Philip K. Dick – El hombre en el castillo

Hola, culebras.

No sé si este es el tercer o cuarto libro de Dick que leo. A ver, hagamos memoria: Sivainvi (una rayadura sin pies ni cabeza, fruto de las drogas), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (muy inferior a la película), Clanes de la luna alfana (un ‘psché’ descomunal), La penúltima realidad (una obra menor)… creo que ya. ¿Todavía me queda lo mejor por leer? Pues puede que sí, pero el resultado de este El hombre en el castillo no ayuda lo que dice mucho a tomar entre manos otra novela suya. Supongo que si regreso a Dick será para atacar a sus relatos.

Pero vamos a lo que vamos: El hombre en el castillo.

Desde el primer momento (y de eso han pasado años) sabía que se trataba de una ucronía. Pero conociendo al autor me imaginaba una serie de aventurillas más o menos lisérgicas en las que la realidad (o la percepción de la misma) apareciera distorsionada por x razones.

Pero mira por donde no es así. O al menos no del todo.

El libro sí que cuenta con sus pasajes lisérgicos, sobre todo con la putísima mierda del I Ching. Sí, digo ‘putísima mierda’ (sic) porque me repateaba cada vez que aparecía, el ver a gente (personajes) dejando sus acciones al albedrío de algo tan irracional como un puto horóscopo. Lo siento, pero detesto sobremanera esas estupideces, y más si veo que parte del comportamiento de unos individuos (aunque sólo se trata de personajes de papel) dependa de ellas. Llamadlo odio irracional. Lo admito. Y lo digo como alguien que en mi preadolescencia ha usado el I Ching. Hasta que, al cabo de poco tiempo, vi el soberano sinsentido de ello.

Luego el libro tiene su par de ‘momentos Dick’, idas de olla marca de la casa (como por ejemplo la asociación y deriva de ideas de del señor Tagomi en el parque) sin las que la obra no acabaría de pertenecer al autor. Pero esas idas de olla por fortuna no ocupan mucho en el libro, quedando… ¿qué queda?

El punto fuerte del libro para mí está en presentar la vida de esos EE.UU. conquistados y divididos desde los puntos de vista de simples civiles, tanto ‘aborígenes’ como invasores. Dick enfrenta las tres culturas (japonesa, alemana y norteamericana) a la situación sociopolítica del país, desde las altas esferas hasta la más real de a pie. Se ve a los personajes como gente más o menos normal y que se enfrenta a esa situación en gran medida chocante: la de una país que desde la 1ª Guerra Mundial había intentado avanzar hacia una primera división política y económica, que luego era golpeado por la depresión del 29 y que ante la presumible gloria de vencer en la 2º Guerra Mundial se ve humillado e invadido por sus enemigos. El Gran Sueño Americano arruinado por los poco menos que esquizoides Fritz y los hieráticos y despectivos Katos. De los pringados Benitos mejor ni hablar.

Sí, en la obra hay un poco de intriga, tanto política como un poco más ‘gruesa’, pero lo que de verdad me gustado ha sido cómo evoluciona Childan, o la manera de humillarse y hundirse de los socios Frink y McCarthy, o la fortaleza de Juliana, comparable a la interior de Tagomi. Incluso la del matrimonio japonés, sobre todo el marido (un ejemplo de ‘fintas en las fintas de las fintas’). A la porra las tramas de aventuras y vivan las miserias de los personajes.

Philip K. Dick - El hombre en el castillo

Philip K. Dick – El hombre en el castillo

El auténtico hombre del castillo al que se refiere el libro, como no podía ser de otra manera, encarna al propio Dick. Mira que es previsible a veces este tío. Dicho personaje de nuevo queda arruinado por la importancia que en él posee el I Ching. Tanto es así que, al menos en mi caso, tira por tierra toda la novela de La langosta se ha posado. A ver, meter que el escritor tuviera acceso a la realidad alternativa que plantea en la novela a través de puertas/visiones/marcianos/inspiración–divina es una cosa, muy diferente a la que luego narra, que hace de la novela–dentro–de–novela una realidad poco menos que espuria.

Aparte de la obra como tal, debo hablar de la edición. Yo tengo una de Minotauro, más o menos reciente. Y resalto reciente. ¿Por qué? Pues por la cantidad de erratas y texto mal traducido: da la impresión de que la traducción inicial de Figueroa (1974) la han dejado tal cual se hizo entonces, sin corregir los defectos tanto de fondo como de forma. ¿Para eso han pasado casi treinta años, para que nadie se preocupe de revisar los errores? A ver, que ha habido numerosas reediciones desde la inicial como para que se solventes los defectos. Joder, que me parece muy triste que ni un clásico como éste se libre de la despreocupación editorial. Por favor, un respeto a los lectores (y al autor, aunque esté muerto) y corrijan los defectos de la traducción. A ver si para la edición del 60 aniversario…

Pero pese a todo, con sus pros y sus contras, el libro se lleva un 6. Espero que con los cuentos –que algún día leeré– la cosa mejore.

Saludos.

Philip K. Dick – La penúltima verdad

Nuevo intento de hincarle el diente a Dick me formato novela, y de nuevo fallido.

La primera ocasión resultó poco menos que desastrosa: Sivainvi se me hizo completamente insoportable, y sólo lo terminé a fuerza de voluntad, mucha voluntad; Los clanes de la luna alfana me pareció poco menos que una tomadura de pelo, anodino y sin sentido; Sueñan los andriodes con ovejas eléctricas es un libro con buen inicio que acaba perdiendose y aburriendo, libro que se vio injustamente dignificado por una obra maestra del cine.

De este último libro, el de La penúltima verdad, digo que es un compendio de

Enredos sin sentido fatalmente ambientados

o lo que es lo mismo, una novela de intrigas pero tan llevadas de los pelos, e integradas en un completamente inverosimil futuro pésimamente descrito, que de nuevo acabar el libro es toda una proeza. Habrá fans de Dick que les guste esta novela, pero por mi parte se puede decir que casi significa el último martillazo en su ataud, en lo que se refiere a novelas (tema aparte son los relatos, que por ahora tolero).

El punto de partida de la novela es interesante, con un escenario que en parte se podría decir está inspirado en La máquina del tiempo de Wells: una educada élite en la superficie, disfrutando de un planeta sólo para ellos, y el grueso de la población mundial esclavizada y enterrada en tanques bajo tierra, temerosos de una supuesta guerra nuclear. Eloi inteligentes contra Morlocks aterrados. Promete, ¿no?

No, por desgracia no promete. Paranoias excesivamente de la época (bloque soviético contra occidental, y en ese aspecto la novela envejece horriblemente mal), un tratamiento penoso de las implicaciones de una guerra nuclear (no vale con decir que ‘todos los mamíferos han muerto’ y que ‘brilla el horizonte’ para luego decir que con una simple manipulación del terreno las zonas ‘templadas’ atómicamente hablando se limpian y demás estupideces sin sentido), la patética y constante referencia a relés, engranajes, mecanismos y ‘tarjetas perforadas’ (sic), que demuestra el nulo interés que el autor ha puesto en preveer un poco el fututo de la robótica y/o la informática (si es que ha tenido algún interés, claro). No pretendo que hable de discos duros, o de memorias flash, pero suponer que las tarjetas de cartulina perforada son la salida de un megaordenador de inicios del siglo XXI es para decirle VAGO a la cara al señor Dick.

Y eso por no hablar de los personajes: el patético Adams, totalmente voluble, cobarde e incoherente; el Brose que no logra ser todo lo despreciableque pretende al autor, sino bastante ridículo (un año después de la publicación de este libro, en 1965, sí que aparece un personaje gordo, deforme y decididamente maquiavélido: Vladimir Harkonnen); el increíble (y no como halago) Lantano, un lamentable ejemplo de Deus ex machina con patas.

Y, aparte de todos ellos, el único más o menos normal, Nick, coherente en su rebeldía y sentido del deber, pero que sin embargo se acostumbra co excesiva facilidad a ‘lo de arriba’. Se salva de la quema, además, por esas últimas frases del libro, perfectas.

Para acabar tengo que comentar ‘el engaño’, un supuesto falso documental que engañaría a muy pocos de entre la población mundial con un mínimo educación y de lógica (y mucho menos a dirigentes con su equipo de asesores). ¿Hitler viajando en un reactor antes del final de la Segunda Guerra Mundial? ¿Stalin hablando inglés? Eso son chistes malos y lo demás cuento. Lo peor es que todo el entramado sociocultural de la novela se basa en semejantes chapuzas, y no vale que con admitir eso en la novela, señor Dick. El argumento es endeble y penoso, únicamente creible si posees la inocencia de un niño, y hace que la novela se convierta en un castillo de naipes que cae por su propio peso.

Mala, muy mala.

Ah, antes de que se me olvide: un saludo a José Luis de la Cuétara, esté donde esté ahora mismo. Este ticket de lavandería suyo me lo encontré en el interior del libro (de segunda mano, por supuesto). Espero que la colada le quedara muy limpita.