Bertrand Russell – ABC de la relatividad

Hola, culebras.

Me da que he tomado una mala decisión al leer este libro. Nunca antes había pasado por mis manos un libro de Russell (nada que ver con el otro Russell), si bien conocía la figura del filósofo por cositas tan interesantes como su tetera. La cosa es que, animado por la lectura de la biografía de Asimov, me di cuenta de que hacía mucho tiempo (me atrevería a decir que demasiado) que no leía nada de divulgación científica. Así que cuando vi entre la estantería de La Pila este ABC de la relatividad me dije ¿por qué no?

Compré el libro en un mercadillo de segunda mano hace muchos años, y admito que con cierto miedo. La edición (de Muy Interesante) tiene ese horrible defecto de no poner nada en la contraportada. De esa manera uno no sabe a lo que se enfrenta. Pero como lector de la Muy durante años supuse que no estaría del todo mal y me decidí a comprarlo.

También ha influido cierta conversación con ciertos besugos (dicho con todo el cariño) de mi curro acerca de la película Interestelar, sobre todo en relación a los viajes con efectos relativistas y los agujeros negros y sus efectos sobre el espacio–tiempo.

Además hay otro detalle que me ha hecho abrirlo. En el tiempo que ha pasado que lo compré me he leído algunas cosicas. Por ejemplo Historia del tiempo y Brevísima historia del tiempo, dos de los ejemplos de divulgación científica más famosos de las últimas décadas. A eso hay que añadir que, siempre que puedo, me gusta navegar y leer artículos de divulgación.

Pero Hawking escribiendo a mediados de los años noventa es una cosa, y Russell a mediados de los veinte otra. Y nada que ver uno con otro, y ninguno de ellos dotados del estilo sencillo y claro del viejo doctor.

Bertrand Russell - ABC de la relatividad

Bertrand Russell – ABC de la relatividad

Porque hay que decirlo: el libro en demasiadas ocasiones se vuelve farragoso. No sólo se trata de que los ejemplos, a mi entender, se puedan mejorar, sino que esos mismos ejemplos se puede redactar de una manera menos oscura. Hay demasiados aspectos mejorables:

  • La separación de los párrafos: a veces tienes ‘tochos’ de casi una página que sin embargo en una lectura rápida piden a gritos puntos y aparte. Colocados esos puntos y aparte no sólo se ganaría en facilidad de lectura, sino en asimilación de conceptos bien diferenciados.
  • La sintaxis de las frases: en demasiadas ocasiones hay que estar buscando y rebuscando el verbo principal. Y eso cuando aparece, pero ese es otro tema.
  • La manera de encadenas los pasos de las demostraciones: en muchas de ellas, en vez de seguir un estilo lineal (el típico de una demostración matemática) del paso a paso, salta de uno a otro, vuelve al anterior para añadir un matiz. Eso cuando de repente se da cuenta de que necesita aclarar un nuevo concepto, para lo cual a –así, con todo el morro–te mete de repente otra demostración.
  • La manera de narrar a veces se hace tan superficial que nombra experimentos básicos, como el de Roemer y el de MichelsonMorley, y sin embargo no se molesta ni siquiera un poco en explicarlos. Bueno, del de Roemer dice algo, pero muy poco. O al menos eso he creído entender: en ese nivel de claridad estamos.

Todo eso me hace pensar en un texto inmaduro, no repasado. Y, debo admitirlo, eso se me hace muy raro viniendo de quien viene. No sé qué pensar. Supongo que el fallo, al menos en parte, no esté en el escritor sino en el lector. Leo en unas condiciones diría que precarias. La inmensa mayoría de los libros que aquí comento los he leído en los trayectos casa–trabajo, trabajo–casa. El primero lo hago muchas veces medio dormido; a menudo agotado el segundo, nueve horas después, lo padezco con unas ganas mortales de descansar. Sí, soy un viejuno. Viejuno y cascado. Pero se trata de los únicos tiempos en los que me puedo aislar (cascos y música de por medio) y disfrutar de la lectura en soledad. Admito como condiciones de lectura dejan mucho que desear, más si cabe ante textos como éste, en el que por ejemplo el autor intenta explicar el origen de las Transformaciones de Lorentz mediante geometría.

No me importa entonar el mea culpa, no. Mea culpa.

Pero hay una parte de culpa que no voy a admitir. Esa culpa tiene la forma de frases mal construidas, con palabras ausentes, a veces incluso verbos. No tolero que me deba parar a leer y releer una oración hasta cinco veces para descubrir que le faltan complementos vitales del predicado (hablo de explicaciones pseudomatemáticas que requieren todos los datos, no texto poético en el que se permite la elipsis). La culpa de eso se la reparten el editor y el traductor; que ellos decidan en qué proporción. Pero dado el tipo de edición (barata, de colección de quiosco, de 1985) me da que esa culpa recae más que nada en el editor.

Nadie puede negar es que el texto ha quedado anticuado. Y eso ha pasado por fuerza y no por culpa del autor. En los últimos noventa años la física, la astronomía y la cosmología han avanzado. Nada de materia oscura, ni teoría de la inflación (bueno, sí que habla muy, muy, muy de refilón de ella con el ejemplo de los enjambres de abejas sobre el campo), ni radiación de fondo, ni (por supuesto) campos de Higgs, ni vacíos cósmicos. Por contra mucha referencia al éter (supongo a que por entonces todavía resultaba duro abandonar esa idea), además de hablar de teorías que se me hacen por lo menos peregrinas, como la de la Creación Continua (que sin embargo veo que sigue viva. Alucino).

Me ha sorprendido mucho el intuir que habla de la teoría del universo holográfico. Al menos esa impresión me ha dado cuando ha tratado de describir la ‘realidad’ de la materia. Que sí, que puede que me esté equivocando pero ¿ni sería bonito descubrir que sentiste idea tan poderosa ya se barruntó hace casi un siglo?

Leyendo las conclusiones, sobre todo lo relativo al poder del observador, no he podido evitar pensar en Cuarentena de Egan. ¿Habrá alguna influencia? Nunca lo sabré.

Lamento ser un inculto en algo tan apasionante como la cosmología (y en general en la física): seguro que con una formación más profunda hubiera disfrutado mucho más de esos detalles.

Se me he hecho curioso que, al contrario que en todas las representaciones que he visto del espacio-tiempo einsteniano, con los cuerpos como pozos de gravedad, aquí aparezcan representadas como montañas: las estrellas y los planetas están en la cumbre de montañas. Eso sin embargo ha servido para hacer muy visible la descripción de caminos de mínima energía. Todo un acierto por parte de Russell. Ojalá alguien me diga porqué no se usa ya ese modelo.

Me ha hecho gracia, aunque lo comprendo, la insistencia en subrayar los espacios no euclidianos. Eso me ha hecho imaginar a Lovecraft leyendo el libro, y llevándole a alucinar dioses y horrores más allá de nuestro planeta.

En definitiva, el texto no me parece la mejor manera de introducirse en la Relatividad. Incluso alguien como yo, que la he estudiado a niveles básicos, he tenido problemas para ver algunas de las demostraciones. Tanto que he tirado más de mis conocimientos previos que de lo leído en el libro. Demasiado farragoso a mi gusto, y más embarrado aún por la edición. Una pena. Le pongo un 4.

Nótese que al contrario que con otros autores, como por ejemplo Walpole o Maturin, a Russell sí que le asigno una etiqueta: dejo abierto el camino a leer más de él.

Hasta luego.

Isaac Asimov – Memorias

Hola, culebrillas.

Hace mucho, pero mucho, que no leo nada de Asimov. Si no recuerdo mal lo último suyo que pasó por mis manos me dejó muy mal sabor de boca: El fin de la eternidad no me gustó nada. Pero nada en absoluto. Demasiado reiterativo, como si no quisiera avanzar, y carente de la maravilla de las otras novelas del autor. Por fortuna no me queda casi nada más de él en La Pila, así que me dije: supongo que esta autobiografía no me resultará tan desastrosa como ese libro, y si me lo leo me quito de encima un buen número de páginas.

Y así me lancé a sus Memorias.

Isaac Asimov - Memorias

Isaac Asimov – Memorias

El estilo con el que está escrita la biografía se ajusta a la perfección al que el propio Asimov usa en sus obras: llano, carente de florituras y directo. Se lee a una velocidad pasmosa, sabiendo entremezclar la crónica de su vida con anécdotas que lubrican la lectura. Al parecer, si se cree uno la biografía, el viejo era así: dicharachero como él sólo.

Entre lo más interesante, al menos para mí, está el descubrir los enredos del mundo editorial norteamericano. O al menos los que había entonces, pre y postguerra. Aparecen editores ahora de renombre, como John Campbell, otros que conocía menos junto a un buen montón de los que no había oído hablar nunca pero que para resultaron un apoyo. Hay que admitirlo: me da envidia el ver cómo allí, en esa galaxia tan lejana llamada Estados Unidos, se paga por escribir ficción. Y algunos incluso viven de ella. Lo dicho: me da una envidia enorme.

El libro también sirve para conocer más a nombres que todo lector de ciencia ficción conoce de sobra. Pohl, Heinlein, Silverberg, Ellison, Bova… la lista seguiría, pero baste con decir que Asimov, sólo por edad, conoce a casi todos.

También leyendo la biografía me he ‘explicado’ el porqué de ver en las estanterías no sólo libros suyos de ficción, sino otros muchos de no ficción, sobre todo divulgativos. En mi escaso conocimiento, me parece que Asimov puede entrar en eso que algunos llaman ‘hombre renacentista’: un sabio de todo. No practicó el dibujo y la ingeniería, como Da Vinci, pero en lo relativo a su papel como divulgador Asimov parece que ha tocado casi todo lo imaginable.

La biografía describe tanto a la persona como a sus diversas etapas productivas: el inicio en la cifi, su larga etapa de no ficción y su regreso a la ficción, esta vez ya conjugada con la divulgación. Todo ello sumando una cantidad apabullante de palabras. Porque, en efecto,  si una palabra puede describir a Asimov esa es prolífico. De pequeño (los ya lejanos ochenta) me llamaba la atención encontrar en las librerías, aparte de sus libros de la fundación y los cuentos, otros de química, de artículos… incluso de ¡historia! Leyendo la biografía todo queda explicado. Lógica la admiración de Toharia ante el viejo patilloso.

Asimov no sólo divulgaba con sus escritos: también los hacía mediante conferencias y con charlas o entrevistas. Y este comentario me permite introducir el enlace a una de las dos entrevistas que él mismo considera entre sus favoritas: la que le hizo Bill Mollers en 1988 (si me he equivocado que alguien me lo diga). En definitiva, una biblioteca con patas, eso parecía el profesor (en uno de los capítulos él mismo se admite que hay gente que le considera así: el ‘pregúntaselo a Asimov’).

Hasta ahí todo bien.

Ahora viene lo malo: Asimov hablando Asimov de sí mismo. No le voy a negar que se haya sincerado. De hecho viendo la manera en que se describe todo apunta a eso: engreído, prepotente, re–sabiondo. Nada que un aficionado al ruso–americano no desconozca. Pero teniendo en cuanta esa naturaleza suya la lectura me hecho dudar de si el talante fantasma del señor no ha hinchado un poco o bastante la genialidad de la que habla. Ejemplo: decir que durante la juventud ya había leído todo lo que dice haber leído entra en conflicto con lo que él mismo dice, que en ese época la tienda de su padre le absorbía demasiado tiempo. Una cosa es leer rápido, otra decir que posee una habilidad casi similar a la de Rainman. Hay más ejemplos de exageración que huelen a ‘asimovadas’.

Aun así los pros (una visión al mundo editorial de un monstruo de las letras, y todo cuanto le rodea) superan a los contras (esos aires de megalomanía). Y eso que admito que esto de las biografías no acaba de ir conmigo: nunca antes había leído una, y no sé si repetiré la experiencia. No le acabo de sacar el punto de interés que sin embargo sí encuentro en un libro de relatos o una novela. O incluso en un texto divulgativo. Todo eso me llena más que leerme la vida de un tío.

Bueno, se trata de una mera cuestión de gustos. Aun con todo me parece un libro curioso e interesante, por lo que le pongo un 7.

Adiós.