Dan Simmons – La soledad de Charles Dickens

Hola, culebras.

Aunque en esta reseña aparezca una fecha de 2012, todas las que hay entre este libro y el de La carretera han sido perpetratas a finales de 2012: está en concreto en fecha de 7 de Octubre. Sí, lo admito, se han ido quedando pendientes porque en primer lugar por aquella época estaba malo, y luego porque no disponía de mucho tiempo para ellas. Por esas razones, así como por lo remoto entre la lectura y el comentario, estas reseñas van a ser un poco bastante ligeras.

Empiezo este viaje al pasado (en lo que se refiere a lecturas) con La soledad de Charles Dickens de Dan Simmons. Tras leer la magnífica El terror cogí este nuevo relato ‘de época’ con muchas ganas, intrigado en saber cómo extraía Simmons una buena historia de horror de un personaje tan histórico y conocido como Charles Dickens.

Pues bien: La soledad es sobre todo un relato de personajes, y en ciertos pasajes de ambientes. Pero poco más. O quizá suficiente.

El estudio que ha realizado Simmons de las figuras de Charles Dickens, de Wilkie Collins y sus respectivas familias y entornos ha resultado poco menos que magnífico: no sólo el lienzo familiar e interpersonal es por completo creíble, sino a veces casi demasiado casi real, casi fotográfico y en extremo descarnado.

La figura de Dickens aparece retratada como un obsesivo y tozudo perfeccionista, acostumbrado a que los hados se porten con él y todo le salga bien. Llevado por esa forma de actuar se lanza de cabeza en proyectos visionarios y a veces incluso alocados (como por ejemplo las sesiones de lectura/interpretación de sus obras, culminadas por los intentos de hipnosis masiva). Dickens verá toda esa seguridad en entredicho ante las casi catastróficas consecuencias de un accidente de tren, y el subsiguiente encuentro con un personaje oscuro y desconcertante: Edwin Drood. La malsana y ambigua presencia de Drood, junto a la obsesiva relación de Dickens con sus creaciones y su excesiva confianza en sí mismo, le harán le llevarán a una espiral de autodestrucción.

Con igual detalle se describe la sombría presencia de Wilkie Collins, un individuo taciturno y muchas veces falso, víctima de su adicción a la morfina. Collins, imagen del desgraciado cuyos intentos de fama quedan eclipsados por el coloso ególatra de su amigo, a lo largo de la novela demuestra un comportamiento esquivo, falso, envidioso y retorcido, una manera de ser que se vuelve tan comprensible como despreciable. A ello hay que añadir una sexualidad por momentos ambigua, oculta en una extraña manera de entender las relaciones hombre-mujer.

Junto a estos dos amigos y antagonistas, y completando el trío central de la novela, nos encontramos a Edwin Drood, una suerte de avatar oscuro del mal, o quizá pobre desgraciado surgido de las catacumbas de Londres. Su extraña y siniestra presencia, a veces de corte vampírico, acabará obsesionando a los otros dos protagonistas.

En torno a este trío fatal se despliega una panoplia de personajes tan variopinta como triste. Las familias de Dickens y Collins, así como sus amantes; la alta sociedad y las élites del artisteo londinense; los agentes de policía, en activo o ya retirados, impregnados de corrupción muchas veces forzada por la necesidad; los miserables de los barrios deteriorados de Londres…

Y la propia ciudad, Londres, sus barriadas decrépitas y sus catacumbas, escenarios lóbregos y enfermizos que sólo pueden albergar a gentes igual de desastradas, Dickens y Collins entre ellas.

Todo junto compone un lienzo tan oscuro como colorista, rico en detalles morbosos y decrépitos, una historia preñada de historias que le hace a uno leer y leer sin parar. Las páginas se suceden mientras te sumerges y contemplas la decadencia moral y física de los dos escritores, cómo sus relaciones familiares y sociales se van deteriorando o transmutando algo… diferente. El juego de personajes y de situaciones, así como el magnífico tempo de las historias, nos hacen recordar a un inspirado Stephen King.

Bien, sí: tenemos personajes, las relaciones entre ellos, pero ¿y el horror? Ahí es donde el libro falla. Hay tensión en un porcentaje alto del libro, pero el horror que se esperaba no existe sino en unos contados pasajes, perdido entre páginas y más paginas de retratos sociales. La figura que se espera resulte como catalizador del horror, Drood, acaba difuminada a lo largo de las páginas, diluyéndose en algo brumoso e impreciso, demasiado vago, al final de texto. De nuevo, como en El terror, Simmons defrauda con un final no acorde a las expectativas del texto.

Aun así, por todas las páginas transcurridas descubriendo los tejemanejes de Dickens y Collins, con esos viajes a los barrios purulentos y drogadictos de Londres, la lectura merece la pena.

Le pongo al libro un 8, que ya es bastante.

Un saludo.

Dan Simmons – El terror

Hola ofidios.

Regreso a Dan Simmons tras muchos años sin leerlo. Lo último que leí de él fue Fases de gravedad, un libro que me supuso un chasco, más que nada porque esperaba una cosa (idea preconcebida) y me encontré algo realmente diferente. Tras esa lectura no me recomendaron leer la saga de Endymion, y la saga de Troya no me atrae absolutamente nada (y menos aun por la forma en que la han publicado aquí en EsPPaña). Pero tras haber leído hace poco El lobo de mar este libro me llamó la atención.

He de aclarar que compré el libro con un poco de resquemor: está incluído en la colección de ‘histórica’, con lo cual eso me esperaba, una novela realista más o menos acertada. ¿Qué me he encontrado en El terror? Pues una joya que no llega a la categoría de obra maestra por poco. Una historia magnífica, absorbente. La presencia del frío, del polo, como un personaje más, dibujado como una personalidad propia e implacable, el auténtico protagonista de la historia. La lucha entre el hombre y la naturaleza. Y la derrota (con trazos de gloria y patetismo) como otro miembro de la tripulación.

Entre medias, acechando en torno a toda esa desolación, algo. Mientras las páginas avanzan uno se ve más y más inmerso en un paisaje, en una ambientación, que ya la hubiera firmado el mejor HPL (del que veo que todavía no he metido ninguna reseña en la nueva encarnación del blog: cosas de haberme leído casi toda su obra). Las páginas vuelan y al tiempo que quedan atrás uno descubre algo más: la criatura no importa, casi es lo de menos: lo que realmente interesa radica en la lucha entre el hombre y ese entorno inmisericorde.

Por desgracia en la última sección el libro se desinfla con una innecesaria explicación, una parrafada que ensucia el resto de las páginas. Todo ese rollo jippi sobra por completo.

Pero lo peor, sin duda, es el editor… o la ausencia del mismo. ¿Quién tiene la culpa de ese estilo tan horrible? ¿Simmons y su editor yanqui, o el traductor y el editor español? Lo ignoro, pero la falta de unas galeradas, de una corrección de estilo, ensombrece el libro por encima de todo. Otro detalle que habla mal, y en esta ocasión el culpable sin lugar a dudas es el editor español, es el de colocar este libro dentro de ‘histórica’. Sin duda el encargado de esta clasificación no se he leído el libro (ni siquiera las primeras cien páginas) y no se ha dejado orientar por alguien que sí lo haya leído. Se trata de un libro de terror, y más concretamente rayano al concepto de horror cósmico de Lovecraft. Sí, usa personajes históricos, unos hombres cuya epopeya (por cierto, ovejas eléctricas es lectura obligada) sin duda supone material para una obra realista, pero no es realista: el libro entra del género de lo fantástico.

Aun con todo, sólo por el fondo (sin tener en cuenta la forma), recibe un muy meritorio 8.