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Stephen King – La cúpula

Hola, culebras.

De nuevo un mamotreto de Stephen King, un monstruo que supera las 1.100 páginas. Un tocho que, sin embargo, se lee mucho mejor que otros de un tercio de extensión. De nuevo el señor Rey nos embarca en una obra coral, con decenas de personajes que interactúan casi todos con todos. Sin lugar a dudas la tarea de engarzarlos todos y que quede bien, realista, es enorme.

Y precisamente en eso falla La cúpula. A las pocas páginas uno siente un intenso déjà vu: ¿estoy leyendo La cúpula, novela reciente de Stephen King, o una revisión de It? La verdad es que el personaje de Junior parece casi un clon de Henry Bowers. Pero bueno, eso no supondría mucho problema (al fin y al cabo se tratan de obras de un mismo autor, y como tal se pueden ver vínculos y semejanzas). Lo peor llega cuando el abanico de personajes se despliega y uno se encuentra ante un demasiado claro caso de bandos, buenos contra malos malísimos. Entre medias hay unos pocos personajes grises que pasan por la novela sin pena ni gloria; casi puro attrezzo. Lo blanco (un poquillo manchado pero al fin y al cabo blanco) contra lo negro abisal, a eso se resume el libro. Porque una vez se forman los bandos cada personaje se ajustan de forma milimétrica al rol que tiene asignado, sin salirse en ningún momento. No hay dudas, ni flirteos, ni traiciones. Nada de nada.

Al menos, siguiendo ese patrón de bandos, la novela se disfruta muy mucho: vemos como los malísimos hijos de puta hacen eso, el cabronazo, puteando a los buenos. Los chicos que de antemano sabemos que acabarán ganando y librándose de todo las pasan muy putas. Los malos malosos se regodean en su maldad y la reparten a tutiplén por todo el pueblo. Todo ello salpicado, al estilo del autor, con detalles de historia personal que enriquecen de colorido el texto.

Pero bueno, si el autor no acierta a la hora desarrollar las interacciones entre esas varias decenas de humanos, a lo mejor atina a describir el mundo y las circunstancias que provocan la crisis. Ahí hay que decir un sí pero no. Me explico: King es minucioso a la hora de describir a los personajes, cubriéndoles de uno y mil detalles humanos (de hecho el desarrollo de personajes es uno de los fuertes del autor). De igual manera  se nota que la labor documental la ha realizado muy bien (al final del libro hay una nota al respecto): el mundo que rodea a los protagonistas, y la forma en que éste cambia a lo largo de la novela, está descrito al detalle y de una manera que desde mi ignorancia me parece acertada. ‘Pero’. Hay un ‘pero’. Una cosa es hacernos ver a la perfección el interior de la casa de cada personaje, saber lo que comen, lo que beben, lo que visten, lo que respiran, y otra muy diferente explicar la raíz de todo: la cúpula. Sí, la tercera ley de Clarke dice eso de toda tecnología suficientemente avanzada se confunde con la magia. Pero no deja de llamar la atención la manera en que la cúpula se circunscribe de manera exacta, al milímetro, con el territorio de Chester’s Mills. Demarcación por completo arbitraria. ¿Un domo que se ajusta de forma mágica a algo tan ridículo como lo que indica un plano político? Eso sorprende mucho más cuando se descubre el origen de la cúpula. ¿Los creadores, siendo como son de remotos, se ajustan a la normativa topográfica y legal americana? Demasiado increíble. Por no hablar de el foco no sólo no está en el centro aproximado del núcleo urbano (un calcetín no posee centro geométrico, que yo sepa), sino que se sitúa allí donde se sitúa, tan descompensado. Todo cuanto rodea a la cúpula, su funcionamiento, comportamiento y origen queda mal descrito, sobre todo a raíz de las últimas páginas. Y es que la tercera ley de Clarke tiene un tope, a partir del cual la magia se vuelve tomadura de pelo.

La sombra del deus ex machina vuela por la novela a los largo de demasiadas páginas. Sobre todo desde el momento del perro, el sofá, el sobre y ‘la voz’. Esas escenas carecen de sentido dentro de la novela, no teniendo ni continuación ni posible engarce dentro de la misma. Se reducen a ‘tengo de alguna manera de salir de ese pequeño lío en que me he metido y lo hago así, porque yo lo valgo’. El fenómeno de las voces y de las visiones se sucede en numerosos personajes y tampoco encaja con absolutamente nada de lo que luego se descubre. Como si el autor lo hubiera olvidado. O, lo que es peor: lo hubiera querido obviar una vez llegado al final. ‘Lo puse, sí, pero llegados a este punto no sé cómo salir del berenjenal en el que me he metido. Aun así, ¿molaba, no?’, eso es lo que creo que se le debe pasar por la mente a King con esos detalles.

De igual manera queda por completo fuera de lugar la escena final de Rennie. King no lo deja nada claro, no se muestra rotundo en el origen de esas presencias. No se moja. ¿Hubiera supuesto mucho problema explicar que todo resultó como fruto de un cerebro afectado por los gases tóxicos? Ese condenado detalle hace que la novela, hasta ese instante integrada en un buen 99% de crudo ‘realismo’, quede manchada por un borrón de fantasía. Mácula que sobra, lo mires como lo mires. Eso sí, la escena queda muy dantesca, muy efectista. Muy adolescente. Y por completo fuera de lugar, conformando un final del todo inapropiado e injusto para el malvado supremo de la obra.

El deus ex machina se vuelve a manifestar, furioso y descarado, en la escena final del ‘alzamiento’. Incluso el propio autor lo dice: la cúpula sigue decenas, centenares de metros bajo tierra. Y sin embargo… Necesitaba salvar a esa gente y para eso ¡ale!, a romper la continuidad. No creo que hubiera supuesto mucho, dado el devenir de la novela, mostrarse firme en cuanto a la cúpula. El final que yo hubiera escrito hubiera llevado al lector en las últimas páginas a un futuro remoto. Y allí hubiera zanjado bien el asunto. No de esa manera tramposa.

Y es que Stephen King, tras sus varias décadas de escritor, sigue sin saber plantar un desenlace satisfactorio. Se va por la ramas, todo vale con tal de un buen final. Ahora mismo recuerdo pocos finales consecuentes con el desarrollo de la novela (quizá Thinner sea de los pocos que me hicieron decir chapó). Porque el desenlace de La cúpula roza lo patético. Un ‘no sé cómo acabar con este condenado domo irrompible y os suplico, lectores, que me perdonéis’. Tal cual. Triste, muy triste. Señor King, lo suyo no es la ciencia ficción sino el terror, así que deje los artefactos paracientíficos a los que sí saben manejarlos y llevarlos a buen –o al menos mejor–  término.

Acerca de la cúpula y su comportamiento hay otro un detalle nimio, casi ridículo, que sin embargo demuestra una voluntad tramposa (o quizá ignorante, o descuidada) que del tratamiento de la misma se hace en la novela: la cúpula es prácticamente impermeable a todo tipo de partícula, si bien no sucede lo mismo con las radiaciones. Como un cristal irrompible, vamos. Pero, si es así, ¿cómo es que algo tan físico como el sonido lo atraviesa si problema alguno? No recuerdo haber leído nada de acerca de atenuación sonora en todo el libro.

Los personajes hablan a través de ella como si nada, y sin embargo potentísimos ventiladores industriales pegados a ella apenas generan una tenue brisa. Si hay algo que pido en este mundo, cuando se trata de cosas que se pide que se tomen en serio, es coherencia. Y más aun cuando se trata de un autor que tiene todo el tiempo del mundo para repasar su obra antes de que ésta acabe en imprenta.

En definitiva, la novela resulta amena (incluso adictiva) pero sabiendo casi desde un primer momento que le autor la va a cagar con el final. Lo malo es que King no logra sorprenderte con un desenlace digno. Supongo que algún día, antes de morir, lo logrará.

¿Qué nota se lleva? Pues pese a todo, y gracias a esas 1.000 páginas de palomitas y diversión, un 7.

Adiós.

Frederick Brown – El ser mente

Hola, ofidios.

De nuevo, tras muchos años, con Brown, en esta ocasión con El ser mente. Sus Pesadillas y geezenstacks en su momento, hace años, me pareció gracioso. Lo de Marciano, vete a casa lo tengo en la pila, y dado que es ‘de risa’ le tengo miedo (no soporto muy bien el humor literario).

Con los marcianitos de las narices en mente cogí este libro. Vamos, que lo hice con cierto repelús. Pero tenía letra gorda y no era precisamente un mazacote: necesitaba lectura ligera después del último chasco, la basura de McCarthy.

¿Con qué me he topado? Con una lectura en verdad ligera. Rápida, muy rápida. Tanto que ha pasado sin pena ni gloria. Un malo maloso que en el fondo es estúpido, un protagonista que de tan listo no se lo cree ni su autor, una acción muchas veces forzada en plan deus ex machina (a causa a la estupidez del malo). Incluso con dosis de sexo velado al principio de la novela, supongo que por eso de enganchar a los lectores.

Al escribir esta reseña, y pensando en el protagonista de este libro, no puedo evitar recordar Que desciendan las tinieblas y su hombre renacentista. El resultado del conjunto es muy similar a ese otro libro de Sprague: no resulta fallido por un pelo. Entretiene sin ofender demasiado al lector, y eso ya es algo.

Un 5 raspado y a por el siguiente.

Chau.

Cormac McCarthy – La carretera

Hola, culebras.

Jamás había leído nada del señor McCarthy, y me enteré de que era el autor de la novela en la que se basa No es país para viejos sólo al ver la portada de este libro. Esa película ha tenido mucha fama, incluso llegando a los Oscar, pero dado que no la he visto (más que nada porque detesto como ‘actor’ a Javier Bardem) no podía servirme como muestra de lo que McCarthy escribe. Pero el ambiente en el que se supone que La carretera se desarrolla, un mundo postapocalíptico en el que sobreviven más mal que bien un padre y su hijo, me llamaba. Eso y leer un autor para mí desconocido.

Tras leer las primeras páginas algo ya empieza a olerme raro. Y me refiero al estilo. El que el libro se base en pequeñas notas, casi pareciendo que ha sido redactado en una sucesión de momentos sueltos, no me desagrada: podría decirse que es una bastardización exagerada del género epistolar. Aquí todo es una especie de post-its sucesivos, apuntes que se acumulan en secuencia uno tras otro. Lo que no me gusta nada es la manera de llevar los diálogos: no existe puntuación, y a veces están incluso embebidos dentro de los párrafos. ¿Estilo experimental, vagancia del autor o pura ignorancia de cómo se debe puntuar y llevar un diálogo? Lo ignoro, pero eso me lleva a conseguir -en un momento futuro- algún otro libro del autor: no quiero echarle la culpa al traductor y/o el editor españoles de semejantes errores.

Pero dejemos el estilo, que se puede salvar a base de esa auxiliadora etiqueta de ‘experimental’ y vayamos al fondo, a la historia. Algunos dirán que es un drama duro, crudo, de supervivencia; la lucha de un padre por llevar adelante a su hijo en un mundo derruido y en el que apenas hay esperanza. Eso es lo que dirían algunos. Yo digo que el autor trata de describir un mundo sin creérselo él mismo: el escenario resulta por completo incongruente, con una serie de errores para mí de bulto y que salen a la luz por culpa del chaval.

Ese chaval no debería existir. Y siguiendo el razonamiento tampoco el padre. Ni nadie en toda la condenada novela. ¿Por qué? Pues por el mundo en el que viven y el origen y la intensidad de la catástrofe que les rodea. Señor McCarthy, se trata sencillamente de sumar uno y uno, dos. Describe de manera somera un ataque nuclear sobre suelo norteamericano. Bien. Habla de una pareja dando a luz a su primogénito varias semanas después del bombardeo. Bien. Habla de años y años de ceniza en la atmósfera, de cielos encapotados de forma perpetua. Bien. Habla de un continente entero en el que todas las plantas han sido reducidas a cenizas, a troncos calcinados. Bien. Habla de un mar completamente muerto. Bien. Señor McCarthy, sea consciente de que el ataque que describe, a esa escala, es poco menos que definitivo. En un ataque normal, como el descrito en El cartero de Brin, habría incendios (y muchos) pero difícilmente hubieran arrasado el continente de la manera que aparece en la novela: y es que en La carretera todo el continente está reducido a cenizas. Al completo. Eso implica una cantidad de bombas nucleares apabullante. Lo que a su vez conlleva un nivel de radiación letal, radiación que se propaga con los vientos, con la ceniza, con la lluvia, con la nieve. Millones de kilómetros cuadrados cubiertos de cenizas radiactivas, un sudario de veneno puro. ¿Y pretende hacerme creer que en un mundo así ha habido hombres (por no mentar niños o ancianos, mucho más sensibles) capaces de sobrevivir durante ocho, diez, doce años? ¿Y que para más choteo al cabo de esos años se mantienen sanos, como el hijo?

Porque ahí brilla la mayor cagada: el chico tiene la misma edad que ese mundo muerto. El niño ha estado toda su vida respirando polvo radiactivo. Y no ha muerto. Ni en un solo momento de la novela se aprecian muestras visibles de enfermedad por radiación. Al contrario, quien fallece es el padre, y por algo que apunta claramente a una tisis. Que no sólo no me lo creo, señor McCarthy, sino que es imposible. ¿O se trata de una novela de fantasía en la que el chico es un mutante dotado de un potentísimo (milagroso) poder de curación?

Eso por no hablar de detalles menores, como que tras una década de intemperie y putrefacción, de lluvia, nieve y viento, ya no debería quedar ni cartones, ni hojas, ni papel ni nada similar: deberían hacerse convertido en papilla y luego en polvo arrastrado por el viento. O el no tan pequeño detalle de cómo narices han sobrevivido el padre y el hijo todo ese tiempo, desde que el chaval nace hasta que se llega a la acción de la novela. Durante años han sido tres, madre, padre e hijo. ¿Cuántos años? Pues los suficientes como para que el niño tenga un recuerdo de ella. ¿Qué han comido todo ese tiempo? Eso no se explica, ni siquiera se deja entrever. La opción del perpetuo asalto a supermercados me resultaría demasiado difícil de creer.

Señor McCarthy, ha timado a sus lectores con un relato deslavazado y anecdótico, para el que no se ha molestado lo más mínimo en investigar lo que implica vivir un continente radiactivo, lo que supone un ataque nuclear tan severo como para crear esas condiciones atmosféricas. De todo ello deduzco que, en verdad, ha escrito la novela a base de post-its. O puede que con pedazos de papel de baño mientras estaba sentado en el mismo haciendo sus necesidades mayores.

Me da lástima el tal Diego Gándara, el ‘intelectual’ de La Razón que suscribe el comentario de la contraportada. ¿Habrá leído de verdad el libro? ¿Se habrá parado a pensar lo que ha leído? Seguro que ese individuo no habrá llegado a usar ni media neurona a la hora de escribir el comentario. Si yo fuera redactor jefe de La Razón, si me hubiera leído el libro y hubiera encontrado todos esos defectos no hubiera permitido que la frase del susodicho apareciera. Y si de verdad se hubiera presentado ante mí con ella le hubiera despedido de forma fulminante por cretino. ‘Periodistas’ como ese han hecho que la profesión sea un lupanar mugriento y sifilítico. Pero bueno, ya se sabe: no son periodistas sino correveidiles de banqueros y mercachifles.

Señor McCarthy, supongo que No es país para viejos está ambientando en el mundo actual, en circunstancias actuales. Bien. Siga en ellas porque lo suyo no es describir con coherencia una mundo inventado, un mundo tan documentado y estudiado como el escenario de una hecatombe nuclear. Con esta novela se demuestra que la suspensión de incredulidad tiene un límite, y que ciencia ficción no la escribe cualquiera.

Escenas de canibalismo (como la efectista, aunque en extremo ridícula por carecer de lógica, del bebé al espetón) seguro que distrajeron a algunos, haciendo que hablaran de ellas como ‘lo duro’ y se olvidaran del resto de defectos, de la ausencia de coherencia. Pero conmigo eso no ha funcionando. Menos canibalismo y más coherencia, señor McCarthy. O mejor aún: más de ambos. Mucho canibalismo, con niños, niñas y lo que quiera, pero sobre todo coherencia al describir un mundo y sus implicaciones.

Ale, a paseo.

Se lleva un 2 sobre 10, por vago, chapucero y descuidado. Y va que chuta.

David Brin – Arrecife brillante

Hola, culebras.

Por fin, la última reseña que me quedaba pendiente desde que estuve enfermo/off. Ha transcurrido casi un año entero de que terminé (escribo esto el día 27/12/2012), y ya era hora de terminar estos deberes pendientes. Así que aquí voy con Arrecife brillante, del futurista 😛 David Brin,

Que sí, que debería escribir una reseña de este libro pero… ¿que se puede decir de algo que queda completamente en el aire? Sí, en el aire: cuando empecé a este libro no tenía ni idea de que se trataba de la primera parte de una trilogía (desde hace años no leo los prólogos de Barceló). Pero además era una saga en estado puro: en este primer libro no concluye ni una sola de las historias que empieza, dejándote con cara de lelo. No es que haya paja, es que mete una, dos tres, cuatro historias, a las que hay que añadir toda una serie de descripciones de una sociedad compleja basada en la interacción de diversas razas extraterrestres, todas muy diferentes entre sí. ¿Estamos ante una maravilla como la saga de El planeta de la aventura, de Vance? Pues no, o como mucho (a falta de leer los otros dos volúmenes de la saga) nos encontramos ante una versión hipertrofiada y excesivamente detallista. ¿En exceso? Hay quien dirá que no, que todo detalle que sirva para dibujar el entorno es bienvenido; yo entiendo que hay límites, y necesitar de mil quinientas páginas (suponiendo que las otras dos partes tengan una extensión similar) para narrar una historia de una posible primer contacto de una sociedad proscrita con sus perseguidores me obliga a aplicarle un único adjetivo: sobredimensionada. O paja. O que el tío quiere rentabilizar una historia normal triplicando las páginas y pensando que así conseguirá el triple de ventas.

Vale que la biología de los extraterrestres sea interesante (sobre todo los conos gestalt y los que se propulsan con ruedas), o que el entorno misterioso y sus ruinas sugieran un pasado no revelado de poder y tragedia, o la incógnita que se esconde en la sima marina (si bien esa escena me recordó demasiado a Abyss, de Cameron): todo ello esta bien, pero queda eclipsado en cuanto a eficacia narrativa al compararla con El planeta de la aventura.

Por no hablar que el universo en el que esto se enmarca, el de la Serie de la Elevación, no me acaba de agradar: del mismo sólo he leído La rebelión de los pupilos, libro que me dejó frío, muy frío. Este Arrecife brillante tiene algo más de chicha, sí, pero sigue sin engancharme.

Y es que Brin no acaba de entrarme bien: tras leer este rocoso y lleno de claroscuros Arrecife brillante, a los que se suman Mensajero del futuro, Tierra, La rebelión de lo pupilos, creo que o algo me pasa con él, o que sencillamente no es un autor de mi agrado. No sé si habrá otra ocasión para darle una nueva oportunidad. Si no me equivoco no queda nada de él en La Pila, y dado que todo esto que he leído de él eran saldos… hasta que no me le topo en otro saldo creo que el señor Brin, futurista, se va a quedar por mí en las estantería de las librerías.

Bueno, que me olvidaba de ponerle una nota: un 6, si bien al tratarse de una saga inconclusa esa nota podría subir o bajar dependiendo del resultado final de la historia. Aunque leyendo lo que he leído de sus continuaciones pocas ganas me quedan

Chao.

Frederick Pohl – Los años de la ciudad

Hola, ofidios.

He aquí la penúltima reseña con retraso (ésta con fecha del 23/12/2012), ahora de un libro de Pohl, Los años de la ciudad.

La novela en sí misma es una especie de fix-up de cinco relatos aparentemente independientes, pero que juntos dan una idea de la evolución de una ciudad, tanto a nivel social-cultural como arquitectónico. El Nueva York desde el tiempo actual hasta un siglo después. Historias de bandas, mafias, rebeldía, prisión, castigo y revolución, todo ello frente a lealtad, deber, responsabilidad civil, junto a una visión optimista del futuro y de los poderes sociopolíticos. Destacable el tratamiento de la revolución, un alzamiento popular a través de las redes (o el concepto de red visto desde esa época), y el que a través de esas mismas se genera un movimiento de responsabilidad civil. Muy en plan lo que me gustará ver en la realidad, vamos. Y que no veré, eso seguro.

La lectura del libro obliga a un ritmo lento, incluso en los muy contados momentos de acción. No destaca dentro de la obra de Pohl. Le otorgo un 5 y bastante me parece.

Adiós.

Mark Faby – Wyrm

Hola, culebras.

Minirreseña de Wyrm, de Mark Faby. La he escribo el 8/12/2012, con más de un año de retraso.

Wyrm es un libro oportunista (editado en 1997 y habla de ordenadores, internet y efecto 2000), pero de resultado fallido. Muy fallido. Aunque a saber si hay algún libro que con esas premisas hubiera conseguido algo digno. En resumen: un megademonio informático consigue alterar la realidad a base de memes y de difundirse en la red mundial de ordenadores. Contra él luchan una pandilla de programadores, jugones y expertos en seguridad. ¿Cómo? Pues metiéndose en una especie de mega MMORPG: el juego de juegos, un único interfaz de juego capaz de unir a todos los juegos bajo ese único interfaz y someterlos en las… ejem, estoy mezclando conceptos de una obra maestra con una basurilla.

Na, Wyrm se reduce a un pasarratos. Y si sabes algo de internet, de redes, de servidores, de informática bancaria, de juegos online, etc. te demuestra porqué individuos como Iker Jiménez siguen por ahí pululando y haciéndose de oro. ¿Cómo? Diciendo chorradas sin sentido, sin pies ni cabeza, pero que al común de los mortales (ignorante de qué va la vaina e incapaz de discernir el buen discurso de la más vacía charlatanería) le suenan bonitas, se las cree e incluso paga por ellas.

Eso es Wyrm, aventurillas que al más mínimo estudio serio se caen solas, pero que han permitido a Faby editar el libro e incluso sacar dinero del mismo. Por fortuna no hay nada más de este tío por ahí para leer, así que no se lleva ni una miserable etiqueta en mi blog, ja, ja, ja. Algo similar ya le pasó a Maturin tras leerme el tocho de Melmoth: no quiero leerme nada más de ese cura ya que, si Melmoth es lo mejor, no quiero ver cómo es lo peor.

Se lleva un 3 y va que chuta.

Adeu.

David Brin – Mensajero del futuro

Hola, culebras.

Otra reseña muy tardía (escrita el 23/12/2012) y ultracorta, en ésta ocasión de Mensajero del futuro, la famosa novela de David Brin, el ‘futurista’ (tal y como lo describen en la serie de TV Profetas de la Ciencia Ficción). Tanta fama alcanzó la novela que Kevin Cosme de Todos los Santos rodó una adaptación cinematográfica. Ya había visto varias veces la película, una historia romanticona que tiene la ciencia ficción más como escenario que como elemento de peso y, si bien se deja ver, no está precisamente entre mis favoritas del subgénero postapocalíptico.

Pero vayamos al libro y dejemos en paz la película.

¿Qué hay en el libro? Una historia de supervivencia, protagonizada por un solitario en un mundo forzosamente solitario y desconfiado. A través de la novela rezuma una mezcla de optimismo y fatalidad. De un lado están los núcleos de población que intentan hacer resurgir (o al menos no olvidar) la civilización de preguerra; del otro los tan americanos asilvestrados locos de la independencia y las armas. Y entre medias un fantasmal organismo de Correos, pergeñado a modo de justificación de que el protagonista vista un abrigo de ese cuerpo (único parecido con la película).

La novela carece de un ritmo que enganche, yendo a trompicones de interés y falta del mismo. Pero eso no acaba de suponer un problema dado que le da realismo: ese mundo devastado es una suerte de ruleta rusa, un continuo desengaño donde mantener la esperanza es sin duda el mayor reto. Y así, a base de ostias, de chascos, avanza el protagonista a lo largo de novela. Que nadie espere una epopeya ni un texto épico: se trata de una historia de un solitario que a duras penas soporta la carga que conlleva portar ese abrigo.

Por todo ello le pongo al libro un 6.

Chao.

PD: Para los que sepan inglés, ahí les dejo el comentario que el propio autor de la novela dedica a la película.

Edgar Rice Burroughs – Thuvia, doncella de Marte

Hola, culebras.

De nuevo una reseña escrita muy a posteriori, concretamente el día 28 de octubre de 2012.  En esta ocasión me toca este texto del creador de Tarzán, Edgar Rice Burroughs, que nos vuelve a llevar a ese Marte imposible y romántico suyo.

Thuvia, doncella de Marte es una obra desenfadada, directa y simple, sin sorpresas ni especial misterio, llena de malos muy malos (preferiblemente feos) y buenos muy buenos (a ser posible guapos y fortachones). Vamos, un texto para apagar el cerebro y escrito también así, con el piloto automático para atraer a un lector sencillo, nada exigente. En definitiva, un guión simplista, de los de ‘todo para adelante y mascadito para el protagonista’. Muy pulp, muy de la época. Muy mal envejecido. En su momento no digo que esta novela tuviera buen aceptación; leerla ahora te obliga a implantarte con fuerza el chip de ‘lector de los años 20’, que si no no la disfrutas.

En cuanto a los detalles del contenido hay que decir que de nuevo nos encontramos ante una obra que tiene mucho más de fantasía que de ciencia ficción, perceptible sobre todo en lo relativo a los poderes personales de alguno de los protagonistas. El amigo Carthoris es mucho más que un superhombre: el elegido del destino, al que todo le sale bien, o incluso mejor. La pobre Thuvia se resume en un bonito maniquí manipulado de un lado para otro, que ve cómo su paladín va detrás de ella a todo lo largo del planeta.

Qué decir de la edición… pues mala (incluso en la elección de la tipografía), con errores de ortografía y fallos de maquetación, como por ejemplo el mal uso del guión largo en los diálogos. El conjunto crea un aspecto general de aficionado; lo mismo podemos decir de la traducción, poco menos que descuidada. Pero es que en ese aspecto sigue al resto de libros de la colección Omean.

En definitiva, le pongo 5 y bastante me parece.

Adiós.

Dmitry Glukhovsky – Metro 2034

Hola, ofidios.

Ahora me toca hablar del segundo libro que leo de Dmitry Glukhovsky, igualmente segundo libro ambientado en el exitoso universo de un postnuclear metro de Moscú.

Nota: esta es otra reseña redactada muy a posteriori de la lectura del  libro. Éste lo he redactado el día 27 de octubre de 2012, y tengo que admitir que el libro tiene tal calidad que apenas puedo recordar nada de su trama, al contrario que de la de Metro 2033. Eso ya habla mucho de él y de su calidad.

Metro 2034 retoma ese lúgubre, interesantísimo (en principio) y a medias esbozado reducto que es el suburbano de la capital rusa. En esta ocasión el libro, en contraposición con el primero, se intenta centrar en la taciturna, lacónica y monolítica figura del brigadier Hunter. A Hunter ya le conocimos casi de pasada en el volumen anterior, Metro 2033, dando el aspecto de ser una especie de máquina de matar un poco ida de olla, a saber si por su propia vida de antes de la hecatombe o por lo que se había obligado a ver y sufrir a posteriori. Ese carácter chocaba y resaltaba más o menos bien con el del otro protagonista, un imberbe que empezaba a descubrir los horrores del metro.

En este Metro 2034 se repite el esquema, con la salvedad de que la figura de Hunter toma más preponderancia. Pero en lo básico es lo mismo. De hecho, resulta demasiado parecido.

La estructura del libro insiste en el mismo esquema de acontecimientos que el anterior,tanto que parece un calco: nos introduce en la desesperada situación de una estación, la falta de recursos y el estar acosada por criaturas provenientes del exterior (vamos, el mismo esquema que en Metro 2033, y uno muy semejante a muchas películas de zombis, ya de paso). A partir de ese momento se inicia otro viaje por las entrañas del suburbano moscovita, un recorrido que se hace anodino y confuso por momentos: quizá un moscovita sea capaz de captar todo, pero yo admito que he notado en varios fragmentos como que algo falta, alguna referencia.

A medida que avanza la novela toma especial relevancia otro personaje que ya apareciera en la anterior obra, Homero. Éste trata de convertirse de verdad en un cronista de cuanto sucede en el metro. O más bien un intento de, porque no lo logra. Al autor trata de darle a este personaje una profundidad narrativa (hacerle realmente un Homero relatando una odisea) que sin embargo no logra. Junto a él una chica, una huérfana y perdida que ve cómo toda su vida anterior se hunde, y busca un asidero al que aferrarse (sí, hay pseudohistoria de amor), y un chico extraño y desconcertante, supuestamente poseedor de cierto conocimiento que se resiste a compartir. La extraña pareja se acaba convirtiendo en un trío gracias a la presencia (semejante al Guadiana en la zona de los Ojos) de Hunter, nunca mejor dicho, no acaba de cuajar, y a lo largo de las páginas vemos cómo toman y pierden el protagonismo del texto.

Así, con ese conglomerado de personajes, Glukhovsky intenta hacer una especie de novela de personajes, si no coral, pero sin lograrlo en ningún momento. Las vidas de los protagonistas no acaban de resultar atractivas, lo que dicen y hacen tampoco, el entorno que se describe se deja en exceso difuso y poco detallado. ¿No queriendo implicarse? ¿Dosificando adrede información para futuras secuelas?

Y es que a estas alturas de la película (con una novela anterior casi calcada) Metro 2034 carece del gancho de la novedad que sí que tenía la anterior. Sí, se describen más estaciones, revelando algunos detalles que hasta el momento no se conocían respecto al funcionamiento de esa sociedad troglodita, pero el conjunto general no satisface, con altibajos en el ritmo y el interés de lo que se cuenta.

Vamos, que no creo que compre el futurible Metro 2035. Porque este se merece un muy escaso 4.

Un saludo.

Eduardo Vaquerizo – Danza de tinieblas

Hola, ofidios.

Hace mucho que lo leo una novela patria, e iba tocando. Y además con alguien al que conozco en persona de cuando me movía por el fandom de Madrid, Eduardo Vaquerizo.

Danza de tinieblas es una novela agradable, sin pretensiones. O mejor dicho, con menos pretensiones de las que yo mismo le daba en un principio: me esperaba algo enrevesado y bizarro en plan Las Puertas de Anubis (de Tim Powers), o incluso cercano a ‘Setenta y dos letras’ (del inefable Ted Chiang, del que ya hablé –o mejor dicho puse a parir por baboso y paulocoelhoso– en la anterior versión de éste blog). Pero no: Danza de tinieblas usa el steampunk lo usa a modo de maquillaje para introducirnos en una historia dotada de una importante carga social. No diré que reivindicativa pero no carente de con cierto aroma a eso. Los detalles mágicos, o de steampunk, quedan en lo menos. Sin embargo esa ausencia no se echa de menos ante las tribulaciones del protagonista, una especie de Marv (el juggernaut de la historia inicial de Sin City, el soberbio cómic de Frank Miller) de ese siglo XX extraño y oscuro.

El resultado final de la historia es satisfactorio, si bien no explosivo. Además cuenta con el aliciente de estar ambientado en algo aproximadamente cercano, ese Madrid a medio camino entre la modernidad y el siglo de oro.

Pero la obra padece de un defecto enorme, y provocado no por el autor sino el editor: todo indica que no ha habido revisión, ni galeradas, ni corrección de estilo. Nada de nada. De ser así (he leído muchos Minotauros y no recuerdo haberme encontrado con algo similar) demostraría una absoluta falta de respeto del editor para con el autor. Parece que se ha llevado a imprenta el texto original (a Edu le conozco y sé de qué pie cojea) y por ahorrarse eso, o por despiste, o a saber qué razón más o menos peregrina, el editor ha permitido que salga a la luz el texto en bruto, dando al público lego una imagen mala del autor. Creo que ya le sucedió a Edu algo similar con la novelización de Stranded. Vergonzoso. Si yo estuviera en su sitio tendría un santísimo cabreo ya que por esa desidia la que paga es su fama entre los lectores. O entre algunos: yo voy a seguir leyendo lo que me caiga de él.

Resumiendo, por todo ello se lleva un justito 6.

Chau.