Posts Tagged “terror”
Escrito por: Txisko en Libros, tags: terror
Hola, culebrillas.
No quiero hablar mucho de esta cosa. La tumba de Lucifer, el pestiño de Daniel Rhodes, es a la literatura de terror lo que los telefilmes post telediario de Antena 3 al cine de calidad (y quiero pensar que el cine de calidad todavía existe). De hecho ni siquiera como argumento para una película de serie B saldría bien parada. El libro no engancha en ningún momento, carece de tensión, las escenas ‘de miedo’ no dan ni miedo ni nada, los personajes planos y a veces son demasiado ochenteros. Por otro lado la visión que da de la Francia rural parece sacada de una película de Paco Martínez Soria, e ignoro hasta que punto acierta o mete la pata: me gustaría saber la opinión de un francés.
Tema aparte merece la traducción, que llega a incluir alguna que otra frase directamente sin sentido. Además parece que el traductor o el ‘componedor’ (ignoro el nombre técnico) desconoce el significado y uso del símbolo ‘»’ para continuación de discursos en nuevo párrafo.
Luego está el título de la obra: ¿por dónde sale Lucifer? Creo que se le menciona sólo una vez, y de refilón. Si al menos se hablara de Baphomet… Y no vale como excusa el decir que nos encontramos ante una traducción cutre de esas a las que nos tienen acostumbrados en España, sobre todo en el cine. No: el propio autor pone el nombre Lucifer en el título original, Next, after Lucifer. Este tío estaba fumado cuando escogió el libro. Pero aun más fumado debía estar su editor original… y el español, por supuesto.
Este truño no se lleva un 0 por piedad, pero un 1 ya es suficiente. Vaya pérdida de tiempo.
Adiós.
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Escrito por: Txisko en Libros, tags: terror
Hola, culebras.
American psycho llevaba años y años en la pila y nunca me atrevía a cogerlo: me daba miedo debido a la impresión de bestseller insustancial que me causaba. Pero llegó el día en el que me dije ‘debo darle una oportunidad a este libro de Ellis.
De entrada me sorprendió el estilo usado por el autor: un hiperactivo presente en primera persona que a veces casi no te deja respirar. Usando el monólogo interior consigue uno meterse bastante a fondo en la mente de Patrick y ver basura. Mucha basura. Toneladas de basura. Basura en forma humana. De hecho en toda la novela no hay prácticamente ningún personaje que no pertenezca a la élite de los más despreciables seres humanos. A lo largo del libro no deseas que Patrick los mate, sino que deseas ser tú quien le mate, a él y a todos cuantos le rodean. Por pijos, por superficiales, por ridículos, por pretenciosos… porque no se merecen ni el esfuerzo de mirarles.
Ignoro la intención de Ellis al escribir el libro, si lo hizo a modo de catarsis, como reflejo de una sociedad para reírse de ella, o qué, pero el resultado para mí ha sido uno de los libros más llenos de personajes despreciables que jamás haya leído. No hay contrastes, no hay luces y sombras: cada uno, a su manera, merece una paliza. O que le maten directamente. Triste.
Y, al mismo tiempo que está lleno de personajes despreciables, el libro está completamente vacío. No dice nada, reduciéndose a una sucesión de acontecimientos. A medida que el libro avanza la crueldad y el gore aumentan, pero no se vislumbra dirección alguna a la novela, que acaba de igual manera que ha empezado. La única diferencia es que yo me siento estafado.
Luego hay esas divisiones musicales que no vienen a cuento ni aportan absolutamente nada: Génesis, Whitney Houston, Huey Lewis… ¿porqué mete eso? De nuevo el sinsentido como parte integral del texto.
American Psycho se merece un tres, y eso como mucho. Nada más. Chau.
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Escrito por: Txisko en Libros, tags: terror
Hola, culebras.
Tenía pensado redactar una meditada reseña de este libro, Melmoth el errabundo (de Charles R. Maturin), una tran extensa como las dos que he escrito de Frankenstein o de El monje. Pero eso es lo que tenía pensado, y otra la realidad: ando liadísimo y apenas tengo tiempo para dedicar a este humilde blog. Así que me voy a ceñir a lo más conciso de este clásico de la literatura gótica.
Maturin nos presenta ua obra de extensión desmesurada, y en ese mismo concepto desmesura se encuadra el contenido del texto. Siguiendo los cánones del texto gótico, en sus páginas nos encontramos con los ya típicos (y tópicos) pasadizos secretos, presencias fantasmales, conspiraciones eclesiásticas, relaciones familiares engañosas, oscuridad y sufrimiento, etc. Así, basándose en esos elementos que no por manidos pierden fuerza, el narrador los presenta una historia que al principio engancha: un supuesto inmortal que ha alcanzado tal condición a través de un pacto con el demonio. No he leído el Fausto de Goethe, con lo que me resulta imposible hablar de semejanzas, así que ese asunto me lo voy a saltar (que no, que no voy a enrollarme mucho).
El libro arranca con un inicio impresionante: regreso a una mansión en extremo tétrica, un pariente moribundo y mezquino, una tormenta, un naufragio y, como culmen de todo ello, la aparición de una figura incongruente y aterradora. Magnífico.
A raíz del inicio de la narración del español ya se puede hablar de semejanzas con El monje en lo relativo al enfemizo ambiente eclesiástico: su historia arranaca de manera maravillosa con su descripción de las maldades que se ocultan tras los muros de un convento (el único y gran defecto de esta parte, y en general de toda la novela, es el tono resabiondo y cargante que usa el autor a la hora de describir). Las desventuras del pobre español parecen no acabar nunca, siempre acaeciéndole algo todavía más dramático.
Y ahí empieza a degenerar.
Yo esperaba (tonto de mí por ‘esperar’) que la narración del español fuere una suerte del cuento de la monja sangrienta en El monje. Pero aquí no es así: la narración se alarga y alarga y alarga. Y vemos cómo dentro de ella hay otra, y luego otra, y más allá otras dos, y una quinta. Eso en un momento en el que el pobre español se encuentra en medio de uan sitiación llena de tensión: recién huído de la cárcel de la Inquisición. El texto se ve lleno de paréntesis a cual más extenso y farragoso, todo ellos para que el clérigo que se esconde tras el autor se solace en un impertinente sermón. El autor no sabe distinguir su púlpio de la novela, y así esta decae hasta el punto de desear abandonar el libro.La últimas páginas unos las lee casi a desgana, deseando que acabe ese tormento: no el de Melmoth, sino el del lector.
Y es que el texto sufre de un narrador en exceso omnisciente, que describe todo de una manera tan prolija que aburre y mata los ambientes de horror que presente. No suguiere sino vomita las escenas. Ves hasta el más diminuto menudillo medio digerido. Y te obliga a saborarlo. Horrible.
A eso se suman los diálogos monónotonos, monocordes, con una única voz y estilo de discurso. Todos (hombres, mujeres, niños y ancianos) hablan igual: no existe en el menor ‘trabajo de personaje’. Horrible.
Para rematar la chapuza el autor inserte de manera bastanta anárquica citas supuestamente cultas, las cuales más que alumbrar algo a la narración sólo demuestran un nivel de pedantería descomunal. Pedor todavía cuando muchas de esas citas caracen de objeto alguno e incluso rompen el ritmo. Horrible.
Una lástima que algo que prometía ser una delicia el autor, con su afan de demostrar ‘lo bien que escribe, acabe destrozando todo el texto.
Le pongo un cinco gracias al fondo que hay tras muchas de las escenas (magnífico), ya que por la forma se llevaría un bien merecido cero.
Un saludo.
PD: Al final sí que me he enrollado un poco
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Hola, ofidios.
Tras haber leído por segunda vez este clásico de la literatura debo reafirmarme en la impresión que ya me dejó hace años: nos encontramos ante un libro que debería ser casi de obligada lectura por el tratamiento que hace del bien y el mal y su relación con la condición humana. Esto permitiría espantar la más bien triste, por no decir ridícula, representación que el cine ha dado de la criatura. Visionando las viejas películas relativas a la obra de Wallstonecraff Shelley, y sobre todo las ‘canónicas’ de la Universal, uno se hace una idea de que la criatura es un ser de temperamento bondadoso pero de mente débil, un patético engendro creada por un genio más o menos loco.
Pero en el libro no hay eso, sino mucho más.
La obra de Wallstonecraff Shelley se basa en la confrontación de dos indudables protagonistas, ninguno por debajo del otro, ambos geniales y prodigiosos:
- Por un lado tenemos a Víctor Frankenstein, un hombre de inteligencia fuera de su tiempo, que se hunde en el odio.
- En el otro lado nos encontramos a la criatura (me niego a citar la página que de la criatura hay en la wikipedia española, porque es un ejemplo de porqué mucha gente odia esa web: está bandalizada y con una contenido inexacto, trivial y horriblemente redactado), un ser asilvestrado de impresionante evolución, de la nada al bien y de allí al amargado mal.
Del enfrentamiento de ambos personajes surge una historia donde uno no puede decir quién es realmente el monstruo y quién no. El libro es un tour de force de depravación de ‘lo humano’, un hundimiento en las simas de lo retorcido . Por un lado lo protagoniza un supuesto ser humano que en su vanidad y egoísmo abandona toda esa caridad que al principio enarbola como propia; por el otro una creación supuestamente inhumana que en su intento por acercarse a la sociedad hace propios los más graves defectos del hombre.
La evolución de Víctor a lo largo del libro es en su casi totalidad descendente: de culto y digno de respeto científico a un casi despreciable egoísta, sólo preocupado por su bien y el de los suyos, un irresponsable miedoso incapaz de afrontar sus actos. A base de esfuerzo y dedicación su saber sobrepasa los campos en los que se especializa, anatomía y la medicina, y gracias a su inspiración alquímica llega a emular a Dios. Pero si bien con al tiempo su capacidad creadora crece hasta convertirle en un demiurgo, su personalidad como ser humano no iguala esos progresos: Víctor se comporta como un crío, irresponsable y egoísta. Incapaz de enfrentar las consecuencias de sus acciones, se niega a tomar responsabilidad alguna; peor aún, reniega de la misma, la abandona cobardemente desde un primer momento y, una vez la misma le busca y le explica su triste existencia, en primera instancia le niega auxilio alguno. Víctor se convierte en ejemplo de corrupción moral a la que el mal entendido (y exacerbado) sentido de la familia puede llevar.
La criatura desde el principio se nos presenta como algo triste, desahuciado de la sociedad. En su primera aparición, tras su nacimiento, demuestra una timidez casi infantil ante su creador, no atreviéndose siquiera a perturbar el sueño de Víctor (un cuya primera reacción ante la criatura se reduce a odio y repulsa, algo de lo que la criatura es consciente). Así, sintiéndose repudiada se aleja de su creador y se sumerge en lo primario, en lo más básico de la naturaleza animal. Gracias a una inteligencia poco menos que pasmosa (en ningún momento justificada en el libro, lo que le da un carácter prodigioso, casi divino) pasa en unos meses de comportarse como algo primario y animal a moverse según las necesidades de un auténtico ser humano normal, compañía, amor y respeto como individuo. Esa necesidad de ser y sentirse útil devendrá en frustración, lo que le llevará a conocer y hacer suyo el lado oscuro del ser humano: la envidia, el rencor que lleva al odio, y en última instancia la venganza.
Llega un momento de la novela en el que la criatura se convierte en la conciencia de Víctor, sacando a la luz esos remordimientos, esa culpa que Víctor se niega a admitir: ha realizado una obra, pero de mala factura y peor finalización. La criatura, a su manera brutal y directa, exige al creador que perfeccione su obra, que la acabe, aunque sea sólo dando a su Adán una Eva con la que soportar esa soledad, a satisfacer una para la que Víctor sí tiene derecho (casarse con Elisabeth).
Un detalle a tener en cuenta es que en ningún momento la criatura recibe un nombre: Víctor no se lo da, y la criatura tampoco se aplica uno a sí misma. El nombre propio humaniza, acerca. La ausencia del mismo mantiene la brecha que la separa a la criatura con la humanidad, e incluso la agranda: todos (niños. Jóvenes y ancianos, pobre y ricos, extranjeros y locales) poseen un nombre que los identifica respecto a los demás, un nombre que los vuelve únicos y que permite a sus congéneres dirigirse a ellos. Por el contrario, la criatura no posee nombre, no alcanzando esa cualidad humana de proximidad. Incluso los animales domésticos tienen nombre. Él no. Nace de restos de seres humanos, pero pasa toda su vida desvinculado de la humanidad de la que surgió, ni siquiera unido por algo tan simple como un nombre.
En esta novela los escenarios de catacumbas húmedas y castillos típicos de la novela gótica mutan en estudios llenos de restos de cadáveres y material científico, en cobertizos anexos a casas y en parajes helados (montañosos o polares).
De igual manera los fantasmas y presencias atormentadas son sustituidos por los propios personajes, cada uno sumido en su infierno personal, un infierno alimentado tanto por su conciencia como por el contrincante. Las referencias a la religión y lo eclesiástico que en otras novelas constituyen un punto importante del drama aquí se laicizan, conjurando una visión casi atea del conflicto. Aquí no se enfrenta el hombre contra Dios, sino el hombre y su intelecto frente a sus actos y la responsabilidad ante los mismos. No hay malvados clérigos, orgullos y prepotentes, castigando a inocentes en nombre de un mal entendido dios, sino dos entes sabios (cada uno a su estilo) que se reprochan mutuamente horrores y debilidades que con un mínimo de entendimiento (salvando los escollos de los antes citados orgullo y prepotencia humanas) podrían haber solventado.
Tampoco existe para los protagonistas el premio del matrimonio: al contrario, la boda deviene en un nuevo crimen. Nadie tiene derecho a la felicidad tras emular a Dios.
Un detalle que me llama la atención es que los protagonistas son de Suiza: los marcianos europeos. Un suizo para un europeo continental es lo mismo que un canadiense para un norteamericano, una criatura rara. Si bien otras novelas se ambientan en los recurrentes países mediterráneos (España e Italia, llenos de pasión y oscurantismo religioso), en ésta se huye de ellos, para situarla en el país aislado por excelencia de Europa. Las únicas localizaciones importantes, más allá de los montes suizos, son precisamente otras regiones aisladas: la devastada costa de Escocia y la no menos asolada y oscura de Irlanda (con un nuevo referente a la religión católica). Como se ve, todos los escenarios distan mucho de parecerse a los civilizados Londres o París (la única ciudad no suiza de importancia que aparece en el libro como localización importante es Ingolstadt, si bien no nos la describe casi nada). El horror y la oscuridad no entran en la civilización sosegada y racional, sino que se mantienen aislados en los lugares remotos o, como en el caso de Suiza, en territorios que de manera voluntaria han dado la espalda al resto de países europeos.
Unos pocos comentarios ‘científicos’:
- Me da algo de pena el que Wallstonecraff Shelley no hubiera nacido un par de generaciones más tarde, para poder escribir su relato bajo la luz de las leyes de Mendel. Seguro que hubiera creado una obra muy diferente, puede que incluso mejor aún (en la obra se hacen un par de referencias a ‘qué surgiría de la unión entre la criatura y su posible pareja monstruosa’).
- Otro detalle que llama la atención en la novela es el tamaño de la criatura. Siempre se habla de su enormidad, de su tamaño descomunal. Pero, si está creado a partir de seres humanos normales, ¿cómo es que de juntar pedazos normales surge algo descomunal? Muy genio de la anatomía debería ser Víctor para juntar músculos y huesos hasta el punto de poder agrandarlos. ¿O usó sistemas de alargamiento como los actuales?
- Lo que no hace falta justificar, dado que entra dentro de ese aspecto alquímico en el que se basa el arte de Víctor, es el tema del rechazo de tejidos. Ya obviará ese tema posteriormente Lovecraft en su relato ‘Herbert West: reanimador’, obteniendo un magnífico relato.
Para resumir, Frankenstein no es una historia de monstruo, sino de monstruos: dos, a cual más patético. Un duelo inolvidable a intenso, que marca al lector y le hace reflexionar sobre la responsabilidad ante las consecuencias de sus actos.
Se merece un ineludible ocho, y no se lleva más por el a veces excesivamente enrevesado estilo de escritura.
Adiós.
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Hola, culebras.
Leí esta obra de Mathew G. Lewis hace ya casi quince años (lo compré recién reeditado por Círculo de Lectores en 1996), y recuerdo que me gustó, pero no del todo: su linealidad y lentitud me dejó un poco insatisfecho.
Pero eso sucedió hace 15 quince años. Ahora lo he disfrutado mucho más, de igual manera que he apreciado mejor sus defectos.
Entre lo bueno, y comparado con el anterior clásico goticoso que he leído, El castillo de Otranto, la mejoría en cuanto a estilo y forma es indudable. Lewis nos recrea una atmósfera y unas situaciones bien descritos y mejor ambientados (algo que tiene mucho más mérito si se tiene en cuenta que el autor era un veinteañero). El culmen de lo gótico se puede decir que lo encontramos en la intensa y lúgubre narración final de Inés: una magnífica ambientación de una escena por completo gótica, en la que hay numerosos detalle tétricos e incluso morbosos (la vida tras la muerte en Inés, y al revés con su bebé, la catacumba, la tortura moral mezclada con el remordimiento, la depravación de los carceleros, la podredumbre, que alcanza sus cotas máximas con las muestras de amor de la madre hacia el cadáver putrefacto de la criatura). Otra de las narraciones a destacar es la del marqués de las Cisternas: la historia de cómo llega al castillo, de lo que sucede en el mismo y posteriormente me parece por sí sólo un perfecto ejemplo de cuento gótico, cuento cuyo clímax llega en la posada con la aparición de ese supuesto judío errante, figura que a mí me recuerda más al Caín bíblico, condenado a vagar con la marca de Dios en la frente, repudiado por el resto de personas.
El relato del marqués llena gran parte de la primera mitad del libro haciendo que muchas páginas el monje, ‘supuesto’ protagonista de la novela, pase a un segundo plano. De hecho Ambrosio no destaca como centro de la misma hasta bien pasado el primer tercio de la obra. Sin embargo a partir de ese momento su figura resurge como un catalizador de la depravación… y del patetismo. Depravado porque acoge con gusto y abusa de todo lo que Matilde le ofrece; patético por la extrema facilidad que con olvida aquellos valores que le hacían parecer santo a sus congéneres. A raíz de esa dualidad Anselmo me ha recordado a dos personajes con ambos caracteres, uno malvado y otro patético. En el lado malvado a Dorian Grey, un ejemplo de la depravación enmascarada en forma de belleza o virtud; en la vertiente patética al bíblico Adán, esa figura débil y penosa que no supo obedecer la única regla de Dios, y que aparte de pecar con extrema facilidad ante la tentación de la serpiente, se permitió el lujo de acusar a Eva (que aquí es Matilde) de su error. La debilidad de Ambrosio se hace patente casi desde el primer momento, dado que el autor deja entrever el orgullo del supuesto santo. A mediados de la novela, una vez que ya ha caído en los brazos de Matilde, el autor se desdice de la supuesta santidad, pintando a Ambrosio como una persona cuya ‘pureza’ se debe a su aislamiento con respecto a la realidad fuera del convento: la virtud se consigue a través del aislamiento, y ante la presencia del mal el hombre santo cede y peca con facilidad.
Matilde en la novela no sólo hace las veces de Eva, virtud engañosa, sino de la propia serpiente del Génesis, del puente hacia la perdición. Ella, al igual que Ambrosio, posee una naturaleza dual, de maldad y patetismo. Su maldad es obvia, llevando al santo varón por el camino del crimen y la perversión; su patetismo aparece en forma de dedicación abnegada, de un servilismo hacia Ambrosio, incluso cuando éste ha dejado bien claro que la desprecia.
¿O no se trata de servilismo? ¿Matilde es una persona… o un avatar de Lucifer, un instrumento del diablo para derribar la torre de santidad que representa Ambrosio? La verdad es que Ambrosio se adentra en la espiral descendente gracias a Matilde, y la presencia de ésta junto al monje sólo sirve para acelerar ese descenso, culminando con la venta de su alma. ¿Habría caído Ambrosio sin la presencia de Matilde?
La aparición de Lucifer supone en la novela el punto álgido, y sin duda el más engañoso y tramposo (por parte del autor): en él se descubre el origen del personaje, algo que resulta fallido por la propia naturaleza la fuente. ¿Se pueden creer las palabras del señor de las mentiras? ¿Realmente la puerta se iba a abrir para liberarle (en ese detalle me gustaría saber si había leído Poe esta obra antes de escribir ‘El pozo y el péndulo‘)? ¿De verdad era hijo de quien dice Lucifer que era hijo, y hermano de quien se supone? Con Lucifer no hay manera de estar seguro… pero sin lugar a dudas de esa manera el autor se quita de encima el problema de descubrir el origen de Ambrosio.
Los protagonistas femeninos sólo están para sufrir, para padecer y (en el caso de dos de ellos) morir. Los masculinos para mostrar un aspecto aguerrido al tiempo que débil (esos desmayos y debilidades enfermizas que se suceden en cuanto se dan cuenta de los destinos de sus amadas).
Si algo que se le puede agradecer a la obra es su valentía: la manera en que no teme mentar a la iglesia y la biblia, mostrando que en su seno no todo son santos y piadosas criaturas, sino que dentro de ella cabe la perversión, la maldad y el asesinato. Si hablar así de la iglesia ahora mismo puede suponer un problema, hay que ponerse en la piel de una persona de finales del siglo XVIII, cuando la Iglesia tenía tanto poder como el estado, o más si cabe. Lewis tuvo un enorme arrojo al publicarlo. Sí, lo hizo como anónimo y no hizo público su nombre hasta que el éxito de la obra obligó a una reedición (parecido a lo que sucedió con Walpole), para obtener réditos de la misma.
Para acabar este pequeño comentario habría que hablar del ‘timing’ de la novela: en él se nota la inexperiencia del autor, así como las prisas (diez semanas) con las que la escribió. En una primera parte el autor demuestra su incapacidad de dosificar las historias, incrustándonos la de Raimundo a modo de discurso extenso, demasiado extenso (y a saber si con cierto carácter onanista). Tras esa perorata entra en acción Ambrosio y, entre sus fechorías y las desgracias que les suceden al resto de protagonistas, se habla del paso del tiempo de manera incoherente (por un lado se habla de semanas de recuperaciones, viajes y esperas, por otro los acontecimientos aparecen de forma casi lineal). Pero gracias al increscendo de la historia ese detalle se disimula sin mucho problema.
El resultado final satisface mucho más ahora en esta segunda lectura. Sin duda El monje es una obra mejorable estilísticamente, pero aun con todo una lectura muy digna, lo que la hace merecedora de un merecido ocho.
Un saludo.
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Escrito por: Txisko en Libros, tags: Campbell, terror
Hola, culebrillas.
Tras varios años regreso a Campbell con este Cartas malditas. La última vez que tuve en mis manos un Campbell se trataba de El parásito, libro que por desgracia perdí y no pude acabar de leer, y eso que me estaba gustando bastante (con lo que, si alguno me lo quiere regalar le esteré muy agradecido).
De entrada el título me recordó el modesto pero efectivo Imágenes malditas, del que tengo un agradable recuerdo (más aún para tratarse de la primera novela de Campbell que leí), pero por desgracia a medida que la novela avanza las semejanzas se limitan a eso, al título. Y si uno se fija en el original inglés, Obssesion, ni en eso.
Pero la verdad es que el título inglés, Obsesión, si que encaja a la perfección en lo narrado en el libro, que se reduce principalmente a una única idea: el ‘Corazón delator’ de Poe, alargado y ampliado con algunos toques sobrenaturales. Y es que en el libro no hay más. Sí, está el maravilloso y agobiante toque Campbell, presentándonos a unos protagonistas cada vez más sumergidos en la angustia, con una vaga pero opresiva sensación de estar perseguidos y observados, pero poco más. El libro al final defrauda, recordándome (y sé que suena casi a pecado) al Demogorgo de Lumley. Sí, pone los pelos como escarpias la asociación, pero es que realmente me vino a la cabeza una escena de ese engendro de libro.
Sin lugar a dudas nos encontramos con un Campbell menor, muy distante de esa auténtica maravilla que es El sol de medianoche. Una pena. Le otorgo un 6 y casi que me parece demasiado.
Adiós.
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Hola, ofidios. Tal y como ya hice el pasado año, aquí va (más que nada para mí, que me encantan estás chorradas estadísticas sin sentido) el sumario de lo leído el pasado año.
A modo de resumen, y comparando con el año anterior:
- He leído un poco mas, 29 referencias frente a 23, si bien de esas 29 hay incluidas un par de sagas como ‘todo uno’.
- Más páginas, 1217 (casi un 30% más, que se dice pronto), que hacen unas 33 páginas diarias. Sigue siendo poco, pero más que el año pasado.
- De nuevo hay más que nada cosas de cifi, pero ya he intentado yo que la pila no imponga tanto su ley.
- La valoración media de lectura ha resultado penosa, un seis ramplón, y es que me he topado con auténticos bodrios, de los gordos.
Entre lo más destacable del libro sin duda las primeras tres cuartas partes de El terror, una verdadera joya, Radix (de la que laguien en su día me avisó como ‘libro malo’ y mira por dónde…) o la sorprendente, por eso de que no me esperaba algo tan bueno, Guerra mundial z.
Bueno, esto ha sido todo en lo que se refiere a lecturas del 2010. A ver cómo se porta el 2011.
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Hola.
Curiosa historia de terror que me he encontrado navegando por ahí. No conozco a la persona que lo ha escrito, y como no sé si durará mucho o poco en esa web, lo dejo también aquí.
Nuestra penúltima, que lamentablemente no última, experiencia con ya.com empezó un día que descubrimos que nos habían cortado la línea telefónica. Nosotros teníamos contratada la línea de voz con timofónica (cinco años de antigüedad) y la de adsl con ya.com (otros cinco años de antigüedad). Así, el día en que todo empezó, no notamos nada dado que no nos están llamando a todas horas, y lo sí usamos casi de continuo (la adsl) funcionaba sin problemas.
Sin embargo al mediodía intentamos llamar y vimos que la línea de voz estaba muerta. A mi mujer (la que estaba en ese momento en casa) se le ocurrió llamar desde su móvil a nuestro número de fijo. Y alguien la respondió: una voz masculina, mayor, la pregunto el típico ‘¿Quién es?’. Sorprendida, algo asustada y muy cabreada, llamó a timofónica y les explicó lo sucedido. La respuesta de la operadora resulto tan clara como preocupante: ya.com se había de nuestro número de fijo y se lo había vendido a otra persona, cortándonos la línea. Desde timofónica nos dijeron que subsanarían esto, restaurándonos la línea de voz y entrado en contacto con ya.com para informarles de la incidencia.
Así, al cabo de unas horas ya teníamos de nuevo la línea de fijo. Pero con eso empezó la pesadilla: la línea de adsl se murió. Tratamos de llamar atención al cliente. Primero con un número gratuito que nos dieron con el alta y que, por supuesto, no funcionó. Luego con uno de marcación normal sacado de internet, que tampoco funcionó. Al final acabamos llamando al 902 de turno, y tras veinte minutos de musiquita y ‘manténgase a la espera’ colgamos.
Cansados, asqueados y extremadamente cabreados iniciamos el proceso de alta con otra empresa. La otra empresa se supone que ya se encargaba de darnos de baja de esta panda de desgraciados, pero mientras eso ocurría (para colmo) nos llegó nuestra factura de ya.com y ¡la del nuevo abonado! No sólo nos robaban el número y nos cortaban la línea, sino que además ¡nos pasaban el cargo de la línea del señor ese!
Acudimos al banco para anular el cargo adicional (la del banco se rió un poco cuando le contamos nuestra situación, sobre todo porque ella también había tenido problemas de facturación para darse de baja de ya.com).
Un mes después empezaron a llegar las cartas: que les debíamos una factura y que, por favor, ingresáramos el dinero en la cuenta X, so pena de acabar demandados y en lista de morosos. Cartas como esas nos llegaron tres.
Luego llegó la de la gestoría que se supone se hacía cargo de nuestra ‘deuda’. Viendo que ahí ponía un número ‘normal’, llamamos, más que nada ya para reírnos un poco y patalear. Resultó cómico: el chaval (porque por sui voz debía ser un yogurín recién salido de ¿derecho, económicas?), cuando le contamos lo que había ocurrido, sólo pudo empezar a ponerse nervioso, a subir el tono, repetir de que ‘ese no era el problema’ (según se ve, que nos cortaran la línea y que nos llegara la mensualidad duplicada no le parecía algo grave), sino que debíamos pagar la factura ‘debida’, y punto. Luego (cuando vio que por ahí no colaba) se sacó de la manga el que, para darnos de baja debíamos pagar una factura adicional ‘de compensación’, que eso se hacía así ‘por ley’, y que la factura que debíamos era precisamente esa. Por supuesto, no pudo concretar de qué la ley hablaba. Entre cabreados y divertidos (por haberle hecho perder los estribos al mindundi de turno) colgamos.
Ya así seguimos, esperando ver qué pasa.
Que se sepa lo chapuzas y mafiosos que son estos desgraciados de ya.com.
Un saludo.
PD: Casualmente veo que, en esta enésima encarnación del blog, este es el post número 100. Pos fale, pos mu bien.
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Hola, ofidios.
Hace mucho, quizá demasiado, que no regresaba a Clive Barker. Así que cuando vi en una tienda estos dos volúmenes de Imajica no pude reprimir la tentación y me los compré: ni más ni menos que en torno a ochocientas páginas de Barker prometían una magnífica dosis de mezcla de fantasía oscura y terror, todo ello mezclado con esa atmósfera malsana y morbosa que el británico aporta a sus creaciones. La última novela que leí de él, Sortilegio, me encantó y me dejó con ganas de leer más. Ésta era la oportunidad de saciar ese ansia.
Pero joder con este libro: tras leer las ochocientas páginas he de admitir que Imajica es el peor Barker con el que me he encontrado.La novela carece de ritmo… o más bien padece de un ritmo tan lento que casi ni existe (y tan lento es el ritmo que incluso a mí me ha afectado, tardando mucho tiempo en acabar lo dos volúmenes). Ves como las páginas pasan y pasan sin que suceda casi nada, y lo malo es que cuando ocurre algo carece de interés por manido. El protagonista no se hace agradable, pero la verdad es que eso en un autor como Barker no supondría problema alguno de existir una galería de secundarios con carisma y gancho, como es el caso de las Hermanas en Sortilegio. Por desgracia en este Imajica ese tipo de personajes atrayentes no existen, a lo sumo encajaría dentro de ese grupo el penoso Dowd, pero como sombra en comparación a las anteriormente citadas Hermanas. Y tampoco se puede decir que en la novela disfrutemos de escenas memorables: incluso en libros fallidos como El juego de las maldiciones (que por algo es su primera novela) tiene pasajes inolvidables, algo que en este no sucede, a lo sumo el encuentro con Descansito y poco más. Por el contrario, bastantes escenas (el ascenso al glaciar o la visita a la última ciudad) parecen sacadas de un Moorcock cruzado con un flojillo King.
El intento de la novela de suponer un acercamiento a la mitología cristiana, por más que hable de ello el autor en el prefacio, se reduce a tomar un par de nombres (como la Vía Crucis o Cristo) y poco más. Al contrario, tiene más influencia de la new age y rollo hipioso.
En definitiva, se mire por dónde se mire no satisface, Imajica no posee la fuerza de otras obras suyas como Cabal, Hellraiser, Sortilegio o incluso la primeriza El juego de las maldiciones.
Se merece un ramplón 3, y mucho me parece.
A ver si consigo hacerme con El gran espectáculo secreto para redimir a uno de mis autores favoritos.
Un saludo.
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Escrito por: Txisko en Libros, tags: Brooks, terror
Buenas, culebrillas.
Sí, caí en la moda zombi. Tampoco supone una novedad dado que el género me encanta, hasta el punto de verme las tres películas de la saga Resident Evil
Si bien el primer libro de Max, el hijito de Mel Brooks, no me atrae lo más mínimo, este Guerra mundial z ya es otra cosa.
Emulando el estilo epistolar, convertido en esta ocasión en una sucesión de entrevistas a los supervivientes, se nos narra las experiencias personales de gente diversa ante una plaga zombi de ámbito mundial. Ese carácter epistolar desde un primer momento me atraía: ese estilo permite llevar de manera magnífica el terror a las páginas de manos de la más absoluta subjetividad (otra de las bases del terror). Por otro lado, y en vista del autor (un guionista de cine yanqui) y el arco temporal que se supone (desde la hecatombe inicial a la lucha supervivencia y la victoria final) mucho me temía un excesivo americanismo de la novela: si en el fondo todo americano lleva dentro de sí lo que aquí llamamos patriotero, o incluso facha. Pero la verdad es que salvando una de las partes del libro, la centrada en la agonía americana, el resto del libro no padece excesivamente ese aire yanqui.
Empieza muy bien, con un primer centenar de páginas no exentas de tópicos, pero con escenas que hacen las delicias de todos los amantes del subgénero. Se suceden las escenas más o menos típicas, pero aderezadas con una mezcla de subjetividad y directa mala leche que las hace más jugosas. Resulta incluso de risa encontrarse a París Hilton en el libro (pena que no se describa su muerte), y en algunos párrafos se ataca directamente el American Way of Life.
Por desgracia a medida que la historia avanza ésta pierde interés. Al menos para mí: la victoria sobre los zombis y cómo se llega a ella no es una idea de mi agrado, y hubiera preferido un nuevo mundo por completo Z, con una enorme Z mayúscula. O por lo menos algo similar al Día de los trífidos, más abierto. Sin embargo asistimos, primero, a un resurgir de las cenizas de cada país (haciendo en la mayoría de ellos de una organización y recursos nada creíbles dada la gravedad de la epidemia), para luego continuar con a una supuesta alianza internacional. El caso de Canadá más EE.UU. más México es casi de broma, con la estrategia de barrido. Una de las más admisibles y atrayentes, por otro lado, es la rusa. Y la japonesa sólo puede definirse como chiste.
El autor usa (no me atrevo a decir que abusa) de adaptaciones de hechos reales de la historia de la guerra. Me explico: coges una historia de supervivencia de la Segunda Guerra Mundial, cambiar los nazis por los zombies, lo aderezas un poco y ¡voilá! Ya tienes toda una entrevista de uno de los supervivientes. A ver, no soy un experto en historia de la guerra, pero es que muchas de las narraciones me suenan a eso.
No creo que tardemos muchos años en ver este libro llevado a las pantallas, sino incluso en forma de trilogía (que es lo que mejor le iría, visto el desarrollo). Nota: en la wikipedia ya se habla de una nueva película.
Puntuación final: un ocho.
Adiós.
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