AA.VV. – Nuevos cuentos de Los Mitos de Cthulhu

Hola, culebrillas.

Una nueva compilación de libros de Los Mitos, en esta ocasión titulada Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu, compilación a cargo de ni más ni menos que Ramsey Campbell. El libro es de 1980, con lo que lo de nuevo ya no resultan muy cierto (si bien mi edición es la de 2011), lo que no excusa un detalle: ¿cómo se puede editar un libro titulado nuevos relatos cuando entre ellos hay textos de H.P.L. y de Frank Belknap Long? Suena muy a broma. Y sin embargo no lo es: ahí están las historias, para el disfrute (más o menos, que de todo hay en esta compilación) de los lectores.

Luego, y antes de entrar en harina con los relatos pero tras haberme leído todos, quiero hablar inopinadamente del señor José Luis Moreno-Ruiz, el traductor de este libro. Y quiero hacerlo inopinadamente, insisto, porque me ha llamado la atención ese adverbio, el cual, inopinadamente, aparece incluso dos veces en una sola página. Así, sin que venga a cuento (porque no me creo que no un traductor con experiencia no pueda encontrar un sustituto a dicho monstruo). Y además hallarlo inopinadamente. ¿Algo más puedo decir del traductor? Pues la verdad es que nada, porque profundizar en el tema supondría opinar, y eso -inopinadamente- no ha lugar. Para no hacer más inopinado escarnio le remito un saludo al señor José Luis Moreno-Ruiz. Eso sí, considere el saludo como algo inopinadamente enviado.

‘Crouch End’, de Stephen King, recuerda mucho a la manera de escribir de Campbell, sobre todo en la parte inicial de la narración de Doris (la sensación de amenaza velada, intuida, percibida por el rabillo del ojo). Resulta curioso leer un relato de King justo después de leer su guía de estilo y comprobar cómo se salta algunos de sus consejos estilísticos. El relato entra en un momento dado en el territorio del pastiche (o del tópico, o del homenaje desvergonzado) al ponerse a plantar casi seguidos toda una serie de guiños a nombres y recursos de H.P.L. Aun así se disfruta. Un 6.

El inicio de ‘La charca de las estrellas’ (A. A. Attanasio) no es confuso sino lo siguiente. Además posee descripciones demasiado vagas (los detalles van y vienen, entrando en escena de repente y sin aviso) e incluso inexactas que llevan a confusión. Final alocado y sin sentido: no por meter todo monstruo posible de peli pulp de los cincuenta se consigue un relato bueno. Intento de mezclar género negro con Mitos que no funciona en nada. Ale, un 4.

Tras leer ‘El segundo deseo’, de Brian Lumley, la verdad es que en mi caso hubiera deseado poder pedir un primer deseo: no haber empezado este horrible relato. Pasando sus páginas recordaba una de las normas enunciadas por King: evitar como la quema los adverbios acabados en -mente. Y es que en un primer lugar hay que decir (o gritar) que Lumley no tiene ni puta idea de escribir. Es otro de esos ejemplos incomprensibles de ‘tío que le publican con una calidad menos que nula’. ¿Qué decir de este relato? Nada bueno, pero entre lo malo destacar, por ejemplo, que adolece de una obvia falta revisión, con errores de continuidad e incluso contradicciones. No hablaré de cuán tópico es (el ambiente gótico roza el pastiche, eso en una recopilación de textos que según Campbell pretende aportar frescura, una visión diferente de Los Mitos). Además  de que también hay errores de traducción / edición, como lo de las miles de millas. 2 que me tienta a cambiarlo a un 1.

‘Oscuro despertar’, de Frank Belknap Long, adolece del mismo tipo de descripciones que el relato de Attanasio: la descripción de la escena del clímax está llevada de una manera demasiado vaga, por más que luego lo intente explicar: ya es tarde. Le pongo un triste 4.

El inicio de ‘La sección 247’ (Basil Copper) es leeeeento, demasiado lento. Una cosa es meterse en el ambiente y otra marear la perdiz. Sin embargo lo malo, lo peor de todo el cuento, lo tenemos al llegar al final, cuando descubrimos que el autor ni sabe describir mínimamente bien el detonante de todo el relato, ni se pringa en plasmar un final más comprometido: tan vago es el desenlace se puede decir que el relato ni siquiera pertenece a los mitos. Se lleva un 5.

T.E.D. Klein divaga y divaga en el inicio de su relato ‘Un negro con un saxofón’. El relato parece una especie de declaración de amor que al autor hace, a modo póstumo, a H.P.L. Pero, aún yéndose por las ramas, funciona mejor que ‘La sección 247’, quizá porque toca de manera más directa a Los Mitos. Tanto es así que a medida que se avanza en la lectura uno se da cuenta de que está leyendo un relato de corte clásico en cuanto a estilo lovecraftiano se refiere. El cuento posee una importante cantidad de paja, si bien es una paja que le da cierto carácter muy acorde con la personalidad del protagonista. Por desgracia acaba cayendo en el tópico, en la repetición de escenas y esquemas usados una y mil veces en el subgénero (repetición que, todo sea dicho, no supone mucho problema para el fan empedernido). Al menos tiene el detalle de no aportar nombres grandilocuentes que hagan de gancho o guiño, aparte de los de la tribu de marras que sirve de detonante de la historia. Vamos, que un escritor aficionado seguro que no hubiera resistido la tentación de nombrar con todas sus letras a la entidad cuya presencia se intuye en el texto: T.E.D. Klein no cae en eso, obligando al lector neófito a indagar en otros relatos para saber quién cojones es el negro del saxofón… y con ello a ganar quizá un nuevo fan a este adorable y monstruoso subgénero de Los Mitos. Le pongo un 7.

Y pasamos de una carta de amor póstuma a algo puede incluso más osado: una colaboración póstuma, casi se diría que incluso necrofílica por lo que tiene de directo revolcón con la obra del de Providence. ‘El libro negro de Alsophocus’ se trata de una literalización perpetrada por Martin S. Warnes en forma de relato de un fragmento escrito por H.P.L. El texto posee esa prosa obsesiva y enfermiza que a algunos, tiempo atrás (mucho tiempo atrás), nos atrajo a este mundillo de Los Mitos; un estilo que, sin embargo, ahora se vuelve algo casino por lo manido y sobreexplotado, y eso que debo admitir que en determinados momentos escribir con ese tono y ese ritmo resulta poco menos que una acto masturbatorio, pura prosa onanista. En el texto todo cuanto se describe posee la famosa dimensión tan-tan-tan (tan maligno, tan enorme, tan abisal, tan obsceno, etc.), el horror en grado superlativo. Pero toda esa mastodóntica aglomeración, tan apretada, sólo consigue una cosa: chirriar, o repicar como todo un campanario. Resumiendo, el relato encajaría a la perfección en la más pura definición de pastiche, de la que se salva por tratase de una adaptación de un texto del propio HPL. Y se lleva un 6.

Llegamos a ‘Maldita sea la oscuridad’ (David A. Drake) y parece que el autor se ha dado un atracón de El corazón de las tinieblas antes de ponerse a escribir. Sí, puede que también tenga algo que ver si experiencia en Vietnam, pero la primera impresión que queda hace pensar que adora el libro de Conrad. El relato progresa más o menos bien hasta que se hace mención a los cangrejos, los jodidos e incongruentes cangrejos, lo cual supone una auténtica puñalada trapera a la suspensión de incredulidad. A eso se suma que ‘la masa negra’ aparece mentada de repente, sin presentación previa alguna. ¿Me he perdido algo y se ha citado antes, o es que ‘la masa negra’ se refiere a las hordas de aborígenes, porque yo no entiendo eso, sino que se describe algo similar a ‘el humo’ de Perdidos? ¿Se trata de un error del editor, traductor o el propio autor, que se ha zampado un párrafo? Bueno, que al final le pongo un 6. Pena de final, la verdad.

Y el libro acaba con la aportación del compilador (algo que jamás me ha gustado: si te pones a recopilar y hacer de editor, no te incluyas entre ‘los elegidos’): el relato ‘Las caras de Pine Dunes’. En este relato Campbell recurre, como es típico en él, a describir una presencia, una sensación de agobio, algo que forma parte del repertorio de lo que se considera herramientas básicas a la hora de redactar historias de Los Mitos. Por desgracia, y no sé porqué, en este relato me encuentro con lo mismo que en el anterior, la impresión de que falta algo, un párrafo o frase o algo. ¿Por qué? Porque durante la lectura todo se parece desarrollar en una misma línea temporal, hasta que se llega a un preciso instante, a una frase concreta, en la que empieza a chirriar… para unos párrafos más adelante darse cuenta de que se ha estado leyendo un flashback. Lo he leído de nuevo por encima y no he logrado encontrar la típica –o no tan típica– entradilla que indique que la narración se va a desplazar hacia atrás en el tiempo. Vamos, que no acabo de entender ese salto. Por lo demás el relato sigue el estilo tan característico del autor (presencias intuidas, apenas vistas, que generan sensaciones claustrofóbicas y de velada amenaza) que lleva a un final cuya relación con Los Mitos está cogido muy por los pelos. Al final le pongo un 6.

Pues esto ha sido todo, una compilación de la que se esperaba más. Como nota media sale 5,11.

Adiós.

Premio UPC 2003

Hola, culebras.

Ya no me quedan en La Pila más UPCs por leer. Una pena. Debo hacer recuento y empezar a buscar los que me faltan. Pero antes de ello debo darle un repaso a este UPC 2003.

El libro empieza con la conferencia ‘Literatura abierta’, de Orson Scott Card. Se trata de un alegato de la literatura sencilla, llana, accesible, frente a la creada siguiendo estilos vanguardistas, incluso elitistas. Pero también suena a argumentación defensiva de los que tienen ideas (más o menos buenas) pero no tienen ni puñetera idea de escribir con un mínimo de estilo. Vamos, el eterno conflicto entre fondo y forma: ni hay que centrarse sobremanera en la forma (y en esto me viene a la cabeza ejemplos que se me hacen casi imposibles de leer, y mira que lo he intentado, como las poesía de Góngora o el Ulises de Joyce), ni dejarse llevar simplemente por la narración sin preocuparse de darle un poco de estética (y aquí entra buena parte de las obras hard, que de tan llanas parecen áridas, o de space-opera). Bueno, como conferencia se me hace flojilla, y su fondo de excusa (no sé escribir mejor y por eso me limito a esto) no ayuda a mejorarla. Le pongo un 6.

Tras la charleta del osito llega el relato ganador de esta edición: ‘Traficantes de leyendas’, de Jordi Font-Agusti. Y la primera en la frente: no lo he lanzado a la mierda por pura fuerza de voluntad. Que relato tan malo, por dios. Entrada le veo tres enormes errores:

  1. La base argumental, las leyendas como artificios para inventar un pasado histórico falso (unos antecedentes incluso a nivel de linaje), me parece una soberana estupidez. ¿Tendría de verdad mercado un producto basado en la creación de mentiras de tal bulto que a la primera de cambio, con hablar con cualquiera que tenga relación con el entorno real de la mentira, se desmoronan? ¿Y que hay gente capaz de pagar dinero (incluso fortunas) por eso? Ejemplo de diálogo que supone tirar por tierra toda la validez de la premisa del relato:
    • He pagado por creer a pies juntillas que soy hijo de la reina de Inglaterra Isabel II, y he pagado por ello un pastizal.
    • Pero si en los libros de historia no apareces.
    • Me da igual, he pagado una fortuna por creerme eso, y me lo creo.
    • El extremo del ridículo. Una despreciable exageración de Desafío Total, llevada al extremo.
  2. La excesiva inclusión de la política como gancho/guiño al jurado me parece fuera de lugar. Me importa un pimiento el independentismo (de hecho estoy en contra de todo independentismo/nacionalismo: sé que el futuro del Hombre está en la abolición del concepto Nación y la instauración del concepto Humanidad como Comunidad Global. Toma alegato al comunismo). Se enarbola la independencia de Cataluña y su sello ‘made in Catalunya’ como equivalente a calidad suprema a nivel mundial (joder con los aires de grandeza. ¿Superioridad de la raza aria? Una pamplina ante la raza catalana, que dominará por sí sola todo el universo), simplemente por el hecho de ser catalán.
  3. El estilo es malo y la traducción peor (a lo que se suma que hay numerosos gazapos de edición, lease no-galeradas). Juntos crean un engendro aburrido y sin gancho, con tremendos altibajos de ritmo, incluido el inevitable momento onanista. Me gustó mucho más leer ‘¿Quién necesita el panglos?’, que de igual manera trataba la identidad de Cataluña, pero desde una perspectiva menos chabacana y torpe.

Y ya no hablo más de este engendro, bodrio, basura, etc. Le pongo un 1, y mucho me parece.

Cuán diferente ha resultado leer ‘Polvo rojo’, historia a medio camino entre lo detectivesco (casi diría que cine negro), el space ópera y la aventura. Yoss (José Miguel Sánchez) no embarca en la persecución de un malvado alienígena fugado. ¿Quienes le persiguen? Nick Nolte y Eddy Murphy. Bueno, ellos no, sino sus clones del  momento, de relato: policía robótico y suigéneris, y un delincuente aún más extraño. Historia fresca, si bien no para tirar cohetes, que funciona y con un desenlace adecuado. Una pena que éste texto quedara por detras de la otra bazofia. Pero claro, no ensalza el potencial de la catalanidad como valor per se. Le otorgo un muy entretenido 7.

El tercer relato del volumen se titula ‘Sueño de interfaz’, obra de Vladimir Marfetán… digo, Hernández. Vladimir Hernández. o sé en quién estaría yo pensando, ja, ja. De nuevo un texto con toques de género negro, si bien en este caso el protagonista no es el persecutor, sino el grupo de perseguidos. Por desgracia el texto tira mucho hacia ese subgénero que detesto, el ciberpum. Y lo hace por desgracia aplicando las típicas triquiñuela de jerigonza pseudo informática para sacarse de la manga recursos, situaciones y soluciones. Vamos, otro Deus ex machina del copón. No está mal escrito hablando de lo relativo a estilo (salvando las numerosas faltas de principiante, presentes en todos los textos de este volumen, faltas que siguen a la vista debido a una muy evidente inexistencia de galeradas) y se deja leer pero el abuso de la trampa léxica ciberpumera, el ‘existe un problema y me invento una tecnología que lo soluciona’, no ayuda lo más mínimo. Por todo ello el relato se merece un 6.

Y voy con ‘Factoría cinco’, de Jose Antonio Bermudez Santos. Nos encontramos con una relato que podría ser mucho mejor y que por desgracia se queda en un quiero y no puedo. ¿Por qué digo esto? Por el tono, a veces demasiado desenfadado, y por las continuas (muchas veces cargantes) referencias y guiños al cine, literatura, música, televisión… parece que el autor ha jugado a meter más y más guiños. Chirría sobremanera el que en un mundo postapocalíptico se conozcan tantos nombres y referencias de cultura no sólo pop, sino casi underground. Y es un pena porque esa tontería empaña lo que podría ser una agradable historia al más puro estilo Mad Max, con una final sorpresa final… no lo digo, pero que en parte chafa el escenario que ha llevado el relato a lo largo de todas sus páginas. En definitiva, relatito agradable que se lleva un 6.

Acabamos el volumen con ‘Carne’ de Daniel Mares. El relato que no me ha agradado tanto como otros suyos que he leído antes, como por ejemplo ‘La máquina de Pymblikot’. Al principio resulta algo desconcertante e incluso cargante (sobre todo en cuanto a la manera de expresarse de los protagonistas) para luego acabar con una especie de debacle orweliana que lleva a un único final posible. Resulta curioso ver cómo los monstruos de ‘Carne’ son la idílica promesa futura de Hiperion. Que alguien junte a Simmons con Reyes y debatan esas dos vertientes tan iguales y al mismo tiempo tan divergentes del futuro 😛 Le pongo un 6.

El libro obtiene una nota en conjunto de 5’3.

Y por ahora nada más. Bueno, sí: que me he quedado en casa sin UPCs de los que suelo adquirir, de saldo. Con un poco de suerte encuentro por algún lado uno que no haya leído.

Adiós.

J.G. Ballard – La exhibición de atrocidades

Hola, culebras.

Al coger este libro de la pila buscaba una compilación de relatos cortos o muy cortos, algo que no supusiera mucha dedicación. Vi el libro era finito, y por el índice deduje que los relatos no poseían una extensión muy grande. Y empecé a leerlo sin imaginarme lo que encontraría al paso de las páginas: uno de los textos más rallantes que ha pasado por mis manos en todos estos años. Sí, lo sé, se trata de Ballard, autor de por sí ya bastante personal en cuanto a estilo y temática; pero con La exhibición de atrocidades digamos que se supera.

Escrito en 1969 el texto realmente se encuentra inmerso en el contexto cultural hippy, la experimentación y las ‘idas de olla’. Porque a mi manera de verlo todo el texto es una auténtica ‘ida de olla’ de Ballard, una muestra de sus obsesiones (Ralph Nader, los Kennedy, los choques de coches, su anómala visión del sexo, las zonas de hormigón y ruinas urbanas, los efectos del bombardeo de Hiroshima, etc.), todo ello de la mano de un estilo de escritura que se podría decir que flirtea con el monólogo interior de un demente. Todo muy experimental, vamos. El lado más experimental lo tenemos en ‘Las Generaciones de América’, texto en apariencia sencillo pero bajo el que se esconde un puñal: el ciudadano común, con el asesinato como vehículo, se convierte en el alma de todo un ¿país, continente?

Este libro casi psicopático o esquizoide carece de una línea temporal concisa, y en él el desarrollo de los acontecimientos no discurre de la manera habitual o natural. Los diversos ‘episodios’ en los que se dividen los relatos más que narrar hechos describen sensaciones, impresiones o subjetividades, configurando un estado mental casi de alienación. Al menos eso es lo que me ha pasado a mí (decir que gracias a esa alienación he conseguido que mientras he estado leyendo este libro ha aumentado muchísimo mi producción de microcuentos para @loumbrio: es que casi cualquier cosa ‘fuera de lo normal’ con la que me topaba me daba pie a una microhistoria. Ya tengo una pequeña batería de tweets en la reserva para cuando no consiga inspirarme).

¿Qué he sacado en claro del libro? Aparte de las obsesiones del señor Ballard poco más. Admito que no soy un erudito capaz de sacarle disfrute a esta obra, ni me da para realizar un análisis profundo de un texto que admito no he podido comprender. Aun así he podido encontrar algunas imágenes preciosas, impresionantes, como por ejemplo el uso de la superficie de Enneper como metáfora sexual. La lectura del libro mejora mucho si tienes a mano material de referencia, como por ejemplo una enciclopedia, para descubrir el qué y el quién de muchas de las referencias que aparecen el texto.

Una vez acabado tendría que ponerle una nota, como al resto de libros que leo, pero para este esa tarea se me hace muy complicada. Si tuviera en cuenta las veces que he tenido que levantar la cabeza del texto agotado por la lectura le pondría un 2, poco más; pero si me fijara en la fuerza y efectividad alienante de alguno de los pasajes debería otorgarle un 10. ¿Qué hago? Se trata de un libro tan extraño y personal que me atrae y me repele. Lo valoro con un 6, si bien seguro que si me preguntan cien veces podría darle cien notas distintas, dependiendo del punto de vista desde el que le recuerde.

Adiós.

Robert E. Howard – Las extrañas aventuras de Solomon Kane

Hola, ofidios.

Hasta ahora, en lo relativo a Howard, me había centrado sólo en Conan. Pero ya era hora de cambiar de personaje. Aprovechando la película que se rodó hace no mucho, Valdemar ha publicado este tomito con todos los relatos que Howard le dedicó a este puritano cafre.

Según pone en la introducción (a cargo de míster engreído-prepotente-sobrao, que también se ha encargado de la traducción) a los textos originales de Solomon Kane se les ha dado a lo largo de la historia cierto lavado de cara, eliminando aspectos y expresiones que con el tiempo han entrado en lo ‘políticamente incorrecto’. Esta edición que he leído se supone que es fiel al texto original. Al menos sí que se leen varios detalles de corte racista que me recuerdan en cierta medida a los de Lovecraft.

Pero vayamos a los textos que incluye el libro.

  • ‘Cráneos en las estrellas’ es un relato sencillo y de desarrollo lineal, al que buena falta le haría un giro argumental o alguna sorpresa final. Le otorgo un 5 raspado.
  • ‘La mano derecha de la maldición’ parece una revisión literaria del film Las manos de Orlac. El relato adolece de excesivas explicaciones finales, que empañan un final previsible. Se lleva un 4.
  • ‘Sombras rojas’ no tiene nada que ver en cuanto el desarrollo de la historia con ‘Clavos rojos’, uno de los mejores relatos de Conan, por mucho que su título parezca indicarlo. Sin embrago el texto sí que tiene cierta relación, en lo que a ambientación se refiere, con algunos del cimmerio. En este relato, además, se da la casualidad de que la manera en que Howard describe a su héroe me recuerda mucho a la forma en que Moorcock hace lo mismo con Elric: una criatura extraña, de mirada dura y melancólica, de piel pálida; un individuo anclado en un código moral demasiado estricto (quizá trasnochado) y con una actitud que hace que quienes le rodeen le rehúyan. Otro detalle curioso (y que se irá repitiendo en otros relatos) es la aparente memoria atávica de Kane. Me recuerda a lo que más adelante sería Erekosë. ¿Se inspiró Moorcock en este detalle de Kane para crear su campeón eterno? Ni idea. Pero lo que importa es que el resultado final del relato es muy satisfactorio, mereciendo un 8.
  • Con ‘Resonar de huesos’ regresamos a la idea subyancente de Orlac. Y huele. Además el texto tiene un detalle demasiado torpe (rotura de la cadena) que ya te dice cómo va a acabar. En resumen, un texto muy poco original que se lleva un triste 4.
  • La historia de ‘Luna de calaveras’ es la más extensa de todo el libro. Y por desgracia de nuevo tiene un cariz lineal. Todo está metido a piñón fijo, para que encaje y lleve al héroe a un único destino. Los acontecimientos se suceden uno tras otro de la manera más apropiada para que todo acabe como debe hacerlo. Para colmo nos encontramos con una apoteosis final en exceso oportuna. Sin duda en aquella época (años 20-30 del siglo XX) ese tipo de finales apoteósicos debían resultar muy efectistas y cautivadores, pero ahora quedan trasnochados y demasiado forzados. Algo positivo en el texto lo hayamos en la atmósfera lovecraftiana que lo envuelve en una buena parte de su extensión, detalle que yo (fan del de Providence) agradezco. Le pongo al relato un 6.
  • Ahora le toca el turno a ‘Las colinas de los muertos’. De nuevo en relato con el espíritu de Conan, y que posee una escena final muy jugosa, con los buitres haciendo acto de presencia. Se lleva un 7.
  • ‘Alas de la noche’ repite casi el inicio de ‘Sombras rojas’, presentándonos a Kane como un justiciero vengador siempre dispuesto a castigar al malvado. Pero a medida que avanza esto cambia del ‘corre que te pillo’ al ‘en un tiempo pasado ocurrió esto’ muy lovecraftiano. Por desgracia los malos no me acaban de gustar, apareciendo mal dibujados, demasiado tópicos. Algo en ellos me da la impresión de no haber sido bien pensados. Lo peor llega al final de la historia, cuando demuestran ser tontos de remate. Le pongo un 6 al relato.
  • En ‘Los pasos en el interior’ una vez más nos encontramos con Conan, en un relato divertido pero demasiado sencillo, lo que le otorga un 6.
  • Tras estos relatos de Kane aparece el único relato que escribió Howard de Sonia ‘la roja’, la que luego se convertiría en el cómic en Red Sonja. Nada tiene que ver el personaje de Howard con el de los tebeos. El relato en cuestión se titula ‘La sombra del buitre’ y, casualmente se puede decir que es el mejor de toda la recopilación. Una historia que engancha, carente de elemento fantástico pero rebosante de acción y tono épico. El carácter pendenciero, independiente y rabioso de la Sonia de este texto destaca sobre el resto de personajes, bastante planos y manidos. Ignoro cuánto de real hay en las descripciones tanto de la Viena del siglo XVI como de la corte de Solimán, pero el resultado es creíble, colorido y agradable. Le pongo un 8 alto al relato.

Concluyendo, la recopilación de cuentos tiene sus altibajos, pero en conjunto se lleva un 6 raspado.

No quiero olvidarme de hablar de la portada del volumen, la ilustración de Juan Antonio Serrano García: no tiene absolutamente nada que ver con ninguno de los ocho textos protagonizados por Solomon Kane. Pero ni de lejos. Hay lectores, sobre todo jóvenes, que esperan que la portada represente una escena (o el espíritu) del libro que presentan. Pues bien, si esperaban descubrir qué eran esas criaturas purpureas se van a quedar con las ganas. Parecerá una chorrada, y para muchos lo será, pero a mí me demuestra una falta de respeto tanto al autor (no se han molestado en plasmar algo de la obra) como al lector (por lo que he dicho antes). Ya como impresión personal de la portada, me parece un dibujo extremadamente rígido, sin vida: me recuerda a los momentos más chungos de Ernie Chan, de cuya muy reciente muerte me acabo de enterar al hacer la búsqueda para poner este enlace. R.I.P.

Un saludo.

Una pequeña sorpresa desde Málaga

Hola, culebras.

Ayer me llegó un correo que me sorprendió por su contenido. Me lo mandaba alguien que se había ‘quedado loco’ al descubrir el contenido de una web. Raudo pulsé el enlace y me encontré con el sitio de un colegio de Málaga en el que habían colgado varios microcuentos, todos ellos leídos por escolares.

Y entre los relatos encontré uno mío: ‘Nana’.

Al escuchar el podcast recordé cuándo lo escribí, otros tiempos más dinámicos y creativos. También recordé a la fuente de mi inspiración, mi mujer: ella me ha contado varias veces cómo, de pequeña, creía haber tenido una visión muy similar a lo que se narra en el microcuento.

Además, como premio adicional, descubrí que habían seleccionado el microcuento para incluirlo dentro de la plataforma leer.es.

Desde aquí quiero dar las gracias a los niños del I.E.S. La Rosaleda (Málaga), y en especial a Ana León por haberle puesto voz al microcuento. Espero que mi historia os haya gustado, y que esa colección de diminutas historias os aficione a la lectura, o incluso a la escritura. Ambos dos son mundos maravillosos, os lo aseguro.

Gracias, de corazón.

PD: El remitente del correo, el ‘loco’, era precisamente uno de los autores leídos. Da gusto cómo Internet y la libertad de derechos nos sorprenden a los que aportamos pequeños granos de arena.

AA.VV. – Art Nalón Letras 2004

Hola, ofidios.

Después de cosa de siete años saco de la pila este libro. Lo conseguí por participar en el Art Nalón Letras 2005, en el que (como es lógico) no obtuve nada. A excepción de este reducido volumen. Y acerca de su contenido voy a escribir ahora un poco.

Ante todo hay que decir que el nivel medio de los relatos ha sido aceptable, pero no como para echar cohetes. Se nota que hay mucha gente aficionada participando en el mismo. Se trata de un concurso orientado a la ¿juventud?, a escritores de menos de 37 años. A esa edad ya hay gente que escribe mucho y muy bien, pero por lo que sea en esta edición ese tipo de concursante no abunda.

Pero vayamos al contenido. Los tres primeros relatos están escritos en bable, por lo que ni siquiera los he ojeado. Así que pasamos a los escritos en castellano actual.

El relato ganador, ‘Puerto Hambre’ de Mar Sancho Sanz, sufre un defecto estilístico a mi entender descomunal: está todo él (cuatro páginas y pico, y en torno a las 1.200 palabras) redactado en un único a inacabable párrafo. A lo mejor se podría decir que es un recurso estilístico o… no sé. Pero a mí me parece un error de bulto, algo que de por sí ya lo invalidaría para obtener ningún galardón. Más aun cuando al leerlo los puntos y aparte saltan a la vista. En cuanto a la historia se puede decir que este sencillo relato surge de una simple anécdota. El final del relato (aviso de que lo voy a reventar) chirría bastante en tanto y cuanto que Gastón no es un nombre muy español, precisamente. Hay alguna que otra frase extraña, como la del ‘betún de croata más alto’ Hay otros fallos, en este caso de edición, como el cambiar ‘turno’ por ‘tumo’, o un ‘d el’ que sin lugar a dudas proviene de un ‘del’. ¿Envió el relato en papel y el OCR provocó estas erratas? En resumidas cuentas, un relato gracioso que se lleva un 6.

Tras el ganador en libro se incluyen otros relatos seleccionados por el jurado.

  • ‘El murallón de Sindarleza’, de Santiago Javier Ambao, resulta un relato mejorable, sobre todo en temas ambientación. Mezcla detalles que dan una idea de modernidad (como un centro comercial, un centro de esparcimiento y un hospital) con otros de toque fantasía medieval (el murallón, las torres de vigilancia, etc.). Precisamente la primera aparición del murallón es una imagen sugerente. O al menos para mí, que ya escribí hace años un relato acerca de un muro (relato que ahora que lo pienso bien podría ser recuperado/revisado y acabar en Eterno V2). Otro defecto del relato es la falta de coherencia, o de lo que para mí es coherencia: esos cien años de que habla no me parecen un lapso de tiempo suficientemente largo como para darle el aspecto añejo de lo que incluye el párrafo. Aparte del sinsentido de entregar toda la producción de oro a ‘los otros’. ¿Entonces en qué se basa el comercio de la colonia? Luego está el tema de la mentalidad de los colonos, que se anticipan a lo que les pueda suceder sin base alguna de sospecha, o su capacidad de ver lo que hay más allá del muro sin atreverse a echar una ojeada. ¿Cómo saben que hay patrullas al otro lado si nunca han mirado? Todo esto hace que se lleve un humilde 5.
  • Nuria C. Botey nos presenta ‘Oficina de cambio’, un relato muy corto y prácticamente vacío. Se basa en una única idea sin aportar nada. La poca originalidad se acentúa al darse cuenta de que todo se reduce a un ‘paren el mundo que me bajo’, algo ya muy viejo. Le aplico un 4.
  • ‘El culto’, de José Luis Erausquin Granados, mantiene un buen tono. Sólo al final se adivina de qué va, lo que supone un éxito. Lo único que el tono casi medieval o preindustrial del inicio de la historia no encaja con la resolución final del mismo. El relato se merece un 7.
  • El relato ‘Café de contrabando’, de Mercedes González Alonso, está bien escrito y posee un ritmo interesante. Incluso al inicio posee unas imágenes llamativas. Por todo ello le pongo un 7, nota que podría haber superado de no existir algún defecto, como la mención  a Profidén, que no encaja con un relato por lo demás limpio de marcas o llamamiento a ‘lo real’.
  • El texto de ‘Nassau’, de nuevo de Mar Sancho Sanz, padece el mismo defecto que el ganador del concurso: se trata de un único y descomunal párrafo. Acojonante que pasaran ambos dos la criba (por no hablar de que uno de ellos ganara). Aun así la historia no queda mal. Tiene un giro argumental que le aleja del típico (y vacío, sencillo, manido) argumento emocional para adentrarse en uno más duro. Un relato al que le aplico un 6 que bien hubiera podido llegar a 7, de no ser por el defecto estilístico.
  • Llegamos a ‘Jardineros’ de Jaime Alejandro Roda Bruce. Por fortuna este relato es corto, por lo tonto que resulta. Nos hallamos ante un texto sobre cargado de palabrería ‘técnica’, a veces ridícula, con términos entiendo que introducidos más por su sonoridad que por su eficiencia en la historia. Pero la referencia a Oort supera lo tolerable, dando ganas de dejar el relato. El final resulta tonto, una fantasía que no va a ningún lado. Le doy un 4, y bastante me parece.
  • ‘Albricias’, de Roberto Vivero Rodríguez, al poco de empezar ya me provoca horror con una simple palabra: ‘imeileaban’. Semejante salvajada ya supondría cerrar el libro, o cambiar al siguiente relato. Otro defecto es el tono que se usa en la narración, que a veces se confunde entre un narrador distante a otras con un protagonista involucrado. El resultado final es una chorrada ‘humorística’ (supongo) en un estilo nada de mi agrado. Le pongo un 4.
  • Jonathan Préstamo Rodríguez nos presenta ‘Entrar, saludar, salir, esperar’, un relato que me ha pillado por sorpresa. Admito que no había captado la temática hasta justo el final. Eso ya me gusta (o a lo mejor es que leer de madrugada en el metro supone a veces tener esos despistes). No me acaba de cuadrar el que el protagonista conozca a la gente parte de la gente del vagón. Aun así le pongo un 7.
  • ‘Celia pies de flor’, de Carlos de Puerto Martín, es una pequeña delicia. Sí, por unos momentos se pierde (cuando habla de los niños y el fútbol), pero luego regresa a esa fantasía onírica delicada, deliciosa. Un muy merecido 8.
  • Con ‘Una nota en la cocina’ de Ismael Piñera Tarque nos presenta juna historia sencilla y emotiva, pero que funciona, con una final que agrada y sorprende. Eso le hace merecedor de un 7.
  • El mismo autor, Ismael Piñera Tarque, repite relato en la compilación con ‘La apuesta’. Se trata de un texto menor en comparación con el anterior, una historia que se reduce a una anécdota y que tendría mucho mayor peso e interés si estuviera contextualizada (y ampliada y acompañada de otras similares) dentro de ese interesante Breve historia del odio. Le doy un 5.
  • ‘El ladrón de flores’, relato de José Manuel Moreno Pérez, tiene aire de clásico, de texto costumbrista, humilde y sencillo. En general se puede decir que está bien escrito, salvo la parrafada inicial, y posee un buen final. Se trata de una historia realista y pícara, un texto de agradable lectura. Todo ello le otorga un 7.
  • Acaba la compilación ‘Plato de jnuuj’, de Juan Jacinto Muñoz Rengel. Nos hallamos ante un texto de corte surrealista y graciosillo. Tiene un pequeño error, que sin embargo supone un detalle casi vital en el desarrollo de la historia: no explica cómo consigue el jnuuj, algo que se supone es rarísimo y casi inconseguible. Sin embargo ese problema lo ventila en un plis, como si no hubiera supuesto un problema. Esa búsqueda de un ingrediente tan exótico buen hubiera podido suponer todo el relato. Pero no. Un fallo; el fallo. Aun con todo no me acaba de gustar ese ‘humor’, por lo que le aplico un 6.

Una vez leídos todos los relatos nos da media de 5’93. No llega por poco al bien. Sin embargo me dan ganas de leer más de otras ediciones. Supongo que será imposible hacerme con copias de otras convocatorias: se agradece que alguien me las regale.

Y así de paso me regodeo viendo cómo otros más jóvenes llegan a algún sitio (publicar y todo eso) mientras yo desperdicio mi vida sin llegar a ningún lado. Positivo que está uno, sí señor.

Un saludo.

AA.VV. – UPC 1999

Hola, ofidios.

Un nuevo UPC llega a mis manos, con su pequeña panoplia de autores. ¿Qué nos podemos encontrar en esta edición de 1999? Veamos.

La introducción, como ya es costumbre, viene en forma de la conferencia que impartió Robert J. Sawyer. ‘El futuro ya está aquí: ¿hay sitio para la ciencia ficción en el siglo XXI?’ podría rozar la perfección si no tuviera ese tufillo de autobombo. Nos encontramos ante un magnífico alegato en pro de la ciencia, que no aburre sino más bien todo lo contrario, invita a leer sin pausa. Se merece un sobresaliente 9.

Hablar de ‘Homunculus’, de Alejandro Mier, es hablar de un relato sosegado, de ritmo lento. Esa lentitud que se regodea en los detalles, en los ambientes y personajes hace que este relato, en base sencillo (de hecho casi se podría decir que lineal), acabe resultando predecible. Tan predecible, tan lento, que al final resulta un chasco: no hay nada original, ni sorprendente. Algo que muy bien se podría haber resuelto en diez o quince páginas se ha alargado a las ciento cuarenta. Ciento cuarenta páginas para nada. Pero aun no nada la manera de llenar esas páginas resulta agradable. Por eso se merece un 6.

Llegamos a ‘Iménez’ de Luis Noriega. ¿Qué decir de este relato? Poco bueno. O nada. Casi se puede decir que es impresentable. Un panfleto escrito con excesivo apresuramiento, de estilo caótico y desordenado. Posee una sintaxis penosa, con una puntuación deplorable. El detalle estilístico del no uso de la letra j queda ahogado por todo ese mar de mierda. No sólo no aporta nada, sino que le da al texto un aire pedante y pretencioso de un ‘quiero y no puedo’ que resalta su nula calidad. No recordaba nada tan malo en estas compilaciones desde que padecía ‘GRACOS’, de Gabriel Trujillo. Un nuevo ejemplo de la degeneración y volubilidad del jurado del UPC. Le pongo un 2 por no endosarle un 1.

‘El día en que morí’ (Fermín Sánchez Carracedo) empieza con un buen ritmo, que por desgracia luego pierde. Por desgracia acaba siendo un relato de desarrollo lineal y con un fuerte deus ex machina en lo relativo a la sucesión de muertes: están justificadas de una manera muy peregrina. He de admitir que no he sabido comprender el uso de la cursiva, dado que no he hallado una diferencia significativa entre esos textos y el resto ni por el tono ni por el punto de vista. Aun con esos defectos le asigno un 6.

El relato de Daniel Mares, ‘IA’, pertenece al subgénero del ciberpum, lo que ya de entrada le otorga un punto negativo: no me convence nada ese estilo, tramposo, cutre y sucio. Y en esta ocasión a esos adjetivos se deben añadir otros. Por un lado el relato está, por momentos, muy mal escrito (o eso o a sufrido de un salvaje destrozo por parte del editor), con faltas de ortografía y una sintaxis (y puntuación) a veces penosa. Por otro lado nos encontramos con un recurso final, al parecer del agrado del editor, pero que apesta a ‘no sé cómo acabar con esto, así que lo acabo de todas las maneras posibles’. Ni que decir tiene que ese último ‘recurso’, demasiado similar a los librillos de ‘elige tu aventura’ de cuando yo era un crío, ha sido el colmo que casi me ha hecho lanzar el libro por la ventana. ‘IA’ es (como sucede a menudo en estos supuestos relatos de intrigas y espionajes tan del género ciberpum) una historia hueca cuyo ‘sentido’ se descubre al final, sin pista alguna previa. En algunas partes la línea temporal se divide de forma brusca llevando al lector a la confusión. La impresión final es la de un texto apresurado, un borrador que necesita un buen repaso. Ni de lejos digno de pasar una primera criba en un concurso que se las da de tan importante como el UPC. Menos aun de llegar a las lecturas finales del jurado. Y, por supuesto, ni de lejos llegar a ser publicado. Parece como si, tras el muy interesante ‘La máquina de Pymblikot’, los jurados del UPC le hubieran dado barra libre para escribir lo que quiera y como quiera. Una pena.

Por todo ello se lleva un 4.

El libro deja una impresión final triste, la de un premio venido a menos. Al cerrarlo te queda el regusto amargo de que el jurado ese año 1997 tuvo que bregar con textos infames: si esos son los premiados, mejor no saber qué se quedó atrás.

Haciendo la media me da un 5’4, un aprobado raspado que no elimina el sinsabor que me ha dejado al final. Ya le pueden dar las gracias a Sawyer.

Adiós.

AA.VV. – Antología de ciencia ficción española 1982-2002

Hola, culebrillas.

Tras varios años en la pila me pongo con esta recopilación a cargo de Julián Díez. Los nombres en portada son la inmensa mayoría conocidos por mí, alguno incluso en persona, pero por fortuna (por eso de hacer unas reseñas más objetivas) la relación tras todos estos años es escasa, si no nula.

  • ‘Mein Fürer’, de Rafael Martín, nos muestra una obra más de este autor en mi opinión sobrevalorado. En este relato se mete en una historia de viajes en el tiempo de la que luego no sabe salir (posee un final absolutamente carente de sentido, típica huida hacia delante). El estilo que usa, de tan rápido que es, acaba sufriendo el defecto de ocultar los diálogos. Se lleva un 4.
  • ‘La estrella’ de Elia Barceló es uno de los varios relatos que no comprendo qué narices pintan aquí, porque la verdad es que de cifi, muy poco. Más bien su temática se puede definir como de fantasía disfrazada de cifi, sobre todo debido a esos mutantes tan poco creíbles: no se puede obrar un cambio similar en 800 años y al mismo tiempo lograr la estabilidad genética. Aún así el texto posee un aire poético que le hace merecedor de un 6.
  • Con César Mallorquí y ‘El rebaño’ ya entramos en algo mucho más serio. ‘El rebaño’ es un magnífico relato, en parte heredero de textos como La tierra permanece o Apocalipsis. Su eficacia da poco pie a comentario, aparte de decir que se disfruta de cabo a rabo. Sólo le plantearía un pero (muy tonto pero que se me ocurrió al poco de empezar a leerlo): ¿quién esquila a las ovejas? ¿o éstas arrastran sus lanas como bolas de pelo? No recuerdo que se dijera eso en el texto. Un 9.
  • ‘Míster ego’, León Arsenal, nos presenta su ‘El centro muerto’ y defrauda. El relato tiene una lectura muy agradable, sí, pero padece un final en exceso incongruente que peca de fantasioso. Tanto es así que para mí anula todo lo leído antes. De nuevo tenemos fantasía revestida de cifi. Se lleva un 6.
  • El siempre pulcro Juan Miguel Aguilera, de la mano de ‘El bosque de hielo’ nos sumerge en un relato de corte clásico, al estilo de Clarke o Niven. El relato me parece que tiene relación con ese extraordinario universo de Akasa Puspa (digo ‘me parece’ porque no me he puesto a comprobarlo), en lo que creo que son el embrión de los colmeneros. La pena es que el relato se me hizo corto: su brevedad le da casi el cariz de anecdótico, necesitando a mí entender mayor extensión para tratar todo lo que deja entrever. Vamos, que se podría sacar una novela. Le pongo un 8.
  • Con ‘Otro día sin noticias tuyas’, de Juan Carlos Planells, la compilación empieza a caer. En picado. En barrena. Relato insulso y vacío, una sucesión deshilachada de recuerdos a medio camino entre intimista nostálgico y la más ligera fantasía. Su presencia en la compilación no que de ninguna manera justificada. Un 3. Y mucho me parece.
  • Sigue el picado, ahora ya vertiginoso. Otro de los gurús injustificados de la cifi española, Rodolfo Martínez, aporta ‘Un jinete solitario’. De entrada se trata de ciberpum, y eso no me gusta. Además relato negro, menos todavía. Si lo sumamos tenemos un relato que lo ha sufrido. Y mucho. Si le añades un final tramposo (típico del género detectivesco, y razón para que bodrios como Los misterios de Laura los deteste a más no poder) junto a un personaje llorón, da como resultado un texto ostentoso y hueco. Un 2 por no ponerle un 1.
  • Armando Boix, aplicándose sobre los mandos con firmeza, consigue alzar el vuelo en su corto, humilde y efectivo ‘Nada personal’. Le pesa la previsibilidad, pero aun así destaca frente a sus dos antecesores. Un correcto 6.
  • Poco a poco regresamos a altura de crucero con ‘Los herederos’ de Daniel Mares. He de admitir que me gustó mucho más ‘La máquina Pymblikot’, pero éste no desmerece. Sobre un escenario descrito de una manera superficial se dibuja una extraña historia de amor, cuya extrañeza esconde una realidad apenas atisbada. La pena está en el final, que tratando de explicar ese mundo el autor cometa un error de bulto: el origen de la transmisión implica una carambola cósmica muy poco creíble, si no imposible. Aun con todo le otorgo un 7.
  • Poco puedo decir de ‘Días de tormenta’ de Ramón Muñoz. Tras leerlo sólo me venía a la cabeza el anuncio ese del Scattergories del pulpo. Este relato y su inclusión en la compilación es igual: está metido con calzador. Un 4.
  • ‘Una esfera perfecta’, de Eduardo Vaquerizo, no es un relato perfecto, no. Sencillo e intimista (aun con toda la sangre que salpica en sus páginas), se lee muy bien pero no cala. Le pongo un 6.
  • La recopilación acaba con el relato ‘Entre líneas’, de José Antonio Cotrina, un texto indiscutiblemente fantástico (se ve que en España la cifi no da para más y por fuerza hay que meter la fantasía), bien llegado y que agrada, al que le otorgo un 7.

La media final del libro es de 5.6, periodo 😛 No llega ni al bien.

Aquí se termina la lectura y empieza una muy breve opinión: me parece preocupante que en una supuesta antología de nada más ni nada menos que veinte años de ciencia ficción española se incluyan tres relatos de fantasía y un pulpo. ¿Tan bajo está el nivel? Una pena, y muy mala manera de promocionar el género. Pero ¿existe de verdad el relato de género en esas dos décadas?

Un saludo.

A.A.V.V. – Visiones peligrosas I

Hola, culebras.

En una nueva muestra de esa lucidez de editorial tan española, esta antología de relatos (que en origen se publicó como un sólo volumen) de Harlan Ellison la han partido en varios tomitos. Pero mejor no voy a despotricar de los editores (eso lo dejo para otro día) y me voy a centrar en lo contenidos de esta recopilación que significó un antes y un después en la ciencia ficción angloparlante, lo que quiere mundial.

Ellison se ha rodeado para esta antología de nombres de una manera u otra famosos, algunos porque cuando la concibió ya de por sí habían alcanzado la fama, y otros que la alcanzarían a posteriori.

La obra arranca con una serie de prólogos y presentaciones, dos de las cuales de la mano del mismísimo Asimov. Como la mayoría de loa escrito por el doctor, se hacen amenas y agradables. Tras ellas entra en escena Ellison, con toda una verborrea que a veces se vuelve casi baboseante para ciertos autores. Cada relato de la antología tiene un texto presentación del antologista y un epílogo del propio autor.

Podré unas pocas palabras de cada relato:

El canto del crepúsculo, de Lester del Rey, no está mal, si bien yo (y personalmente yo) le pondría un pero: lo podría haber escrito yo. La forma, la temática, el desenlace, todo es muy semejante a otros relatos que he escrito. Relatos que no han pasado alguna que otra criba. Le planto un 6.

Moscas, de Robert Silverberg, es un relato con mucha mala leche, dinámico, pero algo previsible. Le otorgo un 7.

El día siguiente a la llegada de los marcianos, de Frederik Pohl, por desgracia es un relato americano, demasiado americano. No digo que no tenga su gracia, su fondo reivindicativo, pero es que la mentalidad de los personajes es demasiado norteamericana. Sin duda en esa época y en ese país el tema estaría muy en boga, pero al estar tan constreñido a tiempo y lugar ahora pierde la gracia y el sentido. Un 5 y no más se merece.

Jinetes del salario púrpura, de Philip José Farmer, nos presenta a un Farmer desbocado, queriendo meter demasiado en un texto al mismo tiempo demasiado corto (por todo lo que pretende mostrar) y demasiado largo (con diferencia la narración más extensa el volumen). Un relato atrevido, iconoclasta, provocador y lenguaraz, muy al estilo del autor. Usa lenguaje experimental con que puede decirse está emparentado con La naranja mecánica de Burgess. Precisamente ese aspecto semántico se queda en ‘intento’ debido a que para que se desarrolle con efectividad se hubiera necesitado mayor extensión. Y es que de hecho el texto se reduce a una excusa para dibujar a grandes trazos un mundo rico y sugerente, una serie de pinceladas que no llegan a profundizar a causa de la reducida extensión. Por todo ello el relato no acaba de llenar. Le otorgo un 6.

El sistema Malley, de Miriam Allen deFord, es un relato mediocre, con final forzado y anodino. La mejor parte es la primera, llena de ultraviolencia. Un triste 4 le pongo.

Un juguete para Juliette, de Robert Bloch, es un relato bien llevado, con un estilo infantil lleno de repeticiones, pero que adolece de un final burdo y apresurado (casi diríamos que novel) que desvirtúa el conjunto. Otro 6.

El merodeador en la ciudad al borde del mundo, de Ellison, es un relato descompensado. El protagonista, de tan malo que es, parece más tonto que otra cosa, algo que se contrapone a la bestia que en realidad debía de ser Jack. Además el relato falla en lo relativo a crear un entorno creíble y el modo en que interactúa con el protagonista. Intenta forzar la situación y a personaje envolviéndolo con un mundo alienante, pero tal alienación nunca se logra, y por el contrario vuelve al protagonista aun más patético. No se merece más de un 5.

La noche en que todo el tiempo escapó, de Brian Aldiss, la podemos definir como paranoia ridícula fruto de un autor totalmente endrogado, una estupidez sin sentido alguno. De nuevo Aldiss demostrando es capaz de crear basura. Un 3, y por ponerle algo.

Un saludo.

PD: Me se olvidaba. La media del libro da un resultado de un cinco con veinticinco. Bastante triste para la que se supone que es una recopilación de relevancia casi histórica.

Robert E. Howard – Conan el Usurpador

Hola, culebrillas.

Parece casi que le he agarrado cariño al musculoso tejano de Howard, sobre todo tras disfrutar de ‘Clavos rojos‘.  Así que me puse con este Conan el usurpador pensando en ese Super Conan 1 en el que se narra a modo de novela gráfica la llegada al trono de Conan. Esperaba encontrarme con un relato que narrara esos hechos. Pero no: ninguno de lo relatos narra ese acontecimiento concreto. Sin embargo nos queda un buen ramillete de historias:

  • ‘El tesoro de Tránicos’ forma parte de los clásicos de Conan, con su habitual mezcla de aventura y magia, una historia en la que el cimmerio no es el auténtico protagonista, sino que de nuevo ese aspecto principal lo asume la amenaza picta. Al  relato se añade la presencia de ese socias de Nyarlathotep, el infame Thoth Amón, que sin saberlo ayudará a Conan en el logro de su destino. ¿Tendrá el estigio en futuras novela la misma importancia que tiene en los comics Conan Rey? El tiempo y las páginas lo dirán.
  • La historia de ‘Lobos más allá de la frontera’, si bien no es un relato ‘de Conan’, quizá sea el mejor relato (en lo referente a el tema de acción y aventura) del libro. Un auténtico cuento del oeste, dinámico, sin pausa. Muy bien. mejor que a mi gusto que ‘Más allá del río Negro’.
  • Sobre ‘El fénix y la espada’ y ‘La ciudadela escarlata’ voy a hacer un comentario conjunto. Son buenos relatos, sí, sobre todo el pasaje central de La ciudadela, pero ambos dos, tras leerlos, me hacen pensar en un nombre propio: Moorcock. ¿Porqué? ¿A quién que no haya leído las crónicas de campeón eterno no le ha sonado algo el sueño de Conan en ‘El fénix’? ¿Cómo no leer el viaje de Conan a través de las catacumbas, en ‘La ciudadela’, y no rememorar las entrañas de Imrryr o puede que de Pan Tang? (Incluso, forzando un poco, ¿el nombre del compañero del protagonista de ‘Lobos’ no recuerda algo a Dyvim Slorm?)

En definitiva, una lectura magnífica de un Howard inspirado. Toda una delicia. Se lleva un ocho sin lugar a dudas.

Los siguientes libros que me quedan de Conan pertenecen a una época para mí más desconocida, la de un hombre ya mayor y que, por fuerza, debe ir perdiendo esas habilidades felinas que tan buen resultado le han dado a lo largo de su vida. ¿Cómo presentará Howard el declive de el guerrero por excelencia? Habrá que esperar.

Chao.

Robert E. Howard – Conan el Guerrero

Hola, ofidios.

Realmente es un gusto leer los relatos de Conan, historias de fantasía sincera y directa, alejada de pretensiones. En esta ocasión, además, las historias e incluídas en este Conan el Guerrero surgen de la pluma del propio creador del personaje, con lo que nos encontramos ante un Conan tal y como lo ideó Howard. Por supuesto eso supone un aliciente más a la lectura.

¿Y qué nos encontramos? De entrada una historia magnífica: ‘Clavos Rojos’. Esta historia nos sumerge en un escenario extraño, decadente y oscuro, con una atmósfera llena de velada amenaza. Casi se diría que con tintes de Lovecraft. No diré más de ella, sólo que (salvando algunas incoherencias) se disfruta de cabo a rabo.

‘Los dientes de Gwauhlur’, por el contrario, nos saca de los interiores decrépitos de una ciudad mastodóntica a la jungla y a unas ruinas en ellas. El relato es un poco más flojo, si bien encaja a la perfección dentro del estándar de la obra de Howard: acción, chicas, magia y muerte.

‘Más allá del río Negro’ quizá suponga el relato más flojo de los tres, si bien tiene el interés de ver una faceta humana del salvaje, sobre todo al final de la historia. Cambiamos pictos por indios, Conan y su compañero por vaqueros y los aquilonios por el ejercito yanqui y tenemos un buen relato del oeste. Entretenido.

Así dicho todo casi parece que el libro decae y que se acaba con cierta desgana, algo que realmente no sucede gracias a que en ningún momento deja de ser ameno.

Puntuación: un justo siete.

AA.VV. – UPC 2002

Güenas, culebras.

De nuevo tengo en mis manos un UPC, en este caso el de 2002. Y de nuevo relatos más o menos afortunados, y mi habitual desacuerdo con los resultados del premio.

Por una vez no voy a seguir el orden de presentación de los relatos en el libro, sino que voy a hablar de los que más me han gustado:

  1. ‘Odisea’, de Fermín Sánchez Carracedo, con su aire clásico (homenaje incluido a Clarke) ha sido sin duda el que más satisfecho me ha dejado. Un relato pausado, clasicista, de un primer contacto. No será muy original, eso no lo dudo, pero sin duda me ha hecho disfrutar, si bien el final lo hubiera dejado un poco más oscuro.
  2. ‘La ruta a trascendencia’, de Alejandro Alonso, me gustó… y no me gustó. Me explico: la situación mostrada en el relato resulta sin duda atrayente por lo enrevesada, pero la manera de lograrlo… algo falla. Yo habría aparcado el sentimentalismo y aplicado un poco más de mala leche: la gente en esas circunstancias creo que se volvería más precavida, más egoísta, y más que una comuna hubiera devenido en un alejamiento, creando una especie de área de ermitaños (como la escena del abuelo ‘trasparente’, de lo mejor del relato). Pero es que se trata de un escenario muy complejo: sólo por la valentía de tratar el tema ya merece mi respesto.
  3. ‘Escamas de cristal’, de Pablo Nauglin (Pablo Villaseñor), me gustó pero lo vi… hueco, forzado. Artificio sentimental para llenar páginas. No me acabó de gustar. Ahora, al escribir esta reseña, no sé porqué me llega a la memoria ‘El pusher‘ de Varley: quizá porque eso sí es saber jugar con los sentimientos de una manera magistral, concisa y directa.
  4. ‘Teorema’, de Irene da Rocha, resulta aburrido, tonto. Una pérdida de tiempo. No me gustó en absoluto. Por no mencionar el detalle de ‘me planto en la luna para cenar, querida’. Así, como si nada.

De nuevo mis gustos no encajan con los del jurado del UPC. Razón de más para no mandar nunca nada allí 😛

Este se lleva un correcto seis.

Neil Gaiman – Objetos frágiles

Compré este libro hace menos de un mes por puro impulso: supongo que se sumó el bajo precio del libro y la posibilidad de conocer un autor nuevo para mí (dotado de relativa fama, ganador de varios premios e idolatrado por parte de la comunidad del cómic). Sea por lo que fuere, lo compré y -más raro aun- lo empecé leer a los pocos días, saltándome todo lo que había en la pila desde hace años. El volumen consiste en una compilación de relatos cortos, mi estilo favorito, lo que lo hacía así de antemano atractivo y de presumible fácil lectura. Sin duda esos factores me animaron aún más a tomarlo entre manos.

Lamentablemente el resultado de la lectura de este Objetos frágiles ha resultado pobre, muy pobre. Neil Gaiman me recuerda en parte a Stephen King, llenando sus historias de detalles y anécdotas que dan profundidad a sus personajes. Pero, al contrario que King, Gaiman se queda ahí: no narra historias, limitándose a recrear situaciones. Juega con atmósferas, da pinceladas de tramas, pero nada más: me da la impresión de que sus relatos se limitan a un muy bien ornamentado marco, pero sin la pintura del centro. La marquetería es una muy digna profesión, pudiendo crear verdaderas obras de arte, pero un marco preciosista no justifica la ausencia del cuadro. Gaiman no pinta cuadros; a lo sumo da un par pinceladas y deja al lector ahí, esperando más. Y eso cuando directamente no cierra la historia a las bravas, como en el injustamente premiado ‘Estudio en esmeralda’ (una nueva demostración de lo basuriles que son muchos premios de estos). Para mí, Gaiman representa el perfecto ejemplo de que la forma no lo es todo: forma sin fondo no sirve para nada.

No todo es malo en este libro, y tres narraciones merecen salvarse de la quema (en parte porque se trata de historias, cuentan algo): ‘Alimentadores y alimentados’ (clasicista y previsible pero que aun así se disfruta), ‘Goilat’ (gracioso con su toque a lo Dick), ‘El pájaro del sol’ (aventurita con un aire que no sé porqué me hizo recordar a HPL, si bien no tiene nada que ver con él) y ‘El rey de la cañada’ (que no está nada mal, pero que tiene como defecto el que huele demasiado a una mezcla de Moorcock y Barker).

Detalle aparte merece la manera extraña en la que introduce a los personajes en algunas ocasiones, con excesiva brusquedad. Lo he notado en unos cuantos relatos: inicia una escena interactuando el protagonista con alguien y sólo al cabo de varios párrafos dice quién es ese alguien. No me ha gustado nada, pero supongo que se trata una impresión personal.

Intentaré darle una segunda oportunidad con una novela, a ver si mejora, pero no las tengo todas conmigo: habrá que pasar tiempo para que llegue ese segundo intento.

Valoración final: 4.

AA.VV. – Visiones macabras

Hola, culebras.

Voy a hablar de otro libro que lleva años en La Pila, y que allí ha estado de manera consciente debido a uno de los nombres que aparece en portada: el de Dean R. Koontz. Nunca he leído nada de él, más que nada porque sólo he escuchado pestes acerca del autor. Pero bueno, algún día debía leerlo y ese día ha llegado: estas son las Visiones macabras que viví.

El libro casi lo podríamos describir como una colina; empezamos acercándonos a ella y, parea nuestra sorpresa, en torno a la base hay un pantano hediondo. Con dificultados lo atravesamos, y con una sonrisa de alivio iniciamos el ascenso. La ladera posee una pendiente suave, un paseo agradable, no muy llamativo pero con algunos macizos de flores que alegran la vista. Continuamos subiendo y a medida que nos acercamos a la cumbre descubrimos que estamos disfrutando de verdad. Sensación que se confirma al coronar la cima: desde ella podemos disfrutar de un paisaje magnífico; nos sentirnos contentos de haber llegado allí. Sin embargo debemos avanzar, seguir, descender. Para nuestra desgracia al otro lado nos encontramos con una ladera que termina en acantilado. Mal que nos pese nos descolgamos por las rocas, mas no podemos evitar algún golpe, sufriendo incluso alguna caída que provoca heridas. Pero al fin llegamos al suelo y, ya desde él, oteamos esa cumbre recordando la pequeña gloria que descubrimos en ella. El muy agradable recuerdo nos hace valorar como positiva la excursión. Nos lamemos las heridas, damos la vuelta y seguimos nuestro camino.

Ya he colado la metáfora. Ahora a aclararla.

El pantano, como se habrá podido adivinar, es la introducción del libro, una basura pesada, tocha, pedante, perpetrada por el señor Koontz. El colmo del despropósito llega cuando, si no entiendo mal, ataca veladamente a la nueva ola de terror que surgió en los ochenta (cuya figura más importante la podemos encontrar en Clive Barker) por dejarse llevar por lo grotesco, lo sucio. Barrer es grotesco, sucio, sexual, y son duda se ha ganado a pulso el término de revulsivo del género. Que haya cada diez años un nuevo Barker, por favor, y que empalen a Koontz en una plaza pública en esas mismas fechas.

Ese ascenso suave y con detalles de color, de calidad, se trata de los tres relatos de F. Paul Wilson. ‘Sentimientos’ remota el clásico de la mano amputada y maldita, para contarnos una historia previsible, lineal y poco afortunada. ‘Caras’, por otro lado, me recuerda a los niños de la talidomida: ¿Se habrá inspirado en ese drama el autor? Lo ignoro, pero el resultado del relato satisface, al punto de verlo incluso filmable. ‘Inquilinos’ nos presenta una historia correcta, con buen ritmo y un cambio de registro final que deja un buen sabor de boca.

La cumbre del libro, sin lugar a dudas, la encontramos en el relato ‘El jardinero’, de Sheri S. Tepper. De no haber leído nada de ella en mi vida a encontrarme con estas dos joyas. ‘El jardinero’ es un relato magnífico, que sabe aprovechar muy bien la extensión impuesta por el editor para conseguir una novela corta redonda, con personajes algo tópicos pero creíbles (incluso el deforme protagonista). El único pero que se le puede ver a la novela es que resulta predecible, si bien ese defecto queda eclipsado por el resto de sus virtudes.

El acantilado, el despropósito final de la compilación tiene como autor a Ray Garton, ¿aclamado? autor de Crucifax. Realmente, si esa novela tiene el mismo corte que esta otra de ‘Monstruos’ espero que no pasa pos mis manos jamás: la estructura de la novela es horrible, con flashbacks pésimamente colocados (al punto de que a veces no sabes si estás leyendo algo del presente o del pasado). La novela en sí mete a monstruos en un entorno en el que no hacen falta: las propias personalidades de los personajes (y la organización religiosa de fondo) ya son de por sí lo suficientemente despreciables como para generar horror. El final se predice a la milla, pero no se disfruta ni cuando se acerca, ni al llegar a él, ni después, con esa lovecraftiana nota policial que acerca la novelilla al pastiche chusco, de broma. En definitiva, ‘Monstruos’ se reduce a una monstruosa pérdida de tiempo y un mal colofón para una compilación que iba ascendiendo en calidad.

Mención aparte merece la contraportada: se nota que quien lo ha redactado no le ha gustado nada, y se ha dedicado a reventar las historias. Un nuevo despropósito editorial, para seguir la tradición de Aullidos.

Una pena que esa basura final manche algo que iba muy bien. Por lo menos uno recuerda con agrado los primeros dos tercios del libro (sobre todo el relato central). Espero que la siguiente lectura me satisfaga más.

Robert Bloch – El que abre el camino

Si se conoce mundialmente a Robert Bloch no es por otra cosa que su magnífico libro Psicosis, que inmortalizó Alfred Hitchcock en su homónima obra maestra. Psicosis pertenece a ese terror de humanos, por humanos y para humanos, un perfecto retrato de una mente enferma. Pero Bloch tuvo unos orígenes muy distintos, alejados de esa horrible realidad que amenaza desde las demasiado cercanas sombras de la mente humana.

Miembro del círculo de Lovecraft, sus primeras creaciones enmarcan en el terror de fondo puramente fantástico. A ese periodo primerizo pertenecen la mayoría de los relatos de esta compilación: sí, hay algún monstruo con pantalones y traje, pero muchos otros son deformidades inhumanas. El conjunto de relatos que incluye El que abre el camino merece un aprobado alto, permitiendo vislumbrar los derroteros de una carrera clave en la concepción del terror moderno. Y también deja entrever la decadencia (acomodada, oportunista y en cierta medida conformista) de su última etapa. Recorramos los mejores y peores momentos de esta compilación.

Entre lo destacable nos encontramos auténticos clásicos, piezas inmortales como ‘La capa’, ‘El dios sin rostro’, ‘El que abre el camino’ o ‘El vampiro estelar’ (obras que trascienden lo normal, ya por su calidad o por sus repercusiones literarias posteriores, como en el caso ‘El vampiro estelar’); insistir en sus cualidades carece de sentido, ya que se ha hablado de ellas en otros sitios en numerosas ocasiones.

Pero en la recopilación nos encontramos con otras obras que se merecen igual valoración positiva:

  • ‘Los honorarios del violinista’, con su toque fáustico, no narra una magnífica historia de desamor y egoísmo.
  • ‘El influjo del sátiro’, relato que goza de un delicioso toque a lo Arthur Machen.
  • ‘Regreso al Sabbath’, una historia que bien le podría haber servido de inspiración a Campbell para su magnífico Imágenes Malditas.
  • El relato ‘Los canarios’ quizá descuadra un poco al leerlo respecto a sus compañeros, pero se nos revela como una maravillosa delicia casi infantil.
  • Entre los últimos a destacar está la cachonda ‘Abadía infernal’, una broma de corte gótico, breve y ante la que uno no puede evitar sonreir.

Todo esto hablando de las luces; del lado de las sombras tenemos relatos que desentonan por su mala calidad, más que nada argumental. Entre ellos ‘El extraño viaje de Richard Clayton’ (demasiado sinsentido para mi gusto), ‘La casa del hacha’ (excesivamente tonto y predecible) y ‘Viaje son retorno a Marte’. Pero lo dicho, se trata de excepciones que no manchan en demasía una buena colección de historias.

Como conclusión, El que abre el camino resulta una lectura recomendable que aportará momentos de gran y aterradora lucidez; y permitirá al lector adentrarse en un claro exponente del terror americano de la primera mitad del siglo XX.

AA.VV. – Lo mejor de la ciencia ficción soviética II

Hola, ofidios.

Tenía este librito en la pila y, la verdad, me daba algo de miedo agarrarlo: tras mi desamor con Lem no estaba nada seguro de que las obras de más allá del telón de acero me acabaran de gustar. Pero tras años de verle ahí, el pobre, abandonado, opté por leerlo. He aquí lo que encontré: relatos variopintos, sorprendentemente variopintos.

Cabe destacar en la mayoría de los textos el a veces escandaloso partidismo, la inmersión de la visión política en el texto: lo soviético como el ideal de sociedad, de cultura, de civilización. Ese proselitismo a veces exagerado ahora, dado el año en que estamos, no puede sino provocar una sonrisa al ver en lo que ha terminado la tan idealizada Unión Soviética. Dejando aparte el tema político, hablaré de los relatos.

Iván Efremov, al cual según se le presenta como uno de los destacados de la cifi rusa, está representado con dos relatos de corte clásico, sobrios y que lamentablemente no destacan. ‘El secreto heleno’ se hace lento y excesivamente meloso, y ‘La sombra del pasado’ resulta excesivamente difícil de creer, por más que trate de explicar en términos físicos la premisa de la historia.

El relato ‘El día de la cólera’, de Séver Gansovski, resulta bastante más agradable. Leyéndolo me venía a la cabeza el relato la basura ‘Gracos’, incluído en el UPC 1998, pero bien escrito y mejor relatado. La descripción de los otarks resulta mucho más inquietante y efectiva sin dar tantos detalles.

La lectura de ‘Futilidad’, de Andrei Gorbovski, casi se puede definir como eso: una inútil pérdida de tiempo. Relato manido, insustancial, que no pasa de ser una simple y poco original anécdota.

Guergui Gurevich nos presenta un solo relato, pero bastante para poderle comparar con el mítico ‘Encuentro con medusa’ de Clarke. ¿Hasta qué punto existe relación entre ambos relatos? Lo desconozco, pero aun así disfruté muchísimo, incluso una vez adivinado el final.

‘Un huésped del cosmos’ y ‘Un marciano’ pertenece al tipo de literatura que le gustará a Iker Jiménez y compañía. Los dos pestiños de Alexander Kazantsev pertenecen a esa ‘literatura’ que trata de argumentar la existencia de ovnis: en este caso el que el bólido de Tunguska se trataba de una nave extraterrestre. No me extenderé en esa sarta de memeces.

Valdislav Krapivin nos presenta ‘Encuentro con mi hermano’, la otra joya de esta recopilación de relatos. Humano, tierno, duro; bien escrito al punto de hacerlo universal, lejos de la parafernalia soviética que algunos otros relatos sueltan.

Concluye el tomo con ‘Las botas mágicas’ de Víktor Saparin, un divertido relato, desenfadado y con guiños de fantasía mágica, pero que al final se revela como pura ciencia ficción.

Como conclusión decir que no acabé del todo descontento por la lectura, si bien se trata claramente del típico libro que sólo merece la pena comprarlo como saldo (dado que si no me equivoco está descatalogado puede que sólo se encuentre de segunda mano, lo que no asegura precisamente un precio bajo). Quien lo vea por ahí, le sobre algo de dinero y tenga curiosidad que lo coja.

AA.VV. – El peón del caos

Hola, culebrillas.

Hace algo más de un año cayó la anterior compilación de relatos inspirados en Elric de Melniboné, Cuentos del Lobo Blanco; ahora le toca a esta segunda entrega de los relatos basados en el multiverso de Moorcock. En esta ocasión, como de su título de deduce, la recopilación no se centra en el amigable albino, sino que se juega con los múltiples aspectos del campeón eterno: nos encontramos relatos del anodino Hawkmoon, del irracional Cornelius, del triste Corum, el amargado Ereköse y, cómo no, del cenizo y carismático Elric. Junto a ellos algunos de los autores, siguiendo el espíritu de Moorcock, han introducido nuevos actores al juego de la balanza cósmica tratando de enriquecer el multiverso. El resultado es… desigual.

Precisamente con los personajes nuevos es donde destaca la recopilación. Como auténticos representantes del mensaje de Moorcock puedo mentar los relatos ‘Hablar con hombres y ángeles’ (Roland J. Green y Frieda A. Murray) y ‘Ángel de la guerra’ (James Lovegrove): éste último, sobre todo, capta a la perfección el alma atormentada de alguien que bien podría responder al nombre de John Daker.

Dado que hablamos de la lucha eterna entre el orden y el caos, el bien y el mal, junto a las dos joyas de la recopilación hay que nombrar las dos basuras más impresentables del libro. Las podemos encontrar, para nuestra desgracia, en ‘El alma cautiva’ (Hill Crinder) y en ‘El último escritor de relatos cortos del fin del tiempo’ (Brad Linaweaver), dos ejemplos de pésima labor editorial. No me voy a abundar en ellos, dado que se me revuelven las tripas, sobre todo con ‘el alma’ (pensar que eso ha sido publicado, traducido, etc. me duele mucho).

Entre los dos extremos, rondando el fiel, nos encontramos el resto de relatos. Lamentablemente el estar próximo al equilibrio en este caso no equivale a una buena valoración. Nombraré algunos de los que merecen la pena, en mayor o menor medida:

  • ‘El cráneo de guerra de Hell’ (C. Dean Anderson), correcta fantasía de Ereköse, si bien no acaba de cuajar por su excesiva unidireccionalidad.
  • ‘El signo de la mano de plata’ (Nancy A. Collins) representa el uso del estilo de Moorcock en su faceta más entretenida. Se lee con placer, si bien resulta previsible para lo aficionados al multiverso.
  • ‘La estación festiva’ (David Ferring) encaja muy por los pelos en la recopilación, como si se hubiera apurado su desenlace para que se ajustara al tema del campeón eterno. Aun con todo se deja leer.
  • Cito a ‘La isla de las almas perdidas’ (Robert E. Vanderman) más que nada por que me hizo gracia el encontrarme el mito clásico de Caronte junto al gafe.

Quedan fuera de toda clasificación los relatos esquizoides, como es el caso de ‘Gigantes en la tierra’ (Caitlin R. Kierman) y ‘La casa a medio camino’ (Peter Crowther). Supongo que habrán hilado demasiado fino para una lectura de metro, como todas las mías, ya que no supe captar nada de lo que pretendían decir.

En resumen, una compilación con altibajos, con basuras que te marcan y con joyas que se quedan grabadas en tu recuerdo. Vamos, que si perteneces a los seguidores de Moorcok y lo encuentras en la edición de bolsillo no estaría mal que te lo compraras: disfrutarás.

AA.VV. – Maestros del horror de Arkham House

Hola, ofidios.

Suculento, realmente suculento parecía este libro en la estantería del FNAC, tanto que no pude menos que soltar (con dolor) los casi treinta euros que valía y comprarlo. Y al poco tiempo leerlo, por supuesto.

Me encuentro ante un Valdemar Gótica, esa soberbia colección conocida por todos los amantes del terror clásico. Y además en su título aparece el nombre de una editorial mítica en el género del terror, y una editorial sobre todo significativa para los amantes de Los Mitos. Sin Arkham House, sin la labor de August Derleth, no se hubiera descubierto la figura de H.P. Lovecraft, uno de los autores más influyentes en toda la historia de la literatura fantástica. Y se supone que aquí esta unido lo mejorcito del elenco de autores de la editorial en forma de una extensa colección de relatos. Bien, bien: promete.

Ale, ya lo he leído. El prólogo y en general las introducciones a cada autor resultan por lo general interesantes (algunas incluso mucho, sobre todo para descubrir ese mundillo oscuro de los editores), si bien quizá peca de un poco excesivo partidismo en defensa de Derleth. Pero como eso ya lo adelanta el compilador en el prólogo, pues estamos sobre aviso. En mi opinión Derleth la cagó al tratar de sistematizar los Mitos, creando unos bandos donde en principìo (según lo descrito por H.P.L.) no los había, pero se trata de una opinión personal.

Entre los relatos a destacar por su calidad citaré:

  • ‘El valle de lo perdido’ de Robert E. Howard, narración sencilla y directa, dotada de la habitual agilidad del autor.
  • ‘El dios de orejas de perro’ de Frank Belknap Long Jr., un auténtico clásico dentro de la literatura de Los Mitos.
  • ‘La hermosa dama’ de David H. Keller, un relato que no conocía pero que está dotado de un aura de clásico)
  • ‘Amantes desde la tumba’ de Edgar Hoffman Price, historia cargada de los misterios del Egipto faraónico, aderezado con una justa dosis de romance, romance un poco forzado pero perdonable.
  • ‘El lobo de las estepas’ de Greye La Spina, dotado en parte de un estilo epistolar que recuerda a clásicos como Frankestein o Drácula, si bien trata de otro de los monstruos eminentes del terror, el hombre lobo.
  • ‘Algo viejo’ de Mary Elizabeth Counselman, de lo mejorcito de la compilación, un relato que de nuevo encaja a la perfección con lo que se espera de un clásico.
  • ‘Bon voyage, Michelle’ de Seabury Quinn, una historia triste, de final previsible pero que seduce por ese fatalismo romántico que destila.
  • ‘El señor de Cotswold’ de Nelson Bond, interesante relato para todos los amantes de Machen, Lovecraft y en general para los seguidores del terror emparentado con Los Mitos. No cuenta nada nuevo, resultando previsible, pero sirve de muestra de cómo la sombra del de Providence se alarga dentro de la editorial.

Por el contrario no quiero olvidarme de relatos a mi entender sobrevalorados y que aparecen en esta compilación: me estoy refiriendo a ‘El pequeño asesino’ de Ray Bradbury (jamás me ha convencido la manera de actuar, la psicología de los protagonistas; en el fondo se trata de un Bradbury rudimentario, muy lejos de lo que años después conseguiría con ese delicioso estilo poético suyo) y a ‘Propiedad del anillo’ de John Ramsey Campbell (otro relato que por más que lo leo no me engancha… ni le llego a comprender).

Resumiendo, la compilación merece la pena, si bien hay que abordarla de una manera abierta: yo me esperaba una nueva colección de relatos de Los Mitos y no es eso lo que hallé, sino un poco de todo. Quizá por eso me dejó ese sinsabor.

Un saludo.

Cordwainer Smith – Los señores de la instrumentalidad IV

Hola, culebras.

He tardado años en coger este libro de la pila, más que nada por la tontería de que es el cuarto de una colección de la que me faltan los tres primeros, pero aun así al cabo de más de diez años de espera, ha caído. Sólo conocía de Smith su Nostrilia, que leí hace unos siete años, y de la que tengo un muy mal recuerdo: aburrido y ñoño son dos palabras que me vienen a la cabeza ante ese libro. Pero dado que a veces una primera impresión engaña, le di a Smith esta segunda oportunidad. Así tomé en mis manos este volumen.

¿Qué me encontré?

En primer lugar debo hablar del núcleo del libro, la novela corta ‘En busca de tres mundos’. Se trata de una especie de epopeya en el que de nuevo sale a la luz la candidez y ñoñería del autor, con pasajes que se suponen líricos, llenos de supuestas alegorías del bien y el mal, del hombre, etc., pero que a mí no me han acabado de gustar. El protagonista no trasmite nada, diluido en una realidad y un trasfondo demasiado fantasiosos. Los escenarios a veces resultan tan irreales que no pueden llamarse ciencia ficción, y los personajes parecen sacados de una fábula infantil (para los amantes de ese género perfecto; para mí no). Sin embargo algunos, pocos, pasajes destacan, sobre todo el último: ‘Tres a una estrella’ constituye una pieza cargada de rareza y personajes alienados que me hicieron retomar el libro con ganas.

El resto de los relatos del libro, todos ellos independientes, los podría calificar como fallidos, por no decir ridículos (en eso destaca ‘La ciencia occidental es tan maravillosa’, una estupidez que sólo está ahí por haberla escrito quien la ha escrito).

En definitiva, una lectura que me deja mal sabor de boca, y que ya sume a Smith entre uno de los autores vetados de mis futuras compras.

Un saludo.

George R. R. Martin – Los viajes de Tuf

Del gordo y barbudo éste de Martin sólo había leído la primera entrega de Perdidos… digo, de La canción de Hielo y Fuego, Juego de tronos (libro que me leí prestado por un amigo y que me dejó como los primeros episodios de la serie de televisión, entre interesado por las diversas tramas y receloso ante el pedazo de culebrón que se anunciaba tras sus páginas. Posteriormente me compré las dos continuaciones, y seguramente adquiriré el resto hasta que acabe la saga, para luego leerla de un tirón, a ver que pasa. Y eso que por lo general no me gusta la fantasía). Perdón por la confusión, todos sabemos que no hay paralelismos (ninguno, ninguno, ninguno) entre la manera de concebir y narrar Perdidos y esa saga.Pero no nos perdamos y vayamos a este fixup, palabro anglo para definir una recopilación de relatos escritos ex profeso para ver la luz como un todo. Así, a lo largo de los siete relatos que incluye el libro nos encontramos con un todo más o menos autoconclusivo, las andanzas de un comerciante espacial llamado Tuf. A Tuf se le podría definir de cargante, cansino, ridículamente sincero y, dado que no le han matado, absoluta e injustificadamente afortunado. Esa característica, la de librarse de la muerte en todas sus aventuras aun siendo un bocazas hiriente de primera hace que se vuelva un personaje en extremo increíble, incapaz de conseguir que conecte con el lector.

Algo que, seguro, le importa un bledo a Martin.

Con esas, a lo largo de los relatos acompañamos al eterno suertudo desde descubrimiento y apropiación de ‘El Arca’, su mítica nave, hasta cómo salva tres veces a los pobladores de un planeta de su ciega y obsesiva estupidez. Entre ello Martin nos permite visitar otros planetas y otras culturas, aspecto en el destaca la obra: repleto de mala leche, los relatos rezuman una dura crítica a la ceguera humana, ante las que el cargante personaje consigue brillar contraponiendo su actitud coherente y lógica al sinsentido del universo que le rodea. Es por ese juego de contrastes por lo que se disfruta de verdad el libro, ver como una hiriente y clara sinceridad sale victoriosa (con enorme suerte, eso sí, de no acabar apaleado de por medias) ante esa basura llamada humanidad.

Habrá que esperar a la anunciada segunda colección de relatos, a ver si Tuf continúa con su suerte injustificada o recibe su bien merecido final.

Un saludo.