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Arthur C. Clarke – El fin de la infancia

Hola, ofidios.

Me pongo con uno de los autores clásicos por excelencia de la ciencia ficción, y con una novela del subgénero de ‘primeros contactos’: Clarke y su El fin de la infancia, una de las primeras novelas del maestro de la ciencia ficción hard. Tengo que admitir que por lo general Clarke me encanta. Hace mucho que no leo nada de él, por lo que ya tocaba. Por desgracia esta novela no ha resultado de mi agrado, ni mucho menos: se me ha hecho larga y lenta, de pesada lectura.

¿Por qué?

Por una razón por completo personal y subjetiva: lo descrito en ella no me parecido interesante. El asunto del ‘primer contacto’ como tema central siempre me ha atraído, ya en forma directa, cercana y detallada (como en el caso de Contacto) o con un tratamiento más aventurero y exótico (voy a citar sólo uno que me resultó tanto sorprendente como agradable, Camelot 30k), por no hablar de textos de desarrollo o premisa errónea (en eso destaca entre lo que he leído El texto de Hércules, con su americanocentrismo galopante).
¿Qué le ha pasado a este Fin de la infancia para que no me satisfaga?

Tras un primera parte algo tosca y torpe (la estratagema de la linterna, el presumir que la pantalla oculta al supervisor, y que en efecto eso ocurriera, me parece de lo más inocente) se llega a una segunda parte en la que empezamos con el tema místico/espiritista, algo que ya me hizo recordar el enorme chasco que me supuso en su día la lectura del final de Cita con Rama (ese su horrible ‘ahí va la tercera de Newton’). Y es que toda la escena de la ouija me da bastante asquito y repelús. Aparte me encuentro la inocentada del polizón… vamos, que el libro ha envejecido muy mal no, lo siguiente. Es en la tercera parte de libro cuando Clarke demuestra sus dosis visionarias: no olvidemos que la novela es de 1954: lo que se describe en esa última parte parece elucubrada por un jipi endrogao, y los jipiosos tienen su origen en los 60. Además el cambio de destino de la humanidad surge en la novela de una manera poco menos inopinada. Jajá, lo siento, no he podido evitarlo. Esta última sección del libro tiene bastante influencia de Stapledon, haciéndome recordar en cierta medida La última y la primera humanidad. Pero, allí donde el mago de la filosofía espacial lo bordaba, Clarke apenas llega a idear una diminuta fracción de las maravillas que ideó este otro.

Vamos, que no me ha gustado el libro. Aparte de que, otra vez, Clarke se carga a Newton y sus leyes sin siquiera intentar dar el menor atisbo de explicación (por no mentar las incongruencias como que unas naves que provocan presión en la atmósfera al moverse -ergo son materia- sin embargo no aparecen en las pantallas de radar -ergo son materia indetectable… ¿ein? ¿naves kilométricas de estilo Stealth?).

Por todo ello le pongo un 3, y mira que me duele otorgarle esa nota a un maestro que ha demostrado en numerosas veces su habilidad.

Adiós.

Premio UPC 2003

Hola, culebras.

Ya no me quedan en La Pila más UPCs por leer. Una pena. Debo hacer recuento y empezar a buscar los que me faltan. Pero antes de ello debo darle un repaso a este UPC 2003.

El libro empieza con la conferencia ‘Literatura abierta’, de Orson Scott Card. Se trata de un alegato de la literatura sencilla, llana, accesible, frente a la creada siguiendo estilos vanguardistas, incluso elitistas. Pero también suena a argumentación defensiva de los que tienen ideas (más o menos buenas) pero no tienen ni puñetera idea de escribir con un mínimo de estilo. Vamos, el eterno conflicto entre fondo y forma: ni hay que centrarse sobremanera en la forma (y en esto me viene a la cabeza ejemplos que se me hacen casi imposibles de leer, y mira que lo he intentado, como las poesía de Góngora o el Ulises de Joyce), ni dejarse llevar simplemente por la narración sin preocuparse de darle un poco de estética (y aquí entra buena parte de las obras hard, que de tan llanas parecen áridas, o de space-opera). Bueno, como conferencia se me hace flojilla, y su fondo de excusa (no sé escribir mejor y por eso me limito a esto) no ayuda a mejorarla. Le pongo un 6.

Tras la charleta del osito llega el relato ganador de esta edición: ‘Traficantes de leyendas’, de Jordi Font-Agusti. Y la primera en la frente: no lo he lanzado a la mierda por pura fuerza de voluntad. Que relato tan malo, por dios. Entrada le veo tres enormes errores:

  1. La base argumental, las leyendas como artificios para inventar un pasado histórico falso (unos antecedentes incluso a nivel de linaje), me parece una soberana estupidez. ¿Tendría de verdad mercado un producto basado en la creación de mentiras de tal bulto que a la primera de cambio, con hablar con cualquiera que tenga relación con el entorno real de la mentira, se desmoronan? ¿Y que hay gente capaz de pagar dinero (incluso fortunas) por eso? Ejemplo de diálogo que supone tirar por tierra toda la validez de la premisa del relato:
    • He pagado por creer a pies juntillas que soy hijo de la reina de Inglaterra Isabel II, y he pagado por ello un pastizal.
    • Pero si en los libros de historia no apareces.
    • Me da igual, he pagado una fortuna por creerme eso, y me lo creo.
    • El extremo del ridículo. Una despreciable exageración de Desafío Total, llevada al extremo.
  2. La excesiva inclusión de la política como gancho/guiño al jurado me parece fuera de lugar. Me importa un pimiento el independentismo (de hecho estoy en contra de todo independentismo/nacionalismo: sé que el futuro del Hombre está en la abolición del concepto Nación y la instauración del concepto Humanidad como Comunidad Global. Toma alegato al comunismo). Se enarbola la independencia de Cataluña y su sello ‘made in Catalunya’ como equivalente a calidad suprema a nivel mundial (joder con los aires de grandeza. ¿Superioridad de la raza aria? Una pamplina ante la raza catalana, que dominará por sí sola todo el universo), simplemente por el hecho de ser catalán.
  3. El estilo es malo y la traducción peor (a lo que se suma que hay numerosos gazapos de edición, lease no-galeradas). Juntos crean un engendro aburrido y sin gancho, con tremendos altibajos de ritmo, incluido el inevitable momento onanista. Me gustó mucho más leer ‘¿Quién necesita el panglos?’, que de igual manera trataba la identidad de Cataluña, pero desde una perspectiva menos chabacana y torpe.

Y ya no hablo más de este engendro, bodrio, basura, etc. Le pongo un 1, y mucho me parece.

Cuán diferente ha resultado leer ‘Polvo rojo’, historia a medio camino entre lo detectivesco (casi diría que cine negro), el space ópera y la aventura. Yoss (José Miguel Sánchez) no embarca en la persecución de un malvado alienígena fugado. ¿Quienes le persiguen? Nick Nolte y Eddy Murphy. Bueno, ellos no, sino sus clones del  momento, de relato: policía robótico y suigéneris, y un delincuente aún más extraño. Historia fresca, si bien no para tirar cohetes, que funciona y con un desenlace adecuado. Una pena que éste texto quedara por detras de la otra bazofia. Pero claro, no ensalza el potencial de la catalanidad como valor per se. Le otorgo un muy entretenido 7.

El tercer relato del volumen se titula ‘Sueño de interfaz’, obra de Vladimir Marfetán… digo, Hernández. Vladimir Hernández. o sé en quién estaría yo pensando, ja, ja. De nuevo un texto con toques de género negro, si bien en este caso el protagonista no es el persecutor, sino el grupo de perseguidos. Por desgracia el texto tira mucho hacia ese subgénero que detesto, el ciberpum. Y lo hace por desgracia aplicando las típicas triquiñuela de jerigonza pseudo informática para sacarse de la manga recursos, situaciones y soluciones. Vamos, otro Deus ex machina del copón. No está mal escrito hablando de lo relativo a estilo (salvando las numerosas faltas de principiante, presentes en todos los textos de este volumen, faltas que siguen a la vista debido a una muy evidente inexistencia de galeradas) y se deja leer pero el abuso de la trampa léxica ciberpumera, el ‘existe un problema y me invento una tecnología que lo soluciona’, no ayuda lo más mínimo. Por todo ello el relato se merece un 6.

Y voy con ‘Factoría cinco’, de Jose Antonio Bermudez Santos. Nos encontramos con una relato que podría ser mucho mejor y que por desgracia se queda en un quiero y no puedo. ¿Por qué digo esto? Por el tono, a veces demasiado desenfadado, y por las continuas (muchas veces cargantes) referencias y guiños al cine, literatura, música, televisión… parece que el autor ha jugado a meter más y más guiños. Chirría sobremanera el que en un mundo postapocalíptico se conozcan tantos nombres y referencias de cultura no sólo pop, sino casi underground. Y es un pena porque esa tontería empaña lo que podría ser una agradable historia al más puro estilo Mad Max, con una final sorpresa final… no lo digo, pero que en parte chafa el escenario que ha llevado el relato a lo largo de todas sus páginas. En definitiva, relatito agradable que se lleva un 6.

Acabamos el volumen con ‘Carne’ de Daniel Mares. El relato que no me ha agradado tanto como otros suyos que he leído antes, como por ejemplo ‘La máquina de Pymblikot’. Al principio resulta algo desconcertante e incluso cargante (sobre todo en cuanto a la manera de expresarse de los protagonistas) para luego acabar con una especie de debacle orweliana que lleva a un único final posible. Resulta curioso ver cómo los monstruos de ‘Carne’ son la idílica promesa futura de Hiperion. Que alguien junte a Simmons con Reyes y debatan esas dos vertientes tan iguales y al mismo tiempo tan divergentes del futuro 😛 Le pongo un 6.

El libro obtiene una nota en conjunto de 5’3.

Y por ahora nada más. Bueno, sí: que me he quedado en casa sin UPCs de los que suelo adquirir, de saldo. Con un poco de suerte encuentro por algún lado uno que no haya leído.

Adiós.

Richard Matheson – En algún lugar del tiempo

Hola, culebras.

Jamás de los jamases hubiera pensado que iba a acabar leyendo una novela romántica: ese género nunca ha sido de mi agrado por lo baboso, ñoño y ridículo que (en base a lo que se deja entrever en sus contraportadas) se esconde en sus páginas. Todavía recuerdo cuánto repelús me daba la estantería de una amiga, repleta a rebosar de novelas de lomo rosa (la chica debía tener cerca de un par de centenas de Jazmines y similares), con portadas clonadas unas de otras (siempre el galán tipo Ken con la jamona de turno entre sus brazos). Pero a ella le encantaba todo eso, y no podía evitar de vez en cuando ir a buscar más algún kiosko o tienda donde tuvieran más de esas novelitas, sin importarle si eran nuevas o de segunda mano. Una auténtica forofa del género vamos.

Todo lo contrario que yo.

Y en eso que hace unos días consigo a precio de saldo En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson. Me compré el libro sin mucha seguridad acerca de su contenido, pero es que el cholloprecio lo hacían  comprando cuatro volúmenes… y éste tuvo que entrar con los otros tres que sí quería adquirir. Y que era un Matheson, sí, el genio culpable de Soy leyenda y ‘Vampiro‘, entre otras maravillas. ¿Por qué, si he comprado tres que creo que me van a gustar y uno que no tengo ni puta idea de si va a hacerlo, empiezo las lecturas por éste último sumergiendo al resto en La Pila? Pues porque era finito. Joder con lo lógica y argumentación para escoger un libro de entre el mogollón de La Pila 😛

Por una razón u otra, a cual más tonta, la cosa es que esta mañana he acabado de leer En algún lugar del tiempo. Y vaya que me ha costado no tirarlo a la basura, sobre todo al final. Me parece una auténtica estafa considerar esto ciencia ficción, y me habla muy mal de la seriedad de los World Fantasy Awards: sí, este pestiño se llevó el premio en 1976.

Por mucho premio, por mucho estar editada en una colección de género, por mucho que lo digan en la contraportada, en esta obra la ciencia ficción luce por su ausencia. ¿Que hay un viaje en el tiempo? Sí, lo hay, pero el propio viaje es lo de menos: no aporta nada de nada a la historia. Más aun, el viaje en el tiempo se ‘justifica’ (y las comillas deberían tener un tamaño descomunal) sólo porque el protagonista se enamora de la foto de una mujer ya muerta. Si se tratare del retrato de una mujer que vive al otro lado del mundo y el viaje consistiera en viajar así, de punta a punta del mapa, no habría diferencia en el resultado de la novela.

Y es que en En algún lugar del tiempo lo importante, la trama principal, se reduce a una historia común y corriente, como las que hay todos los días en cualquier parte del mundo: el flechazo vivido por una pareja, un arrobamiento poco menos que animal. En definitiva, una historia de adolescentes para adolescentes (y para adolescentes de sexo femenino, todo sea dicho de paso).

Punto y pelota, nada más.

Estilísticamente hablando la novela se divide en dos partes bien diferenciadas: una primera redactada en un supuesto vuelapluma (transcripción de una grabación realizada en un magnetófono). Esta parte acierta de pleno en su realización al brindar al texto una sensación de presteza, urgencia, desesperación, incluso obsesión, captando muy bien el estado mental del protagonista. Luego está la segunda parte, de más extensión, ya redactada en un estilo más literario. Y ahí es donde Matheson la caga: no sólo porque a mí no me guste el rollo romanticón y baboso (que lo hay, y mucho), sino porque la novela se convierte en una sucesión casi obsesiva de detalles, de paja, de minucias descritas que no aportan nada a la historia. Es que incluso describe los menús del restaurante, por dios. Excesivo. Innecesario. Pero si Matheson no mete todas esas palabras, todas esas páginas y páginas de descripciones minuciosas, todos esos discursos de lo que piensa, sufre, vive el protagonista… sin esa enorme cantidad de paja el libro no llegaría a tener la extensión que posee, quedándose en un simple relato de extensión media.

No me voy a explayar más en este libro. Con él ya he leído literatura romántica por el resto de mis días. Le pongo un 3 (nota totalmente subjetiva debido a mi odio al género: a saber lo que opinarían de esta novela los amantes de lo romántico. Para ellos).

Un saludo.

C. J. Cherryh – Rimrunners

Hola, oficios.

Tras el libro patrio, prácticamente recién comprado, agarro uno que lleva en La Pila prácticamente quince años. La verdad es que de esta mujer, la señora Cherryh, sólo había leído antes un libro (El orgullo de Chanur), y no me apasionó mucho precisamente. Ahora retomo a esta autora con Rimrunners, otra novela que de entrada parece que pertenece al mismo género, el space–opera de aventuras más o menos trepidantes.

Una vez abrí las páginas del libro, y saltándome la muchas veces desacertada introducción de Barceló, me encuentro con la primera bofetada: una especie de introducción ‘para colocar al lector en situación’, que más que picarme con la lectura hizo que me entraran ganas de lanzar la novela directamente a la basura. Pero bueno, no es el tema crucificar todo un texto por sus primeras tres páginas, así que seguí leyendo.

Rimrunners empieza recordando en cierta medida Las estrellas mi destino, con un protagonista desesperado, en situación casi extrema, sólo y necesitando aferrarse a un tablón salvavidas, cualquiera que sea éste. Cómo no, el flotador llega y al cabo de las páginas nos encontramos leyendo una novela de ciencia ficc… ¡no! ¡Lo que tenemos entre manos no es sino una historia naval! Toda la obra se reduce a las relaciones entre diferentes miembros de la tripulación y sus superiores. Por un lado tenemos el protagonista, un marino de pasado militar, obligado a esconder esos antecedentes militares dado que, huyendo de una reyerta tabernaria, se ve obligado a enrolarse como grumete en una nave pirata; un capitán distante, perdido en su camarote pero capaz de evaluar a su tripulación con ojo de halcón; un tiránico y conspirativo contramaestre, encargado de crear y fomentar camarillas afines a él, apuntalando un sistema de poder alternativo al del viejo; un jefe de máquinas duro pero al mismo tiempo comprensible y conciliador; una tripulación esquiva y celosa de la extraña y especial intimidad que se da bajo cubierta, pero que al mismo tiempo puede llegar a mostrarse acogedora con el recién llegado. Y como pincelada colorista final de este retrato marino, tenemos a Ben Gunn.

Aparte de que este libro no pertenece al género de la ciencia ficción sino al de la novela marítima, decir que está escrito de una manera en exceso indirecta. Sí, esto merece una explicación: la narración es en una tercera persona demasiado vinculada a la manera de pensar de la protagonista. Todo se ve según sus ojos, y se narra desde un punto de vista y una experiencia absolutamente personal. Tanto es así que muchas veces suceden cosas aparentemente habituales y cotidianas para el personaje, y así se describen, pero que para mí como lector no son ni de lejos conocidas. Lo malo es que la autora se refiere a esas situaciones y conocimientos de una forma tangencial, cuando se da el caso de que demasiadas veces la naturaleza de dichas situaciones tiene un peso importante, si no vital, en el desarrollo de la trama. El lector queda expulsado de parte, o incluso todo, el significado de esas circunstancias y sus consecuencias, lo que hace que la lectura quede desvirtuada. Esto se convierte en ya un caos absoluto en la parte final del libro, llegados a la batalla final, cuando se mezclan las esquivas descripciones de los desplazamientos de los protagonistas por los muelles de la base con otros internos en la nave: alguien no entendido en temas de distribución de espacios en amarres espaciales y en naves de carga, en sistemas de alimentación de combustible, en combate con armadura espacial, etc., acabará totalmente perdido. Sí, la protagonista sabe de sobra cómo se organiza todo eso, y las reglas de comportamiento que un ataque con armadura en ese entorno puede suponer, pero que ella lo sepa no quiere decir que lo conozca el lector: es labor del autor hacerle cómplice para que lo pueda ver y captar en toda su realidad.

Sí, todo esto puede resumirse en pocas palabras: como escritor no me quiero pringar en dar detalles que luego me incriminen ante un público exigente. Pues bien, ante eso no des detalles, pero al menos sé capaz de hacer para el lector la escena atrayente y visual, y no esconderte en ‘como se supone que mi protagonista sabe de todo eso no lo verbalizo’.

Esa impresión de estar off de lo que se cuece en la novela (al menos a mí me ha pasado, que no soy capaz de comprender la importancia de los distintos turnos, la distribución de una nave como la descrita en la novela, o las complejas normas no escritas de las relaciones y subordinaciones existentes en una tripulación de un marino de pesca de altura) hace que no se disfrute. Por todo ello le pongo a la novela un muy raspado 5.

Un saludo.

Juan Antonio Fernández Madrigal – Fragmentos de esfera

Hola, ofidios.

Sé que es tarde, de hecho cuando ya ha cerrado, pero por primera vez leo un libro de NGC Editorial (sé que si Pili me pilla me mata). Pero mejor tarde que nunca, así que ahí va mi opinión tras leerme Fragmentos de esfera, de Juan Antonio Fernández Madrigal.

La verdad es que gracias a mi pésima memoria ahora mismo no recuerdo ningún contenido de los relatos de este autor, y eso que sé positivamente que a mis manos han llegado varios textos. De esa manera he leído este libro, se puede decir que con la mente virgen, con todas las ventajas y perjuicios que ello puede suponer. ¿Perjuicios? Sí, perjuicios. ¿En qué sentido? Pues en que la novela está inmersa en todo un ciclo que por lo visto ya está maduro, muy maduro. Esa circunstancia tiene sus pros (universo coherente y con trasfondo) y sus contras (que un lector nuevo no sea capaz de captar todos los detalles y significancias en el texto). Un buen autor puede hacer brillas los pros salvando los contras, sobre todo mediante más o menos pequeñas pinceladas de ese bagaje histórico.

Nota: al final de la novela hay una pequeña cronología de lo sucedido en ese universo ficticio y a uno se le queda cara de pasmo al ver todo lo que se dice que ha pasado a lo largo de los siglos, lo poco o nada que de esos acontecimientos se deduce en la historia, y por tanto lo poco que aporta dicho resumen.

¿Qué sucede con Fragmentos? Pues que no se logra ese equilibrio entre pros y contras, quedando un lector como yo –nuevo en ese ciclo– bastante descolgado, sobre todo al principio. Esta situación se agrava debido a que el primer protagonista sufre un problema de memoria (si no te conoces el universo de la novela ir de la mano de un enfermo de Alzheimer no es precisamente la mejor forma de avanzar) y a que todo se narra mediante primera persona, en una suerte de monólogo interior continuo. El recurso estilístico del monólogo interior se usa de manera continua a lo de toda la novela, resultando demasiadas veces cargante por las excesivas divagaciones del sujeto… defecto en el que el autor puede caer con suma facilidad por la propia naturaleza de dicho recurso. Esa visión en primera persona sesga la percepción que el lector tiene del universo que rodea al personaje, lo que de nuevo dificulta la toma de contacto con el entorno en el que éste se mueve. Así el lector no se entera de qué va el conflicto de fondo hasta pasadas demasiadas páginas, y eso haciendo a veces un alarde de imaginación/extrapolación: como resultado final el libro no resulta accesible para un lector no aficionado a la ciencia ficción.

A lo largo de las páginas vivimos en primera persona las peripecias de cuatro individuos, con el hándicap dos de que dos de ellos tienen serias limitaciones mentales. Ese detalle dificulta más aun la toma de contacto del lector con el universo de la novela, en tanto y cuanto que no sólo tiene que imaginar un mundo nuevo, sino que debe ejecutar esa tarea a través de los ojos de criaturas imperfectas (el monólogo interior de ambas no está del todo mal llevado, lo que repercute en una visión más sesgada y deformada, si cabe, de su entorno).

Vamos, que el autor se mete, él solito, en un desproporcionado berenjenal. ¿Sale bien del mismo? Por desgracia hay que decir que no. Avanzamos página tras página y llegados al final nos encontramos con un final que no es tal, con una situación mal explicada, o que al menos yo no he podido comprender. Un simple detalle que se describe en la penúltima parte de la obra no se explica en la última: ¿qué estalla en la telaraña? Se intuye una respuesta a esta pregunta, pero de una tan esquiva que no me sirve. Por no mentar que ese supuesto final no es sino un punto y seguido de algo más grande: la obra parece, más que un todo cerrado, un inicio de una historia más grande. ¿Tenía el autor algo así en mente, o se vio obligado a cortar por lo sano ante una imposición editorial? Lo ignoro…

Fragmentos me parece una obra que ha querido mostrar mucho, quizá demasiado, y que no ha sabido llevar al lector a ese impresionante mundo que sin duda es la Tierra bajo la Telaraña. ¿El error cometido? A mi entender un defecto de forma: la prosa intimista de Fernández Madrigal ha acabado devorada por sí misma, perdida en la reflexión interna, incapaz de describir bien ese universo. Si hubiera intercalado el monólogo interior con la tercera persona seguro que el texto hubiera ganado. Pero esto es lo que hay, y ya no se puede cambiar. Una pena. Espero poder leer otra novela más equilibrada del autor.

En definitiva, Fragmentos de esfera se me ha revelado como un libro de lectura exigente (no digo se trata de un texto difícil, pero sí de uno que obligue al lector a extrapolar datos en base a su experiencia lectora en cuanto a ciencia ficción) y por eso mismo mala elección para un primer volumen de una colección. Mal que me pese, un texto como éste no engancha a la media del lector, no digo del lector genérico, sino incluso del de ciencia ficción. Y eso por mucho que se trate en parte, como dice Pilar en la introducción, de una nueva visita a esa maravillosa obra titulada Frankenstein de Mary W. Shelley. Es que se deja llevar por la pasión y pasa lo que pasa: que se encuentra uno editando un texto que bien podría ser un segundo o tercer título de una colección, pero no el debut de la misma… y a saber si eso espanta a algunos lectores.

Con todo le otorgo a la novela un 6.

Un saludo.

P.D.: Que conste que, aun con esta reseña no del todo positiva, me apena conocer cómo ha acabado el proyecto editorial de Pilar Barba. Toda una pena que la cultura no comercial termine de esa manera. Estoy hasta los cojones de ver programas como Página 2 en los que mindundis consiguen editar sólo por ser periodistas, traductores o similar: cada vez me parece el mundo editorial más un gueto al que se entra por contacto o ‘carnet de x’ que por calidad de texto. Y eso sin meterme a comentar autores y obras de moda.

Greg Bear – La ciudad al final del tiempo

Hola, culebras.

Hace ya bastante que no leía nada de Greg Bear. Las pasadas navidades, cuando vi en la estantería de una librería este libro, su título me llamó la atención: me recordó a Eón, libro que leí hace ya mucho y que no me dejó mal sabor de boca. Así que me compré esta La ciudad al final del tiempo. Durante unos cuantos meses ha estado amontonada en La Pila hasta que ahora le ha llegado su momento.

Cuando abrí sus páginas esperaba introducirme en una historia de ciencia ficción en un futuro más que remoto extremo. No por nada se habla de ‘el final del tiempo’. ¿Algo como El mundo al final del tiempo, de Pohl? Pues seguramente sí, me imaginaba algo en cierta medida similar.

Pero iba a ser que no. La ciudad al final del tiempo dista de parecerse a la obra de Pohl. Incluso ni siquiera puede calificarse como ciencia ficción propiamente dicha.

¿Qué sucede con esta ciudad? Pues que el conjunto entero del libro podemos decir que es un homenaje a diversos autores, principalmente a mi querido William Hope Hodgson, si bien hay más referencias directas, indirectas o sospechadas a otros autores.

Empezaré por la primera, la más poderosa y descarada: la de W. H. Hodgson. Toda esta obra de Bear supone una especie de reescritura–homenaje a esa descomunal e interesantísima (en cuanto al fondo, que no en lo relativo a la forma) epopeya de Hodgson que es El reino de la noche. Los paralelismos saltan a la vista a las pocas páginas, en cuanto se describe la ciudad de El Kalpa y lo que la rodea. Las similitudes se van acrecentando a lo largo de la novela, hasta llegar a un punto cumbre de homenaje al autor inglés cuando le menta de manera bastante directa: uno de los protagonistas secundarios de la historia habla de cómo persiguió a un soñador que escribió acerca de un reducto muy similar a El Kalpa, soñador que murió en una guerra (Hodgson murió en el frente durante la Primera Guerra Mundial).

Pero como he dicho las referencias y relaciones con otros autores no se quedan en el autor de Essex.

Otra muy fuerte es la de Borges, sobre todo en lo relativo al uso de las bibliotecas y el concepto de ‘biblioteca de Babel’. La palabra Babel se repite asociada a las bibliotecas que se describen en la obra, e incluso en por lo menos una ocasión se nombra al argentino.

Hasta aquí las referencias más directas, pero hay otras más sutiles si bien no menos presentes.

Por ejemplo la manera en la que se describen a ‘los malos’ le recuerda a uno fuertemente al estilo de Clive Barker. Esa maldad retorcida y sucia, deforme y purulenta. Incluso los nombres (como La Polilla o la Princesa de Caliza) recuerdan al tan visual autor inglés. Incluso hay un momento en el que pensé en Yzordderrex (de su bastante digna del olvido Imajica) al tratar de imaginar El Kalpa.

Luego está la para mí bastante clara influencia de Michael Ende, sobre todo a la hora de describir las infestaciones que El Tifón hace dentro de la ciudad. Bear parece describir de manera casi idéntica el efecto de La Nada, el mal que amenaza Fantasía en su inmortal La historia interminable. Por otro lado Bear también insiste en el poder de la palabra (y por extensión de los libros) como fuerza creadora y sustento de la realidad, al igual que la Hija de la Luna enseñó a Bastian.

No se puede uno olvidar, en un libro que habla de la lucha contra el caos, de Michael Moorcock. La manera en la que el caos aparece en la novela recuerda muchísimo a la que el inglés  usa, sobre todo en los viajes de Elric. Por no mentar que el objetivo de la búsqueda de los protagonistas tiene cierto aire de Tanelorn, sobre todo cuando la describe como ciudad neutral que intenta mantenerse aparte de disputas y que sirve de refugio a los exiliados de todas las facciones. Vamos, Tanelorn.

Para acabar no puedo evitar mentar a Stephen King. A lo largo de la obra se hacen varias referencias a algo que casi parece Torre Oscura. En plan ya muy rebuscado juraría que hay ciertas insinuaciones de algo semejante al Rey Carmesí (o incluso al Rey En Amarillo, de Chambers), sobre todo por la manera de describir a ‘la hermana mala’.

Pero bueno, dejémonos de las posibles influencias del libro. ¿Qué nos encontramos en La ciudad al final del tiempo? Pues de entrada muy poca ciencia ficción, o mucha, si nos ceñimos de manera estricta a la tercera ley de Clarke. Vamos, que el libro más que nada pertenece a la fantasía, o como mucho a la fantaciencia.

Como trama poco hay que decir, la relación con la obra de Hodgson resulta tan extrema que no resulta nada difícil intuir el final, o algo muy cercano al mismo. Alguno de los paralelismos con el libro del inglés son poco menos que mosqueantes, como el caso de El Testigo y su clara influencia con respecto a los vigilantes de ‘El Refugio’, o la situación casi final con respecto al segundo refugio. Los paralelismos con el clásico, al menos, no resultan tan sangrantes como en otros casos. El libro avanza con lentitud, quizá con demasiada, tanto que a mitad del mismo todavía uno está esperando que ocurra algo importante. Se va saltando de un personaje a otro sin acabar de generar tensión, y en caso de algunos quedan mal explicadas sus habilidades. Al menos a mí no me cuadra lo del desplazamiento. Todo está explicado sin pillarse las manos, más aduciendo a la magia que a la ciencia, lo que en mi caso personal supone un lastre, un ejemplo de vaguería y poco compromiso del autor. Además al inicio del libro nos encontramos con que el autor disfruta de su momento onanista cuando describe de una tacada el entorno (más que nada las últimas edades del universo) que preceden a la instauración de El Kalpa.

Detalle quisquilloso: la manera de tratar el caos de nuevo peca en lo mismo que pecó Moorcock, equiparar caos con maldad. ¿Por qué autor tras autor se empeñan en meternos en la cabeza que lo aleatorio sólo puede significar maldad y corrupción? ¿En ese inacabable abanico de posibilidades nunca cabe algo positivo o bello? La ley y su estricta tiranía pueden ser tan terribles como el absoluto caos (idea que ya esbozó el propio Moorcock, para luego olvidar en sus textos). Entre la panoplia multicolor del caos puede tener su sitio oasis de bondad.

La edición que he comprado esta digamos que… mal. Bastante mal: bolsillo con numerosas, demasiadas, erratas. Al principio pensé que se trataba de un problema del traductor, Pedro Jorge Romero, pero al cabo de las páginas y más páginas de errores no sólo ortográficos sino incluso sintácticos sólo me queda pensar que se trata de una versión sin corregir, sin galeradas. Un nuevo triunfo para la profesión de editor.

En definitiva se trata un libro para pasar el rato, y para el que debes armarte de un poco de paciencia, sobre todo al principio. Insisto en que aunque lo vendan como ciencia ficción (así está encuadrada dentro de la editorial) pertenece más bien a la fantasía o a la fantaciencia. Nada que ver con un Clarke, Forward o Benford, por ejemplo. Si te gustan los autores a los que homenajea le encontrarás un cierto puntillo gracioso. Como nota le pongo un seis apuradito, que ya es bastante.

Adiós.

Olaf Stapledon – Sirio

Hola, culebras.

Cuánto tiempo ha pasado desde que leí mi último Stapledon: La última y la primera humanidad. La obra de este sociólogo, filósofo, visionario y humanista siempre me ha resultado interesante en tanto y cuando es muy diferente al resto de autores: él, más que novelas al uso, escribe tratados, incluso ensayos, con la característica de estudiar algo que no existe… pero que podría existir.

Así, en Sirio (y antes del descubrimiento del ADN) Stapledon nos sumerge en los resultados de la manipulación y humanización de animales. Sirio es un superperro, una mente cuasi humana (y a veces demuestra su superioridad, sobre todo en la madurez emotiva) encerrada en el cuerpo de un enorme chucho, con todas las limitaciones que ello conlleva. Por culpa de esas circunstancias el perro que no lo es ve cómo su vida transcurre en un limbo, entre lo canino (naturaleza con la que no se acaba de identificar al tratarse de algo inferior, animal) y lo humano (una realidad en la que por su físico y realidad sensorial no puede encajar). Ese limbo crea una personalidad atormentada que en cierta medida recuerda a la criatura de Frankenstein.

A lo largo de las páginas Sirio nos hace ver las glorias, miserias y mezquindades del animal humano: el entorno rural, vivo, atrasado y tradicionalista; la universidad, elitista y a su modo alienante; el sinsentido de la guerra; la religión, un engendro de base inexistente pero válido como factor de ayuda social; la superstición como detonante de la violencia y el drama. Todo esto, y más (incluida una experiencia mística y un demasiado católico flirteo con la religión), encontramos en Sirio.

Pero… es que Stapledon escribe Sirio nueve años después de Juan Raro. Y uno no puede evitar las comparaciones: de un lado tenemos la historia de un perro igualado mentalmente con el hombre, y que con esa óptica describe a su creador; y por otro lado hay un superhumano al que su condición superior lo convierte en observador privilegiado del animal humano. ¿Hasta qué punto Sirio es una reescritura de Juan Raro? ¿O los libros quizá se complementan, en tanto y cuanto que uno de ellos parte de algo que de lo inferior acaba igualándose con el Hombre, y el otro nos descubre a un personaje que se descubre como el siguiente paso en la evolución del Hombre? A mi entender es más un complemento que una copia: Juan Raro muestra un estudio frío y distante de la humanidad, mientras que Sirio lo hace desde una emotividad desesperada.

Lectura muy recomendable (si bien no llega a los niveles de mi favorito, Hacedor de estrellas) y, eso sí, para mentes abiertas: un obtuso muy bien puede acabar como cierto sacerdote galés y sus fieles, centrándose en lo que no es.

Le pongo un siete.

Adiós.

Iain M. Banks – El jugador

Hola, ofidios.

Segundo libro de La Cultura que me leo, y tercero de este autor, Iain Banks. Pensad en Flebas no me gustó mucho, la verdad. Y por desgracia este El jugador le sigue a la zaga, pero con un mayor defecto: a lo largo de la mayor parte del libro creí estar ante un remake de El juego de Ender, de Osito Card. Con ese regusto fueron pasando las páginas y las páginas de un libro que se reduce al más puro artificio: jamás uno llega a sentir el famoso juego. Se nota que el autor se toma el tema del juego y el que el protagonista sea un jugador profesional como una mera anécdota: hubiera escrito el libro de igual manera si hubiera elegido un burócrata y el hilo de la novela se tratara de un intrincado enredo burocrático. O un panadero y la mega barra de pan. O un barrendero y el reto de la enorme mancha de chicle pegada al asfalto.

La inconsistencia de la trama base del libro (la práctica del juego y la relación de su desarrollo y resultados con la vida socio cultural de los Azad) es clamorosa: el autor non intenta dar pruebas de esas premisas, limitándose a mostrar la importancia mediática de los jugadores y que el que gana se convierte en el emperador. ¿A eso se limita el juego, a un ‘Sálvame, Azad’ y una elección del portador de la Corona? ¿No se supone que definía de manera absoluta la política y gestión interna del imperio azadiano, creando con todo ello un sistema político único y sorprendente? Porque nada de eso se ve en la novela.

Sí, dirán que Banks escribe muy bien y todo eso, pero a mí me parece un tío incapaz de profundizar en los conceptos, que se queda en los detalles efectistas. Escribir una novela en torno a ‘el juego definitivo’ exige sumergirse en ese juego, poder palparlo, vivirlo y, si cabe, sufrirlo. Por lo que he leído Banks no ha jugado jamás a nada (ni juegos de tablero, ni de cartas ni similares), o no ha sido capaz de demostrar su experiencia en ello. Lo dicho: si Banks hubiera escrito la novela como El panadero y su reto ante ‘la barra de pan cósmica’ puede que le hubiera salido algo mejor. Porque supongo que, al menos, sabrá cómo se elabora el pan.

Vamos, todo el libro es una pérdida tiempo. ¿Cuál es su objetivo, más allá de la fallida experiencia de juego? Quizá describir una sociedad alienígena exótica, pero no llega a las alturas de Vance. O como choque cultural entre humanos y una civilización con una sexualidad muy distinta y temperamento salvaje… ah, que para eso ya tenemos La paja en el Ojo de Dios, de NivenPournelle. O como nuevo chapuzón en ese universo llamado La Cultura, pero es que en la obra poco se describe de ella.

En definitiva: El jugador es un fiasco todo él.

Me he acabado el libro y sigo sin saber si ha merecido la pena (al parecer esa es la opinión general de la gente) o, como me da la impresión, he perdido unas cuantas horas de mi vida con él. Y además habiéndolo pagado. A partir de ahora si vuelvo a leer algo de La Cultura lo haré a través de préstamo de biblioteca: le va a pagar a Banks por uno de estos libros su padre.

La nota, la nota… un cuatro y va que chuta.

Adiós.

P. D. James – Hijos de los hombres

Hola, culebras.

Primer libro que leo de P. D. James, autor que hasta la fecha ignoraba que se trataba de una mujer. Nunca me habían atraído sus obras, que no sé por qué me desprendían cierto aire de ‘libros mainstream, orientados a lectores viejunos y de mentes poco exigentes’. Prejuicios, sí.

Pero me sorprendió saber que la película de Hijos de hombres (ciencia ficción depresivo–realista en la onda Brunner) se basa en un libro suyo homónimo. De la película tengo un buen recuerdo, aunque con alguna que otra laguna en cuanto a la trama.

¿Qué me he encontrado en esa novela? Pues sobre todo una historia de personajes, y sobre todo de uno en concreto, Theo. Usando extractos de su diario personal entremezclados con partes en tercera persona se nos muestra el mundo tal y como lo vive Theo. Los textos del diario al principio se hacen en exceso explicativos: en las primeras páginas se describe de manera a mi entender demasiado apresurada el trasfondo del protagonista y del mundo en que vive, algo que asumo se debe a la nula experiencia de la autora en el terreno de ciencia ficción. En ese inicio apresurado se nos muestra la infancia de Theo, su difícil relación de igual a igual con su primo Xan (que en un futuro adquirirá el cargo de Guardián de Inglaterra), su drama personal en forma de la muerte de su hija. Entre todo ello, entremezclado con (hay que recalcarlo) excesivo apresuramiento, hay una descripción de la situación mundial y el problema de la natalidad. Todo ello, como ya digo, contado con excesiva celeridad, casi sin pausa, lo que me hace dudar de la capacidad de dosificar que tiene esta mujer.

Pero de improviso se pasa del apresuramiento a casi todo lo contrario, al deleite en el detalle. Con ese ritmo pausado uno puede disfrutar de lado las enajenadas relaciones sociales que se han forjado en esa Inglaterra al borde de la senilidad forzosa: entran en escena Jasper, el catedrático amigo de Theo, y su mujer. También aparecen Julian y Los Peces. Tras ellos, las aldeas costeras antes llenas de turista y ahora vacías, los rituales de suicidio más o menos forzado, la soledad ante la muerte, la alienación de la vejez, los museos que más bien son mausoleos… El terrible papel que realiza la mujer de Jasper en el quietus obligará a Theo a tomar parte en esa orweliana Inglaterra creación de su primo. Theo se adentrará en una especie de viaje iniciático hacia una rebelión desesperanzada, sin visos de éxito. Una rebelión que la hace más que nada contra sus propios fantasmas.

A partir de ese instante la novela sufre un nuevo cambio de registro, de ritmo: pasa de ser un texto con aspectos casi intimistas a una especie de historia de acción a medio gas. Entran en escena, y revestidos de una triste gloria nihilista, los omega, los extraños, bellos y salvajes últimos nacidos. Ellos son los protagonistas de una de las escenas más duras del libro, sólo superada por el quietus. Dicha escena sirve como punto de inflexión final de la obra: el sacrificio y el duelo que derivan en un descubrimiento, y ese en traiciones mutuas que desencadenarán el final. Éste, el desenlace, no goza de la plasticidad de la película (cuando todo se paraliza en torno al llanto del bebé) pero sí dispone de un breve duelo de armas, personalidades y concepciones del mundo.

En definitiva, una novela con un ritmo desigual, nada constante. Para los amantes más estrictos de la ciencia ficción decir que la obra carece de explicaciones, sobre todo en lo relativo al detonante del drama: el extraño fenómeno de la esterilidad mundial. En ningún momento se da el menor atisbo de las razones de ese cataclismo. Tampoco se describen, ni de lejos, los esfuerzos que realizan los gobiernos mundiales para hallar la solución (aunque sí que deja claro su poca o nula colaboración). Mucho menos recibe el lector una justificación a porqué de repente sí que queda en estado una mujer. No se explica nada de nada. Pero como estamos ante un novela de personajes, de situaciones extremas en las que la autora debate acerca de la religión, de las relaciones de pareja, del poder, de la represión policial, de la selección por parte del gobierno de ‘los limpios’ (genéticamente hablando, una suerte de eugenesia), de la explotación de los inmigrantes, de la represión y exilio de los criminales y disidentes, de la desesperación de un mundo que sabe que no tiene futuro alguno… da igual la razón para la esterilidad: está ahí como simple detonante y atrezo para describir sus efectos en la sociedad mundial, y su colapso moral. Para ver, más allá de esa desesperanza, cómo algo tan humilde como un nacimiento (aunque la madre padezca una deformidad que la marca como ‘sucia’) moviliza a los máximos poderes del país. Ahí radica, a mi gusto, el éxito de la novela: lo que está más allá de la ciencia ficción.

Pena que la manera de escribir y el ritmo pueden mejorarse mucho. Se merece un 6.

Chao.

AA.VV. – UPC 1999

Hola, ofidios.

Un nuevo UPC llega a mis manos, con su pequeña panoplia de autores. ¿Qué nos podemos encontrar en esta edición de 1999? Veamos.

La introducción, como ya es costumbre, viene en forma de la conferencia que impartió Robert J. Sawyer. ‘El futuro ya está aquí: ¿hay sitio para la ciencia ficción en el siglo XXI?’ podría rozar la perfección si no tuviera ese tufillo de autobombo. Nos encontramos ante un magnífico alegato en pro de la ciencia, que no aburre sino más bien todo lo contrario, invita a leer sin pausa. Se merece un sobresaliente 9.

Hablar de ‘Homunculus’, de Alejandro Mier, es hablar de un relato sosegado, de ritmo lento. Esa lentitud que se regodea en los detalles, en los ambientes y personajes hace que este relato, en base sencillo (de hecho casi se podría decir que lineal), acabe resultando predecible. Tan predecible, tan lento, que al final resulta un chasco: no hay nada original, ni sorprendente. Algo que muy bien se podría haber resuelto en diez o quince páginas se ha alargado a las ciento cuarenta. Ciento cuarenta páginas para nada. Pero aun no nada la manera de llenar esas páginas resulta agradable. Por eso se merece un 6.

Llegamos a ‘Iménez’ de Luis Noriega. ¿Qué decir de este relato? Poco bueno. O nada. Casi se puede decir que es impresentable. Un panfleto escrito con excesivo apresuramiento, de estilo caótico y desordenado. Posee una sintaxis penosa, con una puntuación deplorable. El detalle estilístico del no uso de la letra j queda ahogado por todo ese mar de mierda. No sólo no aporta nada, sino que le da al texto un aire pedante y pretencioso de un ‘quiero y no puedo’ que resalta su nula calidad. No recordaba nada tan malo en estas compilaciones desde que padecía ‘GRACOS’, de Gabriel Trujillo. Un nuevo ejemplo de la degeneración y volubilidad del jurado del UPC. Le pongo un 2 por no endosarle un 1.

‘El día en que morí’ (Fermín Sánchez Carracedo) empieza con un buen ritmo, que por desgracia luego pierde. Por desgracia acaba siendo un relato de desarrollo lineal y con un fuerte deus ex machina en lo relativo a la sucesión de muertes: están justificadas de una manera muy peregrina. He de admitir que no he sabido comprender el uso de la cursiva, dado que no he hallado una diferencia significativa entre esos textos y el resto ni por el tono ni por el punto de vista. Aun con esos defectos le asigno un 6.

El relato de Daniel Mares, ‘IA’, pertenece al subgénero del ciberpum, lo que ya de entrada le otorga un punto negativo: no me convence nada ese estilo, tramposo, cutre y sucio. Y en esta ocasión a esos adjetivos se deben añadir otros. Por un lado el relato está, por momentos, muy mal escrito (o eso o a sufrido de un salvaje destrozo por parte del editor), con faltas de ortografía y una sintaxis (y puntuación) a veces penosa. Por otro lado nos encontramos con un recurso final, al parecer del agrado del editor, pero que apesta a ‘no sé cómo acabar con esto, así que lo acabo de todas las maneras posibles’. Ni que decir tiene que ese último ‘recurso’, demasiado similar a los librillos de ‘elige tu aventura’ de cuando yo era un crío, ha sido el colmo que casi me ha hecho lanzar el libro por la ventana. ‘IA’ es (como sucede a menudo en estos supuestos relatos de intrigas y espionajes tan del género ciberpum) una historia hueca cuyo ‘sentido’ se descubre al final, sin pista alguna previa. En algunas partes la línea temporal se divide de forma brusca llevando al lector a la confusión. La impresión final es la de un texto apresurado, un borrador que necesita un buen repaso. Ni de lejos digno de pasar una primera criba en un concurso que se las da de tan importante como el UPC. Menos aun de llegar a las lecturas finales del jurado. Y, por supuesto, ni de lejos llegar a ser publicado. Parece como si, tras el muy interesante ‘La máquina de Pymblikot’, los jurados del UPC le hubieran dado barra libre para escribir lo que quiera y como quiera. Una pena.

Por todo ello se lleva un 4.

El libro deja una impresión final triste, la de un premio venido a menos. Al cerrarlo te queda el regusto amargo de que el jurado ese año 1997 tuvo que bregar con textos infames: si esos son los premiados, mejor no saber qué se quedó atrás.

Haciendo la media me da un 5’4, un aprobado raspado que no elimina el sinsabor que me ha dejado al final. Ya le pueden dar las gracias a Sawyer.

Adiós.