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Robert E. Howard – Conan el Guerrero

Hola, ofidios.

Realmente es un gusto leer los relatos de Conan, historias de fantasía sincera y directa, alejada de pretensiones. En esta ocasión, además, las historias e incluídas en este Conan el Guerrero surgen de la pluma del propio creador del personaje, con lo que nos encontramos ante un Conan tal y como lo ideó Howard. Por supuesto eso supone un aliciente más a la lectura.

¿Y qué nos encontramos? De entrada una historia magnífica: ‘Clavos Rojos’. Esta historia nos sumerge en un escenario extraño, decadente y oscuro, con una atmósfera llena de velada amenaza. Casi se diría que con tintes de Lovecraft. No diré más de ella, sólo que (salvando algunas incoherencias) se disfruta de cabo a rabo.

‘Los dientes de Gwauhlur’, por el contrario, nos saca de los interiores decrépitos de una ciudad mastodóntica a la jungla y a unas ruinas en ellas. El relato es un poco más flojo, si bien encaja a la perfección dentro del estándar de la obra de Howard: acción, chicas, magia y muerte.

‘Más allá del río Negro’ quizá suponga el relato más flojo de los tres, si bien tiene el interés de ver una faceta humana del salvaje, sobre todo al final de la historia. Cambiamos pictos por indios, Conan y su compañero por vaqueros y los aquilonios por el ejercito yanqui y tenemos un buen relato del oeste. Entretenido.

Así dicho todo casi parece que el libro decae y que se acaba con cierta desgana, algo que realmente no sucede gracias a que en ningún momento deja de ser ameno.

Puntuación: un justo siete.

AA.VV. – UPC 2002

Güenas, culebras.

De nuevo tengo en mis manos un UPC, en este caso el de 2002. Y de nuevo relatos más o menos afortunados, y mi habitual desacuerdo con los resultados del premio.

Por una vez no voy a seguir el orden de presentación de los relatos en el libro, sino que voy a hablar de los que más me han gustado:

  1. ‘Odisea’, de Fermín Sánchez Carracedo, con su aire clásico (homenaje incluido a Clarke) ha sido sin duda el que más satisfecho me ha dejado. Un relato pausado, clasicista, de un primer contacto. No será muy original, eso no lo dudo, pero sin duda me ha hecho disfrutar, si bien el final lo hubiera dejado un poco más oscuro.
  2. ‘La ruta a trascendencia’, de Alejandro Alonso, me gustó… y no me gustó. Me explico: la situación mostrada en el relato resulta sin duda atrayente por lo enrevesada, pero la manera de lograrlo… algo falla. Yo habría aparcado el sentimentalismo y aplicado un poco más de mala leche: la gente en esas circunstancias creo que se volvería más precavida, más egoísta, y más que una comuna hubiera devenido en un alejamiento, creando una especie de área de ermitaños (como la escena del abuelo ‘trasparente’, de lo mejor del relato). Pero es que se trata de un escenario muy complejo: sólo por la valentía de tratar el tema ya merece mi respesto.
  3. ‘Escamas de cristal’, de Pablo Nauglin (Pablo Villaseñor), me gustó pero lo vi… hueco, forzado. Artificio sentimental para llenar páginas. No me acabó de gustar. Ahora, al escribir esta reseña, no sé porqué me llega a la memoria ‘El pusher‘ de Varley: quizá porque eso sí es saber jugar con los sentimientos de una manera magistral, concisa y directa.
  4. ‘Teorema’, de Irene da Rocha, resulta aburrido, tonto. Una pérdida de tiempo. No me gustó en absoluto. Por no mencionar el detalle de ‘me planto en la luna para cenar, querida’. Así, como si nada.

De nuevo mis gustos no encajan con los del jurado del UPC. Razón de más para no mandar nunca nada allí 😛

Este se lleva un correcto seis.

Neil Gaiman – Objetos frágiles

Compré este libro hace menos de un mes por puro impulso: supongo que se sumó el bajo precio del libro y la posibilidad de conocer un autor nuevo para mí (dotado de relativa fama, ganador de varios premios e idolatrado por parte de la comunidad del cómic). Sea por lo que fuere, lo compré y -más raro aun- lo empecé leer a los pocos días, saltándome todo lo que había en la pila desde hace años. El volumen consiste en una compilación de relatos cortos, mi estilo favorito, lo que lo hacía así de antemano atractivo y de presumible fácil lectura. Sin duda esos factores me animaron aún más a tomarlo entre manos.

Lamentablemente el resultado de la lectura de este Objetos frágiles ha resultado pobre, muy pobre. Neil Gaiman me recuerda en parte a Stephen King, llenando sus historias de detalles y anécdotas que dan profundidad a sus personajes. Pero, al contrario que King, Gaiman se queda ahí: no narra historias, limitándose a recrear situaciones. Juega con atmósferas, da pinceladas de tramas, pero nada más: me da la impresión de que sus relatos se limitan a un muy bien ornamentado marco, pero sin la pintura del centro. La marquetería es una muy digna profesión, pudiendo crear verdaderas obras de arte, pero un marco preciosista no justifica la ausencia del cuadro. Gaiman no pinta cuadros; a lo sumo da un par pinceladas y deja al lector ahí, esperando más. Y eso cuando directamente no cierra la historia a las bravas, como en el injustamente premiado ‘Estudio en esmeralda’ (una nueva demostración de lo basuriles que son muchos premios de estos). Para mí, Gaiman representa el perfecto ejemplo de que la forma no lo es todo: forma sin fondo no sirve para nada.

No todo es malo en este libro, y tres narraciones merecen salvarse de la quema (en parte porque se trata de historias, cuentan algo): ‘Alimentadores y alimentados’ (clasicista y previsible pero que aun así se disfruta), ‘Goilat’ (gracioso con su toque a lo Dick), ‘El pájaro del sol’ (aventurita con un aire que no sé porqué me hizo recordar a HPL, si bien no tiene nada que ver con él) y ‘El rey de la cañada’ (que no está nada mal, pero que tiene como defecto el que huele demasiado a una mezcla de Moorcock y Barker).

Detalle aparte merece la manera extraña en la que introduce a los personajes en algunas ocasiones, con excesiva brusquedad. Lo he notado en unos cuantos relatos: inicia una escena interactuando el protagonista con alguien y sólo al cabo de varios párrafos dice quién es ese alguien. No me ha gustado nada, pero supongo que se trata una impresión personal.

Intentaré darle una segunda oportunidad con una novela, a ver si mejora, pero no las tengo todas conmigo: habrá que pasar tiempo para que llegue ese segundo intento.

Valoración final: 4.

AA.VV. – Visiones macabras

Hola, culebras.

Voy a hablar de otro libro que lleva años en La Pila, y que allí ha estado de manera consciente debido a uno de los nombres que aparece en portada: el de Dean R. Koontz. Nunca he leído nada de él, más que nada porque sólo he escuchado pestes acerca del autor. Pero bueno, algún día debía leerlo y ese día ha llegado: estas son las Visiones macabras que viví.

El libro casi lo podríamos describir como una colina; empezamos acercándonos a ella y, parea nuestra sorpresa, en torno a la base hay un pantano hediondo. Con dificultados lo atravesamos, y con una sonrisa de alivio iniciamos el ascenso. La ladera posee una pendiente suave, un paseo agradable, no muy llamativo pero con algunos macizos de flores que alegran la vista. Continuamos subiendo y a medida que nos acercamos a la cumbre descubrimos que estamos disfrutando de verdad. Sensación que se confirma al coronar la cima: desde ella podemos disfrutar de un paisaje magnífico; nos sentirnos contentos de haber llegado allí. Sin embargo debemos avanzar, seguir, descender. Para nuestra desgracia al otro lado nos encontramos con una ladera que termina en acantilado. Mal que nos pese nos descolgamos por las rocas, mas no podemos evitar algún golpe, sufriendo incluso alguna caída que provoca heridas. Pero al fin llegamos al suelo y, ya desde él, oteamos esa cumbre recordando la pequeña gloria que descubrimos en ella. El muy agradable recuerdo nos hace valorar como positiva la excursión. Nos lamemos las heridas, damos la vuelta y seguimos nuestro camino.

Ya he colado la metáfora. Ahora a aclararla.

El pantano, como se habrá podido adivinar, es la introducción del libro, una basura pesada, tocha, pedante, perpetrada por el señor Koontz. El colmo del despropósito llega cuando, si no entiendo mal, ataca veladamente a la nueva ola de terror que surgió en los ochenta (cuya figura más importante la podemos encontrar en Clive Barker) por dejarse llevar por lo grotesco, lo sucio. Barrer es grotesco, sucio, sexual, y son duda se ha ganado a pulso el término de revulsivo del género. Que haya cada diez años un nuevo Barker, por favor, y que empalen a Koontz en una plaza pública en esas mismas fechas.

Ese ascenso suave y con detalles de color, de calidad, se trata de los tres relatos de F. Paul Wilson. ‘Sentimientos’ remota el clásico de la mano amputada y maldita, para contarnos una historia previsible, lineal y poco afortunada. ‘Caras’, por otro lado, me recuerda a los niños de la talidomida: ¿Se habrá inspirado en ese drama el autor? Lo ignoro, pero el resultado del relato satisface, al punto de verlo incluso filmable. ‘Inquilinos’ nos presenta una historia correcta, con buen ritmo y un cambio de registro final que deja un buen sabor de boca.

La cumbre del libro, sin lugar a dudas, la encontramos en el relato ‘El jardinero’, de Sheri S. Tepper. De no haber leído nada de ella en mi vida a encontrarme con estas dos joyas. ‘El jardinero’ es un relato magnífico, que sabe aprovechar muy bien la extensión impuesta por el editor para conseguir una novela corta redonda, con personajes algo tópicos pero creíbles (incluso el deforme protagonista). El único pero que se le puede ver a la novela es que resulta predecible, si bien ese defecto queda eclipsado por el resto de sus virtudes.

El acantilado, el despropósito final de la compilación tiene como autor a Ray Garton, ¿aclamado? autor de Crucifax. Realmente, si esa novela tiene el mismo corte que esta otra de ‘Monstruos’ espero que no pasa pos mis manos jamás: la estructura de la novela es horrible, con flashbacks pésimamente colocados (al punto de que a veces no sabes si estás leyendo algo del presente o del pasado). La novela en sí mete a monstruos en un entorno en el que no hacen falta: las propias personalidades de los personajes (y la organización religiosa de fondo) ya son de por sí lo suficientemente despreciables como para generar horror. El final se predice a la milla, pero no se disfruta ni cuando se acerca, ni al llegar a él, ni después, con esa lovecraftiana nota policial que acerca la novelilla al pastiche chusco, de broma. En definitiva, ‘Monstruos’ se reduce a una monstruosa pérdida de tiempo y un mal colofón para una compilación que iba ascendiendo en calidad.

Mención aparte merece la contraportada: se nota que quien lo ha redactado no le ha gustado nada, y se ha dedicado a reventar las historias. Un nuevo despropósito editorial, para seguir la tradición de Aullidos.

Una pena que esa basura final manche algo que iba muy bien. Por lo menos uno recuerda con agrado los primeros dos tercios del libro (sobre todo el relato central). Espero que la siguiente lectura me satisfaga más.

Robert Bloch – El que abre el camino

Si se conoce mundialmente a Robert Bloch no es por otra cosa que su magnífico libro Psicosis, que inmortalizó Alfred Hitchcock en su homónima obra maestra. Psicosis pertenece a ese terror de humanos, por humanos y para humanos, un perfecto retrato de una mente enferma. Pero Bloch tuvo unos orígenes muy distintos, alejados de esa horrible realidad que amenaza desde las demasiado cercanas sombras de la mente humana.

Miembro del círculo de Lovecraft, sus primeras creaciones enmarcan en el terror de fondo puramente fantástico. A ese periodo primerizo pertenecen la mayoría de los relatos de esta compilación: sí, hay algún monstruo con pantalones y traje, pero muchos otros son deformidades inhumanas. El conjunto de relatos que incluye El que abre el camino merece un aprobado alto, permitiendo vislumbrar los derroteros de una carrera clave en la concepción del terror moderno. Y también deja entrever la decadencia (acomodada, oportunista y en cierta medida conformista) de su última etapa. Recorramos los mejores y peores momentos de esta compilación.

Entre lo destacable nos encontramos auténticos clásicos, piezas inmortales como ‘La capa’, ‘El dios sin rostro’, ‘El que abre el camino’ o ‘El vampiro estelar’ (obras que trascienden lo normal, ya por su calidad o por sus repercusiones literarias posteriores, como en el caso ‘El vampiro estelar’); insistir en sus cualidades carece de sentido, ya que se ha hablado de ellas en otros sitios en numerosas ocasiones.

Pero en la recopilación nos encontramos con otras obras que se merecen igual valoración positiva:

  • ‘Los honorarios del violinista’, con su toque fáustico, no narra una magnífica historia de desamor y egoísmo.
  • ‘El influjo del sátiro’, relato que goza de un delicioso toque a lo Arthur Machen.
  • ‘Regreso al Sabbath’, una historia que bien le podría haber servido de inspiración a Campbell para su magnífico Imágenes Malditas.
  • El relato ‘Los canarios’ quizá descuadra un poco al leerlo respecto a sus compañeros, pero se nos revela como una maravillosa delicia casi infantil.
  • Entre los últimos a destacar está la cachonda ‘Abadía infernal’, una broma de corte gótico, breve y ante la que uno no puede evitar sonreir.

Todo esto hablando de las luces; del lado de las sombras tenemos relatos que desentonan por su mala calidad, más que nada argumental. Entre ellos ‘El extraño viaje de Richard Clayton’ (demasiado sinsentido para mi gusto), ‘La casa del hacha’ (excesivamente tonto y predecible) y ‘Viaje son retorno a Marte’. Pero lo dicho, se trata de excepciones que no manchan en demasía una buena colección de historias.

Como conclusión, El que abre el camino resulta una lectura recomendable que aportará momentos de gran y aterradora lucidez; y permitirá al lector adentrarse en un claro exponente del terror americano de la primera mitad del siglo XX.

AA.VV. – Lo mejor de la ciencia ficción soviética II

Hola, ofidios.

Tenía este librito en la pila y, la verdad, me daba algo de miedo agarrarlo: tras mi desamor con Lem no estaba nada seguro de que las obras de más allá del telón de acero me acabaran de gustar. Pero tras años de verle ahí, el pobre, abandonado, opté por leerlo. He aquí lo que encontré: relatos variopintos, sorprendentemente variopintos.

Cabe destacar en la mayoría de los textos el a veces escandaloso partidismo, la inmersión de la visión política en el texto: lo soviético como el ideal de sociedad, de cultura, de civilización. Ese proselitismo a veces exagerado ahora, dado el año en que estamos, no puede sino provocar una sonrisa al ver en lo que ha terminado la tan idealizada Unión Soviética. Dejando aparte el tema político, hablaré de los relatos.

Iván Efremov, al cual según se le presenta como uno de los destacados de la cifi rusa, está representado con dos relatos de corte clásico, sobrios y que lamentablemente no destacan. ‘El secreto heleno’ se hace lento y excesivamente meloso, y ‘La sombra del pasado’ resulta excesivamente difícil de creer, por más que trate de explicar en términos físicos la premisa de la historia.

El relato ‘El día de la cólera’, de Séver Gansovski, resulta bastante más agradable. Leyéndolo me venía a la cabeza el relato la basura ‘Gracos’, incluído en el UPC 1998, pero bien escrito y mejor relatado. La descripción de los otarks resulta mucho más inquietante y efectiva sin dar tantos detalles.

La lectura de ‘Futilidad’, de Andrei Gorbovski, casi se puede definir como eso: una inútil pérdida de tiempo. Relato manido, insustancial, que no pasa de ser una simple y poco original anécdota.

Guergui Gurevich nos presenta un solo relato, pero bastante para poderle comparar con el mítico ‘Encuentro con medusa’ de Clarke. ¿Hasta qué punto existe relación entre ambos relatos? Lo desconozco, pero aun así disfruté muchísimo, incluso una vez adivinado el final.

‘Un huésped del cosmos’ y ‘Un marciano’ pertenece al tipo de literatura que le gustará a Iker Jiménez y compañía. Los dos pestiños de Alexander Kazantsev pertenecen a esa ‘literatura’ que trata de argumentar la existencia de ovnis: en este caso el que el bólido de Tunguska se trataba de una nave extraterrestre. No me extenderé en esa sarta de memeces.

Valdislav Krapivin nos presenta ‘Encuentro con mi hermano’, la otra joya de esta recopilación de relatos. Humano, tierno, duro; bien escrito al punto de hacerlo universal, lejos de la parafernalia soviética que algunos otros relatos sueltan.

Concluye el tomo con ‘Las botas mágicas’ de Víktor Saparin, un divertido relato, desenfadado y con guiños de fantasía mágica, pero que al final se revela como pura ciencia ficción.

Como conclusión decir que no acabé del todo descontento por la lectura, si bien se trata claramente del típico libro que sólo merece la pena comprarlo como saldo (dado que si no me equivoco está descatalogado puede que sólo se encuentre de segunda mano, lo que no asegura precisamente un precio bajo). Quien lo vea por ahí, le sobre algo de dinero y tenga curiosidad que lo coja.

AA.VV. – El peón del caos

Hola, culebrillas.

Hace algo más de un año cayó la anterior compilación de relatos inspirados en Elric de Melniboné, Cuentos del Lobo Blanco; ahora le toca a esta segunda entrega de los relatos basados en el multiverso de Moorcock. En esta ocasión, como de su título de deduce, la recopilación no se centra en el amigable albino, sino que se juega con los múltiples aspectos del campeón eterno: nos encontramos relatos del anodino Hawkmoon, del irracional Cornelius, del triste Corum, el amargado Ereköse y, cómo no, del cenizo y carismático Elric. Junto a ellos algunos de los autores, siguiendo el espíritu de Moorcock, han introducido nuevos actores al juego de la balanza cósmica tratando de enriquecer el multiverso. El resultado es… desigual.

Precisamente con los personajes nuevos es donde destaca la recopilación. Como auténticos representantes del mensaje de Moorcock puedo mentar los relatos ‘Hablar con hombres y ángeles’ (Roland J. Green y Frieda A. Murray) y ‘Ángel de la guerra’ (James Lovegrove): éste último, sobre todo, capta a la perfección el alma atormentada de alguien que bien podría responder al nombre de John Daker.

Dado que hablamos de la lucha eterna entre el orden y el caos, el bien y el mal, junto a las dos joyas de la recopilación hay que nombrar las dos basuras más impresentables del libro. Las podemos encontrar, para nuestra desgracia, en ‘El alma cautiva’ (Hill Crinder) y en ‘El último escritor de relatos cortos del fin del tiempo’ (Brad Linaweaver), dos ejemplos de pésima labor editorial. No me voy a abundar en ellos, dado que se me revuelven las tripas, sobre todo con ‘el alma’ (pensar que eso ha sido publicado, traducido, etc. me duele mucho).

Entre los dos extremos, rondando el fiel, nos encontramos el resto de relatos. Lamentablemente el estar próximo al equilibrio en este caso no equivale a una buena valoración. Nombraré algunos de los que merecen la pena, en mayor o menor medida:

  • ‘El cráneo de guerra de Hell’ (C. Dean Anderson), correcta fantasía de Ereköse, si bien no acaba de cuajar por su excesiva unidireccionalidad.
  • ‘El signo de la mano de plata’ (Nancy A. Collins) representa el uso del estilo de Moorcock en su faceta más entretenida. Se lee con placer, si bien resulta previsible para lo aficionados al multiverso.
  • ‘La estación festiva’ (David Ferring) encaja muy por los pelos en la recopilación, como si se hubiera apurado su desenlace para que se ajustara al tema del campeón eterno. Aun con todo se deja leer.
  • Cito a ‘La isla de las almas perdidas’ (Robert E. Vanderman) más que nada por que me hizo gracia el encontrarme el mito clásico de Caronte junto al gafe.

Quedan fuera de toda clasificación los relatos esquizoides, como es el caso de ‘Gigantes en la tierra’ (Caitlin R. Kierman) y ‘La casa a medio camino’ (Peter Crowther). Supongo que habrán hilado demasiado fino para una lectura de metro, como todas las mías, ya que no supe captar nada de lo que pretendían decir.

En resumen, una compilación con altibajos, con basuras que te marcan y con joyas que se quedan grabadas en tu recuerdo. Vamos, que si perteneces a los seguidores de Moorcok y lo encuentras en la edición de bolsillo no estaría mal que te lo compraras: disfrutarás.

AA.VV. – Maestros del horror de Arkham House

Hola, ofidios.

Suculento, realmente suculento parecía este libro en la estantería del FNAC, tanto que no pude menos que soltar (con dolor) los casi treinta euros que valía y comprarlo. Y al poco tiempo leerlo, por supuesto.

Me encuentro ante un Valdemar Gótica, esa soberbia colección conocida por todos los amantes del terror clásico. Y además en su título aparece el nombre de una editorial mítica en el género del terror, y una editorial sobre todo significativa para los amantes de Los Mitos. Sin Arkham House, sin la labor de August Derleth, no se hubiera descubierto la figura de H.P. Lovecraft, uno de los autores más influyentes en toda la historia de la literatura fantástica. Y se supone que aquí esta unido lo mejorcito del elenco de autores de la editorial en forma de una extensa colección de relatos. Bien, bien: promete.

Ale, ya lo he leído. El prólogo y en general las introducciones a cada autor resultan por lo general interesantes (algunas incluso mucho, sobre todo para descubrir ese mundillo oscuro de los editores), si bien quizá peca de un poco excesivo partidismo en defensa de Derleth. Pero como eso ya lo adelanta el compilador en el prólogo, pues estamos sobre aviso. En mi opinión Derleth la cagó al tratar de sistematizar los Mitos, creando unos bandos donde en principìo (según lo descrito por H.P.L.) no los había, pero se trata de una opinión personal.

Entre los relatos a destacar por su calidad citaré:

  • ‘El valle de lo perdido’ de Robert E. Howard, narración sencilla y directa, dotada de la habitual agilidad del autor.
  • ‘El dios de orejas de perro’ de Frank Belknap Long Jr., un auténtico clásico dentro de la literatura de Los Mitos.
  • ‘La hermosa dama’ de David H. Keller, un relato que no conocía pero que está dotado de un aura de clásico)
  • ‘Amantes desde la tumba’ de Edgar Hoffman Price, historia cargada de los misterios del Egipto faraónico, aderezado con una justa dosis de romance, romance un poco forzado pero perdonable.
  • ‘El lobo de las estepas’ de Greye La Spina, dotado en parte de un estilo epistolar que recuerda a clásicos como Frankestein o Drácula, si bien trata de otro de los monstruos eminentes del terror, el hombre lobo.
  • ‘Algo viejo’ de Mary Elizabeth Counselman, de lo mejorcito de la compilación, un relato que de nuevo encaja a la perfección con lo que se espera de un clásico.
  • ‘Bon voyage, Michelle’ de Seabury Quinn, una historia triste, de final previsible pero que seduce por ese fatalismo romántico que destila.
  • ‘El señor de Cotswold’ de Nelson Bond, interesante relato para todos los amantes de Machen, Lovecraft y en general para los seguidores del terror emparentado con Los Mitos. No cuenta nada nuevo, resultando previsible, pero sirve de muestra de cómo la sombra del de Providence se alarga dentro de la editorial.

Por el contrario no quiero olvidarme de relatos a mi entender sobrevalorados y que aparecen en esta compilación: me estoy refiriendo a ‘El pequeño asesino’ de Ray Bradbury (jamás me ha convencido la manera de actuar, la psicología de los protagonistas; en el fondo se trata de un Bradbury rudimentario, muy lejos de lo que años después conseguiría con ese delicioso estilo poético suyo) y a ‘Propiedad del anillo’ de John Ramsey Campbell (otro relato que por más que lo leo no me engancha… ni le llego a comprender).

Resumiendo, la compilación merece la pena, si bien hay que abordarla de una manera abierta: yo me esperaba una nueva colección de relatos de Los Mitos y no es eso lo que hallé, sino un poco de todo. Quizá por eso me dejó ese sinsabor.

Un saludo.

Cordwainer Smith – Los señores de la instrumentalidad IV

Hola, culebras.

He tardado años en coger este libro de la pila, más que nada por la tontería de que es el cuarto de una colección de la que me faltan los tres primeros, pero aun así al cabo de más de diez años de espera, ha caído. Sólo conocía de Smith su Nostrilia, que leí hace unos siete años, y de la que tengo un muy mal recuerdo: aburrido y ñoño son dos palabras que me vienen a la cabeza ante ese libro. Pero dado que a veces una primera impresión engaña, le di a Smith esta segunda oportunidad. Así tomé en mis manos este volumen.

¿Qué me encontré?

En primer lugar debo hablar del núcleo del libro, la novela corta ‘En busca de tres mundos’. Se trata de una especie de epopeya en el que de nuevo sale a la luz la candidez y ñoñería del autor, con pasajes que se suponen líricos, llenos de supuestas alegorías del bien y el mal, del hombre, etc., pero que a mí no me han acabado de gustar. El protagonista no trasmite nada, diluido en una realidad y un trasfondo demasiado fantasiosos. Los escenarios a veces resultan tan irreales que no pueden llamarse ciencia ficción, y los personajes parecen sacados de una fábula infantil (para los amantes de ese género perfecto; para mí no). Sin embargo algunos, pocos, pasajes destacan, sobre todo el último: ‘Tres a una estrella’ constituye una pieza cargada de rareza y personajes alienados que me hicieron retomar el libro con ganas.

El resto de los relatos del libro, todos ellos independientes, los podría calificar como fallidos, por no decir ridículos (en eso destaca ‘La ciencia occidental es tan maravillosa’, una estupidez que sólo está ahí por haberla escrito quien la ha escrito).

En definitiva, una lectura que me deja mal sabor de boca, y que ya sume a Smith entre uno de los autores vetados de mis futuras compras.

Un saludo.

George R. R. Martin – Los viajes de Tuf

Del gordo y barbudo éste de Martin sólo había leído la primera entrega de Perdidos… digo, de La canción de Hielo y Fuego, Juego de tronos (libro que me leí prestado por un amigo y que me dejó como los primeros episodios de la serie de televisión, entre interesado por las diversas tramas y receloso ante el pedazo de culebrón que se anunciaba tras sus páginas. Posteriormente me compré las dos continuaciones, y seguramente adquiriré el resto hasta que acabe la saga, para luego leerla de un tirón, a ver que pasa. Y eso que por lo general no me gusta la fantasía). Perdón por la confusión, todos sabemos que no hay paralelismos (ninguno, ninguno, ninguno) entre la manera de concebir y narrar Perdidos y esa saga.Pero no nos perdamos y vayamos a este fixup, palabro anglo para definir una recopilación de relatos escritos ex profeso para ver la luz como un todo. Así, a lo largo de los siete relatos que incluye el libro nos encontramos con un todo más o menos autoconclusivo, las andanzas de un comerciante espacial llamado Tuf. A Tuf se le podría definir de cargante, cansino, ridículamente sincero y, dado que no le han matado, absoluta e injustificadamente afortunado. Esa característica, la de librarse de la muerte en todas sus aventuras aun siendo un bocazas hiriente de primera hace que se vuelva un personaje en extremo increíble, incapaz de conseguir que conecte con el lector.

Algo que, seguro, le importa un bledo a Martin.

Con esas, a lo largo de los relatos acompañamos al eterno suertudo desde descubrimiento y apropiación de ‘El Arca’, su mítica nave, hasta cómo salva tres veces a los pobladores de un planeta de su ciega y obsesiva estupidez. Entre ello Martin nos permite visitar otros planetas y otras culturas, aspecto en el destaca la obra: repleto de mala leche, los relatos rezuman una dura crítica a la ceguera humana, ante las que el cargante personaje consigue brillar contraponiendo su actitud coherente y lógica al sinsentido del universo que le rodea. Es por ese juego de contrastes por lo que se disfruta de verdad el libro, ver como una hiriente y clara sinceridad sale victoriosa (con enorme suerte, eso sí, de no acabar apaleado de por medias) ante esa basura llamada humanidad.

Habrá que esperar a la anunciada segunda colección de relatos, a ver si Tuf continúa con su suerte injustificada o recibe su bien merecido final.

Un saludo.