Juan de Dios Garduño – Y pese a todo

Hola, ofidios.

No voy a hacer ningún comentario más a mi anterior lectura. Prefiero pasar página y que la palabra ‘lino’ para mí sólo haga referencia a una planta y un tejido.

Espantado de esa nauseabunda traducción, esa falta de respeto absoluta hacia la obra de un autor, necesitaba leer algo sin traidor (digo, sin traductor) de por medio. Por desgracia en mi Pila no tengo apenas narraciones que no hayan requerido traducción. Y luego debía encontrar alguna que me llamara la atención. Entre la pila ‘física’ no había nada, así que probé en la que hay en el kindle. El cacharro ese está casi vacío (tengo la impresión de que soy de las pocas personas que no llena esos aparatejos a base de libros ‘bajados de por ahí’), sin títulos importantes. Así que me decidí por uno que adquirí hace tiempo gracias a una promo de Amazon. El libro tenía cierta fama debido a que estaban rodando yanqui del mismo, así que empecé con él. Sí, la mercadotecnia parece que en esta ocasión ha funcionado 😛

De Juan de Dios Garduño apenas puedo decir nada: a raíz del incidente con mi reseña a lo único que he leído de Sisi apareció su nombre en algún momento… y poco más. Debo admitir que allí donde Hollywood ha funcionado (la futura película me ha enganchado a leer el libro) la portada del mismo casi me tira para atrás: cutre, tópica, de pura serie B. Con semejante portada no debería extrañarle a uno, ni al autor, que el libro acabe en la misma estantería que obras tan universales como algunas que he sufrido en los últimos tiempos. ‘Libros de zombis’, categoría que mucha gente (e incluso aficionados al fantástico) considera poco menos que basura oportunista, una moda pasajera.

Pero eso supondría toda una injusticia, al menos en cuanto a esta obra.

Sí, debo decirlo así, a las claras: Y pese a todo…, al menos en lo relativo a calidad literaria, no tiene nada que ver con truños, Z o no Z. De entrada hay que decir que Garduño sabe escribir. Sí, resulta muy triste tener que destacar esa perogrullada, pero en los últimos tiempos ya he leído demasiados libros ‘compuestos’ (que no ‘escritos’) por juntaletras que apenas poseen la capacidad descriptiva de un crío de primaria.

El libro está ambientado en Bangor (Estados Unidos), algo que no me acaba de gustar. Otro autor nacional que parece huir de nuestra tierra, algo que no se puede echar en cara a Sisi y sus hordas. Ya hablé de ello en mis reglas, así que no me voy a repetir. Pero me da que, más allá que el homenaje a King, esa localización concreta ha jugado un papel importante para atraer a los de Hollywood. Ojalá algún día el autor me confirme o desmienta esa suposición.

Al contrario que en otras lecturas del género, aquí el autor se muestra sosegado, dejando que los personajes se dibujen a sí mismos e integrándolos en un ambiente y escenario bien definidos. Sí, eso hace que las páginas de descripciones y carentes de acción (eso que algunos lumbreras llaman ‘rollo patatero’) de sucedan. A cambio uno disfruta con un entorno conciso y creíble, que te hace ver. Bendito verbo: ver. Ver en la literatura, algo que debería ser normal se ha convertido –sobre todo en según qué temáticas– en una rara avis.

Dos libros (uno clásico por méritos propios y otro que espero que nunca llegue a esa categoría) me llegan a la memoria según leo este Y pese a todo… Por un lado la pareja padre/hija te arrastra de manera inevitable a recordar La carretera. Pero por fortuna Garduño no peca de los mismos defectos, enormes, que el libro de McCarthy. El entorno que describe posee coherencia y nos encontramos con humanos creíbles, carnales. Sobreviven en un medio devastado pero no exento de lógica. El otro libro que me viene a la cabeza es Soy leyenda. Aunque pensándolo bien quizá lo que me haya tocado la memoria tira más hacia la fallida versión cinematográfica a cargo del Príncipe de Bell Air. Da igual, de una manera u otra en pensado en ello al descubrir al vecino manitas y su perro. Supongo que también habrá tenido algo que ver esa mención al protagonista de la novela: sólo se le nombra, pero basta y sobra para apreciar el guiño.

Pero de los guiños hablaré más adelante. Ahora toca hablar de cómo el autor logra envolver a lector en su particular mundo. Ya he dicho que lo hace de manera sosegada, permitiéndonos disfrutar (y sentir) las desgracias de ese trío. Nos convertimos en testigos de los juegos inocentes de la niña, de las labores del padre intentando cavar un foso mientras lucha por olvidar su pasado, o de las borracheras del vecino sumido en la autocompasión. Incluso podemos apreciar cierta personalidad en el perro. Y todo eso lo descubrimos inmersos en una calma tensa, bajo una capa de nieve y sentimientos mal soterrados.

Da gusto, la verdad. Da gusto.

Algún otro ‘autor’ hubiera podido despachar toda la historia en la tercera parte de palabras, o incluso en menos (un relato más o menos corto y listo). Pero para mí ese ‘autor’ se uniría al ‘montón’ y acabaría olvidado. No como Garduño. Junto a Jesús Cañadas me parece, con diferencia, el descubrimiento en cuanto a autores de novela de terror. Esta vez sí que debo felicitar a Dolmen por editar esta obra.

Pero basta de adulaciones. Toda reseña mía debe contar con una pequeña (o no tanto) lista de comentarios y defectos encontrados. Este Y pese a todo… que tanto me ha gustado no se iba a librar de ellos.

Las introducciones al pasado de los personajes se me hacen un poco forzadas (metidas con calzador, si se me permite la expresión), pero aun así no molestan. Sí, se podría haber dosificado, gota aquí y gota allí, pero quizá eso despistara al lector y le obligara a trabajar recordando y juntando detalles y pinceladas para poder ver el cuadro al completo. Garduño opta por la plasmarlo casi todo en unos pocos flashbacks y listo. Nada más que decir por mi parte.

Algunas partes del texto se las nota algo más descuidadas que el resto: se aprecia sobre todo debido a la acumulación de verbos ‘ser’ e incluso de los jodidos adverbios modales. King reniega de ellos, Juande (¿puedo tutearte? Bueno, ya lo he hecho :P). Recuérdalo. Me hace gracia ver cómo resaltan. Mente, mente, mente… Te puedes tirar varias páginas de texto pulcro y visual, dotado de una fluidez que ya les gustaría a muchos, para de repente encontrarte un pequeño barrizal de ‘seres’ y ‘–mentes’. Pero, lo dicho, simples charcos que no suponen problema al compararlos con el resto el texto.

Desde el primer momento me chirrió que se hablara de manera tan tajante de que no había más habitantes en la ciudad. Ni siquiera se dejaba la remota posibilidad a que, como ellos, alguien más hubiera optado por quedarse. No: eran los únicos, y punto. Entiendo que Garduño quiera haber usado eso como recursos para enfatizar la soledad, pero creo que con sólo dejar claro que en ‘ellos creían que’, o que ‘en todo el tiempo que llevaba allí no habían visto a nadie más’ hubiera obtenido el mismo resultado. Y para mí incluso mejor.

Las referencias al género de terror, e incluso al Z, aparecen aquí y allí. Algunas se me hacen demasiado forzadas, como la del libro en el suelo, Zombieplanet. Qué casualidad que, entre todos los libros imaginables en el mundo mundial, se encontrara con ese. Por lo demás no me disgustan las menciones a Neville y semejantes. Quien no hay leído terror no las captará, pero tampoco se le quedará cara de pánfilo.

La introducción, o prólogo, me hace pensar que entre David Jasso y Garduño hay algo más que una simple amistad: el afán de protagonismo que demuestra Jasso al escribir ese prólogo (un claro ‘oye, que yo también quién sé escribir’) me ha llamado muchísimo la atención. Pero bueno, cosas de escritores.

En definitiva, una lectura muy recomendable. Así sí da gusto leer autores nacionales. Me atrevo a ponerle un 8 e invito a todo el mundo a leerlo. El libro me ha hecho recuperar viejos vicios, y yo agradecido.

Decirle a Juande que se me ha hecho corto, muy corto. Con eso no quiero que entienda que ‘necesito’ una segunda parte; quizá hubiera dado alguna oportunidad a Anne… o no 😛 Como se trata de una mera opinión de un lector, nada más, ni caso. Eso sí, de un lector satisfecho, insisto.

Me despido de nuevo ilusionado. Gracias por hacerme desaparecer el mal sabor de boca de la anterior lectura.

Adiós.

Nota final: documentándome acerca de Bangor para esta reseña acabo de descubrir que Joe Hill es hijo de Stephen King. Madre mía. Para cuándo habrá una ley que prohíba de manera estricta el nepotismo…

Nota requete–final: para le luego digan que soy un amargado, que sólo sé escribir críticas negativas o que tengo por parientes a Holley y cía. Todo se reduce a poseer un nivel de exigencia ¿por desgracia? superior al de ‘la media’.