Posts Tagged “relato”
Hola, culebrillas.
Tras varios años en la pila me pongo con esta recopilación a cargo de Julián Díez. Los nombres en portada son la inmensa mayoría conocidos por mí, alguno incluso en persona, pero por fortuna (por eso de hacer unas reseñas más objetivas) la relación tras todos estos años es escasa, si no nula.
- ‘Mein Fürer’, de Rafael Martín, nos muestra una obra más de este autor en mi opinión sobrevalorado. En este relato se mete en una historia de viajes en el tiempo de la que luego no sabe salir (posee un final absolutamente carente de sentido, típica huida hacia delante). El estilo que usa, de tan rápido que es, acaba sufriendo el defecto de ocultar los diálogos. Se lleva un 4.
- ‘La estrella’ de Elia Barceló es uno de los varios relatos que no comprendo qué narices pintan aquí, porque la verdad es que de cifi, muy poco. Más bien su temática se puede definir como de fantasía disfrazada de cifi, sobre todo debido a esos mutantes tan poco creíbles: no se puede obrar un cambio similar en 800 años y al mismo tiempo lograr la estabilidad genética. Aún así el texto posee un aire poético que le hace merecedor de un 6.
- Con César Mallorquí y ‘El rebaño’ ya entramos en algo mucho más serio. ‘El rebaño’ es un magnífico relato, en parte heredero de textos como La tierra permanece o Apocalipsis. Su eficacia da poco pie a comentario, aparte de decir que se disfruta de cabo a rabo. Sólo le plantearía un pero (muy tonto pero que se me ocurrió al poco de empezar a leerlo): ¿quién esquila a las ovejas? ¿o éstas arrastran sus lanas como bolas de pelo? No recuerdo que se dijera eso en el texto. Un 9.
- ‘Míster ego’, León Arsenal, nos presenta su ‘El centro muerto’ y defrauda. El relato tiene una lectura muy agradable, sí, pero padece un final en exceso incongruente que peca de fantasioso. Tanto es así que para mí anula todo lo leído antes. De nuevo tenemos fantasía revestida de cifi. Se lleva un 6.
- El siempre pulcro Juan Miguel Aguilera, de la mano de ‘El bosque de hielo’ nos sumerge en un relato de corte clásico, al estilo de Clarke o Niven. El relato me parece que tiene relación con ese extraordinario universo de Akasa Puspa (digo ‘me parece’ porque no me he puesto a comprobarlo), en lo que creo que son el embrión de los colmeneros. La pena es que el relato se me hizo corto: su brevedad le da casi el cariz de anecdótico, necesitando a mí entender mayor extensión para tratar todo lo que deja entrever. Vamos, que se podría sacar una novela. Le pongo un 8.
- Con ‘Otro día sin noticias tuyas’, de Juan Carlos Planells, la compilación empieza a caer. En picado. En barrena. Relato insulso y vacío, una sucesión deshilachada de recuerdos a medio camino entre intimista nostálgico y la más ligera fantasía. Su presencia en la compilación no que de ninguna manera justificada. Un 3. Y mucho me parece.
- Sigue el picado, ahora ya vertiginoso. Otro de los gurús injustificados de la cifi española, Rodolfo Martínez, aporta ‘Un jinete solitario’. De entrada se trata de ciberpum, y eso no me gusta. Además relato negro, menos todavía. Si lo sumamos tenemos un relato que lo ha sufrido. Y mucho. Si le añades un final tramposo (típico del género detectivesco, y razón para que bodrios como Los misterios de Laura los deteste a más no poder) junto a un personaje llorón, da como resultado un texto ostentoso y hueco. Un 2 por no ponerle un 1.
- Armando Boix, aplicándose sobre los mandos con firmeza, consigue alzar el vuelo en su corto, humilde y efectivo ‘Nada personal’. Le pesa la previsibilidad, pero aun así destaca frente a sus dos antecesores. Un correcto 6.
- Poco a poco regresamos a altura de crucero con ‘Los herederos’ de Daniel Mares. He de admitir que me gustó mucho más ‘La máquina Pymblikot’, pero éste no desmerece. Sobre un escenario descrito de una manera superficial se dibuja una extraña historia de amor, cuya extrañeza esconde una realidad apenas atisbada. La pena está en el final, que tratando de explicar ese mundo el autor cometa un error de bulto: el origen de la transmisión implica una carambola cósmica muy poco creíble, si no imposible. Aun con todo le otorgo un 7.
- Poco puedo decir de ‘Días de tormenta’ de Ramón Muñoz. Tras leerlo sólo me venía a la cabeza el anuncio ese del Scattergories del pulpo. Este relato y su inclusión en la compilación es igual: está metido con calzador. Un 4.
- ‘Una esfera perfecta’, de Eduardo Vaquerizo, no es un relato perfecto, no. Sencillo e intimista (aun con toda la sangre que salpica en sus páginas), se lee muy bien pero no cala. Le pongo un 6.
- La recopilación acaba con el relato ‘Entre líneas’, de José Antonio Cotrina, un texto indiscutiblemente fantástico (se ve que en España la cifi no da para más y por fuerza hay que meter la fantasía), bien llegado y que agrada, al que le otorgo un 7.
La media final del libro es de 5.6, periodo No llega ni al bien.
Aquí se termina la lectura y empieza una muy breve opinión: me parece preocupante que en una supuesta antología de nada más ni nada menos que veinte años de ciencia ficción española se incluyan tres relatos de fantasía y un pulpo. ¿Tan bajo está el nivel? Una pena, y muy mala manera de promocionar el género. Pero ¿existe de verdad el relato de género en esas dos décadas?
Un saludo.
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Hola, culebras.
En una nueva muestra de esa lucidez de editorial tan española, esta antología de relatos (que en origen se publicó como un sólo volumen) de Harlan Ellison la han partido en varios tomitos. Pero mejor no voy a despotricar de los editores (eso lo dejo para otro día) y me voy a centrar en lo contenidos de esta recopilación que significó un antes y un después en la ciencia ficción angloparlante, lo que quiere mundial.
Ellison se ha rodeado para esta antología de nombres de una manera u otra famosos, algunos porque cuando la concibió ya de por sí habían alcanzado la fama, y otros que la alcanzarían a posteriori.
La obra arranca con una serie de prólogos y presentaciones, dos de las cuales de la mano del mismísimo Asimov. Como la mayoría de loa escrito por el doctor, se hacen amenas y agradables. Tras ellas entra en escena Ellison, con toda una verborrea que a veces se vuelve casi baboseante para ciertos autores. Cada relato de la antología tiene un texto presentación del antologista y un epílogo del propio autor.
Podré unas pocas palabras de cada relato:
El canto del crepúsculo, de Lester del Rey, no está mal, si bien yo (y personalmente yo) le pondría un pero: lo podría haber escrito yo. La forma, la temática, el desenlace, todo es muy semejante a otros relatos que he escrito. Relatos que no han pasado alguna que otra criba. Le planto un 6.
Moscas, de Robert Silverberg, es un relato con mucha mala leche, dinámico, pero algo previsible. Le otorgo un 7.
El día siguiente a la llegada de los marcianos, de Frederik Pohl, por desgracia es un relato americano, demasiado americano. No digo que no tenga su gracia, su fondo reivindicativo, pero es que la mentalidad de los personajes es demasiado norteamericana. Sin duda en esa época y en ese país el tema estaría muy en boga, pero al estar tan constreñido a tiempo y lugar ahora pierde la gracia y el sentido. Un 5 y no más se merece.
Jinetes del salario púrpura, de Philip José Farmer, nos presenta a un Farmer desbocado, queriendo meter demasiado en un texto al mismo tiempo demasiado corto (por todo lo que pretende mostrar) y demasiado largo (con diferencia la narración más extensa el volumen). Un relato atrevido, iconoclasta, provocador y lenguaraz, muy al estilo del autor. Usa lenguaje experimental con que puede decirse está emparentado con La naranja mecánica de Burgess. Precisamente ese aspecto semántico se queda en ‘intento’ debido a que para que se desarrolle con efectividad se hubiera necesitado mayor extensión. Y es que de hecho el texto se reduce a una excusa para dibujar a grandes trazos un mundo rico y sugerente, una serie de pinceladas que no llegan a profundizar a causa de la reducida extensión. Por todo ello el relato no acaba de llenar. Le otorgo un 6.
El sistema Malley, de Miriam Allen deFord, es un relato mediocre, con final forzado y anodino. La mejor parte es la primera, llena de ultraviolencia. Un triste 4 le pongo.
Un juguete para Juliette, de Robert Bloch, es un relato bien llevado, con un estilo infantil lleno de repeticiones, pero que adolece de un final burdo y apresurado (casi diríamos que novel) que desvirtúa el conjunto. Otro 6.
El merodeador en la ciudad al borde del mundo, de Ellison, es un relato descompensado. El protagonista, de tan malo que es, parece más tonto que otra cosa, algo que se contrapone a la bestia que en realidad debía de ser Jack. Además el relato falla en lo relativo a crear un entorno creíble y el modo en que interactúa con el protagonista. Intenta forzar la situación y a personaje envolviéndolo con un mundo alienante, pero tal alienación nunca se logra, y por el contrario vuelve al protagonista aun más patético. No se merece más de un 5.
La noche en que todo el tiempo escapó, de Brian Aldiss, la podemos definir como paranoia ridícula fruto de un autor totalmente endrogado, una estupidez sin sentido alguno. De nuevo Aldiss demostrando es capaz de crear basura. Un 3, y por ponerle algo.
Un saludo.
PD: Me se olvidaba. La media del libro da un resultado de un cinco con veinticinco. Bastante triste para la que se supone que es una recopilación de relevancia casi histórica.
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Hola, culebrillas.
Parece casi que le he agarrado cariño al musculoso tejano de Howard, sobre todo tras disfrutar de ‘Clavos rojos‘. Así que me puse con este Conan el usurpador pensando en ese Super Conan 1 en el que se narra a modo de novela gráfica la llegada al trono de Conan. Esperaba encontrarme con un relato que narrara esos hechos. Pero no: ninguno de lo relatos narra ese acontecimiento concreto. Sin embargo nos queda un buen ramillete de historias:
- ‘El tesoro de Tránicos’ forma parte de los clásicos de Conan, con su habitual mezcla de aventura y magia, una historia en la que el cimmerio no es el auténtico protagonista, sino que de nuevo ese aspecto principal lo asume la amenaza picta. Al relato se añade la presencia de ese socias de Nyarlathotep, el infame Thoth Amón, que sin saberlo ayudará a Conan en el logro de su destino. ¿Tendrá el estigio en futuras novela la misma importancia que tiene en los comics Conan Rey? El tiempo y las páginas lo dirán.
- La historia de ‘Lobos más allá de la frontera’, si bien no es un relato ‘de Conan’, quizá sea el mejor relato (en lo referente a el tema de acción y aventura) del libro. Un auténtico cuento del oeste, dinámico, sin pausa. Muy bien. mejor que a mi gusto que ‘Más allá del río Negro’.
- Sobre ‘El fénix y la espada’ y ‘La ciudadela escarlata’ voy a hacer un comentario conjunto. Son buenos relatos, sí, sobre todo el pasaje central de La ciudadela, pero ambos dos, tras leerlos, me hacen pensar en un nombre propio: Moorcock. ¿Porqué? ¿A quién que no haya leído las crónicas de campeón eterno no le ha sonado algo el sueño de Conan en ‘El fénix’? ¿Cómo no leer el viaje de Conan a través de las catacumbas, en ‘La ciudadela’, y no rememorar las entrañas de Imrryr o puede que de Pan Tang? (Incluso, forzando un poco, ¿el nombre del compañero del protagonista de ‘Lobos’ no recuerda algo a Dyvim Slorm?)
En definitiva, una lectura magnífica de un Howard inspirado. Toda una delicia. Se lleva un ocho sin lugar a dudas.
Los siguientes libros que me quedan de Conan pertenecen a una época para mí más desconocida, la de un hombre ya mayor y que, por fuerza, debe ir perdiendo esas habilidades felinas que tan buen resultado le han dado a lo largo de su vida. ¿Cómo presentará Howard el declive de el guerrero por excelencia? Habrá que esperar.
Chao.
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Hola, ofidios.
Realmente es un gusto leer los relatos de Conan, historias de fantasía sincera y directa, alejada de pretensiones. En esta ocasión, además, las historias e incluídas en este Conan el Guerrero surgen de la pluma del propio creador del personaje, con lo que nos encontramos ante un Conan tal y como lo ideó Howard. Por supuesto eso supone un aliciente más a la lectura.
¿Y qué nos encontramos? De entrada una historia magnífica: ‘Clavos Rojos’. Esta historia nos sumerge en un escenario extraño, decadente y oscuro, con una atmósfera llena de velada amenaza. Casi se diría que con tintes de Lovecraft. No diré más de ella, sólo que (salvando algunas incoherencias) se disfruta de cabo a rabo.
‘Los dientes de Gwauhlur’, por el contrario, nos saca de los interiores decrépitos de una ciudad mastodóntica a la jungla y a unas ruinas en ellas. El relato es un poco más flojo, si bien encaja a la perfección dentro del estándar de la obra de Howard: acción, chicas, magia y muerte.
‘Más allá del río Negro’ quizá suponga el relato más flojo de los tres, si bien tiene el interés de ver una faceta humana del salvaje, sobre todo al final de la historia. Cambiamos pictos por indios, Conan y su compañero por vaqueros y los aquilonios por el ejercito yanqui y tenemos un buen relato del oeste. Entretenido.
Así dicho todo casi parece que el libro decae y que se acaba con cierta desgana, algo que realmente no sucede gracias a que en ningún momento deja de ser ameno.
Puntuación: un justo siete.
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Güenas, culebras.
De nuevo tengo en mis manos un UPC, en este caso el de 2002. Y de nuevo relatos más o menos afortunados, y mi habitual desacuerdo con los resultados del premio.
Por una vez no voy a seguir el orden de presentación de los relatos en el libro, sino que voy a hablar de los que más me han gustado:
- ‘Odisea’, de Fermín Sánchez Carracedo, con su aire clásico (homenaje incluido a Clarke) ha sido sin duda el que más satisfecho me ha dejado. Un relato pausado, clasicista, de un primer contacto. No será muy original, eso no lo dudo, pero sin duda me ha hecho disfrutar, si bien el final lo hubiera dejado un poco más oscuro.
- ‘La ruta a trascendencia’, de Alejandro Alonso, me gustó… y no me gustó. Me explico: la situación mostrada en el relato resulta sin duda atrayente por lo enrevesada, pero la manera de lograrlo… algo falla. Yo habría aparcado el sentimentalismo y aplicado un poco más de mala leche: la gente en esas circunstancias creo que se volvería más precavida, más egoísta, y más que una comuna hubiera devenido en un alejamiento, creando una especie de área de ermitaños (como la escena del abuelo ‘trasparente’, de lo mejor del relato). Pero es que se trata de un escenario muy complejo: sólo por la valentía de tratar el tema ya merece mi respesto.
- ‘Escamas de cristal’, de Pablo Nauglin (Pablo Villaseñor), me gustó pero lo vi… hueco, forzado. Artificio sentimental para llenar páginas. No me acabó de gustar. Ahora, al escribir esta reseña, no sé porqué me llega a la memoria ‘El pusher‘ de Varley: quizá porque eso sí es saber jugar con los sentimientos de una manera magistral, concisa y directa.
- ‘Teorema’, de Irene da Rocha, resulta aburrido, tonto. Una pérdida de tiempo. No me gustó en absoluto. Por no mencionar el detalle de ‘me planto en la luna para cenar, querida’. Así, como si nada.
De nuevo mis gustos no encajan con los del jurado del UPC. Razón de más para no mandar nunca nada allí
Este se lleva un correcto seis.
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Compré este libro hace menos de un mes por puro impulso: supongo que se sumó el bajo precio del libro y la posibilidad de conocer un autor nuevo para mí (dotado de relativa fama, ganador de varios premios e idolatrado por parte de la comunidad del cómic). Sea por lo que fuere, lo compré y -más raro aun- lo empecé leer a los pocos días, saltándome todo lo que había en la pila desde hace años. El volumen consiste en una compilación de relatos cortos, mi estilo favorito, lo que lo hacía así de antemano atractivo y de presumible fácil lectura. Sin duda esos factores me animaron aún más a tomarlo entre manos.
Lamentablemente el resultado de la lectura de este Objetos frágiles ha resultado pobre, muy pobre. Neil Gaiman me recuerda en parte a Stephen King, llenando sus historias de detalles y anécdotas que dan profundidad a sus personajes. Pero, al contrario que King, Gaiman se queda ahí: no narra historias, limitándose a recrear situaciones. Juega con atmósferas, da pinceladas de tramas, pero nada más: me da la impresión de que sus relatos se limitan a un muy bien ornamentado marco, pero sin la pintura del centro. La marquetería es una muy digna profesión, pudiendo crear verdaderas obras de arte, pero un marco preciosista no justifica la ausencia del cuadro. Gaiman no pinta cuadros; a lo sumo da un par pinceladas y deja al lector ahí, esperando más. Y eso cuando directamente no cierra la historia a las bravas, como en el injustamente premiado ‘Estudio en esmeralda’ (una nueva demostración de lo basuriles que son muchos premios de estos). Para mí, Gaiman representa el perfecto ejemplo de que la forma no lo es todo: forma sin fondo no sirve para nada.
No todo es malo en este libro, y tres narraciones merecen salvarse de la quema (en parte porque se trata de historias, cuentan algo): ‘Alimentadores y alimentados’ (clasicista y previsible pero que aun así se disfruta), ‘Goilat’ (gracioso con su toque a lo Dick), ‘El pájaro del sol’ (aventurita con un aire que no sé porqué me hizo recordar a HPL, si bien no tiene nada que ver con él) y ‘El rey de la cañada’ (que no está nada mal, pero que tiene como defecto el que huele demasiado a una mezcla de Moorcock y Barker).
Detalle aparte merece la manera extraña en la que introduce a los personajes en algunas ocasiones, con excesiva brusquedad. Lo he notado en unos cuantos relatos: inicia una escena interactuando el protagonista con alguien y sólo al cabo de varios párrafos dice quién es ese alguien. No me ha gustado nada, pero supongo que se trata una impresión personal.
Intentaré darle una segunda oportunidad con una novela, a ver si mejora, pero no las tengo todas conmigo: habrá que pasar tiempo para que llegue ese segundo intento.
Valoración final: 4.
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Hola, culebras.
Voy a hablar de otro libro que lleva años en La Pila, y que allí ha estado de manera consciente debido a uno de los nombres que aparece en portada: el de Dean R. Koontz. Nunca he leído nada de él, más que nada porque sólo he escuchado pestes acerca del autor. Pero bueno, algún día debía leerlo y ese día ha llegado: estas son las Visiones macabras que viví.
El libro casi lo podríamos describir como una colina; empezamos acercándonos a ella y, parea nuestra sorpresa, en torno a la base hay un pantano hediondo. Con dificultados lo atravesamos, y con una sonrisa de alivio iniciamos el ascenso. La ladera posee una pendiente suave, un paseo agradable, no muy llamativo pero con algunos macizos de flores que alegran la vista. Continuamos subiendo y a medida que nos acercamos a la cumbre descubrimos que estamos disfrutando de verdad. Sensación que se confirma al coronar la cima: desde ella podemos disfrutar de un paisaje magnífico; nos sentirnos contentos de haber llegado allí. Sin embargo debemos avanzar, seguir, descender. Para nuestra desgracia al otro lado nos encontramos con una ladera que termina en acantilado. Mal que nos pese nos descolgamos por las rocas, mas no podemos evitar algún golpe, sufriendo incluso alguna caída que provoca heridas. Pero al fin llegamos al suelo y, ya desde él, oteamos esa cumbre recordando la pequeña gloria que descubrimos en ella. El muy agradable recuerdo nos hace valorar como positiva la excursión. Nos lamemos las heridas, damos la vuelta y seguimos nuestro camino.
Ya he colado la metáfora. Ahora a aclararla.
El pantano, como se habrá podido adivinar, es la introducción del libro, una basura pesada, tocha, pedante, perpetrada por el señor Koontz. El colmo del despropósito llega cuando, si no entiendo mal, ataca veladamente a la nueva ola de terror que surgió en los ochenta (cuya figura más importante la podemos encontrar en Clive Barker) por dejarse llevar por lo grotesco, lo sucio. Barrer es grotesco, sucio, sexual, y son duda se ha ganado a pulso el término de revulsivo del género. Que haya cada diez años un nuevo Barker, por favor, y que empalen a Koontz en una plaza pública en esas mismas fechas.
Ese ascenso suave y con detalles de color, de calidad, se trata de los tres relatos de F. Paul Wilson. ‘Sentimientos’ remota el clásico de la mano amputada y maldita, para contarnos una historia previsible, lineal y poco afortunada. ‘Caras’, por otro lado, me recuerda a los niños de la talidomida: ¿Se habrá inspirado en ese drama el autor? Lo ignoro, pero el resultado del relato satisface, al punto de verlo incluso filmable. ‘Inquilinos’ nos presenta una historia correcta, con buen ritmo y un cambio de registro final que deja un buen sabor de boca.
La cumbre del libro, sin lugar a dudas, la encontramos en el relato ‘El jardinero’, de Sheri S. Tepper. De no haber leído nada de ella en mi vida a encontrarme con estas dos joyas. ‘El jardinero’ es un relato magnífico, que sabe aprovechar muy bien la extensión impuesta por el editor para conseguir una novela corta redonda, con personajes algo tópicos pero creíbles (incluso el deforme protagonista). El único pero que se le puede ver a la novela es que resulta predecible, si bien ese defecto queda eclipsado por el resto de sus virtudes.
El acantilado, el despropósito final de la compilación tiene como autor a Ray Garton, ¿aclamado? autor de Crucifax. Realmente, si esa novela tiene el mismo corte que esta otra de ‘Monstruos’ espero que no pasa pos mis manos jamás: la estructura de la novela es horrible, con flashbacks pésimamente colocados (al punto de que a veces no sabes si estás leyendo algo del presente o del pasado). La novela en sí mete a monstruos en un entorno en el que no hacen falta: las propias personalidades de los personajes (y la organización religiosa de fondo) ya son de por sí lo suficientemente despreciables como para generar horror. El final se predice a la milla, pero no se disfruta ni cuando se acerca, ni al llegar a él, ni después, con esa lovecraftiana nota policial que acerca la novelilla al pastiche chusco, de broma. En definitiva, ‘Monstruos’ se reduce a una monstruosa pérdida de tiempo y un mal colofón para una compilación que iba ascendiendo en calidad.
Mención aparte merece la contraportada: se nota que quien lo ha redactado no le ha gustado nada, y se ha dedicado a reventar las historias. Un nuevo despropósito editorial, para seguir la tradición de Aullidos.
Una pena que esa basura final manche algo que iba muy bien. Por lo menos uno recuerda con agrado los primeros dos tercios del libro (sobre todo el relato central). Espero que la siguiente lectura me satisfaga más.
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Escrito por: Txisko en Libros, tags: Bloch, relato, terror
Si se conoce mundialmente a Robert Bloch no es por otra cosa que su magnífico libro Psicosis, que inmortalizó Alfred Hitchcock en su homónima obra maestra. Psicosis pertenece a ese terror de humanos, por humanos y para humanos, un perfecto retrato de una mente enferma. Pero Bloch tuvo unos orígenes muy distintos, alejados de esa horrible realidad que amenaza desde las demasiado cercanas sombras de la mente humana.
Miembro del círculo de Lovecraft, sus primeras creaciones enmarcan en el terror de fondo puramente fantástico. A ese periodo primerizo pertenecen la mayoría de los relatos de esta compilación: sí, hay algún monstruo con pantalones y traje, pero muchos otros son deformidades inhumanas. El conjunto de relatos que incluye El que abre el camino merece un aprobado alto, permitiendo vislumbrar los derroteros de una carrera clave en la concepción del terror moderno. Y también deja entrever la decadencia (acomodada, oportunista y en cierta medida conformista) de su última etapa. Recorramos los mejores y peores momentos de esta compilación.
Entre lo destacable nos encontramos auténticos clásicos, piezas inmortales como ‘La capa’, ‘El dios sin rostro’, ‘El que abre el camino’ o ‘El vampiro estelar’ (obras que trascienden lo normal, ya por su calidad o por sus repercusiones literarias posteriores, como en el caso ‘El vampiro estelar’); insistir en sus cualidades carece de sentido, ya que se ha hablado de ellas en otros sitios en numerosas ocasiones.
Pero en la recopilación nos encontramos con otras obras que se merecen igual valoración positiva:
- ‘Los honorarios del violinista’, con su toque fáustico, no narra una magnífica historia de desamor y egoísmo.
- ‘El influjo del sátiro’, relato que goza de un delicioso toque a lo Arthur Machen.
- ‘Regreso al Sabbath’, una historia que bien le podría haber servido de inspiración a Campbell para su magnífico Imágenes Malditas.
- El relato ‘Los canarios’ quizá descuadra un poco al leerlo respecto a sus compañeros, pero se nos revela como una maravillosa delicia casi infantil.
- Entre los últimos a destacar está la cachonda ‘Abadía infernal’, una broma de corte gótico, breve y ante la que uno no puede evitar sonreir.
Todo esto hablando de las luces; del lado de las sombras tenemos relatos que desentonan por su mala calidad, más que nada argumental. Entre ellos ‘El extraño viaje de Richard Clayton’ (demasiado sinsentido para mi gusto), ‘La casa del hacha’ (excesivamente tonto y predecible) y ‘Viaje son retorno a Marte’. Pero lo dicho, se trata de excepciones que no manchan en demasía una buena colección de historias.
Como conclusión, El que abre el camino resulta una lectura recomendable que aportará momentos de gran y aterradora lucidez; y permitirá al lector adentrarse en un claro exponente del terror americano de la primera mitad del siglo XX.
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Hola, ofidios.
Tenía este librito en la pila y, la verdad, me daba algo de miedo agarrarlo: tras mi desamor con Lem no estaba nada seguro de que las obras de más allá del telón de acero me acabaran de gustar. Pero tras años de verle ahí, el pobre, abandonado, opté por leerlo. He aquí lo que encontré: relatos variopintos, sorprendentemente variopintos.
Cabe destacar en la mayoría de los textos el a veces escandaloso partidismo, la inmersión de la visión política en el texto: lo soviético como el ideal de sociedad, de cultura, de civilización. Ese proselitismo a veces exagerado ahora, dado el año en que estamos, no puede sino provocar una sonrisa al ver en lo que ha terminado la tan idealizada Unión Soviética. Dejando aparte el tema político, hablaré de los relatos.
Iván Efremov, al cual según se le presenta como uno de los destacados de la cifi rusa, está representado con dos relatos de corte clásico, sobrios y que lamentablemente no destacan. ‘El secreto heleno’ se hace lento y excesivamente meloso, y ‘La sombra del pasado’ resulta excesivamente difícil de creer, por más que trate de explicar en términos físicos la premisa de la historia.
El relato ‘El día de la cólera’, de Séver Gansovski, resulta bastante más agradable. Leyéndolo me venía a la cabeza el relato la basura ‘Gracos’, incluído en el UPC 1998, pero bien escrito y mejor relatado. La descripción de los otarks resulta mucho más inquietante y efectiva sin dar tantos detalles.
La lectura de ‘Futilidad’, de Andrei Gorbovski, casi se puede definir como eso: una inútil pérdida de tiempo. Relato manido, insustancial, que no pasa de ser una simple y poco original anécdota.
Guergui Gurevich nos presenta un solo relato, pero bastante para poderle comparar con el mítico ‘Encuentro con medusa’ de Clarke. ¿Hasta qué punto existe relación entre ambos relatos? Lo desconozco, pero aun así disfruté muchísimo, incluso una vez adivinado el final.
‘Un huésped del cosmos’ y ‘Un marciano’ pertenece al tipo de literatura que le gustará a Iker Jiménez y compañía. Los dos pestiños de Alexander Kazantsev pertenecen a esa ‘literatura’ que trata de argumentar la existencia de ovnis: en este caso el que el bólido de Tunguska se trataba de una nave extraterrestre. No me extenderé en esa sarta de memeces.
Valdislav Krapivin nos presenta ‘Encuentro con mi hermano’, la otra joya de esta recopilación de relatos. Humano, tierno, duro; bien escrito al punto de hacerlo universal, lejos de la parafernalia soviética que algunos otros relatos sueltan.
Concluye el tomo con ‘Las botas mágicas’ de Víktor Saparin, un divertido relato, desenfadado y con guiños de fantasía mágica, pero que al final se revela como pura ciencia ficción.
Como conclusión decir que no acabé del todo descontento por la lectura, si bien se trata claramente del típico libro que sólo merece la pena comprarlo como saldo (dado que si no me equivoco está descatalogado puede que sólo se encuentre de segunda mano, lo que no asegura precisamente un precio bajo). Quien lo vea por ahí, le sobre algo de dinero y tenga curiosidad que lo coja.
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Hola, culebrillas.
Hace algo más de un año la anterior compilación de relatos inspirados en Elric de Melniboné, Cuentos del Lobo Blanco; ahora le toca a esta segunda entrega de los relatos basados en el multiverso de Moorcock. En esta ocasión, como de su título de deduce, la recopilación no se centra en el amigable albino, sino que se juega con los múltiples aspectos del campeón eterno: nos encontramos relatos del anodino Hawkmoon, del irracional Cornelius, del triste Corum, el amargado Ereköse y, cómo no, del cenizo y carismático Elric. Junto a ellos algunos de los autores, siguiendo el espíritu de Moorcock, han introducido nuevos actores al juego de la balanza cósmica tratando de enriquecer el multiverso. El resultado es… desigual.
Precisamente con los personajes nuevos es donde destaca la recopilación. Como auténticos representantes del mensaje de Moorcock puedo mentar los relatos ‘Hablar con hombres y ángeles’ (Roland J. Green y Frieda A. Murray) y ‘Ángel de la guerra’ (James Lovegrove): éste último, sobre todo, capta a la perfección el alma atormentada de alguien que bien podría responder al nombre de John Daker.
Dado que hablamos de la lucha eterna entre el orden y el caos, el bien y el mal, junto a las dos joyas de la recopilación hay que nombrar las dos basuras más impresentables del libro. Las podemos encontrar, para nuestra desgracia, en ‘El alma cautiva’ (Hill Crinder) y en ‘El último escritor de relatos cortos del fin del tiempo’ (Brad Linaweaver), dos ejemplos de pésima labor editorial. No me voy a abundar en ellos, dado que se me revuelven las tripas, sobre todo con ‘el alma’ (pensar que eso ha sido publicado, traducido, etc. me duele mucho).
Entre los dos extremos, rondando el fiel, nos encontramos el resto de relatos. Lamentablemente el estar próximo al equilibrio en este caso no equivale a una buena valoración. Nombraré algunos de los que merecen la pena, en mayor o menor medida:
- ‘El cráneo de guerra de Hell’ (C. Dean Anderson), correcta fantasía de Ereköse, si bien no acaba de cuajar por su excesiva unidireccionalidad.
- ‘El signo de la mano de plata’ (Nancy A. Collins) representa el uso del estilo de Moorcock en su faceta más entretenida. Se lee con placer, si bien resulta previsible para lo aficionados al multiverso.
- ‘La estación festiva’ (David Ferring) encaja muy por los pelos en la recopilación, como si se hubiera apurado su desenlace para que se ajustara al tema del campeón eterno. Aun con todo se deja leer.
- Cito a ‘La isla de las almas perdidas’ (Robert E. Vanderman) más que nada por que me hizo gracia el encontrarme el mito clásico de Caronte junto al gafe.
Quedan fuera de toda clasificación los relatos esquizoides, como es el caso de ‘Gigantes en la tierra’ (Caitlin R. Kierman) y ‘La casa a medio camino’ (Peter Crowther). Supongo que habrán hilado demasiado fino para una lectura de metro, como todas las mías, ya que no supe captar nada de lo que pretendían decir.
En resumen, una compilación con altibajos, con basuras que te marcan y con joyas que se quedan grabadas en tu recuerdo. Vamos, que si perteneces a los seguidores de Moorcok y lo encuentras en la edición de bolsillo no estaría mal que te lo compraras: disfrutarás.
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