George Orwell – Homenaje a Cataluña

Hola, culebras.

Segundo libro que leo tanto de Orwell como de la Guerra Civil Española.

Me estrené con Orwell, cómo no, a través de 1984. Ese libro me supuso mi primera experiencia de ‘no me gusta lo que leo mientras lo leo pero de repente, al acabarlo, miro atrás y me quedo embobado’. No sé por qué me pasó eso (no disfrutar de la lectura a casi todo lo largo de la obra) y de repente, cuando lo cierro, ¡chas! me sorprendo con la densidad de lo leído, el mensaje que dirige… y con que me gusta. Sí, suena raro, ni yo mismo lo puedo explicar. Me limito a decir lo que me pasó. Sé que en un momento u otro volveré a leer 1984, para ver si se repite esa sensación.

Acerca de mi primer libro sobre la Guerra Civil Española ya hablé hace unas semanas, y no me voy a repetir.

Este Homenaje a Cataluña mezcla ambas cosas, lo novelesco y lo didáctico (en el sentido de conocer un poco más ese episodio de nuestra historia). Pero la mano de Orwell, sin lugar dudas, a la hora de narrar supera a Preston. Allí donde el historiador se hacía árido y esquemático, sin alma, Orwell demuestra una capacidad narrativa envidiable. Pero, a ver, que a un historiador no se le puede exigir una calidad literaria semejante a la un literato de la talla de Orwell.

George Orwell - Homenaje a Cataluña

George Orwell – Homenaje a Cataluña

El inglés, mediante una narración ligera pero exenta de potencia, nos muestra en primera persona su experiencia en el bando republicano. Nos describe las penurias del frente de Aragón de una manera mucho más vivida que la que aparecía en el libro de Preston. Con éste sabíamos de los graves problemas de desabastecimiento, de la penosa formación de los soldados, de las inclemencias que soportaron (ambos bandos, eso hay que decirlo). Pero con Orwell todo ello se magnifica, mostrándonos de una manera directa y detallista (si bien sin llegar al extremo de lo minucioso de un Stephen King) esas penurias.

La guerra que nos muestra Orwell tiene mucho, por no decir todo, de tragicomedia. Resulta triste, cuando no hilarante. Esos adiestramientos a base sólo de pasear porque carecían de armas con las que aprender a disparar poseen un patetismo absoluto: mandar al frente a gente que tiene ni idea de lo que implica un arma de fuego. Los chiquillos que llegaban al frente, por muy emocionados y llenos de energía que estuvieran, no dejaban de ser críos. ¿Qué sentido tiene mandar a ‘la guerra’ a chavales de quince años o menos? Y que además no tienen ni idea de disparar… Una locura absoluta.

Por fortuna para algunos de ellos les esperaba un frente esperpéntico. La ¿actividad? bélica en esos frentes de Huesca y Zaragoza rozaba casi el sainete. La inadecuación de las armas (algunas de ellas del siglo anterior), muchas en un estado pésimo, hacía que casi hubiera más bajas por accidentes que por fuego enemigo. Ese ‘combate’ poseía cierto toque que muy bien podría haber inspirado La vaquilla de Berlanga. La anécdota (el autor no la confirma pero, en vista de lo que ocurría por allí, no se me hace del todo imposible) del obús con apodo lanzado de un bando a otro sin que acabara de estallar roza lo surrealista… a lo puro Monty Python.

Los niveles de patetismo se superan, llegando a resultar tristes, pero muy tristes, al narrar la guerra civil sucedida en Barcelona tras el 1º de Mayo del 37. Se me ha hecho en especial patético ver cómo el espíritu anarquista desapareció en pocos meses para dejar de nuevo sitio al burgués. Ese cambio radical, del igualitarismo a la diferenciación de clases, sucedió en el tiempo que estuvo Orwell en el frente: tres meses. Pero lo peor no es eso, sino la forma en que mientras eso ocurría las rivalidades entre facciones de un mismo bando (comunistas frente a anarquistas) derivaban en lucha armada, sin sentido y más fratricida que nunca. Lucha armada auspiciada, según se lee, por el propio gobierno regionalista catalán que no dejaba de ser –como ahora– otro movimiento burgués.

Nota 100% personal: hablando desde mi ignorancia, en esos momentos creo que hubiera sido lo mejor apoyar a la facción de la CNT que apoyaba el ‘posibilismo’ y poner en suspenso la revolución proletaria hasta la victoria contra los rebeldes. Una vez vencidos ya habría tiempo de implantar y fortalecer esa revolución proletaria tan prometedora de la que Orwell fue testigo en su primera visita a Barcelona. Pero claro, qué fácil resulta hablar a toro pasado…

No voy a decir más de los hechos narrados, dejándolos a quien los quiera descubrir. Sólo decir una cosa: emociona mucho esa primera Barcelona que descubre Orwell. Y dejo bien claro que hablo de la primera.

La manera en que Orwell escribe te obliga a leer y leer. Ya te puede gustar más o menos el tema, puedes apoyar a los rebeldes ‘que querían salvar la patria del demonio del comunismo’ o bien estar del lado de las personas que, en el colmo del anarquismo y el igualitarismo, llegan a eliminar el servilismo inherente al escalafón militar. Porque Orwell muestra la pasión del protagonista, que lejos de un texto académico o frío (sí, me refiero al libro de Preston), entra a describir lo cotidiano mostrando tanto las miserias como las luces de lo que vio.

La edición que me han dejado tiene algunas pequeñas erratas, pero en general no molestan. Orwell usa un estilo narrativo llano, si bien con algunos defectos: respeto a los adverbios me remito a lo dicho por King; al abuso del verbo comodín ‘ser’ (a ver si me topo con un texto que lo use sin abusar) me remito a lo dicho en mis reglas.

En definitiva, ya para no enrollarme más, al libro le pongo un 7.

Un saludo.

Paul Preston – La Guerra Civil española: reacción, revolución y venganza

Hola, ofidios.

No soy nada dado a este tipo de lecturas, más que nada porque con ellas me hierve la sangre. El libro de Paul Preston llegó a mis manos a través de un préstamo y debo decir que lo agradezco mucho. Admito, no sin cierto rubor, mi relativa ignorancia con respecto a la Guerra Civil.

En mi casa de pequeño no se hablaba mucho de ella. Por parte de mi madre sólo salía el tema de que su familia durante años comió como quien dice sólo patatas: se trataba de familia de agricultores del norte de Palencia, y mi abuelo podía darse con un canto en los dientes por poseer una pequeña era donde cultivar lo justo para sobrevivir y dejar algo para unas ventas ridículas. Por parte de mi padre la cosa estuvo más complicada: mi abuela tuvo que mantener ella sola a sus cuatro hijos (que se quedaron en tres gracias a la polio en plena posguerra) pidiendo limosna por la zona de la catedral de Salamanca. Puede que Franco o incluso Serrano Suñer le arrojaran alguna perra chica mientras estaban en la ciudad dirigiendo la rebelión, o que la vieran –sentada ante el portón de la catedral, humillada– desde su ventana en el palacio episcopal.

Vamos, que provengo de familias adineradas donde las haya, de esas a las que la posguerra se les hizo un camino de rosas. Luego, cosas de la vida, voy a juntarme con una maravillosa persona cuyo abuelo materno yace (junto con otros dos de sus hermanos) en la cuneta de un camino cerca de Arenas de San Pedro. Si no recuerdo mal en ‘el de la Parra’. ¿Las razones de esas muertes? Según he entendido se debió a algo así como ‘si les mato me quedo con sus tierras’. Bueno, sí: y que alguno de ellos tenía ideas ‘no concordantes con los sublevados’. Según me dijeron iban a por uno de ellos, los encontraron juntos y dijeron eso de ‘tres por el precio de uno’. Mi suegra dice que murieron abrazados. ¿Cómo lo sabe? Seguro que lo diría en algún momento una tal ‘Levis 501’ (no estoy seguro del mote), que si no entendí mal fue uno de los que apretó el gatillo. El citado Levis por supuesto que vivió durante muchos años y muy tranquilo en el mismo pueblo, cruzándose con los huérfanos que había generado. Pero todo esto lo sé por medias conversaciones: todavía, casi ochenta años después, es un tema espinoso y molesto de hablar.

La Guerra Civil me ha desatado desde hace años algunas preguntas: ¿por qué mi abuela paterna estuvo durante años malviviendo en las calles de Salamanca, manteniendo sola a sus hijos? ¿Por qué jamás se mentó la figura de mi abuelo paterno, como si nunca hubiera existido? Mi padre ni mis tías jamás lo mencionaron. El silencio en mi familia posee tal intensidad que ni siquiera sé cómo se llama mi abuelo paterno. Lo digo en serio: mi abuelo no existe, es la mayor prueba que tengo de que se puede anular a una persona creando un vacío absoluto. ¿Se trataba de uno de esos represaliados cuya mera mención de su nombre suponía ‘problemas’? ¿Acaso mi abuelo militó en algún sindicato, o tenía ideas ‘inapropiadas’? ¿Tal terror se sembró entre mi abuela, mi padre y mis tías que incluso años después de la muerte del dictador siguió sin nombrarse su figura? La única prueba de la existencia de mi abuelo está en que tengo padre y tías, nada más. Por otro lado ¿en qué circunstancias jugaban de críos mi madre y mis tíos para llevarse a casa, como trofeo de sus correrías, vainas de obuses de artillería pesada? Una de ellas aún sigue en casa de mi madre, casi ochenta años después.

Sí, me da que la Guerra Civil ha marcado a mi familia.

Y a mí. De unos años acá pienso en esa mierda cada vez más a menudo. La culpa de ello la tiene en parte mi mujer. Me irrita sobremanera saber que su abuelo y sus tíos abuelos maternos siguen enterrados como perros sarnosos en una zanja mal cavada.

Para más inri ahora voy y leo este La Guerra Civil española: reacción, revolución y venganza. La lectura sólo me sirve para aclarar más todavía mi postura.

Antes de entrar en harina con el texto voy a decir algo: esos golpistas no eran de verdad ni católicos ni patriotas. Al contrario, sus actos sólo los pueden calificar como auténticos sepulcros blanqueados, hipócritas nada más movidos por el ansia de poder y riqueza. Si para lograr esos objetivos había que oprimir (y si hace falta matar) al igual, al hermano, se hacía. Podrán decir que ‘es que ellos quemaron iglesias y mataron curas, llevando al país a la ruina’. Su solución a esa situación (supuesta situación) supuso un genocidio de todos los que pensaban diferente. Eso en nombre de una supuesta religión que es amor. Demostraban el amor a su dios masacrando hombres y mujeres, niños y ancianos. Joder con el amor de los católicos cristianos. Por mí que se lo queden todo para ellos solos. Pero no sólo que se lo queden: ojalá el Gobierno legítimo hubiera ganado la guerra y pasado por las armas a toda la gente de esa ideología. Gente que antepone sus intereses económicos (que los morales demostraron que se los pasan por el arco del triunfo) a la vida de los otros no merece coexistir con personas pacíficas. Los cánceres se extirpan.

Ahora ya queda claro lo que pienso de Franco, Queipo de Llano, Mola y la horda de satanistas de facto que les apoyó y acató sus consignas y objetivos. Si alguno lo lee y le duele que se joda.

Al libro.

Cuando lo tomé en manos esperaba encontrar con un estudio sistemático y anotado de la Guerra Civil. En mi inocencia creía que iba a leer una descripción secuencial de lo ocurrido, con cada hecho relatado apuntado a su correspondiente referencia bibliográfica. Pero no. Preston nos presenta un texto carente de anotaciones, limitándose a narrar los hechos. Si queremos consultar las fuentes de cada acontecimiento debemos indagar en el apéndice bibliográfico final. No puedo negar que eso no me gusta nada: estoy (o mejor dicho, estaba) acostumbrado a textos técnicos con notas a pie, o referencias numeradas en el fin de la obra. Aquí no hay nada de eso. Dado que no suelo manejar este tipo de libros ignoro si se trata de una costumbre habitual o no. Ahí lo dejo, para que nadie se lleve la misma sorpresa que yo.

Otro defecto que no me ha gustado consiste en el ir y venir temporal. Tras unos pocos capítulos presentando antecedentes a la república, asá como el desarrollo de la misma, la obra se divide en lo que se podrían considerar capítulos temáticos: política interna, exteriores, tras las filas rebeldes, tras las leales, etc. En cada uno de esos capítulos recorre más o menos de inicio a fin la contienda. Eso hace que a lo largo de las páginas uno avance y retroceda en el tiempo varias decenas de veces. Llega un momento en el que cuando te da una fecha (día y mes) uno no está seguro del año al que se refiere. Mal, de nuevo mal.

Tercer defecto. Paul Preston se supone que es un historiador. No he hecho esa carrera pero creo entender que una premisa que se pide a un historiador es la de la objetividad. Historiador: el periodista del tiempo. En estos días no voy a negar la dificultad que supone el mostrarse objetivo y ajeno. Al menos el autor lo admite de entrada: se muestra partidario de la República. Bien. Tampoco hace falta mucho para eso, en vista de las atrocidades que cometieron los satanistas disfrazados de cristianos. Pero a veces se le va la mano con calificativos y expresiones (incluso interjecciones) poco menos que fuera de lugar.

Un último defecto: el estilo. Joder. Preston informa, da datos, explica situaciones, pero lamento decir que no tiene ni puta idea de escribir. Al menos en cuanto a forma literaria. Hay párrafos tan llenos de ‘seres’ y ‘mentes’ que dan vergüenza ajena. Algunas frases se vuelven farragosas, sobre todo cuando pretende escribir ‘florido’. Sé que no me he encontrado ante una novela sino que he leído un documento instructivo. Por tanto no le puedo exigir los mismos criterios de calidad estilística que por ejemplo le eché en cara al señor Miéville en su Kraken.

No tengo más faltas que poner al libro. El resto… me ha valido para conocer con más detalle esa historia que no hay que olvidar jamás. También me ha servido para descubrir el lado oscuro, y real, de muchos nombres de calles de mi infancia: Dávila, Mola, Calvo Sotelo, División Azul… Poco menos que me avergüenzo de haber vivido en ciudades que mantienen a esa bazofia en el callejero. No hay que olvidar, jamás hay que olvidar, y sobre todo esa barbarie. Pero tampoco ensalzar a asesinos (supuestos salvapatrias que en realidad masacraron a compatriotas).

Con el libro uno descubre tanto los antecedentes que llevaron a la instauración de la república como a lo que sucedió dentro de la misma: cómo la derecha, y el poder económico, se dedicaron a reventarla de todas las maneras posibles. Todo por hacer que el pueblo siguiera en la pobreza y sin derechos, y ellos reforzar los suyos..

Tras esa primer parte se describe la situación en la propia guerra, tanto en el bando rebelde como en el leal. Se habla de las patéticas luchas de poder entre anarquistas, comunistas y republicanos, de cómo esas tensiones en parte llevaron al colapso y derrota del Gobierno. En cierta manera se defiende la figura de Carrillo. Tampoco queda nada claro que él en persona diera esas órdenes, sino que da a entender que esa decisión provino del ‘el estamento dirigente’. Pero, ordenara quien lo ordenara, a mí me queda claro quién tiene la culpa de la muerte de esos miles de personas. Tiene cuatro letras en su apellido, empieza por M–O y acaba por L–A. Él sembró el terror al asegurar la presencia de los quintacolumnistas y de lo que iban a hacer. Siembra vientos… Debido a ese terror (los quintacolumnistas suponían un peligro mortal para el Gobierno) se desató la solución: unos intentaron desplazar a los posibles quintacolumnistas fuera de Madrid; otros, más directos, decidieron cortar por lo sano el problema y erradicar la amenaza. Vamos, al puro estilo de los rebeldes en su territorio, pero con todavía más argumentos para ello. De estar en el gobierno yo mismo hubiera estado casi a favor de esa matanza: no se podía permitir caer la capital por una amenaza interna; una amenaza de gente que ya había demostrado sus métodos salvajes en el territorio conquistado. Me parece de lo más gracioso que se le eche en cara a un ‘posible’  (que no seguro) instigador de las matanzas, Carrillo, cuando al mismo tiempo no se censura y ataca a todo un ejército rebelde que instrumentalizó la muerte y el terror por todo el país para someter a la población. Y eso que lo hacían en nombre de la unificación nacional y de una religión que profesa el amor. Lo dicho, sepulcros blanqueados. Sepulcros blanqueados que merecían ser demolidos hasta no dejar ni el menor rastro.

El libro prosigue con la evolución de la guerra, no dejando de lado la manera en el que los gobiernos extranjeros la afectaron. Léase por mal entendida neutralidad (que en el fondo se resumió en apoyo tácito a los rebeldes) o por intervención directa.

Tras una breve pero intensa sección final relativa esa supuesta pax franquista (una paz cimentada en el asesinado del divergente, en la degradación de sus familias y un ensalzamiento hipócrita de la religión y la patria) se entra en un extensísimo apéndice bibliográfico. Ese apéndice, todo un ensayo, no sirve para fundamentar lo dicho en la obra: no se dice ‘las fuentes de tal capítulo son éstas, la de este otro capítulo estas otras’. No, el apéndice sirve de guía de lectura para que el lector curioso se lance a investigar por sí mismo. Como objetivo me parece loable; sin embargo echo de menos esa ristra de referencias bibliográficas que sirvan de base a todo lo leído. El autor pide que tenga fe en todo lo que me ha narrado… o que me busque la vida e investigue entre todo el material que dice en ese apéndice. No me cuadra.

Habrá que seguir leyendo, de vez en cuando, más cosas sobre esa vergüenza nacional. A ser posible documentos más ricos en fuentes, fuentes citadas y glosadas.

A mí siempre me queda lo que sé de mi familia: la vaina de obús estuvo durante años en mi cuarto, y aún continúa en casa de mi madre; y el nombre de mi abuelo paterno, y toda su historia, permanece perdido en el silencio que tizna esa rama de mi familia; el abuelo de mi mujer y sus hermanos siguen ‘desaparecidos’ en alguna cuneta de Ávila.

Antes de acabar invito a leer, por indicativo del tipo de mentes que mandaban en el bando rebelde, lo siguiente:

  • Lo dicho por Queipo de Llano un 23 de julio (pág 215).
  • Las palabras del capitán Aguilera, en la página 227 de mi edición, relativas a su ‘teoría de las alcantarillas’ y la de ‘los limpiabotas’ (pág. 228).

Ahora vas y les defiendes.

Como nota final, al libro le otorgo un 6.

Adiós. Un adiós obrero y con el puño en alto.

Bertrand Russell – ABC de la relatividad

Hola, culebras.

Me da que he tomado una mala decisión al leer este libro. Nunca antes había pasado por mis manos un libro de Russell (nada que ver con el otro Russell), si bien conocía la figura del filósofo por cositas tan interesantes como su tetera. La cosa es que, animado por la lectura de la biografía de Asimov, me di cuenta de que hacía mucho tiempo (me atrevería a decir que demasiado) que no leía nada de divulgación científica. Así que cuando vi entre la estantería de La Pila este ABC de la relatividad me dije ¿por qué no?

Compré el libro en un mercadillo de segunda mano hace muchos años, y admito que con cierto miedo. La edición (de Muy Interesante) tiene ese horrible defecto de no poner nada en la contraportada. De esa manera uno no sabe a lo que se enfrenta. Pero como lector de la Muy durante años supuse que no estaría del todo mal y me decidí a comprarlo.

También ha influido cierta conversación con ciertos besugos (dicho con todo el cariño) de mi curro acerca de la película Interestelar, sobre todo en relación a los viajes con efectos relativistas y los agujeros negros y sus efectos sobre el espacio–tiempo.

Además hay otro detalle que me ha hecho abrirlo. En el tiempo que ha pasado que lo compré me he leído algunas cosicas. Por ejemplo Historia del tiempo y Brevísima historia del tiempo, dos de los ejemplos de divulgación científica más famosos de las últimas décadas. A eso hay que añadir que, siempre que puedo, me gusta navegar y leer artículos de divulgación.

Pero Hawking escribiendo a mediados de los años noventa es una cosa, y Russell a mediados de los veinte otra. Y nada que ver uno con otro, y ninguno de ellos dotados del estilo sencillo y claro del viejo doctor.

Bertrand Russell - ABC de la relatividad

Bertrand Russell – ABC de la relatividad

Porque hay que decirlo: el libro en demasiadas ocasiones se vuelve farragoso. No sólo se trata de que los ejemplos, a mi entender, se puedan mejorar, sino que esos mismos ejemplos se puede redactar de una manera menos oscura. Hay demasiados aspectos mejorables:

  • La separación de los párrafos: a veces tienes ‘tochos’ de casi una página que sin embargo en una lectura rápida piden a gritos puntos y aparte. Colocados esos puntos y aparte no sólo se ganaría en facilidad de lectura, sino en asimilación de conceptos bien diferenciados.
  • La sintaxis de las frases: en demasiadas ocasiones hay que estar buscando y rebuscando el verbo principal. Y eso cuando aparece, pero ese es otro tema.
  • La manera de encadenas los pasos de las demostraciones: en muchas de ellas, en vez de seguir un estilo lineal (el típico de una demostración matemática) del paso a paso, salta de uno a otro, vuelve al anterior para añadir un matiz. Eso cuando de repente se da cuenta de que necesita aclarar un nuevo concepto, para lo cual a –así, con todo el morro–te mete de repente otra demostración.
  • La manera de narrar a veces se hace tan superficial que nombra experimentos básicos, como el de Roemer y el de MichelsonMorley, y sin embargo no se molesta ni siquiera un poco en explicarlos. Bueno, del de Roemer dice algo, pero muy poco. O al menos eso he creído entender: en ese nivel de claridad estamos.

Todo eso me hace pensar en un texto inmaduro, no repasado. Y, debo admitirlo, eso se me hace muy raro viniendo de quien viene. No sé qué pensar. Supongo que el fallo, al menos en parte, no esté en el escritor sino en el lector. Leo en unas condiciones diría que precarias. La inmensa mayoría de los libros que aquí comento los he leído en los trayectos casa–trabajo, trabajo–casa. El primero lo hago muchas veces medio dormido; a menudo agotado el segundo, nueve horas después, lo padezco con unas ganas mortales de descansar. Sí, soy un viejuno. Viejuno y cascado. Pero se trata de los únicos tiempos en los que me puedo aislar (cascos y música de por medio) y disfrutar de la lectura en soledad. Admito como condiciones de lectura dejan mucho que desear, más si cabe ante textos como éste, en el que por ejemplo el autor intenta explicar el origen de las Transformaciones de Lorentz mediante geometría.

No me importa entonar el mea culpa, no. Mea culpa.

Pero hay una parte de culpa que no voy a admitir. Esa culpa tiene la forma de frases mal construidas, con palabras ausentes, a veces incluso verbos. No tolero que me deba parar a leer y releer una oración hasta cinco veces para descubrir que le faltan complementos vitales del predicado (hablo de explicaciones pseudomatemáticas que requieren todos los datos, no texto poético en el que se permite la elipsis). La culpa de eso se la reparten el editor y el traductor; que ellos decidan en qué proporción. Pero dado el tipo de edición (barata, de colección de quiosco, de 1985) me da que esa culpa recae más que nada en el editor.

Nadie puede negar es que el texto ha quedado anticuado. Y eso ha pasado por fuerza y no por culpa del autor. En los últimos noventa años la física, la astronomía y la cosmología han avanzado. Nada de materia oscura, ni teoría de la inflación (bueno, sí que habla muy, muy, muy de refilón de ella con el ejemplo de los enjambres de abejas sobre el campo), ni radiación de fondo, ni (por supuesto) campos de Higgs, ni vacíos cósmicos. Por contra mucha referencia al éter (supongo a que por entonces todavía resultaba duro abandonar esa idea), además de hablar de teorías que se me hacen por lo menos peregrinas, como la de la Creación Continua (que sin embargo veo que sigue viva. Alucino).

Me ha sorprendido mucho el intuir que habla de la teoría del universo holográfico. Al menos esa impresión me ha dado cuando ha tratado de describir la ‘realidad’ de la materia. Que sí, que puede que me esté equivocando pero ¿ni sería bonito descubrir que sentiste idea tan poderosa ya se barruntó hace casi un siglo?

Leyendo las conclusiones, sobre todo lo relativo al poder del observador, no he podido evitar pensar en Cuarentena de Egan. ¿Habrá alguna influencia? Nunca lo sabré.

Lamento ser un inculto en algo tan apasionante como la cosmología (y en general en la física): seguro que con una formación más profunda hubiera disfrutado mucho más de esos detalles.

Se me he hecho curioso que, al contrario que en todas las representaciones que he visto del espacio-tiempo einsteniano, con los cuerpos como pozos de gravedad, aquí aparezcan representadas como montañas: las estrellas y los planetas están en la cumbre de montañas. Eso sin embargo ha servido para hacer muy visible la descripción de caminos de mínima energía. Todo un acierto por parte de Russell. Ojalá alguien me diga porqué no se usa ya ese modelo.

Me ha hecho gracia, aunque lo comprendo, la insistencia en subrayar los espacios no euclidianos. Eso me ha hecho imaginar a Lovecraft leyendo el libro, y llevándole a alucinar dioses y horrores más allá de nuestro planeta.

En definitiva, el texto no me parece la mejor manera de introducirse en la Relatividad. Incluso alguien como yo, que la he estudiado a niveles básicos, he tenido problemas para ver algunas de las demostraciones. Tanto que he tirado más de mis conocimientos previos que de lo leído en el libro. Demasiado farragoso a mi gusto, y más embarrado aún por la edición. Una pena. Le pongo un 4.

Nótese que al contrario que con otros autores, como por ejemplo Walpole o Maturin, a Russell sí que le asigno una etiqueta: dejo abierto el camino a leer más de él.

Hasta luego.

Isaac Asimov – Memorias

Hola, culebrillas.

Hace mucho, pero mucho, que no leo nada de Asimov. Si no recuerdo mal lo último suyo que pasó por mis manos me dejó muy mal sabor de boca: El fin de la eternidad no me gustó nada. Pero nada en absoluto. Demasiado reiterativo, como si no quisiera avanzar, y carente de la maravilla de las otras novelas del autor. Por fortuna no me queda casi nada más de él en La Pila, así que me dije: supongo que esta autobiografía no me resultará tan desastrosa como ese libro, y si me lo leo me quito de encima un buen número de páginas.

Y así me lancé a sus Memorias.

Isaac Asimov - Memorias

Isaac Asimov – Memorias

El estilo con el que está escrita la biografía se ajusta a la perfección al que el propio Asimov usa en sus obras: llano, carente de florituras y directo. Se lee a una velocidad pasmosa, sabiendo entremezclar la crónica de su vida con anécdotas que lubrican la lectura. Al parecer, si se cree uno la biografía, el viejo era así: dicharachero como él sólo.

Entre lo más interesante, al menos para mí, está el descubrir los enredos del mundo editorial norteamericano. O al menos los que había entonces, pre y postguerra. Aparecen editores ahora de renombre, como John Campbell, otros que conocía menos junto a un buen montón de los que no había oído hablar nunca pero que para resultaron un apoyo. Hay que admitirlo: me da envidia el ver cómo allí, en esa galaxia tan lejana llamada Estados Unidos, se paga por escribir ficción. Y algunos incluso viven de ella. Lo dicho: me da una envidia enorme.

El libro también sirve para conocer más a nombres que todo lector de ciencia ficción conoce de sobra. Pohl, Heinlein, Silverberg, Ellison, Bova… la lista seguiría, pero baste con decir que Asimov, sólo por edad, conoce a casi todos.

También leyendo la biografía me he ‘explicado’ el porqué de ver en las estanterías no sólo libros suyos de ficción, sino otros muchos de no ficción, sobre todo divulgativos. En mi escaso conocimiento, me parece que Asimov puede entrar en eso que algunos llaman ‘hombre renacentista’: un sabio de todo. No practicó el dibujo y la ingeniería, como Da Vinci, pero en lo relativo a su papel como divulgador Asimov parece que ha tocado casi todo lo imaginable.

La biografía describe tanto a la persona como a sus diversas etapas productivas: el inicio en la cifi, su larga etapa de no ficción y su regreso a la ficción, esta vez ya conjugada con la divulgación. Todo ello sumando una cantidad apabullante de palabras. Porque, en efecto,  si una palabra puede describir a Asimov esa es prolífico. De pequeño (los ya lejanos ochenta) me llamaba la atención encontrar en las librerías, aparte de sus libros de la fundación y los cuentos, otros de química, de artículos… incluso de ¡historia! Leyendo la biografía todo queda explicado. Lógica la admiración de Toharia ante el viejo patilloso.

Asimov no sólo divulgaba con sus escritos: también los hacía mediante conferencias y con charlas o entrevistas. Y este comentario me permite introducir el enlace a una de las dos entrevistas que él mismo considera entre sus favoritas: la que le hizo Bill Mollers en 1988 (si me he equivocado que alguien me lo diga). En definitiva, una biblioteca con patas, eso parecía el profesor (en uno de los capítulos él mismo se admite que hay gente que le considera así: el ‘pregúntaselo a Asimov’).

Hasta ahí todo bien.

Ahora viene lo malo: Asimov hablando Asimov de sí mismo. No le voy a negar que se haya sincerado. De hecho viendo la manera en que se describe todo apunta a eso: engreído, prepotente, re–sabiondo. Nada que un aficionado al ruso–americano no desconozca. Pero teniendo en cuanta esa naturaleza suya la lectura me hecho dudar de si el talante fantasma del señor no ha hinchado un poco o bastante la genialidad de la que habla. Ejemplo: decir que durante la juventud ya había leído todo lo que dice haber leído entra en conflicto con lo que él mismo dice, que en ese época la tienda de su padre le absorbía demasiado tiempo. Una cosa es leer rápido, otra decir que posee una habilidad casi similar a la de Rainman. Hay más ejemplos de exageración que huelen a ‘asimovadas’.

Aun así los pros (una visión al mundo editorial de un monstruo de las letras, y todo cuanto le rodea) superan a los contras (esos aires de megalomanía). Y eso que admito que esto de las biografías no acaba de ir conmigo: nunca antes había leído una, y no sé si repetiré la experiencia. No le acabo de sacar el punto de interés que sin embargo sí encuentro en un libro de relatos o una novela. O incluso en un texto divulgativo. Todo eso me llena más que leerme la vida de un tío.

Bueno, se trata de una mera cuestión de gustos. Aun con todo me parece un libro curioso e interesante, por lo que le pongo un 7.

Adiós.

Mis reglas de escritura

Hola, ofidios.

Por una vez, y rompiendo la regla que me marqué hace cosa de año y pico, voy a dejar aparte las reseñas. Pero me voy a saltar esa regla para hablar de las reseñas mismas. Concretando un poco más, de lo que busco y demasiadas veces no encuentro: lo que yo entiendo por escribir bien. Esto viene a cuenta de un correo que me ha llegado hace unos días. En él, un lector de este blog, más allá de alabar mis reseñas (algo que le agradezco: no viene mal que de vez en cuando alguien haga eso), me pedía que redactara una lista/decálogo de consejos. Pero de una manera acorde con mi blog: condensar en una entrada los defectos que suelo encontrar en lo que leo y, a partir de ellos, crear una especie de ‘no hagas esto, por dios’. Me pedía que me centrara sobre todo en le terror ya que en ese género él quería empezar a escribir. Pero yo, como voy por libre y nadie me paga, hablaré de eso y de más. En otras palabras, hablaré de lo que quiera y como yo quiera.

Inciso: tras unas pocas lecturas ‘patrocinadas’ (o con textos cedidos amablemente por algún editor/autor) he comprobado que mi misantropía me obliga a no tener deudas con nadie. La única (primera y última) vez que he tenido que hacer una mala reseña me he sentido mal, muy mal. En cierta medida lo viví como una especie de traición: por un lado al editor que se ha esforzado en publicar eso y que sin embargo va a recibir un mal comentario; por otro lado a mí mismo, en el sentido de que si me mostraba más o menos magnánimo sabía que estaba me engañando tanto a mí como a la gente que sige este blog por mi manera de criticar. Por eso me he impuesto no hacer nunca más reseñas de libros ‘regalados’ y sólo comentar los que me llegan por mis propios medios. Con ese espíritu independiente he redactado estas ‘reglas’. A quien le gusten y las crean útiles les felicito, y me agradaría que así me lo hicieran saber; a quien no le guste, por cualquier razón, puede salir de mi página y no regresar a ella jamás.

Habiendo aclaro ese punto sigo con el asunto de esta entrada del blog: mis reglas. Pongo por delante que no poseo título académico alguno que abale mis opiniones. Ni soy lingüista, ni filólogo ni nada similar. Como defensa de lo que a continuación voy a poner tengo dos cosas:

  • Mi criterio personal. Por su carácter personal ese criterio puede que tenga poca validez, o incluso nula. Al fin y al cabo ese condenado criterio, esa manera de ver la vida y de exigirla, no me ha llevado ni a la fama ni a la riqueza sino a una vida gris, anodina y anónima.
  • Mis más de treinta años como lector. He tenido fases poco menos que compulsivas, como aquella vez en mis tiempos mozos cuando me llegué a leer quinientas páginas de una tacada en un solo día. Sí, eran otros tiempos y no lo volvía a repetir, pero ese libro lo devoré. Ahora con el paso de los años, al disponer de menos tiempo para leer y una perspectiva literaria mucho mayor, sí que me he vuelto mucho más crítico y exigente. Esta época de crisis, en la que si suelto pasta en un libro y me encuentro una mierda me cabreo mucho, ha acentuado ese ojo crítico.

Con esas dos premisas tan personales me voy a subir en un púlpito virtual. Ya está. Listo. Sólo me queda empezar a… a predicar. No digo pontificar por lo ampuloso del concepto y porque la única Iglesia que ilumina es la que arde me da grima.

Empiezo. Cuidado que vienen curvas.

Mis consejos para lograr un texto digno

  1. Ante todo, y aunque parezca redundante como cabecera de esta sección: cuida la forma. Voy a soltar una par de topicazos con respecto al aspecto de algo o alguien: ‘la primera impresión es la que cuenta’, ‘la comida entra por los ojos’. Seguro que muchas veces los has oído y seguro que has respondido con lo de ‘pero la belleza está en el interior’. Bien, no te voy a decir ‘¡y una mierda!’ porque tampoco es para ello, pero sí que te voy a dejar claro que a la hora de escribir hay que cuidar la forma, y mucho. En mi caso, si me encuentro un texto de forma descuidada –en toda la extensión de ese concepto– me predispongo mal hacia él. Así de claro. Te guste o no así son las cosas. Si los ojos me sangran leyendo tu texto ya puedes estar narrando la historia más maravillosa que ha conocido la humanidad en sus miles de años de tradición, que lo voy a mandar al estercolero del que lo has desenterrado. Cuida la jodida forma.
  2. Puntúa bien. Puede que no sepas lo que es la E.G.B. Yo sí porque la viví. En mi colegio el tema de la puntuación lo llevaban a rajatabla. Yo no te pido tanto: sólo saber usar los signos que disponemos en nuestro idioma. ¿Quieres pasar mi prueba del algodón en ese sentido? Busca en tu texto ‘puntos y coma’ y cuéntalos. ¿Tienes alguno o bastantes? ¿O ni siquiera aparecen en él? Te lo digo desde ya: si no tienes ninguno mucho me temo que no puntúas bien. El punto y coma, ese que parece casi nadie sabe para qué sirve (o al menos se olvidan de usarlo), existe y posee su utilidad. ¿No sabes cómo ni cuándo? Entonces seguro que tampoco sabrás aplicar bien la coma o el punto, por no hablar de los paréntesis, los corchetes o los guiones. Hazte con un manual de sintaxis y aprende: todos hemos pasado por ello.
  3. Juntando los dos puntos anteriores llegamos a la zona de las expresiones rarunas. Y en eso entono, y bien alto, el mea culpa: yo mismo peco de eso. ¿Por qué? Yo digo mis razones (y a lo mejor suenan a excusas, pero esto es lo que hay) y tú decides si encajan con las tuyas. Cuando escribo un texto dedico a ojo de buen cubero un 50% del tiempo a la primera redacción y el resto a la revisión y corrección. Leo las frases una y otra vez, las retuerzo, las cambio el verbo, el orden de las palabras, analizo cuáles encajan y cuáles no. Llego casi a saberme de carrerilla el texto. ¿Qué ocurre con eso? Pues que lo tengo tan interiorizado (el mensaje y la forma de expresarlo) que llega un momento en que no leo, sino que mis ojos pasan por encima del texto en una especie de recitado más que lectura. Eso me hace no ver los defectos formales, sobre todo esas expresiones rarunas, porque en mi cabeza (tras decenas de cambios y cambios de redacción) ya ‘suena’ bien. ¿Cómo solucionar eso? Si no te pareces a mí y posees vida social consigue hacerte con un círculo de lectores cero, gente que lea tus textos y descubra ese tipo de defectos. Requisito básico para contar con alguien como lector cero: debe leer mucho y tener criterio y mala baba; uno de los del Marca no sirven. La otra opción para evitar eso consiste en dejar el texto al barbecho y luego imprimirlo y leerlo repantingado y con un boli a mano.
  4. Incluso si sabes puntuar, para que no se te cuelen como a mí expresiones rarunas, debes leer en voz alta lo que escribes. Que sí, que sé que suena un poco psicótico ir por ahí declamando a la nada tus textos. Pero si puedes hazlo. Y hazlo tal cual lo has escrito, con el tipo de pausas en la respiración que obliga la puntuación que has usado, no como tú te crees que es o como lo tienes en la mente. Te informo que el lector no puede saber tu interpretación del texto: sólo posee lo que le has dado. ¿A que ahora se agradecen las comas? ¿A que tienen sentido los punto y comas? ¿Ein?
  5. Otra de las faltas que a mí ya se me meten por los ojos y casi me los arranca: los jodidos adverbios modales acabados en –mente. No voy a decir mucho de ellos. Dos cosas: un mindundi como Stephen King huye de ellos como de la quema; Brian Lumley sí los usa. Tú sabrás a quien te quieres parecer.
  6. Junto a los –mentes dementes otro enorme fallo de estilo, uno que incluso los supuestos escritores de calidad (y aquí podéis meter una carcajada a lo Vincent Price) cometen: el abuso de los verbos comodín ser y estar. No quiero decir que no hay que usarlos, pero si descubres que una de cada dos frases de tu texto cuenta con uno de ellos (sobre todo el infame ser) vete pensando que te voy a poner un suspenso más o menos monumental. Existe algo llamado diccionario, un encantador zoológico que entre sui bestiario, ocultas tras los behemoths SER y ESTAR, cuenta con unas casi incalculables criaturicas llamadas verbos. Coloridos y activos, alegres y bien llenos de poder, desean que juegues con ellos. Puedes optar por esquivarlos, pero entonces te convertirás en otro escritorzuelo. Sí, puede que como simple juntaletras consigas más éxito editorial que creciendo como tejedor de historias: cosas de este país donde una aberración como el Marca es lo más leído. A esa gente, los del Marca, un texto cuidado y elaborado les deja fríos. No está hecha la miel para la boca del asno.
  7. Más allá de evitar los verbos comodín está eso tan odiado por los autorzuelos, y los no–tan–autorzuelos: el vocabulario. Hay una corriente entre los escritores que aboga por textos simplificados, que juegan con un abanico de palabras reducido y limitado. Ellos pretenden defender ese tipo de escritura llamándola llana o ‘del pueblo’; para mí sólo es una excusa para no esforzarse, para crear textos orientados a un lector inculto que lee libros al igual que mastica hamburguesas o ve Gran Hermano. Lectores no ‘de metro’ ni ‘de Marca’ sino de puro encefalograma Castilla–La Mancha. Uno de estos escritores hablará de espada. Punto. Yo diría alfanje, catana, gladius, cimitarra, mandoble, sable. Cada una de esas palabras describe un tipo de espada sí, pero le aporta trasfondo, localización, cultura, personalidad y ‘una foto’. Con un vocabulario rico te ahorras descripciones aburridas y al mismo tiempo tu texto gana en casi todo. Eso sí, el del Marca no sabrá la mitad de ellas y preferirá no leerte porque ‘le complicas la vida’. De nuevo, en ti está elegir el tipo de escritor en el que deseas convertirte.
  8. Te diría que evitaras el abuso de expresiones simplonas (que tengan demasiado del lenguaje cotidiano, por no decir barriobajero) y de cacofonías, pero… Pero. Primero: hay géneros como el realismo sucio que obligan a usar eso. Chapó por ello. Segundo: así, con esa forma de expresión, consigues mantener a los del Marca. Otra vez, tú eliges.
  9. Hablando de todo esto debo llegar a este punto: en las últimas lecturas me he topado con una sintaxis execrable, poco menos que de párvulo. Sí, y resulta que incluso esas aberraciones tienen éxito. Y mucho. Como ves los del Marca también compran libros. Jamás defenderé esa no-literatura que me arranca arcadas al verla impresa en papel. Tampoco me considero un amante del texto en extremo formal. No defiendo a Luis de Góngora, si bien su obra culterana me parece digna de alabanza. Aunque el trabajo en la forma me parece algo básico. El mismo James Herbert, seguro que sin pensarlo, defendió ese tipo de escritura en la que todo está engarzado y amarrado poco menos que con un nudo gordiano. Ya sabéis: fintas en las fintas de las fintas. Gónfora se pasó en lo relativo a una forma compleja (demasiadas fintas), pero tú en el afán de simplificar tampoco pretendas hacer una finta tan simplona que se quede en línea recta: un texto en línea recta se llama acometida, y si la haces con torpeza (algo en extremo fácil) puede suponer tu muerte como ‘autor’. Para mí ya hay varios ‘autores’ que ‘han muerto’. Su manera de escribir me parece tan burda, tan ‘acometida’, que durante un tiempo los voy a rehuir. Lo malo en ellos no es que sus textos posean una simpleza de párvulo, no. Lo de verdad horrible está en que incluso un niño de primaria escribiría mejor que ellos. Si uno de esos chavales le entregara un texto así de malo a su maestra o maestro estos le suspenderían ipso facto. Así de claro. Que sí, que esos ‘autores’ venderán mucho y todo eso, pero… No quiero sacar el símil de las moscas, por favor.
  10. Supongo que ya sabrás que existen diversos tipos de narradores. Si no lo sabes… estudia, cojones. Uno de ellos es el narrador en primera persona. Se trata de uno de los recursos más usados en terror dado que permite mostrar las vivencias del protagonista/víctima desde su propio punto de vista, intensificando las sensaciones de horror, así como volcar el yo (la personalidad) de éste de manera directa. Pero esa herramienta poderosa en manos de un buen escritor puede convertirse en la trampa de un inútil. La trampa o el recurso fácil de un autorzuelo más que limitado. ¿A qué me refiero? A esos supuestos escritores de tres al cuarto que narran todo en primera persona, y lo hacen con un lenguaje que más que sencillo parece de retrasado mental. A ver, que comprendo que al recurrir a la primera persona no se pueden usar florituras de lenguaje ni artificios formales. Pero eso no equivale a redactar como un párvulo. Ni tanto ni tan calvo. Cada vez que me encuentro con que un novatillo narra en primera persona ya pienso ‘este no tiene ni puta idea de escribir y se va a limitar a usar el lenguaje de la calle porque el pobre no da para más’. Así me encuentro con textos que más que poseer un aspecto urbano lo que hacen es clamar a los vientos la inutilidad e incultura del autor. Pringadete que usas y abusas de esa primera persona, debo decirte conseguir que un texto parezca natural requiere mucho más arte y oficio que lograr uno artificioso y barroco. Empieza por lo sencillo y deja las florituras para cuando manejes bien las bases del oficio. Por ello te diría que, sobre todo al empezar a escribir, olvidaras que existe la narración en primera persona. Narra en tercera, empezando por el tentador y viejuno narrador omnisciente. Luego pasa al narrador observador y, sólo cuando veas que los dominas, empieza a jugar con otros. Incluso te diría que practicaras a narrar en segunda persona. Muchísima gente lo rehúye te aseguro que se pueden conseguir textos muy interesantes, sobre todo porque juegan con algo que un escritor no suele usar: la implicación del lector. Yo mismo tengo por ahí un par de cuentos en segunda que me parece que no me quedaron anda mal. Y me he divertido mucho al escribirlos.
  11. No te empecines en usar topónimos o nombres anglosajones. A ver, que sí, que la inmensa mayoría del fantástico proviene de escritores anglosajones. Como no podía ser menos, ellos usan sus topónimos, nombres y demás. Pero no por ello debes tú usarlos. Ellos recurren a Londres, John o el Walmart porque lo tienen cerca. Tú tienes al lado Salamanca, Manuel y el Mercadona. Si ellos consiguen narrar sus historias con esos elementos de allí, por qué tú no podrías hacer lo mismo con los de aquí. Cada vez que viajo a Cantabria y me pierdo entre sus valles no puedo evitar pensar en El sol de medianoche, de Campbell. La novela hubiera funcionado igual de bien allí que en su localización original. Y ejemplos como este los hay a millones.
  12. Cuando se lee a los juntaletras de la primera persona muchas veces, aunque no siempre, uno se topa con un mismo defecto: la acción que narran tira para adelante como una manada de vacas en estampida. Entiendo de sobra el fenómeno: si no saben manejarse y darle voz a la interioridad del personaje narrador, menos aún van a poder hacerlo con las descripciones y la creación de un ambiente o atmósfera. ¿Qué les queda entonces para llenar páginas? Acción. Esos juntaletras de la primera persona se lanzan a narrar ‘ocurrió esto, y pasó lo otro, y Pepe hizo esto, y Manolo respondió lo otro’. No hay pausa, no hay reflexión. En este asunto mejor no suelto eso de ‘mostrar, no contar’, porque entonces debería sacar la motosierra y descuartizar a estos panolis. Ellos tiran para adelante como los de Alicante, porque saben de sobra que se si bajaran el ritmo y empezaran a trabajar ‘el momento’ demostrarían su nulidad como narradores. Pero aun así hay que dejar claro que este recurso de ‘la prisa’ a veces funciona; incluso puede adquirir proporciones de obra maestra. Pero tengámoslo claro, los juntaletras de la primera persona no son Richard Matheson ni están escribiendo Vampiro. Sólo al lector del Marca le puede satisfacer ese tipo de narración: al fin y al cabo parece una narración de un partido.
  13. Como resultado de esa narración–estampida en muchos de esos textos nos encontramos ante un esfuerzo nulo en lo relativo a realizar descripciones, mucho menos en crear atmósfera. A ver, pazguato: si hay un arte en el que el creador se puede centrar en las descripciones, aportando detalles sin romper el ritmo, ese es la literatura. En la poesía eso resulta imposible, y si bien un arquitecto, un escultor o un pintor pueden trabajar en ellos de una manera visual nunca podrán aportar tal cantidad de matices como un escritor. La pobre música está limitada por su propia naturaleza sonora, y el cine y el teatro por el frenesí de la cuarta dimensión. A ver, juntaletras: tienes en tus manos la más versátil herramienta para crear, la palabra. Úsala, crea mundos, teje conflictos, narra epopeyas. Pero hazlo de una forma visual, que tenga cuerpo y alma. Describe, por favor, describe. Que tu texto muestre, que no se limite a contar lo que pasa.
  14. Como resultado obvio de lo anterior nos encontramos con textos en los que no hay el menor esfuerzo por crear atmósfera o tensión ambiental. Por desgracia mucho me temo que eso se deba más que nada a la imposibilidad física del ‘autor’ para manejar el lenguaje. No por mucho que corras narrando acontecimientos quedarán más efectivos. Si no los vistes con algo de contexto te encontrarás manejando un triste esqueleto, puro cartón piedra.
    • Me voy a permitir un inciso, que no es ni regla ni nada. De unos años acá se ha prodigado cierto tipo de literatura que abusa de la inexistencia de descripciones y atmósfera: el género Z patrio. Por lo que parece, lo poco que he leído, en estos libros se abusa de que la acción sucede en una zona conocida y tiempo actual para olvidarse de toda descripción. Se suben a eso del ‘como ya sabes cómo es el Madrid de 2014 ¿para qué te lo voy a describir?’. En esos libros se suma la vagancia con la incapacidad. Ejemplos de lo que yo llamo no–literatura. Ya lo he dicho en otra entrada: siguiendo esa manera de ‘trabajar’ cualquiera puede escribir un libro ambientado en su pueblo/ciudad/barrio y pretender vendérselo a sus vecinos. En esos libros vendidos a los colegas para qué molestarse en describir el bar de la esquina si todos saben cuál es. Lo malo, al menos desde mi punto como lector, ocurre cuando no vives en ese pueblo/ciudad/barrio. Tomemos por ejemplo Desde Madrid al Zielo. Si se lo dejara a mi madre (persona que se ha recorrido gran parte de España y media Europa) estoy convencido de que no lograría visualizar nada. Coño, si a mí mismo que vivo cerca los lugares citas, que he trabajado al lado del Bernabeu, me ha costado hacerlo por culpa de la nula ambientación. Punto 13. En serio, todo escritor debe practicar el punto 13. Y si no que se dedique a otra cosa, no a sodomizar lectores. Pero yo hablaba de la comodidad y la caspa del Z patrio. El colmo, y confirmación de mi idea de que sólo saben usar escenarios conocidos para tratar de atraer con eso al lector, me lo encontré hace un tiempo. Ante mis ojos desorbitados tuve un libro cuyo único atractivo -así de entrada- radicaba en que la plaga zombi se desataba en Marina d’Or. A tomar por culo: como todo españolito de cierta edad ya ha visto los cansinos anuncios de ese engendro urbanístico ya está en situación para leer esa magna obra.
  15. Pero la inutilidad de algunos juntaletras les impide no sólo adentrarse en los puntos anteriores, sino que les obliga a caer en otro defecto: el abuso de la elipsis. Estos somormujos, cuando se encuentran en la tesitura de narrar algo para lo que se saben incapaces, optan por correr un tupido velo y pasar a la siguiente fase. Al fin y al cabo deben pensar que siempre pueden hacer que un personaje ‘recuerde’ y narre de una manera más o menos somera lo que ellos se han zampado. En momentos como esos me dan ganas de tener delante al amago de escritor y, si ha publicado con una editorial más o menos importante, darle una paliza. Pero a él y al editor. Cabrón, te pagan para que narres, no para que escurras el bulto. No te pido que narres todo lo todible, pero ten la decencia de al menos esforzarte en mantener el hilo narrativo.
  16. Hija de las elipsis mal colocadas y las descripciones inexistente tenemos otra característica de este tipo de textos: la mala confección de los personajes. Un personaje no se limita a un nombre, un sexo y una apariencia física. Eso quizá le valiera a Arthur C. Clarke. Pero no a ti. O te esfuerzas mucho o jamás llegarás siquiera a altura de la suela de ese hombre: el hombre que ha descrito con una regla con su nombre una regla que relaciona avance tecnológico y percepción, un individuo cuyo nombre bautizar una órbita se puede permitir crear personajes planos. Él posee un catálogo de ideas apabullantes que suplen de sobra esa carencia. Y mucho me temo que ese no es tu caso. Así que si no profundizas en los personajes tendrás patéticos muñegotes, planos, infantiles y/o melodramáticos, y todo lo demás no hará sino destacar esa carencia. Ahora no voy a decir aquí como dibujar un personaje sino que te voy a recomendar leer a Stephen King. Ese hombre es capaz de hacer que los personajes respiren con más energía que la propia historia. ¿Alguno de verdad quería que se abriera la cúpula y así perderse todas las interacciones entre los habitantes de Chester’s Mill? Si has leído esa obra maestra titulada It te habrás dado cuenta de que casi le dedica más páginas a hablar de los personajes que a la propia lucha contra Eso. Que no te dé corte hablar de ellos, de sus miedos, de sus fracasos, de sus éxitos, sus recuerdos o sus sueños. Narra todo eso, y luego haz que actúen según eso que has descrito, claro.
  17. Detalle que supongo que caerá por su peso: el malo es tan personaje como el bueno. O como el ni-bueno-ni-malo. Trata a todos por igual: desarróllalos.
  18. Acerca de los personajes: ten un poco de decencia, disimula las pajas que te hagas al escribir, y no pongas tu nombre al protagonista heroico. Tampoco te recomendaría meter a familia, amigos o conocidos de una menara explícita y con nombre. Supongo que habrás visto en películas cierto aviso diciendo que ‘los personajes en ella presentes no tienen nada que ver con personas reales’. Te aseguro que no se debe a un capricho del director.
  19. No hay nada nuevo bajo el sol. Hazte a la idea de que ‘tu idea’ seguro que ya la ha tenido alguien antes que tú. Pero no desistas: una cosa es que esa ida ya exista y otra que alguien la haya narrado de esa manera tuya. Imprime tu personalidad en lo que escribes, que se note que lleva tu sello. ¿Cómo hacerlo? Sólo se me ocurre algo: escribe y lee; escribe mucho y lee más; escribe todos los jodidos días. Tira el periódico, apaga la mierda esa llamada televisión, lanza por la ventana el demonio en forma de consola y lee. Por dios, lee, LEE, ¡LEE! Creo que eso ya lo he dicho antes. Me da igual: quiero que te hagas la idea de la importancia. Tatúatelo en la frente si hace falta, que tus compañeros asocien a tu figura con un libro. Que leas, cojones. Mucho, variado y bueno.
  20. Leyendo mucho te encontrarás con algunas sorpresas: por ejemplo que tu vocabulario aumentará, que tu capacidad crítica crecerá, o incluso aprenderás a introducir escenas y personajes. Y puede que algo más importante todavía: tendrás una visión más amplia (con suerte panorámica) de eso llamado creación. Así podrás evitar los tópicos, o al menos sabrás torearlos y darles ese toque tuyo que los hará únicos e interesantes. Porque cuando empiezas lo más seguro es que te veas encajonado en el clasicismo, sin aportar nada nuevo. Eso les ocurre a todos. ¿Te he dicho que la manera de escapar de esas trampas pasa por leer, y hacerlo mucho? Si no sigues esa norma, que al fin y al cabo equivale a afilar tu arma (el cerebro) acabarás componiendo escenas tópicas, artificiosas y sin sentido. Incluso quizá consigas que tu supuesto clímax repela al lector experimentado.
  21. No resulta extraño que en tus primeros textos te metas en berenjenales. Una segunda lectura, tras un periodo de barbecho, te debería sacar de ellos. Pero sal de ellos sin intentar alargar la narración con detalles y explicaciones inútiles. La verborrea no te sacará de ningún sitio, sobre todo si la escena no lo requiere.
  22. Mantén la tensión. Parecerá tonto, pero cuanto más largo es el texto más cuesta sostener el punto de intriga. Al mismo tiempo se hace más sencillo aburrir. Un ejemplo moderno de cómo mantener esa tensión lo tienes por ejemplo en Juego de tronos. Ale, ya tienes lectura. Que leas, cojones.
  23. Hasta ahora no he hablado de los diálogos. Más que decirte cómo hacerlos te propondré un ejercicio de ingeniería inversa: consigue cualquier temporada de CSI: Miami y empápate de ellos. Porque los de esa serie son los diálogos más patéticos con los que me he topado en mi vida. Cada vez que leo un diálogo malo con avaricia se me aparece Horatio.
  24. Luego está ese tema de ‘los detalles’. Siempre he dicho que el diablo está en ellos. Y no te imaginas cuan cierto es eso. El ejemplo más reciente lo tienes, si lo quieres leer, en la reseña que hice del cuento de Carlos Sisi: las jodidas distancias y magnitudes, y la gravedad, y el uso de la voz en el vacío, y… Chorraditas que quizá a un lector poco escrupuloso no le importan, pero a otro con más ojo le matan. Así que no des un detalle que no puedas defender. Y si los das prepárate para recibir una somanta de ostias del obseso de turno. Si no te lo crees indaga un poco con lo que le pasó a Larry Niven y su Mundo anillo.
  25. Otro punto a tener en cuenta relativo a los detalles: si pones a la vista de forma llamativa un objeto, pista o similar, estás obligado a usarla. Más aun cuando estás redactando un relato corto: la economía de palabras obliga a justificar cada recurso. Los detalles se justifican y usan. Todavía recuerdo algo que me cabreó mucho en una novela de Moorcock, una del ciclo del bastón rúnico. En pleno vieja hacia el oriente ignoto en un momento dado Dorian Hawkmoon se encuentra una bala en el suelo de una ladera. La coge, la observa y se la guarda. Para algo valdrá, me dije. Pues no: en ningún momento se usó. El autor realizó un inciso en un viaje para relatar esa escena… y para nada. Eso tú no lo hagas jamás. En una novela puede tener cierto pase, pero en un relato corto supone poco menor que un pecado.
  26. Acerca de los relatos cortos: los prefiero a las novelas porque, bien acabados, son esmeradas piezas de encaje. Todo debe quedar compenetrado a la perfección. Ojo, no quiero decir que todo quede explicado: adoro los finales abiertos, esos que me obligan a pensar y decir ‘pero qué hijo de puta eres, autor’. Pero, aun con esos finales abiertos, todas y cada una de las palabras que escribas deben aportar algo. Las descripciones, los trasfondos, las escenas, los diálogos. Todo debe llevar a un final, por más sorprendente que este te resulte. Más aún: si te sorprende y ves que los detalles que se te hacían contradictorios de repente encajan sonreirás como un crío con zapatos nuevos.
  27. Y llegamos a los finales. Estoy hasta los cojones de autores que no saben resolver el enredo que ellos mismos montan. En ese dudoso campo de excelencia el paradigma de patán tuercebotas se llama Stephen King. Ya no sé cuántas veces me he convertido en el cuervo de Poe y he dicho eso de ‘nunca más’. Quizá hace veintimuchos años, tras leer Misery. Pero Stephen King es el perfecto ejemplo de cómo las virtudes superan a los defectos. Su tratamiento de los personajes supera sus finales desastrosos. Sin embargo otros autores han caído en el saco del nevermore y de él no han salido aún. ¿Por qué? Pues por dejarse liar al llegar al momento clave de la historia. En ese punto me ha dado la impresión de que la historia no les perteneciera, que no supieran salir de ahí. Hablo por ejemplo de los autores que en plan cobarde se limitan a pasar de puntillas por la resolución y dar por cerrada la historia. Hacer un Perdidos o un Los Serrano. Basura en toda su hedionda esencia.
  28. Ahora hablaré del menos común de los sentidos: ¿el sentido común? No: la coherencia. Que lo que escribes tenga coherencia interna. No abuses de la suspensión de incredulidad. Se alarga como un chicle, pero si te pasas tirando de ella se romperá. Ejemplos de exageración: personas normales y corrientes que de repente, en una situación de máxima tensión, se convierten en el maestro de McGiver. O descripciones tan ‘eufóricas’ que rozan lo ridículo, como escribir ‘observándome desde sus cuencas vacías’ para de seguido decir que ‘los ojos se le llevaban de lágrimas’. Ese tipo de fallos merece una muerte lenta y dolorosa, pero no del pobre personaje sino del ‘escritor’. Luego están las chapuzas producidas por la ignorancia. Ejemplos: voces que se propagan en el vacío, o cadáveres que en un entorno bajo cero (existe eso llamado congelación) se pudren en tres días. Documéntate y usa la cabeza a la hora de trazar una escena. A lo mejor te das cuenta de que resulta demasiado increíble: antes de  defraudar a un lector/cliente descártala o dala un repaso a fondo.

Ahora un par de cosicas que tiene menos carácter de regla:

  • Que sí, que quieres dar miedo, pero no te escudes para ello sólo en la repulsión. Para eso está el gore, y te informo de que el terror no tiene que implicar gore ni asco. Ni de lejos. Así que no creas que por meter sangre a litros, vísceras, casquería variada o lo más nauseabundo que tu mente enfermiza elucubre tu texto se convertirá en ‘terror’. Que no. Al lector endeble le espantarás, y al curtido le harás sonreír. Pero hacerlo a tu costa, no por tu ‘maestría’.
  • Que no te dé miedo llamar las cosas por su nombre. El ejemplo más ridículo de todos los que me he encontrado en mis últimas lecturas: el rehuir la palabra ‘zombi’ en un texto que habla de eso, de zombis. Déjate de eufemismos y ponlo: estoy escribiendo de zombis, y la inmensa mayoría del público así los conoce. Ni caminantes, no infectados, no no–muertos, ni andantes. Zombis, coño. Z–O–M–B–I–S.

Y para no eternizarme para acabar daré un listado (no exhaustivo, ni de lejos) de defectos  que se pueden cometer:

  • Repetir de una manera excesiva la misma manera de mentar a algo. Eso suele tener como explicación el que tu manejo del diccionario se asemeje al de un párvulo. A leer más, so vago.
  • Final previsible por tópico. A leer más, jodido.
  • Hacer ‘autospoiler’ mucho antes de llegar al final del libro. De nuevo las prisas, o la emoción al escribir. Respira hondo, no te embales y deja que lector siga estrujándose las meninges con tu historia: no se lo des todo mascado.
  • Introducir al protagonista en una situación anómala pero ante la que el autor no sabe defenderse, pareciendo tan desconcertado como el propio personaje. Medita las escenas. La improvisación nunca es buena consejera.

Para acabar una regla que debería enmarcarse, o grabarse con letras de oro: disfruta al escribir. Pero hazlo en serio. Todos hemos escrito textos onanistas, de esos en los que disfrutamos puteando al protagonista, o describiendo al monstruo definitivo, o ligándonos a la maciza que en la vida real no podemos mirar ni a cien metros de distancia. Esos textos existen y existirán. Cuando tengas un poco de profesión sabrás pulirlos para que no resulte tan obvio que te has empalmado cuando los escribías. Pero que te quiten lo bailado. Disfruta escribiendo.

Ale. Adiós.

Stephen King – Mientras escribo

Hola, culebras.

De nuevo leyendo un King, y eso que hace años me dije que nunca más, debido a los a veces nauseabundos y deplorables finales del yanqui este… Pero tengo que admitir que, aunque casi por norma las partes finales de sus novelas sean auténtica basura, lo que se lee hasta llegar a ellas en la mayoría de las ocasiones supone una auténtica delicia.

Pero eso se refiere a novelas: en cuanto a relatos la cosa mejora bastante: no le da tiempo a subir tanto como para que luego la ostia final resulte tan fuerte.

Novelas y relatos, relatos y novelas. A eso se reduce todo lo que había leído de King… hasta ahora que he concluido Mientras escribo, una suerte de mezcla entre autobiografía apresurada, ensayo/manual de escritura y desbarre de un afamado, prolífico y ocioso (en el sentido de que su realmente envidiable facilidad de escritura le permite sacar partido de todo cuanto escribe, incluso textos como éste, en plan ‘pues un día se me ocurrió esto y aquí lo tenéis, pobres mortales’) autor.

Desde las primeras páginas King dice que no quiere escribir otro libro de estilo, otro manual de ‘cómo hacer la novela del milenio’, para lo cual jura y promete no meter nada de paja (tipo de contenido en lo que él es un consumado maestro: logra que la paja no parezca tal, permitiendo al lector disfrutar como un enano de una sección de la obra que simplemente es eso: paja). Pero como es King, y como ya lleva mucho tiempo en el oficio practicando esos hábitos que tan buenos frutos le han dado, no puede evitar caer en el pecado que en un principio quería evitar. Así gran parte de la primera parte del texto, la autobiográfica, resulta prescindible. Colorista, agradable de leer, sincera (o al menos espero que tenga mucho de eso, si bien un buen escritor escribiendo es como un actor hablando: las criaturas menos dignas de confianza que pueda haber; al fin y al cabo viven de la mentira, de la invención, de la falsedad). En esa primera parte se descubre un hombre débil, a veces patético, que se ha hecho a sí mismo a base de constancia… bueno, no: Stephen King es así porque tenía una predisposición natural a ser así. Ni más ni menos: nació una monstruosidad, una bestia que supo descubrir desde una muy tierna edad su carácter monstruoso y cómo afilar sus garras y dientes. Pero el monstruo estaba allí desde un primer momento. Interesante parte autobiográfica, aun con todo, pinceladas de la vida de una bestia que ya ha adquirido atributos completamente mitológicos.

La segunda parte, y el meollo del asunto, es la forma en cómo describe King la profesión de escritor. Da consejos, recomienda hábitos de trabajo, avisa de defectos y posibles vicios, todo ello desde un lenguaje llano y sencillo. Para un escritor novel sin duda será de utilidad, siempre desde esa distancia que King ya deja bien clara: todo lo descrito le sirve a él, y no tiene porqué serle de utilidad a otro. En mi caso por desgracia ya me conocía la inmensa mayoría de ellas: y digo ‘por desgracia’ porque para lo que me ha servido… Si bien una de las recomendaciones me ha llamado la atención, más que nada porque es algo que yo jamás he tenido en cuenta como importante, y que sólo en una ocasión he practicado (con nulo y/o inútil resultado): el tener un lector ideal, una persona que te lea los textos de primera mano y en la que recaiga el principal peso de la corrección (o, lo más importante, de la crítica sincera). En otras palabras:

  1. ceder tus textos a una segunda persona,
  2. pringar a esa persona para que lea esos textos esperando una respuesta, una reacción a los mismos,
  3. recibir esa reacción y usarla en el texto, si se considera oportuno.

En mi caso me resulta imposible ese grado de ¿cómo decirlo: capacidad de compartir? No puedo. Bastante me parece, leyendo lo importante que considera King ese aspecto de la creación literaria, haber publicado lo poco que he publicado siempre con un único revisor: yomimmo.

Pero bueno, como eso es algo que nunca va a cambiar, o que veo muy difícil que cambie, hay que seguir. Con la vida y con el libro.
Y de eso, de la vida, habla la penúltima parte del libro: el accidente de tráfico que casi mata a Stephen King en verano de 1999 (no en el año 2000, como dice de manera totalmente imperdonable la contraportada de la edición que he leído, la de DeBols!llo). Una sección dura, muy dura…

El libro acaba con un breve e interesante ejemplo de 1ª revisión de texto y una lista de lecturas recomendadas.

Todo ello, así juntito, da un merecido y satisfactorio 7. Y si no te has puesto nunca ante el reto de escribir seguro que le das más.

Chao.

Balance de lecturas 2010

Hola, ofidios. Tal y como ya hice el pasado año, aquí va (más que nada para mí, que me encantan estás chorradas estadísticas sin sentido) el sumario de lo leído el pasado año.

 

Fecha fin lectura Autor Título

Valoración

Género
08/01/2010 John Varley Y mañana serán clones

8

Ciencia ficción
02/02/2010 David Brin Tierra

6

Ciencia ficción
13/02/2010 Alfred Bester Las estrellas mi destino

4

Ciencia ficción
25/02/2010 Neil Gaiman Objetos frágiles

4

Fantasía
06/03/2010 Jack London El lobo de mar

6

Aventuras
09/03/2010 Brian Lumley Demogorgo

3

Terror
17/03/2010 Isaac Asimov El hombre del bicentenario

5

Ciencia ficción
22/03/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 3

7

Ciencia ficción
30/03/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 4

6

Ciencia ficción
09/04/2010 George H. White La gran saga de los Aznar, tomo 5

6

Ciencia ficción
24/04/2010 Dan Simmons El terror

8

Terror
27/04/2010 Rafael Marín Mundo de dioses

4

Ciencia ficción
18/06/2010 Stephen R. Donaldson La necesidad de Mordant

5

Fantasía
28/06/2010 Dmitri Glukhosvsky Metro 2033

6

Ciencia ficción
17/07/2010 Poul Anderson La nave de un millon de años

4

Ciencia ficción
18/07/2010 Joe Haldeman Compradores de tiempo

5

Ciencia ficción
23/07/2010 Michael Moorcock Las crónicas del castillo de Brass

6

Fantasía
28/07/2010 Rodolfo Martinez Tierra de nadie: Jormungand

6

Ciencia ficción
31/07/2010 L. Sprague de Camp Que no desciendan las tinieblas

5

Ciencia ficción
17/08/2010 AA.VV. UPC 2002

6

Ciencia ficción
25/08/2010 A.A. Atanasio Radix

9

Ciencia ficción
31/08/2010 Max Brooks Guerra Mundial Z

8

Terror
06/09/2010 Robert C. Wilson Darwinia

4

Ciencia ficción
13/09/2010 David Morrell Rambo

8

Thriller
28/10/2010 Clive Barker Imajica

3

Fantasía
05/11/2010 Frederik Poh Mineros del Oort

4

Ciencia ficción
13/11/2010 Stephen Hawking Brevísima historia del tiempo

6

Ensayo
17/11/2010 Robert E. Howard Conan el Guerrero

7

Fantasía
12/12/2010 Iain M. Banks Pensad en Flebas

6

Ciencia ficción
19/12/2010 Robert E. Howard Conan el Usurpador

8

Fantasía

A modo de resumen, y comparando con el año anterior:

  • He leído un poco mas, 29 referencias frente a 23, si bien de esas 29 hay incluidas un par de sagas como ‘todo uno’.
  • Más páginas,  1217 (casi un 30% más, que se dice pronto), que hacen unas 33 páginas diarias. Sigue siendo poco, pero más que el año pasado.
  • De nuevo hay más que nada cosas de cifi, pero ya he intentado yo que la pila no imponga tanto su ley.
  • La valoración media de lectura ha resultado penosa, un seis ramplón, y es que me he topado con auténticos bodrios, de los gordos.

Entre lo más destacable del libro sin duda las primeras tres cuartas partes de El terror (una verdadera joya), Radix (de la que alguien en su día me avisó como ‘libro malo’ y mira por dónde…) o la sorprendente, por eso de que no me esperaba algo tan bueno, Guerra Mundial Z.

Bueno, esto ha sido todo en lo que se refiere a lecturas del 2010. A ver cómo se porta el 2011.

Stephen Hawking – Brevísima historia del tiempo

Hola, culebras.

Hace ya años me compré y leí la versión inicial de este libro de Stephen Hawking, Historia del tiempo. Pero lo perdí y, cuando vi recientemente la oportunidad de que me prestaran esta nueva versión no lo dudé.

Brevísima historia del tiempo en principio se trata de una revisión de la anterior, actualizada a los nuevos descubrimientos realizados en los casi veinte años transcurridos entre ambos libros. Tengo un buen recuerdo del primero, que servía de magnífica introducción a una de las dos únicas ciencias verdaderas, la física (la otra, por supuesto, es la matemática; el resto son derivados o abstracciones de éstas , o bien se trata de disciplinas experimentales). Sin embargo de este otro… hay que decir que no: algo falla en él. Sí, lo adornan de dibujitos, pero por desgracia la mayoría de las veces no aportan absolutamente nada al texto (a veces incluso molestando). La edición que me han dejado, del Círculo de Lectores, resulta poco menos que nefasta, con ese aspecto infantilóide que hace que la mitad de la página se use como margen, además de la injustificada y muy de la casa tapa dura, que vuelve lo que bien pudiera ser un buen libro de mano en un mostrenco casi inmanejable (sobre todo para el poco texto que contiene).

En cuanto al contenido en sí se habla muy por encima de muchos conceptos básico de ciencia, tan de refilón que muchas veces parece que uno atiende al sermón de un cura que narra los misterios de la religión, misterios no discutibles y por tanto no cuestionables. Ósea, el autor pide que tengamos fe en lo que dice. Ese defecto supone un gran lastre a mi entender: la ciencia no es fe, sino seguridad. Sí, el libro está dirigido a legos, pero su discurso carente de referencias se sitúa a un mismo nivel de oscurantismo que la Biblia. Una simple relación de lecturas para quien desee curiosear más en los múltiples conceptos de que se habla le habrían dado más credibilidad al libro (vale, eso lo puede hacer cualquiera con un poco de interés, pero no cuesta nada al autor y al editor el seguir la doctrina científica de añadir bibliografía a los textos). En la última sección del texto se centra bastante en la teoría (o teorías) de cuerdas, y ya se embarra de manera definitiva: la teoría de cuerdas es complicada, pero explicada sólo con palabras ‘mundanas’ resulta ya casa inmanejable.

Ya para acabar, y que me perdonen los físicos y los matemáticos, me ha chirriado horriblemente la sección en la que se habla de la renormalización en el caso del cálculo de energía de partículas virtuales (capítulo 11). Eso de decir que se ‘eliminan infinitos absurdos’ me suena a decir que ∞ – ∞ = 0 (vamos, la típica burrada de instituto). Supongo que explicar la renormalización en palabras cotidianas resultará imposible, pero tal y como lo expresa en el libro más que ayudar, entorpece (y seguro que añadir una pequeña bibliografía sobre esto tampoco ayudaría, lo admito, si esa se limita a libros de álgebra 😛 ).

Bueno, no voy a decir nada más. Simplemente la nota: un seis flojillo. Una pena por esa cuarta parte final del libro y ese aire de discurso basado en la fe, que no ayuda a diferenciar ciencia de religión.

Aaaaaaaaaaaaadiós.

Oliver Sacks – Un antropólogo en Marte

Si hace unas semanas hablé de la necesidad de una desintoxicación (y salvando la tentación en la que caí con la última lectura), he aquí dicho intento de cura.Mi anterior experiencia con el señor Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, me dejó un magnífico sabor de boca, por lo que no esperaba menos de este otro libro. Y sin embargo no he quedado satisfecho al 100%.

A lo largo de las siete historias nos presentan otros tantos casos más o menos chocantes para el ciudadano no familiarizado con los trastornos mentales (como yo mismo, si no tengo en cuenta mis experiencias con los managers de mi empresa). Pero si en el anterior libro se centraba en cada personaje, tratando de darle una explicación, una diagnosis, en este libro parece que se siente obligado a rellenar con teoría de los sentidos, e incluso con filosofía. La paja no resulta del todo desagradable, pero sí que peca en algunos casos de volverse cansina, densa: hay partes llenas de explicaciones científicas que sacadas del mundo neurológico al lector medio le aportan poco. Un ejemplo lo encontramos en ‘La pasión de sus sueños’, historia demasiado alargada con teorías de la memoria, y que sin embargo queda mal descrita en lo que se refiere al propio paciente y sus creaciones.

Por el contrario en ‘El último hippie’ no sobra palabra alguna, trazando una interesantísima relación entre neurología, religión y cultura popular (sobre todo la descripción final en el concierto de los Dead). La religión y su relación con el sujeto autista también aparece, de refilón pero en forma de una pincelada muy interesante, en la historia que da título al libro (esa descripción de una ‘puerta al cielo’ es de lo más sugerente).

Salvando la citada paja, destacar la historia narrada en ‘Ver y no ver’, terrible, dramática, con su claro toque de patetismo; o la impresionante fuerza de voluntad descrita en ‘Vida de un cirujano’. En ‘Prodigios’ nos encontramos de nuevo con una historia alargada, hinchada, pero que incluso con ese defecto resulta interesante (más aun cuando, en mi caso, ya conocía la obra de su protagonista); otro tanto de lo mismo sucede con ‘El caso del pintor ciego al color’, interesante pero hinchada.

En definitiva, un libro interesante aunque a ratos aburrido que cumple a la perfección con lo que yo le pedía: desconectar del género fantástico.

Me apunto para la lista de la compra Despertares (en su día ya me gustó la película basada en el libro) y La isla de los ciegos al color.