Carlos Sisi – Los caminantes

Hola, culebras.

Tras tiempo sin leer nada de zombis, regreso al tema que estuvo de moda hace unos años. Esta vez le doy una segunda oportunidad al autor patrio por excelencia del Carlos Sisi. Como algunos ya sabréis, mi primera experiencia con ese autor no pudo resultar peor. Los curiosos ya  tenéis el enlace, así que no voy a repetir nada más… por ahora.

Pero vayamos a este Los caminantes. El libro llegó a mí mediante un préstamo: no, tras leer Panteón: conciencia descarnada ni loco me gastaba dinero en un libro de Sisi. Todo un éxito comercial de ese relato.

En un primer lugar voy a hablar del fondo de la novela. Ya hablaré de la forma más adelante.

¿Qué se puede decir de la historia? Pues que me confirma (otra vez) que el género Z, en cuanto a argumentos, está tan muerto como las criaturas que le dan nombre. En casi todo el libro no se narra nada que no se haya visto en decenas de libros, comics, películas. Escaramuzas, dramas personales, desolación, escenas de ataques en masa, combates individuales. Creo que algún día he dicho por lo general me aburre sobremanera el realismo por su falta de ideas, por su intención de narrar por enésima vez lo mismo. Y lo mismo. Y lo mismo. Pues en esto del género Z me empieza a pasar más de lo mismo. ¿Qué salva al género frente al realismo? Pues el poseer ese ínfimo detalle de fantasía o de ciencia ficción de trasfondo.

¿Qué hay de original en este libro? Pues se puede decir que el cura. En De Madrid al zielo el autor introducía seres pseudo-divinos, en la saga de los xombis un agente biológico desmadrado y proteico, en Paciente cero una trama terrorista a lo novela de espías. Pues en este Los caminantes la presencia del cura y lo que hay tras él de un giro pseudo-científico a la historia.

Hay que admitir que la figura del cura atrae, de igual manera que lo hacen los terroristas en Paciente cero. Pero lo malo es que, si bien Paciente cero la historia queda más o menos bien cerrada, en Los caminantes se ve desde casi el minuto sesenta (de noventa, en plan furgolero) que no estamos ante un partido, sino ante una liguilla. Y sí, eso me cansa: puta moda de sagas, y sagas, y más sagas. Mercantilismo de pura cepa que se está cargando la literatura.

Pero sigamos dando apuntes del fondo de Los caminantes.

Hay detalles tontunos, pero que acumulados cansan algo, y chirrían más:

  • Cierto tío es de un vago de solemnidad: pone en marcha un coche (con lo que implica de peligro de llamar la atención de los zs con el ruido del motor) sólo para recorrer cien condenados metros. Pero bueno, tonterías las hacemos todos. Yo he visto a un elemento coger su coche para ir de una calle a otra, separadas las dos apenas cien metros. Pero se trataba de la estupidez de la juventud y de decir ‘mirad, que tengo coche’. Por eso aceptamos ‘barco’.
  • Así, como quien no quiere la cosa, resulta que nuestro protagonista es todo un as de la conducción de quads. Mira tú qué oportuno.
  • El autor confunde, si no leo mal, cortafrío con cizallas. Un cortafrío sin un martillo/maza sirve para poco, y no para lo que describe la escena. Para eso se suelen usar cizallas, en sus diversas versiones y tamaños.
  • La barquita de marras. Si llevaba tanto tiempo ahí abandonada, lo más fácil era que estuviera mal calafateada, o incluso ya sin calafate. Vamos, que a lo mejor se ha transformado en una esponja con forma de barca. Yo no me hubiera subido a ella ni loco. Seguro que hay por ahí más en mejor estado.
  • Mira que se me hace difícil ver que, por mucho que se vaya al norte, se llegue (se ‘adentre’, como dice el autor) al oeste.
  • En un momento dado hablan de ahorrar en electricidad y poco después de tener encendidos los focos de una instalación deportiva. Que no consumen nada…
  • Por lo que sé, el SAMUR actúa sólo en Madrid, no en Málaga. Si me equivoco, que me lo digan.
  • Supongo que toda persona normal, en esas circunstancias, se encuentra con los planos de las alcantarillas y los túneles de la ciudad. Material de dominio público, vamos. Ironía fuera, el descubrir que existen esos planos y cómo se consiguen (en medio de una ciudad infestada de zs) daría para toda una serie de episodios, y eso explicando cómo cojones descubren su existencia y la localización; aquí se ventila en unas líneas.
  • A ver, si en una escena describes un zombi como medio descompuesto, en la siguiente no le pongas a romper con los puños cristales intactos. ¿O me vas a decir que sus huesos y músculos (medio descompuestos) tienen la suficiente consistencia para romperlo sin desmoronarse?
  • Imaginad una marabunta de zombis. Los buenos los están viendo de lejos. El autor describe la escena. Vale, perfecto. Pero de repente te encuentras con una perla del estilo: ‘reparó en un zombi de aspecto cadavérico’. Ojo, en un no-muerto ‘de aspecto cadavérico’. Lo más llamativo del mundo. Los otros zombis se parecían a Paris Hilton, por supuesto. Por eso le llamó la atención el zombi ‘de aspecto cadavérico’.
  • Por dios, ¿cómo es una botella de whisky de cuatro kilos y medio? ¿XXXXXXXL? ¿O la sustancia incendiaria está elaborada a base de plomo?
  • Que el interior del recinto no se acabe de ver bien durante el ataque final no supondría mucho problema… de no ser porque lo que al principio era una gran zona acristalada (y reventada) de repente se convierta en un muro que impide ver los fuegos molotovianos que han montado los Zipi y Zape de turno en el exterior. ¿De verdad se pretende decir que nadie en el interior ve la que se monta hasta el momento en el que lo dicen?
  • Tenemos el caso de los individuos de doble cerebro. ¿Comorl?, diréis. Pues sí: personas a las que el malo les pega un tiro en la cabeza, mueren, reviven como zombis y los buenos les ‘matan’ con otro tiro en la cabeza. Vamos, que el malo les mata arrasando con su cerebro, éste se regenera, regresan a la no-vida y entonces ya los güenos les pegan un tiro ‘el de verdad’) en la sesera y les matan.
  • Que se hable de ‘cierta maestría en el manejo del fusil’ en relación a un personaje que necesita siete (SIETE) disparos para acabar con dos (DOS) zombis. Joder con la maestría: un ratio de acierto de 1:3’5. Ya llaman maestro a cualquiera.

Bueno, me parece que ya he dado un repaso a las tontunadas. Muchos de ellos insignificantes, pero que pese a ello molestan.

En sí, como ya he dicho, la trama no tiene nada relevante que destacar, ni para bien ni para mal. ¿Adictiva? Pues lo justo, tampoco mucho más (yo me leo casi todo), más que nada porque lo narrado está narrado mil y una veces antes. Originalidad poca, muy poca. Pero el género Z no da para mucho más.

Como último detalle decir que en el libro hay algunos pasajes cuyo estilo bebe de manera directa de Stephen King, como por ejemplo la narración de Dozer y lo de la barbacoa. Que conste que eso no se puede considerar error, sino el uso de un recurso ya poco menos que habitual.

En comparación con el engendro que leí de Sisi la primera vez, queda claro que se desenvuelve mucho mejor con este género Z que con la ciencia ficción. Lógico: la cifi requiere una serie de conocimientos, coherencia y de detallismo que este tipo de terror no. En cierta manera como el realismo: es un ‘viva la virgen’, un ‘aquí todo vale’.

Ahora vayamos a la forma. Aquí la cosa se pone peliaguda. ¿Por qué? Porque entre este Los caminantes y el Panteón: conciencia descarnada hay una sutil diferencia: Rocío Orroca. Pero mejor no adelantar acontecimientos.

Vayamos a los detalles que he visto en cuanto a la forma.

  • Ya de entrada uno empieza a ser a acosado por repeticiones de palabras, a veces casi seguidas. Así se encuentra con dos ‘entonces’ en una sola línea, ‘mirar’ y ‘miró’ poco menos que seguidos, dos ‘gentes’ casi juntas… esto se repite cienes y cienes de veces a lo largo de todo el libro. Una vez marcados los cinco primeros, en las páginas iniciales, ya dejé de hacerlo.
  • Los adverbios modales ‘–mente’ crecen y se multiplican como hongos, a veces incluso casi encadenados. Todo un camino embaldosado al infierno, sí señor.
  • Otro de los vicios favoritos de muchos autores: abusar del odioso verbo ‘ser’. Aquí se convierte en toda una plaga.
  • Mientras en algunos párrafos y secciones se nota agilidad y descripciones bien llevadas, otras partes sólo se pueden calificar como torpes: ese ‘Las autoridades fueron muy veloces’ y el ‘La sensación fue horrorosa ‘resultan un ejemplo claro de ello.
  • Al malo a veces se le menta como ‘padre Isidro’ y otras como ‘Padre Isidro’. Por supuesto, estamos ante simples errores de galeradas. Nadie es perfecto.
  • Aquí y allí, ni pocos ni demasiados, se encuentran gerundios de posteridad. Dado que ese defecto yo mismo lo cometo muchas veces (me cuesta, lo admito) no se le puede echar demasiada culpa. Sólo decirle al autor/corrector que practiquen más; poco a poco corregirán ese defecto.
  • Uno de los fallos de estilo más graves, y que a mí se me ha hecho molesto de verdad, es el cambio del tipo de narrador. A veces parece que estamos ante un narrador cámara, que cuenta lo que se ve y poco más, pero otras (y sin siquiera una transición bien visible) cambia a uno que roza la omnisciencia. Sucede también algo similar con los puntos de vista: se cambia de un personaje a otro, o a un narrador distante, sin transición marcada. Ese estilo nada homogéneo me irrita, más que nada por la evidente falta de estructura narrativa.

Como se ve, hay desde nimiedades a defectos (a mi entender) de bulto. Pero en general el texto se hace mucho más legible, con diferencia abrumadora, que Panteón: conciencia descarnada. ¿Estamos ante una involución del autor, que de conseguir textos modestos pero eficaces ha degenerado a hacer eso? Me parecería triste, la verdad. Aunque pensando, pensando me surgen algunas ideas.

Una de ellas podría resumirse en ‘afán de ganar visibilidad/dinero’: el primer libro tuvo éxito y dijeron ‘venga, más de lo mismo y a buen ritmo, pera exprimir la gallina’. Todos los que alguna vez hemos escrito sabemos que las prisas no son buenas. Al menos en mi caso, lo admito. Si Sisi producía más cantidad podría perder calidad. Pero si vendía… ¿qué más da? ¿Y si se acostumbró a ese ritmo de producción olvidando la calidad de los textos? Al fin y al cabo, le pagaban, el editor aceptaba, e incluso se llevó un premiazo… En ese punto ¿importa algo que saque algo como Panteón: conciencia descarnada? Sus fans ya sólo quieren más y más de Sisi, y he visto que le defienden a capa y espada, aunque se visualicen y argumenten los defectos.

Otra de las ideas que me vienen a la cabeza parte de unos de mis autores favoritos: Lovecraft. El de Providence actuó de negro para varios ‘escritores’. Su mano se nota en esos textos, de tal manera que más que del nombre que pone sobre el título, la obra pertenece a Lovecraft. ¿Y si eso mismo pasó con esta obra? No conozco a Rocío Orroca, pero da la casualidad de que sólo ese nombre marca la diferencia entre Los caminantes y Panteón: conciencia descarnada. ¿Hizo tan buena labor de corrección que ensalzó algo que no se merecía ensalzar? Si el Sisi de verdad lo podemos encontrar en Panteón: conciencia descarnada, ¿el mérito del éxito de la lectura de Los caminantes está en la señora Orroca?

Seguramente nunca lo sabré. Alguien me dijo (quizá Iván Hernández) que el señor Sisi es muy accesible y agradable al trato. Con toda sinceridad, me gustaría alguna vez poder tomar con unas cañas y hablar de esto, desde el respeto y la duda que esta segunda lectura suya me transmite.

Pero sé que eso nunca sucederá.

Mientras, le tengo que poner un 6 a Los caminantes, y esa nota me siembra la duda de si leer o no más de la saga de zombis más famosa de España.

Un saludo.

Richard Matheson – Pesadilla a 20.000 pies

Hola, culebras.

Tras mucho, pero mucho tiempo sin leer a Matheson regreso con esta recopilación de  cuentos entre los que se encuentra el famosísimo que da el título al volumen: Pesadilla a 20.000 pies. También se da el caso de que llevo muchas novelas seguidas, y una ración de cuento siempre viene bien para desentumecerse. Por supuesto, hacerlo con Matheson casi equivale a hacerlo con calidad.

Richard Matheson - Pesadilla a 20000 pies

Richard Matheson – Pesadilla a 20000 pies

Pero, ¿de verdad he encontrado calidad en esta recopilación? Vamos a ello:

  1. ‘Pesadilla a 20.000 pies’. ¿Qué decir de este cuento inmortalizado en película? Se diría que ronda la perfección, creando una tensión poco menos que absoluta. Además, para acabar de dejar lector sumido en la duda, posee un final muy abierto. ¿Estamos ante algo que de verdad ha sucedido o todo se limita a una fantasía del protagonista? La nota: 10.
  2. ‘Vestido de seda blanco’. Segunda vez que leo este relato. En su momento, hace cosa de quince años, le puse un 10. Ahora debo rebajarlo a un 9. Pese al buen ritmo y mejor forma queda me demasiado difuso el cómo la abuela esperaba/temía que ocurriera algo así. Lo veo un pelín tramposo, lo que no quita que su manera expresar el punto de vista de la niña me parezca magistral.
  3. ‘Hijo de sangre’. Este se lleva otro 10. El cuento engaña al lector en toda su extensión llevándole: cree que la narración le lleva a un final concreto (que no por patético hubiera resultado menos  contundente); sin embargo, ese mazazo final…
  4. ‘A través de los canales’. Casi se diría que es el ‘típico’ relato ochentero que presenta una situación inexplicable y que no ahonda en ella, salvo el horror que desencadena. Pero es que no hablamos de un relato de los ochenta, sino de uno mucho anterior. El uso del diálogo como base del relato hace que éste carezca de definición, de detalle, lo que lo vuelve a mi gusto quizá demasiado superficial. Le pongo un 7.
  5. ‘Guerra de brujas’. Seguimos el esquema de relato con toque irracional, como el anterior: basado en las sensaciones y las escenas muy visuales. Pero todo ello sin ninguna explicación de por qué ocurre lo que ocurre. Chirría cómo de repente se usa el tiempo pretérito, cuando a lo largo de buena parte del relato se ha usado el presente: si hubiera mantenido el tiempo presente el relato hubiera mejorado el resultado global. El golpe final se me hace forzado, artificial; creo que un toque de comentario intrascendente hubiera resultado mejor. Al final se lleva un 7.
  6. ‘Una casa enloquecida’. En este cuento que claro, clarísimo, porque King se hace cargo del prólogo: estamos ante un antecedente de su estilo. Este cuento lo hubiera podido firmar (un un 400% más de palabras) el de Maine. Personaje, relación, drama personal y materialización de ‘la impronta’: recursos que King usa en muchas de sus obras. Con todo ello se lleva un 8.
  7. ‘El número de la desaparición’. Nuevo texto basado en lo irracional. Un cuento bien narrado, con ritmo y agobiante, pero que con ese inicio queda sin la menor intriga. Le otorgo un 6.
  8. ‘Legión de conspiradores’. Tensión bien llevada, pero con una resolución demasiado sencilla (casi ser diría que usa la salida más fácil), sin la menor sorpresa. Una pena, y un 6.
  9. ‘Llamada de larga distancia’. Otra vez un cuento irracional. De nuevo se teje muy bien un ambiente de tensión (King debió estudiar estos textos). Pero por desgracia el final se me hace tramposo: el cambio de carácter semántico en la voz se me hace demasiado brusco, y por tanto incoherente e increíble. Si el interlocutor tiene unas dotes concretas de comunicación a lo largo de todo el cuento no se las cambies así porque así en los últimos párrafos. Vamos, que le pongo un 6.
  10. ‘La casa Slaughter’. Primera anotación que hago de forma: en este cuento los modales del tipo —mente empiezan a repetirse de una manera agobiante y mucho más sobrecogedora que la presencia de la propia historia. Además leyendo este cuento veo que ya no me trago bien las historias de fantasmas: se me hacen aburridas y monótonas. (Inciso: tengo por lo menos un volumen de esa temática en La Pila. Me da que el libro seguirla allí durante unos cuantos años más, hasta que crea que puede volverme a gustar esa temática). La historia tiene cierto toque final a lo pulp (o al menos a lo Lovecraft) en cuanto a la manera de cerrarse que me hace pensar en pastiche, algo que tampoco sirve para levantar la nota final: un 5.
  11. ‘Paja húmeda’. Tras los fantasmillas (espectral pero en cierta medida ‘sistemático’) regresamos a lo irracional. El relato, sin estar mal (intenta darle una pincelada de fondo al protagonista), se queda en poco, un mero apunte. A todas luces necesita más palabras. Le pongo un 6.
  12. ‘El baile de los muertos’. 8. Lo que más me gusta de este cuento es cómo se organiza en torno a una escena trivial, una aventura de adolescentes. Esa travesura, sin embrago, transcurre inmersa en un mundo donde ha ocurrido algo gravísimo. El autor recurre a la manera fácil al mismo tiempo que arriesgada (por lo que supone de ruptura del ritmo de narración) de tratar de dar pinceladas de ese mundo a base de notas tipo diccionario. Además ese recurso podría tentar al autor a volcar demasiado texto sobre la notas dejando huérfana la narración pura y dura. Pero el formato diccionario (frente al enciclopédico) evita eso. De tal manera sólo al final, y de manera bastante tangencial y acertada,  se entiende lo que ha pasado en ese escenario. Y sólo se adivina en parte. Se lleva un 8.
  13. ‘Los hijos de Noah’. De nuevo tenemos un relato que parece sacado de Twilight Zone. Quizá le faltan palabras para tejer bien el escenario, que a veces parece demasiado desnudo. Pese a ello muy buen relato. Se lleva, y parece que me repito, un 8.
  14. ‘El hombre de las fiestas’. Esto más que un cuento parece bien esbozo: algo en plan ‘las notas que encontraron entre los papeles del wáter de Matheson’. O que el relato se preparó para un taller que sólo aceptaba cuentos con un número muy limitado de palabras. Vamos, que el texto ganaría mucho su lo hubiera ampliado. Ampliado o quizá repensado. Aunque si se lo hubiera quedado en su cajón no se hubiera perdido nada. Se lleva un 4.
  15. ‘Viejos territorios’. Bueno, me gusta ver que Matheson es humano y tiene sus propias cagadas. Este cuento pertenece a ellas. ¿Cómo decirlo? Estamos ante un relato tonto. Pero muy tonto. Bien llevado el su 90%, pero se va al garete con ese final tan TONTO. En serio: si no tienes un buen cierre de cuento piénsate mucho si debes entregarlo. Si no te puede encontrar con algo tan tonto como esto. Una pena. De nuevo un 4.
  16. ‘El distribuidor’. Y casi para llevarme la contraria me mete tras ‘Viejos territorios’ este cuento. Todo un ejemplo de historia, milimétrica, aplastante, pero con un final malo (o regular) y que sin embargo no te deja mal sabor de boca. Se trata de un relato para leer con papel y lápiz al lado, anotando nombres, direcciones, fechas y sucesos. Incluso si lo leéis sin ello, como yo he hecho, se disfruta. Y se disfruta mucho: da gusto leer cómo se desarrolla esa maldad sin más objetivo que ella. Pena que tenga una resolución así de brusca. Pese a todo le pongo un 9. Al menos no es tonto.
  17. ‘Grillos’. Esta es la segunda vez que leo este cuento: la primera no me hizo gracia, llegando a pensar que estaba ante un texto menor. Ahora no entiendo por qué o cómo llegué a esa idea. Supongo que lo leí de regreso a casa, en el metro y medio dormido, medio agotado del trabajo. Pero hoy lo he leído con calma y bien despierto, y las cosas han cambiado de blanco a negro. Así que con todo orgullo rectifico: estamos ante muy buena historia, con un final de mazazo. Vamos, que le pongo 9.
  18. ‘Primer aniversario’. Aquí tenemos un cuento no sólo basado en lo inexplicable, sino poco menos que en lo tramposo. Vemos cómo se produce la ‘descomposición’, pero ésta no desemboca en una resolución no lógica, sino ni siquiera en algo que se haya medio dejado entrever antes. Al contrario, de repente el autor se saca de la manga algo del todo tangente a lo narrado antes. Da la impresión de que no ha sabido argumentar una causa para el proceso (y mira que la suspensión de incredulidad da para mucho, pero mucho) y se lo quita de encima como puede. Pese a ello, no está nada mal la manera tan velada de no describir y sin embargo jugar con el horror. Pero eso, a mi entender hubiera hecho falta un poco más de implicación, de exprimirse las meninges para crear algo tangible y un poco lógico. Sin ello el relato se convierte en un ‘aceptamos barco como animal acuático’  demasiado forzoso. En definitiva, lo malo equilibra a lo bueno y se lleva un 5.
  19. ‘El semblante de Julie’. Nos acercamos al final. Y como se tratara de una sucesión de acontecimientos, a este relato le pasa lo mismito que al anterior. Además, al colocarlos juntos acrecienta el mal sabor de boca. De nuevo un 5.
  20. ‘Presa’. Pero, gracias a Azathoth, en el final la colección remonta. Nos encontramos ante un relato que más que típico se podría describir como arquetípico. Cómo mostrar la persecución de una manera implacable, irracional y fría. Durante gran parte del cuento no he podido evitar pensar en las películas de Puppet Master; aunque claro, este cuento es muy anterior a ellas. Magnífica tensión, magnífica resolución (aunque yo había apostado por una más ‘a plazo lento’: según leía se me ocurría que lo iba a acabar con un caso de posesión que acababa en mutación. Algo en plan ‘pasados unos días empezó a notar cierto endurecimiento en su piel y músculos, como si se volvieran de madera. Además empezó a evitar acercarse al oro’. Pero yo soy yo y Matheson es él mismo). Un relato para recordar y que sin duda ha servido de inspiración. Así que acabamos con un nuevo 10.

Resultado final: 7,10.

Ahora hablaré un poco (muy poco) del estilo. Hay que decir que la sencillez del lenguaje —llano y directo— a veces resulta excesiva. Me refiero a que usar un lenguaje simple no tiene porqué implicar descuidado, como por ejemplo la sobre abundancia por momentos de los —mente y de los verbos comodín. Eso me hace pensar que escribía o para ‘el vulgo’ (sabiendo que le editaban para lectura rápida y no exigente) o bien que le daba igual y sabía que nadie le exigiría cuidar ese aspecto de los cuentos. Además, en contra del ‘algoritmo estándar de creación de relatos cortos’, muchos de de estos cuentos no empiezan con una frase gancho. ¿Ejemplo de que el nombre ya iba por delante y se le publicaba sin seguir la norma de exigencia para otros autores?

Acerca de eso de publicar microcuentos (porque en esa categoría entra un buen puñado de los incluidos en el libro), no puedo por menos que habla de mi país. Si en España hubiera alguien como Matheson y pretendiese editar estos cuentos se encontraría con las puertas cerradas a la mayoría de las editoriales. ‘Perdón, pero sólo aceptamos novela’, el epitafio que  en este país la edición le dedica a la creación breve. Guay, editores. Guay.

Sin duda se trata de una serie de cuentos que han marcado escuela, imitado y homenajeados.  Por ello muchos de ellos seguro que ‘te suenan’. Un libro de obligada lectura para todo amante del terror y lo fantástico.

Bueno, el siguiente libro, por cuestión de infraestructura y logística, también será bolsillo. A ver qué tengo por ahí que no abulte mucho.

Adiós.

Stephen King – Todo oscuro, sin estrellas

Hola, ofidios.

Hace mucho que agarraba un King y tras la última lectura, toda una obra de terror, necesitaba otra. Lo que se dice, una clavo saca a otro clavo. Tenía este libro de relatos en la pila desde hacía unos años y me ha parecido una buena manera de cambiar de aires. Al fin y al cabo, incluso con sus defectos (que los tiene), King no suele dejar mal sabor de boca.

O eso debería suceder. Porque esta recopilación tiene luces, pero también sombras. Y muy densas, como la noche a la que hace referencia el título.

Veamos lo que ha deparado Todo oscuro, sin estrellas.

Stephen King - Todo oscuro, sin estrellas

Stephen King – Todo oscuro, sin estrellas

No me voy a andar con ambages. Al poco de empezar a leer ‘1922’ uno empieza a adivinar el tufillo a ‘El corazón delator’. ¿Hay a estas alturas alguien que no conozca ese magistral relato de Poe? Para los que levanten la mano: la puesta está por ahí. No regresen hasta enmendar ese pecado capital. A lo que iba: ‘1922’. Si algo hay que destacar de este relato sin duda alguna eso es la ‘mano de King’. Su manera de escribir tan directa y llana, pero al mismo tiempo detallista le permite a uno meterse en la historia y vivirla paso a paso. La naturalidad con la que introduce detalles y trasfondo hace que uno se sumerja en esa América rural pre depresión sin el menor problema y, aunque lo conozca a fondo puede participar de la vida de su protagonista. ¿Qué el estilo resulta tosco y vulgar? Se supone que lo escribe un granjero en primera persona, así que no se le puede exigir el estilo de un literato. Y sé que ese truco lo he puesto a parir varias veces en referencia a esa nueva hornada de seudoescritores Z. Pero entre King y ellos hay una diferencia muy grande: lo que he descrito unas frases antes, la capacidad de cautivar con las palabras. Pero como decía, el relato (más allá de ‘la mano de King’) poco aporta a su bibliografía. Unas pocas escenas ‘espectrales’ bastante manidas y una tensión que no acaba de cuajar. Al menos en lo relativo al aspecto fantasioso del cuento; la vertiente realista se hace mucho más interesante haciendo casi innecesario lo fantasioso. Y aquí volvemos a ‘El corazón delator’. Poe no necesitó de ratas ni similar para crear esa sensación que Wilf describe a lo largo de las páginas de ‘1922’. Y Poe lo hace en mucho menos espacio y de una manera más efectiva. En definitiva, relato de relleno de King, y que se lleva un 6 más que nada por el retrato de una sociedad y momento histórico.

Si el anterior cuento se libró de ningún tipo de paliza en cuanto a estilo debido a que estaba narrado en primera persona, no sucede lo mismo con ‘Camionero grande’. Aquí King no se puede escudar en el que ‘lo que lees es lo que dice el protagonista’. No, aquí existe la figura de un narrador omnisciente, una tercera persona que nos describe lo que pasa. Pero lo hace de una forma poco menos que vergonzosa. Me dicen que este texto no proviene de la mano de King y no lo dudo ni un segundo. De hecho ni siquiera un milisegundo. Horrible me parece que se queda corto. Ya de entrada decir que abusa, sobreabusa e incluso vomita adverbios modales. Sí, se supone que este cuento proviene de ese hombre que dijo eso de que ‘el camino al infierno está enlosado de adverbios’. Pues bien, aquí no sólo pavimenta el suelo con ellos sino que con ellos crea un túnel grisáceo e interminable de –mentes. Por no hablar del abuso de los verbos comodín. Hay secciones que parecen un campo minado: ‘seres’ por todas partes. HORRIBLE. En serio, vergonzoso. A eso se añade que algunos párrafos posean tan torpeza narrativa que me hace pensar en la mano de un negro, no en la de King, como autora de esto. Lo de ‘mostrar, no contar’ parece que lo olvida. Terrible. Pero el problema no se limita a la forma. Durante un primera parte del cuanto dije ‘vale, ¿y ahora?’, para de seguido pensar ‘porque no va a ocurrir esto, ¿verdad? ¿Verdad?’. Y va y sucede. De cabo a rabo. Como en un cuento de misterio tan malo que ni hay misterio ni nada. Juntando todos estos detalles llega un momento de la lectura en la que, por eso de no tirar el cuento a la basura uno pone el piloto automático y deja de ‘saborear’ el texto, limitándose a seguir leyendo hasta que llegas a la última página. Una vez acabado de leer sin poderme creer que este cuento haya salido de una pluma tan laureada (y valorada por mí mismo). Tampoco me trago que lo escribiera por necesidad de dinero. Se trata de un texto descuidado, apresurado y sin la menor corrección de estilo, poco menos que un insulto a la figura y arte de King. Le pongo un 3 por ponerle algo, pero dado el nombre que lo firma se merecería mucho menos.

El nivel no se recupera mucho tras leer ‘Una extensión justa’. Decir que se trata de un relato mefistofélico supondría regalarle al cuento un remate que de verdad no posee. En el texto tenemos de nuevo un ejemplo de cómo alguien con gran oficio (capaz de acercarnos al protagonista y sus miserias de una manera eficaz) puede demostrar una dejadez poco menos que vergonzosa. Tras un inicio decente, que no bueno, el cuento se va desinflando y desinflando hacia algo que se supone se debe llamar final. Y lo describo así, ‘se supone’, porque a mí se me ha hecho del todo flojo y vacío. Tras una serie de anécdotas que describen la desgracia de uno de los personajes el relato se limita a acabar. Ni giro, ni golpe de mano final. Nada de nada. Ale, al siguiente cuento, y punto. La leche, me ha parecido la leche. Una nueva muestra de que una vez que tienes incluso los garabatos inconclusos en papel higiénico tienen salida editorial. Este relato se lleva otro 3. Y de nuevo embarra el nombre de King.

El último relato, ‘Un buen matrimonio’, no desentona con los demás. Juega mucho con la psicología de la protagonista, tejiendo muy bien tanto su entorno como lo que supone su descubrimiento. Pero de nuevo tenemos una resolución demasiado simplona, que en ningún caso sorprende. Leyéndolo me ha dado la impresión de estar leyendo una versión novelada de un telefilme de los de después del telediario del mediodía. Vamos, algo muy distante al King famoso. Además de nuevo hay párrafos torpes, auténticos caminos enlosados con esas baldosas que dirigen al infierno. Como telefilme se llevaría un justito 5, más que nada por la manera efectiva de tejer el ambiente, de hacer creíbles y reales los personajes; pero al tratarse de algo surgido de King sólo se merece un 4… y nunca olvidar que incluso los mejores cometen borrones.

Un pequeño apunte más. Curiosa la manera de presentar la mujer en los dos primeros relatos: hay un puñado de frases en las que se dice, más o menos, que las mujeres casadas están para acatar todo lo que dice el marido o, en caso de no hacerlo, para recibir una merecida –y ‘justificada’– paliza. Entiendo de sobra que esas frases forman parte de la representación de una ‘mentalidad’ de parte de la población americana (ni me ofenden, ni me escandalizan ni nada similar), pero se me hace curioso ver cómo en estos cuentos se han juntado citas a esa ‘mentalidad’.

Como media de la recopilación me sale un muy triste 4. Parece mentira que pertenezca a un libro de relatos de uno de mis autores más admirados. Pero lo que he dicho unos párrafos más arriba: no siempre se puede mantener el nivel. Aquí Stephen King sin lugar a dudas suspende. Más aun, incumple sus propios consejos y normas. Una pena, de verdad, pero no por mí: me parecería muy triste que un lector que nunca hubiera leído a King le descubriera con estos cuentos. Se llevaría una impresión errónea del autor que, si no recuerdo mal, descubrí cuando salió en España la primera edición de It, libro que me absorbió y tuve que leer de cabo a rabo de una manera casi obsesa; un autor que, salvando los finales (ese amor/odio que siento por él se debe en parte a su reiterada incapacidad de rematar bien las obras), siempre deja un buen sabor de boca.

Creo que necesito leer más de él para quitarme este mal sabor de boca. Por desgracia ‘sólo’ tengo en la pila la saga de la Torre Oscura, y me prometí no empezar ese tipo de sagas hasta que me leyera de un tirón todos los de Canción de Hielo y Fuego… una vez que Martin los acabara. Dado que eso puede que quede muy lejos (espera a ver si no la palma antes), creo que ponerme con la saga de King no supondrá mucho problema. Ya veré lo que hago.

Adiós.

Robert W. Chambers – El rey de amarillo

Hola, culebras.

Pues sí, otro libro de relatos. En esta ocasión todo un clásico, una serie de textos que dejaron su huella en Lovecraft, por mentar sólo un autor (pero vaya autor). A Robert W. Chambers se le recuerda más que nada por estos cuentos, y ya les gustaría a muchos poder entrar de esa manera en la historia de la narrativa de terror. El rey de amarillo ha supuesto una influencia enorme en la creación de situaciones en las que la cordura (o la falta de ella) supone un elemento fundamental en la narración. Todavía hoy los nombres de Hastur, las Hiadas y Aldebarán se asocian a la locura. Al menos en ciertos círculos. Supongo que el haber crecido leyendo a Lovecraft me hacer pertenecer a esos grupúsculos de ‘gente rara’.

Pero aquí no he venido a hablar de mi libro, digo de mí, sino de esta colección de cuentos. Así que vamos a ello.

  1. ‘El signo amarillo’ abre la compilación. Nos encontramos ante todo un clásico, un texto dotado de una atmósfera ambigua y engañosa. Por un lado juega con la relación entre el protagonista y su modelo (descrito de una manera que roza con el realismo bohemio), y por otro con una situación onírica, digna de pesadilla, en torno a la iglesia, su sereno y cuanto les envuelve. Ambos aspectos se conjugan de una manera casi perfecta, intersecando unos con sutilidad y otros con brutalidad. Sólo un pero: por más que leo este relato (y ya van varias veces, ni una, ni dos, ni diez) siempre me da la impresión de que el desenlace está forzado, apresurado. Le falta más enjundia. Al menos a mi gusto. Aun con todo, cuento digno de leer y releer, así como de analizar los elementos en los que basa su horror. Se lleva un 7.
  2. ‘El reparador de reputaciones’ arranca de una manera que a mí me desconcierta: se supone que el cuento está ambientado varias décadas en el futuro con respecto a la fecha en que se escribió, en concreto en los años 20. Supongo que tratando de meter en ambiente al lector, Chambers se lía la manta a la cabeza y empieza a describir situaciones políticas y sociales de esa sociedad futura. El esfuerzo no estaría mal de no ser por un pequeño detalle: todas esas descripciones y elucubraciones del futuro no aportan nada, pero lo que se dice nada de nada, al relato. Tenemos un esfuerzo baldío, inútil y que llena páginas y más páginas. Ese esfuerzo hubiera resultado mucho más provechoso si se hubiera dedicado a desarrollar al señor Wilde, auténtico protagonista del cuento. Estoy seguro que si Chambers hubiera querido, el extraño y mefistofélico señor hubiera entrado por la puerta grande de la literatura. Pero no, se dedicó a desarrollar esa sociedad futura y Wilde quedó como la criatura contrahecha, apenas esbozada, que se lee en el cuento. De nuevo tenemos una historia en la que se entremezcla lo bucólico y romántico (la relación del primo con la chica), junto a la intriga y lo por completo onírico o demente. De verdad que el signo amarillo lleva a la locura. Justo por ese poder irrefrenable el relato pierde algo de fuerza: todos sabemos cómo va a acabar. A pesar de ello la presencia del señor Wilde y sus trabajos permiten disfrutar de un buen texto, con ciertas dosis de horror en su piso que recuerdan a Poe. De nuevo hay que puntuarlo con un 7.
  3. ‘La Demoiselle d’Ys’ supone todo un cambio en el registro. Si los dos anteriores emanaban por momentos una atmósfera enferma y demencia, este cuento casi podemos considerarlo bucólico. Algo en él me ha hecho pensar en las Tierras del sueño, más a lo Dunsany que a lo Lovecraft. Ha envejecido un poco mal, aunque la culpa de ello radica en las innumerables imitaciones hechas posteriori más que en el propio relato. Un defecto, que seguro que en el fondo no lo es pero que para mí ha supuesto cierto problema, lo he encontrado en la excesiva referencia a términos en francés. No tengo ni idea de ese idioma, y mucho menos sé de cetrería. Por eso determinados párrafos se me han atragantado, poco menos pasándolos de largo. Pero seguro que alguien que domine ese idioma les sabrá sacar partido y belleza. Bueno, que sí, que le puntúo: un 6.
  4. ‘La máscara’, sólo por los primeros versos, ya tiene mérito. ¿Cómo apenas seis líneas de diálogo pueden hacerse tan sugerentes? Esto lo digo tratando de ponerme en la mentalidad de alguien de 1895, año en el que se editó el libro, un tiempo mucho más inocente y virgen en cuanta al terror literario. Lo dicho, un arranque delicioso y sin duda prometedor. Un detalle: que no nos extrañe que el nombre de Boris se nos haga conocido porque ya apareció en ‘El reparador’. Además en ese mismo cuento ya se hace mención a ‘Los hados’, el conjunto escultórico que el protagonista describe al inicio de ‘La máscara’, creando una ligera impresión de mundo coherente e interrelacionado. En la lectura se descubre la auténtica naturaleza de ‘la máscara’, convirtiendo lo que en principio se esperaba como un relato de horror clásico en una historia de tristeza y desesperación con final agridulce. Al final le pongo un 6.
  5. Al leer ‘En la corte del dragón’ uno se encuentra quizá con el cuento más gótico del libro. En el cuento Chambers demuestra poseer un gusto especial por introducir el ‘evento terrorífico’ dentro de la vida cotidiana, algo que le honra. En el cuento la música de un órgano adquiere un papel importante, algo que unido al escenario de la iglesia ayuda a tejer esa atmósfera gótica. A eso hay que añadir que, de nuevo, aparece en el texto El Rey de Amarillo como una especie de detonante del horror. La obsesión del protagonista, quizá surgida de la lectura del libro, está descrita a través de visiones crepusculares de un organista poco menos que mefistofélico (uich, dos veces he usado esa palabra :P). Esa obsesión, esa presencia, convierte en horror la vida cotidiana del protagonista. El relato ha quedado anticuado, pero aun así en su momento debió resultar muy efectivo. Por ello se lleva un 7.
  6. ‘El hacedor de lunas’ le deja a uno un sabor extraño en la boca. La ingenuidad de los métodos policiales descritos contrasta con lo que a día de hoy se hace. ¿Juntar el placer de una cacería de fin de semana con una investigación oficial y la captura de unos estafadores? ¿Qué se apunta a ella cualquiera como si de una excursión se tratase? Ese tipo de actitudes de los protagonistas me han chirriado mucho. Sé que ha pasado casi un siglo desde que se escribió el cuento, e intento ponerme en la mentalidad de entonces, pero aun así algunas cosas me cuestan. Luego está ‘la criatura esa’. Tanto cangrejo, reptil y araña juntos hacen que no acabe de creérmelo. Entiendo lo que el autor buscaba: unir en una sola criatura a las más repelentes imaginables. Pero hay uniones que se hacen tan estrambóticas que no acaban de cuajar. Esta es una de ellas. Luego se me hace curiosa la mentalidad lovecraftiana con respecto a los orientales. En el relato representan un mal mucho más terrible que el que pueda representar un occidental. ¿Racismo? ¿Xenofobia? Sin duda una mentalidad muy de la época, con el Fu Manchú como malo maloso. Más allá de esas nimiedades tenemos un relato al que le veo influencias de Dunsany y sus mundos oníricos. Pese a ello, por mucha historia de amor mezclada con trama policiaca, no me acabó de satisfacer. Vamos, que le pongo un 4. Antes de acabar decir que en este relato no he sabido encontrar ninguna referencia a El Rey de Amarillo.
  7. Calificar ‘Una agradable velada’ como relato de fantasmas sería quedarse a medias. Sí, hay una historia de esas de fondo, pero quizá me parece más interesante la manera de presentar al protagonista y su problemática personal, así como la situación de ‘el frances’. No digo que el relato flirtee con la denuncia social, pero algo tiene de ello. Un relato que se me ha hecho agradable (de nuevo ajeno a El Rey de Amarillo), si bien carente de la atmosfera de otros anteriores. Se lleva un 6.
  8. Con ‘El mensajero’ parece que debemos de olvidar ya de manera definitiva la sombra maligna del El Rey de Amarillo. Nos encontramos ente un relato de terror clásico y sencillo, una historia de espectros revestida de ese toque naturalista que tanto le gusta a Chambers. ¿Un defecto? La manera de acabar con la amenaza, muy sacada de la manga: eso de las balas y lo que se hace con ellas aparece así, de sopetón, lo cual poco menos que hace parece que el autor no sabía cómo salir del embrollo y usó el truco de usar el as en la manga. Tramposillo, sí. Aun así posee un par de escenas memorables, como la de la piedra y la patada. Otro 6.
  9. Sin haber leído el texto original, sólo la presente traducción, ‘La llave del dolor’ ya empieza mal: si no me equivoco esa ‘llave’ no se refiera a ‘lo que abre una puerta’ sino a lo que se podría describir como ‘cabo’, en el sentido de ‘accidente geográfico’. Vamos, que ha puesto la vida de mi jefe a que en el texto original hay un ‘key’ inglés que en español se traduce como ‘cayo’, no como ‘llave’ (eso sería una traducción literal y mala). ‘The key of pain’ se traduciría como ‘El cayo del dolor’, no como ‘La llave del dolor’. Lo dicho: empezamos bien. Pero la cosa no se queda ahí sino que sigue. La escena inicial muy bien la podría haber escrito Howard, sólo que con un Conan dopado, hipervitaminado. Si no no se entiende ese humano capaz de hacer lo que hace el protagonista: llamarlo mala bestia es quedarse corto. En definitiva, se trata de una escena tan exagerada que se hace increíble. El arranque a lo salvaje oeste de repente se convierte en algo a medio camino entre Hogdson y Dunsany, para acabar en una paranoia poco menos que digna de Dick. No me he enterado de casi nada del último tercio del relato: a mi gusto demasiado onírico y lisérgico. Aunque debo aclarar que cuando leí el relato, de trayecto al trabajo y en unos días de canícula infernal, estaba agotado y mucho más. Vamos, que daba cabezazos como un muerto en vida. Puede que una lectura con en mejor estado físico me haga comprender el texto. Pero por ahora le debo poner un 4.

En resumen, la obra va de más a menos. Empieza con un puñado de clásicos para ir decayendo a relatos no menores, pero sí más alejados de la idea de horror que todos asociamos a El rey de amarillo. La nota media da un 5’89.

Un saludo.

Juan de Dios Garduño – Y pese a todo

Hola, ofidios.

No voy a hacer ningún comentario más a mi anterior lectura. Prefiero pasar página y que la palabra ‘lino’ para mí sólo haga referencia a una planta y un tejido.

Espantado de esa nauseabunda traducción, esa falta de respeto absoluta hacia la obra de un autor, necesitaba leer algo sin traidor (digo, sin traductor) de por medio. Por desgracia en mi Pila no tengo apenas narraciones que no hayan requerido traducción. Y luego debía encontrar alguna que me llamara la atención. Entre la pila ‘física’ no había nada, así que probé en la que hay en el kindle. El cacharro ese está casi vacío (tengo la impresión de que soy de las pocas personas que no llena esos aparatejos a base de libros ‘bajados de por ahí’), sin títulos importantes. Así que me decidí por uno que adquirí hace tiempo gracias a una promo de Amazon. El libro tenía cierta fama debido a que estaban rodando yanqui del mismo, así que empecé con él. Sí, la mercadotecnia parece que en esta ocasión ha funcionado 😛

De Juan de Dios Garduño apenas puedo decir nada: a raíz del incidente con mi reseña a lo único que he leído de Sisi apareció su nombre en algún momento… y poco más. Debo admitir que allí donde Hollywood ha funcionado (la futura película me ha enganchado a leer el libro) la portada del mismo casi me tira para atrás: cutre, tópica, de pura serie B. Con semejante portada no debería extrañarle a uno, ni al autor, que el libro acabe en la misma estantería que obras tan universales como algunas que he sufrido en los últimos tiempos. ‘Libros de zombis’, categoría que mucha gente (e incluso aficionados al fantástico) considera poco menos que basura oportunista, una moda pasajera.

Pero eso supondría toda una injusticia, al menos en cuanto a esta obra.

Sí, debo decirlo así, a las claras: Y pese a todo…, al menos en lo relativo a calidad literaria, no tiene nada que ver con truños, Z o no Z. De entrada hay que decir que Garduño sabe escribir. Sí, resulta muy triste tener que destacar esa perogrullada, pero en los últimos tiempos ya he leído demasiados libros ‘compuestos’ (que no ‘escritos’) por juntaletras que apenas poseen la capacidad descriptiva de un crío de primaria.

El libro está ambientado en Bangor (Estados Unidos), algo que no me acaba de gustar. Otro autor nacional que parece huir de nuestra tierra, algo que no se puede echar en cara a Sisi y sus hordas. Ya hablé de ello en mis reglas, así que no me voy a repetir. Pero me da que, más allá que el homenaje a King, esa localización concreta ha jugado un papel importante para atraer a los de Hollywood. Ojalá algún día el autor me confirme o desmienta esa suposición.

Al contrario que en otras lecturas del género, aquí el autor se muestra sosegado, dejando que los personajes se dibujen a sí mismos e integrándolos en un ambiente y escenario bien definidos. Sí, eso hace que las páginas de descripciones y carentes de acción (eso que algunos lumbreras llaman ‘rollo patatero’) de sucedan. A cambio uno disfruta con un entorno conciso y creíble, que te hace ver. Bendito verbo: ver. Ver en la literatura, algo que debería ser normal se ha convertido –sobre todo en según qué temáticas– en una rara avis.

Dos libros (uno clásico por méritos propios y otro que espero que nunca llegue a esa categoría) me llegan a la memoria según leo este Y pese a todo… Por un lado la pareja padre/hija te arrastra de manera inevitable a recordar La carretera. Pero por fortuna Garduño no peca de los mismos defectos, enormes, que el libro de McCarthy. El entorno que describe posee coherencia y nos encontramos con humanos creíbles, carnales. Sobreviven en un medio devastado pero no exento de lógica. El otro libro que me viene a la cabeza es Soy leyenda. Aunque pensándolo bien quizá lo que me haya tocado la memoria tira más hacia la fallida versión cinematográfica a cargo del Príncipe de Bell Air. Da igual, de una manera u otra en pensado en ello al descubrir al vecino manitas y su perro. Supongo que también habrá tenido algo que ver esa mención al protagonista de la novela: sólo se le nombra, pero basta y sobra para apreciar el guiño.

Pero de los guiños hablaré más adelante. Ahora toca hablar de cómo el autor logra envolver a lector en su particular mundo. Ya he dicho que lo hace de manera sosegada, permitiéndonos disfrutar (y sentir) las desgracias de ese trío. Nos convertimos en testigos de los juegos inocentes de la niña, de las labores del padre intentando cavar un foso mientras lucha por olvidar su pasado, o de las borracheras del vecino sumido en la autocompasión. Incluso podemos apreciar cierta personalidad en el perro. Y todo eso lo descubrimos inmersos en una calma tensa, bajo una capa de nieve y sentimientos mal soterrados.

Da gusto, la verdad. Da gusto.

Algún otro ‘autor’ hubiera podido despachar toda la historia en la tercera parte de palabras, o incluso en menos (un relato más o menos corto y listo). Pero para mí ese ‘autor’ se uniría al ‘montón’ y acabaría olvidado. No como Garduño. Junto a Jesús Cañadas me parece, con diferencia, el descubrimiento en cuanto a autores de novela de terror. Esta vez sí que debo felicitar a Dolmen por editar esta obra.

Pero basta de adulaciones. Toda reseña mía debe contar con una pequeña (o no tanto) lista de comentarios y defectos encontrados. Este Y pese a todo… que tanto me ha gustado no se iba a librar de ellos.

Las introducciones al pasado de los personajes se me hacen un poco forzadas (metidas con calzador, si se me permite la expresión), pero aun así no molestan. Sí, se podría haber dosificado, gota aquí y gota allí, pero quizá eso despistara al lector y le obligara a trabajar recordando y juntando detalles y pinceladas para poder ver el cuadro al completo. Garduño opta por la plasmarlo casi todo en unos pocos flashbacks y listo. Nada más que decir por mi parte.

Algunas partes del texto se las nota algo más descuidadas que el resto: se aprecia sobre todo debido a la acumulación de verbos ‘ser’ e incluso de los jodidos adverbios modales. King reniega de ellos, Juande (¿puedo tutearte? Bueno, ya lo he hecho :P). Recuérdalo. Me hace gracia ver cómo resaltan. Mente, mente, mente… Te puedes tirar varias páginas de texto pulcro y visual, dotado de una fluidez que ya les gustaría a muchos, para de repente encontrarte un pequeño barrizal de ‘seres’ y ‘–mentes’. Pero, lo dicho, simples charcos que no suponen problema al compararlos con el resto el texto.

Desde el primer momento me chirrió que se hablara de manera tan tajante de que no había más habitantes en la ciudad. Ni siquiera se dejaba la remota posibilidad a que, como ellos, alguien más hubiera optado por quedarse. No: eran los únicos, y punto. Entiendo que Garduño quiera haber usado eso como recursos para enfatizar la soledad, pero creo que con sólo dejar claro que en ‘ellos creían que’, o que ‘en todo el tiempo que llevaba allí no habían visto a nadie más’ hubiera obtenido el mismo resultado. Y para mí incluso mejor.

Las referencias al género de terror, e incluso al Z, aparecen aquí y allí. Algunas se me hacen demasiado forzadas, como la del libro en el suelo, Zombieplanet. Qué casualidad que, entre todos los libros imaginables en el mundo mundial, se encontrara con ese. Por lo demás no me disgustan las menciones a Neville y semejantes. Quien no hay leído terror no las captará, pero tampoco se le quedará cara de pánfilo.

La introducción, o prólogo, me hace pensar que entre David Jasso y Garduño hay algo más que una simple amistad: el afán de protagonismo que demuestra Jasso al escribir ese prólogo (un claro ‘oye, que yo también quién sé escribir’) me ha llamado muchísimo la atención. Pero bueno, cosas de escritores.

En definitiva, una lectura muy recomendable. Así sí da gusto leer autores nacionales. Me atrevo a ponerle un 8 e invito a todo el mundo a leerlo. El libro me ha hecho recuperar viejos vicios, y yo agradecido.

Decirle a Juande que se me ha hecho corto, muy corto. Con eso no quiero que entienda que ‘necesito’ una segunda parte; quizá hubiera dado alguna oportunidad a Anne… o no 😛 Como se trata de una mera opinión de un lector, nada más, ni caso. Eso sí, de un lector satisfecho, insisto.

Me despido de nuevo ilusionado. Gracias por hacerme desaparecer el mal sabor de boca de la anterior lectura.

Adiós.

Nota final: documentándome acerca de Bangor para esta reseña acabo de descubrir que Joe Hill es hijo de Stephen King. Madre mía. Para cuándo habrá una ley que prohíba de manera estricta el nepotismo…

Nota requete–final: para le luego digan que soy un amargado, que sólo sé escribir críticas negativas o que tengo por parientes a Holley y cía. Todo se reduce a poseer un nivel de exigencia ¿por desgracia? superior al de ‘la media’.

AA. VV. – Vampiralia

Hola, culebras.

Tras el tocho que me he metido al cuerpo necesitaba algo ligerito, de evadirse y que en principio no requiriera mucho esfuerzo mental. Me vino a la cabeza la segunda entrega de Cuentos para Algernon, y hubiera jurado que lo tenía en el kindle que tengo instalado en el móvil. Así que yo, tan feliz, me llevé el libro de Russell al trabajo (apenas me quedaban veinte paginitas) contando con, cuando lo acabara, poder sacar el trastomóvil y empezar con la recopilación de Marcheto.

Pero no: en el móvil no tenía la susodicha compilación. Desesperado veía más y más novelas. Pero eso no me valía: tras el mazacote de Russell y el mamotreto de Asimov necesitaba algo que me refrescara la cabeza. Variedad, dinamismo.

Así que, una vez lo descubrí entre el mogollón de cosas que por ese móvil andaban, me lancé sin pensarlo a este Vampiralia.

De entrada me llama la atención, no sé si a mal o a qué, ver que por no tener no tiene ni siquiera ficha en Tercera Fundación: ¿ninguno entre los bibliotecarios sabe que existe esta colección? Y eso que entre los autores reunidos hay alguno con renombre (me refiero a Rafa Marín).

Uf.

¿Estoy ante un pestiño? Ni idea. La mejor manera de responder esa pregunta es sumergirse en los relatos. Y a eso voy.

Procedo a desgranar lo leído, relato por relato.

  1. La cosa empieza con ‘La noche era eterna’, de So Blonde. Como quien dice, la primera en la frente: la sexta de mis reglas de escritura saltando por doquier. Eso me desconcentra: me encuentro reescribiendo las frases a medida que me topo con más y más ‘seres’. No lo puedo evitar. Entiendo, o quiero entender, que la repetición de estructuras sintácticas (sobre todo al inicio de párrafo, y quien lea el cuento sabrá de qué hablo) se trata de un ejercicio de forma, una especie de anáfora. Salvando el tema del estilo el cuento avanza con soltura, dibujando bien la situación. Se perciben bien los sentimientos del inglés. Quizá demasiado bien: luego explico a santo de qué digo esto. Algunos datos (el modelo de revolver, el año y la localización, por ejemplo) me sobran dado que su introducción me parece forzada. En eso me chirría mucho el ejemplo del tipo de revolver: casi parece que la autora ha corrido a internet a buscar qué armas usaban los ingleses en esa guerra y ha soltado, tal cual, el nombre del artefacto de marras tal cual como venía en la página web. Pero se trata de una pijotada mía: ni caso. Pero ya me parecen más graves dos defectos argumentales que he visto. El primer de ellos se refiere a la manera de dibujar la psique del protagonista, y cómo eso luego salta en mil pedazos al hacer lo que hace: ¿qué le lleva, así de repente, a lanzarse al cuello del engendro? A lo largo del cuento se dibuja muy bien su psicología: un chico normal, rebelde, que ha visto cómo la guerra entre en su vida y le arrasa. Todo ello se aprecia tan bien que no encaja, ni de lejos, que pueda llegar a realizar ese acto. A ver, que se trata de persona culta (enfermero que demuestra poseer conocimientos de anatomía) de buenas a primeras se lanza al cuello de algo que él mismo sabe que dista mucho de considerarse normal. Comete una especie de acto de canibalismo sin aparente objetivo: cuando lo hace no sabe si va a conseguir algo al beber esa sangre; lo más lógico hubiera sido que le pegara un tiro en el corazón y se librara de la amenaza. Pero no, en contra de toda lógica, chocando con todos los pensamientos (racionales y emotivos) tan bien desgranado en las páginas previas, le desgarra el cuello y bebe. Vamos, lo más normal del mundo. El otro defecto gordo: el enfermero le pega un tiro a la criatura (la mata), luego llegan los de su bando para salvarle… y ale, elipsis y estamos en retaguardia. A tomar por culo. ¿Qué ha pasado con el cadáver del bicho? ¿No lo ha visto nadie? ¿A nadie le ha llamado la atención encontrar (junto a un Fritz drenado) una criatura con una morfología tan extraña que ‘se mueve como un insecto’ aunque tiene algo de humano? Sí, sé que entrar en ese detalle le supone a la autora lanzarse de lleno en un cenagal. Resulta mucho más cómo dejarlo así, en el aire, a ver si cuela y nadie se da cuenta de ello. Pero dejémoslo claro: ella, y sólo ella, se ha metido en el embrollo. El cuento se lleva un muy justito 5. Hay que darle más vuelta a las ideas antes de plasmarlas en palabras.
  2. Ahora llegamos a ‘El puente zuazo’, de Montiel de Arnáiz, y la cosa mejora. Bastante, mejor bastante. El cuento, de nuevo ambientado en una época ‘histórica’, posee una ambientación menos forzada. A media lectura uno ya sabe de sobra dónde y cuándo está (sólo he visitado el sur una vez, y a tal edad que sólo tengo dos recuerdo: la catedral ruinosa con las mallas en el techo de la bóveda y los bichos negros que pululaban en el colchón de la pensión gaditana donde nos alojamos. Vamos, que tengo una impronta perfecta de la ciudad de la tacita: decrepitud y ladillas). Pero con unos conocimientos muy básicos de Historia de España uno acaba inmerso con facilidad en la historia. No hace falta saber lo que es el Puente de Zuazo para acabar inmerso en la narración. Admito que jugar con estos detalles reales (se nombran varios más, como el Caño de Sancti Petri, la Isla de León o Diego de Alvear) no sólo hace que un relato me guste, sino que le da un toque de madurez y seriedad que agradezco sobremanera. Se no que el autor se ha trabajado la ambientación, al menos en un mínimo que mucho relato ‘actual’ no tiene. La narración está contada con un estilo bastante rápido, a veces demasiado. Me explico el fallo formal más destacable es el de la inserción de diálogos, incrustados dentro de la prosa: esa manera de introducirlos nunca me ha acabado de gustar, me da la impresión que el autor no sabe usar los diálogos y recurre a ese método para salir del paso. Por lo demás, en cuanto a lo formal, no tengo más que decir. Sin embargo en el fondo hay algo que sí que me sobra, y mucho: el final. A mi entender chafa la historia. Me da la impresión de tratarse de ‘le explico al lector lo que ha pasado y le sitúo, por si se ha perdido’. Me sobra, me sobra del todo. Más aún, el regreso del Hombre me parece exagerado, sobre todo teniendo en cuenta la escena final (o con la que, a mi gusto debería acabar el cuento), la del puente. Llegados a ese clímax un lector con unas luces mínimas sabe de qué va la vaina, quien es el Hombre, qué le va a pasar al Hombre, dónde y cuándo están. De hecho yo hubiera prescindido de los párrafos finales, e incluso del hombre, para centrarme en… no lo diré: no he escrito yo el relato. En definitiva, un relato notable que se merece un 7. Y eso que ya he dicho que no me gusta que un editor se autopublique, pero al César lo que es del César.
  3. David Hernández nos presenta su ‘El despertar del monstruo’, un relato que por desgracia desmerece al anterior. Peca de manera irritante en la sexta regla, y de paso incide también en la quinta. Vamos, que en lo relativo a la forma me ha resultado desagradable. Para más inri lo contado no me ha enganchado en ningún momento. Tópico, mal resuelto, sin gancho, apenas llega a un 4.
  4. El cuento ‘No me dejes’ (Bea Magaña) me ha dejado, y nunca mejor dicho, un gusto agridulce. Pero con un resto más amargo que dulce, por desgracia. Narrado de manera eficiente, aunque sin florituras, lleva a al autor a través de la historia sin excesivos defectos formales. Leí Salem’s Lot hace más de veinte años, por lo que seguro que aparte de la casa y Barlow se me han escapado muchos detalles. ¿Quizá la referencia al solar, o las fechas de la semana? ¿El cuento se ha basado en la novela tanto como para exigir su lectura para comprender todo? Lo ignoro, y a estas alturas no voy a ponerme a leer esa novela. Así que no valoro, ni en un sentido positivo ni negativo, la relación con la obra de King. Desconcierta un poco la manera en que se trata el rol de protagonista: durante el primer tercio del cuento crees que es el marido y de repente te das cuenta de que ahora la narración se olvida de él y se centra en la mujer. No puedo negar que eso me ha mosqueado un poco, pero tampoco le he dado mucha importancia. Lo que sí que me ha cabreado, y mucho, es el supuesto clímax: tramposo es poco. Torticero, sacado de quicio, irracional. No puedes llevar al lector durante todo el camino por un sendero, trazar ese camino de una manera muy clara, y en los últimos cinco párrafos contradecirte a ti mismo y salirte con justo lo contrario. No, señora Magaña, no. Esa sorpresa final se carga lo que el primer protagonista narra en su parte. Pero lo malo no es que se lo cargue, sino que lo hace sin dar ninguna argumentación, ni siquiera velada. La sorpresa por el mero hecho de la sorpresa. No. Por todo ello, por ese gusto agridulce, debo otorgarle un 5.
  5. Ahora me topo con el cuento de ‘el hombre famoso’ incluido en la compilación. Gran parte de los que hayan llegado a esta página sabrán quién es Rafa Marín, así que no voy a repetir lo que un buscador puede brindar. La lectura de ‘Un ligero sabor a sangre’ me deja un poco desconcertado: ¿Marín se ha meado en los compiladores entregándoles esta basura, se trata de un cuento viejo que ha encontrado en un rincón polvoriento de sus archivos, o qué? No se trata sólo de un pastiche: es un pastiche malo, mal escrito y peor argumentado (peca del mismo defecto defecto que ‘No me dejes’, sólo que esta vez cometido por alguien con demasiadas tablas como para que se le perdone el pecado). Como chiste entre borrachos (literatos borrachos, quiero decir) quizá tendría un pase. Pero si con esto ha pretendido darle un aire de ‘mira, que en mi compilación hay un autor famoso’ se ha reído a la cara a los editores. Triste, muy triste. Esta cosa (me atrevería a llamarlo regalo envenenado) apenas se merece un 3, y sirve para hundir aún más mi pobre impresión en relación a Marín. O eso o que, como ya he dicho muchas veces, llevo muy mal le humor en la literatura: para mí no puede haber lectura más indigesta que una humorística.
  6. Con ‘La máscara del vampiro’, de Luis Guillermo del Corral, no pienso gastar palabras. Sólo leyendo el primer párrafo ya me dieron ganas de pasar del cuento. Se merece un comentario calcado al de David Hernández y su ‘El despertar del monstruo’, pero con los defectos todavía más acentuados. Un 2, nada más.
  7. Con ‘El buen hermano’ de Eduardo Formanti Llorens casi decir tres cuartas de lo mismo. Relato lleno de defectos tanto en el fondo como en la forma. Tópico hasta decir basta (me recuerda a una partida mala de Vampiro), que quizá guste a los fans de Crepúsculo. No puedo darle más que un 2.
  8. Sin embargo debo decir algo diferente de ‘Los ausentes’ (Rain Cross). A ver, hay que aclarar que estamos ante un relato fallido. Pero no como los anteriores (por la torpeza y falta de profesión de los plumillas) sino porque ‘Los ausentes’ está pidiendo a gritos más extensión, más palabras. Parece constreñido, carente de espacio. Esa falta de páginas queda patente, y de una manera poco menos que dolorosa, en el apresurado final. Una pena: un texto que se ha echado a perder debido a la extensión, y que con un doble (y mejor triple) de palabras hubiera ganado mucho más. Le debo otorgar un 5.
  9. Como si de una ola se tratase, la recopilación remonta tras una zona baja. El cuento ‘El cazador de papel’, de Aniel Dominic, entra dentro de ese subgénero metaliterario en el que los libros se convierten en protagonistas. Admito mi debilidad ante este tipo de temas. El cuento se lee de manera agradable, aunque con ciertos problemas de lógica (como por ejemplo la manera en que se pone sobre aviso a la hermana: ¿no se le ocurre a la chica pensar que no es normal que, así porque sí, le llegue el diario de su hermano?), llevando a un final interesante. La forma no chirría tanto como para resultar molesta, lo que ya supone una victoria frente a otros relatos leídos. Se lleva un 6.
  10. Con ‘Sepultura’ (Nieves Delgado) la compilación entra en un terreno más maduro. Este cuento se basa sobre todo en los diálogos, creando una escena en la que se toma el pulso mediante sus palabras a un grupo de personajes. Apenas hay descripciones, quedando el peso de la narración en las líneas de diálogo, algo que suelen rehuir los escritores principiantes. Pero en esta ocasión la autora sale triunfante del desafío, creando una historia que, si bien algo tópica (resulta muy difícil sorprender cuando se trata a los vampiros), se lee bien. Aunque más que historia se la podría describir como anécdota, una nimiedad. Sin embargo esa nadería (una especie de prueba de iniciación) al estar bien narrada consume una cantidad de palabras similar al de otras historias que narran muchos más hechos. Se merece un 7.
  11. El cuento de Roberto García Cela ‘Tú dispara, que yo corro’ empieza de una manera no muy frecuente, al menos en lo relativo a lo formal: diálogo casi puro, casi sin descripción alguna. Pero por fortuna eso diálogos están bien hilvanados, permitiendo ver la escena a través de ellos. Llegados a la mitad del cuento el estilo varía hacia uno más tradicional (descriptivo), y es ahí donde la temática, lo que narra, de verdad engancha. No voy a decir nada más del cuento dado que arruinaría una lectura interesante. Otro 7 para el primo lejano de Cela.
  12. Con un título como ‘Un extraño en Dark Creek’ el cuento de Sergio Fernández A. sólo podía pertenecer al western. En efecto, no encontramos ante un cuento ambientado en un viejo oeste donde el mal, sin embargo, proviene de Europa. La narración, al contrario que por ejemplo con el cuento de Nieves Delgado, fluye muy rápido. Va directo al grano, lo que hace que no acabe de enganchar. Además uno parece estar leyendo la versión escrita de decenas de pelis de vaqueros: no hay nada que sorprenda. A medida que el lector avanza va deseando encontrar el giro de guión, la sorpresa que justifique la lectura. Pero llega al final y… nada. Nada de nada. O como se diría, nada nuevo bajo el sol. Lo siento, pero no se merece más que un 4.
  13. Hay algo en ‘Ecologismo’ (de Alicia Pérez Gil) que me ha impedido conectar del todo con lo narrado. De alguna manera las descripciones, la manera de avanzar con esos diálogos casi cortados a machetazos, no me ha dejado ver las escenas. Este relato también adolece del omnipresente ‘ser’. A estas alturas de la recopilación ya debería hacerme una idea de que ese defecto formal me lo voy a encontrar en muchos textos, pero eso no quita que se me haga molesto: me cuesta horrores desactivar el ‘chip corrector’. El cuento intenta mezclar las circunstancias personales de la protagonista con la situación anómala de su trabajo, pero ambas no acaban de encajar quedando –a mi gusto– demasiado disjuntas. El último párrafo casi parece un anticlímax: se podría haber resuelto de una manera mucho menos prosaica. Pero aun con todo al relato le pongo un 5.
  14. Al empezar a leer ‘El tesoro de Winston J. Shepard’, de Antonio González Mesa, uno no puede evitar recordar el libro de Stocker. El estilo epistolar, ahora algo anticuado, siempre aporta una visión personal que bien llevado puede conseguir una ambientación de terror poco menos que perfecta. Sin embargo a estas alturas, cuando ha pasado bastante más de un siglo desde la obra de Stocker (y con el legado de Lovecraft aun vigente) ese estilo puede resultar una trampa. Y por desgracia ese aire de ‘esto ya está contado’ avanza el relato. Nada nuevo bajo el sol, un calco de lo contado una y mil veces en el tema clásico de los vampiros. De nuevo nos encontramos con una resolución simple, sin gancho ni giro final. Al tratarse de un texto narrado en primera no voy a entrar en valoraciones de estilo. En definitiva, se lleva un 4.
  15. Aparte de que la forma de ‘Los vampiros son ellos’ (Belén Peralta) deja mucho que desear, nos encontramos con algunos serios defectos argumentales. Uno de ellos, por poner un ejemplo, lo encontramos en que una vez dice que ‘se cría en la calle, a su antojo’ para unas páginas más adelante decir que lleva toda la vida encadenado de los pies. Por más que lo intenta no se logra dar un aire infantil, o de retraso mental, al texto. Da la impresión de que ha querido morder demasiado y se ha atragantado. La nota final, a mi entender, sobra por completo. De nuevo debo asignar un 4.
  16. En ‘Alfa y omega’, de David Cantos Galán, he encontrado el mismo fallo que en el cuento anterior: parece que en la re–redacción (o en el proceso de ajustado a la longitud) algunos detalles se han borrado de algunas partes del texto pero han seguido en otras. Así se explica que de repente se haga referencia a que ‘el sujeto antes había golpeado las verjas’, cuando en ningún momento se ha dicho nada de eso. Da la impresión de que la escena en que las golpeaba se ha eliminado por completo de la redacción final, pero sin embargo ha quedado esa referencia perdida. Otro fallo lo tenemos en el protagonista: su personalidad y manera de actuar (confiada hasta extremo casi infantil) no encaja con el trasfondo que se describe de él (fogueado y experto). Entiendo que el autor ha querido mostrar cómo alguien sabio acaba cayendo una trampa provocada en su excesiva confianza, pero no lo veo en el texto: necesitaría más desarrollo para poder palparse ese hundimiento. Además, como en otros relatos, nos encontramos con una resolución coja, blanda, sin ningún gancho ni giro final. Seguimos apuntados al 4. El texto que está tachado ahí arriba forma parte de la primera redacción: tras el comentario del autor (muchas gracias, David) elimino y reajusto nota. Ahora se lleva un 5.
  17. Bueno, ‘Ruptura sangrienta’ (Rubén Giráldez González) tiene bastante, por no decir mucho, de humor. En otras circunstancias eso hubiera supuesto un handicap, pero tras los últimos relatos me ha resultado agradable. Aunque el cazavampiros se revele como un absoluto cretino incapaz de darse cuenta de que tiene la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. Bueno, que me ha divertido, lo que le hace merecedor de un 5.
  18. El inicio del cuento ‘El bolígrafo de plata’, de Yolanda García Ares, sólo lo puedo describir como farragoso. Frases confusas, demasiado enrevesadas. La idea de vampiro-sombra se me hace muy atractiva, inquietante y original, pero por desgracia el estilo se convierte en una rémora. El relato avanza y, si bien hay escenas interesantes (como la forma en la que descubre el corazón de la sombra), la manera de describir pesa demasiado. Lo bueno (el original concepto de vampiro, así como la manera en que interactúan víctima y agresor) con lo malo (ese estilo demasiado enrevesado, que además sufre de un exceso de ‘seres’ y de ‘mentes’) quedan equilibrados, llevándose el cuento un 5.
  19. El nivel desciende mucho con ‘El vampiro de Lódz´’ (Fran Chaparro). El texto está narrado con suma torpeza, plagado de frases hechas, adjetivos manidos, expresiones torpes y el lógico abuso de los verbos comodín. Peca del mayor defecto posible en esto de la narración: mucho contar pero nada mostrar. En la redacción incluso uno se encuentra con frases que carecen de lógica y no se sabe cómo agarrarlas: ‘Siempre tras morderles en el cuello y sorberles la sangre –la vida–, las violaba; antes, durante o después de acabar con ellas’. Empeñado en el contar, no mostrar, el relato se acaba hundiendo en un pozo del que el lector sólo puede escapar cuando pasa de página y llega al siguiente cuento. Éste sólo se puede llevar un 3. El autor necesita muchas, pero muchas más tablas.
  20. Seguimos con un mal nivel de mano de ‘La otra bitácora del Deméter’, de Alejandro Morales Mariaca. Texto en extremo torpe, con pasajes que de incongruentes rozan lo demencial. No se nota el espíritu marinero que por ejemplo hay en las obras de Hodgson: todo parece artificioso, exagerado y demasiadas veces fuera de lugar. No basta echar mano de una de las escenas más potentes de Drácula de Stoker para conseguir que funcione un texto. Además el estilo, torpe y chusco, a veces da la impresión de tratarse de que en origen se ha escrito con lenguaje sudamericano pero que luego se ha pasado, sin éxito, a un estilo neutro. Lamento tener que ponerle un 3.
  21. Por fortuna la cosa mejora, y mucho, con ‘Selección laboral’ (de Korvec). Hay algo de abuso del verbo comodín ser, junto a algún que otro defecto que describo en mis reglas, pero… el texto posee un ritmo y un saber hacer (aunque de manera algo rudimentaria) que ya le gustaría a los textos anteriores. Hay un detalle que me ha llamado la atención y que no he llegado a comprender: la oleada de ratas ¿huye o busca algo? La primera vez que la describe, y a lo largo de gran parte de la escena, me da la impresión de que huyen; pero cuando llegamos al colofón, con ese juego de cambios de dirección, creo entender que no están huyendo sino buscando lo que encuentra el protagonista. Ojalá algún día me lo explique el autor. El final falla (se podría haber logrado algo menos apresurado, menos simplón) pero aun así deja buen sabor de boca. Se merece un 6 y mi enhorabuena a un autor que si quiere, si practica y se esfuerza puede dar que hablar.
  22. La calidad del cuento anterior por desgracia hay que considerarla un espejismo tras el cual volvemos a adentrarnos en el desierto. De ‘Y al sonar de las trompetas’ (Jesús López Chaparro) sólo podemos decir que se trata de un texto torpe, muy torpe. Plagado de expresiones tópicas, con escenas mal llevadas y nulo sentido de la tensión. Por no hablar de que no muestra, sino que se limita a contar, y a hacerlo sin gracia. Uno acaba mareado ante la resolución de las escenas. Hay detalles que pretenden justificar ciertos detalles de la trama, pero que se revelan como un nuevo despropósito. Por ejemplo el tema de la palanca de cambio sin cabeza y afilada: sirve para hacer que el protagonista se haga una herida en la mano, ésta le sangre y la criatura se pegue a la ventana. Ahora pensamos un poco y… ¿quieres decirme que lleva conduciendo todo ese tiempo con la palanca de cambios así de mal? Lo lamento pero de nuevo tengo que poner un 3.
  23. Si hay algo que agradecer a ‘Madre’ de Francisco José Palacios Gómez eso es el tratar de huir del vampiro clásico. En su lugar ha planteado un escenario que hereda bastante más de Lovecraft que de Stoker. El horror proviene de las estrellas y posee tal poder que la humanidad poco puede hacer ante él. ¿Nos suena, no? Pues sí, un ligero toque de horror cósmico nunca viene mal. A eso hay que añadirle que me ha recordado un poco a Soy leyenda de Matheson, libro que adoro. Sólo por eso, por hacerme recordar esa obra, ya agradezco la lectura. El estilo mejorable pero no por ello molesto podría recibir un comentario muy similar al de ‘Selección laboral’. Un poco más de tablas y seguro que queda algo muy digno. El pero lo tenemos, otra vez, en un final mal resuelto: los relatos cortos, al menos desde mi punto de vista, deben poseer un final chocante, que deje al lector trastocado. Un texto de extensión tan corta no debe poder diluirse y dejarte tan tranquilo. Aun así se agradece el cuento y le otorgo un 6.
  24. Admito que ‘Fluyendo en las ondas’ ( Javier Arnau) me ha dejado algo descuadrado. De entrada la deformación profesional me has hecho que me tome a coña (por no decir que me ha hecho sonreír) toda esa charlatanería del ordenador, las carpetas y el virus. Cuando ha soltado esa estupidez de ‘creo la excepción en el firewall’ a punto he estado de soltar una carcajada. Pero bueno, supongo que para alguien que no tenga mucha idea de ordenadores esa cháchara le resultará creíble: aceptamos pulpo como animal de compañía y seguimos. Como ya he dicho por aquí más veces, me agrada el intento de hacer meta–literatura. Sí, aquí la disección del mito de vampiro se queda (por decirlo de una manera suave) bastante en pañales. Pero para que este relato funcione tampoco se exige un árbol genealógico de los amigos vampíricos. Dejando aparte esto, debo decir que la sección del cuento que más me ha gustado (quizá por su estilo más clásico) es la ‘narrada’ por la entidad. Más allá de esa parte no le he encontrado interés al relato. Como intento de acercarse al mito del vampiro desde una perspectiva diferente me ha parecido interesante, pero nada más. Por ello le otorgo un 5. A ver si el señor Arnau profundiza más en ese escenario… pero que no caiga en la tentación de marcarse un Faby.
  25. El colmo del abuso del verbo ser lo encontramos en ‘Jauría’, de Estaban Di Lorenzo. A eso hay que añadir alguna escena poco menos que surrealista. La primera y quizá más chocante la encontramos al inicio del cuento: a uno de los protagonistas le toman por muerto y acaba en una bolsa de cadáveres. Despierta de su estado y se sienta. Hasta ese punto no se podrían plantear muchos peros. Bueno, para los que conocemos cómo son los sacos que se usan para envolver un cadáver (las modernas mortajas plásticas, o ‘bolsas’) sí que hay problemas, pero entiendo que no todo el mundo ha manipulado una mortaja. Lo incongruente de esa escena lo encontramos en el detalle de ‘se sentó’, sobre todo cuando unas líneas más adelante se le describe como un lisiado medular grave que tiene la mitad inferior del cuerpo paralizada. Toda una proeza sentarse estando dentro de un saco contando con una lesión medular. Pero bueno, dejemos de hablar de menudencias de un tiquismiquis como yo. El cuento está narrado con suma torpeza, sin duda por alguien al que le faltan todavía muchas, pero muchas tablas. Esperemos que para la siguiente haya mejorado. Mientras le tengo que puntuar con un 2.
  26. Y de lo peor pasamos a lo mejor: ‘Juanito el raro’ de José Reyero me ha parecido una auténtica delicia. Narrado de manera casi perfecta, el cuento se basa en un monólogo. Pero allí donde otros podrían fracasar el señor Reyero sabe darle al protagonista una voz que posee tal riqueza que no sólo no aburre, sino que invita a leer sin parar. Poco más decir de esta pequeña joya. Se merece un 8. Sólo impide que se lleve un 9 el final (sobre todo el último párrafo), que me parece demasiado traído de los pelos. Aun con todo hasta el momento, sin duda alguna, destaca sobre todos los demás. Enhorabuena al señor Reyero.
  27. No sé qué pensar del título de ‘Las vampíricas lágrimas de amor de Mike Chall-eco y Rebeca de Nylon’ (Rafael Sadoc). Supongo que los nombres forman parte de algún chiste privado, porque más allá de que se me hacen ridículos no les veo ni gracia ni sentido alguno. Pero dejando a un lado esas menudencias a mi gusto el cuento empezó mal, tan mal que estuve muy tentado de pasarlo por alto. Pero tengo la tonta idea de que, ya se tratara de un truño o de una joya, todo cuento publicado ha supuesto un esfuerzo para alguien y por tanto se merece el mínimo respeto de leerlo. O al menos de intentarlo. Al tratarse de un cuento tan corto hay que leerlo. Su extensión tan reducida sirve para algo: demostrar cómo el abuso de epíteto se puede cargar un texto. Epítetos por todas partes, implacables, asfixiantes, anodinos o incluso inapropiados. No se puede poner por norma los adjetivos delante de los nombres, o al menos no de esa manera tan machacona. Tema aparte, lo narrado: quizá a otra gente le atraiga ese tipo de historias; a mí me repelen. Con todo ello se lleva un 3.
  28. ‘Ravenous, phantom der nacht’, de Israel Santamaría Canales, entra en la misma categoría que ‘Jauría’, ‘Y al sonar de la trompetas’ y otros cuentos ya reseñados. Torpe, plagado de defectos formales, se limita a contar lo que pasa (y además de una manera no directa sino aturullada). Leyéndolo casi da la impresión de estar ante un borrador escrito a vuelapluma, sin repasar nada, sólo anotando ideas que luego habría que trabajar. Antes de acabar quiero volver a decir algo que ya he dejado caer en otras reseñas: ¿por qué el uso de nombres extranjeros? ‘Ravenous’ como tal no aporta nada al cuento. Y eso sólo hablando del nombre del vampiro. Lo de ‘phantom der nacht’ ya me ha parecido mucho más que fuera de lugar. ¿A santo de qué viene eso en alemán? ¿Quiere emular a Chris Pohl con sus ñoñerías vampíricas alemanas o qué? Sobra, sobra del todo. Lo siento, pero debo ponerle un 2.
  29. Y seguimos con montaña rusa, esta vez subiendo con ‘La reina niña’ de Javier Fornell. Un relato que, salvando detalles estilísticos puntuales, posee una calidad similar a ‘Juanito el raro’. Sí, el registro no tiene nada que ver, pero se nota que el señor Fornell tiene idea del manejo del idioma y de cómo hay que aplicar el ritmo. Buen cuento, que se lleva un muy merecido 8.
  30. Descendemos de la montaña rusa con un texto medianito. Esa noche salí con mis amigas (Guadalupe Eichelbaum) pretende sensibilizar al lector buscando mostrar un aspecto humano de la criatura, pero que por desgracia se queda a medio gas. Algo en el texto no me ha acabado de enganchar. Se me ha hecho no solo demasiado telegráfico (contar en vez de mostrar), sino dotado de cierto aire a tópico, a melodrama. Supongo que de nuevo no entro en el lector objetivo de este tipo de historias. Pero, a modo de anécdota, decir que las frases iniciales pesan demasiado. Sobre todo la relativa a ‘lo que se repite todas la noches’: se me ha hecho obvio el final. Entiendo que ese tipo de recurso (la referencia cíclica para enlazar inicio y desenlace de un cuento) se suele usar para dotar de consistencia y aire obsesivo al texto a base de reiteración. Admito que a mí mismo me gusta usarla: mazazo tras mazazo al lector a base de anáfora. Pero a veces ese recurso se puede volver en tu contra, haciendo obvio el camino que vas a seguir. Me enrollo. El cuento además posee el ya típico defecto del exceso del ‘ser’ (con diferencia el problema que más cuesta eliminar), pero para resumir decir que se merece un 5.

Coño, que llega el filo de la media noche y tengo que acabar la reseña. Ale, allá vamos.

Para resumir, una recopilación irregular. Contiene textos muy dignos, incluso sobresalientes, junto a otros que… no, pues no. La nota media final, muy engañosa por esa diferencia tan grande de calidad de los textos, queda con un 4’6 4’63 un poco triste. Pero por favor, que ese número no haga olvidar textos como los de Montiel de Arnáiz, Nieves Delgado, Roberto García Cela, Javier Fornell o José Reyero.

Un saludo.

AA. VV. – Historias del dragón

Hola, ofidios.

No tengo ni idea de cómo llegó a mis estanterías este libro, pero sin duda no me lo compré. ¿Un regalo de alguien? Pues no lo sé, la verdad. Pero la cosa es que lo he agarrado.

Al parecer, si no me engaña eso del #FFF, se trata de una edición para el Festival Fantástico de Fuenlabrada.

Aclaración: sí, leyendo la nota final del libro me queda claro que es para ese festival, y entiendo que en su edición de 2013.

El relato ultracorto, microcuento, nanocuento o como que quiera decir es un estilo que, salvo para concursos (por eso de que se leen muy rápido, lo que facilita la selección de textos), en España casi ni existe. Si el cuento está desprestigiado frente a la novela, lo de estos apuntes narrativos ya roza lo subterráneo, quedando para fanzines y similar. Y pensar que uno de los grandes del microcuento se estudia (o se estudiaba en mis tiempos) en el instituto: las greguerías de Ramón Gómez de la Serna no dejan de ser microhistorias de brevedad extrema. Este tipo de textos no dejan de poseer cierto parecido a otras microcreaciones que si no me equivoco en España todavía apenas se conocen: los haikus.

Como el intento de escritor que fui hace tiempo yo mismo he practicado todo eso, tanto la greguería como el microcuento y el haiku. Quizá con esa experiencia de que sé lo que supone esto de la microcreación (lograr que en un espacio ínfimo lograr no sólo enganchar al lector, sino llevarle por un camino concreto para, llegados a final, desconcertarle) he leído con mirada en especial crítica los cuentos de Historias del dragón.

AA.VV. - Historias del dragón

AA.VV. – Historias del dragón

Que la compilación esté presentada por Carlos Sisi se ajusta a un intento de darle tirón comercial al producto. Algo que en mi caso, y en aras de lo único que he leído de ese autor, poco éxito tiene. No voy a hacer que esa presentación lastre el contenido. Al fin y al cabo los 109 textos recopilados puede que tengan poco o nada que ver con Sisi.

Lo dicho, he leído los 109 textos con el ojo crítico del que se ha peleado (lápiz y papel en blanco) con este estilo de creación. Al empezar me puse una cifra como umbral de valoración: que un 10% del contenido tenga una calidad media–alta. Eso deja un 90% de falta de originalidad, mediocridad y morralla, siempre desde mi punto de vista.

No voy a hablar de lo malo: entre los nombres presentes en la compilación sin duda hay mucho aficionado o principiante. Ellos tienen por delante todo el tiempo del mundo para mejorar y madurar. Les animo a perseverar.

Pero debo resaltar los textos que a mi gusto más me han llamado la atención.

  1. ‘Inocencia’, de Joe Álamo, encaja poco más o menos en mi idea de lo que debe tener un microcuento standard: visual, directo, introduciendo al lector en una escena concreta con agilidad pero sin caer en lo simplón, y con un final que rompe la línea del cuerpo del texto.
  2. Con ‘Pléyone y Atlante’, de Helen C. Rogue, me da la impresión de que algo se me escapa. He tenido que navegar para descubrir la historia de los protagonistas. Me gusta eso de que se usen palabras o conceptos que con su mera mención ya aporten toda una historia. Aunque luego la mención final a la guerra en el Olimpo me descuadre. Y sin embargo me deja buen sabor de boca.
  3. ‘La niña perdida’, de Francisco García Jiménez, cuento dotado de un toque surrealista (en el sentido de lo macabro) que me ha gustado.
  4. ‘El extranjero’ (Daniel Garrido Castro) aparte de bien escrito posee un mensaje potente.
  5. ‘El milagro’ de Patricia Mejías, aunque entra un poco en el tópico tiene una idea e imagen de base potentes.
  6. Debo reconocer que me ha hecho gracia ‘Hombre y máquina’ (Salvattore Mon): tan humano como ridículo y real.
  7. Sabes que estás entrando en un juego del engaño, pero aun así sigues. Bien. Hablo de ‘La primera vez’, de Montse N. Ríos.
  8. De ‘La grieta’ (de Sergio Pérez-Corvo🙂 debo decir que siento cierta afinidad hacia él dado que relato posee un estilo muy similar al que yo usaba.
  9. ‘El último caminante’, de Aitziber Saldias, con una mejor redacción–puntuación (el texto más repartido en párrafos, por ejemplo) entraría entre los mejores del libro. Bueno, de hecho al aparecer en esta lista ya está entre ellos.
  10. Respecto a ‘Guerrero de Marte’, de Ramón Dan Miguel Coca, sólo puedo decir que esa tontería (por inocente y juvenil) me ha hecho mucha gracia, lo que ya es mucho.
  11. Acabamos con ‘Reloj, tiempo y olvido’, de Valjean, un cuento que demuestra que un simple y buen diálogo lo puede decir todo.

Un par de cosillas más. Los relatos ‘Caernhenn’ (Víctor Conde) y ‘Victoria contra los desahucios’ (J. J. Castillo) puede que tengan algo similar a ‘Pléyone y Atlante’, que jueguen con referencias concretas. Pero si existen no he sabido/podido encontrarlas, lo que los convierte en fallidos. Pero ojo, que es muy probable que el fallo esté en mí, por ciego y torpe.

De las ilustraciones me han gustado ’Contigo y los otros’ de Sebastián Cabrol (muy a lo Cosa del Pantano, con un aire muy profesional), ‘La mala mujer’ de Guiomar González (infantil pero potente), ‘Ventanas de la percepción’ de Marlene Llanes (con ese ligero toque Escher), ‘Noche lluviosa’ de Hugo Salais (quizá la culpa la tiene esa escolopendra que no lo es, pero algo me obliga a mirar el dibujo de vez en cuando) y ‘–¿Qué hacen? / –Me están mirando’ de Soraya Santamaría (todo un nanocuento en sí mismo. Perfecto).

Haciendo un poco de estadísticas, si yo esperaba encontrarme un 10% de relatos satisfactorios (unos 11, redondeando al alza) el número final asciende a ¡once! Eso hace un porcentaje de un 100% sobre el mínimo esperado. Mis felicitaciones a los nombrados y ánimo a los no nombrados (entre los que se encuentran varios nombres famosos, demostrando que esa fama no va acompañada siempre de buenos textos), a seguirlo intentando.

Un saludo.

Ramsey Campbell – Nazareth Hill

Hola, culebras.

De nuevo le doy un poco al maestro Campbell. No voy a negar que la última lectura suya me dejó mal sabor de boca. Pero entiendo que no toda su obra puede igualar el nivel de Imágenes Malditas, La secta sin nombre o El sol de medianoche.

Empecé a leer esta novela con la sombra del juego y película de nombre similar, Silent Hill, rondándome. El paralelismo se iba acrecentando en mi mente a medida que se acumulaban algunos detalles: el fuego como elemento de cierto peso en la historia, la presencia de la casa (similar a la de la iglesia en le película), la aparición, que en algo me recordaba a las que se ven en la película. Incluso la manera en la que Campbell juega entre lo real y lo imaginario.

Pero llega un momento en el que esa posible relación desaparece y tenemos a un Campbell puro.

Ramsey Campbell - Nazareth Hill

Ramsey Campbell – Nazareth Hill

El estilo agobiante, visual y muy atmosférico, típico del inglés se apodera de la novela. Gracias a él acompañamos a la protagonista en su descenso en espiral hacia la locura y la soledad, ambas descritas de esa manera tan íntima que sólo puede hacer Campbell. Ante nosotros pasa una amplia panoplia de personajes secundarios. A mi entender el autor se vuelca de manera quizá excesiva en los vecinos, llegando un momento en el que casi hace falta llevar una lista de ellos. Pero por fortuna al cabo de un tiempo se queda con unos pocos. Con ellos como decorado contra el que enfrentar la degradación de Amy,  Campbell se centra en la chica y su padre, enfrentando la mentalidad juvenil y asustadiza de ella y la cada vez más obsesiva y puritana de él. Entre ambos, como especie de entrometido y a veces convidado de piedra, está Rob, el novio de la chica.

La desesperación, la rebeldía y la confusión de la chica, teñidas por el temperamento de la adolescencia, están llevadas de manera realista: sólo hace falta haber tenido a una hija en esa edad para conocer muchos de los diálogos y poco menos que hacerlos propios. En ese carácter destaca la obra: no se trata de un cuento de espectros al uso, aunque sí los haya. El libro se centra sobre todo en la necesidad de una adolescente de reivindicar su personalidad y su espacio. No es una niña, por mucho que su padre la tenga por eso: exige que se la tenga en cuenta como una adulta. Incluso cuando habla de lo que ve, algo que nadie más que ella parece apreciar. La afirmación de una personalidad adulta, exigiendo que se la tenga en cuenta como tal, frente al pasado infantil y fantasioso (y por tanto algo a tener menos en cuenta).

El juego entre lo que ve y lo que cree se va enredando hasta el punto de que el lector, y la propia protagonista, duda de sus percepciones. A los dos tercios del libro da la impresión de que no estamos ante un libro de aparecidos, sino ante uno en el que una chica adolescente se enfrenta a la mismísima locura (mundana, cruda y trágica). ¿Cuánto de lo que ve existe de verdad y cuánto tiene su origen en su mente atormentada por el recuerdo de algo que creyó ver de niña, una madre muerta de manera trágica, un padre ultrarreligioso y sobreprotector?

El lector navega entre esos dos mares (locura frente a horror sobrenatural) sin saber a ciencia cierta en cuál de ellos acabará sumida la protagonista, si no en los dos. A lo largo de la novela Campbell no da pistas, sólo suelta un golpe tras otro hundiendo más a la protagonista y al lector en esa sima. Un claro acierto.

Sin embargo no todo son detalles positivos en la novela. Si algo se pude decir de Campbell eso es que cuida muchísimo los detalles, tejiendo ambientes y atmósferas como nadie. El horror, el vértigo de la desesperación de palpan a lo largo de la historia, creciendo a medida que se acerca el desenlace. Pero a veces las descripciones resultan tan prolijas que agobian. Campbell hincha las páginas con detalles excesivos que más que ayudar a dibujar despistan al lector. Y, de forma incongruente con eso mismo, la auténtica protagonista de la novela (la casa) no acaba de estar bien definida. La describe muchas veces pero lo hace de manera incoherente: las dimensiones (tanto del edificio como de la parcela en la que está erigida) no acaban de encajar: a veces parece que está en medio de un enorme solar vacío, mientras que otras da la impresión de que sus muros están justo sobre la calle, encima del mercado. Ignoro si el autor deseaba de verdad dar esa impresión, pero a mi gusto resulta fallida.

Entre los detalles que a alguno le disgustará, pero que a mí no me preocupan, está la ya clásica vaguedad o indefinición de algunos detalles. ¿De dónde sale el poema de Hepzibah? ¿Cómo llega al libro de Amy, si es que de verdad llega? O la manera en la que se crea el vínculo entre la chica y la presencia… Campbell usa un método muy lovecraftiano para tratar de empezar iniciarlo (típica lectura de un diario) pero, de nuevo al estilo del de Liverpool, queda sin definir. Ni falta que hace: las emociones que en torno a ello se dibujan ya tienen suficiente vida como para poseer entidad propia, aunque su fundamento sea irracional y/o subconsciente.

A esos defectos de forma ayuda poco, por no decir nada, la traducción. Poco voy a hablar de ella. Sólo diré que la edición que he leído está editada por La Fábrica de Ideas. Punto. Quien haya leído más reseñas mías de libro de esa editorial ya sabrá por dónde van los tiros. Más de lo mismo. Ya me hago a la idea de que todos los saldos de esta gente están saldados por eso mismo, por tratarse de ediciones chapuceras (y a saber si irrespetuosas con el autor y su obra). Pese a la traducción, pese a la puntuación a veces aleatoria, pese a las erratas, pese a las frases mal construidas, el libro (por su contenido, su fondo) se puede leer. Aunque, todo hay que decirlo, a veces uno piensa ‘¿de verdad está tan mal traducido, o es que Campbell ha escrito esto así de mal?’. La verdad, se me hace más creíble que esos numerosos pasajes en los que la vista se te va buscando el sentido a la frase tengan su origen en una torpe traducción más que alguien como Campbell, escritor afanado y con trayectoria intachable, no sepa crear frases. Una pena no poder leer inglés y así poder comparar.

De la portada mejor no hablar. Demasiado similar a la de El guardián de almas: dos imágenes sobrepuestas, una de ellas distorsionada.

Lo dicho, pese al empeño que parece poner la gente de La Fábrica de Ideas por destrozar el libro, éste avanza hacia un final soberbio y salvaje, una nueva muestra de cómo ese señor sonriente y con cara de no haber roto un plato está donde está. Por ello el libro se merece un 7, sobre todo por la manera de tejer esa asfixiante desesperación por reivindicar el yo de la protagonista. Un Campbell medianito: ni tan bueno como unos ni tan malo como otros. Y eso ya quiere decir que es mucho mejor que la media de autores de terror que te puedas encontrar por ahí.

Adiós. O hasta otra. O…

Jesús Cañadas – Los nombres muertos

Hola, ofidios.

Sigo explorando a escritores patrios. Quien lea este blog con regularidad sabrá los jarros de agua que me he llevado en mis últimas lecturas al pillar por banda a autores modernos con grandes números en cuanto a ventas, e incluso uno de ellos galardonado con el más importante premio español en el género fantástico. Si estos son los referentes apaga y vámonos.

Pero yo insisto: debe haber algo de calidad entre los autores actuales. Y esta vez le ha tocado a Jesús Cañadas (web oficial de este hombre) y su libro Los nombres muertos.

Por si alguien no lo sabe, desde que con doce o trece años descubrí Las montañas de la locura me he considerado fan acérrimo de Lovecraft y su obra. Por ello me sorprendió e intrigó este libro cuando vi su portada. Incluso lo tuve en mis manos. El que no lo comprara se debe a la más mundana de las razones, y que ya he dejado clara en los últimos tiempos. Pero hace unos meses conseguí un cheque de Amazon y… me lo gasté en esta obra. ¿Habría hecho bien en invertir el ‘dinero’ en apoyar a un autor español, máxime tras padecer las lecturas anteriores? Pues debo decir a las claras que sí, que la compra a resultado muy bien merecida.

Pero… siempre hay un pero.

Empecemos por lo bueno. Por una vez puedo decir poco malo en lo relativo a la forma: da gusto encontrarte con un autor que sabe juntar las palabras con criterio. Cañadas crea atmósferas, describe lugares y desarrolla diálogos con profesionalidad, sin caer en los defectos que ya he mentado decenas de veces. Además, si la página de datos de edición no engaña, Cañadas no ha recibido el apoyo de un corrector de estilo: esas carencias (a mi entender un claro indicativo de que los editores nos están arrojando a los lectores una serie de juntaletras disfrazados de escritores) se quedan para otros individuos. El señor Cañadas, él sólo, se basta y se sobra para tejer una historia que atrae tanto en la forma como en el fondo.

El libro sigue el esquema del serial por entregas: consta de fragmentos cortos, llenos de acción más o menos dinámica, culminados con esos anzuelos narrativos ahora llamados por la masa borrega anglófila cliffhangers. Estos ganchos se repiten casi por norma al final de cada sección narrativa, si bien algunos de ellos quedan forzados (e incluso injustificados), lo que hace pensar en que si se quitaran no se perdería el interés por una historia por sí sola atrayente. Pese a ello el efecto global satisface: parece que estemos reviviendo el esquema narrativo de las novelas por entregas de la primera mitad del siglo XX, ese espíritu pulp que tantas satisfacciones brindó a incontables lectores.

Y en este detalle, el de sumergirnos en esa época en la que Lovecraft ambientó el grueso de sus obras, el libro acierta. No por nada estamos ante un libro que tiene en la portada al mismísimo Lovecraft. Siguiendo con los guiños al de Providence Cañadas emula su estilo de escritura. A lo largo de todo el texto nos encontramos con descripciones llenas de esos adjetivos superlativos y arcaizantes que tanto le gustaban al maestro. Pero ese estilo ‘florido’ no sólo se queda en las secciones del narrador: aparece en la forma de hablar del propio personaje de Lovecraft, que Cañadas nos los presenta como un individuo dotado de una verborrea tan enfermiza que flirtea entre lo patológico y lo ridículo. A eso hay que añadir la mentalidad del personaje, una especie de erudito desconectado de la realidad y el tiempo en los que vive. Dado que no me considero ni de lejos un experto en la figura de HPL no puede asegurar en qué medida ese retrato del creador del terror materialista se ajusta a lo que leído. Sé de la mentalidad introvertida y retraída de Lovecraft, cómo la figura de su madre y sus tías le influenciaron hasta el punto de volverle poco menos que asocial, algo que demostró con su fracasado matrimonio con Sonia Greene. Pero, cierto o no el aspecto que le da Cañadas, se me hace como mínimo entrañable y me obliga a sonreír, algo que ya supone un avance frente a mis lecturas patrias previas.

Junto a la figura de Lovecraft nos encontramos, para deleite de mi persona, a otros nombres famosos como Robert E. Howard, Arthur Machen, Frank B. Long, cada cual retratado y dotado de una personalidad propia acorde a sus obras. De nuevo no puedo asegurar si de verdad Howard era un vaquero tan echado para adelante como aparece en la novela, aunque la manera en que murió me siembra las dudas. Lo mismo podría decir de la actitud juvenil de Long o la amargada de Machen. Junto a estos personajes aparecen otras figuras de la vida de HPL, como sus tías o su ex mujer, que en conjunto permiten hacernos una idea de la vida familiar del genio de Providence.

Junto a la inserción de esos personajes reales Cañadas no duda en sembrar el libro de decenas de otros detalles: lugares geográficos, detalles de ambientación, incluso simples frases o guiños (ese ‘Providence soy yo’) que hacen que el conocedor del mundillo del pulp en el que se desenvolvió Lovecraft disfrute como un enano. Y ahí está el pero que comentaba párrafos atrás: Los nombres muertos no es un libro apto para cualquier público. Más bien todo lo contrario: para poder sacarle todo el partido uno debe antes haber leído mucho (y cuando digo mucho quiero decir mucho) del Círculo de Lovecraft y sus antecesores. A eso hay que añadir la presencia de otros nombres famosos como Aleister Crowley o Charles Fort (el diálogo con Fort, digno del infame Iker Jiménez o del incluso más repelente y vergonzoso Enrique de Vicente, pierde todo su peso si no se sabe quién es Fort y no se ha leído o al menos conocido su obra). Alguien que agarre el libro sin poseer ese trasfondo con mucha facilidad se sentirá perdido, inmerso en una serie de guiños que con toda facilidad no captará, o ni siquiera llegará a adivinar que están ahí.

Inciso: como se verá en esta reseña no he metido casi ningún enlace que explique términos. Ese es el espíritu de este libro: o sabes de qué se habla o andas perdido.

¿Estamos ante un error del autor o del editor a la hora de brindar al público esta obra? No lo creo: el problema (por llamarlo de alguna manera) se limita a que el libro está orientado a un sector de público muy concreto. Ni más ni menos. Eso hará que sea recordado entre un grupo de lectores, y de igual manera quedará ignorado por el resto. Por fortuna me encuentro entre ese grupo reducido de los amantes de Los Mitos, del terror confeccionado con amenazas descomunales, procedentes de tiempos pretéritos y apenas vislumbradas, horrores para los que la humanidad no se diferencia de una miserable cucaracha.

Vamos, que me ha gustado. Y mucho. No digo que sea perfecto (tiene sus fallos, como por ejemplo el que algunas escenas se vuelvan demasiado confusas debido al excesivo intento de lograr que acaben ‘con gancho’), pero sí mucho mejor que los engendros leídos en los últimos díasTanto como para ponerle un 8. A ver si otros aprenden. O, mejor aún, desisten y abandonan en su penosa insistencia en llenar de pestiños las estanterías. Los lectores se merecen autores con estilo e ideas como Jesús Cañadas, no bárbaros juntaletras como… ya sabéis de quienes hablo.

A ver si un alma bondadosa me consigue El baile de los secretos, que me he quedado con ganas de más caña… cañadas 😛

Ea, ¡a Parla!

N.B.: acabo de descubrir que el señor Cañadas ha incluido en su sección de Reseñas un enlace a esta humilde página. Muchas gracias 🙂 Por añadirme y por permitirme pasar un buen rato leyendo el libro.

AA.VV. – Zombies 2

Hola, ofidios.

Pura matemática: tras el 1 llega el 2. Pero matemática natural, que ni siquiera la entera; ésta (junto a la racional, real y compleja) se la dejo a otros.

Dejémonos de chorradas.

Tras una lectura en general muy agradable, y recomendable, como ha resultado ser Zombies me he lanzado de cabeza a la segunda parte. Más relatos, más páginas, más autores. Más, más, más.

AA.VV. - Zombies 2

AA.VV. – Zombies 2

¿Merece la pena ese mogollón de ‘más’? Ale, a entrar en harina.

  1. Con el primer relato, ‘Solos, juntos’ de Robert Kirkman, ya empezamos de una manera muy diferente al volumen anterior. Si el cuento de Simmons me pareció de lo mejor de Zombies este ‘Solos, juntos’ no sólo resulta olvidable, sino que demuestra que Kirkman, más allá de guionizar, no sirve para la prosa. Relato de estilo chapucero, ese detalle se podría pasar por alto (al menos un poco) de no tratarse de la enésima historia de mismo desarrollo y trasfondo: supervivientes solos en un holocausto zombi (y con zombis a lo Romero) que ha empezado apenas unos meses atrás. Escenas vistas una y mil veces, dramas personales contados hasta la saciedad, un conflicto que lo ha sacado casi como calco de su exitosa serie de cómics… Nada nuevo bajo el sol. Uno más entre el montón. Un 5 rozando el suspenso. Y mucho me parece: esperaba algo más de Kirkman.
  2. Y seguimos con ‘La contraseña’, de Steven Barnes y Tananarive Due. Lo de ‘seguimos’ va con todo su significado: seguimos con la misma morralla nada original que leímos en ‘Solos, juntos’. No me voy a abundar este relato porque no se lo merece. Como mucho apuntar que llegando al final posee cierto, mínimo, detalle que apunta a horror cósmico. Un detalle. Punto. Otro 5 y va que chuta.
  3. Se podría decir que ‘Zombieville’ (Paula R. Stiles) es más de lo mismo. Y en parte quien dijera eso acertaría. Pero el relato posee una atmósfera de la que carecen los otros dos relatos. A lo mejor se trata del lugar donde se desarrolla la historia, o quizá la manera tan natural de describir la sociedad africana (se aprecia a la perfección que la autora la conoce). No lo sé, pero el resultado ha sido agradable. Eso y además sorprendente: en un escenario en el que la infección resulta mucho más peligrosa (se transmite no sólo de humano a humano, sino también a través de ratas, perros y otros animales) llama la atención la manera de desenvolverse los protagonistas. Se visten de una calma pasmosa, una seguridad que no se ve en relatos en los que la plaga sólo la transmiten los humanos. El resultado satisface bastante, dentro de la normalidad. Se lleva un 6.
  4. Ya leímos un cuento de Adam-Troy Castro en la anterior compilación. El autor repite presencia (algo que no me acaba de cuadrar y me habla de amiguismo) con ‘La antesala’. Leer este cuento me ha hecho sentir un enorme deja vu: hace casi tres lustros escribí un relato muy semejante a este, sobre todo en lo que se refiere a ambientación. Dejando aparte eso debo reconocer que el relato me ha gustado. Sigue encadenado al zombie moderno de Romero pero logra pasar por encima de él y plantarnos una nueva vuelta de tuerca. El párrafo final no por predecible deja de tener su aquel. Le pongo un 7.
  5. Vaya, de nuevo me encuentro con mi pasado leyendo ‘Cuando los zombies ganen’ Karina Sumner-Smith. Aquí lo familiar toma la forma de recurso estilístico: mi querida aliteración. Trece años atrás perpetré un cuento (‘He visto un ángel’) que usa una estructura formal similar. Esa semejanza me ha hecho leer con cierta empatía este cuento de Sumner-Smith, aunque debo decir que al final no me ha acabado de enganchar. Como relato circular (sin punto de partida ni destino concretos, sólo tratando de mostrar una serie de sensaciones) me deja la impresión de que le falta más por narrar. Hablo de una impresión para la que no tengo más palabras: como que si yo lo hubiera redactado me hubiera regodeado más en ese tiempo postrero. Supongo que se debe a que ese estilo de relato lo he usado mucho y estoy acostumbrado a exprimirlo mucho. Pero mucho–mucho. Aparte está el detalle que de nuevo (y van 5 de 5) los zombis a los que se refiere pertenecen al arquetipo de Romero. Le doy un 5.
  6. Con ‘Mouja’ el propio autor, Matt London, se tira piedras contra su tejado en la presentación. Mezclemos esa absoluta maravilla titulada Los 7 samurais de Kurosawa con unos malos a lo Romero (sí, otra jodida vez tenemos el mismo tipo de zombi) y nos encontraremos con este relato. Sí, la ambientación en el Japón Edo le da su toque exótico y original. Pero más allá de eso… nada nuevo. Pero nada de nada. Y ya me empieza a aburrir leer el mismo cuento n veces. Un 5. Y más le vale al editor que los relatos que sigan cambien de registro porque en caso contrario mucho me temo que las notas van a empezar a bajar.
  7. Pero no, no cambia. ‘Categoría cinco’ de Marc Paoletti sigue anclado en el mismo recurso. Señor Adams, ¿qué ha sido del anterior volumen y su variedad de estilos? Relato insustancial y que sólo se salva por el final, le pongo un 5.
  8. Leyendo las primeras páginas de ‘Conviviendo con los muertos’ (Molly Brown) suspiro un poco aliviado: parece que en este relato me voy a poder librar durante un poco de la larga sombra de Romero. Y en efecto, por fin uno de zombis distintos. ‘Conviviendo con los muertos’ avanza con calma, sumergiéndonos en una ciudad donde la vida normal a resultado trastocada por unos muertos que se niegan a morir, pero que al mismo tiempo no quieren molestar a los vivos. De mano de la protagonista contemplaremos el inicio de esta situación y como acaba devorando al pueblo. Un buen relato, dotado de un final muy satisfactorio, que se lleva un 8.
  9. Aunque en el caso de ‘Veintitrés instantáneas de San Francisco’ de Seth Lindberg volvemos a los infectados tan de moda en los últimos años. El cuanto no tendría el menor interés de no ser por la manera en que se ha abordado la historia: el recurso de las veintitrés fotos que narran el colapso (siguiendo el tópico punto de vista individual) a base de mezclar apuntes personales con pinceladas de la catástrofe. El resultado se hace agradable, pero insisto que por una simple cuestión formal. Le pongo un 6.
  10. El batiburrillo de ciencia ficción y terror, con las pinceladas de horror cósmico y algo de techno thriller, que el señor Walter Greatshell tejió con su saga de los xombis regresa a mí a través de este ‘El autobús mejicano’. Si con las tres novelas de la saga Greatshell no consigue darle un mínimo de credibilidad (sobre todo en la mágica coordinación del alzamiento delas ménades) aquí sucede lo mismo. Pero aun, queda agravado por la falta de contexto. Ello hace que el relato se convierta en otra historia de supervivencia o desesperación más. Nada, nada, un 4.
  11. ‘El otro lado’ de Jamie Lackey sigue el mismo esquema de zombis agresivos, que asolan la civilización, etc., etc., etc. La supervivencia aquí queda olvidada para narrarnos una historia de crueldad juvenil. Se ve que los norteamericanos siguen engendrando y alimentando críos despreciables, dignos protagonistas de matanzas a tiros, acoso escolar y (como se ve en este relato) asesinatos sin sentido. Maravilla de país que tiene tal opinión de sí mismo y de su juventud. Bueno, el relato se merece un 5, aunque sólo sea por no mostrar de manera explícita a los zombis.
  12. Por suerte entre toda la medio bazofia que por ahora estoy leyendo me encuentro con este ‘Allí donde se alojaba su corazón’ de David J. Schow. A ver, no se trata de un relato que pasará a la historia de este subgénero, pero sí que destaca entre la homogeneidad del resto del libro. Aquí nos encontramos con un no muerto muy especial, obsesivo hasta un extremo que se le toma cariño. El relato, dentro de su simplicidad, se disfruta, lo que le hace obtener un 6.
  13. Escrito de manera regular (es estilo fluido y a veces articulado con un buen vocabulario sufre el lastre del condenado verbo ser) ‘Buena gente’ (David Wellington) sigue de nuevo el esquema de la horda zombi de Romero. Otra vez nada nuevo bajo el sol, una escaramuza –incluyendo la inevitable dosis de crueldad– que apenas se lleva un 5.
  14. En ‘El cañón perdido de los muertos’ de Brian Keene nos encontramos con un escenario de plaga similar a ‘Zombieville’ en lo que se refiere a que la enfermedad también afecta a los animales, convirtiese ellos (en mi opinión) en un peligro mucho mayor que los propios zombis humanos. Salvando ese aspecto el relato parece pura serie B. De hecho es serie B. Alocada, rápida, sangrienta y divertida, aunque del todo olvidable. Vamos, se merece otro 5.
  15. De la soberana chorrada de ‘Piratas vs. Zombies’ (Amelia Beamer) apenas decir nada: de las serie B pasamos a la Z. Casi digna de La Troma. Lo malo es que esto ni divierte ni nada. Un 3 me parece mucho.
  16. Debo decirlo sin la menor duda: ‘Cocodrilos’ de Steven Popkes es, hasta el momento, el relato de este libro y lo que lo hace merecedor de leerlo. Siguiendo un planteamiento cercano al tecno thriller Popkes nos sumerge en una historia adictiva como ninguna hasta ahora en el esta recopilación. Sabe mantener de manera perfecta la suspensión de credulidad. Mientras lees sabes –o crees saber– cómo va a acabar todo, pero la narración está tan bien argumentada (se nota a la milla que el autor se ha documentado bien no sólo en lo relativo a la Alemania del Tercer Reich, sino a temas de diseño industrial y biotecnología) que eso da igual. Sólo se me ocurre ponerle un 9 a esta joya.
  17. El amijo David Barr Kirtley (sin duda amijo del recopilador, lo único que explica tanto la presentación del cuento como el propio relato) repite con el cuento ‘La ciudad con cara de calavera’. Y quienes hayan leído el primer volumen adivinarán bien que este cuento es una continuación de ‘El chico con cara de calavera’. Pero esta historia es peor. A todas luces peor. No sólo por mal escrita, que sí, sino porque es simplona y tonta como ella sola. Parece que estamos leyendo un pulp de los años treinta: nada digno de una continuación. Le pongo un 5 pero sólo porque no me lo pienso mucho. Si lo medito suspende.
  18. El nivel mediocre, tópico y ramplón, pese a la idea de los mosquitos, sigue apareciendo en ‘Obediencia’ de Brenna Yovanoff. La misma historia contada mil veces. Supongo que tampoco ayuda que pocas horas antes de leer este relato haya visto otra vez El día de los muertos de Romero, que le da sopas con ondas a este texto. Otro relato más que justito. Un 4.
  19. ‘Steve y Fred’ de Max Brooks sigue la misma línea de chorrocientos relatos leídos antes, y ya me aburre. Un 4 por dejadez y vagancia a la hora de crear. Me da que voy a revisar a la baja todos los relatos que sigan el esquema de ‘gente contando su experiencia personal frente a zombis de Romero’. En serio: nos podemos tirar hasta el fin del multiverso narrando escaramuzas y desgracias personales, que no por eso aportarán nada al género. Por lo que veo este tipo de historias anodinas y repetitivas se han convertido una versión Z de la –para mí– aburrida literatura costumbrista/realista: cambiamos el drama de la maruja/parado/crío por el que sufre el acosado por los zombis de turno. Ale, millones de historias, varias decenas por cada superviviente (cuando va al baño, cuando baja a por comida, cuando sale de la ciudad, cuando llega a cada pueblo…). Este tipo de historias deberían venderlas con una pegatina bien visible que diga ‘Libro perteneciente a Víctimas Anónimas de Zombis Romerianos, grupo de autoayuda’. Al menos así no lo compraría/leería y se lo dejaría para oto. ¿Qué cojones ha sido de la variedad del primer volumen, que daba gusto ver cómo los autores no se limitaban a vampirizar el concepto de zombi de Romero y me sorprenderían con diversos enfoques del mito? Oño, si hasta perdonaría una redacción regular (ojo, digo regular: una redacción mala jamás merece perdón alguno) con tal de que me sorprendieran.
  20. Vaya, nombro la bicha y aparece: un relato que no encaja con las repetidas hasta la saciedad historias de Romero. ‘Los vermivioladores’ de Charlie Finlay más que terror Z encaja en la ciencia ficción con toques terroríficos. Tal y como se dice en la presentación le debe mucho a Los ladrones de cuerpos, entre otros (por no mencionar Expediente X). No es original, pero se sale del guion de los otros relatos, algo que se agradece. Le pongo un 6.
  21. Alegría efímera la vivida con ‘Los vermivioladores’ dado que ‘Everglades’, de Mira Grant, vuelve a revolcarse (cual unos de esos aligátores tan queridos por la protagonista) en el barro de tópicos de siempre. No se merece más de un 4.
  22. Por fin: acabo de leer una joya. Al menos eso me ha parecido el cuento ‘Hacemos una pausa para la cuña del programa’ de Gary A. Braunbeck. Lo mejor de toda la compilación junto a ‘Cocodrilos’, y eso que tenemos un relato de estilo del todo opuesto al de Popkes: si en el anterior el autor había optado por documentarse y narrar de manera tan creíble como emocionante el germen de la hecatombe, en este cuento Braunbeck recurre a una emotividad narrada de manera magistral. Sí, tiene algunos –pocos– defectos de puntuación, pero el resultado final sólo puede definirse como soberbio. Porque más allá de describirnos la enésima anécdota de supervivencia (casi idéntica al decepcionante ‘Steve y Fred’ de Max Brooks) Braunbeck demuestra tener cerebro e ideas debajo del pelo, presentándonos un escenario y trasfondo del problema original y que al lector le obliga (no le invita: le obliga) a plantearse preguntas y fantasear. Una absoluta delicia que a medida que se avanza en su lectura te hace abrir los ojos más y más. Todo eZcritor debería leer este relato y tomar nota tanto de la forma como del fondo. Sólo puedo rendir un humilde homenaje a Braunbeck y ponerle un merecidísimo 9 a esta maravilla.
  23. Pasamos el ecuador del libro con ‘Reluctance’ de Cherie Priest. Nunca me ha agradado el steampunk, aunque lo tolero mucho mejor que su primo el ciberpum. Pero la idea de juntar ese estilo con el Z ya supone de entrada una diferencia ante el miasma de relatos Z que estoy leyendo. En otras palabras, que se lo agradezco a la señora Priest. La pena es que tras ese escenario algo distinto nos encontremos con un relato trivial y sin apenas interés. A eso se añade que su aspecto visual falla en alguna ocasión (no acabo de ver la forma de la estación, la manera en que lanza el ‘explosivo’ ni en general la situación final): da la impresión de que falta texto, o que en la traducción algo se ha perdido. Por todo ello el relato se lleva un 5
  24. Si me dicen que la primera mitad de ‘Arlene Schabowski de los no muertos’ (de Kyra M. Schon y Mark McLaughlin) tiene un enorme componente autobiográfico no lo dudaría ni un instante, más si cabe tras leer el prólogo del cuento. El relato juega con una dualidad de la mente/realidad que me ha agradado pese a su final previsible. Debo otorgarle un 8.
  25. Si ya el título de ‘Gigoló zombie’ ( G. Browne) me hacía recelar tras leer la introducción ya me temía lo peor (y que me encontré): han publicado una coña marinera, una ridiculez diga de donde salió, un concurso de broma. Nada más decir de este esperpento (y que me perdone Valle–Inclán por mezclarle con esto), sólo ponerle un 4.
  26. El relato ‘Muertos rurales’ de Bret Hammond me hace sentir esquizoide o bipolar. Por un lado está el que se basa en lo de siempre, el zombi de Romero; pero de la otra mano posee una historia que se sale de lo normal, al menos en lo que se refiere a los protagonistas y la manera de enfrentarse a los no–muertos. Lo original se mezcla de una manera curiosa con lo tópico. Pero el conjunto satisface, lo que me obliga a ponerle un 6.
  27. Pero en esta recopilación el tópico regresa una y otra vez. De ‘El lugar de veraneo’ (Bob Fingerman) poco se puede decir. Que el protagonista sea un lerdo atontado no supone un problema; sin embargo sí que es un problema el ver la enésima serie de saqueos, carreras, ‘dolor por la pérdida’, etc. Más de lo mismo. ¿Qué podría salvar el relato? Pues el desenlace. Sólo que no: el cetrino incapaz de diferenciar una viva en estado de shock de repente puede discernir la infección en… Me callo, pero vamos: que no. Un 4 y tira millas.
  28. De ‘La tumba equivocada’ de Kelly Link sólo puedo decir que el tono de texto que usa, desenfadado pero de una manera excesiva, no me ha gustado nada. No se libra el tratamiento distinto del zombi: durante todo el tiempo me ha parecido que estaba leyendo una historia demasiado juvenil, que desentona con el resto de relatos del libro. Apenas se merece un 5.
  29. Sin embargo ‘La raza humana’ de Scott Edelman sí que lo he disfrutado (no pude decir lo mismo del relato suyo incluido en la entrega anterior). Me parece un perfecto ejemplo de que incluso al recurrir al tópico de no–muerto agresivo se pueden conseguir historias interesantes. Ésta en cuestión tiene su mérito al ir contracorriente, de manera literal. ¿Qué quiero decir? Lee el relato y lo sabrás. Yo sólo digo que debo poner a la historia un 8.
  30. Parece que nos hemos adentrado en una sección de textos por lo menos originales, cuentos que o retiren el estilo de Romero aportando otros puntos de vista (y además haciéndolos interesantes) o olvidándonos de esos manidos arquetipos. ‘Quienes solíamos ser’ de David Moody nos introduce en una historia de descomposición. Literal, pero mucho más interesante que el sinsentido de ‘Gigoló zombie’. El relato no avanza mal, pero llegados a la última página se hunde: parece que el autor se queda sin ideas y decide acabar por lo sano. Estoy seguro de que si le hubiera dado un rato a la imaginación hubiera podido arrancar un desenlace con más garra. Le otorgo un 6, que no está mal.
  31. Me encuentro en ese creo que reducido grupo de lectores cifi a los que no les gustó nada Pórtico (Frederick Phol) y que sin embargo disfrutaban más de la saga a medida que ésta avanzaba. Odio la psicología, y pretender basar una historia en esa tomadura de pelo en mi caso supone suspender. Pero de eso trata ‘La terapia’ (Rory Harper), de una sesión de psicoanálisis a un zombi. Sin comentarios, y un 3.
  32. He visto Apocalypse Now una sola vez, y de crío. No me llamó la atención. Mucho más reciente ha pasado por mis manos El corazón de las tinieblas (Conrad), lectura que me defraudó dado que esperaba más, mucho más. ¿Hacía falta una reescritura del cuento/película en clave zombi? Sin duda para un editor ansioso de vender, a cualquier precio y aun arriesgándose a perder lectores con criterio, sí; para mí, que me considero con criterio (el mío), no. ‘Dijo él, riendo’ de Simon R. Green se limita a eso: a tomar la obra de Coppola y casi calcarla. Vale, sí, con zombis pero… Y mira que me jode porque está muy bien escrita. Pero la falta de ideas me parece vergonzosa, y de nuevo deja en entredicho la calidad de criterio del recopilador. Se queda con un 5, más que nada por esa falta de ideas originales. Al menos leyéndole no he gritado ‘el horror, el horror’, como con otros cuentos de este volumen.
  33. Si algo se puede decir de ‘Último reducto’ de Kelley Armstrong es que el cuento juega al engaño. Y lo hace muy bien, pero que muy bien. Pese al estilo mejorable (algo general en todos estos cuentos, que a veces parece haberlos escrito aficionados, no supuesto escritores profesionales. Si me pusiera a analizar a fondo el estilo de cada relato me da que casi ninguno aprobaría) el cuento se disfruta tanto como para merecer un 7.
  34. ‘La guerra imaginada’ de Paul J. McAuley nos presenta una visión muy origina de los zombis… o de eso que lo parecen. El relato sigue ese esquema narrativo que a mí tanto me gusta en el que prima más la descripción cronológica de sucesos que las escenas concretas. La pena es que no sabe acabar, desinflándose sin giro final, ni gancho un nada. Aun con todo debo puntuarle con un 7.
  35. Joe McKinney nos narra una aventura adolescente en ‘Una cita en el mundo de los muertos’. Acción directa, malos malosos, zombis clásicos de Romero, persecuciones, tiros… En otras palabras: más de lo mismo. Un 5.
  36. En ‘Restos de un naufragio’ Carrie Ryan nos embarca en un bote salvavidas narrándonos las angustias de sus dos tripulantes. De nuevo nada que no se haya leído antes, sólo que esta vez muy mal escrito: cuando en una frase de apenas quince palabras me encuentro tres verbos ‘ser’ (y muchos otros por el resto del cuento) me dan ganas de pasar al siguiente cuento. Pero no lo hago tratando de encontrarle ‘algo’ al relato. Pero no, no hay nada que encontrar. De hecho va a peor cuando uno de los personajes toma una decisión que no encaja ni de lejos con todo lo que ha dicho y hecho antes. No le puedo poner más que un triste 3.
  37. Lo admito, no he entendido nada de ‘Acaba con ellos’ (Julia Sevin, Kim Paffenroth y J. Sevin). Debo estar ya tonto, porque las dos historias no me dicen nada, ni la del zombi ni la de los supervivientes. Al menos la del z tiene un poco de interés al presentarnos uno que no sólo tiene algo de cerebro, sino que su mente parece evolucionar (me ha recordado al zombi que aparece en El día de los muertos). La historia de los supervivientes queda tan sin pies ni cabeza que no merece ni una segunda relectura. Un 4, no da para más.
  38. La sal. ¿Qué narices pasa con la sal? En ‘Temporada de zombies’, de Catherine MacLeod, se habla de ella pero el cuento es tan corto (o mi cerebro se ha reblandecido tanto) que no lo acabo de pillar. Nada, otro 4.
  39. En ‘Tameshigiri’ (Steven Gould) de entrada me llama la atención que se comenta que existe una vacuna, y con una nada despreciable fiabilidad de más del 60%. Eso ya supone una auténtica novedad frente a los ya caninos y aburridos zombis de Romero (cansinos y aburridos no por ellos mismos sino por la nula imaginación de los ‘autores’, que parecen no saber salir de ese estereotipo). Por desgracia el destello de originalidad se resume a eso. No hay más: de nuevo peleas, aunque en este caso las balas se sustituyan por catanas, los protagonistas inmersos en una carrera luchando por su vida y un drama personal como telón de fondo/sorpresa final. No está mal, pero no destaca. Le pongo un 6.
  40. Menos mal que llega ‘La era de las motos fulgurantes’ de Catherynne M. Valente y me deja así, fulgurado. Estamos ante un relato sosegado que, aleluya, trata el zombi desde una perspectiva original. La protagonista, con un ritmo pausado y envolvente (crea una atmósfera que muchos lectores actuales –los adictos a la lectura apresurada tipo blockbuster– detestarán precisamente por eso, por centrarse en descripciones lentas y detalladas sin apenas acción), nos presenta una ciudad muerta y sus extraños habitantes, todo ello aderezado con una deliciosa escena que roza el horror cósmico. Porque en este cuento se intuye que hay algo más escondido tras los zombis. Lo dicho, una delicia a la que debo otorgar un 9.
  41. Sin haber leído el cuento: de ‘Tolerancia cero’ de Jonathan Maberry me espero una mezcla de zombis de Romero con un tecno thriller de Michael Crichton, que se sumerja en el tópico pero que al menos tenga cierto atractivo similar al ‘Cocodrilos’ ya leído en este volumen. (Inciso: llegados a este punto decir que mi perro casi da por concluida la lectura: me le encontré jugando con la contraportada –arrancada con precisión casi de cirujano– y bien dispuesto a masticar las páginas finales de la recopilación. Al menos, en el sentido perruno, la obra parece que tiene su punto apetitoso.) Ya está leído y, en efecto, es señor Maberry recurre al escenario de Paciente cero para esta historia. Más aún, el cuento se puede considerar un epílogo sacado de la manga de la novela. En ella se dejó todo bastante bien cerrado, lo que hace chirriar la presencia de ella en esta historia. Yo, habiendo leído la novela lo he entendido todo, pero me da que alguien que no conozca la historia de Paciente cero puede que se quede descolocado ante todo lo que aquí se narra. El autor hace un resumen muy resumen de los antecedentes, pero esa información queda encorsetada en medio de la presentación de un escenario y los nuevos rambos de turno. En mi opinión más le hubiera valido haber dejado a un lado la novela y tratar de haber creado una historia independiente. Pero me imagino que todo se limita a tratar de lanzar un anzuelo a la gente que todavía no ha comprado Paciente cero. El relato se deja leer, sin más, lo que le hace merecedor de un 5.
  42. El cuento ‘Y el siguiente, y el siguiente’ de Genevieve Valentine cuenta con unos zombis especiales, a medio camino entre los clásicos de Romero (caníbales y agresivos) y unos indolentes y más cercanos a la humanidad de la que provienen. Tal y como confiesa el editor, esta historia mantiene muchos paralelismos con ‘Tan muertos como yo’ (Adam-Troy Castro), si bien la de Castro es una historia más interesante… aunque muchísimo peor escrita. Me parece que si Valentine le hubiese dedicado unos cuanros miles de palabras más a esta historia hubiera ganado, sobre todo en cuanto a dibujar al protagonista, cuyo destino parece metido con calzador. Bueno, que le pongo un 6.
  43. De nuevo parece que realizamos refritos de cuentos de la primera compilación. Ahora le toca a este ‘El precio de una pizza’ de Cody Goodfellow y John Skipp, que tiene mucho que ver con el decepcionante (en cuanto a estilo sin lugar a dudas) ‘El hombre del burdel’ de Martin. De nuevo tenemos la premisa de los zombis convertidos en mano de obra barata y dispuesta a realizar las tareas más peligrosas, desagradables o monótonas. El estilo de narración se vuelve confuso por instantes dada la incapacidad del autor de diferenciar de una manera efectiva diálogos ‘en carne y hueso’, radiados y monólogo interior. La verdad, a veces no se sabe quién ni en qué método discursivo está hablando. A eso se suma un escenario más o menos bien dibujado (en lo que se refiere a las premisas de la catástrofe y la solución encontrada) pero unas motivaciones de los personajes (y sobre todo sus acciones) bastante confusas. Parece por un lado que se ha querido hinchar la longitud del relato con escenas accesorias, como la primera, pero por otro lado no se ha querido –o podido– dar una explicación coherente a las circunstancias del protagonista, al porqué de la presencia del grupo de la tienda, o siquiera a la existencia de Sherman y ‘la bruja verde’. No sé, no me ha dejado nada contento. Se lleva un 4 y punto.
  44. El libro acaba con el cuento de curioso título ‘¿Me está diciendo que esto es el cielo?’, de Sarah Langan. Aunque el cuanto da algunos bandazos en cuanto a ritmo, como por ejemplo una primera parte descompensada (en acción y ritmo) con el resto, se hace agradable de leer. Esa buena sensación se incrementa a medida que se presentan más a fondos los protagonistas y sus historias. Sí, cae en algunos tópicos del sub–subgénero de zombis de Romero, pero el desenlace, así como buena parte de lo que le antecede, libra a la historia de recibir otro suspenso, el enésimo de esta colección. Más aún, el cuanto levanta la cabeza y deja clara la justificación de su presencia en este libro. Vamos, que le pongo un 7.

Y se acabó lo que se daba en este Zombies 2. La media de las puntuaciones da un triste 5’5, inferior incluso a su predecesor. Y es que de nuevo tenemos una recopilación con demasiadas  sombras. En este caso además queda claro el estancamiento del género, algo que ya se aprecia en las estanterías de las librerías con la aparición de la enésima The Walking Dead en su versión de Santander, Murcia, Madrid, Cartagena, Astorga, Cádiz, etc. La falta de ideas ya de por sí alarma; la nulidad como escritor de alguno de los autoreZ o eZcritoreZ roza lo vergonzoso (pese a que ellos se muestren orgullosos de sus obras). Pero la morralla no se queda en terreno patrio, sino que también nos llega importaba: en este recopilatorio hay también textos infames, como por ejemplo el de Kirkman (ejemplo de libro de ‘zapatero a tus zapatos’, o también del ‘me editan sólo por mi nombre y CV, que no por mi calidad literaria’).

Al menos en el primer volumen uno encontraba variedad e inspiración. En este Zombies 2 hay que escarbar mucho para dar con algo similar. Ambas recopilaciones, juntas y tras una criba, darían lugar a un muy interesante volumen; por desgracia por separado obligan al lector a pagar un pastizal para sólo encontrar un porcentaje demasiado bajo de textos de calidad.

Resumiendo:

  • si disfrutaste con pestiños como De Madrid al zielo cómpratelo. Entre los cuentos encontrarás un par de ejemplos de obras de arte. Espero que eso te haga madurar como lector.
  • si te sobra el dinero cómpratelo, ya que sabrás valorar esas joyas que he destacado.
  • si no te sobra el dinero y tienes un criterio literario similar al mío (cada vez más exigente) ni te molestes. Seguro que el puñado de maravillas que incluye este libro las podrás encontrar en otro lado o por otros medios. Que no está el horno para bollos, y menos aún para soltar los euros a diestro y siniestro.

Chao.

AA.VV. – Zombies

Hola-hola, culebras.

Mucho tiempo ha estado este libro esperando en la Pila, pero tras la última catástrofe Z necesito asegurarme de que existe calidad en este subgénero, aunque tenga que buscarla más allá de nuestras fronteras. Por ahora en lo que se refiere a autores españoles esa calidad brilla por su ausencia. Les daré un tiempo, desintoxicándome, a la espera de conseguir algún otro título Z español que parezca que merece la pena. Eso sí, visto lo visto no pienso pagar ni un duro por ella. Ya me lo pueden regalar, adquirirlo en la biblio o robarlo, pero no voy a soltar mi escaso dinero por un solo libro Z español. Esa actitud, por si alguno no lo sabe, es la consecuencia de esperpentos semejantes al libro recién leído. Si me engañan una vez –y se llevan mi dinero– bien por ellos: me han colado un gol, mi dinero va a sus arcas y la bilis a mi estómago. Si me engañan dos veces entonces el tonto soy yo, y por eso no paso. Olé para los inteligentes editores de Dolmen que han anulado, al menos en lo que a mí respecta y por ahora, el mercado Z español.

AA.VV. - Zombies

AA.VV. – Zombies

Pero vayamos al detalle de esta recopilación de título tan simple y claro, Zombies, que llega de la mano de J.J. Adams.

  1. El cuento que abre la compilación, ‘La foto de la clase de este año’ de Dan Simmons, me parece poco menos que perfecto. Narrado con una lentitud deliciosa, da pistas de la vida tras ‘la tribulación’ sin revelar nada concreto. La manera de llevar a la protagonista, su dedicación a su trabajo y cómo trata de seguir con la normalidad más allá de la hecatombe (una danza entre la demencia y la cordura), me ha parecido magistral. Descripciones llenas de viveza que sin embargo no pierden el ritmo, creación de un ambiente dibujado a la perfección a base de pinceladas cuidadas. Sólo unos nimios defectos de estilo (sobre todo el uso de adverbios –mente) impiden que le ponga un 10 a este cuento. Se lleva un 9 y sólo por él ya merece la pena haber empezado la lectura de esta recopilación. Lo malo es que deja el listo muy alto para el resto de relatos.
  2. Pues tras una auténtica joya llega el primer chasco. Y gordo. ‘Planes de emergencia zombie’, de Kelly Link, me parecido una completa tomadura de pelo. A ver: el cuento está escrito de manera más o menos eficiente (salvo algunos párrafos sueltos que no acaba de cuadrar con el resto) pero ¿zombis? Seamos claros: el tema de los zombis está metido con calzador. Si el protagonista tuviera por obsesión la cría del cangrejo en las rías gallegas, hablara todo el tiempo de ello y este libro fuera una recopilación de Relatos de cangrejos el cuento encajaría en él igual de bien. O de mal. De hecho de mal. Tan mal como que por estafa se lleva un rotundo 0.
  3. ‘Muerte y sufragio’ (Dale Bailey) empieza para mí regular, en tanto y cuanto que llevo muy mal el ombliguismo yanqui. Me parece de lo más ridícula la premisa del origen del alzamiento, y eso ya hace que el cuanto crepite en toda su extensión. Bueno, eso de ahí atrás lo había escrito sin haber leído todo el relato. Una vez acabado debo rectificar. Sí, me sigue dando la impresión de que tiene algo/bastante de ombliguista, pero ese detalle acaba pasándose por alto tras meterse en la piel del protagonista. El relato funciona, engancha (incluso con la traba que para mí supone el que esté ambientado en una campaña electoral americana) y a medida que las páginas se suceden vemos cómo el protagonista evoluciona. Y no sólo él sino también algún otro personaje. Este relato me parece otro ejemplo de cómo sacar jugo a los zombis (unos muertos vivientes que no se abalanzan contra los vivos sino contra las urnas. Si quieren visionar una versión mucho más torpe y resumida del relato háganse con el episodio 1×6 de la serie Masters of Terror) y con ellos crear una historia de seres humanos, de miserias y glorias, dramas y desastres. Además está bien escrito, lo que por ahora parece la norma. Qué pena que no suceda lo mismos con los autores parios que he leído hasta ahora. Le otorgo un muy merecido 8.
  4. Pues sí, estamos en la montaña ruZa. El cuento ‘Flores’, de Chan McConnell, es un texto típico y humilde. Una simple idea anecdótica. El propio autor lo admite: tuvo una imagen tiró un poco de ella y sacó esto. Me duele decir todo esto del cuento sobre todo porque encaja con los cuentos a la perfección que yo escribía antes: simples anécdotas que, ahora lo veo, sin un desarrollo más serio se quedan en nada. ¿Qué queda en el caso de ‘Flores’? Pues una imagen con toques gore y poco, muy poco más. Le pongo un 5 muy raspado.
  5. ‘El tercer cadáver’ (Nina Kiriki Hoffman) se queda a medio camino entre los dos cuentos anteriores: la historia va más allá de lo meramente circunstancial pero, aunque intenta darle fondo al personaje, no acaba de lograr empatizar y envolver al lector como hicieran antes ‘Muerte y sufragio’ o ‘La foto de la clase de este año’. Curioso el hecho de que este zombi no sólo razone, sino que hable e incluso se comporte de manera civilizada. Curioso pero no por ello problemático. Se lleva un 6 que tiene a 7. ¡Ale!, un 6’5.
  6. En ‘Los muertos’ de Michael Swanwick de nuevo nos encontramos con zombis tranquilos, incluso domesticados. Hay que admitir que esa manera de huir del tópico (horda caníbal descerebrada) que están demostrando los autores compilados se agradece. El relato juega con la ambigüedad, a saber discernir cual es el auténtico monstruo. Y en ese sentido, y siguiendo la mentalidad de Umbrella en la saga Resident Evil, acierta. Pero por desgracia se trata de un recurso sobreexplotado por la citada saga (y por no mencionar el ciberpum, con su concepto de corporaciones despiadadas que sólo buscan el beneficio, algo que le puede retrotraer a uno incluso a Los mercaderes del espacio). El final trata de dar un giro sentimental o sensible, pero que tampoco acaba de emocionar. Se lleva un 6.
  7. ‘El niño muerto’ (Darrell Schweitzer) me ha llamado la atención por la manera en que ha imitado el estilo de Stephen King. El horror se mezcla a partes iguales con las experiencias infantiles en plan It o Cuenta conmigo, por poner dos ejemplos reconocibles. Viajamos de la mano del protagonista a una infancia tópica de un chaval yanqui, a una prueba de madurez bastante especial que acaba… bueno, acaba. Un relato bueno pero que por su naturaleza casi de calco (en cuanto al estilo) pierde cierta frescura. Pero se disfruta. De nuevo un 6.
  8. Bueno, bueno. Ye empezamos con los relatos tramposos. El cuento ‘El zombie de Mathulsian’ (Jeffrey Ford) empieza por un derrotero, continúa por otro y, para sorpresa del lector, en el desenlace decide echar por tierra las pistas que da (y que apuntaban a un final no muy exigente) sólo para intentar crear un golpe de efecto. Pero no lo consigue, no. Es leer el final, recordar ciertas frases que aparecen apenas un puñado de páginas atrás y decir ¿esto qué es? ¿Me estás timando? Un ejemplo de cómo un cuento bien escrito acaba (y que de nuevo huye del tópico implantado por Romero) hundiéndose por un más desenlace. Se lleva, y quizá me parece excesiva, un 4 de nota.
  9. ‘Cosas bellas’ (Susan Palwick) le da otra perspectiva a un tema muy similar al de ‘Muerte y sufragio’. De nuevo entran en acción políticos y zombis bonachones. De hecho lo que más me ha agradado del cuento es la manera de presentar a los muertos vivientes, como si de niños de tres o cinco años se tratasen. Poco más me atrevo a destacar de este cuento, que apesta a un hipismo/buenrollismo que nunca me ha gustado (y que quede claro que se trata de una opinión personal, pero prefiero los textos con mala baba, algo por lo que este no despunta). Un raspadito 5 y na más.
  10. Los zombis agresivos al puro estilo Romero (lentos, tontos y en hordas) regresan a la compilación de mano de David Tallerman y su ‘El síndrome de Estocolmo’. El cuento se ajusta tanto al clasicismo, a lo que llevamos viendo años y años en las pantallas, que según se lee se olvida. Un 4.
  11. El cuento ‘Bobby Conroy regresa de entre los muertos’ de Joe Hill se mete en el mundo clásico de Romero de una manera engañosa: entrando en el rodaje de El amanecer de los muertos y con unos zombis que no son más que extras de la película. Pero sí, aunque de pega en el cuento hay zombis. Algo que chirría de verdad desde el primer momento es la mención, con aires de fama, a Tom Savini. A día de hoy todo el mundo metido en el mundo del terror cinematográfico sabe quién es Tom Sabini (aunque sólo le conozcan, y de vista, como Sex Machine :P) pero en 1977… va a ser que no. El autor ha querido hacer un homenaje al artista pero en ello se ha tirado piedras contra su propio tejado. Pero aparte de la aparición de Tom Sabini (e incluso del recién difunto Robin Williams) el relato prosigue retratando ese encuentro entre examantes en el rodaje de la película: una historia sencilla en la que se llega a confundir de manera premeditada lo que es un zombi. ¿Quién es el verdadero zombi? ¿Quién vive una vida de sin expectativas y gris? ¿Quién vive sin darse verdadera cuenta de lo que sucede a su alrededor? A esta historia sencilla y con corte intimista le pongo un 6.
  12. ‘Los que buscan el perdón’, de Laurell K. Hamilton, no destaca. Más aun, se hace aburrido y sin gracia. Aunque tenga algún giro argumental no deja de entrar en lo clasiquísimo de devoracerebros. Se lleva un 4 y ya.
  13. Del cuento ‘Hermosa como la noche’ (Norman Partridge) me gustaría destacar el enfoque que hace de la psicología zombi. Me ha gustado bastante esa manera desesperada de aferrarse a la cordura del protagonista, un tío despreciable pero al que al final de la historias llegas a compadecer. Debo ponerle un 7.
  14. Lo admito: ‘La pradera’ de Brian Evenson me ha encantado. Mucho. Muchísimo. Se le puede acusar de relato vacío, que no entra al detalle de qué sucede. Y en efecto, tiene esas carencias y puede que más. Pero tal y como dice Adams capta muy bien la esencia de Aguirre, la locura de Dios. El personaje de Aguirre me chifla desde que leí Las inquietudes de Santi Andía. Y esta versión salvaje, de pura supervivencia cruel y decidida (siempre adelante, te encuentres lo que te encuentres), me ha encantado. Un 8, le pongo un 8 y aplaudo por esos atisbos de horror (creado por los humanos, mucho más aborrecibles que los zombis) que Evenson me ha brindado.
  15. Otra vez la montaña rusa: el cuento ‘Todo es mejor con los zombies’ Hannah Wolf Bowen me sobra por completo. Puede que se deba a que lo leí en el metro, un viernes de regreso a casa agotado, pero no me enganchó nada de nada. Las páginas se sucedieron y no acabé de entender lo que sucedía… ni me dejó con ganas de releerlo. Un fracaso absoluto. Le pongo un 4 por eso de estar yo mismo zombi cuando lo leí.
  16. El cuento anterior lo leí grogui, tanto que cuando empecé con ‘Parto en casa’ el lunes siguiente ya ni me acordaba de que pertenecía a Stephen King… hasta que empecé a avanzar las páginas. El estilo de King resulta inconfundible, arrastrando al lector a las nimiedades de la vida de la protagonista con una detalle y precisión que sin embargo en este caso me atrevería a decir que excesivas. El cuento, aun en sus treinta y tres páginas de extensión, se resume a una simple escaramuza (de nuevo tenemos zombis de Romero, agresivos y devoracerebros, y una población que trata de resistirse a su ataque). Pero que gracias a la manera de escribir de King nos describe casi por completo no sólo el entorno en el que se produce, sino la propia mentalidad de los protagonistas. Sólo hay una escena que a mi entender sobra: la del asteroide y la nave. No aportan nada, de verdad, porque si se quiere considerar eso una justificación a mi entender falla de manera estrepitosa. Salvando esa mancha, un relato agradable. No lo mejor de King, ni de lejos (hace mucho que no lo leo, pero juraría que el relato ‘Abuela’ de King tenía más calidad que este ‘Parto en casa’, y encajaba de igual manera en la compilación), pero agradable. Ale, un 6.
  17. En ‘Las chispas ascienden hacia el cielo’ (Lisa Morton) volvemos a encontrarnos con zombis de Romero, si bien lo interesante del cuento no recae en ellos sino en el tema que trata la historia: el aborto. Tras una historia sencilla la autora se atreve a adentrarse en un tema que hoy por hoy sigue siendo conflictivo (conflicto generado por los de siempre, claro: los que quieren imponer su manera de pensar en otros, los que velan por ‘la salud’ de un potencial al mismo tiempo abandonan a su suerte e incluso aplastan y arruinan a los que ya están ahí). De hecho en la hay unos párrafos poco menos que para enmarcar. Supongo que este cuento le habrá traído a su autora ataques de esa panda de cavernícolas. Una pena no poder hacer con ellos lo que hace la protagonista al final del cuento: el mundo estaría mucho mejor. Bueno, que me disperso. El cuento se lleva un 7 sobre todo por el arrojo al tratar el tema.
  18. Si me dicen que ‘Hombre de burdel’ no pertenece a George R. R. Martin lo entendería: la redacción y el estilo sólo los puedo calificar como horribles. Me han acabado doliendo los ojos de tanto ‘ser’, ‘era’, ‘fue’. Por dios. Entiendo que Ellison® rechazara el cuento pidiendo una reescritura de cero, pero es que le diría lo mismo con esta segunda versión. Horrible me parece poco adjetivo. Con esto me demuestra de nuevo mi ‘teoría’ de que a algunos ya se les publican por inercia, por el simple nombre. El cuento avanza a través de párrafos normales, torpes o vergonzosos, narrando una historia previsible pero no por ello carente de encanto. Ojo, insisto: el encanto está en la historia. Con todo se merece un 5 y va que chuta.
  19. El clasicismo puro entra de la mano de Joe R. Lansdale con ‘El camino del muerto’. Se trata de un cuento sencillo y modesto, tanto en la trama como en la forma, y del todo olvidable. Aunque está incluido en el libro como relato de zombis la verdad es que se trata de un cuanto de fantasmas, y muy en la onda de Salomon Kane. Ese parecido con la obra de Howard queda en evidencia a todo lo largo del cuento, desde el protagonista hasta el propio desarrollo de la historia, haciendo que la lectura se haga aburrida y previsible. La verdad, para leer este ‘El camino del muerto’ mejor me leo los relatos de Salomon Kane. Se me ha hecho más interesante, aunque no deja de entrar dentro del tópico, la narración de Antiguo que el resto. Le pongo un 5 y bastante.
  20. En ‘El muchacho con cara de calavera’ David Barr Kirtley juega con la ambivalencia. Por un lado nos presenta a zombis del tipo descerebrado agresivo y por otro a muertos vivientes inteligentes y meditativos. ¿Razón para la existencia de esas diferencias? No lo acaba de decir a las claras. Parece que él mismo se mete en un berenjenal con ese tema, más aún cuando queda claro que hay muy pocos de los inteligentes, lo que invalida la idea de que tiene por origen la muerte brusca. En torno a esta dualidad de los zombis se compone un relato superficial con toques mesiánicos, pero vistos desde la perspectiva de un particular Aarón. El resultado final no está mal, si bien no destaca. Un 6.
  21. El punto intimista y humano regresa de la mano de Nancy Kilpatrick con ‘La era de la aflicción’. El relato se encuadra en la tradición de supervivencia combinada con recuerdos de un pasado mejor. Y es con esos recuerdos con los que el texto gana enteros. La autora profundiza en la protagonista acercándonos a su desgracia y soledad… sólo para de seguido repelernos con un mensaje jipioso con el que intenta ‘explicar’ la hecatombe. Lo que se dice: una de cal y otra de arena. Por ello se lleva un 6 cuando muy bien podria haber sido más.
  22. Es nombrar a Neil Gaiman y pensar ‘humo, me van a vender humo’. Así que he empezado a leer su ‘Amanecer amargo’ con cierta distancia y recelo. El relato sigue su estilo a lo Stephen King. Demasiado a lo King, diría yo. Avanza, avanza y avanza… para de repente descubrir que Gaiman ha metido en este volumen su versión propia de El alma del vampiro. Vaya con la originalidad. Trato de olvidar el plagio y sigo leyendo. Hasta que llego al final y me pregunto: ¿y? Joder, vaya pérdida de tiempo. Absoluta, monumental. Coge de King lo mejor y lo peor y lo integra en este relato: la manera de recrear personajes (lo mejor) y a eso le suma el no saber resolver las situaciones. He acabado el relato tal cual lo he empezado. Bueno, no: además mosqueado con ese cambio final en la línea de tiempo. ¿Lo releo, tal y como el autor sugiere? Pues va a ser que por ahora no. Y se lleva un 3.
  23. El humor llega gracias a ‘Con las tetas a la tumba’. Y digo humor pese a que no tengo muy claro que la autora, Catherine Cheek, hubiera buscado eso. Pero oye, me he reído con las desgracias de esta Barbie rediviva. Aparte de eso poco más se puede decir de este relato insustancial de resolución apresurada. Sólo por las risas le pongo un 5.
  24. ‘Tan muertos como yo’ (Adam-Troy Castro) nos presenta la solución mimética ante un apocalipsis zombi. En el relato el narrador juega a contar todo aquello que el personaje no puedo (o mejor dicho, no debe) hacer. De esa manera cómplice nos sumergimos en sus desgracias y carencias, acabando por comprender e interiorizar su angustia… y su catarsis. Da pena descubrir el estilo torpe de escribir de Castro, que embarra la historia haciendo que no se lleve una mejor nota. ¿Cuál le pongo yo? Pese a sus defectos formales debo ponerla un 7.
  25. Sin quererlo yo, e ignoro si el editor, en ‘Zora y la zombie’ de Andy Duncan me encuentro por segunda vez con Zora Neale Hurston (la primera vez en el relato de Gaiman), persona de la que no sabía nada de nada. Tal y como da a entender el autor seguro que sin conocer a la señora Neale no se captan todos los detalles del relato. Aun así el señor Duncan ha sabido urdir una historia interesante en torno al concepto original del zombi, el del vudú y Haití. La escena del regreso de Erzulie queda un poco coja: parece un pegote efectista sin explicación clara. Pese a ello uno palpa y se sumerge bien en ese Haití de la primera mitad del siglo XX en el que el terror a los zombis entraba dentro de lo cotidiano a la misma altura que la pobreza, el hambre y las bandas callejeras. Recuerdo haber visto de niño un programa (no sé si del difunto Jiménez del Oso) acerca de un caso similar al de Felicia, una persona que había ‘regresado’ tras una supuesta muerte. La historia me impresionó más que anda por el carácter de documental con el que se narraba. A ver: era un crío y por aquel entonces me encantaban los programas tipo a los de Jiménez del Oso. Ahora me río a la cara y le escupo a su discípulo, Iker Jiménez, manipulador, teatrero y farsante donde los haya. Bueno, el cuento de Duncan posee ese aire cristalino y cercano, plausible, que creí ver en ese documental que vi de pequeño. Funciona, y lo hace muy bien. Pese a sus pequeños defectos, como el ya citado de la aparición de Erzulie, me ha parecido una pequeña delicia el acompañar a esta Hurtson escritora que intenta sumergirse en sus raíces. Le pongo al cuento un muy merecido 8.
  26. Bien, bien, bien. El cuento ‘Calcuta, el señor de los nervios’ de Poppy Z. Brite me ha permitido reconciliarme conmigo mismo. ¿A santo de qué viene esto? Pues a que este cuento sigue la estructura y desarrollo de los que yo escribía tiempo atrás: la trama existe pero no posee un peso importante en comparación con la atmósfera. Leyendo el cuento nos descubrimos a nosotros mismo recorriendo esa Calcuta tan llena de horrores como de vida. Descripciones ricas y acertadas, desarrollo de ambientes y trasfondos, de historias apenas susurradas pero muy sugerentes. Una delicia. Recuerdo que el libro de Brite que he leído no me dejó buen sabor de boca. Sin embargo este relato, esta inmersión pausada y aterradora en una ciudad moribunda, me ha encantado. Y me ha confirmado que el estilo que yo usaba (centrado en tejer sentimientos, pintar atmosferas, insinuar desgracias y sugerir amenazas más o menos veladas) no sólo sigue vivo sino que, aunque sólo sea más allá de nuestras fronteras (donde parece que vende más lo directo y burdo que lo lento y elaborado), es aceptado e incluso apreciado. Sí, acabo: que le pongo un espléndido 8 a este cuento. Qué gusto leerlo, por dios. Parece que el libro remonta a medida que se llega al final. Eso mola. Y mucho.
  27. Los zombis de ‘Seguidos’ (Will McIntosh) no sólo no tienen una actitud agresiva sino que su manera tan calmada y paciente de perseguir a sus ‘víctimas’ roza el patetismo. El relato posee un claro, meridiano, mensaje moralista. Quizá ese detalle haga que no me acabe de funcionar, si bien no voy a negar que se le acaba tomando un poco de cariño a la criaturita. Funciona lo justo para llevarse un 5.
  28. ‘La música del zombie’, por muy que venga de los manos de dos monstruos de las letras como Harlan Ellison ® y Robert Silverberg, se queda en un relato sencillo. Como mucho sencillo. Juega con la emotividad de una manera cercana al anterior ‘Seguidos’, pero éste carece de detalle final, o al menos no tiene ni la mitad de gancho que el oreo cuento. Historia muy olvidable, lo que la hace merecedora de un triste 5.
  29. Con la Iglesia hemos topado, querido Sancho. Eso más o menos se puede decir de este ‘La representación de la pasión’ de Nancy Holder. Partiendo de la bastante increíble base de ‘una nueva Iglesia Católica surgida tras la hecatombe zombi’ (increíble más que nada porque esa mierda supersticiosa e hipócrita está tan podrida de dinero, poder y orgullo solo cambiará cuando muera su último fiel y su último sacerdote), la autora enfrenta al viejo mundo (el anterior al alzamiento zombi así como el de la mezquina dualidad de poder y religión) con la nueva realidad de que sobre la tierra caminan criaturas como los zombis. En esa situación un representante de los viejos valores (los auténticos que predicó el judío de Nazaret) se enfrenta a los poderes de su tierra y de su organización, todo ello para poder demostrar y propagar su mensaje de amor. Soy ateo, de los ateos que no pestañearían en eliminar de raíz toda religión (primero a través de la educación y la cultura, y si hace falta a los más recalcitrantes y obtusos a sangre y fuego), pero aun en mi condición de ateo comprendo y admiro el mensaje que algunos fundadores de religiones transmitieron. Mensajes como el de Jesús de Nazaret. Ese mensaje se plasma en este relato enfrentándolo con el poder jerárquico y egoísta que se adueñó de él: el clero y la Iglesia (jodido mensaje confuso de Mt 16, 18 ‘y sobre esta piedra edificaré mi iglesia’. ¿Por qué no se escribió ‘y en este prado –por ejemplo– edificaré mi iglesia’ y así se libró la humanidad de los sucesores de Pedro y Pablo?), junto a las estirpes del poder económico. El protagonista se enfrenta a un destino de ostracismo para defender y reivindicar los derechos de los más débiles. Coño, tópico pero con mensaje reivindicativo y (EMHO) potente. El final del relato es de traca, en el sentido bueno de la palabra: predecible pero no por ello menos potente. Se disfruta palabra por palabra. Muy bien. No se merece menos de un 8.
  30. Coño con el título del cuento de Scott Edelman: ‘Casi el último relato de casi el último hombre’. Tiene no sé qué de trabalenguas. Bueno, al lío: la lectura de este ‘Casi’ resulta un poco cansina. Arranca y para. Y vuelve a arrancar, y vuelve a parar. El texto ejemplifica a la perfección gran parte del género de zombis en España (al menos el que he leído): repetición de historias con las justas variaciones para que no se copien entre unas y otras, y por eso mismo la antítesis a la inmensa mayoría de los relatos de este libro. Nada nuevo bajo el sol, y además con un ruptura del cuarto muro que no ayuda a tomarse en serio el cuento (aunque lo de tomárselo en serio puede que no sea exigencia obligatoria). Pese a todo entre todos los relatos apuntados hay uno que quiero destacar: el del cura. La imagen de la misa y la comunión me han gustado. Mucho más que esas personas que parecen muñecos, en vista de la manera tan fácil con la que los zombis les desmiembran: vamos, leyendo esto parece que con estornudar se no caer un brazo o una pierna. La historia se lleva un justo 5.
  31. De ‘Así declina el día’ de John Langan se puede ya de entrada que al menos se merece un punto por la originalidad: ha usado el formato de guion teatral para narrarnos la historia. Y ahí acaba lo interesante de este relato: al autor nos presenta una sucesión de escenas tópicas que llegan a aburrir (a mí incluso me arrancaron bostezos). Porque narra lo que ya se ha contado mil veces en este género: encuentros con zombis vistos desde la perspectiva de gente normal sobrepasada por la situación, individuos que no saben enfrentarse a ‘lo que antes era su vecino y ahora es otra cosa’. Bla, bla, bla. Lo dicho: aburrido, predecible, reiterativo. Ale, un 5 y a m*****a a Parla.

Leídos todos los relatos la media obtenida ni siquiera llega al bien, quedando en un 5’69. Pero esa nota puede engañar, haciendo pensar que el libro apenas valga la pena. Yo no saco esa conclusión: en este volumen uno encontrará auténticas joyas, relatos olvidables y cuya mera inclusión ya hace a la recopilación  merecedora de ser comprada. Además, aunque otras historias no posean esa calidad narrativa sí que permiten al lector ver que en el subgénero Z no todo se reduce al mismo concepto de zombi–devora–vivos: la rica panoplia de versiones del no–muerto que aquí se descubren (pese a lo que otros digan) le permite a uno fantasear e ir más allá del tópico. Ya sólo por eso se podría recomendar el libro.

Vamos, que sí, que el libro merece la pena. Lo único malo el precio, que tira para atrás por lo caro…

Un saludo.

Alfonso Zamora Llorente – De Madrid al zielo

Hola, ofidios.

Esta reseña la voy a empezar a redactar cuando todavía me queda más de un tercio para acabar el libro. No suelo hacer algo así, pero es que con lo leído hasta ahora lo tengo bastante claro, el menos para escribir el grueso de la reseña. Esperaré a acabarlo para rematar la faena, esperando una sorpresa que me haga cambiar de opinión. Aunque lo dudo.

¿Qué hay en este De Madrid al zielo de Alfonso Zamora Llorente (así, con dos apellidos) que me haga adelantar la reseña? En pocas palabras: la lectura se está volviendo poco menos que una tortura. Y esta vez no por culpa del autor (o al menos de una forma directa) sino de la labor inexistente, o vergonzante (o ambas cosas), de Roció Arroca. ¿Quién es esta mujer que no aparece como la autora pero que recibe estas cariñosas palabras mías? Pues la que en los datos editoriales aparece como correctora.

Pero antes de arremeter contra ella vayamos por partes.

De Madrid al zielo es el segundo libro español de temática Z que leo. Del primero guardo un infausto recuerdo, pero… aquí viene el ‘pero’: ese libro, aun con sus enormes carencias, pertenece al tan actual fenómeno de la autoedición. Hay que situarse dentro de lo que supone la autoedición: una sola persona se ha currado, con sus más o menos limitados conocimientos, una novela; ha escrito, maquetado y lanzado el texto al mar de la edición digital; se supone que no ha tenido a nadie con él que le guiara, le corrigiera y le orientara. Sí, al final quedó una auténtica chapuza de libro, pero olé sus huevos: el señor Arnaldos lo ha intentado él solito. Sólo por ese pundonor ya se merece una migaja de admiración.

Pero en De Madrid al zielo nos encontramos con algo muy diferente. La base apenas difiere respecto de Crónicas zombi: Preludios y orígenes: al igual que el señor Arnaldos, el autor de De Madrid al zielo (Alfonso Zamora) empezó con esa maravilla tan democrática y accesible llamada blog. Al parecer en ese formato empezó el embrión de la historia, pese a que (leyendo lo leído) el señor Zamora no tuviera ni la menos idea de escribir. Pero ahí acaban los paralelismos entre De Madrid al zielo y Crónicas zombi: Preludios y orígenes. De quedarnos ahí hubiera recibido una reseña similar. El autor se llevaría una serie de collejas por su pésima (por no decir nula) calidad literaria y acabaría con un ‘ánimo, a mejorar y ya veremos qué tal la siguiente’.

Pero no. De Madrid al zielo llega a mis manos editada por una editorial con bastante fondo bibliográfico, Dolmen. Más aún, en el libro aparece nombrada Roció Arroca como correctora. Tengo la manía, puede que mala, de empezar a leerme un libro por la primera página, esa que tiene lo del ISBN y demás gaitas. Así que al encontrarme con la señora Arroca me dije ‘oye, un libro que va a estar, al menos en cuanto a la forma, bien redactado’. Craso error. Por decirlo en pocas palabras: la redacción, casi de cabo a rabos, es un absoluto despropósito.

Alfonso Zamora - De Madrid al zielo

Alfonso Zamora – De Madrid al zielo

De entrada decir que me asusta ver que un texto escrito en el mismo idioma de la edición necesite la presencia de un corrector. ¿Qué tipo de horror ha llegado a la editorial para que deba contratar a un corrector y como tal acreditarlo en la edición? A ver, que no hablamos de una traducción de ruso predinástico, sino de un texto escrito hace menos de cuatro años en español, le mismo idioma con el que lo leo. ¿Tan mal estaba la redacción inicial para necesitar ese tipo de ayuda? Eso de entrada me habla muy mal del señor Zamora: ¿sabe escribir dos líneas seguidas sin que requiera que alguien le ayude? ¿Qué maravilla de trama y personajes ha creado para que un editor asuma el sobrecoste de un corrector a la hora de sacar a la luz ese texto? Sin duda debe de tratarse de el libro de este género, la joya máxima.

Por eso exijo que lo que voy a leer tanga buena calidad tanto en el fondo (esa maravilla que implica sobrecostes) como en la forma (ha habido un profesional del estilo repasando ese aspecto del texto).

Vamos, que no me sirve que el señor Zamora no tenga ni idea de escribir, que no acierte a poner bien una sola frase (cosa que demuestra al no saber ver errores de concordancia y de ‘mala elección de palabras’ como el que le puse en el twitter): para eso está la señora Arroca, para pulir todos esos errores.

Pero ¿qué ha hecho esa mujer cuando me encuentro una sintaxis execrable, poco menos que de párvulo? Mis ojos sangran al leer algunas frases. Me estoy viendo obligado a ‘repuntuar’ mentalmente todo cuanto leo: colocar/eliminar/añadir los signos de puntuación de la correcta manera para tratar de sacar el significado que creo que quiere trasmitir el autor.

¿Ha usado la señora Arroca el famoso método de leer en voz alta lo que escribe? ¿Sabe que todo signo de puntuación lleva asociada no sólo una pausa en la lectura sino una respiración, e incluso pueden suponer un cambio de entonación? ¿Conoce el uso y utilidad de los signos de puntuación… o se ha limitado a sembrarlos por el texto esperando que se coloquen solos tras un tiempo al barbecho?

Leyendo (o mejor dicho sufriendo) el libro veo que no, que la señora Arroca no tiene ni la más remota idea de dónde hay que poner un punto, una coma, un punto y coma, unos paréntesis… Si no fuera responsabilidad de ella, o de su jefe, le regalaría un manual de estilo, o al menos algo en plan ‘Las 500 dudas más frecuentes del español’. Coño, o aunque sea el interesante Mientras escribo de King: supongo –quiero pensar– que podría sacar algo de esa lectura.

En serio: me ofende que en un texto alguien aparezca como ‘corrector’ y aun así me encuentre con este absoluto despropósito. Si al menos se tratase del texto tal cual del autor, en plan autoedición…

A eso hay que añadir el abuso de los verbos comodín como ‘ser’ y ‘estar’. Con la riqueza y colorido de verbos que tenemos en nuestro idioma, verbos que permiten jugar con el lenguaje de una manera precisa y muy visual, el abuso con el ‘ser’ y ‘estar’ hace que el texto se arrastre con excesiva torpeza. Parece que el redactor apenas sabe desenvolverse más allá de las ¿mil? palabras del español cotidiano.

Otro detalle que resulta en extremo cansino lo tenemos en que el texto está sembrado de verbos modales del tipo –­mente. A ver, que no sólo yo lo digo. El propio Stephen King (un don nadie) recalca que hay que huir de ellos como de le quema, que esos adverbios matan las descripciones y el ritmo. Yo, al leer la manera en que a veces se encadenan dichos adverbios, noto como mis tripas se revuelven. De verdad: todo adverbio oculta dentro de sí una descripción, sólo hay que saberlas desenterrar del texto. A continuación me había currado un ejemplo de ello, pero no me voy a poner a pontificar, máxime cuando jamás me han publicado nada de manera seria.

¡Oye, que está narrado en primera persona, y la gente habla con adverbios modales cada dos por tres y con un lenguaje sencillo! Eso me lo puede decir alguien como respuesta a esa crítica. Y sí, vale: el libro está en su gran mayoría narrado en primera persona, en la del protagonista. Pero eso no es un ‘vale todo’. Aquí debo volver a decir que ese estilo en primera persona ya me empieza a apestar: lo veo como un escudo tras el que se esconde el ‘escritor’ carente un mínimo manejo del idioma. ‘Como la historia la narra alguien normal uso lenguaje normal, o incluso analfabeto. Se me entiende lo que digo, ¿no? Pos fale’. Ea. Me calzo las botas de una persona con una cultura reducida y hago de la mediocridad en el lenguaje el vehículo para narrar cualquier cosa. Y me quedo tan ancho. Lo dicho: hay autores que en sus obras enarbolan, casi con orgullo, su reducido manejo del idioma. Y lo peor: editores que lo permiten. Mucho me temo que en este reducto del subgénero Z hay mucho, o demasiado, de esto.

Pero sigamos con la señora Arroca. Su nula y al mismo tiempo nefasta labor revela la casi sin lugar a dudas horrible redacción del señor Zamora. Porque si corregido está así de mal no me quiero ni imaginar cómo estaría el original. La señora Arroca le ha dejado al pobre con el culo al aire, le ha traicionado, vendido, apuñalado. Bueno, la señora Arroca y de paso el editor. Ya me habían hablado mal de las ediciones Z de Dolmen (sobre todo en el sentido de publicar textos con muy baja calidad literaria), pero hasta ahora no lo había padecido en propias carnes. De verdad, me horripila lo leído (hablando sólo del estilo, de la forma). Tras ello no tengo ninguna gana de leer nada más de la serie Z de Dolmen. Ni corregido ni sin corregir. Lo dicho, como alguien que creo que tengo una cultura literaria mínima y un nivel de exigencia acorde a ésta, como alguien que intenta redactar siempre de una manera por lo menos ajustada a la norma y con propiedad (cuidando en transmitir bien lo que quiero transmitir), me ofende que alguien ‘profesional’ edite semejante despropósito y pretenda que la gente pague por ello. Menos mal que el libro me lo han dejado: me hubiera dolido descubrir que mi muy escaso dinero acaba tirado a la basura con esta compra.

Y eso sólo hablando de lo relativo a la forma.

Ante dije que, en vista de que le editor se ha gastado el dinero de un corrector, la historia debía merecer ese sobreesfuerzo. Pero por desagracia no es así: el fondo queda acorde con la forma. Y en esto la culpa entera ya recae en el señor Zamora. En la obra se encadenan escenas tópicas, una tras otra. Como ávido consumidor del cine del genero zombi todo lo que leo lo he visto una y mil veces, cambiando algunos detalles, en la pantalla. Bien, desde hace décadas sé que ese subgénero está tan limitado que, aparte del divertimento fácil del cine (y ello con el cerebro apagado), me resulta muy difícil de encontrar en él sorpresa o emoción genuina. Ese campo, el de sudar y de verdad sentir la asfixia de un estallido viral, lo dejo para cosas tan entretenidas como los juegos de mesa (ese maravilloso Zombies!!!!!) o los videojuegos.

Pero no en el texto. O al menos no según lo poco que ha llegado a mis manos.

La sucesión de tópicos de De Madrid al zielo está acompañada de más defectos. Desde los tontos (como decir que en Madrid, en enero, a las siete ya ha amanecido) hasta los de más peso (la muy torpe descripción del estallido: resulta del todo increíble, por infantil, la manera en que reaccionan los organismos oficiales). El autor acude al recurso fácil de encontrarse todo infestado de zombis, sin aprovechar la oportunidad de tener a testigos viviendo cerca de una supuesta zona caliente para describir de primera mano el estallido. Supongo que eso habría supuesto meterse en camisa de once varas: mucho más cómodo introducir un par de mensajes oficiales y ¡tachán! todo lleno de zombis.

Entre medias, antes del estallido y luego después, la cosa empieza a apestar a poderes psi. A ver, lo admito: en el tema de los zombis me considero muy, pero que muy tradicional. Y no me refiero a que sólo me gustan los lentos, no. Disfruté como un enano con la versión de Zack Snyder de El amanecer de los muertos, o con 28 días después (la de 28 semanas después sin embargo me parece una absoluta basura). No me refiero a eso, sino a que si estamos con muertos redivivos no estamos ante Jean Grey, Charles Xavier y el resto de patrullosos. Vamos, que tolero regulín a Alice (Resident Evil), y esto me apesta a que algo similar va a pasar.

El tratamiento infantil de la situación se propaga a los diálogos, a las escenas, a las situaciones, a la manera de reaccionar los personajes. Estos chirrían en múltiples niveles: en general todos son bastante planos (algo provocado por la acción que no cesa, que no da tiempo a recapacitar o a profundizar), y algunos de ellos poco menos que infantiles o melodramáticos (por no hablar de veletas). Los diálogos tampoco deslumbran, sobre todo cuando los personajes lanzan discursos artificiales que no se sabe bien a que vienen. Bueno, sí se sabe: si estuviéramos ante un texto decimonónico sí que tendrían sentido; con una persona sencilla del siglo XXI no.

A continuación pongo algunos simples ejemplos de cositas que me han chirriado.

  • El policía que no se presenta como tal a los militares. Incluso parece que se escuda y esconde tras su familia. Entendámonos: esa reacción es 100% lícita y comprensible. Pero de igual manera el autor debería, aunque sea con unos comentarios de refilón, dejar un poco clara la actitud del policía; más aún cuando se encuentra con un destacamento militar y no oculta su adiestramiento. ¿Acaso el jefe del destacamento, al comprobar ese manejo de las armas, no tiene con él ninguna palabra para saber el origen de esa destreza? ¿No le pide que se una a la fuerza? Si el poli se niega, ¿no se dice el por qué ni su motivación? Además de que como policía, más allá de trompos con el coche y mala leche, demuestra ser bastante poco previsor: en vista de lo que se avecina no tiene las luces como para acaparar munición y armas, aunque eso implique robarlas de la comisaría. A ver: los maderos que conozco ya acaparan en casa (en su armero privado) munición y armas. Y éste, consciente de lo que va a caer, no lo hace. Tonto no; lo siguiente.
  • El protagonista que habla de sus compañeros de trabajo pero no describe lo que hace. En un momento dado habla de que ‘en el instituto estudio algo de radio’. ¿Es teleco o qué? Aparte de que se nota que es una proyección del autor, un ‘tío guay que está en todo, es súper bueno, un idealista, un mediador y se apunta a todo porque él lo vale’.
  • Tenemos mujer­–de, novia–de, amigos–de… y para todos ellos se puede decir que no hay nada de descripciones de trasfondo. El nombre, su trabajo y poco más. Como si se trataran de simples adornos de fondo. Incluso cuando intenta describir a uno se equivoca. Lorena aparece en las primeras páginas como una mujer atractiva de la que destaca su vestido de negro; en las páginas centrales de repente se dice que siempre ‘lleva algo rosa de Hello Kitty’. Si siempre lleva algo de Hello Kitty ¿por qué no se describe algo de esa marca la vez que entra en el bar?
  • El único en el que se profundiza un poco con respecto a su trabajo (y por necesidades de argumento), el periodista, muere a las primeras de cambio. Vamos, que desaprovecha lo ya escrito.

Creo que al señor Zamora le hace falta leer mucho, pero mucho, a autores que hagan un buen tratamiento de los personajes (por ejemplo Stephen King) y descubrir cómo enriquecerlos.

Un detalle que se me ha hecho confuso en la parte media de la novela: el paso del tiempo. En un momento dado parece que tenemos a ‘los militares’ viviendo los acontecimientos un mes pasado el estallido, y por otro lado a ‘los civiles’ pasada apenas una semana desde ese momento. Cuando las dos líneas de acción se juntan uno descubre, o cree entender, que ese mes de los militares contaba desde mucho antes que el estallido tal cual conocido por los civiles. En el resto de la novela el tiempo va a trompicones, usando mucho la elipsis. Admito que ese recurso, sobre todo en situaciones o ambientes de stress, cada vez lo veo más inadecuado. Ese tipo de situaciones creo que requieren un tratamiento lineal, como por ejemplo el de La cúpula.

Otra nimiedad pero que sigo sin entender. ¿Por qué en este tipo de historias se evita usar la palabra ‘zombi’ para describir a los bichejos? ¿Escuece reconocer que se trata de eso o qué?

La ambientación, así como las descripciones, apenas existen. Todo se basa en que el lector conozca Madrid y los sitios mentados. Si no está del todo perdido. No hay el menor esfuerzo por crear atmósfera o tensión ambiental, salvo el hecho de acumular más y más zombis a la vista. Me viene a la cabeza, y se confirma un poco más, que este tipo de novela Z patria sólo sabe jugar con lo cercano, usando los escenarios locales como guiños de complicidad con el lector. Supongo que los madrileños, y vallecanos, puedan disfrutar con la mención a las calles y edificios; el resto de lectores de fuera de Madrid… pues lo dudo. Me dan ganas de perpetrar una novela similar pero ambientándola en Santander y así tentar a mis antiguos vecinos. Pero no, no voy a usar ese ardid tan fácil: me conozco y de hacerlo no podría evitar ‘perder el tiempo’ tejiendo atmósferas, dibujando personajes, intentando crear giros de guion y sorpresas. Vamos, todo lo que se ve que no aprecia o exige el editor (¿y el lector medio?) de estos pastiches olvidables. Aparte, dejé de escribir ficción hace años.

Que me disperso.

Ahora voy a hacer un comentario más personal que nada, y con el que espero no ofender al autor, pero es lo que he sentido a lo largo de la lectura. Creo entender que la novela se trata de una especie de enorme masturbación del señor Zamora. Lo digo por la manera de idealizar al personaje protagonista, que además se llama como el autor, Alfonso. Creo que le hubiera gustado vivir, si no todo, gran parte de lo descrito (entiendo que no le desea pegarle un tiro en la cabeza a su padre, por ejemplo). Pero me da esa impresión: ‘me lo paso bomba porque escribo lo que quisiera hacer y de la forma en que lo quisiera hacer’. Bien por él. Además va y le publican el texto, y con éxito (como al parecer ha sucedido). El hombre debe estar retorciéndose de orgasmo en orgasmo. En eso sólo puedo decirle eso de ‘olé por él’.

Aunque para un lector algo exigente leer la novela suponga una tortura.

Espero que, visto lo visto en cuanto a subgénero Z patrio, las dos compilaciones de cuentos que tengo en la pila (todas ellas de autores extranjeros) suban el nivel. La verdad, mejorar lo presente no debería costar mucho. Otra cosa distinta es que me logren sorprender: habrá que verlo, o mejor dicho leerlo.

Este De Madrid al zielo de Alfonso Zamora se lleva un muy benigno 4. Sólo para obsesos acérrimos de los pastiches Z.

PD: si ocurre lo mismo que con Crónicas zombi: Preludios y orígenes tras esta reseña alguno se ofenderá, puede que incluso el señor Alfonso Zamora o la propia Roció Arroca. Que se ofenda quien quiera: por ahora vivimos en un país libre. Pero si se indigna que piense para llegar a la lectura del libro alguien lo ha pagado, alguien que tras soltar su dinero se encuentra con eso. A ver, con sinceridad: ¿el libro posee tanta calidad como lo que cuesta? Pagar un libro le supone al español medio gastarse un importante porcentaje de sueldo. Al realizar ese esfuerzo el lector puede (y creo que debe) exigir un mínimo nivel de seriedad, sobre todo por parte del editor, que al fin y al cabo es el filtro principal. Un lector que paga debe recibir a cambio una contraprestación en forma de calidad. No todo vale, señores de Dolmen.

No todo vale.

Fin de la primera parte

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Walter Greatshell – Apocalypso

Hola, culebras.

Walter Greatshell - Apocalipso

Walter Greatshell – Apocalipso

Tras algo más de un mes extraviado regresó a mi vera la tercera y última parte de la saga de los xombies, Apocalipso. Vaya ansia, podría decir alguno. Y la verdad es que sí: tenía ganas de leer la conclusión de esta saga de Greatshell. Lo que en un principio parece una simple saga de humanos contra engendros, con todo su tópico trasfondo de flashbacks en un intento no logrado de aportar fondo a los personajes, bien mediado el segundo libro me deparó una gran y grata sorpresa: la trama tomaba, así de improviso, tintes de horror cósmico. Sólo gracias a esa nueva subtrama (que de hecho se convierte en el fundamento de toda la historia) nacieron en mí las ganas de saber cómo la desarrolla en este tercer y último libro.

Pero las cosas claras: desde un primer momento se me hacía muy complicada la tarea de encajar la amenaza cósmica con la –hasta el momento– no muy sorprendente historia de los xombies y los humanos. Más aun si se tiene en cuenta que Apocalipso no suma muchas más páginas que los otros volúmenes. Pero en la literatura ya ha habido saltos de escala que pasen de lo individual a lo planetario o cósmico, como muy bien demostró Benford en su ‘Saga del centro galáctico’.

Entonces, ¿qué encuentra uno en Apocalipso? Pues por desgracia nada de nada. O mejor dicho, más de lo mismo: flashbacks de longitud exagerada, introducción de nuevas tramas, escenas erráticas, mal engranadas y peor explicadas. Hay saltos temporales en el progreso de la trama que carecen de sentido, más aun cuando el autor dedica páginas y páginas a explicar hechos pretéritos: ¿por qué le da tanta importancia a los increíbles tejemanejes de Sandoval cuando luego maltrata al personaje abandonándolo a su suerte (en el sentido de que desaparece de la narración) y obligando al lector a adivinar/fantasear lo que le pasa en el presente? Todo apunta a que Greatshell pretendió conseguir una especia de novela río (intento loable, por supuesto) para acabar perdido entre tanto personaje y tanto trasfondo, incapaz tanto de dar peso a ese abanico de personajes como de encajar bien sus historias y tramas. Sin tener que ir a sagas hay ejemplos de novela río con variedad de personajes y bien llevados, incluso de manos de autores primerizos como Camino desolación (Ian McDonald).

Pero bueno, dado que el autor estaba empezando a escribir novela esos fallos se le pueden permitir.

Otra cosa es la manera de hacer avanzar la novela. Decir que avanza a trompicones es quedarse corto: a los saltos temporales antes dicho hay otros de localización que no explica, los personajes aparecen y desaparecen por arte de magia, hasta el punto de no saber si el actor de una escena está solo o sino (de hecho hacia el final hay un par de escenas en las de repente aparecen como salidos de la nada grupos de personajes). El lector se siente desamparado ante esa falta de definición, de precisión a la hora de representar los hechos. El problema se acentúa a medida que se llega al final, con situaciones confusas, mal hilvanadas e incluso carentes de explicación y/o sentido.

Luego está el asunto de olvidar elementos vitales de la trama. Porque ¿qué ha pasado de la escena cósmica de la anterior entrega, la que prometía un salto de escala en la acción del libro? Pues que desaparece: el autor menta un par de veces esa terrible amenaza que acabará con toda la vida de la Tierra, y luego sigue hablando de las nimiedades de los exhumanos. Porque ese final no me creo que se puede considerar resolución de conflicto. A lo sumo tomadura de pelo. Bueno, a lo mejor esperaba demasiado.

El autor en la presentación del libro dice algo así como que ‘ha escrito todo lo que tenía dentro’. A mí, sobre todo tras leer el segundo libro, me parece más bien que en este tercero ha escrito lo que ha podido, o lo que el tiempo le ha permitido, antes de verse acosado por el editor para publicar y cerrar la saga. No me puedo creer que se olvide de un plumazo de la trama cósmica que tanto prometía, sólo para sustituirla por más y más carne xombi, en diversos grados de modificación.

Un cierre cerca al desastre de una saga que tuvo su momento prometedor en el segundo tomo. Le pongo un 4.

Adiós.

PD para Larissa Nogueira: vaya, otro libro que suspende. ¿Culpa mía, de mis gustos ‘raros’, o de sus errores de argumento? ¿Tengo yo la culpa por toparme y leer un libro malo (y así decirlo) o el editor por no hacer un trabajo de criba (que no mire más allá de vender–vender–vender) y publicar una mierda? Sí, sin duda culpa mía, seguro.

AA. VV. – Calabazas en el trastero 12: horror cósmico

Hola, ofidios.

Calabazas en el trastero 12: horror cósmico

Calabazas en el trastero 12: horror cósmico

Gracias a la amabilidad de la Editorial Saco de Huesos llega a mis manos esta compilación de relatos, Calabazas en el trastero 12: horror cósmico. No lo puedo negar: agarro esta lectura con auténticas ganas de saber qué contienen sus páginas. Al fin y al cabo he disfrutado del horror cósmico forma desde mi infancia, cuando pasé de leer Verne a adentrarme en Lovecraft (a los once años tuve mi primer contacto con el de Providence en la forma de En las montañas de la locura. Tras acabar el libro ansiaba leer más horrores como los allí descritos. Y así hasta ahora). No sé si ese bagaje de casi treinta años leyendo y releyendo horror cósmico supondrá un problema para valorar esta recopilación; poco hay en ese estilo que me sorprenda, y me tomo los pastiches descarados con sorna, cuando no con un poquillo de asco.

Pero aquí no debo hablar de mí sino de lo que me he encontrado.

  1. Y, como se dice, la primera en la frente. El relato ‘La Teaghonía de Heráclito’ (Juan José Hidalgo Díaz) me ha sorprendido por su uso de personajes: lo que menos me esperaba en una historia de horror cósmico era encontrarme a Azaña (una vez aparece como ‘Hazaña’. Ese maldito corrector ortográfico del procesador de textos) y con Franco. Ya sólo por ese valiente movimiento merece la pena resaltar este cuento. No quiero meterme en política ni en cómo la figura de Franco acaba reflejada como el salvador de España frente a un mal cósmico (no me parece ni momento ni lugar), pero no me extrañaría que a algún lector el relato puede que le duela, sobre todo al contemplar ese enfoque de la guerra civil y posterior represión como salvación frente a un mal mayor, una especie de justificación del mayor drama vivido en España en los últimos cien años. Pero nos encontramos ante un cuento de fantasía, de horror cósmico, no de política. Y ese espíritu de amenaza más allá de lo tangible (que encaja con mi definición de horror cósmico mejor que la que aparece en el prólogo, que se centra más en el tamaño y lo monstruoso) se capta a la perfección en el relato. Más aún, la introducción de una divinidad que tiene mucho de meme lingüística se me ha hecho del todo original. En cuanto al estilo, he de decir que adolece de algunos defectos que se reiteran en casi todas mis últimas lecturas (y comentados sobre todo en mis reseñas para Bukus) y que no voy a repetir de nuevo. Pero el texto, aun con sus defectos, engancha obligando a leer y leer sin pausa. Muy bien. Le pongo un 7.
  2. Sin embargo ‘Agujero negro de gloria’ (Andrés Abel) me ha parecido un pequeño globo. Relato demasiado corto y vacío, no da tiempo a sentir el vértigo (que no horror, mucho menos cósmico por mucho agujero negro que ponga) en el que creo pretende sumergirnos. Una pena: ello le otorga un humilde 4.
  3. ‘Las estrellas están en posición’ (Aitor Solar) empieza con un escenario y situación de personajes tópico dentro de la escuela de Lovecraft. Todo el relato encaja en el prototipo de cuento de Los Mitos, incluida la época en que se desarrolla: casi parece un calco de los del Círculo de Lovecraft¸ quizá diferenciándose de ellos en el detalle de la protagonista (el sexo femenino casi no aparece en Los Mitos originales, y mucho menos como protagonista). El desarrollo prosigue en esos términos hasta llegar a un final un poco traído de los pelos: tanto es así que puede que e incluso a algún lector no acostumbrado a Los Mitos le suene ridículo, si bien el desenlace a los fans del género les hará recordar a unos entrañables y cafres hermanos de Dunwich. Porque si ellos pudieron desencadenar lo que desencadenaron, ¿por qué ella no? Dado que entra dentro del más puro clasicismo, pero sin caer en el pastiche, le pongo un 6.
  4. El cuento ‘La Franja’ (Fernando Lafuente Clavero) no funciona. Al menos a mí no me ha funcionado: la enorme serie de incoherencias en torno a ese muro me han hecho desconectar. ¿De qué hablo? De que si en toda la historia nunca nadie ha estado al otro lado ¿por qué dar por hecho que hay algo allá? ¿Están en un planeta? ¿Esférico? ¿Cómo intersecta ese muro al planeta? ¿Como un plano a través de su centro o de una manera menos simétrica? ¿El autor se da cuenta de lo que supone, en cuanto a su visibilidad en el cielo, que un planeta que éste esté cortado por un plano opaco? Le sugiero que lea Mundo anillo (Larry Niven), Mundo río (Philip J. Farmer) o aunque sea La señora de los laberintos (Schroeder) para comprobar lo que implica ese tipo de superestructuras en los paisajes, y cómo jugar con ellas. A ver: no pido un relato de horror cósmico con toques de cifi hard, pero sí un mínimo de coherencia con el entorno descrito. ¿Por qué pido eso y no me dejo llevar por la suspensión de incredulidad? Pues porque si se habla de vehículos casi idénticos a coches se me está describiendo tecnología, lo casi opuesto a fantasía, y eso me activa el chip exigente y realista, el chip que busca realismo. En ese sentido hace años escribí un relato con un muro similar como protagonista, pero me aseguré muy bien de que quedara claro de que estaba ambientado en un mundo onírico, con lo que no se me puede pillar en esos defectos. El cuento tiene muchos otros defectos que lo hacen flojear, defectos entre los que se encuentra el final. Se lleva un 4.
  5. De ‘(           )’ (Magnus Dagon) en un primer lugar, en cuanto a estilo, hay que destacar su preocupante reiteración en el uso del verbo ser para casi todo, así como la de los adverbios modales. Llega a volverse cansino, la verdad. A eso hay que añadir que el señor Dagon (palabra llana, ojo: sin tilde en la ‘o’) además tiene el defecto de repetir palabras y estructuras de forma casi seguidas, lo que cansa. Un defecto que debería solventar para el siguiente cuento. Pero dado que estamos ante textos no profesionales se asumen esos defectos formales y no se van a considerar como determinantes a la hora de valorar los textos, ni para este cuento ni para el resto. En cuanto a la historia se agradece la manera de plantear el origen del mal, muy acorde con el género de la compilación, algo vago e indefinido, un horror del que apenas se conoce el nombre. Algunos detalles de la manera en que investiga el protagonista suenan inocentes, sobre todo a estas alturas en las que buscar por internet datos está a la orden del día (y no hace otros casi básicos, como tirar del whois de DNSs, o similares). Pero los pros, como esa escena de cuando llega al piso y lo encuentra ‘patas arriba’, superan los contras, con lo que se lleva un 6.
  6. ‘Los condenados del Titanic’ (Ana Morán Infiesta). Este relato entra casi dentro del puro pastiche. Salvando el estilo, hay que decir que imita demasiado los formatos de los textos clásicos de Los Mitos. El cuerpo del relato entra en lo predecible, más que nada porque historias similares se han escrito por decenas. A eso hay que añadir incoherencias o despistes argumentales, entre los que destaca la no explicada relación entre la nota inicial del cuento y el desenlace: en la nota se habla de unas circunstancias muy concretas que luego no se siquiera adivinan en el cuento. Como elipsis me parece demasiado grande; como olvido lo veo un error de bulto. Llega al 5, pero por los pelos.
  7. Leer ‘Mientras siga existiendo esperanza en la Humanidad’ (Óscar Pérez Varela) supone un auténtica delicia. No sólo está bien escrito en cuanto a forma, sino que la historia engancha desde un primer momento, más incluso que el relato de Hidalgo. El cuento consiste en un ejercicio de manipulación de la historia: en ella tenemos como protagonistas a tres de los autores cumbres de nuestra literatura, todos ellos inmersos en una pugna de la que no diré nada más, sólo que quienes conozcan un poco la vida de Valle Inclán no podrán reprimir una sonrisa. Sólo este texto ya hace que merezca la pena el libro entero. Se lleva un bien merecido 8.
  8. El cuento ‘Parásito’ (Santiago Sánchez Pérez) se me ha hecho tan anodino y olvidable que en efecto a la hora de redactar esta reseña ni me acordaba de qué iba. Torpe en cuanto a redacción y fondo, apenas se puede decir que sirva como prólogo o primer capítulo de una novela pulp que yo nunca compraría. Le pongo un 3.
  9. ‘Horror vacui’ (Sergio Mars) está más o menos bien. La idea de fondo posee gancho, pero el texto falla cuando pretende afinar con datos. Los números, los malditos números, hacen que la historia se desmorone. ¿Por qué? Porque una ‘onda de choque’ con origen en el centro de la galaxia, por muy a la velocidad de la luz que vaya, sigue tardando miles de años en llegar desde que se empieza a hinchar hasta la Tierra. No sé si me explico: si los observadores están a 35.000 años luz del centro, desde el momento que contemplan el primer efecto de la onda de choque (el que afecta al núcleo, y sólo al núcleo) tienen por lo menos esos 35.000 años de espera entre el estallido y que el frente de la onda les golpee. Y ese plazo suponiendo que el frente que viaja a la imposible velocidad superior a la luz: si se desplaza a una menor poseen todavía más tiempo. A no ser que se trate de otra cosa, como aparece en Cuarentena (Greg Egan). Pero, a mi entender (y más allá de los detalles de ciencia ficción dura), la auténtica fuerza del cuento –y el horror verdadero– no está en ese lejano centro galáctico sino en los personajes: esos dos hombres que, más allá del fenómeno astronómico, reaccionan con visceralidad ante la hecatombe, dejándose llevar por su naturaleza humana. Le pongo un 6.
  10. ‘Token’ (Luis Guallar Luján) de nuevo resulta un cuento predecible, demasiado: en cuanto se dice el sentido y destino del token ya queda claro lo que va a pasar. El cuento me recuerda de pasada a Cronopaisaje (Gregory Benford), pero por supuesto carece de la profundidad de ese magnífico libro. La historia, que ya perdía interés debido a su esquema repleto de tópicos, al final se revuelca en el pastiche. E incluso se permite un último párrafo digno del olvido. Apenas llega a un 4.
  11. Y de nuevo una luz en la colección de textos: ‘La ciudad bajo las aguas’ (Ricardo Montesinos) se disfruta casi de cabo a rabo. Cuento sencillo y directo, que flirtea con el tópico del libro maldito pero sin sucumbir a exageraciones. En la historia hay un rico abanico de elementos familiares para el lector de horror cósmico, engarzados de tal manera que ninguno de ellos eclipsa a los otros, y que gracias a la rapidez del texto se disfrutan sin regodeos. Una pena esa escena final, donde no se sabe si las aguas turbias de repente se vuelven del todo cristalinas, dada la cantidad de cosas que ve el protagonista. Pero aun así un cuento digno de mención. Obtiene un merecido 7.
  12. El cuento ‘Un brindis al sol negro en Villa Diodati’ (Juan Ángel Laguna Edroso) puede decirse que está resumido en el título: un brindis al sol. La historia apenas se la puede llamar tal, limitándose a una serie de pinceladas y un borrón (la anacrónica presencia de Stoker). Demasiado lleno de vaguedades, se hubiera agradecido que el relato estuviera dotado de un poco más de extensión para así dibujar más la escena, las relaciones y el propio contexto de lo que ha sucedido antes. Otro detalle (un comentario 100% personal): nunca me ha gustado que en una recopilación de cuentos aparezca uno del propio editor/compilador. Siempre me ha dado la impresión de que esos cuentos se publican en plan de ‘porque yo lo valgo’. Prefiero que las labores de edición se mantengan bien diferenciadas de las de creación: así no se da la sospecha de agravio comparativo. Apenas llega al 5.
  13. ‘Hijos de Lug’ (David Marugán) supone un intento de llevar el horror cósmico a la España rural. Lo logra de manera algo justa, sobre todo por la manera de presentar a los ‘forasteros’, que dejan claro con demasiada rapidez sus intenciones. Tanto es así que a partir de cierto momento el cuento casi se resume a ver cuando pasará lo que el lector ya sabe que va a pasar. De nuevo un muy justo 5.

Mención aparte merece la portada de Martín de Diego Sádaba, que me parece perfecta. ¿Me lo imagino o tiene cierta influencia de ‘El color que cayó del espacio’?

Voy a hablar un poco de la forma, el estilo con el que están escritos, verdadero talón de Aquiles en la mayoría de textos (de ediciones profesionales o no) que leo de un tiempo acá. En esta compilación me he encontrado con cuentos que, a mi entender, necesitarían una reescritura completa, de tan mal como están redactados; por fortuna suponen una excepción. Lo que sí se ha hecho casi general es el abuso del condenado verbo ‘ser’: lo admito, con el tiempo parece que se me está desarrollando una especie de ‘hipersensibilidad’ a dicho hábito. A ese verbo y a los adverbios mal colocados (el condenado Stephen King me ha espoleado en ese sentido). Hay otro aspecto que cada vez llevo peor: el uso de la primera persona en las narraciones. Ahí mi cerebro lucha entre el chip ‘corrector de estilo’ y el que me dice ‘oye, que al narrar en primera persona valen todo tipo de salvajadas gramaticales’. En efecto, el narrador en primera persona se puede permitir el repetir en un párrafo mil veces el verbo ‘ser’ conjugado como quiera, o encadenar adverbios como longanizas, reiterarse en estructuras gramaticales sin que se busque la aliteración o la anáfora, o abusar del lenguaje coloquial y llano. Sí. Todo esto se le permite a un texto narrado desde el ‘yo’. Pero aun así me acaba cansando, incluso me llega a enfadar: leyendo esos textos pienso que están narrados con desidia y dejadez, como si en el aire flotara un ‘todo vale’ a la hora de escribir. Algo me dice que se trata de textos que no sacan partido a esta lengua nuestra tan rica, y muchas veces por la sencilla razón de que el narrador no da para más.

Acerca de los autores debo decir que me chirría el encontrar tanta ‘Z’ entre sus currículos. Sigue pendiente mi inmersión en el aporte español a ese subgénero, subgénero ante el que tuve una primera experiencia nefasta. Espero que, con el tiempo y las lecturas, pueda borrar de mi mente los adjetivos ‘arribista’, ‘comercial’ y ‘paupérrimo’ (en cuanto a calidad literaria), calificativos que por ahora asocio a la avalancha de libros de temática zombi. Pero ver a tantos de ellos inmersos en el ‘submundo Z’ me da la impresión de encontrarme ante una camarilla,  una especie de gremio o grupo de personas con tendencias corporativistas. Doy por hecho que se trata de una idea errónea, surgida de una mente como la mía, con fuertes tintes conspiparanoicos.

Pero mejor dejar esas fantasmagorías y volver a lo que trae aquí, la compilación. A modo de resumen, el balance de la recopilación recibe una nota de 5’38, número engañoso: ese aprobado justo, fruto de la media, no debe ensombrecer las luces que posee el libro. Cuentos como ‘La Teaghonía de Heráclito’, ‘Mientras siga existiendo esperanza en la Humanidad’ y ‘La ciudad bajo las aguas’ lo hacen merecedor de su lectura, así como apuntar una serie de nombres a seguir. El libro se puede adquirir en la web de la Editorial Saco de Huesos. Sin duda a lo largo de las 178 páginas encontrarás momentos de placer… o de horror. Cósmico, claro.

Un saludo.

AA.VV. – Dejen morir antes de entrar (reseña Bukus)

Hola, culebrillas.

Bukus Reseñas

Bukus Reseñas

Nueva reseña para Bukus. En esta ocasión se trata de la recopilación Dejen morir antes de entrar, libro conmemoratorio de la tercera edición del concurso de relatos de La web del terror. Como siempre podéis leer la reseña entera en la web de Bukus.

El presente libro recoge más o menos el 50% de los relatos recibidos al concurso, lo que permite apreciar bastante bien el material que les ha llegado. Teniendo en cuenta que en la presentación del concurso los responsables del mismos les dicen a los concursantes que en esta edición desean darle una ‘importancia vital a la ORIGINALIDAD, CREATIVIDAD, INGENIO y CALIDAD de los relatos’ (sic), y que según el punto 7 de las reglas ‘Los relatos presentados a concurso deberán estar cuidadosamente corregidos y sin faltas de ortografía’ (sic) esperamos que la experiencia de la lectura resulte del todo agradable.

Un saludo.

Walter Greatshell – Prisioneros

Hola, culebrillas.

Walter Greatshell - Prisioneros

Walter Greatshell – Prisioneros

Pues sí, que me he metido de lleno a leer los dos ejemplares que tengo de esta saga. Como ya he dicho en la anterior entrada el primer volumen, Agente X, no me disgustó. Ahora que han pasado unos días y habiendo leído la segunda parte casi le subiría un poco la nota a esa primera parte.

Y me jode quedarme sin leer la tercera. Pero dado que sólo compro saldos debido a mi economía (además de que me niego a pagar exageraciones por libros electrónicos) ahí se quedará todo.

En Prisioneros Greatshell empieza a hacer lo que apenas apuntó en al primer libro: dar trasfondo a los personajes. Vale, sí, en esta ocasión sólo lo hace en serio con uno y luego más por encima con otros dos. Pero por algún lado se empieza. Así descubrimos al medio protagonista, Sal DeLuca, un chaval obligado a crecer por las circunstancias. Junto a él nos encontramos con un grupo de chavales embarcados en una misión que ellos mismos sabes que tiene mucho de suicida. El libro, al centrarse en esa tarea, se acerca más a lo que parece ser el estándar del subgénero Z: situaciones concretas de normales contra zombis, una ensalada de tiros, encerronas y carreras. Eso, no lo voy a negar, supone un lastre para mi gusto, más que nada si lo comparamos con la más lenta y agobiante primera entrega.

Pero no todo es ‘pim, pam, pum; corre que nos pillan’, y ya. Podemos disfrutar de una segunda escena (la primera podría eliminarse por tópica y casi intrascendente) jugosa y por completo anómala para lo que conozco del subgénero Z: la de la incursión de Lulú y sus amigos. Por desgracia dicha acción acaba demasiado pronto, si bien con un muy correcto momento de suspense. Tras ello entran en acción el Sal y sus amigos y de Lulú y su panda casi nos olvidamos hasta mucho, pero que mucho después. Ese ‘fallo’ queda a posteriori bien justificado, por lo que no lo calificaré como un pero del libro. Pero sí me disgustó la manera errática de ir de un escenario a otro, saltando de la ciudad al submarino o a la inmundicia. Un ejemplo magistral de esos cambios de escena lo hay en Juego de Tronos. Pero Greatshell no trabaja así. Si a eso le sumas unos cambios o saltos en la línea temporal bastante sincopados la lectura acaba haciéndose algo molesta. A ver, no cabrea por lo que narra (que, la verdad, a medida que avanza el libro se me hace más y más interesante), sino porque dan ganas de decir ‘esto lo pones allí en vez de aquí y hubiera ganado en facilidad de lectura y puede que incluso en gancho’. Hay escenas en las que parece que el autor se emociona, alargándolas para, de repente, meter un inciso de lo que sucede en otro escenario, y a veces sólo para aportar una pincelada. Más moderación y control en el equilibrio de episodios, señor Greatshell.

Según avanza el libro se van quedado en el aire más y más incógnitas, muy en plan Perdidos. Supongo que en el tercer y último volumen se explicarán todos ellos, si bien para algunos lo veo me hace muy, pero que muy difícil. Un ejemplo: que todas la mujeres del mundo ‘saltaran en furia’ a la medianoche de Nochevieja. Vamos, como relojes sincronizados a la perfección. Que me explique qué sistema biológico, enzimático o lo que sea puede coordinarse con los usos horarios de cada zona del planeta. Porque la propagación de una señal detonante (sin importar la frecuencia usada) la hubieran notado varios países. Y eso sin tener en cuenta la limitada capacidad del cuerpo humano como receptor de emisiones.

Preguntas que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Aun con todo ello el libro me parece digno, por lo que le pongo un seis.

Y ahora toca soltar unas de mis peroratas. Ya no voy a hablar más de este libro, así que avisado estás.

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Walter Greatshell – Agente X

Hola, culebras.

Walter Greatshell - Agente X

Walter Greatshell – Agente X

Tercer libro del atracón de zombis que me pienso dar en los próximos meses, y de nuevo un (entre comillas) chasco: el libro no encaja en lo tópico del género. ¿Ventaja frente a los tópicos que tengo en mente o engaño usando un tema en alza para lanzar al mercado otra cosa? Pues casi diría que ni una cosa ni otra. Agente X, de Walter Greatshell, tiene un fondo en cierta medida similar al Paciente cero de Maberry: esquiva las calles anegadas de zombis, los complejos asediados y los enfrentamientos personales llenos de desesperación y a brazo partido (lo que hasta ahora yo asociaba al tópico Z) para hablar de una huida y de cómo interactúan los huidos.

La protagonista, Lulú, sufre una enfermedad que le impide tener el periodo. De esa manera tan prosaica se encuentra con que parece libre del contagio. Los vectores de la enfermedad, al menos en el momento del estallido, fueron las mujeres. Eso generó un clima de terror que degeneró en un mundo de hombres hostil para el sexo femenino (aunque se verá que la hostilidad acaba cuando hay ganas de meterla). Así, en apariencia inmune a la infección, Lulú se une a un grupo de militares convertidos contra su voluntad en niñeras, buscando un lugar donde la plaga no haya vencido. Y eso dentro de un submarino.

En un jodido submarino.

He leído que a algunos lectores (me parece recordar que entre los comentarios de goodreads) ese concreto detalle, y la manera lenta en que se desarrolla, les ha molestado haciéndoseles pesado. Pero la verdad sea dicha, a mí no sólo no me ha aburrido, sino que esos juegos de poder, de choque de personalidades (en el sentido de personalidades ya definidas de antemano para cada personaje: a excepción de la protagonista no hay profundidad alguna en los personajes, y mucho menos evolución), las descripciones de la vida dentro de la nave, del conflicto entre personal civil y militar me ha parecido del todo lógico e incluso necesario. Que estamos hablando de un entorno que sólo puede compararse, en cuanto a claustrofobia y encierro, a una nave espacial en tránsito. Exige tratar las relaciones interpersonales y los posibles choques. Y más aun con varios centenares de críos entre un grupo de militares a los que los ex les han dado por culo.

Porque Agente X más que un libro de zombis (o xombis, como los nombra) es un libro de supervivientes, de traiciones, egoísmo y crueldad. Las escenas de lucha o tensión contra infectados se cuentan con los dedos de las manos. Y no se echa de menos nada más, porque el auténtico peligro problema -o como se quiera decir- en la novela habla, viste y razona: son los mismos hombres.

El libro avanza sin prisas, plasmando bien el ambiente de malestar que hay dentro del innominado submarino, y sólo se acelera en su último. Y en ese tramo concreto falla: la parte final se vuelve confusa. El autor empieza a enredar la trama con la aparición de facciones y dobles juegos, con descripciones no del todo acertadas (no he acabado de ver bien ese Valhalla: no me cuadra tanta cúpula inflable con espacios diáfanos, túneles, pasillos y canales abiertos al agua, al menos de la manera en que luego describe las acciones) de tal manera que la lectura empieza a volverse poco interesante. A eso se suma el que todo empiece a cuadrar de una manera quizá excesiva: esa chica, con ese padre, en esa base y guardando ese secreto, que todo junto les llevará al lugar exacto donde encontrarse con los medios propicios para lograr ese premio final… Sí, hablo en acertijos (por eso de no meter demasiadas pistas) pero supongo que más de uno podrá entenderme: odio esos libros donde todo se encadena de tal manera que el final se convierte en una complicadísima pero maravillosa carambola. No se me hacen creíbles, ni de lejos.

Pero ese final no quita lo que antes ha venido: esos zombis azules, ultrarrápidos, parlanchines y que desean darte un morreo de primera. Habiendo visto ayer el último remake de La cosa (por cierto, horrible y vergonzosa como pocas) casi me puedo creer que algunas escenas de la película estuvieran inspiradas en la novela: esos miembros tan vivos y sedientos.

En definitiva, Agente X, de Walter Greatshell resulta una lectura amena (debido a su manera de avanzar posee bastante de thriller) que, sin pasar a la historia, satisface. Se lleva un seis.

Mientras seguiré buscando esos libros tópicos que encajen con lo que el cine ha dado. Sé que los hay: el libro de Arnaldos me lo ha demostrado. He decidido atacar los libros españoles una vez haya leído bastantes foráneos, para poder hablar desde una perspectiva más amplia. El señor Sisi y compañía deberán esperar.

Adeu.

P.D.: Mención aparte merece la portada. Se nota que buscaba el público adolescente, ese al que le sumas una tía medios desnuda y una X muy gorda y… bueno, no creo que haga falta más explicaciones. Que lo de la portada, salvo por el negro de los ojos, no tiene nada que ver con el contenido. Y a mi entender deja en muy mal sitio al director de la colección.

Alejandro Arnaldos Conesa – Crónicas zombi: Preludios y orígenes (reseña Bukus)

Hola, culebras.

Bukus Reseñas

Bukus Reseñas

De nuevo aporto una reseña a la web de Bukus, en esta ocasión del segundo libro de temática zombi que leo en mi vida (en su día ya hablé del primero). Le ha tocado ese honor a Crónicas zombi: Preludios y orígenes, de Alberto Arnaldos Conesa. Si queréis saber las impresiones que este libro me ha arrancado sólo tenéis que leer la muy corta reseña que de él he realizado.

[…]Este Crónicas zombi: Preludios y orígenes consiste en una especie de fixup de cuentos que ha ido publicando en su web. Consta de dos partes bien diferenciadas:
•     Una primera (Preludios) de cuentos cortos más o menos independientes.
•     Una segunda novela corta (Orígenes) de tipo coral que narra una única historia.[…]

Un saludo.

PD 24/02/2014: Cambio el asunto y permalink de la página, que estaba mal el nombre. Mira que bautizar como Alberto a AlejandroGracias por su respuesta. Otra cosa: el comentario sobre de que el señor Arnaldos es mejor que Sisí o Loureiro no parte de mí, sino de un comentarista de Amazon. La verdad: ahora me gustaría leer alguno de los zombiescritores afamados. Si alguien me quiere regalar un libro suyo (yo no puedo gastarme dinero que mi economía está muy mal) se lo agradeceré. Así podré ampliar la perspectivade este subgénero. Quien sabe si el empezar a leer de estos bichos con un nivel altísimo (el cómic de Los muertos vivientes) me ha lastrado a la hora de apreciarlo. Eso y la avalancha/saturación editorial, claro.

Leonardo Kuperman – Invocación (reseña Bukus)

Hola, ofidios.

Invocación - Leonardo Kuperman

Invocación – Leonardo Kuperman

Ya está disponible mi reseña en Bukus del libro de Leonardo Kuperman Invocación. Aquí os pongo un pequeño extracto:

[…] Pero de todo ello hablaremos más adelante. Antes de entrar en harina debemos aclarar que Invocación es una novela autoeditada. La autoedición, ahora tan frecuente y accesible, supone que el texto no ha pasado por la criba de un editor. Eso de por sí no tiene porqué suponer un problema para el lector: existen autores de suficiente calidad que no necesitan apenas supervisión para poder obtener productos literarios dignos. Pero son los menos. Por eso cuando nos planteamos realizar reseñas de libros autoeditados siempre intentamos bajar el listón de las expectativas y buscar los puntos positivos de la lectura. Al fin y al cabo una novela, en la mayor parte de los casos, conlleva numerosas horas de esfuerzo y más todavía de ilusión. Escribir un libro supone un reto que no todo el mundo se atreve a iniciar; y mucho menos a concluir. Pero aun así no vale todo a la hora de escribir novela. El juego literario tiene unas mínimas reglas que en caso de que el autor las incumpla supone el castigo de una reseña negativa. Invocación, de Leonardo Kuperman, encaja en ese tipo de libros fabricados sin alma alguna, saltándose las más básicas normas de forma (respecto al fondo no voy a decir todavía nada). Nos hallamos ante una novela descuidada que adolece de una seria revisión no sólo de estilo, sino sintáctica, ortográfica e incluso de trama. ¿Qué decir de una novela cuya primera errata la encontramos justo en la primera página, en el mismísimo título de la obra y sobre el nombre del autor? Así es: pone ‘Invocaión’ en vez de ‘Invocación’. Si el autor no se ha fijado en eso ¿qué otras cosas no se le habrán escapado?

Pero entremos a hablar más en detalle de esta Invocación. […]

¿Quieres leer más? Entra en la web de Bukus y lee la reseña completa.

Adiós.

Tim Lebbon – El rostro

Hola, culebras.

Tim Lebbon - El rostro

Tim Lebbon – El rostro

Me encontré El rostro en unos saldos (mi principal medio de conseguir libros, por desgracia) y la verdad sea dicha ni siquiera cuando estaba pagando me sentía seguro de saber qué narices compraba. El nombre del autor, Tim Lebbon, no me decía nada y la contraportada tampoco me aclaraba mucho respecto al contenido.

Pero lo compré y hoy mismo lo he acabado de leer.

Por suerte no se trata de un thriller, tal y como me llegué a temer. Por el contrario El rostro resulta encajar en parte en un estilo de terror de los que me encanta: el de Ramsey Campbell. Se puede decir que las dos terceras partes del libro el autor utiliza atmósferas que recuerdan a las creadas por el maestro de Liverpool. El ‘malvado’ aquí aparece de una manera más directa, momentos en los que el libro a mi entender pierde magia, pero ese defecto se ve compensado por la manera de reaccionar los personajes a esa presencia.

Por desgracia en el último tercio de la novela la historia se banaliza, convirtiéndose en otro texto más de ‘asesino ultraviolento’. Desentona por completo con lo anterior, desluciendo el resultado final. A ello hay que añadir una conclusión aturullada y carente no de explicaciones, sino siquiera de pistas de por donde agárralo. Al acabar de leer el libro esta deja una intensa impresión de historia errática y sin objetivo. Quizá eso buscaba el autor, el demostrar lo caótico e indiscriminado de la violencia, pero a mí no me ha dejado satisfecho.

Hablemos de alguno de los defectos más serios que he encontrado:

  • el primero lo tenemos en relación a las huellas extrañas que se describen al inicio de la novela. Uno espera que a lo largo de la misma (o aunque sólo sea al final de la misma) se dé una ligera explicación. Pues bien, en las últimas páginas ya uno intuye que no, que eso no va a ocurrir. Y de hecho no ocurre: más aún, Lebbon enfanga más la trama con nuevas referencias a huellas que siguen sin carecer de sentido. Tal y como dije antes, quizá el autor pretende dejar al lector esa impresión de arbitrariedad. Pero a mí me disgusta encontrarme ante tanta.
  • el segundo defecto que veo, y quizá el peor, también lo encortamos en el desenlace. A lo largo de toda la novela Brand ha estado orlado de una naturaleza no fantasmagórica sino directamente mágica: casi parece un demonio juguetón, sádico, cruel y libidinoso. Vamos, cualquier cosa menos un tío al que se le mata clavándole un destornillador en el cuello. Y es que el autor parece que no ha sabido salir del lío en el que se ha metido con tanta muerte, herida y sexo. ¿Cómo coño me deshago de este hijo de puta ahora, con una hija vendida, un padre que no puede ni con su alma y una madre demenciada?, pensaría Lebbon. Para huir de la ratonera no acude al terrible deus ex machina, pero en vez de ello utiliza un serie de acontecimientos de extrema vaguedad (lo de las pisadas me pareció de peli cutre de poltergeist) junto a cambio radical de la naturaleza del malvado: de repente desaparece esa aura mágica y se convierte en un vulgar matón de carne y hueso.
  • Luego hay alguna tontería, como le introducir a personajes y luego olvidarlos (por ejemplo la mayoría de los amigos de Dan), o sacarse a algunos de repente, como los vecinos. La novela merecería más extensión y más interacción con personajes.
  • También no quiero olvidar el que el libro sufre de algunos defectos no sé si de traducción o de edición, con palabras sin sentido y frases mal llevadas.

Este final hace que la calificación final de la novela baje a un humilde 6, nota que mantiene por ese inicio a lo Campbell.

Adiós.