Iván Hernández – ¿Existes?

Hola, culebras.

Iván Hernández - ¿Existes?

Iván Hernández – ¿Existes?

De nuevo toca reseña, pero en este caso una singular. ¿Por qué? Pues porque por primera vez reseño a mi querido Disneyman. He aguantado al señor Iván Hernández  (y él a mí, lo que casi seguro que tiene más mérito, sobre todo con el tirirí) durante años, como quien dice mesa con mesa en el trabajo. Y sin embargo hasta ahora no había leído nada de lo que ha escrito. Para esta primera vez he escogido una novela que tiene cierto trasfondo de ciencia ficción, ¿Existes? Pero aun con ese trasfondo de cifi Iván no podía abandonar su temática habitual: el romántico.

¿Existes? parte de la premisa de un futuro no muy lejano en el que frente a un Dubái (en cierta manera similar a Gattaca) hay otra zona (que nunca se llega a identificar) asolada y en ruinas cuya población vive en conflicto continuo, acosada por un enemigo en principio desconocid. En Dubái vive una de las protagonistas, Edel, una adolescente ‘imperfecta’ que no acaba de encontrar su sitio en la sociedad en la que vive. Refugiándose en la tecnología y los viejos ordenadores se convierte en una especie de hacker de las redes, adentrándose en sistemas antiguos, chats incluidos. En uno de ellos se encuentra con el otro protagonista, Alexander, que resulta vivir en la zona devastada.

A raíz de ahí se desarrolla una no muy creíble historia de amor. No creíble, al menos en mi manera de verlo, porque se narra de una forma demasiado apresurada, pasando del desconocimiento mutuo al arrobamiento en lo que se dice nada. Sí, hay una elipsis temporal, pero se describe de una manera tan esquiva que a mí no me ha acabado de convencer. Parece que Iván tenía prisa por saltarse esa época para llegar a la acción. Y con esas prisas se le olvida explicar otro detalle que desde el primer momento chirría, este de carácter de trasfondo: ¿dónde y cómo consigue Alexander conectarse? Se me hace muy difícil comprender que en un país asolado por la guerra, con todos los edificios de las ciudades poco menos que reducidos a ruinas, él consiga energía para su portátil (algo tan sencillo como decir que funciona con baterías solares lo hubiera solventado, por lo menos de forma aparente) y además de ello se conecta a una red informática: se me hace muy difícil comprender cómo las centralitas, los nodos y los servidores siguen alzados y funcionando en medio de las ruinas y tras años sin mantenimiento. Eso sí que se puede definir como pura ciencia ficción. O magia, agarrando de los pelos a Clarke.

En general las descripciones de los escenarios y del entorno rozan lo esquemático, por no decir simplista. Iván no se adentra en los aspectos sociales, algo que siempre sirve para centrar al lector: no se descubre la base de la economía de esa Dubái futurista (se habla una y otra de las encuestas, y sólo se cita de pasada la revolución social que llevó a las mismas), y mucho menos la del país devastado. Esa falta de detalle del entorno se puede perdonar en un relato, pero en una novela se me hace algo tramposo, por no decir descuidado.

Porque Iván se centra en tratar de desarrollar los sentimientos de los personajes y plantearles problemas y retos. Descubrimos en Edel a una auténtica subversiva, entrando en contacto con comerciantes de los bajos fondos; como contrapunto Alexander revela una faceta de conocimiento muy superior a la que aparenta en un primer momento. Juntando ambas progresiones de los personajes surge una pequeña y apresurada aventura amorosa, en cierta medida iconoclasta y antisistema, que entretiene al lector de una manera afectiva pero sin muchos fuegos artificiales.

En cuanto al estilo de escritura sólo podemos describirlo en general (salvo excepciones de las que hablaré más adelante) como llano, simple y directo. Adolece de un abuso del condenado verbo comodín ser, ese verbo que cada vez me salta más a la vista en todo cuanto leo: parece mentira que con la riqueza de verbos que poseemos –coloristas y descriptivos a más no poder– haya agente que abuse de unos pocos. Incluso bastante avanzada la novela hay un grupo de párrafos que (casi podría la mano en el fuego) no se han revisado ni siquiera una vez, tal es el la aglomeración de reiteraciones y seres.

Pero frente a esas sombras hay verdaderas luces: Iván demuestra un lirismo, una capacidad de crear prosa poética, chispas de lucidez que en momentos concretos casi deslumbra. No sé hasta qué punto podría intentar explotar esa faceta en forma de poemas, puros y duros, pero creo que no debería abandonar ese camino. Aunque debo admitir que mis conocimientos de poesía se reducen a lo estudiado en mi juventud, ojo. Tema aparte merece el que esos destellos poéticos no rocen lo ñoño: mis gustos están muy lejos de lo romántico, por lo que puede que lo vea desde una perspectiva viciada.

Poco más decir de este ¿Existes? No me ha disgustado, más si cabe teniendo en cuenta mi poca predisposición hacia lo amoroso. Ese hándicap (por completo personal, por supuesto) junto a los defectos de forma y de fondo, que los hay, hace que se lleve un cinco.

Nota final: que nadie piense que porque conozca a Iván desde hace años la reseña es ni más amable ni menos estricta. Por esa misma razón, la cercanía personal con el autor, ni se me ocurrió hacer una reseña para Bukus: prefiero no mezclar ‘dinero’ con gente conocida, por las posibles suspicacias.

Un saludo.

P.D.: Y de regalo para Iván otro temazo que también ponía en mis cascos mucho en cierta época en la 1ª planta: Zombienation.

Richard Matheson – En algún lugar del tiempo

Hola, culebras.

Jamás de los jamases hubiera pensado que iba a acabar leyendo una novela romántica: ese género nunca ha sido de mi agrado por lo baboso, ñoño y ridículo que (en base a lo que se deja entrever en sus contraportadas) se esconde en sus páginas. Todavía recuerdo cuánto repelús me daba la estantería de una amiga, repleta a rebosar de novelas de lomo rosa (la chica debía tener cerca de un par de centenas de Jazmines y similares), con portadas clonadas unas de otras (siempre el galán tipo Ken con la jamona de turno entre sus brazos). Pero a ella le encantaba todo eso, y no podía evitar de vez en cuando ir a buscar más algún kiosko o tienda donde tuvieran más de esas novelitas, sin importarle si eran nuevas o de segunda mano. Una auténtica forofa del género vamos.

Todo lo contrario que yo.

Y en eso que hace unos días consigo a precio de saldo En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson. Me compré el libro sin mucha seguridad acerca de su contenido, pero es que el cholloprecio lo hacían  comprando cuatro volúmenes… y éste tuvo que entrar con los otros tres que sí quería adquirir. Y que era un Matheson, sí, el genio culpable de Soy leyenda y ‘Vampiro‘, entre otras maravillas. ¿Por qué, si he comprado tres que creo que me van a gustar y uno que no tengo ni puta idea de si va a hacerlo, empiezo las lecturas por éste último sumergiendo al resto en La Pila? Pues porque era finito. Joder con lo lógica y argumentación para escoger un libro de entre el mogollón de La Pila 😛

Por una razón u otra, a cual más tonta, la cosa es que esta mañana he acabado de leer En algún lugar del tiempo. Y vaya que me ha costado no tirarlo a la basura, sobre todo al final. Me parece una auténtica estafa considerar esto ciencia ficción, y me habla muy mal de la seriedad de los World Fantasy Awards: sí, este pestiño se llevó el premio en 1976.

Por mucho premio, por mucho estar editada en una colección de género, por mucho que lo digan en la contraportada, en esta obra la ciencia ficción luce por su ausencia. ¿Que hay un viaje en el tiempo? Sí, lo hay, pero el propio viaje es lo de menos: no aporta nada de nada a la historia. Más aun, el viaje en el tiempo se ‘justifica’ (y las comillas deberían tener un tamaño descomunal) sólo porque el protagonista se enamora de la foto de una mujer ya muerta. Si se tratare del retrato de una mujer que vive al otro lado del mundo y el viaje consistiera en viajar así, de punta a punta del mapa, no habría diferencia en el resultado de la novela.

Y es que en En algún lugar del tiempo lo importante, la trama principal, se reduce a una historia común y corriente, como las que hay todos los días en cualquier parte del mundo: el flechazo vivido por una pareja, un arrobamiento poco menos que animal. En definitiva, una historia de adolescentes para adolescentes (y para adolescentes de sexo femenino, todo sea dicho de paso).

Punto y pelota, nada más.

Estilísticamente hablando la novela se divide en dos partes bien diferenciadas: una primera redactada en un supuesto vuelapluma (transcripción de una grabación realizada en un magnetófono). Esta parte acierta de pleno en su realización al brindar al texto una sensación de presteza, urgencia, desesperación, incluso obsesión, captando muy bien el estado mental del protagonista. Luego está la segunda parte, de más extensión, ya redactada en un estilo más literario. Y ahí es donde Matheson la caga: no sólo porque a mí no me guste el rollo romanticón y baboso (que lo hay, y mucho), sino porque la novela se convierte en una sucesión casi obsesiva de detalles, de paja, de minucias descritas que no aportan nada a la historia. Es que incluso describe los menús del restaurante, por dios. Excesivo. Innecesario. Pero si Matheson no mete todas esas palabras, todas esas páginas y páginas de descripciones minuciosas, todos esos discursos de lo que piensa, sufre, vive el protagonista… sin esa enorme cantidad de paja el libro no llegaría a tener la extensión que posee, quedándose en un simple relato de extensión media.

No me voy a explayar más en este libro. Con él ya he leído literatura romántica por el resto de mis días. Le pongo un 3 (nota totalmente subjetiva debido a mi odio al género: a saber lo que opinarían de esta novela los amantes de lo romántico. Para ellos).

Un saludo.