Michael Bishop – Sólo un enemigo: el tiempo

Hola, culebras.

Michael Bishop -Sólo un enemigo: el tiempo

Michael Bishop -Sólo un enemigo: el tiempo

Se ve que no tengo suerte con mis últimas lecturas: tengo atragantado de una manera exagerada el Kraken de Mieville, y tratando de poner tierra por medio empecé este Sólo un enemigo: el tiempo de Michael Bishop. Pero, la verdad sea dicha, ni siquiera yo estaba convencido de esta lectura: el libro lleva en mi pila casi veinte años, dos décadas, cuatro lustros en los que de ven en cuando lo cogía, leía la contraportada y lo volvía a dejar. Pero algo así me sucedió con Radix (A. A. Attanasio) y luego resultó que el miedo no tenía fundamento alguno. Pues eso, que atascado con Kraken (desde que lo empecé lo he dejado seis veces y en esos intermedios he leído otros tantos libros) llegó la oportunidad a esta obra de Bishop.

Maldita la hora.

Sí, que se ha llevado no sé cuántos premios, Nébula incluido. Pero ni aun así se va a librar de que lo califique de la manera que a mí me ha parecido: un truño de tomo y lomo. La verdad, no tengo por dónde agarrar semejante bodrio, tanto en la forma como en el fondo.

Las culpas de la forma, dado que he leído una traducción, no se las va a llevar todas ellas la chepa del autor. Al fin y al cabo Bishop no tiene la culpa de que en esta edición de Acervo que poseo los acentos bailen o desaparezcan: ahí la culpa recae en el editor. Tampoco quiero hacer recaer en él la existencia de todos los disparates expresivos que he tenido la desgracia de leer: en eso algo tienen que decir tanto (en último término) el editor como el traductor, el señor César Terrón. En ese vago terreno queda la culpa: que entre ellos se la repartan. Porque hay mucho que repartir: expresiones pedantes, extraños arcaicismos o incluso maneras de llamar a objetos cotidianos poco menos que enrevesadas (si no demenciales). La manera de expresarse el protagonista (la inmensa mayoría del texto está narrado en 1ª persona) no encaja en absoluto con la educación que se adivina ha poseído. Los flash backs al puro estilo Stephen King carecen del gancho del de Maine, no logrando hacer conectar al lector con el protagonista.

Y es que en lo de ‘conectar con el lector’ donde falla, al menos en mi caso, de manera estrepitosa el libro. De un libro se espera que, al cano de x páginas, haya algo que incite al lector a leer más y más. Puede tratarse de un desencadenante, un objeto, una conversación, un misterio, un personaje… muchas cosas. Pero en este Sólo un enemigo no me he encontrado con nada que me incitara a pasar la página. Tristísimo, sí. Quizá ello se deba a que la premisa base de la historia se me hace desde el primer momento ridícula: un viaje onírico al pasado. ¿Estamos ante un libro jipioso de esos de viajes de L.S.D. y encuentro con el yo interno o qué? Pero además el tener esa base de lo onírico desde un principio no pude evitar pensar en que me iba a encontrar con otros Los Serrano y su deleznable final. ¿Qué interés tiene un libro que desde el primer momento te están diciendo que todo lo que va a vivir el protagonista se reduce a un jodido sueño? Coño, si habláramos de fantasía oscura, con magia de por medio, tendría su aquel y un puntillo de gracia (como ya hizo Moorcock con su La fortaleza de la perla), pero ¿en ciencia ficción, y con un supuesto trasfondo científico serio? Anda ya.

Acerca de ese supuesto trasfondo serio, de nuevo no hay quien se lo tome en serio. La idea del viaje onírico al pasado está tan tomada por los pelos que ni propio autor sabe explicar bien cómo narices se produce dicho viaje, ni en qué términos. Juerga con la vaguedad incapaz de aclarar si de alguna manera lo onírico se vuelve físico. Al menos en La celda sabemos de sobra a qué nos enfrentamos, y con eso se juega. En La celda sí tenemos un muy buen ejemplo de lo que  un puede dar de sí el plano onírico en una historia: se puede identificar lo irreal de lo real con claridad, y las justificaciones (aunque fantasiosas) acerca de la manera en que interactúa un plano con el otro cumplen su objetivo de engañar al lector con una buena dosis de suspensión de credulidad. En este libro no: el autor se enfanga a la hora de describir el bus y su funcionamiento, viéndose incapaz de ‘mojarse’ y decir a las claras en qué manera los sueños de un individuo pueden afectar al funcionamiento de una máquina física para conseguir un desplazamiento físico en el tiempo. Porque, si de verdad hay una traslación física al pasado, ¿qué utilidad tiene el que el crononauta sea un soñador? Si la clave del proyecto radica en que el crononauta es un soñador, ¿no se reducirá todo el ‘viaje’ a un jodido sueño? Los Serrano, por dios, Los Serrano sobrevuelan de nuevo el libro. Incluso en un par de ocasiones el protagonista deja entrever que mientras el sueña con el pleistoceno su cuerpo sigue en la camilla del bus. Lo dicho: el autor juega con una ambigüedad tramposa. Tramposa o incapaz.

Con todo ello parece que tenemos un libro que habla no se sabe si de un tío dormido, soñando sus pajas mentales de la infancia, o de ese mismo tío que (a saber cómo) realiza un viaje físico al pasado mientras él mismo cree que está soñando. O de algo entre medias (sí, así de ambiguo resulta el libro). De una manera u otra, en mayor o menor grado, jugamos con sueños. Y ese detalle resulta clave para el segundo enorme fallo del libro: el antropológico. Pensemos un poco: tenemos a antropólogo de prestigio. Por más que quiera conocer datos del modus vivendi de los homo habilis ¿se va a creer que los sueños de un tío suponen una base seria u documentada para sus teorías? Por dios, ¿con qué cara le dice al resto de la comunidad científica que dice que ‘el homo habilis vivía así porque me lo ha dicho este tío: él lo ha visto en sus sueños amplificados con mi máquina’? Antes de responder piénsalo dos veces. O ponte este ejemplo: que te digan que la historia es de una determinada manera sólo porque así lo ha soñado un individuo. A la mierda la arqueología, o la historia forense, o la documentación: lo que importa es lo que un tío sueña. Palabra de John­–John. Te alabamos, John­–John.

En otras palabras: a tomar por culo suspensión de credulidad. Para leer el libro te has convertido a la fe de John­–John, un borrego más que se traga cualquier cosa que le diga John­–John. Y el afamado antropólogo del libro se come todo eso con patatas. ¿Se imagina a alguien a un Leakey basando parte de su documentación de campo en lo que ve un tío en sus sueños? ¿Una revista científica seria aceptaría los postulados de un científico si este dijera que se basan en los sueños de alguien? ¿Estamos tontos o qué? El señor Bishop considera al lector un soberano cretino si espera que se trague eso. Un científico con un mínimo concepto de Método ni se le ocurre arrimarse a lo onírico para obtener pruebas (salvo en el caso de que se trata de estudios médicos/biológicos de enfermedades y mecanismo de sueño, se entiende).

Pero no, que Bishop pretende que comulguemos con ruedas de molinos, que nos creamos esa descomunal sandez.

Anda, a tomar por culo.

Si es que la premisa base del libro es una absoluta ridiculez. Estamos ante un libro que no sólo obliga a apagar el cerebro. Esa es una opción muy digna en la literatura de evasión, y en la cual esa necesidad queda bien clara: vamos a leer idas de olla. Por eso nadie se echa la manos a la cabeza al acompañar las andanzas de un par de enanos que llevan un anillo a un volcán para así matar al mago malo malísimo; o ninguno se rasga las vestiduras al seguir las andanzas de un humano, un gato hipervitaminado y de mal genio y un alienígena de tres patas y dos cabezas, mientras exploran una descomunal estructura en forma de anillo que gira en torno a una estrella. Todos sabemos que estamos ante un cuento chino, nos lo creemos y disfrutamos. Saben trabajar con la suspensión de incredulidad. En esos libros los personajes, aun fantasiosos, poseen mentalidades y formas de actuar que encajan con su lógica, o con la lógica de su mundo. Pero en este libro pretenden hacernos creer que en el siglo XX, en una sociedad realista con un entorno sociopolítico y económico real, hay individuos ‘reales’ como el antropólogo de marras que actúa de la manera que actúa y se cree lo del chico soñador. Y Bishop pretende que comulgue con ello. Lo dicho: a tomar por culo. Le vas a tomar el pelo a otro.

Y aun así sigo leyendo: me debes una, Bishop, por no lanzar este libro a la basura de manera inmediata. Le he dado una oportunidad hasta el final.

El libro avanza. Página tras página descubrimos la vida y obra del protagonista (en su país, antes del viaje, y en África justo antes del mismo y después). También, por supuesto, le acompañamos en su paja mental viaje temporal. En el África del Pleistoceno conocerá a un grupito de homos habilis, se enamorará de una de ellos (guiño al bestialismo, por mucho que diga que se trata de un salto evolutivo hacia el homos sapiens) e incluso (tachán) tendrá una niña. Sí, puede que alguno considere esto como un brutal spoiler: pero semejante tontería, o desafío a la paradoja del abuelo, se ve venir a las pocas páginas de encontrarse el prota con Elena. Vamos, que no reviento nada que alguien con un par de dedos de frente no intuya. Aunque alguien con un par de dedos de frente seguro que habría tirado el libro a la basura mucho antes de que naciera Gusanito.

Yo, como buen tozudo que soy, continué con la lectura.

El libro avanza con una historia de sabana que en ningún momento me enganchó. Se me hizo mucho más interesante La hormiga de Pedro Gálvez que eso (bueno, en eso tiene cierta importancia que la mirmecología me atraiga). Ahí lo dejo.  Aburrido todo salvando la leyenda del rinoceronte, y qué pena que lo más interesante del libro sea a la vez un simple detalle de ambientación. Lo dicho, el libro avanza hacia no se sabe bien dónde. Bueno, sí: hacia la niña medio habilis, medio sapiens, que por arte de magia no tiene nada de habilis. ¿Y ahora qué?, debió pensar el autor. ¿Cómo salgo de este documental de La 2 sin pies ni cabeza? Pues, cómo no, acudiendo al deus ex machina. Y el tío, todo chulo, incluso lo describe así: deus ex machina.

Desde ese momento avanzar en la lectura me supuso un auténtico ejercicio de voluntad. La razón de la existencia de la niña queda enfangada por la no–explicación previa de la naturaleza verdadera del viaje. A eso hay que añadir un fenómeno casi relativista de compresión temporal, al menos desde el punto de vista del viajero. ¿Cómo explicar la presencia de una niña humana, gestada y nacida, cuando se dice que el crononauta estuvo inmerso en su sueño (sí, de nuevo así lo describe el autor: el protagonista estuvo todo el tiempo tumbado en una camilla) un tiempo objetivo no superior a dos meses? Queriendo buscar un golpe de efecto, la niña, el autor se mete más y más en el fango. ¿Dar una explicación? Nada. ¿Para qué complicarse? Corre, corre a escribir otra página, a ver si el subnormal del lector que aun sigue leyendo el engaño de libro olvida ese error con más tonterías (congresos y fiestas años después, entre otras cosas). La novela se alarga más y más, de nuevo sin rumbo, agonizando llena de patetismo (pero patetismo el que siento yo, al ver cómo la estafa que este libro me supone sigue aumentando sin aparente fin). Al fin acaba. Y doy gracias de ello. No termina con un Los Serrano, aunque creo que si hubiera dejado caer ‘y despertó en su cama y todo se había reducido a un mal sueño’ hubiera dado más credibilidad al texto que no acabar de la manera en que lo hace.

Un espectáculo muy triste, la verdad. Triste y de vergüenza.

Pero más vergonzoso aún es saber que este bodrio se ha llevado premios, incluso de los propios escritores. Prefiero no saber los enredos de sobres, chanchullos y amiguismos que se debieron mover en esos Nebula (y en los otros premios). En su tiempo conocí los Ignotus con suficiente cercanía como para intuir la merienda de negros que esconden, algo en el más puro estilo ‘si tú me comes la polla yo te la como a ti’. Todo ello aderezado con los imprescindibles bandos, grupitos (casi lobbies) y partidismos. Muy español todo, vamos. Pero no me esperaba algo así de los anglosajones. Y sin embargo ya veo que ocurre. En todos sitios cuecen habas, y tras esta lectura entierro de manera definitiva mi respeto por todo premio para siempre. El hombre es hombre, y como tal propenso a esas mierdas de chanchullos y maquinaciones, todo por lograr destacar de entre la morralla media.

Nada, que se lleva un 2 y me parece mucho. Demasiado. Una estafa por parte del autor, del editor, de los premios, de la prensa… o eso o mi mente discurre por senderos muy distintos al de toda esa gente que lo alaba.

Sí, sin duda la culpa de esta crítica recae en mí, en mi cerebro, en mi forma de pensar. Me pongo yo el 2, por no saber apreciar esta joya. Eso me pasa por crítico, asocial y misántropo: no entiendo a los humanos.

Adiós.

PD: Una cosa que se me olvidaba decir. La portada de esta edición, tan infame como el libro, tan estafa, tan engaño. Todo es una broma en esta obra. Una broma de mal gusto. Y algunos hemos picado en ella de lleno. Nevermore.

Iván Hernández – ¿Existes?

Hola, culebras.

Iván Hernández - ¿Existes?

Iván Hernández – ¿Existes?

De nuevo toca reseña, pero en este caso una singular. ¿Por qué? Pues porque por primera vez reseño a mi querido Disneyman. He aguantado al señor Iván Hernández  (y él a mí, lo que casi seguro que tiene más mérito, sobre todo con el tirirí) durante años, como quien dice mesa con mesa en el trabajo. Y sin embargo hasta ahora no había leído nada de lo que ha escrito. Para esta primera vez he escogido una novela que tiene cierto trasfondo de ciencia ficción, ¿Existes? Pero aun con ese trasfondo de cifi Iván no podía abandonar su temática habitual: el romántico.

¿Existes? parte de la premisa de un futuro no muy lejano en el que frente a un Dubái (en cierta manera similar a Gattaca) hay otra zona (que nunca se llega a identificar) asolada y en ruinas cuya población vive en conflicto continuo, acosada por un enemigo en principio desconocid. En Dubái vive una de las protagonistas, Edel, una adolescente ‘imperfecta’ que no acaba de encontrar su sitio en la sociedad en la que vive. Refugiándose en la tecnología y los viejos ordenadores se convierte en una especie de hacker de las redes, adentrándose en sistemas antiguos, chats incluidos. En uno de ellos se encuentra con el otro protagonista, Alexander, que resulta vivir en la zona devastada.

A raíz de ahí se desarrolla una no muy creíble historia de amor. No creíble, al menos en mi manera de verlo, porque se narra de una forma demasiado apresurada, pasando del desconocimiento mutuo al arrobamiento en lo que se dice nada. Sí, hay una elipsis temporal, pero se describe de una manera tan esquiva que a mí no me ha acabado de convencer. Parece que Iván tenía prisa por saltarse esa época para llegar a la acción. Y con esas prisas se le olvida explicar otro detalle que desde el primer momento chirría, este de carácter de trasfondo: ¿dónde y cómo consigue Alexander conectarse? Se me hace muy difícil comprender que en un país asolado por la guerra, con todos los edificios de las ciudades poco menos que reducidos a ruinas, él consiga energía para su portátil (algo tan sencillo como decir que funciona con baterías solares lo hubiera solventado, por lo menos de forma aparente) y además de ello se conecta a una red informática: se me hace muy difícil comprender cómo las centralitas, los nodos y los servidores siguen alzados y funcionando en medio de las ruinas y tras años sin mantenimiento. Eso sí que se puede definir como pura ciencia ficción. O magia, agarrando de los pelos a Clarke.

En general las descripciones de los escenarios y del entorno rozan lo esquemático, por no decir simplista. Iván no se adentra en los aspectos sociales, algo que siempre sirve para centrar al lector: no se descubre la base de la economía de esa Dubái futurista (se habla una y otra de las encuestas, y sólo se cita de pasada la revolución social que llevó a las mismas), y mucho menos la del país devastado. Esa falta de detalle del entorno se puede perdonar en un relato, pero en una novela se me hace algo tramposo, por no decir descuidado.

Porque Iván se centra en tratar de desarrollar los sentimientos de los personajes y plantearles problemas y retos. Descubrimos en Edel a una auténtica subversiva, entrando en contacto con comerciantes de los bajos fondos; como contrapunto Alexander revela una faceta de conocimiento muy superior a la que aparenta en un primer momento. Juntando ambas progresiones de los personajes surge una pequeña y apresurada aventura amorosa, en cierta medida iconoclasta y antisistema, que entretiene al lector de una manera afectiva pero sin muchos fuegos artificiales.

En cuanto al estilo de escritura sólo podemos describirlo en general (salvo excepciones de las que hablaré más adelante) como llano, simple y directo. Adolece de un abuso del condenado verbo comodín ser, ese verbo que cada vez me salta más a la vista en todo cuanto leo: parece mentira que con la riqueza de verbos que poseemos –coloristas y descriptivos a más no poder– haya agente que abuse de unos pocos. Incluso bastante avanzada la novela hay un grupo de párrafos que (casi podría la mano en el fuego) no se han revisado ni siquiera una vez, tal es el la aglomeración de reiteraciones y seres.

Pero frente a esas sombras hay verdaderas luces: Iván demuestra un lirismo, una capacidad de crear prosa poética, chispas de lucidez que en momentos concretos casi deslumbra. No sé hasta qué punto podría intentar explotar esa faceta en forma de poemas, puros y duros, pero creo que no debería abandonar ese camino. Aunque debo admitir que mis conocimientos de poesía se reducen a lo estudiado en mi juventud, ojo. Tema aparte merece el que esos destellos poéticos no rocen lo ñoño: mis gustos están muy lejos de lo romántico, por lo que puede que lo vea desde una perspectiva viciada.

Poco más decir de este ¿Existes? No me ha disgustado, más si cabe teniendo en cuenta mi poca predisposición hacia lo amoroso. Ese hándicap (por completo personal, por supuesto) junto a los defectos de forma y de fondo, que los hay, hace que se lleve un cinco.

Nota final: que nadie piense que porque conozca a Iván desde hace años la reseña es ni más amable ni menos estricta. Por esa misma razón, la cercanía personal con el autor, ni se me ocurrió hacer una reseña para Bukus: prefiero no mezclar ‘dinero’ con gente conocida, por las posibles suspicacias.

Un saludo.

P.D.: Y de regalo para Iván otro temazo que también ponía en mis cascos mucho en cierta época en la 1ª planta: Zombienation.

Rene Berjavel – La noche de los tiempos

Rene Barjavel - La noche de los tiempos

Rene Barjavel – La noche de los tiempos

Hola, culebras.

Parece que estoy gafado. Muy gafado. Después de El último anillo opté por pasar a leer ciencia ficción ligerita, nada trascendente, así que entre La pila sequé este La noche de los tiempos de Rene Berjavel. Creía que me iba a encontrar con un texto nada complejo ni presuntuoso y dotado de cierto toque de romance. Pero ni de lejos me imaginé que me iba a dar de morros con la que posiblemente he de considerar la peor lectura de mi vida, tanto a nivel de obra como de traducción.

Suelo hacer un análisis más o menos profundo de lo que leo, pero este engendro supera en infame al ya de por sí aborrecible Demogorgo, lo que me obliga a no dedicarle casi ningún esfuerzo. La trama es deleznable, mal cuidada y torpe, haciendo que llegar al final del libro se convierta en poco menos que una tortura. No: en un total y absoluto calvario. Parece que lo ha escrito alguien que no sólo no tiene ni idea de cómo escribir un libro con temática de ciencia ficción, sino que incluso dudo de que sepa escribir. Así, tal cual.

Pero si a eso le sumamos la nauseabunda traducción el conjunto se convierte en todo un reto para las tripas y los ojos. Esta traducción, en días actuales, pertenecería al tipo ‘de las de Google translator’ (y puede que incluso esa máquina lo hiciera mejor). Frases deconstruidas (ni me atrevo a decir que están construidas), palabras sin sentido o fuera de lugar, escenas con descripciones aberrantes… Un horror. Supongo que C. Martínez no existe, que será un pseudónimo de alguien que se avergüenza de esa infamia.

Me parece una falta de respeto el que se edite semejante despropósito.

No voy a escribir más. Se lleva un merecidísimo cero patatero.

Adiós.

Robert A. Heinlein – El hombre que vendió la Luna

(Reseña redactada con fecha 8/11/2013.)

Hola, ofidios.

El hombre que vendió la Luna

El hombre que vendió la Luna

Tercera vez que leo a Heinlein. El resultado de las dos veces anteriores podría definirlo como dispar: Puerta al verano se me hizo como un mecanismo de relojería, con engranajes encajados a la perfección, pero frío y carente de alma; algo muy distinto me sucedió con La Luna es una cruel amante, una novela magnífica que, si bien mantiene esa esencia de engranaje bien diseñado y mejor conjuntado, posee una energía poco menos que desbordante. En resumen, un aprobado raspado y un muy meritorio sobresaliente. Con esos antecedentes tomé entre mis manos El hombre que vendió la Luna. ¿A cual de las dos anteriores se parecería más esa novela? Una vez leída ya pregunta ya tiene respuesta: a Puerta al verano, pero quedando incluso por debajo de ella.

¿Qué se puede decir de este El hombre que vendió la Luna? En un primer lugar aclarar que no nos encontramos ante una precuela de La Luna es un cruel amante, por mucho que su título nos lleve a pensar en ello. No tiene nada que ver con esa obra maestra, y casi que mejor.

Entrando ya en el contenido de la novela así de entrada hay que decir que adolece de unos personajes por completo planos. No, lo poco que se dice de los problemas matrimoniales del protagonista no solventan esa carencia: sigue siendo la misma persona que sólo está llena por un único objetivo. Y eso en cuanto al protagonista; el resto de personajes se limitan a meros comparsas, un convidado de piedra.

Algún lector puede que ya, sólo por la vacuidad de los personajes, ya hubiera calificado de manera negativa a la novela. Pero no es mi caso. Lo que peor me ha sentado en esta El hombre que vendió la Luna no lo encontramos en los personajes planos, ni en lo mal que ha envejecido (las tecnologías de las que habla están tan asentadas en la época en que se escribió que leyéndolo ahora, más de medio siglo después, rozan lo pueril), sino en algo que a mí personalmente me ha resultado casi ofensivo: la novela, toda ella, es una oda al capitalismo exacerbado.

Sí, lo admito: a medida que he crecido, viendo más y más injusticias en este mundo, me he vuelto con los años más cercano a eso que muchos consideran un demonio moral y político, el comunismo. Para mí el sistema capitalista saca a la luz lo peor del ser humano, el salvaje egoísmo y el más despreciable sadismo social, y sólo tras un cambio global de mentalidad (erradicando el egoísmo de entrada; venga, voy a poner objetivos alcanzables, ¡ja, ja!) y con el paso al comunismo como paradigma social se puede llegar a un futuro que roce la utopía.

Bien, en este libro uno casi puede encontrar un manual de ‘cómo llegar a mi objetivo pese a quien pese, saltando reglas y aplastando a quien tenga en mi camino’. Sin lugar a dudas ese pensamiento encaja a la perfección con un pueblo como el norteamericano, más aun en el tiempo de redacción de la novela (con una nación que ha salido victoriosa tras la 2ª Guerra Mundial y todavía no inmersa del todo en la enorme cagada del ‘Nam). No voy a desgranar el contenido del texto, pero sí apuntar algunas de las lindezas que en él se describen: retorcer la ley internacional, implicando a países extranjeros, para lograr una posición de ventaja; aprovechar vacíos legales con el único fin de sacar réditos comerciales; manipulación de masas (incluso de niños) vendiendo productos casi ficticios, o sin el casi, sólo para obtener fondos; oscurantismo organizativo, creando redes de empresas sólo para evadir responsabilidades y obtener mejoras fiscales (algo que en la España de 2013 nos suena a todos, y vemos los magníficos resultados para el conjunto de la sociedad que aportan esas prácticas); el uso y abuso de lobbies e individuos influyentes como manera más directa de llegar a los objetivos, evadiendo en la medida el control o supervisión de esos entes demoníacos que responden al nombre de Estado y Legalidad Vigente.

En resumen, la misma mierda que está haciendo del mundo la basura que ahora mismo es. Pero no sólo se queda en esto este alegato del capitalismo salvaje: además no encontramos con un protagonista que encaja al prototipo de persona ‘soy un iluminado pero todo lo haces tú, no yo, y para ayer’. Ese tipo de escoria la tenemos en muchos puestos medios o altos en nuestro país, criaturas que muchas veces rozan la sociopatía, o incluso se adentran en ella. Animales que sólo buscan alcanzar su objetivo, su visión, sin importarles los sacrificios que para los demás eso supongan: se debe alcanzar la meta a cualquier precio, y si en el camino hay muertos o familias destrozadas lo apuntamos en el balance como daños colaterales.

Como se ve he disfrutado mucho con la novela, sí. Quizá me sienta más sensible a todo esto debido a que me he visto obligado a tratar con megalómanos sociópatas como el protagonista. ¿Estoy ante la crítica más personal de las que he redactado en este blog? Puede, pero tengo bien claro lo que digo: detesto el alma que se desprende de esta novela.

En resumen, la novela creo que se merece un muy optimista 4. Al menos en cuanto a la cifi, que si la calificara por su mensaje…

Un saludo.

Karl Schroeder – La señora de los laberintos

(Reseña redactada con fecha 7/11/2013.)

Hola, culebrillas.

De nuevo otra lectura, y aquí estoy contando qué sabor de boca me ha dejado. Esta vez toca un libro conseguido en saldo (maravillosos saldos que llenan las estanterías de un no adinerado como yo). Voy a hablar de un libro cuyo título me llamó la atención por lo discordante teniendo en cuenta el género al que se supone pertenece. Leyendo en el lomo La señora de los laberintos yo pensé que me encontraría con una novela de fantasía, pero para mi sorpresa La Factoría la edita como ciencia ficción; y además de la parte hard de ese género. Como a mí el género hard se puede decir que es de mis favoritos resulta lógico que la novela no estuviera mucho tiempo en la Pila esta obra de Karl Schroeder.

Nadie me podía predecir el chasco que me llevé a posteriori.

En primer lugar tengo que dejar muy claro algo: si bien en la contraportada pintan a este hombre como escritor hard, y a esta novela inmersa en ese subgénero, yo me veo incapaz de incluirla dentro de ese espectro literario. Al contrario, como mucho puedo catalogar la novela como space opera, o incluso fantasía disfrazada de ciencia ficción. Vamos, de blanco a negro y sin transición. ¿Cómo ha ocurrido eso? Pues a base de abusar de la suspensión de incredulidad. Sí, cuando se lee cifi siempre (e insisto: siempre) hay que tener en mente esa maravillosa tercera ley de Clarke. De mano de ella la ciencia ficción hard puede lidiar con la aventura y el entretenimiento permitiendo crear pasajes creíbles aun dentro de la más o menos arriesgada especulación. Pero la línea que marca Clarke tiene un grosor en extremo fino, y al traspasarla uno se encuentra con cosas como esta novela de Schroeder. El autor obliga y obliga al lector a creer en una cantidad demasiado grande tecnologías, y circunstancias que las rodean, tecnologías que cada una por su lado resultan más o menos creíbles, pero que al juntarlas resultan por completo increíbles.

Realidad virtual omnipresente, redes sociales exacerbadas, implantes neurológicos, anillos espaciales, megaestructuras, inteligencias artificiales, memes, nanotecnología… todo eso y más encontramos en La señora de los laberintos. Pero llevado al extremo y imbricado de tal manera que, en realidad, no encaja.

No me voy a explayar mucho en detalles tecnológicos ni técnicos dado que no soy ni ingeniero ni físico titulado, sino un simple aficionado a ambas disciplinas que intenta usar siempre la lógica. Prefiero que alguien con mayores conocimientos lo haga para apoyar (o rebatir, oye, que todo es posible) mis opiniones. Sólo voy a entrar en los detalles que más me han llamado la atención y me ha chirriado.

En primer lugar voy a hablar del solapamiento de los colectores. No me cuadra pero que ni de lejos que se solapen los colectores como entidades de ‘realidad’ por completo distintas y al mismo tiempo haya materia física en ellos. Ejemplos de lo que digo están en los propios cuerpos de los humanos o los objetos físicos ‘permanentes’ que se sugiere que hay solapados entre los colectores. Quieran o no todos esos elementos físicos están sometidos al principio de no solapamiento: dos objetos físicos no pueden ocupar el mismo espacio. Esa premisa de la realidad no aparece descrita por ningún lado, sino más bien al contrario: en ningún momento se sugiere el que exista esa limitación, casi pareciendo que las simulaciones y las personas físicas poseen absoluta libertad de movimiento. ¿Qué pasa si dos personas físicas moviéndose por colectores solapados deciden colocarse, aunque sea de manera inconsciente, en las mismas coordenadas del anillo? ¿O si una persona física, avanzando con libertad dentro de su colector, sin saberlo intenta adentrarse en una zona que en otro colector alberga un objeto físico (estructura, roca, árbol, etc.)? A ese tipo de situaciones el autor, demasiado avanzada la obra, intenta explicarlas con una supuesta interacción de los colectores con el sistema muscular del individuo, ‘guiándole’ y ‘apartándole’ de esas situaciones peligrosas. He creído entender que el sistema ‘te empuja’ de manera sutil para que no ocupes el mismo sitio físico que otro objeto. Perdón pero eso se me hace por completo increíble: ¿un sistema de ordenadores capaz de monitorizar a varios miles de millones de personas viajando entre diversas realidades virtuales con supuesta absoluta libertad y que, además, manipule los sistemas nerviosos de los huéspedes de tal manera que evite choques? ¿Y los sujetos manipulados no notan esos empujones? ¿No se dan cuenta de que si quieren avanzar hacia ‘allí’ y que si en esa dirección hay algo físico invisible para ellos el ordenador les desvía? Vamos…

El escenario de la primera parte de la novela se desarrolla en un anillo espacial con gravedad artificial obtenida mediante giro. Eso no supone ningún problema… hasta que empiezan a ascender por él. La creación de un entorno habitable en el espacio usando un anillo consiste en hacerle girar de tal manera que  la unión del movimiento circular, el radio del anillo y la inercia de la materia en el anillo generen una mal llamada fuerza centrífuga que posea una aceleración igual a g. De nuevo ante eso no hay ningún problema. Pero sabiendo sólo un poco de física se tiene la absoluta certeza de que a medida que te acercas al centro de giro la aceleración (y con ella el peso) disminuye hasta desaparecer en el mismo centro. Pues bien: en la novela los protagonistas van ascendiendo y no se describe ni siquiera una mínima mención a ese fenómeno. Pero sí que hay un determinado momento en el que se hace mención al efecto Coriolis. ¿Otra vez el sistema de RV manipula las sensaciones de los individuos para que no noten eso? Demasiado.

Karl Schroeder - La señora de los laberintos

Karl Schroeder – La señora de los laberintos

A partir de la segunda mitad del libro el autor empieza a introducir una especie de meme autoconstruida y en cierta manera consciente. Este elemento no pudo evitar que recordar el engendro titulado Wyrm (M. Fabi). Sigo pensando que un meme, por sí  mismo, no puede considerarse un ente consciente. Mucho menos con inteligencia y ‘dirección’. Otra cosa sería que detrás del meme exista una inteligencia que lo ha lanzado y que intenta manipularlo y orientarlo para poder influir en los que siguen el meme… pero un trabajo semejante, con la caótica interacción humana como caldo de cultivo, tiene más de fantástico que de ciencia ficción. De nuevo mal.

Otra semejanza que me ha chirriado la encontramos en parte de lo buscado por un colectivo del libro, el objetivo jipioso de una especie de Gaia muy semejante a tal y como aparece en el final de la saga de la Fundación (Asimov). Admito que se trata de un prejuicio personal, pero esa opción para mí no es tal: en anular la personalidad nunca está la solución.

También debo resaltar que parece que La señora es una novela inspirada en las redes sociales como tuiter y feisbuc, sólo que llevadas al extremo. En la novela se puede contemplar todo ese fenómeno de los seguidores, los me gustas y demás zarandajas (sí, siempre me he declarado en contra de feisbuc, y tuiter lo usaba como manera de informarme rápida y distinta a los medios normales, pero de ella odio los típicos ‘estoy cagando’). El uso exacerbado de las redes sociales aparece en la novela en forma de la virtulización de las relaciones personales casi hasta el absurdo. Un horrible panorama que, para mi desgracia, cada día está más cerca de la realidad de lo que me gustaría desear.

Pero no quiero eternizarme con este libro ni con los defectos que le he visto: sin duda un físico, ingeniero o matemático encontrarán muchos otros. Ahora voy a hablar en concreto de la edición que he tenido entre manos: la de La Factoría de Ideas. ¿Qué debo decir de ella? Que adolece de una mala traducción, tanto que me he encontrado no sólo frases mal formadas, sino que algunas incluso resultan incomprensibles de leer. Poco favor le hace eso a un texto ya de por sí bastante mediocre. Además, en lo relativo a la labor editorial, decir que me he encontrado numerosas erratas, algo injustificable a estas alturas, cuando se ha convertido en unas de las editoriales valuarte del fantástico español. Mal otra vez.

En definitiva el libro se merece un piadoso 4, un suspenso que hay que aplicar tanto al contenido como al continente.

Adiós.

PD: Mira cuán anodino se me hizo el libro que le empecé a leer justo después de La torre de cristal y para cuando me fui de vacaciones aun no lo había terminado, algo que solventé ya en casa y convaleciente (La sequía de por medio).

J. G. Ballard – La sequía

(Reseña redactada con fecha 5/11/2013.)

Hola, culebras.

J. G. Ballard - La sequía

J. G. Ballard – La sequía

Cogí de la pila este libro de Ballard más que nada porque era finito y no suponía mucho bulto en la maleta: cuando se viaja y no te gustan los ebooks tan modernos hay que tener este tipo de detalles en cuenta. De esa manera La sequía entró dentro de mis lecturas. Por supuesto que no me imaginaba que su lectura iba a resultar tan accidentada (pero esos detalles forman parte de otra historia).

Siempre que leo a Ballard acabo con una extraña sensación de me ‘he perdido algo’. El ingles, aficionado a usar frases y descripciones a veces tan poéticas que rozan lo críptico, me deja descolocado. Está bien el dejar a la imaginación del lector campo para que juegue e idee, pero este autor a veces me parece que no se quiere implicar en lo que escribe dejando adrede en el texto cabos sueltos y detalles extraños sin explicar.

Por fortuna el libro no se asemeja ni lo más mínimo a La feria de las atrocidades, culmen de ese estilo enrevesado. En La sequía tenemos una historia dentro de lo que cabe lineal (en la medida que el estilo tan personal del autor lo permite), con unos personajes, una situación y una trama más o menos coherentes. De esa forma el libro nos describe en su primera parte una sociedad decadente, sorprendida por un muy poco creíble desastre climático (los párrafos en los que el autor intenta explicar la naturaleza del mismo y la reacción sociopolítica al mismo quizá constituyan la parte peor y más inocente de la novela). En ese entorno de sequía contumaz malviven unos personajes trágicos y pintorescos: el predicador que de manera obtusa afronta la situación y obliga a su decreciente parroquia a mantenerse atada a la iglesia, el rico arquitecto que con su carácter obsesivo pretende dar un golpe de poder, el médico repudiado por su comunidad que no sabe bien qué hacer, la bióloga emperrada en salvar un zoológico y acompañada de bestias humanas peores que las que albergan las rejas, el retrasado mental que acecha como una sombra, el niño perdido convertido en una suerte de Caronte recorriendo el moribundo río, los pescadores transmutados en locas hienas sectarias… Un conjunto de extraños personajes que el autor no acaba de aprovechar bien para darle contundencia a la historia: algunos de ellos aparecen de forma brumosa, simples y torpes pinceladas de algo bien podría haberse convertido en un magnífico paisaje pero que se queda reducido a un descoordinado bodegón.

Eso en cuanto a la primera parte. Tras un breve intermedio en plan road movie y unas escenas de una gestión de la crisis mal llevada por el gobierno (en lo que se refiere a credibilidad) llegamos a la segunda parte: la historia da un largo salto hacia adelante en el tiempo para mostrarnos a algunos de los personajes anteriores, ahora curtidos por un entorno salvaje y cruel. En esa segunda parte el autor nos describe una técnica de robo que por más que le he dado vueltas ni comprendo ni acabo de creer. Puede que forme parte de una de esas pajas mentales del autor y que un estudioso de Ballard la sepa sacar jugo e incluso interés: lamento decir que para mí resultó otra de las partes del libro sin sentido y tristes, si no penosas. En esta parte, como he dicho antes, vuelven a aparecer algunos de los personajes de la primera: destacan las figuras del doctor y el chico, ahora ya un hombre. Entre ellos se describe una relación que evoluciona de una manera muy poco creíble, demasiado folletinesca y de desenlace melifluo que no acaba de cuajar. De nuevo Ballard describe un entorno y unas situaciones que bien llevadas hubiera dado para mucho más que lo que al final hay.

La epopeya del doctor acaba en una tercera parte: un regreso a los orígenes en el que se encuentra al que creía y temía se convirtiera en su Némesis, ahora acompañado de secuaces a cada cual más distorsionado y grotesco. En esta parte final de la novela Ballard pierde el rumbo y se sumerge en un texto por completo onanista que desluce todas los posibles brillos de las secciones anteriores.

Para culminar hablaré un poco sin soltar (nada que reviente la historia) del final: una escena sin sentido, que no aporta nada a la novela ni que encaja en nada de lo descrito sobre la crisis mundial. Casi parece que el autor ha querido deshacerse de la novela y cortar por lo sano: tajazo y dejo esto de una vez.

Como libro de catástrofe climática no tiene nada que ver con el magistral Rebaño ciego. Pero el autor tampoco pretendía semejante despliegue, sin lugar a dudas, limitándose a narrar (mejor o peor) las miserias de los protagonistas.

Por todo ello, por su quiero pero en el fondo no me molesto, se lleva un triste seis.

Adiós.

Robert Silverberg – La torre de cristal

Hola, culebrillas.

Robert Silverberg - La torre de cristal

Robert Silverberg – La torre de cristal

De nuevo me toca leer algo de Silverberg, un autor que por ahora me ha demostrado que puede escribir maravillas como la saga de Majipur, o bodrios como El mundo interior. El libro que he leído en esta ocasión, La torre de cristal, tiende más a la segunda categoría pero sin sumergirse demasiado en ella.

En apariencia el libro gira en torno a la construcción de una torre ‘de cristal’, un dispositivo que se supone se comunicará mediante haces de taquiones con otra civilización situada en un estrella a trescientos años luz de distancia. Y es que la humanidad ha recibido un críptico mensaje enviado a través de ondas de radio y  otras frecuencias del espectro de la luz. Aquí el libro ya empieza a hacer aguas: ¿responder a una emisión infralumínica con una supralumínica? En un diminuto párrafo de la novela se intenta justificar esa aberración, como que los taquiones reaccionan con la atmósfera del destino o algo así. Partículas de masa negativa interactuando con otras masa positiva… Porque si no obligaría a algo casi aún más enrevesado: presuponer que el receptor va a desarrollar un sistema de escucha especial (a base de taquiones) cuando hasta ahora sólo ha usado el ‘rudimentario’ espectro lumínico. Vamos, como si alguien te llama la atención desde la lejanía con señales visuales con las manos y a ti se te ocurre responderle con construyendo una radio y respondiendo con ella, porque claro, mientras tú la construyes él la inventa y crea el receptor asociado.

Ahí tenemos el primer fallo del libro. Si toda su redacción se centrara en la construcción del sistema de respuesta supondría un despropósito absoluto. Vamos, en cierta medida como en El texto de Hércules, aunque hablaré de ello más adelante. Pero por fortuna el libro no se centra en ello: por el contrario despliega una vertiente menos hard y más social. En el libro se describe una sociedad humana futura en la que se ha llegado a un ideal de sosiego y la prosperidad sociales, en parte gracias a un sistema de teletransporte y a la aparición de unos ‘humanos de segunda’, de diseño de laboratorio, que hacen todos los trabajos desagradables y especializados. El autor los denomina androides: a casi todos los efectos seres humanos, pero optimizados, de piel rojiza, estériles y considerados por la humanidad como meros objetos, propiedades. Ahí, en ese conflicto acerca de qué es humano y que no, radica el nudo del libro. ¿Qué diferencia a un humano nacido de uno construido, cuando ambos sienten, padecen, sueñan en incluso creen en dioses? Un estudio de la esclavitud y de los conflictos que la aparición de movimientos abolicionistas genera en el seno de una sociedad futurista pero dependiente del esclavismo. También se da un pequeño repaso, por decirlo de una manera, al concepto del germen de lo religioso, del misticismo. En eso tengo que admitir me ha gustado esa visión de la religión como ‘cosa’ creada de manera sistemática y planificada: se ve que tras las religiones hay todo un artificio inventado por sacerdotes más o menos bienintencionados, más o menos ingenuos, y mucho más que menos ciegos y sectarios. Sectarios hasta el punto de… mejor me callo.

El libro ha envejecido mal en lo relativo a las dimensiones ‘mastodónticas’ de edificios civiles: ahora mismo, inicios del s. XXI, sólo hay que ver al Burj Khalifa para comprobar que si ahora pueden llegar a alturas de más de ochocientos metros, ¿a cuáles no llegarán dentro de dos siglos?

Un defecto que se me hace enorme es la aparente Inexistencia de un gobierno global real, un poder político que actúe de manera directa en la construcción de la torre. A ver, que el amigo Krug no está construyendo un castillito en sus terrenos, sino la antena que servirá de presentación de los terrestres ante una civilización extraterrestre. ¿Qué pasa, que un millonario egocéntrico se va a convertir sólo a golpe de talonario en el embajador de todo el planeta? ¿El poder político del planeta no tiene nada que decir en todo eso? La aparición de una segunda máquina en Contacto, construida a través de la iniciativa privada de otro millonario excéntrico, en la novela de Sagan aparece bien justificada: una última carta ante el desastre que la religión (la jodida religión) provoca en la construcción civil fruto de la cooperación de todos los gobiernos del mundo. En La torre de cristal todo se reduce al poder del dinero de un tío: un ejemplo de liberalismo extremo, despiadado y desproporcionado.

Un nuevo fallo, que casi roza el colmo del ridículo, lo tenemos en que la señal parece que sólo la recibe el amigote de Krug. ¿Ningún otro observatorio, ningún radioaficionado la capta? ¡Por favor! Ese enorme fallo ya tiró por tierra un texto muy posterior en cuanto a fecha de edición: El texto de Hércules.

Para acabar la reseña, y son querer destripar el final, debo decir que me entró una duda: han leído La torre de cristal D. Simmons (La caída de Hyperion) y Aguilera&Redal (Mundos en el abismo). Porque veo semejanzas. Algo ligeras, sí, pero semejanzas al fin y al cabo.

La nota final que le otorgo al libro, por su tratamiento de la realidad del hombre, la esclavitud y la religión, llega a un seis.

Adiós.

P.D.: Lo de meter la foto del libro me lo ha sugerido un buen amigo, Guille. Y la verdad es que así está mejor la cosa. ¡Gracias, Guille!

Joe Haldeman – El engaño Hemingway

Hola, ofidios.

Hace mucho que no leía nada de Haldeman. Lo último suyo que pasó por mis manos me dejó algo frío. Ahora, tras años en La Pila, le he dado la oportunidad a este El engaño Hemingway. No voy a negar la verdad: lo he cogido con cierto recelo. Demasiadas veces lo he tenido entre las manos, he leído la contraportada y lo he vuelto a dejar en la estantería. Pero ya le ha llegado el día.

¿Qué me he encontrado? En primer lugar un texto que en cuanto a estilo y forma, tal y como me temía, no puedo valorar con plena seguridad. Creo entender que el autor ha tratado si no de imitar si de captar el estilo de Hemingway. En mi caso, como jamás he leído nada de ese escritor, me voy por completo incapaz de decir si ha acertado o no en la tarea. Un punto negativo (para mí, ya que soy el único culpable de ello) del libro.

Pero sí puedo opinar del fondo, de la historia que narra. Y en eso debo decir que el libro cumple en un ochenta por ciento. Tiene un inicio decente y poco a poco se enredando. Salvando alguna sección en la que se nota a la milla que el autor ha metido paja (divagar sobre la sexualidad y las relaciones de los personajes, detalles que a lo largo de la obra no tendrá peso alguno) la lectura resulta agradable y dinámica.

Pero, tal y como he dicho, se trata de un ochenta por ciento del texto. ¿Qué sucede con el veinte por ciento restante, que coincide con el tramo final? Pues que el autor se mete en un barrizal del que no sabe cómo salir. Al final El engaño Hemingway se convierte en El engaño Haldeman: un final rebuscado, lioso, brumoso y que deja cabos sueltos (detalles que introduce a lo largo de la historia y que quedan en el aire sin la menor explicación, ni siquiera superficial).

En definitiva, un libro que se disfruta a medias. O a ocho décimos. Supongo que si conociera la obra de Hemingway me hubiera quedado más satisfecho. (Nota: leer algo de Hemingway.) Debido a mi ignorancia de ese autor no puedo ni pasar del aprobado a este El engaño Hemingway ni suspenderlo. Se queda con un cinco raspado.

Adiós.

Samuel R. Delany – Nova

Hola, culebras.

Sí, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que puse nada en este blog, pero es que he estado (y aun sigo) de baja, pachucho. Y además, por una vez en mi vida, estando enfermo no he tenido muchas ganas de leer. Eso indica lo mal que de hecho me encuentro. De esa manera un libro que en otras circunstancias no me hubiera durado ni una semana ahora me he tirado más de un mes con él. ¿De qué libro hablo? De Nova, de Samuel R. Delany.

Del señor Delany no leía nada desde hace muchos años. Pero muchos, muchos. Si no recuerdo mal la última vez que agarré algo suyo se trataba de la saga La caída de las torres, lectura que se me hizo por aquel entonces (yo no había siquiera superado la veintena de años) espesa y casi insoportable. Dado que no recuerdo de esa trilogía mucho ignoro cómo la afrontaría ahora, si me gustaría o no.

Pero sí puedo decir que este Nova lo he agarrado con cierto resquemor y miedo. La fama de Samuel R. Delany como escritor no–fácil le precede. ¿Y qué me he encontrado en esta novelita? Pues una aventura que, sin haber leído el clásico de Melville, creo que tiene bastante que ver con Moby–Dick. En resumidas cuentas se trata de la historia de un capitán de navío (estelar pero navío al fin y al cabo, con sus remos y todo) en busca de un premio demente, una meta que le puede llevar a la muerte, a él y a todos cuantos le acompañen en la travesía. ¿A quién tiene por compañeros? A la manera del Lobo de mar de London el capitán se hace acompañar de un literato, pero junto a éste hay un marinero y músico de origen terrestre (algo que en la novela queda claro que supone toda una distinción, una raza aparte) así como un peculiar grupo de marinos nacidos en los sistemas extrasolares.

Con esos ingredientes se podría esperar una novela de aventuras más o menos dinámica. Pero no. Nova, en vez de fluir de una manera continua hacia su meta se estanca en detallar los recuerdos del capitán y algunos de los miembros de la tripulación. Esos pasos a atrás en el tiempo de la historia tiene una excesiva longitud, haciendo que se rompa el tempo de la acción principal. En vez de llevar al lector a esos sucesos pasados (y que sí, que tienen peso en la historia principal) de una manera dosificada, con píldoras más o menos pequeñas, le empacha con páginas y páginas de historias secundarias que en un principio parecen por completo desconectadas de la trama base. Para más INRI resulta que algunos de esos recuerdos tratan de definir a algunos de los personajes de la tripulación, si bien otros miembros de la misma quedan por completo huecos, planos. ¿Tanto hubiera costado dedicarles a los mellizos o a la pareja de los pajarotos tanto interés como al resto? Como resultado de todo ellos tenemos un tratamiento de los personajes irregular.

Otro defecto que tiene la novela (este que me lo tomo a nivel más personal que otra cosa) lo encontramos en el uso de la pseudociencia. El autor trata de argumentar parrafadas técnicas para explicar el funcionamiento de ese mundo, pero la mayoría de ellas consisten en pura charlatanería con ínfulas de ciencia. Más le hubiera valido eliminarlas, soltar lo del flogisto a las claras y seguir adelante con la búsqueda de Moby–Dick.

Con todo ello el resultado final del libro defrauda un poco: da pena ver cómo lo que muy bien podía haberse convertido en una historia época acaba en agua de borrajas. Por todo ello le pongo un 6, y bastante me parece.

Adiós.

Sheri S. Tepper – La puerta al país de las mujeres

Hola, culebras.

Segundo libro que leo de la Tepper, tras el agradable Despertar. La verdad es que este libro, La puerta al país de las mujeres, me suena bastante. Me suena de haber oído hablar de él en la lista de correo de ciencia ficción (cuando todavía estaba en ella, cuando resultaba interesante estar en la misma y el chorro de 300 correos diarios no sólo no aburría, sino que resultaba casi adictivo: hablo de 1997, más  menos: ¡que no ha llovido ya de eso!). Mi edición tiene fecha de 1994, por lo que no sería raro que tres años después siguiera levantando un poco de polvareda este alegato feminista.

Bueno ya que he dicho la palabra clave, feminista, ya puedo entrar en harina en la reseña de este libro.

Sheri S. Tepper aprovecha un escenario post apocalíptico para pintarnos u modelos de sociedad por completo matriarcal. En un mundo devastado tras algo que intuímos tiene mucho de guerra nuclear, si bien en ningún momento se dice con esos términos (posiblemente debido a que tenemos como narradora a una mujer  de esa época, y todo apunta a que lo nuclear en esa época esta totalmente olvidado, junto con muchas otras cosas de las era pre devastación).

Lo dicho: feminista. El libro es feministas. Ya lo he dicho, ya he pecado. Pecar, sí, pecar: lo que en la portada reza como ‘alegato antisexista’ una vez leído se revela como un texto por completo sexista, en el sentido de que ‘la inmensa mayoría de los hombres son malos y no merecen reproducirse, debiendo ser vigilados por las moderadas y sabias mujeres. El libro, de forma somera, se reduce a eso: mujeres las casi siempre son buenas; los hombres en un porcentaje muy alto resultan dañinos.

Vamos, sexismo puro y duro, nada más que visto desde ‘el otro bando’. Por supuesto la postura me parece algo por completo defendible: por algo la mujer ha padecido (y aún la padece, en muchos países de forma sangrante) explotación, violencia y opresión. Resulta lógico e incluso necesario la existencia de libros como este: la mujer tiene todo el derecho a reclamar ese rol dominante, aunque sólo sea como en papel.

Tepper nos describe un panorama en el que la sociedad está dividida en dos colectivos bien diferenciados: los hombres ‘libres’, que viven fuera de las ciudades y hacen las veces de milicias defensoras de las mismas, siguiendo un escalafón militar. El suyo es un mundo sólo para hombres, sin lugar alguno para el sexo femenino. Por otro lado están las ciudades, recintos amurallados con reminiscencias medievales en cuyo interior se agrupan las mujeres, gobernadas por Consejos mucho menos estrictos que el de los hombres. Fuera de los muros reside la fuerza y el honor ciegos; dentro, la cultura y la ciencia. La fiereza de rasgos salvajes, irreflexivos, frente al sosiego y la meditación. Lo masculino ante lo femenino.

O al menos en grandes rasgos. Sí, hay mujeres más allá de los muros: las gitanas de vida licenciosa o aventurera. Dentro de las ciudades también hay hombres: sumisos siervos, la renegada deshonra de las huestes del exterior.

¿Las relaciones entre ambos mundos? Sexo con un único objetivo: el reproductivo. Falanges armadas y defensoras fuera, abastecidas el colectivo agricultor/artesano de dentro.

Y poco más… En principio.

Un mundo no de todo idílico pero que lucha por ello.

El contrapunto a esa sociedad lo hayamos ya bien avanzada la segunda mitad del libro: la Tierra Santa, una región de costumbres salvajes donde en nombre de la religión impera la endogamia y la brutalidad más absoluta hacia la mujer. Allí las consideran como apenas animales, criaturas pecadoras apenas necesarias para propagar la semilla del patriarca y de la raza. El blanco contra el negro. En la novela no hay más ejemplos de sociedad: o la demoníaca y bárbara de los puritanos endogámicos, o la escindida del País de las Mujeres. Porque la inmensa mayoría de los hombres tienen como único objetivo el poder, la violencia y el sexo. Y la inmensa mayoría de las mujeres gozan del sosiego, la calma sabiduría y la paciencia. Eso es lo que se extrae de la novela. Lo dicho, Tepper nos planta un discurso de sexismo crudo y directo, una ‘visión desde el otro bando’.

Cuando aparecen ciertos toques de gris, más allá de esos contrastes opuestos, llegan acompañados de una suerte de reproducción selectiva, como si se tratara de simple ganado. Y ganado además que en sus genes porta un plus añadido.

No puedo dejar de destacar otro defecto del libro: éste se acaba de enfangar, al menos para mí, cuando la autora usa y abusa de la P.E.S. (percepción extra sensorial). El entorno postapocalíptico creíble que nos describe en un primer momento (siempre en la medida de lo posible, se entiende) queda manchado con asuntos magufos, supercherías que al final de la novela se descubren como parte vertebral de… de todo. Una pena caer en todo esto.

Así la lectura resulta algo anodina, y los aderezos poco convincentes o incluso inapropiados, muy lejos de lo que recuerdo del otro libro. Una pena. Se lleva un humilde 5, nada más.

Chau.

Arthur C. Clarke – El fin de la infancia

Hola, ofidios.

Me pongo con uno de los autores clásicos por excelencia de la ciencia ficción, y con una novela del subgénero de ‘primeros contactos’: Clarke y su El fin de la infancia, una de las primeras novelas del maestro de la ciencia ficción hard. Tengo que admitir que por lo general Clarke me encanta. Hace mucho que no leo nada de él, por lo que ya tocaba. Por desgracia esta novela no ha resultado de mi agrado, ni mucho menos: se me ha hecho larga y lenta, de pesada lectura.

¿Por qué?

Por una razón por completo personal y subjetiva: lo descrito en ella no me parecido interesante. El asunto del ‘primer contacto’ como tema central siempre me ha atraído, ya en forma directa, cercana y detallada (como en el caso de Contacto) o con un tratamiento más aventurero y exótico (voy a citar sólo uno que me resultó tanto sorprendente como agradable, Camelot 30k), por no hablar de textos de desarrollo o premisa errónea (en eso destaca entre lo que he leído El texto de Hércules, con su americanocentrismo galopante).
¿Qué le ha pasado a este Fin de la infancia para que no me satisfaga?

Tras un primera parte algo tosca y torpe (la estratagema de la linterna, el presumir que la pantalla oculta al supervisor, y que en efecto eso ocurriera, me parece de lo más inocente) se llega a una segunda parte en la que empezamos con el tema místico/espiritista, algo que ya me hizo recordar el enorme chasco que me supuso en su día la lectura del final de Cita con Rama (ese su horrible ‘ahí va la tercera de Newton’). Y es que toda la escena de la ouija me da bastante asquito y repelús. Aparte me encuentro la inocentada del polizón… vamos, que el libro ha envejecido muy mal no, lo siguiente. Es en la tercera parte de libro cuando Clarke demuestra sus dosis visionarias: no olvidemos que la novela es de 1954: lo que se describe en esa última parte parece elucubrada por un jipi endrogao, y los jipiosos tienen su origen en los 60. Además el cambio de destino de la humanidad surge en la novela de una manera poco menos inopinada. Jajá, lo siento, no he podido evitarlo. Esta última sección del libro tiene bastante influencia de Stapledon, haciéndome recordar en cierta medida La última y la primera humanidad. Pero, allí donde el mago de la filosofía espacial lo bordaba, Clarke apenas llega a idear una diminuta fracción de las maravillas que ideó este otro.

Vamos, que no me ha gustado el libro. Aparte de que, otra vez, Clarke se carga a Newton y sus leyes sin siquiera intentar dar el menor atisbo de explicación (por no mentar las incongruencias como que unas naves que provocan presión en la atmósfera al moverse -ergo son materia- sin embargo no aparecen en las pantallas de radar -ergo son materia indetectable… ¿ein? ¿naves kilométricas de estilo Stealth?).

Por todo ello le pongo un 3, y mira que me duele otorgarle esa nota a un maestro que ha demostrado en numerosas veces su habilidad.

Adiós.

Premio UPC 2003

Hola, culebras.

Ya no me quedan en La Pila más UPCs por leer. Una pena. Debo hacer recuento y empezar a buscar los que me faltan. Pero antes de ello debo darle un repaso a este UPC 2003.

El libro empieza con la conferencia ‘Literatura abierta’, de Orson Scott Card. Se trata de un alegato de la literatura sencilla, llana, accesible, frente a la creada siguiendo estilos vanguardistas, incluso elitistas. Pero también suena a argumentación defensiva de los que tienen ideas (más o menos buenas) pero no tienen ni puñetera idea de escribir con un mínimo de estilo. Vamos, el eterno conflicto entre fondo y forma: ni hay que centrarse sobremanera en la forma (y en esto me viene a la cabeza ejemplos que se me hacen casi imposibles de leer, y mira que lo he intentado, como las poesía de Góngora o el Ulises de Joyce), ni dejarse llevar simplemente por la narración sin preocuparse de darle un poco de estética (y aquí entra buena parte de las obras hard, que de tan llanas parecen áridas, o de space-opera). Bueno, como conferencia se me hace flojilla, y su fondo de excusa (no sé escribir mejor y por eso me limito a esto) no ayuda a mejorarla. Le pongo un 6.

Tras la charleta del osito llega el relato ganador de esta edición: ‘Traficantes de leyendas’, de Jordi Font-Agusti. Y la primera en la frente: no lo he lanzado a la mierda por pura fuerza de voluntad. Que relato tan malo, por dios. Entrada le veo tres enormes errores:

  1. La base argumental, las leyendas como artificios para inventar un pasado histórico falso (unos antecedentes incluso a nivel de linaje), me parece una soberana estupidez. ¿Tendría de verdad mercado un producto basado en la creación de mentiras de tal bulto que a la primera de cambio, con hablar con cualquiera que tenga relación con el entorno real de la mentira, se desmoronan? ¿Y que hay gente capaz de pagar dinero (incluso fortunas) por eso? Ejemplo de diálogo que supone tirar por tierra toda la validez de la premisa del relato:
    • He pagado por creer a pies juntillas que soy hijo de la reina de Inglaterra Isabel II, y he pagado por ello un pastizal.
    • Pero si en los libros de historia no apareces.
    • Me da igual, he pagado una fortuna por creerme eso, y me lo creo.
    • El extremo del ridículo. Una despreciable exageración de Desafío Total, llevada al extremo.
  2. La excesiva inclusión de la política como gancho/guiño al jurado me parece fuera de lugar. Me importa un pimiento el independentismo (de hecho estoy en contra de todo independentismo/nacionalismo: sé que el futuro del Hombre está en la abolición del concepto Nación y la instauración del concepto Humanidad como Comunidad Global. Toma alegato al comunismo). Se enarbola la independencia de Cataluña y su sello ‘made in Catalunya’ como equivalente a calidad suprema a nivel mundial (joder con los aires de grandeza. ¿Superioridad de la raza aria? Una pamplina ante la raza catalana, que dominará por sí sola todo el universo), simplemente por el hecho de ser catalán.
  3. El estilo es malo y la traducción peor (a lo que se suma que hay numerosos gazapos de edición, lease no-galeradas). Juntos crean un engendro aburrido y sin gancho, con tremendos altibajos de ritmo, incluido el inevitable momento onanista. Me gustó mucho más leer ‘¿Quién necesita el panglos?’, que de igual manera trataba la identidad de Cataluña, pero desde una perspectiva menos chabacana y torpe.

Y ya no hablo más de este engendro, bodrio, basura, etc. Le pongo un 1, y mucho me parece.

Cuán diferente ha resultado leer ‘Polvo rojo’, historia a medio camino entre lo detectivesco (casi diría que cine negro), el space ópera y la aventura. Yoss (José Miguel Sánchez) no embarca en la persecución de un malvado alienígena fugado. ¿Quienes le persiguen? Nick Nolte y Eddy Murphy. Bueno, ellos no, sino sus clones del  momento, de relato: policía robótico y suigéneris, y un delincuente aún más extraño. Historia fresca, si bien no para tirar cohetes, que funciona y con un desenlace adecuado. Una pena que éste texto quedara por detras de la otra bazofia. Pero claro, no ensalza el potencial de la catalanidad como valor per se. Le otorgo un muy entretenido 7.

El tercer relato del volumen se titula ‘Sueño de interfaz’, obra de Vladimir Marfetán… digo, Hernández. Vladimir Hernández. o sé en quién estaría yo pensando, ja, ja. De nuevo un texto con toques de género negro, si bien en este caso el protagonista no es el persecutor, sino el grupo de perseguidos. Por desgracia el texto tira mucho hacia ese subgénero que detesto, el ciberpum. Y lo hace por desgracia aplicando las típicas triquiñuela de jerigonza pseudo informática para sacarse de la manga recursos, situaciones y soluciones. Vamos, otro Deus ex machina del copón. No está mal escrito hablando de lo relativo a estilo (salvando las numerosas faltas de principiante, presentes en todos los textos de este volumen, faltas que siguen a la vista debido a una muy evidente inexistencia de galeradas) y se deja leer pero el abuso de la trampa léxica ciberpumera, el ‘existe un problema y me invento una tecnología que lo soluciona’, no ayuda lo más mínimo. Por todo ello el relato se merece un 6.

Y voy con ‘Factoría cinco’, de Jose Antonio Bermudez Santos. Nos encontramos con una relato que podría ser mucho mejor y que por desgracia se queda en un quiero y no puedo. ¿Por qué digo esto? Por el tono, a veces demasiado desenfadado, y por las continuas (muchas veces cargantes) referencias y guiños al cine, literatura, música, televisión… parece que el autor ha jugado a meter más y más guiños. Chirría sobremanera el que en un mundo postapocalíptico se conozcan tantos nombres y referencias de cultura no sólo pop, sino casi underground. Y es un pena porque esa tontería empaña lo que podría ser una agradable historia al más puro estilo Mad Max, con una final sorpresa final… no lo digo, pero que en parte chafa el escenario que ha llevado el relato a lo largo de todas sus páginas. En definitiva, relatito agradable que se lleva un 6.

Acabamos el volumen con ‘Carne’ de Daniel Mares. El relato que no me ha agradado tanto como otros suyos que he leído antes, como por ejemplo ‘La máquina de Pymblikot’. Al principio resulta algo desconcertante e incluso cargante (sobre todo en cuanto a la manera de expresarse de los protagonistas) para luego acabar con una especie de debacle orweliana que lleva a un único final posible. Resulta curioso ver cómo los monstruos de ‘Carne’ son la idílica promesa futura de Hiperion. Que alguien junte a Simmons con Reyes y debatan esas dos vertientes tan iguales y al mismo tiempo tan divergentes del futuro 😛 Le pongo un 6.

El libro obtiene una nota en conjunto de 5’3.

Y por ahora nada más. Bueno, sí: que me he quedado en casa sin UPCs de los que suelo adquirir, de saldo. Con un poco de suerte encuentro por algún lado uno que no haya leído.

Adiós.

Richard Matheson – En algún lugar del tiempo

Hola, culebras.

Jamás de los jamases hubiera pensado que iba a acabar leyendo una novela romántica: ese género nunca ha sido de mi agrado por lo baboso, ñoño y ridículo que (en base a lo que se deja entrever en sus contraportadas) se esconde en sus páginas. Todavía recuerdo cuánto repelús me daba la estantería de una amiga, repleta a rebosar de novelas de lomo rosa (la chica debía tener cerca de un par de centenas de Jazmines y similares), con portadas clonadas unas de otras (siempre el galán tipo Ken con la jamona de turno entre sus brazos). Pero a ella le encantaba todo eso, y no podía evitar de vez en cuando ir a buscar más algún kiosko o tienda donde tuvieran más de esas novelitas, sin importarle si eran nuevas o de segunda mano. Una auténtica forofa del género vamos.

Todo lo contrario que yo.

Y en eso que hace unos días consigo a precio de saldo En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson. Me compré el libro sin mucha seguridad acerca de su contenido, pero es que el cholloprecio lo hacían  comprando cuatro volúmenes… y éste tuvo que entrar con los otros tres que sí quería adquirir. Y que era un Matheson, sí, el genio culpable de Soy leyenda y ‘Vampiro‘, entre otras maravillas. ¿Por qué, si he comprado tres que creo que me van a gustar y uno que no tengo ni puta idea de si va a hacerlo, empiezo las lecturas por éste último sumergiendo al resto en La Pila? Pues porque era finito. Joder con lo lógica y argumentación para escoger un libro de entre el mogollón de La Pila 😛

Por una razón u otra, a cual más tonta, la cosa es que esta mañana he acabado de leer En algún lugar del tiempo. Y vaya que me ha costado no tirarlo a la basura, sobre todo al final. Me parece una auténtica estafa considerar esto ciencia ficción, y me habla muy mal de la seriedad de los World Fantasy Awards: sí, este pestiño se llevó el premio en 1976.

Por mucho premio, por mucho estar editada en una colección de género, por mucho que lo digan en la contraportada, en esta obra la ciencia ficción luce por su ausencia. ¿Que hay un viaje en el tiempo? Sí, lo hay, pero el propio viaje es lo de menos: no aporta nada de nada a la historia. Más aun, el viaje en el tiempo se ‘justifica’ (y las comillas deberían tener un tamaño descomunal) sólo porque el protagonista se enamora de la foto de una mujer ya muerta. Si se tratare del retrato de una mujer que vive al otro lado del mundo y el viaje consistiera en viajar así, de punta a punta del mapa, no habría diferencia en el resultado de la novela.

Y es que en En algún lugar del tiempo lo importante, la trama principal, se reduce a una historia común y corriente, como las que hay todos los días en cualquier parte del mundo: el flechazo vivido por una pareja, un arrobamiento poco menos que animal. En definitiva, una historia de adolescentes para adolescentes (y para adolescentes de sexo femenino, todo sea dicho de paso).

Punto y pelota, nada más.

Estilísticamente hablando la novela se divide en dos partes bien diferenciadas: una primera redactada en un supuesto vuelapluma (transcripción de una grabación realizada en un magnetófono). Esta parte acierta de pleno en su realización al brindar al texto una sensación de presteza, urgencia, desesperación, incluso obsesión, captando muy bien el estado mental del protagonista. Luego está la segunda parte, de más extensión, ya redactada en un estilo más literario. Y ahí es donde Matheson la caga: no sólo porque a mí no me guste el rollo romanticón y baboso (que lo hay, y mucho), sino porque la novela se convierte en una sucesión casi obsesiva de detalles, de paja, de minucias descritas que no aportan nada a la historia. Es que incluso describe los menús del restaurante, por dios. Excesivo. Innecesario. Pero si Matheson no mete todas esas palabras, todas esas páginas y páginas de descripciones minuciosas, todos esos discursos de lo que piensa, sufre, vive el protagonista… sin esa enorme cantidad de paja el libro no llegaría a tener la extensión que posee, quedándose en un simple relato de extensión media.

No me voy a explayar más en este libro. Con él ya he leído literatura romántica por el resto de mis días. Le pongo un 3 (nota totalmente subjetiva debido a mi odio al género: a saber lo que opinarían de esta novela los amantes de lo romántico. Para ellos).

Un saludo.

C. J. Cherryh – Rimrunners

Hola, oficios.

Tras el libro patrio, prácticamente recién comprado, agarro uno que lleva en La Pila prácticamente quince años. La verdad es que de esta mujer, la señora Cherryh, sólo había leído antes un libro (El orgullo de Chanur), y no me apasionó mucho precisamente. Ahora retomo a esta autora con Rimrunners, otra novela que de entrada parece que pertenece al mismo género, el space–opera de aventuras más o menos trepidantes.

Una vez abrí las páginas del libro, y saltándome la muchas veces desacertada introducción de Barceló, me encuentro con la primera bofetada: una especie de introducción ‘para colocar al lector en situación’, que más que picarme con la lectura hizo que me entraran ganas de lanzar la novela directamente a la basura. Pero bueno, no es el tema crucificar todo un texto por sus primeras tres páginas, así que seguí leyendo.

Rimrunners empieza recordando en cierta medida Las estrellas mi destino, con un protagonista desesperado, en situación casi extrema, sólo y necesitando aferrarse a un tablón salvavidas, cualquiera que sea éste. Cómo no, el flotador llega y al cabo de las páginas nos encontramos leyendo una novela de ciencia ficc… ¡no! ¡Lo que tenemos entre manos no es sino una historia naval! Toda la obra se reduce a las relaciones entre diferentes miembros de la tripulación y sus superiores. Por un lado tenemos el protagonista, un marino de pasado militar, obligado a esconder esos antecedentes militares dado que, huyendo de una reyerta tabernaria, se ve obligado a enrolarse como grumete en una nave pirata; un capitán distante, perdido en su camarote pero capaz de evaluar a su tripulación con ojo de halcón; un tiránico y conspirativo contramaestre, encargado de crear y fomentar camarillas afines a él, apuntalando un sistema de poder alternativo al del viejo; un jefe de máquinas duro pero al mismo tiempo comprensible y conciliador; una tripulación esquiva y celosa de la extraña y especial intimidad que se da bajo cubierta, pero que al mismo tiempo puede llegar a mostrarse acogedora con el recién llegado. Y como pincelada colorista final de este retrato marino, tenemos a Ben Gunn.

Aparte de que este libro no pertenece al género de la ciencia ficción sino al de la novela marítima, decir que está escrito de una manera en exceso indirecta. Sí, esto merece una explicación: la narración es en una tercera persona demasiado vinculada a la manera de pensar de la protagonista. Todo se ve según sus ojos, y se narra desde un punto de vista y una experiencia absolutamente personal. Tanto es así que muchas veces suceden cosas aparentemente habituales y cotidianas para el personaje, y así se describen, pero que para mí como lector no son ni de lejos conocidas. Lo malo es que la autora se refiere a esas situaciones y conocimientos de una forma tangencial, cuando se da el caso de que demasiadas veces la naturaleza de dichas situaciones tiene un peso importante, si no vital, en el desarrollo de la trama. El lector queda expulsado de parte, o incluso todo, el significado de esas circunstancias y sus consecuencias, lo que hace que la lectura quede desvirtuada. Esto se convierte en ya un caos absoluto en la parte final del libro, llegados a la batalla final, cuando se mezclan las esquivas descripciones de los desplazamientos de los protagonistas por los muelles de la base con otros internos en la nave: alguien no entendido en temas de distribución de espacios en amarres espaciales y en naves de carga, en sistemas de alimentación de combustible, en combate con armadura espacial, etc., acabará totalmente perdido. Sí, la protagonista sabe de sobra cómo se organiza todo eso, y las reglas de comportamiento que un ataque con armadura en ese entorno puede suponer, pero que ella lo sepa no quiere decir que lo conozca el lector: es labor del autor hacerle cómplice para que lo pueda ver y captar en toda su realidad.

Sí, todo esto puede resumirse en pocas palabras: como escritor no me quiero pringar en dar detalles que luego me incriminen ante un público exigente. Pues bien, ante eso no des detalles, pero al menos sé capaz de hacer para el lector la escena atrayente y visual, y no esconderte en ‘como se supone que mi protagonista sabe de todo eso no lo verbalizo’.

Esa impresión de estar off de lo que se cuece en la novela (al menos a mí me ha pasado, que no soy capaz de comprender la importancia de los distintos turnos, la distribución de una nave como la descrita en la novela, o las complejas normas no escritas de las relaciones y subordinaciones existentes en una tripulación de un marino de pesca de altura) hace que no se disfrute. Por todo ello le pongo a la novela un muy raspado 5.

Un saludo.

Juan Antonio Fernández Madrigal – Fragmentos de esfera

Hola, ofidios.

Sé que es tarde, de hecho cuando ya ha cerrado, pero por primera vez leo un libro de NGC Editorial (sé que si Pili me pilla me mata). Pero mejor tarde que nunca, así que ahí va mi opinión tras leerme Fragmentos de esfera, de Juan Antonio Fernández Madrigal.

La verdad es que gracias a mi pésima memoria ahora mismo no recuerdo ningún contenido de los relatos de este autor, y eso que sé positivamente que a mis manos han llegado varios textos. De esa manera he leído este libro, se puede decir que con la mente virgen, con todas las ventajas y perjuicios que ello puede suponer. ¿Perjuicios? Sí, perjuicios. ¿En qué sentido? Pues en que la novela está inmersa en todo un ciclo que por lo visto ya está maduro, muy maduro. Esa circunstancia tiene sus pros (universo coherente y con trasfondo) y sus contras (que un lector nuevo no sea capaz de captar todos los detalles y significancias en el texto). Un buen autor puede hacer brillas los pros salvando los contras, sobre todo mediante más o menos pequeñas pinceladas de ese bagaje histórico.

Nota: al final de la novela hay una pequeña cronología de lo sucedido en ese universo ficticio y a uno se le queda cara de pasmo al ver todo lo que se dice que ha pasado a lo largo de los siglos, lo poco o nada que de esos acontecimientos se deduce en la historia, y por tanto lo poco que aporta dicho resumen.

¿Qué sucede con Fragmentos? Pues que no se logra ese equilibrio entre pros y contras, quedando un lector como yo –nuevo en ese ciclo– bastante descolgado, sobre todo al principio. Esta situación se agrava debido a que el primer protagonista sufre un problema de memoria (si no te conoces el universo de la novela ir de la mano de un enfermo de Alzheimer no es precisamente la mejor forma de avanzar) y a que todo se narra mediante primera persona, en una suerte de monólogo interior continuo. El recurso estilístico del monólogo interior se usa de manera continua a lo de toda la novela, resultando demasiadas veces cargante por las excesivas divagaciones del sujeto… defecto en el que el autor puede caer con suma facilidad por la propia naturaleza de dicho recurso. Esa visión en primera persona sesga la percepción que el lector tiene del universo que rodea al personaje, lo que de nuevo dificulta la toma de contacto con el entorno en el que éste se mueve. Así el lector no se entera de qué va el conflicto de fondo hasta pasadas demasiadas páginas, y eso haciendo a veces un alarde de imaginación/extrapolación: como resultado final el libro no resulta accesible para un lector no aficionado a la ciencia ficción.

A lo largo de las páginas vivimos en primera persona las peripecias de cuatro individuos, con el hándicap dos de que dos de ellos tienen serias limitaciones mentales. Ese detalle dificulta más aun la toma de contacto del lector con el universo de la novela, en tanto y cuanto que no sólo tiene que imaginar un mundo nuevo, sino que debe ejecutar esa tarea a través de los ojos de criaturas imperfectas (el monólogo interior de ambas no está del todo mal llevado, lo que repercute en una visión más sesgada y deformada, si cabe, de su entorno).

Vamos, que el autor se mete, él solito, en un desproporcionado berenjenal. ¿Sale bien del mismo? Por desgracia hay que decir que no. Avanzamos página tras página y llegados al final nos encontramos con un final que no es tal, con una situación mal explicada, o que al menos yo no he podido comprender. Un simple detalle que se describe en la penúltima parte de la obra no se explica en la última: ¿qué estalla en la telaraña? Se intuye una respuesta a esta pregunta, pero de una tan esquiva que no me sirve. Por no mentar que ese supuesto final no es sino un punto y seguido de algo más grande: la obra parece, más que un todo cerrado, un inicio de una historia más grande. ¿Tenía el autor algo así en mente, o se vio obligado a cortar por lo sano ante una imposición editorial? Lo ignoro…

Fragmentos me parece una obra que ha querido mostrar mucho, quizá demasiado, y que no ha sabido llevar al lector a ese impresionante mundo que sin duda es la Tierra bajo la Telaraña. ¿El error cometido? A mi entender un defecto de forma: la prosa intimista de Fernández Madrigal ha acabado devorada por sí misma, perdida en la reflexión interna, incapaz de describir bien ese universo. Si hubiera intercalado el monólogo interior con la tercera persona seguro que el texto hubiera ganado. Pero esto es lo que hay, y ya no se puede cambiar. Una pena. Espero poder leer otra novela más equilibrada del autor.

En definitiva, Fragmentos de esfera se me ha revelado como un libro de lectura exigente (no digo se trata de un texto difícil, pero sí de uno que obligue al lector a extrapolar datos en base a su experiencia lectora en cuanto a ciencia ficción) y por eso mismo mala elección para un primer volumen de una colección. Mal que me pese, un texto como éste no engancha a la media del lector, no digo del lector genérico, sino incluso del de ciencia ficción. Y eso por mucho que se trate en parte, como dice Pilar en la introducción, de una nueva visita a esa maravillosa obra titulada Frankenstein de Mary W. Shelley. Es que se deja llevar por la pasión y pasa lo que pasa: que se encuentra uno editando un texto que bien podría ser un segundo o tercer título de una colección, pero no el debut de la misma… y a saber si eso espanta a algunos lectores.

Con todo le otorgo a la novela un 6.

Un saludo.

P.D.: Que conste que, aun con esta reseña no del todo positiva, me apena conocer cómo ha acabado el proyecto editorial de Pilar Barba. Toda una pena que la cultura no comercial termine de esa manera. Estoy hasta los cojones de ver programas como Página 2 en los que mindundis consiguen editar sólo por ser periodistas, traductores o similar: cada vez me parece el mundo editorial más un gueto al que se entra por contacto o ‘carnet de x’ que por calidad de texto. Y eso sin meterme a comentar autores y obras de moda.

Greg Bear – La ciudad al final del tiempo

Hola, culebras.

Hace ya bastante que no leía nada de Greg Bear. Las pasadas navidades, cuando vi en la estantería de una librería este libro, su título me llamó la atención: me recordó a Eón, libro que leí hace ya mucho y que no me dejó mal sabor de boca. Así que me compré esta La ciudad al final del tiempo. Durante unos cuantos meses ha estado amontonada en La Pila hasta que ahora le ha llegado su momento.

Cuando abrí sus páginas esperaba introducirme en una historia de ciencia ficción en un futuro más que remoto extremo. No por nada se habla de ‘el final del tiempo’. ¿Algo como El mundo al final del tiempo, de Pohl? Pues seguramente sí, me imaginaba algo en cierta medida similar.

Pero iba a ser que no. La ciudad al final del tiempo dista de parecerse a la obra de Pohl. Incluso ni siquiera puede calificarse como ciencia ficción propiamente dicha.

¿Qué sucede con esta ciudad? Pues que el conjunto entero del libro podemos decir que es un homenaje a diversos autores, principalmente a mi querido William Hope Hodgson, si bien hay más referencias directas, indirectas o sospechadas a otros autores.

Empezaré por la primera, la más poderosa y descarada: la de W. H. Hodgson. Toda esta obra de Bear supone una especie de reescritura–homenaje a esa descomunal e interesantísima (en cuanto al fondo, que no en lo relativo a la forma) epopeya de Hodgson que es El reino de la noche. Los paralelismos saltan a la vista a las pocas páginas, en cuanto se describe la ciudad de El Kalpa y lo que la rodea. Las similitudes se van acrecentando a lo largo de la novela, hasta llegar a un punto cumbre de homenaje al autor inglés cuando le menta de manera bastante directa: uno de los protagonistas secundarios de la historia habla de cómo persiguió a un soñador que escribió acerca de un reducto muy similar a El Kalpa, soñador que murió en una guerra (Hodgson murió en el frente durante la Primera Guerra Mundial).

Pero como he dicho las referencias y relaciones con otros autores no se quedan en el autor de Essex.

Otra muy fuerte es la de Borges, sobre todo en lo relativo al uso de las bibliotecas y el concepto de ‘biblioteca de Babel’. La palabra Babel se repite asociada a las bibliotecas que se describen en la obra, e incluso en por lo menos una ocasión se nombra al argentino.

Hasta aquí las referencias más directas, pero hay otras más sutiles si bien no menos presentes.

Por ejemplo la manera en la que se describen a ‘los malos’ le recuerda a uno fuertemente al estilo de Clive Barker. Esa maldad retorcida y sucia, deforme y purulenta. Incluso los nombres (como La Polilla o la Princesa de Caliza) recuerdan al tan visual autor inglés. Incluso hay un momento en el que pensé en Yzordderrex (de su bastante digna del olvido Imajica) al tratar de imaginar El Kalpa.

Luego está la para mí bastante clara influencia de Michael Ende, sobre todo a la hora de describir las infestaciones que El Tifón hace dentro de la ciudad. Bear parece describir de manera casi idéntica el efecto de La Nada, el mal que amenaza Fantasía en su inmortal La historia interminable. Por otro lado Bear también insiste en el poder de la palabra (y por extensión de los libros) como fuerza creadora y sustento de la realidad, al igual que la Hija de la Luna enseñó a Bastian.

No se puede uno olvidar, en un libro que habla de la lucha contra el caos, de Michael Moorcock. La manera en la que el caos aparece en la novela recuerda muchísimo a la que el inglés  usa, sobre todo en los viajes de Elric. Por no mentar que el objetivo de la búsqueda de los protagonistas tiene cierto aire de Tanelorn, sobre todo cuando la describe como ciudad neutral que intenta mantenerse aparte de disputas y que sirve de refugio a los exiliados de todas las facciones. Vamos, Tanelorn.

Para acabar no puedo evitar mentar a Stephen King. A lo largo de la obra se hacen varias referencias a algo que casi parece Torre Oscura. En plan ya muy rebuscado juraría que hay ciertas insinuaciones de algo semejante al Rey Carmesí (o incluso al Rey En Amarillo, de Chambers), sobre todo por la manera de describir a ‘la hermana mala’.

Pero bueno, dejémonos de las posibles influencias del libro. ¿Qué nos encontramos en La ciudad al final del tiempo? Pues de entrada muy poca ciencia ficción, o mucha, si nos ceñimos de manera estricta a la tercera ley de Clarke. Vamos, que el libro más que nada pertenece a la fantasía, o como mucho a la fantaciencia.

Como trama poco hay que decir, la relación con la obra de Hodgson resulta tan extrema que no resulta nada difícil intuir el final, o algo muy cercano al mismo. Alguno de los paralelismos con el libro del inglés son poco menos que mosqueantes, como el caso de El Testigo y su clara influencia con respecto a los vigilantes de ‘El Refugio’, o la situación casi final con respecto al segundo refugio. Los paralelismos con el clásico, al menos, no resultan tan sangrantes como en otros casos. El libro avanza con lentitud, quizá con demasiada, tanto que a mitad del mismo todavía uno está esperando que ocurra algo importante. Se va saltando de un personaje a otro sin acabar de generar tensión, y en caso de algunos quedan mal explicadas sus habilidades. Al menos a mí no me cuadra lo del desplazamiento. Todo está explicado sin pillarse las manos, más aduciendo a la magia que a la ciencia, lo que en mi caso personal supone un lastre, un ejemplo de vaguería y poco compromiso del autor. Además al inicio del libro nos encontramos con que el autor disfruta de su momento onanista cuando describe de una tacada el entorno (más que nada las últimas edades del universo) que preceden a la instauración de El Kalpa.

Detalle quisquilloso: la manera de tratar el caos de nuevo peca en lo mismo que pecó Moorcock, equiparar caos con maldad. ¿Por qué autor tras autor se empeñan en meternos en la cabeza que lo aleatorio sólo puede significar maldad y corrupción? ¿En ese inacabable abanico de posibilidades nunca cabe algo positivo o bello? La ley y su estricta tiranía pueden ser tan terribles como el absoluto caos (idea que ya esbozó el propio Moorcock, para luego olvidar en sus textos). Entre la panoplia multicolor del caos puede tener su sitio oasis de bondad.

La edición que he comprado esta digamos que… mal. Bastante mal: bolsillo con numerosas, demasiadas, erratas. Al principio pensé que se trataba de un problema del traductor, Pedro Jorge Romero, pero al cabo de las páginas y más páginas de errores no sólo ortográficos sino incluso sintácticos sólo me queda pensar que se trata de una versión sin corregir, sin galeradas. Un nuevo triunfo para la profesión de editor.

En definitiva se trata un libro para pasar el rato, y para el que debes armarte de un poco de paciencia, sobre todo al principio. Insisto en que aunque lo vendan como ciencia ficción (así está encuadrada dentro de la editorial) pertenece más bien a la fantasía o a la fantaciencia. Nada que ver con un Clarke, Forward o Benford, por ejemplo. Si te gustan los autores a los que homenajea le encontrarás un cierto puntillo gracioso. Como nota le pongo un seis apuradito, que ya es bastante.

Adiós.

Olaf Stapledon – Sirio

Hola, culebras.

Cuánto tiempo ha pasado desde que leí mi último Stapledon: La última y la primera humanidad. La obra de este sociólogo, filósofo, visionario y humanista siempre me ha resultado interesante en tanto y cuando es muy diferente al resto de autores: él, más que novelas al uso, escribe tratados, incluso ensayos, con la característica de estudiar algo que no existe… pero que podría existir.

Así, en Sirio (y antes del descubrimiento del ADN) Stapledon nos sumerge en los resultados de la manipulación y humanización de animales. Sirio es un superperro, una mente cuasi humana (y a veces demuestra su superioridad, sobre todo en la madurez emotiva) encerrada en el cuerpo de un enorme chucho, con todas las limitaciones que ello conlleva. Por culpa de esas circunstancias el perro que no lo es ve cómo su vida transcurre en un limbo, entre lo canino (naturaleza con la que no se acaba de identificar al tratarse de algo inferior, animal) y lo humano (una realidad en la que por su físico y realidad sensorial no puede encajar). Ese limbo crea una personalidad atormentada que en cierta medida recuerda a la criatura de Frankenstein.

A lo largo de las páginas Sirio nos hace ver las glorias, miserias y mezquindades del animal humano: el entorno rural, vivo, atrasado y tradicionalista; la universidad, elitista y a su modo alienante; el sinsentido de la guerra; la religión, un engendro de base inexistente pero válido como factor de ayuda social; la superstición como detonante de la violencia y el drama. Todo esto, y más (incluida una experiencia mística y un demasiado católico flirteo con la religión), encontramos en Sirio.

Pero… es que Stapledon escribe Sirio nueve años después de Juan Raro. Y uno no puede evitar las comparaciones: de un lado tenemos la historia de un perro igualado mentalmente con el hombre, y que con esa óptica describe a su creador; y por otro lado hay un superhumano al que su condición superior lo convierte en observador privilegiado del animal humano. ¿Hasta qué punto Sirio es una reescritura de Juan Raro? ¿O los libros quizá se complementan, en tanto y cuanto que uno de ellos parte de algo que de lo inferior acaba igualándose con el Hombre, y el otro nos descubre a un personaje que se descubre como el siguiente paso en la evolución del Hombre? A mi entender es más un complemento que una copia: Juan Raro muestra un estudio frío y distante de la humanidad, mientras que Sirio lo hace desde una emotividad desesperada.

Lectura muy recomendable (si bien no llega a los niveles de mi favorito, Hacedor de estrellas) y, eso sí, para mentes abiertas: un obtuso muy bien puede acabar como cierto sacerdote galés y sus fieles, centrándose en lo que no es.

Le pongo un siete.

Adiós.

Iain M. Banks – El jugador

Hola, ofidios.

Segundo libro de La Cultura que me leo, y tercero de este autor, Iain Banks. Pensad en Flebas no me gustó mucho, la verdad. Y por desgracia este El jugador le sigue a la zaga, pero con un mayor defecto: a lo largo de la mayor parte del libro creí estar ante un remake de El juego de Ender, de Osito Card. Con ese regusto fueron pasando las páginas y las páginas de un libro que se reduce al más puro artificio: jamás uno llega a sentir el famoso juego. Se nota que el autor se toma el tema del juego y el que el protagonista sea un jugador profesional como una mera anécdota: hubiera escrito el libro de igual manera si hubiera elegido un burócrata y el hilo de la novela se tratara de un intrincado enredo burocrático. O un panadero y la mega barra de pan. O un barrendero y el reto de la enorme mancha de chicle pegada al asfalto.

La inconsistencia de la trama base del libro (la práctica del juego y la relación de su desarrollo y resultados con la vida socio cultural de los Azad) es clamorosa: el autor non intenta dar pruebas de esas premisas, limitándose a mostrar la importancia mediática de los jugadores y que el que gana se convierte en el emperador. ¿A eso se limita el juego, a un ‘Sálvame, Azad’ y una elección del portador de la Corona? ¿No se supone que definía de manera absoluta la política y gestión interna del imperio azadiano, creando con todo ello un sistema político único y sorprendente? Porque nada de eso se ve en la novela.

Sí, dirán que Banks escribe muy bien y todo eso, pero a mí me parece un tío incapaz de profundizar en los conceptos, que se queda en los detalles efectistas. Escribir una novela en torno a ‘el juego definitivo’ exige sumergirse en ese juego, poder palparlo, vivirlo y, si cabe, sufrirlo. Por lo que he leído Banks no ha jugado jamás a nada (ni juegos de tablero, ni de cartas ni similares), o no ha sido capaz de demostrar su experiencia en ello. Lo dicho: si Banks hubiera escrito la novela como El panadero y su reto ante ‘la barra de pan cósmica’ puede que le hubiera salido algo mejor. Porque supongo que, al menos, sabrá cómo se elabora el pan.

Vamos, todo el libro es una pérdida tiempo. ¿Cuál es su objetivo, más allá de la fallida experiencia de juego? Quizá describir una sociedad alienígena exótica, pero no llega a las alturas de Vance. O como choque cultural entre humanos y una civilización con una sexualidad muy distinta y temperamento salvaje… ah, que para eso ya tenemos La paja en el Ojo de Dios, de NivenPournelle. O como nuevo chapuzón en ese universo llamado La Cultura, pero es que en la obra poco se describe de ella.

En definitiva: El jugador es un fiasco todo él.

Me he acabado el libro y sigo sin saber si ha merecido la pena (al parecer esa es la opinión general de la gente) o, como me da la impresión, he perdido unas cuantas horas de mi vida con él. Y además habiéndolo pagado. A partir de ahora si vuelvo a leer algo de La Cultura lo haré a través de préstamo de biblioteca: le va a pagar a Banks por uno de estos libros su padre.

La nota, la nota… un cuatro y va que chuta.

Adiós.

P. D. James – Hijos de los hombres

Hola, culebras.

Primer libro que leo de P. D. James, autor que hasta la fecha ignoraba que se trataba de una mujer. Nunca me habían atraído sus obras, que no sé por qué me desprendían cierto aire de ‘libros mainstream, orientados a lectores viejunos y de mentes poco exigentes’. Prejuicios, sí.

Pero me sorprendió saber que la película de Hijos de hombres (ciencia ficción depresivo–realista en la onda Brunner) se basa en un libro suyo homónimo. De la película tengo un buen recuerdo, aunque con alguna que otra laguna en cuanto a la trama.

¿Qué me he encontrado en esa novela? Pues sobre todo una historia de personajes, y sobre todo de uno en concreto, Theo. Usando extractos de su diario personal entremezclados con partes en tercera persona se nos muestra el mundo tal y como lo vive Theo. Los textos del diario al principio se hacen en exceso explicativos: en las primeras páginas se describe de manera a mi entender demasiado apresurada el trasfondo del protagonista y del mundo en que vive, algo que asumo se debe a la nula experiencia de la autora en el terreno de ciencia ficción. En ese inicio apresurado se nos muestra la infancia de Theo, su difícil relación de igual a igual con su primo Xan (que en un futuro adquirirá el cargo de Guardián de Inglaterra), su drama personal en forma de la muerte de su hija. Entre todo ello, entremezclado con (hay que recalcarlo) excesivo apresuramiento, hay una descripción de la situación mundial y el problema de la natalidad. Todo ello, como ya digo, contado con excesiva celeridad, casi sin pausa, lo que me hace dudar de la capacidad de dosificar que tiene esta mujer.

Pero de improviso se pasa del apresuramiento a casi todo lo contrario, al deleite en el detalle. Con ese ritmo pausado uno puede disfrutar de lado las enajenadas relaciones sociales que se han forjado en esa Inglaterra al borde de la senilidad forzosa: entran en escena Jasper, el catedrático amigo de Theo, y su mujer. También aparecen Julian y Los Peces. Tras ellos, las aldeas costeras antes llenas de turista y ahora vacías, los rituales de suicidio más o menos forzado, la soledad ante la muerte, la alienación de la vejez, los museos que más bien son mausoleos… El terrible papel que realiza la mujer de Jasper en el quietus obligará a Theo a tomar parte en esa orweliana Inglaterra creación de su primo. Theo se adentrará en una especie de viaje iniciático hacia una rebelión desesperanzada, sin visos de éxito. Una rebelión que la hace más que nada contra sus propios fantasmas.

A partir de ese instante la novela sufre un nuevo cambio de registro, de ritmo: pasa de ser un texto con aspectos casi intimistas a una especie de historia de acción a medio gas. Entran en escena, y revestidos de una triste gloria nihilista, los omega, los extraños, bellos y salvajes últimos nacidos. Ellos son los protagonistas de una de las escenas más duras del libro, sólo superada por el quietus. Dicha escena sirve como punto de inflexión final de la obra: el sacrificio y el duelo que derivan en un descubrimiento, y ese en traiciones mutuas que desencadenarán el final. Éste, el desenlace, no goza de la plasticidad de la película (cuando todo se paraliza en torno al llanto del bebé) pero sí dispone de un breve duelo de armas, personalidades y concepciones del mundo.

En definitiva, una novela con un ritmo desigual, nada constante. Para los amantes más estrictos de la ciencia ficción decir que la obra carece de explicaciones, sobre todo en lo relativo al detonante del drama: el extraño fenómeno de la esterilidad mundial. En ningún momento se da el menor atisbo de las razones de ese cataclismo. Tampoco se describen, ni de lejos, los esfuerzos que realizan los gobiernos mundiales para hallar la solución (aunque sí que deja claro su poca o nula colaboración). Mucho menos recibe el lector una justificación a porqué de repente sí que queda en estado una mujer. No se explica nada de nada. Pero como estamos ante un novela de personajes, de situaciones extremas en las que la autora debate acerca de la religión, de las relaciones de pareja, del poder, de la represión policial, de la selección por parte del gobierno de ‘los limpios’ (genéticamente hablando, una suerte de eugenesia), de la explotación de los inmigrantes, de la represión y exilio de los criminales y disidentes, de la desesperación de un mundo que sabe que no tiene futuro alguno… da igual la razón para la esterilidad: está ahí como simple detonante y atrezo para describir sus efectos en la sociedad mundial, y su colapso moral. Para ver, más allá de esa desesperanza, cómo algo tan humilde como un nacimiento (aunque la madre padezca una deformidad que la marca como ‘sucia’) moviliza a los máximos poderes del país. Ahí radica, a mi gusto, el éxito de la novela: lo que está más allá de la ciencia ficción.

Pena que la manera de escribir y el ritmo pueden mejorarse mucho. Se merece un 6.

Chao.

AA.VV. – UPC 1999

Hola, ofidios.

Un nuevo UPC llega a mis manos, con su pequeña panoplia de autores. ¿Qué nos podemos encontrar en esta edición de 1999? Veamos.

La introducción, como ya es costumbre, viene en forma de la conferencia que impartió Robert J. Sawyer. ‘El futuro ya está aquí: ¿hay sitio para la ciencia ficción en el siglo XXI?’ podría rozar la perfección si no tuviera ese tufillo de autobombo. Nos encontramos ante un magnífico alegato en pro de la ciencia, que no aburre sino más bien todo lo contrario, invita a leer sin pausa. Se merece un sobresaliente 9.

Hablar de ‘Homunculus’, de Alejandro Mier, es hablar de un relato sosegado, de ritmo lento. Esa lentitud que se regodea en los detalles, en los ambientes y personajes hace que este relato, en base sencillo (de hecho casi se podría decir que lineal), acabe resultando predecible. Tan predecible, tan lento, que al final resulta un chasco: no hay nada original, ni sorprendente. Algo que muy bien se podría haber resuelto en diez o quince páginas se ha alargado a las ciento cuarenta. Ciento cuarenta páginas para nada. Pero aun no nada la manera de llenar esas páginas resulta agradable. Por eso se merece un 6.

Llegamos a ‘Iménez’ de Luis Noriega. ¿Qué decir de este relato? Poco bueno. O nada. Casi se puede decir que es impresentable. Un panfleto escrito con excesivo apresuramiento, de estilo caótico y desordenado. Posee una sintaxis penosa, con una puntuación deplorable. El detalle estilístico del no uso de la letra j queda ahogado por todo ese mar de mierda. No sólo no aporta nada, sino que le da al texto un aire pedante y pretencioso de un ‘quiero y no puedo’ que resalta su nula calidad. No recordaba nada tan malo en estas compilaciones desde que padecía ‘GRACOS’, de Gabriel Trujillo. Un nuevo ejemplo de la degeneración y volubilidad del jurado del UPC. Le pongo un 2 por no endosarle un 1.

‘El día en que morí’ (Fermín Sánchez Carracedo) empieza con un buen ritmo, que por desgracia luego pierde. Por desgracia acaba siendo un relato de desarrollo lineal y con un fuerte deus ex machina en lo relativo a la sucesión de muertes: están justificadas de una manera muy peregrina. He de admitir que no he sabido comprender el uso de la cursiva, dado que no he hallado una diferencia significativa entre esos textos y el resto ni por el tono ni por el punto de vista. Aun con esos defectos le asigno un 6.

El relato de Daniel Mares, ‘IA’, pertenece al subgénero del ciberpum, lo que ya de entrada le otorga un punto negativo: no me convence nada ese estilo, tramposo, cutre y sucio. Y en esta ocasión a esos adjetivos se deben añadir otros. Por un lado el relato está, por momentos, muy mal escrito (o eso o a sufrido de un salvaje destrozo por parte del editor), con faltas de ortografía y una sintaxis (y puntuación) a veces penosa. Por otro lado nos encontramos con un recurso final, al parecer del agrado del editor, pero que apesta a ‘no sé cómo acabar con esto, así que lo acabo de todas las maneras posibles’. Ni que decir tiene que ese último ‘recurso’, demasiado similar a los librillos de ‘elige tu aventura’ de cuando yo era un crío, ha sido el colmo que casi me ha hecho lanzar el libro por la ventana. ‘IA’ es (como sucede a menudo en estos supuestos relatos de intrigas y espionajes tan del género ciberpum) una historia hueca cuyo ‘sentido’ se descubre al final, sin pista alguna previa. En algunas partes la línea temporal se divide de forma brusca llevando al lector a la confusión. La impresión final es la de un texto apresurado, un borrador que necesita un buen repaso. Ni de lejos digno de pasar una primera criba en un concurso que se las da de tan importante como el UPC. Menos aun de llegar a las lecturas finales del jurado. Y, por supuesto, ni de lejos llegar a ser publicado. Parece como si, tras el muy interesante ‘La máquina de Pymblikot’, los jurados del UPC le hubieran dado barra libre para escribir lo que quiera y como quiera. Una pena.

Por todo ello se lleva un 4.

El libro deja una impresión final triste, la de un premio venido a menos. Al cerrarlo te queda el regusto amargo de que el jurado ese año 1997 tuvo que bregar con textos infames: si esos son los premiados, mejor no saber qué se quedó atrás.

Haciendo la media me da un 5’4, un aprobado raspado que no elimina el sinsabor que me ha dejado al final. Ya le pueden dar las gracias a Sawyer.

Adiós.