Charles Romyn Dake – Un extraño descubrimiento

Hola, culebras.

Tras le relectura de La narración de Arthur Gordon Pym ataqué la razón de ser de dicha relectura: Un extraño descubrimiento, de Charles Romyn Dake. Debo admitir que hasta hace cosa de un mes no siquiera conocía la existencia de esta obra, mucho menos del autor.

Considerar a Charles Romyn Dake como autor tiene el mismo sentido que los autodenominados escritores que estos días pululan por el mundo digital y de la autoedición. Según la wikipedia Charles Romyn Dake apenas escribió en su vida dos relatos y la novela objeto de esta crítica. Ese simple dato, su casi inexistente obra, ya me causó bastante (por no decir mucho) resquemos. Pero en la literatura se han dado casos más extraños y con resultados del todo positivos, como por ejemplo la figura de John Kennedy Toole. Por ello empecé a leer el libro con todas las expectativas intactas.

El texto empieza de una manera más o menos típica, sobre todo en esa época (finales del siglo XIX) en la que los diletantes y los ricos herederos parecían constituir el caldo de cultivo de los protagonistas de historias. El protagonista, que narra todo desde una primera persona, conocerá a dos individuos que en mayor o menor medida tendrán importancia en la historia. Por un lado tenemos el casi demente (por lo de bipolar y maniaco) doctor Castleton, un médico de pueblo que en sus delirios de grandeza se cree una de las criaturas más inteligentes –y bendecidas por la naturaleza– de la creación. Por otro lado nos acompañará el competidor de Castleton en cuanto a la salud del pueblo se refiere: el doctor en homeopatía Bainbridge. Este persona es a todas luces un sosias del propio Dake, homeópata de profesión (léase timador y charlatán que engaña a pacientes pretendiéndoles curar con agua, sólo agua. Bendito Avogadro). Bainbridge tendrá una importancia vital a lo largo de la obra al hacer de narrador, mientras que a Castleton sólo se le puede definir como mosca cojonera muy pesada que no aportará nada de nada a la trama.

El libro empieza con, por decirlo de alguna manera, ciertas peripecias y vivencias del protagonista. Sus raíces, su viaje a América y lo que en ella encontró. Pero el lector, al menos en mi caso, ansía que esas menudencias pasen para poder llegar a lo que de verdad interesante: continuar lo narración de Poe.

Las páginas se suceden contando los diversos encuentros del protagonista en la ciudad del medio oeste donde se aloja. Pasamos página tras página sin que se haga la menor mención ni a la obra inacabada de Poe ni a sus protagonistas. Uno empieza a desesperar, cansado de leer lo que ve el protagonista por la ventana, lo que le cuenta el botones y de algunas cosas más. De hecho la primera mención de la obra de Poe no llega hasta que ya casi hemos leído una quinta parte de la obra. Sí que nos ha plantado una introducción Dake. Sí, señor: un 19% de introducción que no sabemos muy bien cómo va a encajar con el resto de la obra.

De hecho la cháchara no muy variada entre los tres individuos (Castleton, Bainbridge y el protagonista, que escribe en primera persona) sigue y sigue. La historia que uno busca leer cuando adquiere ese libro, la continuación de los hechos narrados por Poe, no empieza sino ya plantados en un 45% de lectura. En otras palabras: has soportado casi la mitad del libro leyendo discursitos políticos trasnochados que muy flaco favor le hacen a la memoria de Poe.

Pero bueno, puede pensar el lector, todavía queda un 55% de texto que puede resultar en extremo interesante. Pues la respuesta a eso se queda en un sí no del todo claro. El problema radica en el método usado por Dake para hacernos llegar las aventuras de Pym y Peters: sigue un esquema de narración–comentario–perorata política (por parte del insufrible Castleton). Dake hace que su Bainbridge emule en cierta medida a Sherezade en Las mil y una noches. Para saber lo que pasó más allá del velo de bruma Bainbridge debe visitar en su lecho a un Peters octogenario y enfermo. Cuando Bainbridge regresa a la ciudad todas las noches (Peters vive lejos, en la montaña) debe contarle al protagonista lo que le ha narrado el anciano. Así esta especie de Sherezade moderna va encadenando noche tras noche la historia: cuenta un poco, tras lo cual suele hacer un pequeño comentario con el protagonista (y al lector con ganas de más) y desaparece de escena. Hasta ahí esto no sería del todo malo: muy poco original pero no se puede exigir mucho a un autor tan poco fogueado como Dake. Lo malo llega cuando, una vez Bainbridge se ha callado, entra en escena el insoportable Castleton: toca sesión de cháchara irrelevante y cansina. Y así episodio tras episodio. Dan auténticas ganas de saltarse las páginas.

Pero vayamos a la continuación de La narración propiamente dicha. ¿Qué hay en ella, y cómo está contado? Dake sin duda se ha dejado llevar por éxitos literarios de su tiempo, como Ella y Ayesha (de Haggard), en tanto y cuanto que recurre al esquema de la civilización perdida. No puedo por menos que decir que no tengo nada claro que Poe tuviera en mente esta posibilidad. Sí, Poe planteó en La narración la presencia en el polo sur de lenguas mediterráneas en forma de simas y grabados, pero no creo que eso conlleve de manera automática pensar en ‘civilización perdida’, más aún si se tiene en cuenta la extraña naturaleza de las simas. Aun así Dake plantea eso. De su mano (muy torpe mano, nadie lo puede negar) visitamos un mundo que no acaba de cuajar ni resultar creíble. Nos presenta una supuesta civilización con más de mil años de historia continuada, y durante todo ese periodo de tiempo más que estable se puede decir que ha quedado petrificada. En cierta medida me recordó a los eloi de La máquina del tiempo de Wells (sólo diré que tan degenerados están que no son capaces de prevenir una catástrofe periódica y mortal).

Dake describe con torpeza (se nota su condición de narrador aficionado, volcado más en el contar que en el mostrar) y sin mucha imaginación un mundo que en manos de otro autor ganaría en poder y hermosura. Ahora mismo me viene al recuerdo La tierra de la noche, de Hodgson la cual –pese a su cariz fallido frente al resto de la obra del inglés– le da mil vueltas a la de Dake en cuanto a capacidad evocativa y sorprendente. Nos encontramos con descripciones poco acertadas e incluso oscuras (la grieta que lleva al lago del volcán, por ejemplo), así como explicaciones poco creíbles (la manera en que se genera el clima pseudotropical en el polo. Lo que se dice: zapatero a tus zapatos, y si no vas a saber/poder justificar un mundo no te pongas a dar detalles del mismo. A eso hay que añadir una sociedad apenas trazada. Todo ello hacer que el lector apenas consiga sumergirse en la trama. Todo parece decorados de cartón piedra. No sé que hubiera pensado Poe al leer esa continuación, pero me da que algo sí que le hubiera dicho a Dake.

Aun así se explican detalles de La narración, y de manera satisfactoria, lo cual se agradece.

Si hay algo en la novela que resulta de verdad cargante y casino esa es la figura del doctor Castleton: se trata de una especia de bipolar (o quizá veleta intelectual), un insufrible e increíble personaje cuyos discursos. Pero se puede hablar y hablar, disertar hasta la saciedad pero de tal manera que el discurso tenga que ver con la obra, o incluso que sea la obra misma (para eso un ejemplo lo tenemos en el Melmoth de Maturin). Sin embrago la mayor parte de lo dicho por Castleton no aporta absortamente nada a la trama, pese a lo cual su cháchara ocupa demasiadas páginas dentro de la obra. ¿Pretendía el autor difundir su ideología (sobre todo su liberalismo radical y su darwinismo social, que detesto sobremanera) a través de este petimetres engreído y digno de una paliza? Puede que sí, pero como director de un periódico podría haber usado esas páginas para esos menesteres… y dejarlo ahí.

Ahora hablaré de algunas de las curiosidades encontradas:

  • decir que, para los Ikeres Jimenezes y demás charlatanes, en esta obra el amigo Dake predice en cierta medida las dos guerras mundiales: “Alemania iba a eclipsar a Europa y arrasar todo a su paso como un glaciar; Francia estaba a punto de devolver el golpe a Prusia «este golpe se dejará sentir como un seísmo que sacudirá la Tierra de polo a polo»” (sic).
  • la manera de presentar al doctor Bainbridge me llamó la atención, sobre todo en cuanto al pasaje de cómo a través de ‘una historia del Estado’ el protagonista de la narración descubre toda la vida y obra del citado doctor. El Echelon se queda corto ante esa ‘historia del Estado’.

No he leído La esfinge de los hielos, la continuación que escribió Verne, pero me la apunto para realizar una comparación entre ambas.

Con todo: ¿qué nota le pongo a este Un extraño descubrimiento? Pues mal que me pese un cinco raspado. La edición cumple (con la salvedad de que la introducción, que sigue un estilo demasiado ‘a lo Miquel Barceló’ por lo que la pondría después de la obra, no antes), pero por desgracia el texto se limita a una curiosidad interesante para los muy fans de la narración de Pym, y que necesiten de manera vital saber qué sucedió después.

Adiós.

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