Archivo mensual: mayo 2017

Juan Miguel Aguilera y Javier Redal – Némesis

Hola, culebras.

En mi caso, hablar del dúo AguileraRedal equivale a hablar de uno de los descubrimientos más satisfactorios de mi juventud: Mundos en el abismo y Hijos de la eternidad supusieron una auténtica bofetada en la cara para un chaval que pensaba que en España no se escribía ciencia ficción dura de calidad. Esas dos obras sirvieron para demostrar que en nuestras fronteras se puede encontrar textos dignos de dar sopas con hondas a Clarke, Benford o Bear, por decir tres que me acaban de venir a la cabeza.

Este Némesis pertenece al arco argumental de Akasa-Puspa, y en realidad se trata de una reescritura de El refugio. No había leído El refugio, así que he disfrutado de Némesis como si se tratase de una novela nueva.

¿Qué me he encontrado en Némesis? De entrada, hay que volverlo a decir: ciencia ficción de primera categoría, digna de los grandes. Frente a la temática bastante a lo Benford de En un vacío insondable (por citar mi última lectura del ciclo, y un texto ¿menos conocido? de la pareja), Némesis lo pudieran haber firmado (cada uno con su ‘porción’ de pastel) sin problemas Stanley Robinson o Clarke.

A las primeras páginas uno se da cuenta de que los autores no van a tener piedad a la hora de describir acontecimientos. Lo que sucede tras el ataque, la dureza que implica, no se suele leer a menudo en la ficción medianilla. Pero hay ciertas escenas de Hijos de la eternidad que no me acaban de encajar con esa hecatombe, aunque admito que leí los primeros libros hace ya más de veinte años y mi memoria puede fallar. Por no mencionar que este Némesis se trata de una reescritura de El refugio, posterior a la propia reescritura-fusión de Mundos en el abismo y Hijos de la eternidad en Mundos en la eternidad: quizá en esa segunda versión revisada de la historia se consigue encajar lo narrado en Némesis con lo que encuentran y descubren (o les es revelado) los viajeros de la Utsarpini al llegar a La Tierra.

Hay pequeños defectos de estilo, que se me hace raro que cometa tanto Aguilera como Rodolfo Martínez. Por ejemplo, nunca ponen las comillas de continuación de discurso tras punto y aparte (»). Al menos eso pasa en mi edición de kindle, libro comprado hace un par de años.

Pero mucho más grave es cuando se confunden los sujetos con los vocativos. De esa manera encontramos por ahí dispersas varias comas asesinas que dan ganas de arrancarse los ojos. Sí, soy in poco exagerado 😛

He encontrado algunas cosicas en cuanto a fondo que me chirrían. Por supuesto, si meto la gamba en algo me lo decís y rectifico.

Por ejemplo, se comenta que el haz de positrones va al 99’9999% de la velocidad de la luz. Si va a esa velocidad ¿cómo hacen para detectarlo y ver su avance, tal y como se describe en las páginas anteriores a la que aparece esa cifra? ¿Acaso pueden comunicarse con las estaciones como la Khayyam L 5/7 a más velocidad que la luz (tecnología tipo ansible que luego no aparece por ningún lado, ojo)? Aunque acabo de recordar el ‘Horror vacui’ de Sergio Mars , y lo que el autor me dijo respecto a la catástrofe descrita en su cuento, con lo que a lo mejor me la tengo que volver a envainar 😉 No habría el menor problema, por supuesto.

Tampoco me cuadra el cálculo que hace del momento en que se realiza la emisión/ataque. Dice que sale cincuenta años antes del momento presente de la narración. Pero si el foco de emisión está a una distancia aproximada de un año luz (en plena nube de Oort), y si el haz viaja al 99’9999% de la velocidad de la luz, entonces la emisión se produjo… ¡Exacto! ¡Hace un año! Debo haberme perdido algo, sin duda, porque no sé de dónde vienen esos cincuenta años.

Otro detalle que no acabo de ver: ¿cómo rompen los sellos de la Zheng He los no invitados? ¿Tan inteligentes son como para saber cómo hacerlo? ¿Pero no se supone que apenas son zánganos de ataque/castigo? En un momento dado se dice que revientan escotillas. ¿Qué pasa con la descompresión al reventar esas escotillas? A ver: entran por el exterior (en vacío) y se adentran en zonas presurizadas sin que se sepa bien cómo pasan de un medio a otro (y sin descompresión explisiva de por medio). Debía estar dormido mientras leía esa sección, porque no lo vi. No, señor.

Pero el momento quizá excesivo en todo este tema de los invasores llega cuando se pretende entender que, de entre todo lo que hay en los mamparos y salas que invaden, pueden identificar y anular las cámaras. Porque no se da a entender que arramblan con todo, lo que podría implicar la pérdida entre ese todo de las cámaras. No: al parecer sólo atacan las cámaras de manera ex profeso. Coño, que listos los bichines que entre toda esta tecnología y decoración tan extraña (al fin y al cabo están diseñadas por una especie muy distinta) identifican justo lo que ciega a su enemigo.

En el libro no se escapan los homenajes a otras obras del género, como el momento Alien (posición 2971 de mi ebook), la referencia a ‘Cita con Medusa’ (posición 7252) o el glorioso (al menos para un sectario como yo) momento Lovecraft (posición 7183). Hay, de manera obvia, alusiones a otras obras de Aguilera, como ‘El bosque de Hielo’. Mención aparte merece el chirriante momento Iker Jiménez (posición 4149).

Pero bueno, en general se trata de una lectura muy pero que muy recomendable. La ciencia ficción patria reluce con obras como ésta. Le pongo un bien merecido 8.

Adiós.

Pd: no puedo evitar recomendar de la manera más encarecida que, quien pueda, se haga con Mundos en el abismo y Hijos de la eternidad, los ultramares. Su lectura se convierte en toda una experiencia llena (a raudales) de sentido de la maravilla. El conjunto de las dos novelas constituyen una autentica obra maestra de la ciencia ficción dura, y a nivel mundial. Y no, no hagáis caso a los que dicen que Hijos de la eternidad decae frente a Mundos en el abismo: sólo ocurre que tras el shock de ideas de la primera obra, con la segunda continuación ya te has acostumbrado al universo de Akasa-Puspa y parece (pero sólo parece) menos sorprendente. Todavía recuerdo ese parpadeo y se me pone la piel de gallina.

Kim Stanley Robinson – 2312

Hola, ofidios.

A la espera de ponerme con la trilogía de Marte, he sacado de por ahí este librito. No sé por qué (supongo que lo puedo aducir a mi despiste generalizado) pensé que se trataba de Tiempos de arroz y sal, la ucronía, al punto que creí que se titulaba 2312: Tiempos de arroz y sal. Pero al cabo de unas páginas vi que no, que eso no tenía pinta de ucronía. Lo dicho, que vivo en un despiste continuo. Pero como ya lo había empezado no lo iba a dejar así porque sí. Máxime teniendo en cuenta que nunca había leído nada del autor.

Lo que me he encontrado en 2312 se puede definir como ciencia ficción dura y paisajística. Sí, tal cual: paisajística. Robinson se deleita, y de paso al lector, llevándonos de un lado a otro del sistema solar para mostrarnos los paisajes de diversos mundos y lunas. En plan Cosmos, vamos, pero con una diferencia: aquí la ciencia ficción dura se nota en la forma de terraformación poco menos que masiva, auxiliado por poco menos que maravillas de la ingeniería. Así, a lo largo de las páginas visitamos un planeta Venus que ha sido frenado, protegido por un parasol estático y sometido a un enfriamiento que se ha cargado su atmósfera infernal; o un cinturón de asteroides en órbita interior a la de Mercurio, que comercian con luz del sol; o una serie de satélites y cometas convertidos en terrarios que, al estilo de los ricksaws vistos en Mundos en el Abismo, surcan a altas velocidades el sistema solar y sirven tanto de hábitats como de transporte; o las diversas lunas de Júpiter y Saturno convertidas en entornos habitables.

Entre medias de todas esas descripciones de carácter más o menos físico, Robinson nos muestra una sociedad medio utópica en la que el trabajo se ha convertido en una suerte de voluntariado social: la gente trabaja en lo que le gusta y se le da bien, y luego colabora en labores comunitarias cuando quiere y donde quiere. Una especie de anarquismo, vamos, pero auxiliado por un enorme desahogo económico.

En esa sociedad del s. XXIV el hombre, como especie, ha pasado de un binomio hombre-mujer a un abanico de diversas sexualidades, llegando incluso a tener hermafroditas. Todo ello se logra mediante operaciones y terapia. Similar a lo dicho en Tritón… pero no: Robinson no lo muestra de manera directa como ‘de hetero me convierto en gay, y por arte de magia mis gustos cambian de una sexualidad a otra, para luego volver a hetero’, o viceversa, sino como una evolución (o crecimiento, o ampliación en el caso de las personas con ambas sexualidades activas y viables) de la personalidad. La sociedad ha aceptado y normalizado cada vertiente de esas nuevas sexualidades, algo que a día de hoy resulta impensable. Eso sí, esa suerte de sociedad utópica sólo existe fuera de La Tierra: el planeta madre sigue siendo un sindiós de hambre, guerra y radicalismo.

Hasta aquí algunos detalles paisajísticos. Pero 2312 no se limita a eso: no es libro enmarcado en el naturalismo, por decirlo de alguna manera. En la novela hay un poco de trama e intriga. Sí, muy al servicio de los paisajes físicos y sociales, pero lo hay. Lo bastante como para servir de hilo conductor. Sencillito, con una clara referencia a la Hyperion de Simmons. Entretenido. Punto.

Como resultado final queda un libro un poco hueco, sobre todo en lo relativo a personajes y trama, pero por otro lado muy visual y bello. Como a mí el componente paisajóstico me encanta, no me molesta ese defecto. Así que le pongo un 7 y me quedo con ganas de leer más de Robinson.

Un saludo.