Stephen King – Las tierras baldías

Hola, ofidios.

Sigo con los comentarios exprés. Digo lo mismo que en el anterior: si cometo faltas por el apresuramiento lo siento. ¡Ale!

Stephen King - Las tierras baldías (LTO III)

Stephen King – Las tierras baldías (LTO III)

Las tierras baldías, tercer volumen de la saga de LTO, se queda a medio camino entre el primer volumen y el segundo. En este la acción se centra sobre todo en el Mundo Medio, pero aun así King no abandona del todo nuestro mundo: debe cerrar la paradoja. Pese a ello el libro tiene un componente mucho más lineal y descriptivo que el anterior. Tenemos un grupo de personajes que van más o menos ‘directos’ hacia la resolución del texto. Eso hace que la novela pertenezca de lleno al género de la aventura, careciendo de ese componente de creación de personajes que tanto me gustó en el anterior volumen. Bueno, sí: se sigue adentrando un poco en su mentalidad, pero salvo los pasajes dedicados a Jake de una manera bastante tangencial. Hablar de Jake significa hablar en buena medida del motor de la novela: todo gira en torno a él, junto a su extraña relación con Rolando. Y de hecho él empieza a dar claves de ambientación que (creo, espero, deseo) tendrán importancia en las siguientes novelas. Entre ellas la rosa y el color rojo.

Al tratarse de un texto más ligero (de más o menos aventura pura, entremezclada con algo de terror) para mi pierde un poco de interés. No quiero decir que esté mal, sólo que no se me ha hecho tan intenso como el anterior. Aquí los personajes ya están dibujados: apenas se nos presentan recuerdos y detalles como los que gozamos en la anterior entrega. Como sustituto a ello en esta novela ganan presencia las descripciones del mundo de Rolando. El Mundo Medio se convierte en un personaje más, desde sus paisajes a su historia, pasando por sus habitantes. En ese sentido hay pasajes de gran interés. Y no me refiero sólo a lo que se ve en las propias tierras baldías, muy lovecraftiano. Muchos otros hacen volar la imaginación del lector sembrando toda una serie de preguntas. Un puñado de ellas, pero no las únicas, llegan de la mano del avión, del oso, de la naturaleza mecánica del Haz, de lo que hay bajo Lud… La relación entre nuestro mundo y el de Rolando me levantan sospechas. Al igual que cuando leí la creación de Arda en el Silmarillion –hace casi veinticinco años– pensé de manera automática en un mundo postnuclear (tengo que volver a leer ese inicio del libro para ver si sigo pensando lo mismo), leyendo este Las tierras baldías no puedo evitar pensar en La Tierra Moribunda. ¿Alguna vez King ha confesado ser admirador de Vance? Porque eso respondería a algunas cosas.

Como detalle decir que al parecer no soy el único que ha visto una relación entre cierto pasaje de la novela y determinada película.

En cuando al estilo, para mi desgracia, he seguido encontrándome con el mismo defecto que en el anterior. No lo voy a repetir: que se lea quien quiera la otra entrada.

King sigue mezclando bien los de estilos de lenguaje: sencillo y directo para el narrador, coloquial y de argot para algún personaje (Eddie en especial) o refinado e incluso culto para Rolando, lo que ayuda a mantener la credibilidad del texto.

Para no extenderme mucho más: el libro decae en comparación con la intensidad del anterior, lo que hace que los defectos en su redacción se hagan más notorios. Como consecuencia de ello le debo poner sólo un 6 de nota.

La primera vez que me adentré en el camino de LTO me quedé aquí: no pude comprar el siguiente libro, Bola de cristal. Cuando empezaron a aparecer el resto me los compré, pero para entonces Bola de cristal como tal había desaparecido, sustituido por el Mago y cristal que leeré a continuación. ¿Qué me encontraré en los siguientes volúmenes? ¿Una jodida historia de amor, como me dijo Ludo hace años hablando de Bola de cristal? Lo ignoro. Solo deseo una cosa: King, por favor, espero que no la hayas cagado con el final.

Adiós.

Stephen King – La invocación

Hola, culebras.

Toca comentario exprés porque carezco de tiempo incluso para estas reseñas. Ale, reseña rapidita, poco menos que a vuelapluma. Lo digo por las posibles faltas de ortografía. Quien las encuentre y la quiera resaltar gracias. Quien se base en ellas para atacarme 😛 ya sabe lo que tiene que hacer: el mundo ‘del interné de las cosas’ es muy grande así que ¡pista!

¿Qué decir de La invocación? Tras un inicio de la saga con evidentes altibajos este segundo volumen tiene su parte de cal y de arena. Hay luces y sombras, si bien las luces predominan sobre las sombras.

Vamos al asunto.

Stephen King - La invocación (LTO II)

Stephen King – La invocación (LTO II)

Las sombras se centran sobre todo en algo que a veces se me ha hecho poco menos que insufrible: los odiosos adverbios modales. Veo que incluso en su etapa madura, cuando ya no podía escudarse en su bisoñez, King seguía fallando en esto. Se me hace extraño leer cómo no es capaz de aplicar su propia regla. ¿Estamos ante un clamoroso caso de ‘en casa de herrero cuchillo de palo’? A mí más bien me da la impresión de un texto a veces poco revisado, en el que el editor –ávido de sacar a la venta un nuevo volumen de King– no se ha preocupado mucho de ese detalle. Al fin y al cabo a esas alturas de su carrera literaria ya vendía bien todo lo que escribía: aun le quedaban años para adentrarse en esa triste época en la que incluso sus notas del baño mientras cagaba se las publicaban (y cierta sección del público las alababa), pero apuntaba maneras. A mí no me paga ni el editor, ni una revista ni el autor para hacer una reseña positiva por fuerza (para eso ya hay por ahí cientos de lameculos que no voy a nombras, por mucho nombre que me venga a la mente. Uno de ellos quedó descubierto, y el valor de su palabra y/o criterio literario quedo por los suelos, al recomendar leer cierta obra), así que digo lo que pienso: los odiosos adverbios modales aparecen demasiado y en demasiadas ocasiones ensucian el texto. Tanto que a veces me poco menos que me han entrado nauseas.

Pero la sangre no ha llegado al río, o el vómito no se me ha derramado garganta afuera. ¿Por qué? Pues porque si la obra falla en la forma (y en ocasiones de manera vergonzante, como he dicho), en el fondo no se le puede sacar el menor defecto. Ya le gustaría a muchos autores actuales, afamados o no (lo siento pero como contraejemplo tengo que poner a dos que me causaron singular disgusto. Aunque quizá, por eso de que no se diga que sólo ataco sólo a lo patrio o a lo ‘menor’, nombro a un tercero moderno y a un cuarto clásico), poseer ese manejo de los personajes así poder dotar a sus trabajos de semejante ritmo e intensidad.

El libro no se lee. Ni siquiera se devora: las páginas se convierten en una puta droga que hay que aplicarse día tras día. Leyendo este La invocación uno se ve arrastrado por el auténtico poder de la narración. Casi se diría que duele alejarse del texto. Hay que hacer cosas, no todo es leer y leer. Pero, la verdad, cuesta apartarse de esta obra.

La manera en que descubrimos a Eddie y nos hacemos unos con él debería entrar en los libros de texto de análisis literario: King, con dos personajes tan dispares, consigue que nos impliquemos en ellos de una manera perfecta. Rolando y su pasado ya lo describió en el libro anterior, en éste lo enfrenta a poco menos su antítesis. Podemos sentir y conocer a Eddie de una manera íntima, marca de la casa de King. Ambos personajes, poco menos que antagónicos, engendran unas sinergias que obligan al lector a seguir y seguir leyendo.

La entrada en escena de Odetta/Detta supone una ligera bajada del nivel: el personaje se me hace un poco demasiado forzado. No sólo por la invalidez (sigo pensando que una persona con ese problema tendría serias dificultades en un mundo como el de Rolando, aunque sólo se tenga en cuenta en el aspecto de movimiento) sino por lo exagerado de su psique. En esa exageración el autor pretende presentarnos un conflicto y un triunfo de la nueva protagonista, pero mientras lo leía me envolvía abandonarme una sensación de artificiosidad. No hace falta semejante cristo para añadir una dama de las sombras, King. Además me ha dado la impresión de que Odetta queda desdibujada en comparación con la arrolladora personalidad de Detta. Algo que no acaba de cuadrar con la final invocación de Susannah: de verdad no hay unión de personalidades, sino un rebautizo de Odetta en Susannah, con Detta convertida en ‘recurso para luego’.

Pero pese a todo King logra tejer una tensión en esa segunda parte que incita a leer y leer sin parar. ¿Cómo lo logra? Mezclando la resolución de problema de Detta con la del tercero en discordia: el señor Mort.

Hay que admitirlo: en la tercera parte King demuestra su gusto (algo que nunca ha negado) por las historias del oeste. En esta tercera parte enlaza con la primera de una manera sorprendente para el lector: de repente nos encontramos de nuevo con Jake, el chico. Este en apariencia hombre gris, de apellido tan mortal, se revela como un factor de importancia tanto en la vida de Odetta como en la de Jake… y de paso, a través de la no–acción, en la Rolando.

Si en la primera obra se adivinaba la existencia de viajes entre planos de realidad en esta segunda esa sospecha se confirma. A ella hay que añadir los lazos temporales, vínculos de causalidad que encadenan las vidas de los protagonistas. De esa manera empezamos a intuir (todavía no me atrevo a decir ‘ver’) que King tiene preparado una enorme y basta red de relaciones. La búsqueda de la torre no se limita a ‘voy para adelante’ sino que se complica en un juego de poderes y personalidades que la engrandecen… y que la hacen peligrar en lo referente a lograr una resolución válida y satisfactoria. En mente de todos está el ‘hacer un Perdidos’. Y sabemos de sobra que el señor King suele fallar de manera estrepitosa en las resoluciones sus novelas. Pero hasta llegar a ese punto final de la búsqueda todavía queda mucho.

La historia de Jack Mort, como he dicho, acaba convirtiéndose en un western en toda regla: lectura rápida y adictiva. Bueno. Pero buenobuenobueno. El relato de paso sirve de contraste entre el mundo de Rolando (y su manera de actuar) y el nuestro. Resulta interesante la comparativa que el autor hace en lo relativo a la manera de entender la justicia y el actuar los alguaciles. Por lado tenemos los modales duros pero al mismo tiempo caballerescos de Rolando, por otro los descuidados, blandos y a veces asesinos de los policías del nuestro, agentes que han olvidado el rostro de su padre, que diría el Pistolero.

En conjunto las tres historias conforman un tríptico absorbente. Una lectura poco menos que obligatoria para todo amante del género fantástico, así como muy recomendable para todo aquel que desee conocer no sólo a King, sino cómo manejar una obra coral.

Una pena esos defectos formales (sigo pensando que se trata de una falta de revisión), que me obligan a puntuar con un 8 algo que muy bien se hubiera llevado un 9. Lo dicho: una pena.

Adiós.

Stephen King – La hierba del diablo

Hola, culebrillas.

Pues va a ser que sí, que me he lanzado de cabeza a leer toda la saga de LTO. Tras la anterior reseña ahora toca ya, por fin, meterse en harina. Ésta es la segunda vez que leo La hierba del diablo, la anterior hace quince años más o menos. Pese a ello el libro se conserva más o menos bien: amarillea un poco pero nada más. Para las lecturas he tirado de mis versiones viejas: carezco de dinero para conseguir las nuevas ediciones, de las cuales sólo poseo Mago y cristal (al no poder encontrar la antigua La bola de cristal me tuve que hacer con esa nueva edición, sí o sí). Sé que entre ambas versiones hay ciertas diferencias, pero según he creído entender no afectan demasiado al desarrollo. Y siempre quedan las páginas en las que se resaltan las modificaciones.

Stephen King - La hierba del diablo

Stephen King – La hierba del diablo

Lo digo, al tema. El primer libro en realidad consta de varios relatos individuales pero continuados. Vamos a ellos.

  1. La cosa empieza con ‘El pistolero’, cuanto crudo y que demuestra el bien partido que puede sacar King a un lenguaje en apariencia (sólo en apariencia) parco. El texto parece toda una lección magistral de cómo la economía de recursos no se contradice con conseguir un ambiente asfixiante. Sin lugar a dudas King cuenta con un el rico imaginario que a lo largo de más de un siglo ha generado el oeste americano: nadie necesita mucha explicación para poder ‘ver’ lo que sucede casi con pelos y señales. Aun así el autor logra retorcer más aun el escenario y crear una suerte de pueblo de pesadilla sobre el que pende la en teoría invisible presencia de Walter. Sobre todo el cuento ronda una mezcla de fatalidad mezclada con lúgubre incomprensión. Nadie acaba de tener claro el porqué de ese destino que les ha tocado vivir o sufrir, y al que se arrojan forzados por poderes que se les escapan. ¿Defectos que le veo? En primer lugar uno que medio se lo perdono: la plaga de adverbios. Entiendo que se trata de un texto medio primerizo, con lo que no voy a fustigar a King con el látigo que él mismo redactó. Luego está el recurso de la historia en la historia en la historia: para un texto tan corto se me hace excesivo. Sé que quiere meter la persona de Brown y su cuervo para acabar con ese remate de intriga acerca de naturaleza de aquel, pero quizá hubiera resultado más eficaz ir insertando en el presente (la chabola en el desierto) con recuerdos del pasado (ir entrelazando lo que sucede en Tull con lo que se encuentra Rolando en el desierto y su habitante, tejiendo el texto de tal manera que el alma del desierto se mezclara con la atmósfera del pueblo) y hacer que la pregunta de ‘¿qué paso?’ desatara el recuerdo de la escena final de Tull. Vamos, yo lo hubiera escrito así; todos sabemos que King Aun con todo me parece una historia entre buena y muy buena, por lo que le pongo un 8. Pd: no, no voy a elogiar la frase inicial, ya que a mí no me acaba de parecer tan genial.
  2. Aunque se vista como un solo relato, ‘La estación de paso’ en realidad consta de dos, ambos casi anecdóticos de no ser porque contribuyen a dar trasfondo para futuras historias. Por un lado está la historia que da nombre al cuento: en ella un Rolando casi vencido por el desierto se encontrará de manera inesperada con compañía. Además, y quizá se trata de lo de verdad interesante de ese cuento, por primera vez aparece de manera clara la existencia de realidades alternativas, concepto que en novelas posteriores adquirirá un peso vital en la saga. La otra historia se limita a dar apuntes de la juventud y adiestramiento de Rolando, profundizando en ese mundo decadente a medio camino entre el lejano oeste y lo medieval. Ambas historias por sí solas carecen casi de interés, a diferencia de la anterior, sólo adquiriendo peso integrándolas en narraciones futuras. Eso hace que se lleven un justito 5.
  3. Al leer ‘El oráculo y las montañas’ uno se da perfecta cuenta de que con este cuento King ya ha trazado un plan de acción y de escritura: nos va a presentar falsas narraciones individuales, historias que sin las que las preceden no podrían vivir solas. ¿Qué opinaría un lector que se encontrara en sus manos este cuento sin haber leído el anterior? Casi con total seguridad no sabría de qué vaina va todo esto. La magia que tenía el primer cuanto ahora ha desaparecido sustituida por un lastre de historias pretéritas. ¿Eso hace que lo contado pierda interés o valor literario? Sí y no. Como fixup me parece más logrado, por ejemplo, Los viajes de Tuf. En la obra de Martin los relatos, si bien entre ellos había relación, se podían leer bastante bien de manera individual y sin poseer el contexto. Sin embargo esto último no sucede con estos dos últimos cuentos de King: necesitan demasiado del anterior para saborearlos. Dado que no soy un experto en este escrito no me atreveré a decir si el editor le publicó los cuentos sabiendo de antemano que pertenecía a un todo inconcluso, si lo hizo sólo por decir ‘yo publico a King’ o si tenía pleno conocimiento de que estaba editando algo incompleto. Pero vayamos al relato. En él King ya nos introduce sin el menor complejo en una nueva mitología. La manera en que describe el pasado de Rolando (por ejemplo ese castillo descomunal pero colapsado), así como el presente que vive, poblado por demonios y lleno de referencias intrigantes y sugerentes, incita al lector a fantasear con lo que se esconde tras el telón del relato. Ya nadie puede hablar de relatos individuales sino una saga: las historias se encadenan sin que nunca se llegue a un final concreto, convirtiéndose en episodios de algo a todas luces mucho más largo. Al contrario que en el anterior cuento en éste no hay una dicotomía entre lo narrado del pasado y el presente de Rolando, lo que hace que el texto funcione mucho mejor. Como se podría esperar el cuento mantiene los mismos defectos formales que sus antecesores, algo que sólo me explico con una urgencia por acabar de entregarlos y ver concluida esta primera entrega de la saga. En definitiva, la narración mejora (al menos en lo relativo al fondo) por lo que el cuento se lleva un 7.
  4. El desenlacen del anterior relato supone un gancho absoluto. Nadie que lea ese cuento se puede quedar tal cual: o no lee su continuación, este ‘Los mutantes lentos’ (lo que significa que la obra, su mitología y sus escenarios no le han enganchado nada), o la lee con auténtica avidez, sorprendido por ese diálogo e invitación finales. Con ‘Los mutantes lentos’ regresamos a las dicotomías, de nuevo alternando el momento actual de Rolando y Jake con el pasado del pistolero. Pero si en ‘La estación de paso’ las dos historias no acababan de cuajar en este cuento cada cual, con su ritmo propio, triunfan. Por un momento nos olvidamos de los pasajes sugerentes y medio mitológicos para adentrarnos en la realidad oscura del presente y la cruel y bárbara (dentro de su ‘civilización’) de pasado. Las dos incitan a leer sin parar, las dos enganchan y muestran aspectos interesantes del pistolero (su cruda y despiadada inteligencia, junto a su mal llevada –por no decir sufrida– capacidad de jugar con las personas). Dos en uno que encajan a la perfección, y que hacen que el cuento se lleve un 8.
  5. Con ‘El pistolero y el hombre de negro’ regresamos de nuevo al aspecto mitológico. El cuento tiene bastante de onanista, de ‘escribo todo esto porque me pone, y me pone mucho’. De hecho la parte final del epílogo que sigue al cuento parece una especie de justificación al mismo: hay todavía demasiado que contar que ni siquiera el autor sabe a ciencia cierta lo que es… pero mientras llega todo ese conocimiento se ha hecho una pajilla con el diálogo entre el hombre de negro y pistolero. Vamos, que casi se podría decir que –salvando las distancias– este cuento es un esbozo de un suerte de Silmarillion de Stephen King. Como apunte/boceto/pajuela se merece un 6. Está bien, pero se hubiera merecido más páginas, más desarrollo. Pero las pajas tiene eso, brevedad y demasiados ‘jugos brutos’.

Haciendo un poco de mates este libro se lleva al final un digno 6’8. Una pena que el estilo deje algo que desear, sobre todo debido a que King demuestra ser uno de esos de ‘consejos vendo, pero para mí no tengo’.

Si por aquí hay algún experto en King: ¿por qué la fijación con Hey Jude? Aparece tanto en ‘Las hermanitas’ como en ‘Los mutantes lentos’. ¿Le gusta mucho ese tema o tiene algún significado en la saga que por ahora se me escapa? Por otro lado me jode haber leído hace mucho Salem’s Lot y El resplandor como para no recordar la relación con Jake y Rolando. Quizá algún día los relea.

Pero hablando de relecturas, ésta ya está: tras quince años vuelvo a cerrar el primer tomo. Ahora a por el segundo. Y esta vez con la certeza de que acabaré la saga, más que nada porque ahora sí hay final y lo tengo en mi estantería.

Adiós.

Edgar A. Poe – Las aventuras de Arthur Gordon Pym

Hola, culebras.

Edgar A. Poe - Aventuras de Arthur Gordon Pym

Edgar A. Poe – Aventuras de Arthur Gordon Pym

Segunda vez que leo este clásico y si la primera vez que cayó en mi manos me encantó (yo debía tener unos quince años por aquel entonces) esta vez me ha dejado un sabor agridulce.

Hace años que Poe no entra dentro de ‘mis lecturas’: me leí de joven gran parte de sus relatos y desde entonces no lo he revisitado salvo contadas excepciones, como ‘El corazón delator’. Por eso, por no tenerlo fresco y querer recuperar al maestro, agarré este Las aventuras de Arthur Gordon Pym bastante ilusionado. Más si cabe cuando desde hace meses estoy embarcado en un proyecto para el que la lectura de la primera mitad de la narración me viene que ni al pelo. Por supuesto la segunda parte, la que más importancia histórica posee dentro de la literatura fantástica (al menos en lo que se refiere a la aparición de un subgénero llamado horror cósmico), tampoco merece el menor desprecio: sólo ese ominoso tekeli–li y todo lo que implica (más aun teniendo en cuenta su posterior reencarnación en la que en mi opinión quizá sea la obra cumbre de Lovecraft) ya convierten la novela en lectura obligada.

Vayamos al grano.

La historia empieza como una travesura dándole a la narración un aire casi juvenil, el de una novela de aventuras que décadas después muy bien hubiera firmado Jack London. Poe juega con las situaciones puzle, como le gusta hacer en otros relatos, y de esa manera en los primeros capítulos vivimos una asfixiante experiencia que más que aventura marina tiene que ver con horas historias como ‘El pozo y el péndulo’. Tras salir confinamiento en la bodega empieza una historia marina ya más clásica, con momentos cumbres como el encuentro con le derrelicto o la solución del hambre: una auténtica gozada.

Para evaluar la segunda parte hace falta ponerse en situación. En 1838 de las regiones polares sólo se sabía una cosa: que existían. Hablamos de los últimos territorios cien por cien vírgenes, enormes extensiones en blanco en los planos. Ello hace que todo el viaje descrito por Poe suponga un auténtico y delicioso ejercicio de fantasía, en parte similar al Marte descrito por Burroughs. Para hacernos una idea de la situación por aquella época decir que un año después de la publicación, en 1839, el entonces capitán Ross comandó la primera de sus expediciones hacia esas latitudes (expediciones realizadas a bordo de los buques H.M.S. Erebus y H.M.S. Terror, inolvidables para todos los lectores de otra de las novelas de terror polar por excelencia, la magistral El terror), llegando a cartografiar parte de la costa. Sólo entonces se empezó a concebir la idea de la existencia de un continente antártico, del que apenas se empezaban a arañar las costas. El culmen de esa exploración llegaría el siglo siguiente, en 1911, con la llegada al polo sur por parte Amundsen primero y Scott después (no lo puedo evitar, y enlazo esta pequeña maravilla). En resumidas cuentas: Poe estaba describiendo algo que a nosotros se nos hace tan extraño y desconocido como hablar de lo que hay bajo las tormentas de Júpiter.

En esa segunda parte aparece el concepto que en mi casi siempre recordaré de la obra: el horror cósmico. A medida que se acerca el lector al final de la narración va recibiendo una tras otra bofetadas en las que se intuyen realidades diferentes, grandiosas y aterradoras. Poe teje un escenario que apabulla al lector con juegos de colores, sustancias anómalas, terrores velados y fenómenos ante los cuales sólo cabe una reacción: el pasmo. Eso y sentirse pequeño, insignificante. De nuevo el texto supone toda una delicia. Nos deslumbra con un apabullante castillo de fuegos artificiales. Un vecino suyo, casi un siglo después, retorció esa visión y consiguió establecer de manera definitiva el terror moderno con narraciones que huían de la fantasmagoría supersticiosa (hasta entonces predominante) y haciendo del horror algo físico, una realidad aplastante en la que el hombre queda colocado en el auténtico sitio que se merece dentro del universo: el de una miserable ameba. Por supuesto hablo de Lovecraft.

Pero por como he dicho al inicio el texto me ha dejado un sabor agridulce. Veamos los puntos malos. He de decir que los veo y analizo ahora, más de veinte años después de mi primera lectura, con una importante mochila crítica ya a la espalda.

Uno de los defectos que ahora veo es que Poe no sabe moderarse a la hora de dar explicaciones. Detalles como la manera de estibar una nave, o cómo y con qué velamen capear un temporal, o las sucesivas expediciones buscando cierta isla fantasma, entre otras explicaciones excesivas, llegan a cansar. Sé que se supone que, al tratarse de una narración en primera persona, ese discurso forma parte de la manera de representar la personalidad del narrador (en este caso obsesiva y meticulosa), pero creo que con un cuarenta o cincuenta por ciento menos de información no se habría perdido nada la narración, y hubiera quedado clara de igual manera la personalidad de Pym. Y por otro lado hubiera ganado en dinamismo el texto.

Por último hay que hablar de ese final. Vaya final, por dios. A ver, que sí: los ha escrito Poe, uno de los indiscutibles genios de la literatura universal, impulsor por excelencia del relato corto, tanto en sus versiones de terror como policiaco. Pero es que en esta obra se ha metido él solo en un fregado del que no ha sabido salir, acabando huyendo por la tangente. Desde que la Jane Guy se adentra en la zona templada se empiezan a acumular detalles chocantes y misteriosos, que todo lector coherente espera ver resueltos. Las mastodónticas inscripciones y el velo de vapor en el horizonte suponen el colofón a este ambiente onírico y sin lugar a dudas antecesor del horror cósmico. La impresionante Kadath o la hundida R’Lyeh de Lovecraft quedan ninguneadas ante esta creación elucubrada por el Boston un siglo antes. Pero aun con toda esa grandiosidad Poe no sabe rematar, ni siquiera juntar un par de hilos: huye del monstruo que ha creado usando una triste al tiempo que todavía más oscura nota final. A esto se le llamaría ahora ‘hacer un Perdidos’, y supone una enorme mácula en la valoración final del libro. ¿Cuál es esa calificación? Pues un 8, sobre todo debido a su carácter precursor y visionario.

Un saludo.

P.D.: Como tema aparte hay que mencionar la sintaxis. A veces sólo la puedo calificar de delirante, con subordinadas, incisos, acotaciones entre comas… Ignoro si la culpa de ello la tiene mi edición, el traductor, Carlos del Pozo o el propio Poe.

Mary Wollstonecraft Shelley – Frankenstein o el moderno Prometeo

Hola, ofidios.

Tras haber leído por segunda vez este clásico de la literatura debo reafirmarme en la impresión que ya me dejó hace años: nos encontramos ante un libro que debería ser casi de obligada lectura por el tratamiento que hace del bien y el mal y su relación con la condición humana. Esto permitiría espantar la más bien triste, por no decir ridícula, representación que el cine ha dado de la criatura. Visionando las viejas películas relativas a la obra de Wallstonecraff Shelley, y sobre todo las ‘canónicas’ de la Universal, uno se hace una idea de que la criatura es un ser de temperamento bondadoso pero de mente débil, un patético engendro creada por un genio más o menos loco.

Pero en el libro no hay eso, sino mucho más.

La obra de Wallstonecraff Shelley se basa en la confrontación de dos indudables protagonistas, ninguno por debajo del otro, ambos geniales y prodigiosos:

  • Por un lado tenemos a Víctor Frankenstein, un hombre de inteligencia fuera de su tiempo, que se hunde en el odio.
  • En el otro lado nos encontramos a la criatura (me niego a citar la página que de la criatura hay en la wikipedia española, porque es un ejemplo de porqué mucha gente odia esa web: está bandalizada y con una contenido inexacto, trivial y horriblemente redactado), un ser asilvestrado de impresionante evolución, de la nada al bien y de allí al amargado mal.

Del enfrentamiento de ambos personajes surge una historia donde uno no puede decir quién es realmente el monstruo y quién no. El libro es un tour de force de depravación de ‘lo humano’, un hundimiento en las simas de lo retorcido . Por un lado lo protagoniza un supuesto ser humano que en su vanidad y egoísmo abandona toda esa caridad que al principio enarbola como propia; por el otro una creación supuestamente inhumana que en su intento por acercarse a la sociedad hace propios los más graves defectos del hombre.

La evolución de Víctor a lo largo del libro es en su casi totalidad descendente: de culto y digno de respeto científico a un casi despreciable egoísta, sólo preocupado por su bien y el de los suyos, un irresponsable miedoso incapaz de afrontar sus actos. A base de esfuerzo y dedicación su saber sobrepasa los campos en los que se especializa, anatomía y la medicina, y gracias a su inspiración alquímica llega a emular a Dios. Pero si bien con al tiempo su capacidad creadora crece hasta convertirle en un demiurgo, su personalidad como ser humano no iguala esos progresos: Víctor se comporta como un crío, irresponsable y egoísta. Incapaz de enfrentar las consecuencias de sus acciones, se niega a tomar responsabilidad alguna; peor aún, reniega de la misma, la abandona cobardemente desde un primer momento y, una vez la misma le busca y le explica su triste existencia, en primera instancia le niega auxilio alguno. Víctor se convierte en ejemplo de corrupción moral a la que el mal entendido (y exacerbado) sentido de la familia puede llevar.

La criatura desde el principio se nos presenta como algo triste, desahuciado de la sociedad. En su primera aparición, tras su nacimiento, demuestra una timidez casi infantil ante su creador, no atreviéndose siquiera a perturbar el sueño de Víctor (un cuya primera reacción ante la criatura se reduce a odio y repulsa, algo de lo que la criatura es consciente). Así, sintiéndose repudiada se aleja de su creador y se sumerge en lo primario, en lo más básico de la naturaleza animal. Gracias a una inteligencia poco menos que pasmosa (en ningún momento justificada en el libro, lo que le da un carácter prodigioso, casi divino) pasa en unos meses de comportarse como algo primario y animal a moverse según las necesidades de un auténtico ser humano normal, compañía, amor y respeto como individuo. Esa necesidad de ser y sentirse útil devendrá en frustración, lo que le llevará a conocer y hacer suyo el lado oscuro del ser humano: la envidia, el rencor que lleva al odio, y en última instancia la venganza.

Llega un momento de la novela en el que la criatura se convierte en la conciencia de Víctor, sacando a la luz esos remordimientos, esa culpa que Víctor se niega a admitir: ha realizado una obra, pero de mala factura y peor finalización. La criatura, a su manera brutal y directa, exige al creador que perfeccione su obra, que la acabe, aunque sea sólo dando a su Adán una Eva con la que soportar esa soledad, a satisfacer una para la que Víctor sí tiene derecho (casarse con Elisabeth).

Un detalle a tener en cuenta es que en ningún momento la criatura recibe un nombre: Víctor no se lo da, y la criatura tampoco se aplica uno a sí misma. El nombre propio humaniza, acerca. La ausencia del mismo mantiene la brecha que la separa a la criatura con la humanidad, e incluso la agranda: todos (niños. Jóvenes y ancianos, pobre y ricos, extranjeros y locales) poseen un nombre que los identifica respecto a los demás, un nombre que los vuelve únicos y que permite a sus congéneres dirigirse a ellos. Por el contrario, la criatura no posee nombre, no alcanzando esa cualidad humana de proximidad. Incluso los animales domésticos tienen nombre. Él no. Nace de restos de seres humanos, pero pasa toda su vida desvinculado de la humanidad de la que surgió, ni siquiera unido por algo tan simple como un nombre.

En esta novela los escenarios de catacumbas húmedas y castillos típicos de la novela gótica mutan en estudios llenos de restos de cadáveres y material científico, en cobertizos anexos a casas y en parajes helados (montañosos o polares).

De igual manera los fantasmas y presencias atormentadas son sustituidos por los propios personajes, cada uno sumido en su infierno personal, un infierno alimentado tanto por su conciencia como por el contrincante. Las referencias a la religión y lo eclesiástico que en otras novelas constituyen un punto importante del drama aquí se laicizan, conjurando una visión casi atea del conflicto. Aquí no se enfrenta el hombre contra Dios, sino el hombre y su intelecto frente a sus actos y la responsabilidad ante los mismos. No hay malvados clérigos, orgullos y prepotentes, castigando a inocentes en nombre de un mal entendido dios, sino dos entes sabios (cada uno a su estilo) que se reprochan mutuamente horrores y debilidades que con un mínimo de entendimiento (salvando los escollos de los antes citados orgullo y prepotencia humanas) podrían haber solventado.

Tampoco existe para los protagonistas el premio del matrimonio: al contrario, la boda deviene en un nuevo crimen. Nadie tiene derecho a la felicidad tras emular a Dios.

Un detalle que me llama la atención es que los protagonistas son de Suiza: los marcianos europeos. Un suizo para un europeo continental es lo mismo que un canadiense para un norteamericano, una criatura rara. Si bien otras novelas se ambientan en los recurrentes países mediterráneos (España e Italia, llenos de pasión y oscurantismo religioso), en ésta se huye de ellos, para situarla en el país aislado por excelencia de Europa. Las únicas localizaciones importantes, más allá de los montes suizos, son precisamente otras regiones aisladas: la devastada costa de Escocia y la no menos asolada y oscura de Irlanda (con un nuevo referente a la religión católica). Como se ve, todos los escenarios distan mucho de parecerse a los civilizados Londres o París (la única ciudad no suiza de importancia que aparece en el libro como localización importante es Ingolstadt, si bien no nos la describe casi nada). El horror y la oscuridad no entran en la civilización sosegada y racional, sino que se mantienen aislados en los lugares remotos o, como en el caso de Suiza, en territorios que de manera voluntaria han dado la espalda al resto de países europeos.

Unos pocos comentarios ‘científicos’:

  • Me da algo de pena el que Wallstonecraff Shelley no hubiera nacido un par de generaciones más tarde, para poder escribir su relato bajo la luz de las leyes de Mendel. Seguro que hubiera creado una obra muy diferente, puede que incluso mejor aún (en la obra se hacen un par de referencias a ‘qué surgiría de la unión entre la criatura y su posible pareja monstruosa’).
  • Otro detalle que llama la atención en la novela es el tamaño de la criatura. Siempre se habla de su enormidad, de su tamaño descomunal. Pero, si está creado a partir de seres humanos normales, ¿cómo es que de juntar pedazos normales surge algo descomunal? Muy genio de la anatomía debería ser Víctor para juntar músculos y huesos hasta el punto de poder agrandarlos. ¿O usó sistemas de alargamiento como los actuales? 😛
  • Lo que no hace falta justificar, dado que entra dentro de ese aspecto alquímico en el que se basa el arte de Víctor, es el tema del rechazo de tejidos. Ya obviará ese tema posteriormente Lovecraft en su relato ‘Herbert West: reanimador’, obteniendo un magnífico relato.

Para resumir, Frankenstein no es una historia de monstruo, sino de monstruos: dos, a cual más patético. Un duelo inolvidable a intenso, que marca al lector y le hace reflexionar sobre la responsabilidad ante las consecuencias de sus actos.

Se merece un ineludible ocho, y no se lleva más por el a veces excesivamente enrevesado estilo de escritura.

Adiós.

Mathew G. Lewis – El monje

Hola, culebras.

Leí esta obra de Mathew G. Lewis hace ya casi quince años (lo compré recién reeditado por Círculo de Lectores en 1996), y recuerdo que me gustó, pero no del todo: su linealidad y lentitud me dejó un poco insatisfecho.

Pero eso sucedió hace 15 quince años. Ahora lo he disfrutado mucho más, de igual manera que he apreciado mejor sus defectos.
Entre lo bueno, y comparado con el anterior clásico goticoso que he leído, El castillo de Otranto, la mejoría en cuanto a estilo y forma es indudable. Lewis nos recrea una atmósfera y unas situaciones bien descritos y mejor ambientados (algo que tiene mucho más mérito si se tiene en cuenta que el autor era un veinteañero). El culmen de lo gótico se puede decir que lo encontramos en la intensa y lúgubre narración final de Inés: una magnífica ambientación de una escena por completo gótica, en la que hay numerosos detalle tétricos e incluso morbosos (la vida tras la muerte en Inés, y al revés con su bebé, la catacumba, la tortura moral mezclada con el remordimiento, la depravación de los carceleros, la podredumbre, que alcanza sus cotas máximas con las muestras de amor de la madre hacia el cadáver putrefacto de la criatura). Otra de las narraciones a destacar es la del marqués de las Cisternas: la historia de cómo llega al castillo, de lo que sucede en el mismo y posteriormente me parece por sí sólo un perfecto ejemplo de cuento gótico, cuento cuyo clímax llega en la posada con la aparición de ese supuesto judío errante, figura que a mí me recuerda más al Caín bíblico, condenado a vagar con la marca de Dios en la frente, repudiado por el resto de personas.

El relato del marqués llena gran parte de la primera mitad del libro haciendo que muchas páginas el monje, ‘supuesto’ protagonista de la novela, pase a un segundo plano. De hecho Ambrosio no destaca como centro de la misma hasta bien pasado el primer tercio de la obra. Sin embargo a partir de ese momento su figura resurge como un catalizador de la depravación… y del patetismo. Depravado porque acoge con gusto y abusa de todo lo que Matilde le ofrece; patético por la extrema facilidad que con olvida aquellos valores que le hacían parecer santo a sus congéneres. A raíz de esa dualidad Anselmo me ha recordado a dos personajes con ambos caracteres, uno malvado y otro patético. En el lado malvado a Dorian Grey, un ejemplo de la depravación enmascarada en forma de belleza o virtud; en la vertiente patética al bíblico Adán, esa figura débil y penosa que no supo obedecer la única regla de Dios, y que aparte de pecar con extrema facilidad ante la tentación de la serpiente, se permitió el lujo de acusar a Eva (que aquí es Matilde) de su error. La debilidad de Ambrosio se hace patente casi desde el primer momento, dado que el autor deja entrever el orgullo del supuesto santo. A mediados de la novela, una vez que ya ha caído en los brazos de Matilde, el autor se desdice de la supuesta santidad, pintando a Ambrosio como una persona cuya ‘pureza’ se debe a su aislamiento con respecto a la realidad fuera del convento: la virtud se consigue a través del aislamiento, y ante la presencia del mal el hombre santo cede y peca con facilidad.

Matilde en la novela no sólo hace las veces de Eva, virtud engañosa, sino de la propia serpiente del Génesis, del puente hacia la perdición. Ella, al igual que Ambrosio, posee una naturaleza dual, de maldad y patetismo. Su maldad es obvia, llevando al santo varón por el camino del crimen y la perversión; su patetismo aparece en forma de dedicación abnegada, de un servilismo hacia Ambrosio, incluso cuando éste ha dejado bien claro que la desprecia.

¿O no se trata de servilismo? ¿Matilde es una persona… o un avatar de Lucifer, un instrumento del diablo para derribar la torre de santidad que representa Ambrosio? La verdad es que Ambrosio se adentra en la espiral descendente gracias a Matilde, y la presencia de ésta junto al monje sólo sirve para acelerar ese descenso, culminando con la venta de su alma. ¿Habría caído Ambrosio sin la presencia de Matilde?

La aparición de Lucifer supone en la novela el punto álgido, y sin duda el más engañoso y tramposo (por parte del autor): en él se descubre el origen del personaje, algo que resulta fallido por la propia naturaleza la fuente. ¿Se pueden creer las palabras del señor de las mentiras? ¿Realmente la puerta se iba a abrir para liberarle (en ese detalle me gustaría saber si había leído Poe esta obra antes de escribir ‘El pozo y el péndulo‘)? ¿De verdad era hijo de quien dice Lucifer que era hijo, y hermano de quien se supone? Con Lucifer no hay manera de estar seguro… pero sin lugar a dudas de esa manera el autor se quita de encima el problema de descubrir el origen de Ambrosio.

Los protagonistas femeninos sólo están para sufrir, para padecer y (en el caso de dos de ellos) morir. Los masculinos para mostrar un aspecto aguerrido al tiempo que débil (esos desmayos y debilidades enfermizas que se suceden en cuanto se dan cuenta de los destinos de sus amadas).

Si algo que se le puede agradecer a la obra es su valentía: la manera en que no teme mentar a la iglesia y la biblia, mostrando que en su seno  no todo son santos y piadosas criaturas, sino que dentro de ella cabe la perversión, la maldad y el asesinato. Si hablar así de la iglesia ahora mismo puede suponer un problema, hay que ponerse en la piel de una persona de finales del siglo XVIII, cuando la Iglesia tenía tanto poder como el estado, o más si cabe. Lewis tuvo un enorme arrojo al publicarlo. Sí, lo hizo como anónimo y no hizo público su nombre hasta que el éxito de la obra obligó a una reedición (parecido a lo que sucedió con Walpole), para obtener réditos de la misma.

Para acabar este pequeño comentario habría que hablar del ‘timing’ de la novela: en él se nota la inexperiencia del autor, así como las prisas (diez semanas) con las que la escribió. En una primera parte el autor demuestra su incapacidad de dosificar las historias, incrustándonos la de Raimundo a modo de discurso extenso, demasiado extenso (y a saber si con cierto carácter onanista). Tras esa perorata entra en acción Ambrosio y, entre sus fechorías y las desgracias que les suceden al resto de protagonistas, se habla del paso del tiempo de manera incoherente (por un lado se habla de semanas de recuperaciones, viajes y esperas, por otro los acontecimientos aparecen de forma casi lineal). Pero gracias al increscendo de la historia ese detalle se disimula sin mucho problema.

El resultado final satisface mucho más ahora en esta segunda lectura. Sin duda El monje es una obra mejorable estilísticamente, pero aun con todo una lectura muy digna, lo que la hace merecedora de un merecido ocho.

Un saludo.