Edgar A. Poe – Las aventuras de Arthur Gordon Pym

Hola, culebras.

Edgar A. Poe - Aventuras de Arthur Gordon Pym

Edgar A. Poe – Aventuras de Arthur Gordon Pym

Segunda vez que leo este clásico y si la primera vez que cayó en mi manos me encantó (yo debía tener unos quince años por aquel entonces) esta vez me ha dejado un sabor agridulce.

Hace años que Poe no entra dentro de ‘mis lecturas’: me leí de joven gran parte de sus relatos y desde entonces no lo he revisitado salvo contadas excepciones, como ‘El corazón delator’. Por eso, por no tenerlo fresco y querer recuperar al maestro, agarré este Las aventuras de Arthur Gordon Pym bastante ilusionado. Más si cabe cuando desde hace meses estoy embarcado en un proyecto para el que la lectura de la primera mitad de la narración me viene que ni al pelo. Por supuesto la segunda parte, la que más importancia histórica posee dentro de la literatura fantástica (al menos en lo que se refiere a la aparición de un subgénero llamado horror cósmico), tampoco merece el menor desprecio: sólo ese ominoso tekeli–li y todo lo que implica (más aun teniendo en cuenta su posterior reencarnación en la que en mi opinión quizá sea la obra cumbre de Lovecraft) ya convierten la novela en lectura obligada.

Vayamos al grano.

La historia empieza como una travesura dándole a la narración un aire casi juvenil, el de una novela de aventuras que décadas después muy bien hubiera firmado Jack London. Poe juega con las situaciones puzle, como le gusta hacer en otros relatos, y de esa manera en los primeros capítulos vivimos una asfixiante experiencia que más que aventura marina tiene que ver con horas historias como ‘El pozo y el péndulo’. Tras salir confinamiento en la bodega empieza una historia marina ya más clásica, con momentos cumbres como el encuentro con le derrelicto o la solución del hambre: una auténtica gozada.

Para evaluar la segunda parte hace falta ponerse en situación. En 1838 de las regiones polares sólo se sabía una cosa: que existían. Hablamos de los últimos territorios cien por cien vírgenes, enormes extensiones en blanco en los planos. Ello hace que todo el viaje descrito por Poe suponga un auténtico y delicioso ejercicio de fantasía, en parte similar al Marte descrito por Burroughs. Para hacernos una idea de la situación por aquella época decir que un año después de la publicación, en 1839, el entonces capitán Ross comandó la primera de sus expediciones hacia esas latitudes (expediciones realizadas a bordo de los buques H.M.S. Erebus y H.M.S. Terror, inolvidables para todos los lectores de otra de las novelas de terror polar por excelencia, la magistral El terror), llegando a cartografiar parte de la costa. Sólo entonces se empezó a concebir la idea de la existencia de un continente antártico, del que apenas se empezaban a arañar las costas. El culmen de esa exploración llegaría el siglo siguiente, en 1911, con la llegada al polo sur por parte Amundsen primero y Scott después (no lo puedo evitar, y enlazo esta pequeña maravilla). En resumidas cuentas: Poe estaba describiendo algo que a nosotros se nos hace tan extraño y desconocido como hablar de lo que hay bajo las tormentas de Júpiter.

En esa segunda parte aparece el concepto que en mi casi siempre recordaré de la obra: el horror cósmico. A medida que se acerca el lector al final de la narración va recibiendo una tras otra bofetadas en las que se intuyen realidades diferentes, grandiosas y aterradoras. Poe teje un escenario que apabulla al lector con juegos de colores, sustancias anómalas, terrores velados y fenómenos ante los cuales sólo cabe una reacción: el pasmo. Eso y sentirse pequeño, insignificante. De nuevo el texto supone toda una delicia. Nos deslumbra con un apabullante castillo de fuegos artificiales. Un vecino suyo, casi un siglo después, retorció esa visión y consiguió establecer de manera definitiva el terror moderno con narraciones que huían de la fantasmagoría supersticiosa (hasta entonces predominante) y haciendo del horror algo físico, una realidad aplastante en la que el hombre queda colocado en el auténtico sitio que se merece dentro del universo: el de una miserable ameba. Por supuesto hablo de Lovecraft.

Pero por como he dicho al inicio el texto me ha dejado un sabor agridulce. Veamos los puntos malos. He de decir que los veo y analizo ahora, más de veinte años después de mi primera lectura, con una importante mochila crítica ya a la espalda.

Uno de los defectos que ahora veo es que Poe no sabe moderarse a la hora de dar explicaciones. Detalles como la manera de estibar una nave, o cómo y con qué velamen capear un temporal, o las sucesivas expediciones buscando cierta isla fantasma, entre otras explicaciones excesivas, llegan a cansar. Sé que se supone que, al tratarse de una narración en primera persona, ese discurso forma parte de la manera de representar la personalidad del narrador (en este caso obsesiva y meticulosa), pero creo que con un cuarenta o cincuenta por ciento menos de información no se habría perdido nada la narración, y hubiera quedado clara de igual manera la personalidad de Pym. Y por otro lado hubiera ganado en dinamismo el texto.

Por último hay que hablar de ese final. Vaya final, por dios. A ver, que sí: los ha escrito Poe, uno de los indiscutibles genios de la literatura universal, impulsor por excelencia del relato corto, tanto en sus versiones de terror como policiaco. Pero es que en esta obra se ha metido él solo en un fregado del que no ha sabido salir, acabando huyendo por la tangente. Desde que la Jane Guy se adentra en la zona templada se empiezan a acumular detalles chocantes y misteriosos, que todo lector coherente espera ver resueltos. Las mastodónticas inscripciones y el velo de vapor en el horizonte suponen el colofón a este ambiente onírico y sin lugar a dudas antecesor del horror cósmico. La impresionante Kadath o la hundida R’Lyeh de Lovecraft quedan ninguneadas ante esta creación elucubrada por el Boston un siglo antes. Pero aun con toda esa grandiosidad Poe no sabe rematar, ni siquiera juntar un par de hilos: huye del monstruo que ha creado usando una triste al tiempo que todavía más oscura nota final. A esto se le llamaría ahora ‘hacer un Perdidos’, y supone una enorme mácula en la valoración final del libro. ¿Cuál es esa calificación? Pues un 8, sobre todo debido a su carácter precursor y visionario.

Un saludo.

P.D.: Como tema aparte hay que mencionar la sintaxis. A veces sólo la puedo calificar de delirante, con subordinadas, incisos, acotaciones entre comas… Ignoro si la culpa de ello la tiene mi edición, el traductor, Carlos del Pozo o el propio Poe.