán de mar y guerra iniciaba la que quizá se puede considerar saga de aventuras navales más famosa que existe. Que me perdone otra saga si me equivoco. Pero eso no me daba miedo, no, sino el trabajo exhaustivo de ambientación que había tras ella. Sabía que me iba a meter en un fregado de términos y maniobras descritas con lenguaje propio delos marinos de inicios del siglo XIX. Y eso sí que me daba miedo: acabar perdido, ni sabiendo de qué se me habla. Pero el resultado ha sido muy positivo, tanto que repetiré más libros de esta saga Aubrey–Maturin: al fin y al cabo consta de ‘veinte más un’ volúmenes, un rico panorama por delante.

Capitán de mar y guerra

Capitán de mar y guerra

Para empezar con esta reseña hablaré de lo que me daba miedo, y de cómo ha acabado ese asunto. El nivel de detalle de las maniobras navales, así como el uso de términos y jerga marinera supera lo exhaustivo. Se puede decir que roza lo omnipresente… pero no podía ser de otra manera: ese tratamiento del lenguaje le da una credibilidad casi absoluta. Uno de verdad cree estar oyendo a verdaderos marinos. Incluso hay bromas usando esa jerga. ¿Estamos ante un problema? Sin duda que para un lego, o un lector vago, sí. Alguien no familiarizado con todos esos términos sin duda alguna se puede perder con facilidad. Pero me da en la nariz que alguien que sepa de lo que se habla disfrutará del texto al máximo. Pena que ya no vivo en Santander y ya no conozco a nadie con experiencia con veleros, que si no le dejaba el libro y esperaba su opinión.

Como se ve, el miedo se disipó. Un poco de fuerza de voluntad, un diccionario a mano, y para adelante. A la ambientación naval lograda se une un buen tratamiento de los personajes. Si bien no recurre al estilo de King (insertar pasajes completos y extensos del pasado), a través de párrafos y cuñas concretas O’Brian logra dar pinceladas de los protagonistas, sobre todo de Aubrey, Maturin y Dillon. La manera de realizar esos trazos deja claro que el autor pensaba en una saga: se adivina un fondo más rico, que quedará pendiente de descubrir en futuros títulos.

El libro posee un espíritu detallista, casi naturalista, que me ha encantado. Descripciones minuciosas que te permiten ver todo lo que rodea. Esa manera de volcarse en los detalles en ningún momento se me ha hecho cargante. Escenas tan deliciosas como la de las mantis están narradas con viveza. Además no caen en saco roto (como simple paja) sino que cientos de páginas más adelante poseen su pequeña razón de ser. Sé que muchos lectores no gusten de esa minuciosidad, pero en mi caso lo he disfrutado muchísimo.

Esa narración puntillosa, como no podía ser menos, se explaya en la descripción de las naves, sus arboladuras y aparejos, junto a las diversas maniobras. De verdad que tras la lectura tengo unas ganas enormes de ver la película, a ver si consigo identificar lo leído. Como ya digo las descripciones poseen una minuciosidad casi extrema. Eso arroja al lector a verse obligado a acudir al diccionario con frecuencia. A mí no me ha resultado molesto, sino más bien todo lo contrario: toda una experiencia constructiva. El resultado me ha confirmado que adoro los temas navales. Ya disfrutaba mucho con las narraciones de Hodgson, pero si en ellas la vuelta de tuerca tenía forma de horror y fantasía, en O’Brian consiste en zambullirse de manera absoluta en la realidad de la vida a bordo de un buque. Lo dicho: he disfrutado como un niño con todo lo que he aprendido de términos de vela. En verdad es otro mundo, con su propio idioma, costumbres y normas, un mundo que dan ganas de descubrir. Vamos, que sin duda alguna leeré más de esta saga.

Ni que decir tiene que un libro como este requiere un lector vocacional, uno que no se canse ante la perspectiva de tener que recurrir al diccionario o la enciclopedia para comprender los términos usados. A ese respecto debo aclarar que he leído el libro con el kindle, cuyo diccionario incorporado se me ha hecho de lo más útil. Pero de igual manera luego, móvil u ordenador mediante, he acudido a internet para seguir investigando. Las partes del barco, la vida a bordo en los buques de esa época, así como incluso temas comentados en la novela de manera tan tangencial (como las diversas señales visuales) han acabado suponiendo ratos de estudio. Lo dicho: un mundo.

¿Qué más se puede pedir al libro? Pues más, sí. Siempre se puede pedir más. ¿El qué? Ahora lo explico.

El estilo a veces deja que desear: nos encontramos con párrafos llenos del condenado ‘ser’. Aunque haya gente que me llame exagerado con ello, debo aclarar que me ofende encontrar ese verbo en dos de cada tras frases. Yo mismo intento evitarlo siempre que puedo (se verá en mis reseñas). Se me hace un recurso vulgar y fácil, que no sólo no enriquece lo narrado, sino que sustituye a otros verbos que darían colorido o acción a lo narrado. También hay descripciones descabezadas, como si el autor perdiera el rumbo en la narración. Aunque quizá yo tenga la culpa por no acabar de captar un detalle (puede que perdido entre la jerga náutica) que haga encajar el conjunto. Luego está el tema de los diálogos: algunos están mal llevados. Pero mal: no concibo que en un mismo párrafo, y casi seguidos, haya líneas de distintos interlocutores. ¿Tanto cuesta ‘una línea de dialogo/una línea de texto’?

A esto hay que añadir que algunas veces hay saltos entre escena demasiado bruscos. Se trata de elipsis tan exageradas que a veces cuesta imaginar lo sucedido entre ambas; otras sólo dices ‘aquí falta algo. Punto’. Da la impresión como de que el autor hubiera cortado escenas enteras. ¿Presiones del editor? Debo decir que el libro ‘se hace largo’. Lo pongo entre comillas adrede: una novela al uso hubiera acabado mucho antes que ésta (con batalla contra el Cacafuego y punto). Sin embargo Capitán de mar y guerra prosigue prolongando la montaña rusa de aventuras y acciones navales de tal forma que uno ya no sabe cómo va a acabar. Además de esa sucesión de aventuras el libro se adentra en la sociopolítica de la época. Ese detalle, describiendo costumbres e incluso tipos sociales, ha propiciado que el libro me guste más todavía. Incluso posee su toque casi Dickens a la hora de describir algunos personajes secundarios, que poco menos parecen sacados de una de las historias del de Portsmouth.

No me voy a explayar más. El libro se merece un 8, nota lastrada sobre todo por los defectos formales. Aun así me ha parecido una lectura muy recomendable. Pero no hay que olvidar que hay que ponerse a ella con paciencia y espíritu curioso, con ganas de investigar y aprender, algo que por desgracia no siempre sucede.

Adiós.

Herman Melville – Moby Dick

Hola, culebras.

Este clásico de la literatura universal llevaba ya varios años rondándome, y al final ha caído. Nada de versiones edulcoradas ni resumidas: el tocho original (en español, claro). No voy a negar que el mazacote me daba un poco de miedo. Mi última experiencia con un volumen clásico de similar grosor, el Melmoth de Maturin, acabó fatal.

Pero la llamada del mar suena muy fuerte dentro de mí en estas últimas fechas, así que piqué el anzuelo y empecé con este legendario Moby Dick del norteamericano Melville.

Como suelo hacer, para no verme influenciado (incluso con estos libros clásicos) procuro no documentarme sobre ellos ni leer críticas. Así llego a ellos lo más virgen posible, lo cual siempre depara alguna que otra sorpresa.

En el caso de Moby Dick la cosa estaba algo complicado: ¿quién no conoce, aunque sólo sea por encima, la historia de Ajab y la ballena blanca, de la obsesión del capitán por matar a la bestia que le arrancó la pierna? La verdad, hay que vivir en otro planeta (o muy aislado) para ignorar el esquema argumental de esta novela. Yo, por supuesto, lo conocía. Pero en las más de ochocientas páginas debía haber mucho más que una simple historia que con unas líneas se resumía. Me imaginaba un libro similar (salvando las distancias) a El lobo de mar, o a las historias de O’Brian o Hodgson, en las que se vive la mar de los buques de vela en toda su crudeza.

¿Y qué me encontré?

Quizá la primera sorpresa parte del carácter enciclopédico, por decirlo de alguna manera, de la obra: sólo con leer la cantidad de citas con las que empieza ya uno empieza a asustarse. El acercamiento al mundo de la caza de ballenas no se hace como en una novela normal, narrando las vicisitudes y detalles de las peripecias de los tripulantes de una manera literaria. Al contrario, Melville usa capítulos enteros de puro texto didáctico (como si se tratase de un libro técnico), describiendo detalles de una quizá manera demasiado aséptica. No diré que esas partes aburren (el mayor defecto en el estilo es otro muy diferente que luego diré), pero sí que rompen la dinámica de la historia del Pequod y su tripulación.

Entre más y más textos didácticos (y luego alguno se queja de Pohl y su El mundo al final del tiempo) vemos como la historia avanza: nos presenta al protagonista, el ambiente del puerto, a Queequeg (y cómo de una manera muy decimonónica se convierte en el compañero del alma del protagonista) y al propio Pequod, junto con sus irritantes propietarios. Tras escuchar el sermón e ignorar las advertencias del profeta nos embarcados en el buque. Partimos mar adentro y perdemos de vista Nantucket. Muchas cosas, muchas páginas. Pero ¿y Ajab? ¿Dónde está la que yo creía que sería la figura principal de la obra? No tarda mucho en hacer acto de presencia: tarda demasiado. Se me hace increíble que un capitán de barco (por mucho que tenga tres oficiales) se tire encerrado esa cantidad de tiempo en su cabina, sin llegar a supervisar ni la estiba ni las maniobras de desatraque y salida a alta mar.

Más aún, el carácter tiránico y salvaje de Ajab (siempre he oído eso de ese personaje) no queda descrito por sus acciones, sino sólo por los comentarios de Ismael. Me parece triste que en semejante extensión de páginas Melville trata de describir de manera tan precisa y detallada la vida, obra y milagros de la ballena y del cachalote (así como de la profesión de cazador de esos animales) y no logre darle la debida profundidad al personaje de Ajab. Pero claro, narrar texto ‘académico’ resulta menos complicado que darle vida sobre el papel a una persona. Eso hace que nos encontremos, de manera por completo inesperada y sorprendente, ante un ‘contar más potente que el mostrar’. Una pena, la verdad.

Esa manera liviana de tratar la personalidad del capitán se acentúa en el resto de la tripulación: salgo Starbuck y Stubb (los dos oficiales principales del Pequod), el resto de la marinería apenas está dibujado. Se habla un poco de los orígenes de los tres arponeros, algo más (de nuevo en esto nos sorprende Melville) del herrero y de Pip, el negro de a bordo. Y ya.

Entre la vaguedad del tratamiento de personajes y las prolijas, a veces asfixiantes, descripciones de todo lo relativo a la caza de la ballena (esa sobreabundancia me recuerda algunos pasajes del Gordon Pym de Poe) se agradecen los encuentros con los otros barcos. Gracias a ellos leemos escenas e historias a veces muy interesantes (la del capitán Boomer, el sosias manco de Ajab), otras tan demenciales como ridículas (como el episodio de la Jeroboam y su profeta, o la Jungfrau y su capitán) o de un sencillo y crudo dramatismo (la búsqueda de la Raquel). Mención especial supone el encuentro con el derelicto apestado, casi calcado al de Poe. Si bien esas historias no suponen el peso de la novela dan muy bien una visión de esa inmensidad salpicada de dramas llamada océano.

Entre tumbos la novela avanza hacia un clímax que todos ya intuimos: el obsesivo Ajab sólo encontrará su paz, y su final, en un duelo con la ballena blanca. Con él arrastrará a una tripulación que acabará tan hechizada como él. Ese desenlace, aun estando narrado en tres episodios, se vuelve algo brusco y confuso. En él se acumulan una serie de acontecimientos que sólo nos atrevemos a calificar como extraños (sobre todo el comportamiento de la tripulación que queda a bordo del Pequod, junto a la manera en la que Ismael sobrevive) que casi se diría que enturbian la resolución final. Sin embargo un detalle, el destino de la ballena, hace que a uno le quede cierta sonrisa en los labios.

Los ‘estudiosos’ se han hecho las innumerables pajas mentales en cuanto a las referencias bíblicas (por los nombres), las implicaciones políticas y sociales (por la tripulación) y algunas otras más. Pero a mí me parece que podrían tener enorme interés el que se hubieran desarrollado con mayor profundidad los personajes y, sobre todo, las relaciones entre ellos. Pero eso no ocurre, perdido entre una cantidad desproporcionada de paja (así me atrevo a calificar gran parte de las peroratas técnicas). Tiene más mensaje La luna es una cruel amante (por citar el primero que me viene a la cabeza) o Los mercaderes del espacio (otro que me ha venido así, solo) que este Moby Dick.

Todo esto en cuanto al fondo. La forma es, nunca mejor dicho, algo aparte. Melville usa en la narración un estilo recargado, barroco, de la época, que ha envejecido muy mal. Abusa de las subordinadas de tal manera que en demasiadas ocasiones para encontrar el verbo principal y activo de la frase (y saber de qué narices habla) hay que leer líneas y líneas de condicionantes o complementos. Éste es para mí, con diferencia, el mayor defecto de la obra. Se repite una y otra vez, volviendo la lectura algo farragoso. Así se explica la existencia de versiones ‘ligeras’, sin esa enrevesada sintaxis. Si manejara mejor el inglés intentaría asomarme al texto original y saber si se debe todo a una mala traducción o a que de verdad la culpa la tiene Melville.

Otro detalle que no acabó de gustarme, y para el que no encontré una justificación clara, es el de los cambios de estilo literario: en un puñado de ocasiones se pasa de prosa literaria a otra en estilo dramático, de teatro. No vi que aportara nada concreto.

Le pongo un cinco, y me duele, pero es lo que hay: demasiadas carencias (sobre todo en el tratamiento de los personajes) para una historia de la que esperaba más, mucho más.

Adiós.

Charles Romyn Dake – Un extraño descubrimiento

Hola, culebras.

Tras le relectura de La narración de Arthur Gordon Pym ataqué la razón de ser de dicha relectura: Un extraño descubrimiento, de Charles Romyn Dake. Debo admitir que hasta hace cosa de un mes no siquiera conocía la existencia de esta obra, mucho menos del autor.

Considerar a Charles Romyn Dake como autor tiene el mismo sentido que los autodenominados escritores que estos días pululan por el mundo digital y de la autoedición. Según la wikipedia Charles Romyn Dake apenas escribió en su vida dos relatos y la novela objeto de esta crítica. Ese simple dato, su casi inexistente obra, ya me causó bastante (por no decir mucho) resquemos. Pero en la literatura se han dado casos más extraños y con resultados del todo positivos, como por ejemplo la figura de John Kennedy Toole. Por ello empecé a leer el libro con todas las expectativas intactas.

El texto empieza de una manera más o menos típica, sobre todo en esa época (finales del siglo XIX) en la que los diletantes y los ricos herederos parecían constituir el caldo de cultivo de los protagonistas de historias. El protagonista, que narra todo desde una primera persona, conocerá a dos individuos que en mayor o menor medida tendrán importancia en la historia. Por un lado tenemos el casi demente (por lo de bipolar y maniaco) doctor Castleton, un médico de pueblo que en sus delirios de grandeza se cree una de las criaturas más inteligentes –y bendecidas por la naturaleza– de la creación. Por otro lado nos acompañará el competidor de Castleton en cuanto a la salud del pueblo se refiere: el doctor en homeopatía Bainbridge. Este persona es a todas luces un sosias del propio Dake, homeópata de profesión (léase timador y charlatán que engaña a pacientes pretendiéndoles curar con agua, sólo agua. Bendito Avogadro). Bainbridge tendrá una importancia vital a lo largo de la obra al hacer de narrador, mientras que a Castleton sólo se le puede definir como mosca cojonera muy pesada que no aportará nada de nada a la trama.

El libro empieza con, por decirlo de alguna manera, ciertas peripecias y vivencias del protagonista. Sus raíces, su viaje a América y lo que en ella encontró. Pero el lector, al menos en mi caso, ansía que esas menudencias pasen para poder llegar a lo que de verdad interesante: continuar lo narración de Poe.

Las páginas se suceden contando los diversos encuentros del protagonista en la ciudad del medio oeste donde se aloja. Pasamos página tras página sin que se haga la menor mención ni a la obra inacabada de Poe ni a sus protagonistas. Uno empieza a desesperar, cansado de leer lo que ve el protagonista por la ventana, lo que le cuenta el botones y de algunas cosas más. De hecho la primera mención de la obra de Poe no llega hasta que ya casi hemos leído una quinta parte de la obra. Sí que nos ha plantado una introducción Dake. Sí, señor: un 19% de introducción que no sabemos muy bien cómo va a encajar con el resto de la obra.

De hecho la cháchara no muy variada entre los tres individuos (Castleton, Bainbridge y el protagonista, que escribe en primera persona) sigue y sigue. La historia que uno busca leer cuando adquiere ese libro, la continuación de los hechos narrados por Poe, no empieza sino ya plantados en un 45% de lectura. En otras palabras: has soportado casi la mitad del libro leyendo discursitos políticos trasnochados que muy flaco favor le hacen a la memoria de Poe.

Pero bueno, puede pensar el lector, todavía queda un 55% de texto que puede resultar en extremo interesante. Pues la respuesta a eso se queda en un sí no del todo claro. El problema radica en el método usado por Dake para hacernos llegar las aventuras de Pym y Peters: sigue un esquema de narración–comentario–perorata política (por parte del insufrible Castleton). Dake hace que su Bainbridge emule en cierta medida a Sherezade en Las mil y una noches. Para saber lo que pasó más allá del velo de bruma Bainbridge debe visitar en su lecho a un Peters octogenario y enfermo. Cuando Bainbridge regresa a la ciudad todas las noches (Peters vive lejos, en la montaña) debe contarle al protagonista lo que le ha narrado el anciano. Así esta especie de Sherezade moderna va encadenando noche tras noche la historia: cuenta un poco, tras lo cual suele hacer un pequeño comentario con el protagonista (y al lector con ganas de más) y desaparece de escena. Hasta ahí esto no sería del todo malo: muy poco original pero no se puede exigir mucho a un autor tan poco fogueado como Dake. Lo malo llega cuando, una vez Bainbridge se ha callado, entra en escena el insoportable Castleton: toca sesión de cháchara irrelevante y cansina. Y así episodio tras episodio. Dan auténticas ganas de saltarse las páginas.

Pero vayamos a la continuación de La narración propiamente dicha. ¿Qué hay en ella, y cómo está contado? Dake sin duda se ha dejado llevar por éxitos literarios de su tiempo, como Ella y Ayesha (de Haggard), en tanto y cuanto que recurre al esquema de la civilización perdida. No puedo por menos que decir que no tengo nada claro que Poe tuviera en mente esta posibilidad. Sí, Poe planteó en La narración la presencia en el polo sur de lenguas mediterráneas en forma de simas y grabados, pero no creo que eso conlleve de manera automática pensar en ‘civilización perdida’, más aún si se tiene en cuenta la extraña naturaleza de las simas. Aun así Dake plantea eso. De su mano (muy torpe mano, nadie lo puede negar) visitamos un mundo que no acaba de cuajar ni resultar creíble. Nos presenta una supuesta civilización con más de mil años de historia continuada, y durante todo ese periodo de tiempo más que estable se puede decir que ha quedado petrificada. En cierta medida me recordó a los eloi de La máquina del tiempo de Wells (sólo diré que tan degenerados están que no son capaces de prevenir una catástrofe periódica y mortal).

Dake describe con torpeza (se nota su condición de narrador aficionado, volcado más en el contar que en el mostrar) y sin mucha imaginación un mundo que en manos de otro autor ganaría en poder y hermosura. Ahora mismo me viene al recuerdo La tierra de la noche, de Hodgson la cual –pese a su cariz fallido frente al resto de la obra del inglés– le da mil vueltas a la de Dake en cuanto a capacidad evocativa y sorprendente. Nos encontramos con descripciones poco acertadas e incluso oscuras (la grieta que lleva al lago del volcán, por ejemplo), así como explicaciones poco creíbles (la manera en que se genera el clima pseudotropical en el polo. Lo que se dice: zapatero a tus zapatos, y si no vas a saber/poder justificar un mundo no te pongas a dar detalles del mismo. A eso hay que añadir una sociedad apenas trazada. Todo ello hacer que el lector apenas consiga sumergirse en la trama. Todo parece decorados de cartón piedra. No sé que hubiera pensado Poe al leer esa continuación, pero me da que algo sí que le hubiera dicho a Dake.

Aun así se explican detalles de La narración, y de manera satisfactoria, lo cual se agradece.

Si hay algo en la novela que resulta de verdad cargante y casino esa es la figura del doctor Castleton: se trata de una especia de bipolar (o quizá veleta intelectual), un insufrible e increíble personaje cuyos discursos. Pero se puede hablar y hablar, disertar hasta la saciedad pero de tal manera que el discurso tenga que ver con la obra, o incluso que sea la obra misma (para eso un ejemplo lo tenemos en el Melmoth de Maturin). Sin embrago la mayor parte de lo dicho por Castleton no aporta absortamente nada a la trama, pese a lo cual su cháchara ocupa demasiadas páginas dentro de la obra. ¿Pretendía el autor difundir su ideología (sobre todo su liberalismo radical y su darwinismo social, que detesto sobremanera) a través de este petimetres engreído y digno de una paliza? Puede que sí, pero como director de un periódico podría haber usado esas páginas para esos menesteres… y dejarlo ahí.

Ahora hablaré de algunas de las curiosidades encontradas:

  • decir que, para los Ikeres Jimenezes y demás charlatanes, en esta obra el amigo Dake predice en cierta medida las dos guerras mundiales: “Alemania iba a eclipsar a Europa y arrasar todo a su paso como un glaciar; Francia estaba a punto de devolver el golpe a Prusia «este golpe se dejará sentir como un seísmo que sacudirá la Tierra de polo a polo»” (sic).
  • la manera de presentar al doctor Bainbridge me llamó la atención, sobre todo en cuanto al pasaje de cómo a través de ‘una historia del Estado’ el protagonista de la narración descubre toda la vida y obra del citado doctor. El Echelon se queda corto ante esa ‘historia del Estado’.

No he leído La esfinge de los hielos, la continuación que escribió Verne, pero me la apunto para realizar una comparación entre ambas.

Con todo: ¿qué nota le pongo a este Un extraño descubrimiento? Pues mal que me pese un cinco raspado. La edición cumple (con la salvedad de que la introducción, que sigue un estilo demasiado ‘a lo Miquel Barceló’ por lo que la pondría después de la obra, no antes), pero por desgracia el texto se limita a una curiosidad interesante para los muy fans de la narración de Pym, y que necesiten de manera vital saber qué sucedió después.

Adiós.

Edgar A. Poe – Las aventuras de Arthur Gordon Pym

Hola, culebras.

Edgar A. Poe - Aventuras de Arthur Gordon Pym

Edgar A. Poe – Aventuras de Arthur Gordon Pym

Segunda vez que leo este clásico y si la primera vez que cayó en mi manos me encantó (yo debía tener unos quince años por aquel entonces) esta vez me ha dejado un sabor agridulce.

Hace años que Poe no entra dentro de ‘mis lecturas’: me leí de joven gran parte de sus relatos y desde entonces no lo he revisitado salvo contadas excepciones, como ‘El corazón delator’. Por eso, por no tenerlo fresco y querer recuperar al maestro, agarré este Las aventuras de Arthur Gordon Pym bastante ilusionado. Más si cabe cuando desde hace meses estoy embarcado en un proyecto para el que la lectura de la primera mitad de la narración me viene que ni al pelo. Por supuesto la segunda parte, la que más importancia histórica posee dentro de la literatura fantástica (al menos en lo que se refiere a la aparición de un subgénero llamado horror cósmico), tampoco merece el menor desprecio: sólo ese ominoso tekeli–li y todo lo que implica (más aun teniendo en cuenta su posterior reencarnación en la que en mi opinión quizá sea la obra cumbre de Lovecraft) ya convierten la novela en lectura obligada.

Vayamos al grano.

La historia empieza como una travesura dándole a la narración un aire casi juvenil, el de una novela de aventuras que décadas después muy bien hubiera firmado Jack London. Poe juega con las situaciones puzle, como le gusta hacer en otros relatos, y de esa manera en los primeros capítulos vivimos una asfixiante experiencia que más que aventura marina tiene que ver con horas historias como ‘El pozo y el péndulo’. Tras salir confinamiento en la bodega empieza una historia marina ya más clásica, con momentos cumbres como el encuentro con le derrelicto o la solución del hambre: una auténtica gozada.

Para evaluar la segunda parte hace falta ponerse en situación. En 1838 de las regiones polares sólo se sabía una cosa: que existían. Hablamos de los últimos territorios cien por cien vírgenes, enormes extensiones en blanco en los planos. Ello hace que todo el viaje descrito por Poe suponga un auténtico y delicioso ejercicio de fantasía, en parte similar al Marte descrito por Burroughs. Para hacernos una idea de la situación por aquella época decir que un año después de la publicación, en 1839, el entonces capitán Ross comandó la primera de sus expediciones hacia esas latitudes (expediciones realizadas a bordo de los buques H.M.S. Erebus y H.M.S. Terror, inolvidables para todos los lectores de otra de las novelas de terror polar por excelencia, la magistral El terror), llegando a cartografiar parte de la costa. Sólo entonces se empezó a concebir la idea de la existencia de un continente antártico, del que apenas se empezaban a arañar las costas. El culmen de esa exploración llegaría el siglo siguiente, en 1911, con la llegada al polo sur por parte Amundsen primero y Scott después (no lo puedo evitar, y enlazo esta pequeña maravilla). En resumidas cuentas: Poe estaba describiendo algo que a nosotros se nos hace tan extraño y desconocido como hablar de lo que hay bajo las tormentas de Júpiter.

En esa segunda parte aparece el concepto que en mi casi siempre recordaré de la obra: el horror cósmico. A medida que se acerca el lector al final de la narración va recibiendo una tras otra bofetadas en las que se intuyen realidades diferentes, grandiosas y aterradoras. Poe teje un escenario que apabulla al lector con juegos de colores, sustancias anómalas, terrores velados y fenómenos ante los cuales sólo cabe una reacción: el pasmo. Eso y sentirse pequeño, insignificante. De nuevo el texto supone toda una delicia. Nos deslumbra con un apabullante castillo de fuegos artificiales. Un vecino suyo, casi un siglo después, retorció esa visión y consiguió establecer de manera definitiva el terror moderno con narraciones que huían de la fantasmagoría supersticiosa (hasta entonces predominante) y haciendo del horror algo físico, una realidad aplastante en la que el hombre queda colocado en el auténtico sitio que se merece dentro del universo: el de una miserable ameba. Por supuesto hablo de Lovecraft.

Pero por como he dicho al inicio el texto me ha dejado un sabor agridulce. Veamos los puntos malos. He de decir que los veo y analizo ahora, más de veinte años después de mi primera lectura, con una importante mochila crítica ya a la espalda.

Uno de los defectos que ahora veo es que Poe no sabe moderarse a la hora de dar explicaciones. Detalles como la manera de estibar una nave, o cómo y con qué velamen capear un temporal, o las sucesivas expediciones buscando cierta isla fantasma, entre otras explicaciones excesivas, llegan a cansar. Sé que se supone que, al tratarse de una narración en primera persona, ese discurso forma parte de la manera de representar la personalidad del narrador (en este caso obsesiva y meticulosa), pero creo que con un cuarenta o cincuenta por ciento menos de información no se habría perdido nada la narración, y hubiera quedado clara de igual manera la personalidad de Pym. Y por otro lado hubiera ganado en dinamismo el texto.

Por último hay que hablar de ese final. Vaya final, por dios. A ver, que sí: los ha escrito Poe, uno de los indiscutibles genios de la literatura universal, impulsor por excelencia del relato corto, tanto en sus versiones de terror como policiaco. Pero es que en esta obra se ha metido él solo en un fregado del que no ha sabido salir, acabando huyendo por la tangente. Desde que la Jane Guy se adentra en la zona templada se empiezan a acumular detalles chocantes y misteriosos, que todo lector coherente espera ver resueltos. Las mastodónticas inscripciones y el velo de vapor en el horizonte suponen el colofón a este ambiente onírico y sin lugar a dudas antecesor del horror cósmico. La impresionante Kadath o la hundida R’Lyeh de Lovecraft quedan ninguneadas ante esta creación elucubrada por el Boston un siglo antes. Pero aun con toda esa grandiosidad Poe no sabe rematar, ni siquiera juntar un par de hilos: huye del monstruo que ha creado usando una triste al tiempo que todavía más oscura nota final. A esto se le llamaría ahora ‘hacer un Perdidos’, y supone una enorme mácula en la valoración final del libro. ¿Cuál es esa calificación? Pues un 8, sobre todo debido a su carácter precursor y visionario.

Un saludo.

P.D.: Como tema aparte hay que mencionar la sintaxis. A veces sólo la puedo calificar de delirante, con subordinadas, incisos, acotaciones entre comas… Ignoro si la culpa de ello la tiene mi edición, el traductor, Carlos del Pozo o el propio Poe.

Henry Rider Haggard – Ayesha

Hola, ofidios.

Nunca antes he leído nada de Rider Haggard. Más aún, hasta hace unos meses (cuando desenterré este libro de La Pila, que me puse a buscar por la web acerca de él) no tenía ni de quien era. Eso le pasa por tratarse de un libro heredado de la manera más fría posible: de una pila de libros que había en una vieja casa de pueblo que hace años compró mi madre (casa que algún día aparecerá en mi futurible novela –ojo al título provisional, mogollón de cutre– Tormenta Roja, dado que es uno de los escenarios iniciales). Sea como fuere llegaron a mis manos un buen puñado de libros más o menos viejunos, entre los que me llamó la atención este, y así lo aparté.

Y así, sin mucha idea de lo que me iba a encontrar, empecé hace unos días este Ayesha. Y empecé mal, en tanto y cuanto que sabía que era una segunda parte. Sí, la venden como una novela independiente, blah, blah, pero… pero a lo largo de las páginas mi temor se confirmó: hace falta leerse Ella para poder apreciar todos los matices de Ayesha. De esa manera incompleta y coja continué la lectura. ¿Qué me encontré? Una historia de aventuras con grandes dosis de romanticismo (en el sentido ‘amoroso’ de la palabra), una apresurada inmersión en el Asía remota y profunda, en un Tibet que para la época en que se escribió la novela era tan remoto al occidental medio como ahora mismo nos puede resultar Neptuno (no vale la comparación con Marte ya que gracias a los rovers casi parece que estamos al ladito del planeta rojo).

La novela goza de un inicio casi lovecraftiano, con círculo de piedras, invocación, espectro y testigo reluctante incluidos. Tras ella nos adentramos en una agradable mini epopeya hasta llegar a un momento crucial: la visión en la distancia del objetivo, un momento que en cierta medida me recordó a la saga del castillo de lord Valentine (la dispar tetralogía de Silverberg), o también a la Torre de las Nieblas de la saga de Mundo Río (la afamada saga de Farmer). Desde ese punto nos adentramos en un mundo ajeno a lo conocido y no carente de intrigas y maravillas a medida que nos acercamos a la meta final, el santuario en la cumbre del volcán.

Por desgracia lo interesante se puede decir que acaba una vez allí: el autor se enfanga en una historia extremadamente romántica, una lucha entre un amor platónico y otro más carnal, entre el poder casi desenfrenado de lo salvaje y la moderación de lo civilizado, todo ello saturado de un lenguaje decimonónico (que veo que cada vez soporto peor, más si cabe tras el libro que me leí justo antes que éste) que ralentiza la lectura.

Tras acabar el libro me queda un sabor de boca agridulce, como de novela que se reduce a un simple alargamiento de una historia ya contada, y bien cerrada. No digo que el resultado sea insatisfactorio, pero sí que queda a la sombra de algo más grande. Algo que no he leído y que quiero leer. Vamos, que tengo que conseguirme Ella.

Al final se lleva un 6.

Adiós.

C. J. Cherryh – Rimrunners

Hola, oficios.

Tras el libro patrio, prácticamente recién comprado, agarro uno que lleva en La Pila prácticamente quince años. La verdad es que de esta mujer, la señora Cherryh, sólo había leído antes un libro (El orgullo de Chanur), y no me apasionó mucho precisamente. Ahora retomo a esta autora con Rimrunners, otra novela que de entrada parece que pertenece al mismo género, el space–opera de aventuras más o menos trepidantes.

Una vez abrí las páginas del libro, y saltándome la muchas veces desacertada introducción de Barceló, me encuentro con la primera bofetada: una especie de introducción ‘para colocar al lector en situación’, que más que picarme con la lectura hizo que me entraran ganas de lanzar la novela directamente a la basura. Pero bueno, no es el tema crucificar todo un texto por sus primeras tres páginas, así que seguí leyendo.

Rimrunners empieza recordando en cierta medida Las estrellas mi destino, con un protagonista desesperado, en situación casi extrema, sólo y necesitando aferrarse a un tablón salvavidas, cualquiera que sea éste. Cómo no, el flotador llega y al cabo de las páginas nos encontramos leyendo una novela de ciencia ficc… ¡no! ¡Lo que tenemos entre manos no es sino una historia naval! Toda la obra se reduce a las relaciones entre diferentes miembros de la tripulación y sus superiores. Por un lado tenemos el protagonista, un marino de pasado militar, obligado a esconder esos antecedentes militares dado que, huyendo de una reyerta tabernaria, se ve obligado a enrolarse como grumete en una nave pirata; un capitán distante, perdido en su camarote pero capaz de evaluar a su tripulación con ojo de halcón; un tiránico y conspirativo contramaestre, encargado de crear y fomentar camarillas afines a él, apuntalando un sistema de poder alternativo al del viejo; un jefe de máquinas duro pero al mismo tiempo comprensible y conciliador; una tripulación esquiva y celosa de la extraña y especial intimidad que se da bajo cubierta, pero que al mismo tiempo puede llegar a mostrarse acogedora con el recién llegado. Y como pincelada colorista final de este retrato marino, tenemos a Ben Gunn.

Aparte de que este libro no pertenece al género de la ciencia ficción sino al de la novela marítima, decir que está escrito de una manera en exceso indirecta. Sí, esto merece una explicación: la narración es en una tercera persona demasiado vinculada a la manera de pensar de la protagonista. Todo se ve según sus ojos, y se narra desde un punto de vista y una experiencia absolutamente personal. Tanto es así que muchas veces suceden cosas aparentemente habituales y cotidianas para el personaje, y así se describen, pero que para mí como lector no son ni de lejos conocidas. Lo malo es que la autora se refiere a esas situaciones y conocimientos de una forma tangencial, cuando se da el caso de que demasiadas veces la naturaleza de dichas situaciones tiene un peso importante, si no vital, en el desarrollo de la trama. El lector queda expulsado de parte, o incluso todo, el significado de esas circunstancias y sus consecuencias, lo que hace que la lectura quede desvirtuada. Esto se convierte en ya un caos absoluto en la parte final del libro, llegados a la batalla final, cuando se mezclan las esquivas descripciones de los desplazamientos de los protagonistas por los muelles de la base con otros internos en la nave: alguien no entendido en temas de distribución de espacios en amarres espaciales y en naves de carga, en sistemas de alimentación de combustible, en combate con armadura espacial, etc., acabará totalmente perdido. Sí, la protagonista sabe de sobra cómo se organiza todo eso, y las reglas de comportamiento que un ataque con armadura en ese entorno puede suponer, pero que ella lo sepa no quiere decir que lo conozca el lector: es labor del autor hacerle cómplice para que lo pueda ver y captar en toda su realidad.

Sí, todo esto puede resumirse en pocas palabras: como escritor no me quiero pringar en dar detalles que luego me incriminen ante un público exigente. Pues bien, ante eso no des detalles, pero al menos sé capaz de hacer para el lector la escena atrayente y visual, y no esconderte en ‘como se supone que mi protagonista sabe de todo eso no lo verbalizo’.

Esa impresión de estar off de lo que se cuece en la novela (al menos a mí me ha pasado, que no soy capaz de comprender la importancia de los distintos turnos, la distribución de una nave como la descrita en la novela, o las complejas normas no escritas de las relaciones y subordinaciones existentes en una tripulación de un marino de pesca de altura) hace que no se disfrute. Por todo ello le pongo a la novela un muy raspado 5.

Un saludo.

Robert E. Howard – Las extrañas aventuras de Solomon Kane

Hola, ofidios.

Hasta ahora, en lo relativo a Howard, me había centrado sólo en Conan. Pero ya era hora de cambiar de personaje. Aprovechando la película que se rodó hace no mucho, Valdemar ha publicado este tomito con todos los relatos que Howard le dedicó a este puritano cafre.

Según pone en la introducción (a cargo de míster engreído-prepotente-sobrao, que también se ha encargado de la traducción) a los textos originales de Solomon Kane se les ha dado a lo largo de la historia cierto lavado de cara, eliminando aspectos y expresiones que con el tiempo han entrado en lo ‘políticamente incorrecto’. Esta edición que he leído se supone que es fiel al texto original. Al menos sí que se leen varios detalles de corte racista que me recuerdan en cierta medida a los de Lovecraft.

Pero vayamos a los textos que incluye el libro.

  • ‘Cráneos en las estrellas’ es un relato sencillo y de desarrollo lineal, al que buena falta le haría un giro argumental o alguna sorpresa final. Le otorgo un 5 raspado.
  • ‘La mano derecha de la maldición’ parece una revisión literaria del film Las manos de Orlac. El relato adolece de excesivas explicaciones finales, que empañan un final previsible. Se lleva un 4.
  • ‘Sombras rojas’ no tiene nada que ver en cuanto el desarrollo de la historia con ‘Clavos rojos’, uno de los mejores relatos de Conan, por mucho que su título parezca indicarlo. Sin embrago el texto sí que tiene cierta relación, en lo que a ambientación se refiere, con algunos del cimmerio. En este relato, además, se da la casualidad de que la manera en que Howard describe a su héroe me recuerda mucho a la forma en que Moorcock hace lo mismo con Elric: una criatura extraña, de mirada dura y melancólica, de piel pálida; un individuo anclado en un código moral demasiado estricto (quizá trasnochado) y con una actitud que hace que quienes le rodeen le rehúyan. Otro detalle curioso (y que se irá repitiendo en otros relatos) es la aparente memoria atávica de Kane. Me recuerda a lo que más adelante sería Erekosë. ¿Se inspiró Moorcock en este detalle de Kane para crear su campeón eterno? Ni idea. Pero lo que importa es que el resultado final del relato es muy satisfactorio, mereciendo un 8.
  • Con ‘Resonar de huesos’ regresamos a la idea subyancente de Orlac. Y huele. Además el texto tiene un detalle demasiado torpe (rotura de la cadena) que ya te dice cómo va a acabar. En resumen, un texto muy poco original que se lleva un triste 4.
  • La historia de ‘Luna de calaveras’ es la más extensa de todo el libro. Y por desgracia de nuevo tiene un cariz lineal. Todo está metido a piñón fijo, para que encaje y lleve al héroe a un único destino. Los acontecimientos se suceden uno tras otro de la manera más apropiada para que todo acabe como debe hacerlo. Para colmo nos encontramos con una apoteosis final en exceso oportuna. Sin duda en aquella época (años 20-30 del siglo XX) ese tipo de finales apoteósicos debían resultar muy efectistas y cautivadores, pero ahora quedan trasnochados y demasiado forzados. Algo positivo en el texto lo hayamos en la atmósfera lovecraftiana que lo envuelve en una buena parte de su extensión, detalle que yo (fan del de Providence) agradezco. Le pongo al relato un 6.
  • Ahora le toca el turno a ‘Las colinas de los muertos’. De nuevo en relato con el espíritu de Conan, y que posee una escena final muy jugosa, con los buitres haciendo acto de presencia. Se lleva un 7.
  • ‘Alas de la noche’ repite casi el inicio de ‘Sombras rojas’, presentándonos a Kane como un justiciero vengador siempre dispuesto a castigar al malvado. Pero a medida que avanza esto cambia del ‘corre que te pillo’ al ‘en un tiempo pasado ocurrió esto’ muy lovecraftiano. Por desgracia los malos no me acaban de gustar, apareciendo mal dibujados, demasiado tópicos. Algo en ellos me da la impresión de no haber sido bien pensados. Lo peor llega al final de la historia, cuando demuestran ser tontos de remate. Le pongo un 6 al relato.
  • En ‘Los pasos en el interior’ una vez más nos encontramos con Conan, en un relato divertido pero demasiado sencillo, lo que le otorga un 6.
  • Tras estos relatos de Kane aparece el único relato que escribió Howard de Sonia ‘la roja’, la que luego se convertiría en el cómic en Red Sonja. Nada tiene que ver el personaje de Howard con el de los tebeos. El relato en cuestión se titula ‘La sombra del buitre’ y, casualmente se puede decir que es el mejor de toda la recopilación. Una historia que engancha, carente de elemento fantástico pero rebosante de acción y tono épico. El carácter pendenciero, independiente y rabioso de la Sonia de este texto destaca sobre el resto de personajes, bastante planos y manidos. Ignoro cuánto de real hay en las descripciones tanto de la Viena del siglo XVI como de la corte de Solimán, pero el resultado es creíble, colorido y agradable. Le pongo un 8 alto al relato.

Concluyendo, la recopilación de cuentos tiene sus altibajos, pero en conjunto se lleva un 6 raspado.

No quiero olvidarme de hablar de la portada del volumen, la ilustración de Juan Antonio Serrano García: no tiene absolutamente nada que ver con ninguno de los ocho textos protagonizados por Solomon Kane. Pero ni de lejos. Hay lectores, sobre todo jóvenes, que esperan que la portada represente una escena (o el espíritu) del libro que presentan. Pues bien, si esperaban descubrir qué eran esas criaturas purpureas se van a quedar con las ganas. Parecerá una chorrada, y para muchos lo será, pero a mí me demuestra una falta de respeto tanto al autor (no se han molestado en plasmar algo de la obra) como al lector (por lo que he dicho antes). Ya como impresión personal de la portada, me parece un dibujo extremadamente rígido, sin vida: me recuerda a los momentos más chungos de Ernie Chan, de cuya muy reciente muerte me acabo de enterar al hacer la búsqueda para poner este enlace. R.I.P.

Un saludo.

Balance de lecturas 2010

Hola, ofidios. Tal y como ya hice el pasado año, aquí va (más que nada para mí, que me encantan estás chorradas estadísticas sin sentido) el sumario de lo leído el pasado año.

 

Fecha fin lectura Autor Título

Valoración

Género
08/01/2010 John Varley Y mañana serán clones

8

Ciencia ficción
02/02/2010 David Brin Tierra

6

Ciencia ficción
13/02/2010 Alfred Bester Las estrellas mi destino

4

Ciencia ficción
25/02/2010 Neil Gaiman Objetos frágiles

4

Fantasía
06/03/2010 Jack London El lobo de mar

6

Aventuras
09/03/2010 Brian Lumley Demogorgo

3

Terror
17/03/2010 Isaac Asimov El hombre del bicentenario

5

Ciencia ficción
22/03/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 3

7

Ciencia ficción
30/03/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 4

6

Ciencia ficción
09/04/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 5

6

Ciencia ficción
24/04/2010 Dan Simmons El terror

8

Terror
27/04/2010 Rafael Marín Mundo de dioses

4

Ciencia ficción
18/06/2010 Stephen R. Donaldson La necesidad de Mordant

5

Fantasía
28/06/2010 Dmitri Glukhosvsky Metro 2033

6

Ciencia ficción
17/07/2010 Poul Anderson La nave de un millon de años

4

Ciencia ficción
18/07/2010 Joe Haldeman Compradores de tiempo

5

Ciencia ficción
23/07/2010 Michael Moorcock Las crónicas del castillo de Brass

6

Fantasía
28/07/2010 Rodolfo Martinez Tierra de nadie: Jormungand

6

Ciencia ficción
31/07/2010 L. Sprague de Camp Que no desciendan las tinieblas

5

Ciencia ficción
17/08/2010 AA.VV. UPC 2002

6

Ciencia ficción
25/08/2010 A.A. Atanasio Radix

9

Ciencia ficción
31/08/2010 Max Brooks Guerra Mundial Z

8

Terror
06/09/2010 Robert C. Wilson Darwinia

4

Ciencia ficción
13/09/2010 David Morrell Rambo

8

Thriller
28/10/2010 Clive Barker Imajica

3

Fantasía
05/11/2010 Frederik Poh Mineros del Oort

4

Ciencia ficción
13/11/2010 Stephen Hawking Brevísima historia del tiempo

6

Ensayo
17/11/2010 Robert E. Howard Conan el Guerrero

7

Fantasía
12/12/2010 Iain M. Banks Pensad en Flebas

6

Ciencia ficción
19/12/2010 Robert E. Howard Conan el Usurpador

8

Fantasía

A modo de resumen, y comparando con el año anterior:

  • He leído un poco mas, 29 referencias frente a 23, si bien de esas 29 hay incluidas un par de sagas como ‘todo uno’.
  • Más páginas,  1217 (casi un 30% más, que se dice pronto), que hacen unas 33 páginas diarias. Sigue siendo poco, pero más que el año pasado.
  • De nuevo hay más que nada cosas de cifi, pero ya he intentado yo que la pila no imponga tanto su ley.
  • La valoración media de lectura ha resultado penosa, un seis ramplón, y es que me he topado con auténticos bodrios, de los gordos.

Entre lo más destacable del libro sin duda las primeras tres cuartas partes de El terror (una verdadera joya), Radix (de la que alguien en su día me avisó como ‘libro malo’ y mira por dónde…) o la sorprendente, por eso de que no me esperaba algo tan bueno, Guerra Mundial Z.

Bueno, esto ha sido todo en lo que se refiere a lecturas del 2010. A ver cómo se porta el 2011.

Jack London – El lobo de mar

Hola culebras.

Supongo que alguno estará por ahí, aunque Google quiera evitarlo. Y si no la verdad es que poco importa: ellos se pierden mis sabias palabras 😛

De nuevo descubro un autor, que en esta ocasión se trata de todo un clásico en la literatura de aventuras: Jack London. Sobre todo conocido por sus libros Colmillo blanco y La llamada de lo salvaje, gran parte de su obra se basa en la propia experiencia.

El libro que he leído, El lobo de mar, sin duda alguna algo de personal debe tener dado que con la edad de diecisiete años se embarcó en un barco con el mismo destino que el Fantasma, Japón. Ignoro si también se dedicó ese barco a la caza de foca, pero con toda seguridad en la travesía debió entrar en contacto directa o indirectamente con el mundo retratado en el libro.

Pero vayamos a que nos importa: el libro. Nos encontramos ante un relato de aventuras, una narración en la que el personaje protagonista se puede decir que sólo es testigo de lo que sucede, constituyendo el auténtico centro de la historia ese lobo de mar que moldea a sus hombres como si de figuras de barro se tratara. Un personaje brutal al que resulta imposible coger cariño, ni siquiera en el duro final. Las aventuras se disfrutan aunque el interés sufre altibajos (ni de lejos nos encontramos ante historias tan adictivas como las de Gordon Pym o Jim Hawkins, por poner dos ejemplos), pero en general se hacen agradables… salvando los surrealistas diálogos que mantienen el protagonista y Larsen. Esas conversaciones quedan por completo fuera de lugar, recordándome ese bodrio que es La delgada línea roja, con sus soldados poetas. Se peude obligar al lector a entrar en la suspensión de credulidad, pero otra muy diferente es poner a un lobo de mar como un filósofo materialista y fatalista, y peor aun suponer que en un ambiente tan duro como la cubierta de un baro gobernado por el terror se llegue a debatir la naturaleza del alma humana, de la inmortalidad y de la esencia del hombre. Salvando este gran pero la novela se hace agradable.

O quizá tenga que decir que la lectura hubiera debido ser agradable: he sufrido una horrible edición, con una traducción pésima (tanto que no aparece indicado el traductor por ningún sitio). Sin duda ello ha contribuido a que no disfrute de la obra tal y como una buena labor editorial podría haber logrado.

Datos de esta edición:

Editorial Akai

ISBN: 84-7600-146-0

Evitar a toda costa si quieres disfrutar de la lectura de El lobo de mar. A veces los saldos los pagas de manera muy cara.

Valoración final: 6